Sailor Moon © Naoko Takeuchi
Adaptation de la novela de Kinley MacGregor "Master of Desire"
Dueño del Deseo
Capitulo II
Las primeras horas del alba encontraron a Serena ante el tocador, con su hermana, mientras terminaban de empaquetar sus cosas. Aún se sentía embargada por el aturdimiento; después de todo, por primera vez en su vida, iba a abandonar su hogar.
— "No puedo creer que te vayas a ir dentro de unas horas" —susurró Rei, con voz llorosa.
— "Ni yo" —suspiró Serena—. "Sé que debería tener miedo, pero…"
— "Estás entusiasmada" —terminó Rei en su lugar—. "Yo también lo estaría. Imagínate" —echó un vistazo a los muros tapizados que las rodeaban—, "dejar este lugar durante todo un año. Sé lo mucho que siempre has deseado hacerlo."
Serena asintió, sintiendo que su corazón latía con fuerza ante el mero pensamiento.
— "Siempre creí que sería mi marido el que me sacaría de aquí. Pero me temo que me falta tu valor para desafiar a nuestro padre. "
El rostro de Rei se transformó en una máscara de horror.
— "Debes sentirte agradecida por tu buen juicio. Te confieso que creí que nuestro padre nos mataría cuando nos descubrió."
Serena sabía a ciencia cierta lo que quería decir. Su madre y sus dos hermanas mayores habían muerto durante el alumbramiento, y desde que su hermana Lita falleciese nueve años antes, su padre había jurado que ningún hombre acabaría con la vida de otra de sus muchachas.
De ese día en adelante, había cerrado sus puertas a cualquier hombre que pudiese ser un pretendiente, obligando a su hermana Amy a ingresar en un convento para escapar de su vigilante mirada.
A Nicholas únicamente se le había permitido entrar porque su padre había asumido que, tanto Rei como ella, jamás habrían encontrado atractivo al barón. En verdad, Serena no sabía qué había logrado que su hermana se sintiese atraída por él, aparte del hecho de que no estaba casado.
Nicholas era un oso. Tenía un rictus cruel en los labios, y parecía divertirse intimidando a todos aquéllos que lo rodeaban. En muchas ocasiones le había confiado a Rei sus pensamientos, pero ésta los había desechado, tratándola de tonta y diciendo que Nicholas la trataba tan sólo con la mayor de las consideraciones.
No obstante, Serena no podía desprenderse de los recelos que le inspiraba el hombre.
No tenía la menor importancia. Rei estaba resuelta a conseguir un marido, y Nicholas parecía decidido a hacerse con la propiedad de la dote de Rei, que rodeaba la suya propia a las afueras de York.
Rei extendió la mano para acariciar la de su hermana.
— "Sé que papá veces se muestra muy difícil. Pero es únicamente su amor por nosotras lo que le hace mostrarse tan protector."
—"Nos ama tanto que nos trata como si fuésemos pájaros en una jaula: encerrados en su prisión con la constante esperanza de escapar."
Rei apretó su mano.
— "Es un hombre rudo e inflexible, pero tiene un buen corazón. Eso no puedes reprochárselo."
Serena arqueó una ceja ante las palabras de su hermana.
— "¿Y eso lo dice la mujer que echaba pestes contra él apenas hace unas semanas, cuando rechazó la petición de mano de Nicholas?"
Rei sonrió tímidamente.
— "Tienes razón. Lo odié entonces, porque sabía que si Nicholas se me escapaba, no habría ningún otro hombre que me pidiese en matrimonio. Hace mucho tiempo que abandoné la edad casadera."
— "Y yo la estoy dejando atrás rápidamente. ¿Cuántos hombres aceptarían una prometida de veintidós años?"
— "No muchos" —admitió Rei.
— "Efectivamente, no muchos."
Se sentaron en silencio durante algunos minutos mientras terminaban de rellenar el último baúl. Serena permitió que sus pensamientos vagaran a la deriva.
Toda su vida había tenido un único sueño: ser esposa y madre. La inexorable negativa de su padre a verla casada la había contrariado durante mucho tiempo. Pero, durante el próximo año, estaría fuera del alcance del control de su padre y si ella…
— "¿Qué?" —preguntó Rei, con la voz cargada de preocupación.
Serena parpadeó ante la intrusión en sus pensamientos.
— "¿Qué de qué?" —preguntó a su vez.
— "¿En qué estabas pensando?" —inquirió Rei—. "Por la expresión de tu rostro, puedo deducir que es algo en lo que no deberías estar pensando."
— "¿En serio?"
— "Conozco esa mirada, Serena, es la misma que tenías justo antes de encerrar al pobre Andrew en el guardarropa."
— "Se lo merecía" —dijo ella a la defensiva, aunque se sentía orgullosa al recordar aquel asunto. Su primo Andrew llevaba viviendo en su hogar tan sólo una semana cuando se declararon la guerra el uno al otro. En aquellos días, no se había preocupado mucho por él, y el hecho de tenerle apadrinado en su casa lo dejaba en libertad para burlarse de ella a voluntad…
Bueno, las dos horas encerrado en el guardarropa le habían enseñado bien que ella no estaba dispuesta a que la fastidiasen impunemente. Él la había tratado mucho más amablemente a partir de ese día.
— "Y es también la misma mirada que tenías justo antes de dejar libre al halcón más premiado de papá."
