Advertencias: Eh... ¿secuelas de lavado de cerebro? Idk, yo diría que ninguna realmente.


3. Danza macabra.

El yoyo dio vueltas entre sus dedos. El color blanco del objeto destacaba contra la oscura piel de la mujer. Hécate se encontraba esperando. Siempre esperaba. Observaba, aprendía, analizaba lo que ocurría a su alrededor. Se le daba bien leer el ambiente. Mucho mejor que intervenir aunque últimamente tuviera que hacerlo a menudo. Lo entendía. Tampoco le disgustaba del todo. Quería a ayudar a Damocles. Necesitabaayudarle.

Resarcir sus pecados.

—¿Por qué las coronas? —terminó preguntando la mujer al hombre que tenía frente a ella.

—Se consideraban los herederos de la Desesperación, ¿no? —la respuesta fue dada con la voz ronca de alguien a quien le costaba hablar, sin embargo, Hécate pudo percibir con claridad el tono burlón que se escondía en la voz de su superior.

Si no fuera por ella Damocles nunca habría conocido a Enoshima Junko.

—¿Cómo le está yendo a nuestros amigos? —le escuchó preguntar. El olor de la miel era intenso en el lugar en el que se encontraban. El zumbido de las abejas le resultaba desagradable, sin embargo, el gusto de Damocles por esos insectos no era un secreto para nadie en aquel lugar.

—Kimura permanece pegada a las faldas de Sakakura. Ando a las de Izayoi. Kizakura es la abeja que va picando de flor en flor —respondió la mujer. Una corta risa provino de los labios ajenos probablemente provocada por su juego de palabras.

—¿Se han peleado? —preguntó el hombre rubio.

—No, simplemente se evitan salvo cuando su interacción es necesaria por el bien del Orden —explicó la hipnotizadora. Las peleas estaban terminantemente prohibidas entre los miembros de su artificial alianza—. ¿Ha vuelto a llamar?

—¿Quién? ¿Munakata? —Damocles volvió a emitir una lenta risa—. Creo que salió lo suficientemente escaldado de nuestra última conversación. Sería bastante masoquista por su parte volver a intentarlo.

—¿No lo quiere entre nuestras filas?

—Hace un par de años habría sido fácil ponerlo de nuestro lado. Ahora tendría que recurrir a remedios más… rudimentarios viendo lo que ha cambiado —guardó silencio—. Por supuesto, si termináramos consiguiéndole de una u otra manera no desestimaría su incorporación. Podría ser un activo valioso pero ahora mismo no es más que una mosca molesta.

—Sakakura podría…

—Lo mataría si se lo ordenase —explicó el rubio lentamente—. Pero sería una pérdida de tiempo y recursos por no hablar el conflicto que causaría dentro de él. Por lo que he conseguido averiguar de él estaríamos hablando de la posibilidad de que se suicidase si sus manos fueran manchadas con la sangre de Munakata. No. Sakakura ha resultado un recurso más valioso de lo que imaginaba. No voy a perder a mi bomba nuclear por una mosca. Además, tenemos problemas más graves dentro de la Fundación. Deja que las moscas ladren pero si no nos ocupamos de las cucarachas estaremos en problemas.

—¿Quiénes? —preguntó ella.

—Kirigiri Kyoko y Togami Byakuya. Ellos podrían ser unas interesantes adquisiciones o los clavos de nuestros ataúdes si no nos andamos con cuidado —explicó.

—¿Qué hay de Naegi Makoto? ¿No es peligroso? —al fin y al cabo, él había acabado con Enoshima.

—La esperanza… —murmuró pensativo—. Es una cucaracha peligrosa —confirmó—. Matarle es la prioridad número uno, por supuesto, pero para llegar a él primero debemos deshacernos de sus… barreras.

—Entiendo… ¿cómo debería proceder entonces? —cómo podía ayudarle. Sus manos se aferraban al blanco yoyo. Había calor allí dentro. Humedad. Demasiada para su gusto. Escuchó el rumor de las hojas, el zumbido de las abejas pareció subir de intensidad por unos segundos.

