Resumen: John descubre que no es un niño como todos los demás en su décimo cumpleaños. Conocerá a un misterioso niño, Sherlock, con el que compartirá toda clase de aventuras mientras crecen juntos. Pero el futuro les pondrá a prueba. ¿Serán capaces de sobrepasar todo y seguir juntos?

Capitulo: 3/10
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CAPÍTULO 3

— ¡John!— gritó el chico de pelo rizado hacia los arboles.

El sol aun daba luz entre los troncos y teñía el cielo de naranja, aunque por mucho que luciera no calentaba durante ese mes de enero. Sherlock se adentró entre las ramas y siguió llamando al muchacho rubio.

— ¿Dónde estás?

Se escuchó un crujido a su espalda y Sherlock se tensó. Se giro con cuidado pero no vio nada. Echó a andar de nuevo sin preocuparse. Tres minutos después se escuchó el mismo ruido.

— Muy gracioso, sabes que no me gusta que hagas eso— dijo cambiando el tono de su voz a uno de desprecio.

El ruido otra vez pero esta vez desde la otra punta. Sherlock cerró los puños tratando de calmarse.

— John, como no salgas ahora mismo...

Silencio. Lo que fuera que estaba entre los arboles no volvió a hacer ningún sonido. El chico se metió las manos en los bolsillos y pegó una patada a una piedra. Echo a caminar de nuevo y antes de que diera la segunda pisada una figura se abalanzó sobre el gruñendo, haciendo que los dos rodaran por el suelo hasta que Sherlock acabó encima del lobo gigante.

— Gilipollas...— le gruñó pegándole en el pecho.

John movió la cola divertido y le miró mientras se quitaba la suciedad de la camisa blanca y carísima que llevaba. Se cerró el abrigo visiblemente enfadado y se cruzó de brazos.

— ¿Dónde estabas? Llevo media hora buscándote.

El lobo se puso a cuatro patas y se acercó a él. Había crecido tanto que sentado era casi tan alto como su amigo. Le empujó cariñosamente con la cabeza y Sherlock se dio la vuelta. John se incorporó y cambió a su forma humana, cogiendo unos pantalones y una camiseta que tenía en una rama de un árbol cercano.

— Hoy estás de mal humor... Solo era una broma— le explicó John ya vestido para que no fuera incómodo para ellos.

— Sabes perfectamente que no me gustan este tipo te bromas— le contestó mirándole fijamente a los ojos.

John no añadió nada más sobre el tema. Se frotó los pies descalzos y se sentó en una piedra.

— ¿Pensabas que me había olvidado?— preguntó el cambiante con algo de sorpresa en su voz. El chico más alto le miró de reojo y fingió ignorarle, alejándose de él—. Sherlock...

John le siguió y le cogió del brazo.

— Siempre estás estudiando con alguna de tus novias, no sé porque hoy podía ser diferente.

— ¡No son mis novias! Y no estoy estu... Mira, eso da igual. Hoy cumples dieciséis años, ¿te crees que no me iba a acordar? Sé que odias los cumpleaños pero me da igual. Te he traído una cosa.

John le soltó y volvió a donde estaban antes. En la misma rama donde tenía la ropa antes había un pequeño paquete de papel de periódico, cerrado con un cordel marrón. Lo cogió con cuidado y se lo dio a Sherlock.

— No puedes permitirte comprarme nada, John.

Este se encogió de hombros y suspiró.

— Lo sé, no te he comprado nada, ¿vale? Solo lo he... Ábrelo y cállate de una vez, idiota.

El chico de rizos abrió el paquete con cuidado. Dentro había un ramillete de hojas.

— ¿Esto es...?

— Me dijiste que te faltaba esa clase de hoja de abedul para tu colección así que fui a buscarlo.

— Pero aquí no se puede conseguir. Tienes que haberte ido al norte a buscarlo. Tienes que haber estado horas corriendo. ¿Eres tonto o qué? Has estado como mínimo tres días recorriendo Inglaterra solo para buscarme unas hojas secas.

— Cuatro, en realidad. Y con un gracias me bastaba— contestó con algo de tristeza.

— Sí, gracias— añadió automáticamente, cerrando el paquete con suma delicadeza para guardarlo en el bolsillo de su abrigo.

Desde el incidente que tuvieron en la feria del pueblo, casi tres años atrás, Sherlock y John estaban más unidos que nunca. Desde entonces se veían cuando John estaba transformado y cuando no. Las noches de luna llena iban siempre al bosque ya que el cambiante no podía controlar sus impulsos esa noche y se transformaba inevitablemente. Pero ahora podían estar por las calles del pueblo, ir a la pequeña biblioteca para que Sherlock cogiera libros nuevos, y pasar tiempo en la casa del rubio.