Eso no había terminado tan bien. No tenía más de cinco años por aquel entonces, y podría jurar que aún sentía el escozor que le produjo la mano de su padre sobre el trasero. A él no le había hecho muy feliz enterarse de que había sentido lástima por el enjaulado halcón y lo había dejado en libertad.
— "Cada vez que he observado esa expresión en tu rostro, siempre ha ido seguida de alguna travesura. Me estremezco al pensar qué será lo que anuncia ahora."
Serena desechó las palabras de Rei con un gesto de la mano.
— "Puede que anuncie la forma de lograr lo que siempre he deseado."
— "¿Y qué es?"
Serena la miró de reojo.
— "¿Crees que el conde de Ravenswood será tan malo como dice papá?"
Rei frunció el entrecejo.
— "¿En qué estás pensando?"
Serena se encogió de hombros con despreocupación.
— "Pensaba que Lord Seiya podría ser la rosa que he estado buscando."
— "Oh, hermana, te lo pido por favor. No puedes estar pensando lo que creo que estás pensando. Has escuchado las historias lo mismo que yo. Dicen que mató a su propio padre únicamente por diversión."
— "Puede que eso sea sólo un rumor, como el que dice que papá es un bárbaro traidor. Tú misma dijiste que papá es un hombre rudo con un buen corazón."
— "Rudo, efectivamente, pero he oído que el conde de Ravenswood además está loco. Tú también has escuchado esas mismas historias. Dicen que es un demonio que nunca duerme. Dicen que el mismo diablo ha dejado libre un sitio a la diestra de su trono a la espera del día en que Lord Seiya se una a él."
Serena sintió que sus esperanzas se desinflaban al considerarlo todo de nuevo.
— "No, tienes razón. Ha sido una idea tonta. Pasaré un año con un loco, y después regresaré aquí para terminar mi vida en solitario."
Una lágrima se deslizó por su mejilla.
Rei extendió la mano y limpió la lágrima.
— "No llores, Serena. Algún día tu rosa aparecerá a lomos de un blanco corcel. Se enfrentará a la ira de papá y vencerá, y entonces te llevará lejos de aquí, igual que Nicholas va a hacer conmigo."
— "Pero quiero tener hijos" —susurró ella—. "Si él espera mucho más tiempo, seré demasiado vieja para disfrutar de ellos, o para verlos crecer. ¡Es tan injusto!"
Rei le dio un fuerte abrazo.
— "Lo sé, hermanita. Desearía poder pasar ese año en tu lugar. Pero el tiempo pasará rápido, y prometo que cuando lo haya hecho, le rogaré a papá que te permita venir a vivir conmigo por un tiempo. Te encontraremos un marido entonces. Te lo prometo."
Serena le devolvió el abrazo a su hermana.
— "Mejor prométeme que no será Rubeus."
Rei rió suavemente.
Permanecieron en silencio durante varios minutos, hasta que Serena escuchó un confuso ruido de pisadas que venía del exterior.
— "¡Lo mataré, aunque sea la última cosa que haga! Le arrancaré los ojos y los convertiré en polvo. ¡Ningún hombre tendrá a mi Serena! Por el amor de Dios, ella es todo lo que me queda y no la dejaré marchar. ¿Me oyes?" —gritó encolerizado—. "¡Nadie va a llevarse a mi pequeña! ¡Nunca!"
Serena sentía un nudo en la garganta mientras su padre se dirigía hacia el guardarropa.
Cerrando los ojos, Serena se dio cuenta de lo inútil que sería esperar que su padre aguardase todo un año. No habría nada bajo los cielos que lograra que él la dejase en las garras de su enemigo sin otra cosa que el juramento de un hombre para asegurar su bienestar. La amaba demasiado, y su confianza en Seiya era demasiado escasa.
Las hermanas intercambiaron una mirada preocupada.
— "¿Qué vamos a hacer?" —preguntó Rei con miedo.
Serena se mordió los labios mientras intentaba pensar en algo.
— "Tendré que encontrar la manera de conseguir que Lord Seiya se case conmigo antes de que papá lo ataque" —dijo muy despacio.
— "¡No puedes hacer eso!"
— "Tengo que hacerlo."
— "Pero Serena…"
— "Pero nada, Rei. Si papá lo ataca, lo perderá todo. Incluyendo tu dote(1)."
Rei se cubrió la boca con una mano cuando empezó a comprender.
— "Seremos proscritos" —susurró—. "Nicholas me repudiará sin las tierras de mi dote."
— "Sí, y no tendremos a nadie que nos dé cobijo. El rey ya odia a papá por lo que hizo bajo el reinado de Tomoe. Yo diría que nada le gustaría más que vernos a todos en la calle."
— "Oh, Señor, Serena. Todo esto es demasiado horrible para pensarlo siquiera. No puedes casarte con un loco."
— "¿Qué otra opción me queda?"
Rei sacudió la cabeza.
— "Tiene que haber otra manera. Además, ¿por qué iba a desearte Lord Seiya?"
Serena se quedó con la boca abierta, ofendida hasta lo más hondo por las palabras de su hermana.
