Kagome jadeó y se permitió un minuto para respirar. Estaba agotada.

Al parecer la perla era bastante literal sobre sus deseos. Ella había pedido ser como Inuyasha y ciertamente lo era. Se había pasado la tarde practicando con él, descubriendo sus habilidades sólo para darse cuenta de que tenía exactamente las mismas que él. Incluidas las garras de acero y de fuego.

En lo que claramente había una diferencia era en resistencia, puesto que Inuyasha estaba acostumbrado y ella no. Él se había divertido con eso más de una vez en toda la tarde.

Sango había participado un rato del entrenamiento y Shippou se había pasado animándola junto con Kirara.

Sus amigos se habían calmado al respecto y ya habían pasado dos días desde que tenía un cuerpo nuevo. Al final la anciana Kaede y Miroku opinaban que muy probablemente el deseo sólo fuera temporal puesto que la perla no estaba completa. Kagome no estaba segura, además aquella nueva fuerza le gustaba. Y ciertamente, con el cambio de naturaleza sus poderes espirituales se habían incrementado al punto en el que ella podía decir si había alguien cerca sólo por su presencia.

-Creo que es mejor que terminemos por hoy Kagome. No debes esforzarte mucho, ya aprenderás a dominar tu cuerpo.

El grupo miró a Inuyasha en silencio. Ella le dio una sonrisa de agradecimiento y él se adelantó a la aldea. Kagome al final se puso de pie y comenzó a caminar junto con Sango.

-Inuyasha ha estado muy extraño estos días –su amiga le habló en un tono bajo –ha estado… amable contigo.

-Es verdad. Ni siquiera ha pedido que regresemos a buscar a Naraku. A estas alturas ya nos habría obligado a salir de viaje de nuevo –Kagome movió sus orejitas y Sango le sonrió con ternura.

-Además se te queda mirando más de lo usual Kagome. Tal vez él esté cambiando de parecer.

Kagome se detuvo. Sango la miró con preocupación.

-¿Qué sucede?

-Aunque Inuyasha cambie de parecer las cosas entre nosotros no cambiarían, Sango. Aunque él llegara a quererme le prometió a Kikyo que estaría con ella. Ya conoces a Inuyasha. Él no faltará a su palabra.

La exterminadora la contempló en silencio.

-No pierdas la esperanza Kagome. Opino que unos niños con ésas orejitas se verían muy lindos. –Ambas se rieron y reanudaron la marcha.

La sacerdotisa sonrió y se acomodó las mangas del nuevo aori que llevaba puesto.

Todos estaban reunidos alrededor de una fogata en medio de una conversación animada. Shippou reía, Inuyasha devoraba su comida ninja y los demás hablaban de nada en particular. La noche era calurosa y alegre. Kagome estaba cansada pero extrañamente aún se sentía con energías para más. Giró su rostro para ver a Inuyasha y se dio cuenta de que él la miraba directamente a los ojos.

Una mirada penetrante y ardiente, más que el fuego que los separaba. Una mirada que ella había aprendido a identificar.

Un nudo delicioso se formó en su garganta y se obligó a tragar el bocado de comida que tenía en la boca. Pudo sentir su interior estremecerse y sus latidos acelerarse con la expectativa. Le ofreció el resto de su comida a Shippou y se estiró en su sitio.

-Gracias por la comida Kagome. -Inuyasha se puso de pie y le dio la espalda al grupo. –Voy a dar un paseo.

-No te tardes Inuyasha. Ya está muy tarde –Shippou le dio una sonrisa y siguió comiendo. El medio demonio no dijo nada y simplemente caminó hasta perderse en el bosque. Kagome se quedó mirando un par de segundos el sitio por el que había desaparecido y se giró de nuevo al grupo.

-Creo que iré a darme un baño. Hoy entrené mucho y está haciendo mucho calor.

-Voy on..i..o a..hme –Kagome le sonrió al zorrito.

-No te preocupes Shippou. Termina de comer. Estaré bien sola. Recuerda que ya soy un poco más resistente. –Él la miró lleno de orgullo y regresó a su cena. Kagome entró a la cabaña, tomó sus cosas de aseo y se apresuró a internarse en los árboles en dirección al río.

Contrario a lo que creyó Inuyasha no estaba por ninguna parte. Se sintió decepcionada y trató de ignorar el pinchazo de tristeza que la sacudió. Tal vez ella lo había malinterpretado y él sí quería estar solo.

Ella suspiró, se desnudó y entró al agua. Estaba fresca y reconfortante, justo lo que sus músculos necesitaban.

Primero se entretuvo enjabonando su cabello, haciéndose peinados graciosos hasta hartarse. Se metió en el agua de nuevo hasta que no quedó rastro del shampoo y luego continuó enjabonándose el cuerpo.