En ese tiempo Sherlock estuvo investigando más a fondo a John. Le ayudó a controlar sus transformaciones y el lobo podía hacerlo ya casi a su antojo. En cambio aun no tenía la explicación racional de por qué podía transformarse. Después de insistir mucho John accedió a darle muestras de pelo de los miembros de su familia pero tras horas y horas de estudio y de análisis resultó que aquella familia era normal. El ADN de John tampoco tenía nada extraño. Si analizaba un pelo suyo de la cabeza era un humano corriente, si analizaba un pelo del lobo era un lobo corriente. Y eso le sacaba de quicio y le emocionaba por igual. John no se preocupaba tanto por eso, el solo quería aprender a controlarse cuando se enfadaba demasiado o sentía mucha rabia.

— ¿Tenías planeado algo para hoy? Porque si no...— comentó John tras varios minutos de silencio donde simplemente caminaban.

Sherlock se paró en seco y le miró con desprecio, dándose la vuelta y alejándose de él, otra vez. John le alcanzó en dos grandes zancadas y puso una mano sobre su hombro.

— En serio, necesitas aprender a distinguir lo que es una broma de lo que no.

— Quizá tú deberías dejar de bromear tanto.

— Un minuto eres amable y al siguiente tienes un humor de perros... Perros, ¿lo pillas?— Sherlock le miró con una ceja alzada sin entender a que se refería— Déjalo. No pensaba irme a ningún lado.

— La semana que viene tienes un parcial. Qué raro que no estés estudiando con Elisa— le cortó Sherlock poniendo una voz algo infantil.

— Ya sé que estas celoso de todo bicho viviente pero...— dijo sonriendo aunque no acabó la frase— Sé que he pasado menos tiempo contigo. Tienes que entenderlo, ya no somos unos críos.

— Eso no tiene nada que ver. Tú tienes otra gente a la que ver, yo solo te tengo a ti y al perro que me tira por el suelo cada dos por tres.

— No lo digas como si no te gustase...— chocó su hombro con el de Sherlock pero este no le devolvió la gracia y miró hacia otro lado—. Sabes que por mucho que Elisa me explique cómo se operan los números imaginarios no lo voy a entender hasta que me lo expliques tú.

— Porque Elisa es idiota.

— Porque no es tan lista como tú— corrigió John.

Sherlock le miró de reojo y se mordió la lengua para no contestarle.

Durante la época de exámenes se veían menos. Sherlock no estudiaba pero John era todo lo contrario. Desde bien pequeño tuvo claro que quería ser de mayor y que necesitaba excelentes notas para llegar hasta su meta, medicina. Si se esforzaba mucho quizá hasta podría conseguir una beca. Así que durante las semanas previas John quedaba con algunos de su instituto para estudiar y Sherlock se quedaba en el bosque solo hasta que el rubio iba a pedirle ayuda en el último minuto. Su amigo de rizos le enseñó varios métodos para quedarse con la información. El tenía un 'palacio mental' pero John ya no llegaba a tanto. Se conformaba con aprenderse la materia para el examen y luego borrarla de su mente para meter la materia del siguiente examen.

— ¡Lo sabía! Mierda, ya tengo otro fallo...— gritó John hacia la noche después del último examen.

— Vas a sacar un nueve con veinticinco, ¿quién es el empollón ahora?

— Es que necesito esa beca...

— La tendrás— Sherlock se aclaró la garganta y prosiguió—. Te han invitado a una fiesta, ¿por qué no has ido?

— Porque prefiero estar contigo— el chico más alto alzó una ceja—. Vale, vale. No me apetecía ir demasiado.

— Elisa ha cortado contigo— afirmó Sherlock.

— Elisa no es mi... Se ha enfadado, solo es eso. Y no me apetece ir, verla borracha y que me monte un escándalo— John suspiró sonoramente y se frotó la cara—. Sabes por qué hemos discutido, ¿a que sí?

— Piensa que pasas mucho tiempo con el friki— respondió el otro.

— Te he dicho que no utilices esa palabra— dijo de mala gana.

— Es lo que me llama ella, es lo que me llaman todos.

— Pues a mí me la suda lo que diga ella o 'todos'. No voy a dejar de verte porque me lo diga. ¿Sabes? Que le den, no la necesito. Ni si quiera me ha dejado pasar a segunda base después de dos meses que llevamos viéndonos.