— "No quise decirlo de esa manera" —añadió Rei rápidamente mientras doblaba las enaguas de Serena—. "Pero ya sabes lo que papá dice de él. Ese hombre jamás se ha casado, y, por lo que yo sé, ninguna mujer ha llamado alguna vez su atención. Se comenta que quizás no se sienta inclinado hacia la compañía femenina, y que puede que prefiera a otros hombres. De hecho, ésa podría ser la razón de que el rey Artemis no le ordenase que se casara contigo, sino únicamente que te convirtieras simplemente en su pupila."
Serena negó con la cabeza.
— "No, no lo creo. No después de la mirada que me echó esta tarde. Además, papá dijo que el rey rechazó la solución del matrimonio para que no causara una nueva guerra entre ellos. Artemis llevó a cabo ese acuerdo el año pasado entre otros dos nobles y resultó desastroso."
— "Lo que nos lleva al siguiente punto: eres la hija de su enemigo" —continuó Rei—. "Por no mencionar que si Lord Seiya te pusiera una mano encima, el rey pediría su cabeza."
Serena lo consideró durante un instante.
— "¿Crees que el rey lo mataría por tocarme?"
— "¿Por qué debería dudarlo? Artemis es un hombre de palabra."
— "Quizás, pero ¿crees que acabaría con la vida de uno de sus campeones por un mero coqueteo? Papá lo traicionó de una manera mucho peor que esa, y el rey no hizo nada salvo multarlo y confiscar parte de sus posesiones. ¿No crees que Lord Seiya podría solicitar al rey mi mano y ser perdonado?"
— "El rey le hizo mucho más a papá que multarlo y confiscar sus tierras, Serena."
— "Lo sé, pero la cuestión es que no mató a papá por sus acciones. Ni le hizo ningún daño irreparable."
Rei se sentó sobre los talones mientras le daba vueltas al asunto.
— "No sé si el rey lo perdonaría. Es posible, quizás."
— "¿Qué otra opción tenemos?" —preguntó Serena.
— "Pero Serena, ¿entiendes las consecuencias que tendría lo que estás pensando? Lord Seiya es el enemigo de papá; de ese padre que ha jurado no permitir nunca que te cases y lo abandones."
— "Sí, lo entiendo. Pero quiero un marido, y quiero hijos."
— "¿Y si Lord Seiya no quiere tener una esposa?"
— "Entonces le haré desear una."
Rei soltó una breve carcajada.
— "Eres demasiado obstinada. Compadezco a Lord Seiya por tener que vérselas contigo. Pero, ¿me prometes una cosa?"
— "¿Sí?"
El rostro de Rei se puso tenso y serio.
— "Si compruebas que es cruel, te replantearás todo este asunto. Sé cuánto deseas tener hijos, pero lo último que quisiera sería verte casada con un hombre que te golpeara. Preferiría ser arrojada a las calles de Londres antes de ver que te sacrificas junto a un monstruo."
Serena asintió solemnemente.
— "Lo prometo."
El alba llegó demasiado pronto para Serena, quien le hizo frente con una mezcla de cansancio, lágrimas ocultas y entusiasmo por lo desconocido. Entró en el enorme vestíbulo, donde su padre aún la aguardaba despierto. Borracho, pero despierto.
Era la primera vez en su vida que lo veía ebrio. En ese momento, su rostro mostraba todos los signos de un hombre que había vivido la dura existencia de un guerrero.
Se acercó a él, que estaba sentado en la silla que había colocada sobre el estrado.
— "¡Lo mataré!" —afirmó mientras clavaba en ella sus ojos inyectados en sangre. El hedor de la cerveza amarga la abrumó—. "Aunque sea lo último que haga en esta vida, derribaré sus muros y lo colgaré del árbol más alto que pueda encontrar. Le arrancaré el corazón y se lo echaré a… los lobos… o quizás a los ratones" —tenía hipo y miró a su galgo favorito, que descansaba la cabeza sobre su regazo—. "¿Qué le haría más daño? ¿Un ratón o un lobo? Si un lobo…"
— "Necesitas dormir un poco" —dijo ella, interrumpiéndole.
— "No dormiré hasta que vuelvas conmigo y pueda mantenerte a salvo" —extendió la mano para acariciar su rostro, y ella pudo ver las lágrimas que inundaban sus ojos—. "No puedo perderte, Serena. Eres exactamente igual que tu madre" —le acarició el pelo, y sus ojos se nublaron aún más—. "Sería como perder a Ikuko de nuevo, y jamás sobreviviría a eso. Si no hubiese sido por ustedes, no habría logrado sobreponerme a su muerte."
— "Lo sé" —susurró ella. Jamás había dudado de que su padre amara a sus hijas, ni del hecho de que moriría por protegerlas. Desearía que él hubiese aprendido a dejarlas marchar.
Rei entró en la sala por la pequeña puerta que se encontraba a la derecha de la mesa. Llevaba una enorme cesta en las manos, y tenía los ojos enrojecidos y brillantes por las lágrimas. Ninguno de ellos había dormido, y Serena se preguntaba si sus propios ojos tendrían también una sombra morada por debajo.
— "Sé que sólo es un día de viaje, pero aún así te he preparado algo para que comas durante el camino."
Serena sonrió ante la amabilidad de Rei mientras tomaba la cesta de sus manos. Estaba bastante segura de que su hermana habría mostrado su acostumbrada diligencia y habría preparado suficiente comida para un pequeño ejército.
— "Te echaré muchísimo de menos" —Rei la estrechó con fuerza mientras Serena se aferraba a ella. Su hermana y ella nunca habían estado separadas antes.