—Ya lo sabes. Que Tore lo prepare todo. Una vez hayamos introducido el suficiente… veneno entre sus filas los aplastaremos fácilmente —Hécate obligó a sus piernas a moverse cuando la orden fue dada. Su cabeza se perdió en los planos que conocía para planificar las estrategias que necesitarían.

Izayoi, Kizakura y Sakakura.

Con ellos tendría que bastar.


El Orden le daba paz… la mayoría del tiempo. Kimura se había acostumbrado, como todos, a la pared de cristal que separaba su viejo yo del nuevo. Se había acostumbrado a los susurros, a los gritos mudos que profería la persona que había sido. El Caos estaba dentro de ella porque era necesario para lograr el objetivo final y una vez logrado Kimura tenía la esperanza de que aquel susurro se extinguiera por fin. Porque ellos eran diferentes al resto por las necesidades de Damocles y por eso, por eso ella contaba los días para simplemente poder ser uno más.

Las diferencias eran malas.

Caóticas.

Lo que ella no recordaba (o más bien no le era permitido recordar) era que esas diferencias eran las que aun la hacían ser ella. Ella que estaba enfadada con Rururuka. Ella que aún se preocupaba por los demás y que ansiaba aprender más y más para poder ayudar. Curar.

Por eso estaba allí. El laboratorio de Tore era una mina de conocimiento… y el lugar donde estaban todas las medicinas, vendas y otro tipo de objetos específicos para la curación de heridas.

—Voy a empezar a cobrar por la entrada —escuchó decir a la voz grave del SHSL científico. Tore era alto, terriblemente alto y delgado y su piel era mucho más oscura que la de Hécate. Lo que más le llamaba la atención, sin embargo, era su cabello. Siempre lo llevaba peinado en pequeñas trenzas y le llegaba hasta los omoplatos.

—Lamento la intrusión, Tore, pero Sakakura necesita algo de atención sanitaria —explicó avergonzada. El mencionado resopló detrás de ella.

—Ah…. El kamikaze atacando de nuevo. Muy bien, muy bien pero no molestéis. Estoy trabajando —Kimura le observó unos segundos. Llevaba en sus manos un tarro con una abeja viva dentro de él. No le dio mayor importancia, después de todo, ¿por qué iba a preocuparse por ese bicho? A Damocles le encantaban. Seguramente le habría pedido algo estrambótico de nuevo.

—No soy un kamikaze —masculló Sakakura cuando le obligó a sentarse en el lugar habitual. Ella encendió una lámpara—. Simplemente no vi venir el puto oso mientras esquivaba al puto tío de la Fundación —se explicó, se excusó.

—Deberias ser más cuidadoso. Una herida en el cuello es peligrosa y ese robot podría haber… cortado algo más de no ser por tus reflejos —regañó en apenas un murmullo. Su amistad con Sakakura se había afianzado en aquel tiempo que ambos habían compartido en el Orden. No quería que le pasara algo malo. Si lo pensaba había sido algo casi natural. Sakakura era alguien que solía necesitar a menudo asistencia médica y ella era esa asistencia.

Además, Sakakura no se aprovechaba de su amistad. Nunca le pedía nada y siempre tenía que obligarle a curarse.

Él siempre cedía.

Por el bien del Orden; decía, pero ella sabía que en el fondo no quería preocupar a nadie. Sakakura era ese tipo de persona.

Probablemente habría sido doloroso pensar que había tenido que morir y renacer para por fin hacer un verdadero amigo. Lo habría sido… si hubiera podido sentir como una persona normal pero en las circunstancias en las que se encontraba sus sentimientos eran difusos. No había ira pero si podía sentir rencor y por ello podía pensar con claridad cuáles eran los puntos débiles de sus enemigos. Herir con sus palabras sin remordimientos ni sentimientos de culpa.

El susurro se estremeció ante tal conocimiento.

Negó con la cabeza. Ella no odiaba a Juzo ni le deseaba ningún mal así que se limitó a vendar su cuello.