— ¿Que es la segunda base? ¿Jugáis al beisbol?— preguntó Sherlock. John estalló en una carcajada. Se tuvo que agarrar la tripa y todo. El muchacho de rizos cambio su rostro de curiosidad e inocencia a no entender que estaba pasando—. ¿Por qué te ríes? No lo entiendo, explícamelo.

— La segunda base es...— dijo John aun entre risas—. Pregúntaselo a tu hermano mayor, seguro que él te lo puede explicar mejor que yo.

— Lo haré— afirmó Sherlock muy seguro de sí mismo.

John se frotó los ojos, quitándose las pocas lagrimas que tenia.

— Vamos a correr— dijo de pronto con emoción.

Se quitó la camiseta y la dejó en una rama baja. Sherlock se dio la vuelta al ver lo que hacía y tosió. John dejó sus pantalones y ultima prenda junto a la camiseta y echó a correr. Ser un cambiante también tenia sus ventajas como que sus fuerzas y velocidad también eran superiores en su forma humana. Saltó y se transformó en el aire. Sherlock no pudo contener una pequeña sonrisa.

— Luego dices que ya no somos unos críos y mira que infantil eres— le gritó Sherlock.

John le miró fijamente y el muchacho pudo adivinar lo que se traía entre manos el lobo así que salió corriendo en dirección contraria al licántropo. Iba muy rápido en línea recta pero al ser tan grande era más lento si tenía que perseguirle entre los arboles así que Sherlock utilizó esa táctica, correr en zig zag para despistarle.

John tampoco era tonto y le rodeaba haciendo que Sherlock tuviera que cambiar de dirección, atrasándolo de esta manera. El lobo jadeaba y movía la cola alegremente, divirtiéndose en aquella persecución. Llegaron a una zona con menos arboles y aprovechó para acelerar y empujar al chico hacia atrás, haciendo que quedara sobre su lomo. Sherlock odiaba eso pero no tenía más remedio que sujetarse a su cuello para no caer. El cambiante corrió y corrió en la fría noche, casi trotando como un caballo. Pasados unos minutos dejó que el chico bajara y este le empujó con todas sus fuerzas sin ningún éxito, pero John se dejó caer de lado, casi riéndose de él. Sherlock aprovechó para salir corriendo de nuevo y el lobo le dio unos segundos de ventaja antes de seguirle.

— ¡Perro lento!— le gritó Sherlock cuando dejó de escuchar las sonoras pisadas de su amigo tras él, cosa que le preocupó—. ¡John!— le gritó a la nada.

Su amigo ya no estaba tras él y tampoco contestaba. Sherlock sintió vértigo de pronto y su pecho se oprimió no dejándole respirar. Deshizo su camino y le buscó por los sitios en los que había estado antes.

— John, por favor— gritó desesperadamente.

Recibió un débil aullido como respuesta y corrió hacia donde procedía el sonido. Encontró al gran lobo gimoteando en el suelo. Sherlock se acercó con rapidez a él y se mareo de nuevo al ver una de las patas delanteras del perro atrapadas en un cepo. Se tiró al suelo junto a él y lo primero que hizo fue intentar abrirlo. Sabía que no conseguiría nada, necesitaría alguna herramienta pero aun así tiró con todas sus fuerzas, haciéndose sangre en las palmas de las manos en el intento. John le empujó con el hocico y le tiró al suelo. El muchacho lo intentó de nuevo pero John le tiró otra vez.

— John... No puedo... Tengo que...— su cerebro trabajaba a mil por hora tratando de buscar una solución—. Tengo que ir a mi casa, traeré la caja de herramientas y haré palanca. No se puede abrir de otra manera.

El lobo gimoteó de nuevo e intentó quitársela con la otra pata. Sherlock se lo impidió con cuidado y le cogió la cara con ambas manos para que le mirara.

— Espérame, no intentes quitártela tu solo, solo te harías más daño. Volveré enseguida, ¿vale?

El lobo apartó la cara y se tumbó en el suelo, dejando su cabeza sobre la tierra. Sherlock notaba como temblaba todo su cuerpo. Le abrazó una última vez y salió corriendo hacia su casa.

Nunca se le había hecho tan largo el camino. Siempre intentaba retrasar el momento de vuelta y ahora parecía que el edificio cada vez se alejaba más. Entró y fue directamente al sótano, abriendo y cerrando con portazos, moviendo las cajas y tirando otras al suelo.

— ¿Se puede saber que estás haciendo?— se escuchó desde la puerta.

Sherlock le ignoró y continuó con su búsqueda.

— Te estoy hablando, Sherlock. ¿Sabes qué hora es? ¿Qué demonios buscas?

— ¡La caja de herramientas!— chilló con todas sus fuerzas temblorosamente.