— "Estaré bien, Rei, te lo prometo. Ya lo verás, dentro de un año nos estaremos riendo de todo esto."
— "Eso espero" —suspiró Rei—. "Esto no será lo mismo sin ti."
Las lágrimas le escocían detrás de los párpados, pero Serena se negó a dejar que se derramaran. Debía mantener la calma por su familia. A pesar de ser la más pequeña, siempre había sido la más fuerte de todos ellos.
— "Sólo piensa" —dijo intentando animar a Rei— "que dentro de unas pocas semanas ya no estarás aquí para echarme de menos. Tendrás una familia propia de la que encargarte. Ahora, por favor, haz que padre se vaya a la cama."
Rei asintió y se apartó ligeramente. Las lágrimas se deslizaban de nuevo por sus mejillas, y estaba claro que su hermana había llegado a un estado en el que ya no era capaz de hablar.
Con su propio nudo en la garganta, Serena apartó de la frente Rei un rebelde mechón de pelo oscuro.
— "Que Dios te proteja en mi ausencia."
Rei tomó su mano y lloró como si se le estuviese rompiendo el corazón. Deseando poder dar también rienda suelta a sus emociones, Serena besó la mejilla de su hermana para después, retirar su mano con delicadeza.
— "Todo saldrá bien, ya lo verás."
Se volvió para despedirse de su padre, pero descubrió que, finalmente, había perdido el conocimiento. Acercándose de nuevo a su silla, acarició su barbudo rostro.
— "Sé que me amas, papá. Jamás lo he dudado. Pero ya somos mujeres adultas, y debes dejar que vivamos nuestras propias vidas" —susurró—. "Por favor, perdóname por lo que voy a hacer. Nunca haría nada que te hiciese daño, y ruego que un día sepas comprender" —rozó su frente con los labios; después, se dio la vuelta y abandonó el salón.
Inspirando profundamente para infundirse valor, Serena le echó un último vistazo al único hogar que había conocido, y después continuó su camino hacia la puerta y bajó los escalones para encontrarse con el séquito que la aguardaba.
Uno de los emisarios del rey avanzó para ayudarla a montar en su caballo.
Agradeciéndole su amabilidad, vio como su doncella, Mina, subía a la primera de las carretas y tomaba sitio.
El emisario regresó a su caballo, y, una vez que montó, se pusieron en camino.
Lord Seiya y sus hombres los esperaban al otro lado de las puertas. Su yelmo estaba de nuevo en su lugar, y ella encontraba muy inquietante no poder ver su rostro.
Sin embargo, pudo escuchar la suave maldición que profirió al contemplar las tres carretas que iban tras ella.
— "¿Es que piensas llevarte el castillo entero?" —preguntó él.
— "Me llevo sólo lo necesario."
El caballero que estaba a la derecha de Lord Seiya dejó escapar una carcajada. Su sobreveste negra tenía un cuervo dorado, ligeramente diferente al del conde.
— "Cállate Yaten, antes de que te atraviese con mi espada" —le espetó Seiya.
El llamado Yaten, se quitó el yelmo y le dirigió a Serena una devastadora sonrisa. Era casi tan apuesto como Lord Seiya, pero su aspecto era completamente diferente; carecía de ese atractivo animal que su hermano parecía exudar por cada uno de sus poros. El pelo plateado de Yaten era tan sólo algo más claro que el de la neblina, y sus ojos verdes resplandecían demostrando un carácter amigable.
Dando un ligero toque con los talones a su caballo para que avanzara, se detuvo a su lado.
— "Permitidme que me presente, milady" —dijo de forma encantadora—. "Soy Yaten de Ravenswood, hermano del ogro, y tu más ferviente defensor durante este viaje."
— "Maravilloso" —dijo Lord Seiya secamente—. "¿Y serías tan amable de decir quién va a protegerla a ella de tu incesante babeo? ¿Debería pedirle a mi escudero que traiga ya los trapos viejos o debo esperar hasta que ella empiece a ahogarse?"
Yaten se inclinó ligeramente hacia delante, y entonces le dijo en un tono tan bajo que sólo ella pudo oírlo:
— "Su mordedura no es ni de cerca tan mala como su ladrido."
Ella le echó un vistazo al hombre cuyo nombre era sinónimo de muerte.
— "No es eso lo que he oído."
— "Sí, pero tú sólo sabes lo que dicen aquéllos que se le han enfrentado en la batalla. Allí, es un campeón al que debe temerse tanto como a un león al ataque. Pero lejos del campo de batalla, es siempre un hombre justo con nada más que un fuerte gruñido."
—"Y una espada afilada para aquéllos que me importunan" —dijo Seiya con ese gruñido que Yaten acababa de mencionar.
Lord Seiya se volvió hacia sus hombres y les ordenó que se pusieran en camino.
Los soldados cabalgaban al frente y en la retaguardia, mientras que Seiya guiaba la comitiva. Yaten se mantuvo junto a ella, y Mina los seguía en las carretas.
Serena trató de evaluar al hombre con el que había jurado casarse, y empezó a temer que realmente no lograra tener éxito en su empresa. Había oído a su padre, y a otros hombres que habían visitado su hogar, decir muchas cosas sobre Seiya Kou.