—Hécate está preparando algo gordo. Por orden de Damocles, claro —comentó Sakakura. Sus cabellos cenizos tapaban sus ojos.

—Lo sé. Vino a decirme que en la próxima misión Ruruka y yo nos quedaremos en la retaguardia —respondió Seiko mientras examinaba que todo estuviera en su sitio.

—¿Estarás bien? —la pregunta la pilló por sorpresa pero al poco se atrevió a esbozar una tímida sonrisa. Era una pregunta… agradable. Una preocupación sincera. Una situación a la que no estaba acostumbrada pero que le agradaba. Tenía un amigo.

—Ruruka y yo nos hemos… hecho mucho daño la una a la otra. No creo que pueda perdonarla nunca ni ella a mi —susurró—. Pero por el bien del Orden toleraré su presencia —añadió como si un mecanismo dentro de ella la obligara a hacerlo.

—Algún día deberías plantearte solucionar todos vuestros temas pendientes —sugirió Juzo con algo de duda en su voz—. Por el bien del Orden —le escuchó añadir tras unos segundos de silencio.

—Lo pensaré, Sakakura —por el bien del Orden; la frase se repitió en su mente como un mantra acallándolo todo.

Incluso los susurros.


Makoto Naegi quiso creer que la suerte por fin les estaba sonriendo, sin embargo, era bastante difícil pensarlo cuando la ayuda por la que había rezado atracó en la playa de la zona este con la mayoría de sus integrantes al borde de la deshidratación. Ver como Hiyoko Saionji casi besaba la arena y el suelo frente a sus ojos resultó perturbador. Por supuesto, los equipos médicos de la Fundación se habían desplegado en esa misma playa para atenderlos.

—¿Se puede saber que os ha pasado? —preguntó claramente confuso. Naegi contó que estaban la mayoría de ellos en la caseta que habían preparado para atenderlos—. Llevamos… no sé cuánto tiempo intentando contactar con vosotros.

—¡Llevamos semanas perdidos en el mar! —estalló Saionji—. ¡Cuando nos enteramos de lo que había pasado decidimos unánimemente intervenir de nuevo! ¡Ayudar! —se bebió de golpe toda la botella de agua que uno de los paramédicos le había dado—. ¡Pero ese… infraser… ese… demente de Komaeda rompió de alguna manera todos los aparatos del barco sin ni siquiera tocarlos! ¡Hasta las brújulas las rompía con solo mirarlas! ¡Y encima si por algún casual tocaba a alguno de nosotros empezaba de golpe una tormenta!

—Y-ya veo… ¿y dónde está Komaeda? —preguntó. Naegi notaba el sudor frio recorrerle la espalda. Esperaba que no lo hubieran arrojado por la borda.

—Sigue encerrado en la bodega —Hinata fue quien respondió—. Es decir, le encerramos en la bodega cuando nos dimos cuenta de la situación y sigue ahí metido.

Naegi se puso algo pálido y mandó inmediatamente a alguien para buscarlo.

—Fue una idea terrible —murmuró repentinamente Mitarai. Le estaban tomando la tensión—. La comida estaba allí así que no podíamos bajar a la bodega sin que todo comenzara de nue…

—¡Tú! ¡Medicucho! ¡Matasanos! ¡Trae más comida! ¡Me muero de hambreee! —Naegi escuchó el grito de Akane y tragó saliva.

—Vaya… Lamento oír que habéis tenido tantas dificultades para llegar p-pero… ¡Hay que pensar en positivo! ¡Al menos ya estáis a salvo! —exclamo el joven tratando de trasmitir a los demás algo de su energía.

—¿Lo estamos? —la pregunta vino esta vez de Sonia que había separado su boca de la botella de agua. Tanaka se encontraba sentado a su lado y había puesto su chaqueta sobre los hombros de la rubia pese a las protestas de Souda cuya intención había sido la misma—. Hemos venido a ayudar —le recordó. A luchar; pareció susurrar el viento. Naegi notó la sonrisa bailarle tensa en los labios.