Cerró los ojos. Estaba relajada y se sentía bien. Realmente cada día le gustaba más ser una mujer medio demonio. Aquello realmente tenía sus ventajas.

El sonido de una rama al partirse la alertó. Abrió los ojos y vio a Inuyasha en la orilla mirándola fijamente. Casi al instante su calor corporal subió varios grados. Ella estaba desnuda, empapada y con una espuma sugerente cubriéndole el pecho. Kagome se detuvo y se quedó ahí parada con el corazón en la garganta, pero él tampoco se movió.

-Continúa, Kagome.

Ella jadeó. ¡Cielo Santo! ¡Él quería verla mientras se bañaba!

Bueno, si eso quería…

Ella reanudó el movimiento de sus manos con su mirada fija en él. Continuó esparciendo el jabón por su piel, jugando con la espuma, pasando más de lo necesario sus manos por sobre sus endurecidos pezones. Kagome se paró sobre una piedra en el lecho del río y el agua descendió hasta sus rodillas. Ella no podía enjabonarse si estaba rodeada de agua, ¿cierto?

Le dio la espalda al medio demonio y continuó enjabonando sus hombros, sus brazos, su espalda, su cintura, su trasero. Oh si, se aseguró de que él tuviera una vista malditamente buena de su trasero enjabonado. Ella se mordió una sonrisa sintiéndose traviesa.

Entonces, sin previo aviso, él se pegó a su espalda y sus manos reemplazaron las suyas propias. Inuyasha deslizó sus manos despacio por su cintura recogiendo jabón para luego masajear generosamente su trasero. Kagome jadeó y se dejó hacer, sintiéndose cada vez más excitada.

-Me lo estás haciendo realmente difícil, Kagome. –Él dejo caer su respiración caliente sobre la piel mojada de su cuello –eres una perra seductora.

Ella jadeó de nuevo. Aquello había sonado… Caliente.

Inuyasha pasó sus manos a su abdomen y siguió despacio hacia arriba, acunó sus senos en cada mano y los masajeó suavemente asegurándose de entretener sus pulgares con las cimas endurecidas de ella. Kagome gimió bajo y él deslizó su mano derecha hacia abajo despacio por su abdomen, se detuvo un momento a jugar con su ombligo, y continuó descendiendo.

-Creo que te faltó un poco esta parte –mientras hablaba deslizó descaradamente su dedo corazón justo en medio de su zona más caliente. Ella instantáneamente abrió un poco las piernas y le permitió acceso total deseando más de su toque. Él deslizó su palma completa contra su entrepierna haciendo presión en los puntos en los que ella era más vulnerable y cuando la tuvo gimiendo agitada por fin permitió que un dedo se deslizara despacio en su húmeda entrada.

-Hoy durante la cena estuve pensando, ¿cuál será tu sabor? –Ella abrió los ojos y gimió fuerte ante la imagen que su mente creó de inmediato. –si es como tu aroma debe ser delicioso porque hueles malditamente bien, mujer.

Inuyasha sacó su dedo de su interior y dejó de tocarla.

-Quítate el jabón.

Ella obedeció, entró al agua y trató de ser lo más minuciosa y rápida posible. Estaba excitada y ni siquiera el agua fría la había ayudado en lo más mínimo. Mientras Kagome se deshacía de los restos de jabón él hizo algo inusual: Se deshizo de la parte de arriba de su aori.

¿Eso significaba que le iba a permitir tocarlo?

Finalmente ella terminó y se subió a la roca de nuevo. Inuyasha la cargó y de un saltó estuvieron en la hierba mullida de la orilla. Él acomodó su ropa allí y le indicó que se acostara.

Kagome lo hizo y se sonrojó. Ella nunca había estado así, totalmente desnuda tan expuesta a él como lo estaba en aquel momento. Inuyasha se dejó caer sobre ella y, para su total sorpresa, se lanzó de inmediato a devorar sus labios.

Ella abrió su boca y le permitió acceso al instante pero él no se demoró mucho allí. Inuyasha parecía querer disfrutar aquello, pero también se veía impaciente. Él descendió por su cuello con su boca, bajó despacio y se entretuvo un poco más con sus senos. Besándolos, lamiéndolos, chupándolos hasta tenerla agitada y jadeante. Él se estaba deleitando por completo con ella, y ella no estaba dispuesta a restringirlo.

Él continuó bajando por su abdomen, mordisqueando su cadera, depositando pequeños besos en sus muslos.

Kagome levantó la cabeza y lo vió entre sus piernas observándola de cerca, demasiado cerca. Él la miró a los ojos, sacó la punta de su lengua y la deslizó con parsimonia de abajo hacia arriba por toda su humedad. Ella gimió duro y echó la cabeza hacia atrás ante aquella sensación tan lasciva y exquisita.