Era un hombre conocido por sus inigualables proezas en la batalla y en los torneos. Nadie había conseguido derrotarle jamás, y había salvado la vida del rey en una ocasión. Las escasas damas que conocía que le habían visto alguna vez no habían mentido acerca de su apostura. Era realmente apuesto y fiero.
No era de extrañar que las doncellas suspirasen al mencionar su nombre.
Se sentaba erguido sobre su montura, y se movía perfectamente sincronizado con su caballo. Cualquiera diría que Lord Seiya se sentía como en casa a lomos de su semental y, por lo que había oído, había pasado gran parte de su vida en las campañas.
Le resultaba sumamente extraño contemplarlo en ese momento, sabiendo que un día sería su esposo. Que compartirían un lecho juntos donde él la vería como ningún otro hombre lo había hecho, y la tocaría en lugares a los que nadie más había tenido acceso. Y la besaría en cuanto llegara la noche... Su rostro se ruborizó. Jamás había pensado en un hombre real de aquella manera. Después de que Mina hubiese estado con su primer hombre, habían hablado largamente sobre lo que ocurría entre hombres y mujeres.
Sobre lo que se sentía cuando un hombre tomaba posesión de una mujer con su cuerpo.
Desde entonces, Serena se había imaginado a un hombre rubio con el humor dibujado en sus ojos y una risa fácil en los labios. Había dado rienda suelta a sus fantasías durante la noche, para que nadie pudiese contemplar el rubor que abrasaba sus mejillas en esos momentos.
Desde niña, había asumido naturalmente que su primer hombre sería el marido que su padre eligiese para ella. Y sólo en sus más salvajes fantasías había soñado con amar al hombre que tomara su virginidad. En el mejor de los casos, había deseado poder sentir cariño por él.
Ahora, la ocasión estaba al alcance de la mano, y Lord Seiya sería el que...
Se estremeció sólo con imaginarse al fiero guerrero tomando posesión de su cuerpo. Imaginándose su boca dándole su primer beso.
¿Sería tierno, o se comportaría como un salvaje?
Mina le había advertido que una mujer nunca podría descubrir, únicamente con mirar a un hombre, cómo la trataría en la intimidad de la alcoba.
— "¿Es cierto que tu hermano ganó sus espuelas(2) antes de que se afeitara por primera vez?" —le preguntó a Yaten.
El orgullo brilló en sus ojos.
— "En efecto. Era el escudero de mi padre en el ejército de rey Artemis. Cuando mi padre murió en la lucha, él asió su espada para proteger las espaldas del rey. Fue nombrado caballero en el campo de batalla por el propio Artemis."
— "Qué afortunado para él que Artemis llegase a ser rey."
— "Con mi hermano de su parte, no podía perder, milady."
Le dio esperanzas que un hombre tan amable como Yaten idolatrara a su hermano de manera semejante. Según lo que había oído, había esperado que Lord Seiya fuese un monstruo con cuatro cuernos que se comía a los niños por pura diversión.
Ciertamente, un hombre tan monstruoso no toleraría que su hermano le fastidiara, y de la misma forma, dicho hermano no idolatraría a una bestia.
No, había mucho más en Seiya de lo que le habían dicho. O eso esperaba. Sería mucho más fácil poner su futuro en manos de un hombre que pudiese ser amable que en las de uno cruel.
Cabalgaron en silencio el resto de la mañana, hasta que Lord Seiya decidió parar para hacer un descanso. Yaten la ayudó a desmontar.
Ella lo siguió hasta un lugar a la sombra mientras Seiya y sus hombres se hacían cargo de los caballos.
Yaten extendió una capa para que se sentara en el suelo bajo un enorme roble.
— "¿Te gustaría compartir conmigo lo que mi hermana preparó para el viaje?" —le preguntó mientras se aposentaba sobre la capa extendida.
Yaten se comportó como si en realidad le hubiese ofrecido ambrosía.
— "Desde luego, milady. Estoy tan harto de carne seca y queso que podría…" —sonrió—. "Aprecio verdaderamente su ofrecimiento."
Mientras él servía el vino y ella cortaba el pan y el pastel de picadillo, Lord Seiya regresó del arroyo. Se había quitado el yelmo y la cofia, y tenía el cabello húmedo, como si se hubiese lavado el rostro en el reguero; se pasó una mano a través lustroso pelo del color del ébano.
En su vida había visto un hombre tan apuesto.
En esos momentos, sus rasgos estaban más relajados que el día anterior, y su rostro mostraba un encanto casi juvenil. Excepto sus ojos. Éstos aún permanecían adustos, incisivos e inconmovibles.
Al contrario que Yaten, cuyo cabello estaba cortado según las últimas tendencias, Lord Seiya había dejado que el suyo creciese hasta la cintura. El rojo de su sobreveste(3) resaltaba el oscuro bronceado de su piel, y ella se preguntaba cuánto de la amplitud de su pecho se debía al relleno de la armadura y cuánto al propio hombre.
— "Seiya" —le dijo Yaten—, "¿te gustaría unirte a nosotros?"
Él se detuvo durante un momento, mirándola fijamente, y luego hizo un gesto con la cabeza para declinar la oferta.
— "Dudo mucho que tu invitada apreciase mi presencia mientras come."
— "No albergo ningún rencor hacia usted, milord" —no podía permitirse ese lujo; no si quería tener éxito en sus planes. Sonrió—. "Hay más que suficiente para todos."