Quizá había sido la buena suerte de Komaeda la que había intentado mantenerlos alejados de tierra firme. Naegi decidió que no quería pensar en ello. Porque necesitaban ayuda. Porque si lo hacía lo más probable es que los devolviera inmediatamente al mar con Komaeda Nagito al timón. Aspiró profundamente y colocó las manos sobre sus propias caderas.

—¡Vamos! ¡No podemos desanimarnos! Estamos juntos y juntos somos imparables —exclamó convencido. Se forzó a creer en sus propias palabras.

Tuvieron que llevar a los chicos al hospital más cercano (y libre de peligro) para asegurarse de que sus cuerpos no habían sufrido nada excesivamente grave y después Makoto tuvo que sufrir los procesos de la burocracia y del escepticismo de muchos de los nuevos líderes de la Fundación. Intentar contactar con los remanentes no había sido una decisión unánime pero había salido por mayoría. Eso no quería decir que esa mayoría estuviera entusiasmada con la idea. Simplemente eran conscientes de la diferencia entre los humanos normales y un alumno de la Academia Pico de la Esperanza.

Naegi se dejó caer sobre la silla que se encontraba frente a la mesa del que se había convertido en su despacho al convertirse en el nuevo presidente de la Fundación (y le había pertenecido a Tengan por lo que Naegi seguía sintiéndose terriblemente incomodo allí). Asahina estaba sentada frente a él con una caja de donuts sobre los muslos.

—¿Y bien? ¿Qué es lo que se ha decidido? —preguntó finalmente la mujer. Acababa de llegar de una misión y se había perdido la maldita reunión. No es que lo lamentase y Naegi no podía culparle. Eran… tensas y agotadoras.

—Hemos acordado separar a los chicos en grupos pequeños y distribuirlos por las Divisiones que han sido más afectados por todo esto —resumió el castaño. Había sido una reunión larga que le había dejado terriblemente exhausto.

—¿Kirigiri o Togami han encontrado algo? —mordió uno de sus donuts. Sus dedos estaban manchados de chocolate y tenía ojeras en las bolsas de los ojos.

—No —farfulló Naegi—. Solo tenemos teorías que no podemos probar sin abrir a alguien en canal para analizarlo y aun así nada nos garantiza que averiguaremos algo.

—Uh… —Aoi soltó el resto del donut. Demasiada información para su gusto—. ¿Ha habido algo más…? Quiero decir… ¿tenemos información nueva sobre… ellos?

—No. La… cúpula del Orden parece haber sido tragada por la tierra y eso no me da buenas vibraciones —reconoció.

—Naegi… —la mujer miró en dirección a la puerta unos segundos, después regresó la vista hacia su amigo—. No sé si…. No creo que sea capaz de matarlos si fuera necesario —reconoció en voz baja, afligida—. Quiero decir, sé que Sakakura fue un imbécil durante la mayor parte del juego pero luego te salvó la vida y… y Kizakura rompió su código para proteger a Kirigiri, ¿cómo se supone qué…? Kimura era una buena persona y no creo que Ando e Izayoi sean distintos. Estoy… me siento dividida —y odiaba esa sensación.

—Asahina… te comprendo. Yo quiero salvarlos. Lo sabes —murmuró en respuesta.

—Esto es una mierda —dijo de pronto—. Solo de pensar que tú, Kigiriri, Fukawa o Hagakure terminarais así me pongo enferma.

—Yo también —se percató de algo—. Asahina… ¿has vuelto a pelearte con Togami?

—Que le follen a Togami —replicó Aoi mientras lentamente sus mejillas se inflaban. Un nuevo trozo de donut fue introducido en su boca. Naegi suspiró pero al mismo tiempo una pequeña sonrisa le iluminó el rostro. Era agradable comprobar que había cosas que no cambiaban.


NdA: Explicaciones, explicaciones y varias preparaciones. Por ahora no tenéis que temer por la vida de ningún niño... por ahora :)

Nos leemos.