Inuyasha se saboreó despacio sin dejar de mirarla. Ella tuvo que refrenarse de contonear su cadera en busca de contacto, estaba demasiado excitada para aquel punto. Finalmente el hanyou hizo un sonido bajo de éxtasis y enterró por completo la cara entre sus piernas.

Kagome se dejó caer contra la tela agobiada por aquella sensación nueva, tan potente y erótica como ella nunca se lo hubiera imaginado. Si las manos de Inuyasha eran el cielo, entonces su lengua era el paraíso.

Él la lamió rápido, moviendo su lengua en círculos y de arriba abajo sobre su clítoris, chupándola suavemente, deteniéndose por momentos para deslizar su lengua justo en su entrada. Ella creyó que iba a morir de placer.

Al menos hasta que él continuó besándola de aquella manera y al mismo tiempo deslizó uno de sus dedos en su húmedo interior. Entonces ella creyó que realmente ella estaba muriendo de placer.

-Vamos Kagome –él la incitó con los labios llenos de su humedad y una media sonrisa arrogante sin dejar de mover su dedo dentro y fuera de ella. –Acaba para mí.

Aquello fue como una orden y su cuerpo obedeció. Kagome se arqueó sobre su espalda y dejó que un gemido prolongado y potente escapara de ella mientras él recogía con su lengua todo su orgasmo. Siguió lamiéndola despacio hasta que los espasmos de su cuerpo disminuyeron y ella pareció recobrar la razón.

Finalmente Kagome se incorporó sobre sus rodillas y quedó frente a él, que simplemente la abrazó por la cintura y la besó profundamente mostrándole su sabor dulce y exquisito.

A pesar de acabar de tener su orgasmo Kagome se excitó nuevamente. Aquello era sumamente erótico, un beso húmedo de lenguas entrelazadas que jugaban con su humedad entre una y otra.

Ella nunca creyó que Inuyasha fuera tan caliente.

Kagome deslizó sus manos por el pecho desnudo del hanyou dejando que sus garras pasaran despacio sobre su piel y él gimió roncamente en su boca. Ella comenzó a deslizar sus labios hacia abajo por su cuello, mordiendo un poco su hombro, succionando sobre su pecho.

Los músculos firmes y la piel suave de Inuyasha sabían deliciosamente en su boca. Ella se estremeció emocionada de que él le estuviera permitiendo tocarlo, besarlo. Guardó en su memoria el sabor de sus labios y su piel, el contorno de su pecho bajo su lengua y lo excitante de su abdomen marcado bajo las palmas de sus manos. Ella se permitió bajar un poco más y dejó a su lengua deslizarse por su obligo. Él se estremeció.

Ella mordisqueó su cadera como había hecho él, y bajó un poco más.

Y sintió las manos de Inuyasha en sus hombros deteniéndola.

-Kagome…

-¿Qué? –Ella lo miró enfadada y se liberó de su agarre. –Ya no vas a ensuciarme de nada, Inuyasha. Soy como tú. Somos iguales.

Ella lo vio sopesar la idea en su mente. Parecía luchar para encontrar una razón y rebatir aquello, pero finalmente dio un suspiro agotado y sus manos se dirigieron a su hakama, desanudándola. Ella le dio una sonrisa deslumbrante sintiéndose victoriosa.

Era hora de que él tuviera su dosis de placer.

Cuando la tela finalmente dejó de cubrirlo Kagome jadeó impresionada. Inuyasha era grande, más de lo que ella hubiera creído. Ella lo vio sonrojarse y mirar hacia otro lado. Finalmente se armó de valor y lo rodeó con una mano… o intentó abarcar con ella todo lo que le fue posible. Ahora fue el turno de Inuyasha de jadear.

Kagome sonrió triunfante y comenzó a tocarlo despacio observándolo de cerca, moviendo su mano de arriba abajo lentamente dejando que él descubriera aquella sensación.

Él la miró directamente y ella vio la sombra de las marcas púrpuras en sus mejillas. Kami, cada vez él se veía mejor.

Ella se acercó un poco más y se aseguró de mirarlo a los ojos como él lo había hecho antes de sacar la punta húmeda de su lengua y deslizarla desde la base hasta la punta de su erección. Inuyasha gimió duro y dejó caer la cabeza hacia atrás.

Oh sí. Se sentía poderosa.

Ella rodeó toda la punta con su lengua descubriendo que Inuyasha tenía un sabor tan bueno como su aroma. Dejó que su lengua lo recorriera a su antojo por toda su longitud casi sin poder creer que realmente estuviera haciendo aquello, y extasiada de los gemidos y gestos de placer que el hanyou le estaba regalando.