— "Ya lo has oído" —agregó Yaten—. "Ven y come algo antes de que te quedes en los huesos."
Ella arqueó una ceja ante las palabras de Yaten. Seiya era un hombre muy grande, de más de un metro noventa de estatura, y una constitución fornida. Le llevaría bastante tiempo llegar a consumirse; incluso alcanzar meramente el tamaño, mucho más normal, de Yaten.
Lord Seiya se acercó y, por alguna razón que no acertó a comprender, el corazón de Serena empezó a latir más deprisa ante su proximidad.
Con la cofia quitada, ella pudo observar una larga e irregular cicatriz que empezaba bajo su oreja izquierda y se perdía bajo su armadura. Era como si alguien hubiese intentado alguna vez cortarle la garganta.
¿Se la habían hecho en la batalla?
La rigidez volvió a su rostro mientras examinaba el suelo al lado de Yaten. Después de un momento de vacilación, se arrodilló lentamente y se sentó.
Ella captó la preocupación de Yaten mientras miraba a su hermano.
— "¿Tienes calambres en la pierna otra vez?"
— "Mi pierna está bien" —gruñó Seiya con un tono feroz que la asustó.
Yaten, por otro lado, parecía no inmutarse ante el resentimiento de su hermano.
Por primera vez, Serena se encontró con la mirada de Seiya. Algo cálido y pecaminoso fluctuó en sus ojos por un instante, justo antes de que un velo cayese sobre el pálido azul de sus iris y volviesen a recuperar su habitual frialdad.
Los labios de la joven se separaron ligeramente a la vez que una inesperada sensación la atravesaba. Nunca la presencia de un hombre la había afectado de esa manera. La mano le temblaba ostensiblemente mientras preparaba para él un pequeño almuerzo con pan, pollo asado y pastel de picadillo.
Quiso tener algo ingenioso que decirle, algo que quizás llevara una sonrisa a aquellos labios tan bien formados. Pero por alguna razón, no se le ocurría nada. Todo lo que podía hacer era contemplar el modo en que su mano, fuerte y masculina, se curvaba alrededor de la copa y después la alzaba hasta su boca.
No podía imaginar una razón que explicase por qué nunca se había prometido con una mujer. Parecía tener alrededor de veinticinco años, y, por tanto, ya hacía tiempo que había dejado atrás la adolescencia. Generalmente, los hombres de su edad estaban ansiosos por asegurar sus posesiones por medio de un matrimonio estratégico y engendrando herederos.
Sólo se le ocurría un motivo por el que él no se hubiese casado.
Tímidamente, le dedicó una sonrisa a Lord Seiya.
— "Digame, milord, ¿hay una dama en algún lugar a la que haya entregado su corazón?"
— "¿Por qué me pregunta una cosa así?" —su tono hizo que su gélida mirada pareciese un caluroso día de verano en comparación.
Obviamente, ésa no había sido una buena cuestión, pero ella lo comprendió demasiado tarde. Del por qué una pregunta tan inocente había desencadenado una respuesta tan acalorada, ella no tenía la más mínima idea.
Era algo que el lord no tenía el menor deseo de discutir, así que buscó rápidamente algo que calmara su mal humor.
— "Lo dije simplemente por hablar de algo, milord. No era mi intención ponerlo furioso."
Pero no era furia lo que ella vio en sus ojos. Era algo más, algo ella no podía definir ni comprender.
Comieron en silencio durante unos minutos más, cada uno perdido, aparentemente, en sus propios pensamientos.
— "Lady Serena es una mujer muy valiente, ¿no estás de acuerdo, Seiya?" —preguntó Yaten por fin.
Una oleada de pánico atravesó a Serena ante la idea de que, quizás, Yaten hubiese adivinado de alguna manera su plan para llevar a Seiya al matrimonio. Si el conde descubría que ella le estaba tendiendo una trampa, no sabría decir lo que podría pasar, sobre todo dada su reacción a la pregunta que le había hecho antes.
— "¿Valiente?" —preguntó ella, dándose cuenta del inusual tono agudo de su voz.
— "Sin duda" —asintió Yaten—. "Has abandonado tu hogar con el enemigo de tu padre sin derramar ni una lágrima. No se me ocurre ninguna otra mujer que de las que he conocido que hubiese mostrado tu fortaleza. "
Serena trató de no demostrar su alivio, y le llevó todo un minuto pensar algo que decir.
— "Mentiría si dijese que no echo de menos mi casa. Jamás me he separado de mi familia antes, pero los hombres del rey me dijeron que podía confiar en el juramento de protegerme que había hecho Lord Seiya."
Seiya soltó un resoplido, que ella tomó como su forma de reírse.
— "Eres una necia, señora, si crees en el juramento de cualquier hombre."
Se le detuvo el corazón. ¿Tendría intención de hacerle daño?
— "Simplemente trata de asustarte" —dijo Yaten—. "Me temo que mi hermano es algo rudo. Se acostumbrará a él con el tiempo."
Bastante rudo, de hecho. Sus palabras habían estado cerca de aterrarla.
Observó a Seiya, que mantenía la mirada clavada en su rostro. Cómo deseaba poder leer sus emociones tan fácilmente como las de Yaten. Era muy inquietante no saber a qué atenerse con él.
Su intuición le advertía que éste era un hombre muy peligroso. Uno acostumbrado a tomar lo que quería y a mandar al diablo las consecuencias.