Mycroft se acercó a él preocupado y le cogió del brazo. Los cortes en las manos de Sherlock manchaban las cajas de cartón de un rojo oscuro.

— ¿Que ha pasado? ¿Estás llorando?

— Solo necesito... Herramientas— murmuró soltándose.

Mycroft caminó hasta una estantería de la pared y cogió la pesada caja roja de metal.

— Hasta que no me digas que ocurre no te la daré— le aseguró seriamente.

— Es... Es John.

Sherlock corría con la caja entre sus brazos. Pesaba demasiado pero tenía que salvar a su amigo. Mycroft le seguía detrás sin entender que ocurría. Sabía que John era su único amigo y que volvía a las tantas por las noches, y verle con las manos así, buscando las herramientas... Insistió en ayudarle pero su hermano le ignoró, aun así salió tras él hacia el bosque.

— ¡John! ¡John!— gritó el joven cuando estaba ya cerca.

— Sherlock...— su voz era tan débil que pensó que era solo su imaginación.

Le encontró donde le dejó, con su forma humana y el brazo derecho atrapado en la trampa de hierro. Se agachó junto a él y abrió la caja.

— ¿Pero qué...?— Mycroft se agachó también y vio lo que pasaba—. Déjame, Sherlock— este siguió a lo suyo con las manos temblorosas—. ¿Quieres salvarle? Pues déjame a mí— le regañó de forma autoritaria.

El muchacho le miró y se apartó un poco. Mycroft cogió una llave larga que le sirvió para hacer palanca. Se puso de pie y la empujó hacia abajo de una patada. La trampa se abrió de golpe y John gritó de dolor.

— Ya está, ya está...— Sherlock rompió una tira de su camisa y se la enrolló sobre la herida—. Te llevaré a casa y te curaré allí.

John no le contestó, no tenía fuerza. Mycroft mientras tanto recogió las cosas después de romper el cepo para que no volviera a herir a nadie.

— Lleva la caja— le ordenó entonces y él mismo ayudó a John a ponerse en pie.

Sherlock le hizo caso, sabiendo que Mycroft era más fuerte y John andaría mejor con él. El cambiante apoyó su peso sobre el mayor de los hermanos Holmes y caminó como pudo, guiándose por él ya que no podía ni abrir los ojos.

Entraron por la puerta trasera a la gran casa de los Holmes y subieron a la habitación de Sherlock. Tumbaron al rubio encima.

— Ve al baño y trae el botiquín. Y busca las gasas y el esparadrapo, creo que están en el baño de abajo— Sherlock hizo aquello como un autómata, casi sin fuerza, solo deseando que su amigo se pusiera bien.

Mycroft fue limpiando la herida mientras tanto. Aun le quedaban demasiadas dudas que resolver pero si su hermano estaba tan afectado por aquel muchacho podía pasarlo por alto por el momento. El joven de rizos regresó y dejó las cosas junto a John.

— ¿Puedo hacer algo más?— preguntó nervioso.

— Tráele un vaso de agua y una pastilla para dormir— le dijo para mantenerla ocupado y lejos de su cuarto durante unos minutos.

Se remangó la camisa y se puso manos a la obra. Después de desinfectar la herida del todo aplicó una pomada cicatrizante donde los dientes del cepo habían perforado el brazo del chico rubio. Lo vendó y le tapó con las sabanas.

— Está dormido así que hoy tendrás que dormir en el cuarto de invitados. ¿Te has curado las...?

—Sí pero me quedaré con él por si necesita algo— le aseguró intentando esquivarle para entrar a la habitación.

— Sherlock, estoy intentando ayudarte y me lo pones muy difícil. No te he preguntado que hacías en el bosque a estas horas, no te he preguntado por qué estaba ese chico desnudo, ni que estabais haciendo para que se haya atrapado el brazo con un cepo.

— No es lo que tú crees...

— Me inventaré una excusa para mañana, cuando madre y padre pregunten por qué hay un joven durmiendo en tu cuarto. Así que cuando tus padres te digan que hagas algo, que elijas unos estudios u otros les harás caso y yo no diré nada acerca de tu novio.

— Él no es mi...

— Sabes muy bien lo conservadora que es nuestra familia. Les daría un infarto si se enterasen de lo que haces por las noches— Sherlock bajó la vista—. Ahora prométeme que tendrás cuidado con él y que os pondréis protección.

— ¡Mycroft, no vamos a—!

— Tú ten cuidado.

Sherlock suspiró y asintió. Mycroft le apretó el hombro y se fue a su dormitorio. El joven de rizos entró al suyo y se sentó en la silla de su escritorio, durmiéndose casi al instante.