Finalmente ella abrió la boca y lo metió por completo en su interior. Al menos todo lo que pudo.

-¡Kagome! –Inuyasha la miró con los ojos muy abiertos gimiendo de placer. Ella comenzó a mover su cabeza de arriba abajo moviendo su lengua por toda su carne y haciendo presión con sus labios. Inuyasha enterró sus manos en su cabello y ella se sintió sucia, pervertida. Se sintió genial.

Kagome aumentó el ritmo paulatinamente y se deleitó viéndolo retorcerse de placer, balbucear su nombre y casi perder la noción de todo como a ella le sucedía a menudo con él.

Kagome finalmente vio como las marcas en sus mejillas eran completamente claras, pero sus ojos no cambiaron. Su mirada seguía brillando dorada e intensa como el oro más puro a la luz del sol.

-Kagome… por favor… -él se contoneó e hizo un intento vano de separarse de ella –voy a… no en… no en tu boca –Inuyasha apenas y podía pronunciar bien. Su respiración agitada mezclada de gemidos roncos eran el sonido más erótico que ella hubiese escuchado nunca.

Ella lo atrajo por la cadera y lo miró ceñuda dejando claro su punto. Ella no iba a permitir que él se separara. Inuyasha la miró suplicante y derrotado antes de, finalmente, dar un gemido prolongado y potente y alcanzar su clímax.

Kagome se sorprendió cuando sintió el semen caliente llenar su boca. El sabor era delicioso y la textura ella no la había conocido antes. Además la calidez deslizándose por su garganta se sintió realmente bien.

Ella se aseguró de que él hubiera disfrutado todo lo posible antes de finalmente sacarlo de su boca y ponerse de pie. Él le sonrió jadeante, la tomó por el mentón y la atrajo a otro beso profundo, conociendo su propio sabor.

Finalmente se separaron jadeantes y ella comenzó a vestirse.

-Eso estuvo… -Inuyasha se detuvo buscando la palabra –delicioso.

-Así es –ella le sonrió y le ofreció su ropa dándole un beso en la mejilla. –Gracias Inuyasha. Nunca lo olvidaré. –Él le sonrió y se puso su ropa.

Kagome se sorprendió cuando los brazos masculinos la envolvieron por detrás y la pegaron al pecho fuerte de él. Ella dejó caer su cabeza sobre el hombro derecho de Inuyasha y fijó su mirada en la luna llena sobre ella.

-No te quiero perder Kagome. –Ella se estremeció con las palabras que él le susurró. No era usual en Inuyasha decirle aquellas cosas. Se giró en el abrazo, se estiró hacia él y depositó sus labios sobre los suyos.

Fue un beso sin pasión, sin deseo. Un beso lento y tierno en el que ella depositó todo su amor. Finalmente se separó y recostó su cabeza en el pecho de él.

-No me vas a perder, Inuyasha. Siempre estaré contigo. Te lo prometí.

-Yo… yo no… -Él la apretó un poco más y agachó la cabeza. –Yo no quiero ir al infierno con Kikyo.

Kagome se paralizó. Aquella simple frase decía mucho.

Él no quería estar con Kikyo. No quería irse con ella. No quería perderla. Acaso… ¿Acaso Inuyasha…?

-No es sólo por esto. –Él hizo una pausa y ella entendió a qué se refería. –Eres tú, Kagome. Yo quiero estar contigo.

Ella dejó escapar todo el aire de sus pulmones. Su corazón parecía correr una maratón y los nervios de su cuerpo estaban paralizados. Inuyasha la apretujó un poco más, nervioso. Ella pudo escuchar su corazón en un ritmo tan acelerado como el suyo y finalmente recobró el movimiento.

Levantó la cabeza y miró los ojos asustados del hanyou. Kagome sonrió, no recordaba ningún otro momento en el que se hubiera sentido tan feliz en su vida.

-Yo siempre quiero estar contigo, Inuyasha.

Él le sonrió despacio.

-¿En serio quieres quedarte así?

-Sí. Yo no quiero que cambies por mí. No necesito que lo hagas. Yo te quiero como un medio demonio y como nada más. Y quiero ser como tú para estar a tu lado siempre.

Él abrió la boca sorprendido. Cada día ella encontraba la forma de sorprenderlo más, de enamorarlo más. Finalmente, él se inclinó y selló la frase con un beso.

Se sentía mal por fallarle a Kikyo. Se sentía mal por romper su palabra. Pero luego de amar a Kagome como lo hacía, y de que ella le demostrara su amor y su aceptación como lo había hecho, él no podría vivir consigo mismo si no estuviera a su lado el resto de sus días.

Tal vez, si tenía suerte y ella se quedaba con él, el resto de su vida no fuera un asco después de todo.