A pesar de eso, sabía que era mejor no permitir que sus miedos la gobernaran. Si su padre le había enseñado algo en la vida, era a ser fuerte y a hacer frente a los problemas. Enfrentarse a los miedos demostraba que, raramente, eran tan malos como uno los imaginaba.
— "Tendrás que hacerlo mejor, milord" —le dijo a Seiya—. "Descubrirás que no me asusto fácilmente."
Seiya apartó la mirada entonces, pero ella pudo vislumbrar una llamarada de tristeza en su rostro.
— "Si me disculpan, debo ver a mis hombres" —cuando se puso en pie, Serena notó que protegía su pierna derecha, y que sus andares revelaban una sutil cojera.
Cuando volvió a mirar a Yaten, descubrió que su alegría también había desaparecido.
— "Tendrás que perdonar a mi hermano, milady. Es un hombre que pocas veces permite que nadie se le acerque."
— "¿Y eso a qué se debe?"
Podía percibir la lucha que se desarrollaba en su interior mientras masticaba la comida para después tragarla. Le ofreció una ligera sonrisa.
— "Jamás revelaría los secretos de mi hermano. Basta decir que ha tenido una vida muy dura."
Serena frunció el entrecejo.
— "¿Una vida dura? Es un héroe entre aquéllos que le son leales al rey. Su leyenda se narra en al menos veinte cantares que se me vienen a la cabeza. ¿Cómo puede alguien tan venerado…?"
— "Seiya es un hombre, milady, no un mito. Sigue al pie de la batalla porque es lo único que sabe hacer."
En ese momento comprendió lo que él pretendía decir. Serena miró hacia el lugar en el que Seiya permanecía de pie, junto a su caballo. Conocía al tipo de hombre al que Yaten se refería. Un hombre entrenado desde la cuna para la batalla. La mayoría de los nobles, como su padre y, obviamente, como Yaten, eran protegidos mientras eran niños, para después ser entregados, a los seis o siete años, a amigos de la familia o señores feudales con la intención de que les entrenasen, primero como pajes de los caballeros, y después como soldados. Su vida era una mezcla de ceremoniosos privilegios equilibrados con el entrenamiento para la guerra.
Pero algunos padres esperaban mucho más de sus hijos. Y a esos hijos nunca se les mostraba nada excepto la guerra; ahora entendía por qué Lord Seiya se había retirado. Había vivido siempre en el campo de batalla, en compañía de enemigos y soldados.
— "¿No son hijos del mismo padre?" —preguntó, recordando que Yaten había hablado de que su padre había caído en la batalla.
— "No, milady. Mi padre era más juglar que caballero. Era digno en la batalla, pero jamás el mejor."
— "¿Y el padre de Seiya?"
Yaten se quedó callado. Serena observó su rostro y encontró una mirada cargada de un odio semejante que la dejó impresionada.
— "Era invencible en la batalla. Me han dicho que algunos ejércitos se rendían inmediatamente sólo con ver su estandarte."
Ella había oído esas historias también. Fujitaka de Ravenswood era un hombre de renombrada crueldad.
— "¿Por qué lo odias?"
— "Dudo que me creyeras si te lo dijera."
Y antes de que pudiera preguntar algo más, Seiya anunció que había llegado el momento de reanudar el viaje.
No dijeron ni una palabra más mientras empaquetaban la comida y subían a los caballos.
Serena permanecía perdida en sus pensamientos, buscando entre sus recuerdos todo lo que sabía sobre el padre de Seiya. Había muerto al menos doce veranos atrás, no mucho antes que su madre. Lo sabía únicamente por que recordaba a su padre hablando de ello con su madre durante la cena.
— "He oído que el diablo se llevó a Fujitaka de Ravenswood hace una semana" —había dicho su padre.
— ""¿Fujitaka está muerto?" —había preguntado su madre.
— En efecto, y a manos de su propio hijo, según me han dicho.
Serena se había sentido aterrorizada al escuchar sus palabras. No podía creer que nadie tratase de matar a su propio padre. En aquel momento, le había parecido la cosa más espantosa que hubiese oído jamás.
¿Había sido simplemente por las tierras, como habían dicho, o había algo más en aquella historia?
Aunque Lord Seiya era de hecho atemorizante y peligroso, había algo en él que no parecía concordar con las historias de brutalidad espeluznante que había escuchado.
No. Podría creer esas cosas de Nicholas y Rubeus; había una frialdad en sus ojos que les hacía parecer crueles y despiadados. Pero la frialdad de la mirada de Lord Seiya no se parecía en nada a la de ellos. Era diferente. Como si ese frío proviniese de su interior, y se concentrase más en sí mismo que en los demás.
Por supuesto, podría estar engañándose a sí misma al ver en los ojos de Seiya sólo lo que deseaba ver. Como había hecho Rei.
— "Pero yo no soy tan estúpida" —suspiró—. "O, por lo menos, espero no serlo."
La dote (1): La dote es el patrimonio, que la novia o su familia entregan al novio para sostener las futuras cargas del matrimonio y que en muchos casos es directamente proporcional al estatus social del futuro esposo. La dote se otorga al marido, quien la administra durante la duración del matrimonio, ya que en caso de divorcio tendría que devolverla.
Espuela (2) Es un instrumento que se coloca en los talones y sirve para que con un golpe el caballo apure su paso.
Sobreveste (3): Se denomina sobreveste o sobrevesta a una túnica sin mangas cubierta por delante en su mitad inferior y forrada toda de armiños o de una tela de color vistoso. La sobreveste se sujetaba a la cintura con un cordón o correa poniéndose encima el talabarte o tahalí para la espada. Era un traje especial de caballero y por lo general, estaba adornada de sus blasones.
¡Hola!
Bueno, como verán Serena y Seiya tienen diferentes planes. Ella lo quiere como marido y él… cuanto más apartado de ella esté, mejor. Adoro a Seiya en todas sus formas… pero de esta Ahhhhh, es tan malo y lindo. ¡Adoro a los antipáticos!
Sé que este capítulo fue…un poco tranquilo, pero ya a partir del siguiente comienza lo bueno. Si me miman un poquito mañana mismo subo el siguiente. U.U
En fin, les tengo buenas noticias a algunas. Primero, como verán, les junte algunas palabras que quizás no se entendían y les prepare el significado.
Cualquier sugerencia es bienvenida.
Y a segunda noticia es que ya casi tengo listo el séptimo capítulo de "Desde que te vi" n.n
¡Kinsei! ¿En qué parte del mundo estas ahora? ¡Comienzo a extrañarte!
Hoy si puedo responder a los reviews de todas!
Un CoNeJo: Hola! Me alegra mucho que te guste esta historia. Tengo pensado en publicar varias novelas más que también son épicas. De esta época, precisamente, muchas cosas hoy en día me suenan tan retrogradas. Por ejemplo, una mujer no podía salir a pasear con un hombre sin una dama de compañía. Ya sabes, las malas lenguas… bueno hoy en día siguen existiendo las chusmas de siempre, pero ya no es tanto como antes. Espero que te haya gustado este capítulo.
veronick: Hola! Espero que no hayas tenido problemas para leer este capítulo! En el próximo empieza lo bueno!
chikita22bkou: Coincido con vos que a Seiya le queda como anillo al dedo este papel. De imaginármelo… ahhhh, todo tan sexy y enojado ¡Qué lindo! Espero que disfrutes de la historia!
patty ramirez de chiba: Me alegra mucho que te guste la historia. Espero que la disfrutes mucho!
Malistrix: Hola y bienvenida! En este capítulo se empiezan a hilar algunos cabos sobre la maldición que Seiya cree tener. Eso se va a ver a lo largo de la historia. Pero, con el tiempo la relación entre Serena y Seiya va a ir avanzando y veremos qué pasa con su problema. Te veo en el siguiente capítulo!
Erill Cullen: Yo le mostraría desde el tobillo hasta mi…ehhh hola!!! Jajjaja. Serena, te aseguro que tendrá unos métodos bastantes… peculiares para atraer a Seiya. Me gusta mucho de ella que no se la pasa llorando y que tiene cero vergüenza con respecto a enamorarlo y ganarse su corazón. Espero que disfrutes de la historia!
miki1920: Tengo buenas noticias para vos! Casi todas las historias que quiero adaptar son de época ¡Qué bien encontrar a alguien que comparta mis gustos! Voy a subir lo más rápido posible! Espero que te guste este capítulo!
PRISGPE: Hola! Espero que hayas recibido mi PM. Lei unas cuantas novelas de Johanna Lindsay. Y todo porque leí un fic en esta web, pero era de de Sakura. En la web que te envié hay varias novelas de ella. Y en cuanto a McGregor, ella es excelente. Quiero subir varias sobre ella, pero, salvo esta, todas están unidas porque es una saga. Y debo admitir que me da mucha fiaca hacer historias largas sobre otras parejas. Leí una novela que se llama "La cortesana" pero es de otra autora, Kat Martin. Es linda esa historia. También, otra muy buena autora. Igualmente voy a buscar esa historia de esa autora porque me dejaste picando de curiosidad.
drixx: Hola! Yo me equivoco o sos tan pervertida como yo? Jajaja. Amo el lemmon y no me avergüenza decirlo. Historia de romance sin lemmon es como comer tostadas sin pan ni duce de leche, en una palabra una porquería. Lo que si, hay partes que creo que voy a tener que editarlas porque si son fuertes y ya rozan la línea de lo erótico (pero no le digas a nadie)... creo que debería mandarte un PM con esta información, pero estoy segura que nadie mas va a leer esto, pero vos shhhh. XD A lo largo de los capítulos vamos a ver a una Serena que se cruza a nuestro bando y pierde todo tipo de vergüenzas y provoca a Seiya cada vez menos sutilmente. Creo que te di información de mas, asique me voy antes de contarte el final antes de tiempo jaja.
MISS-ODANGO: Felicidades! La maldición de Seiya se conocerá a lo largo de la historia, pero ya en este capítulo se menciono algo, hay que prestar atención a esas cosas porque Seiya, como has visto, se niega a hablar del tema y Yaten no se atreve a revelar sus secretos. Además también está la maldición que vos mencionaste ¡Vivir con Seiya sin poder tocarlo, que tortura! Pero te aseguro que Serena se lo va a poner difícil.
Bueno, nos seguimos viendo en el próximo capítulo!
Y para las que me leen, conste que sé quiénes son, no sean amarretas ni ortivas y dejen su review ¡Es solo un segundo! y a mi me hacen muy feliz! U.U
Un BzO para todas!
Akari
