III.

Hace tiempo que me odio a mí misma como nunca antes. Todos los recuerdos de nuestra historia se agolpan en mi cabeza como si quisieran hacerla explotar.

Después de ese reencuentro las cosas no fueron fáciles para mí. Seguía sin encontrar mi sitio, como si todo el mundo siguiera echándome en cara las cosas que habían ocurrido hacía tanto tiempo. Pensé en irme. De hecho, creo que tomé la decision de marcharme de nuevo para no volver jamás. Pero bastó una sola frase en labios de Silvia para que olvidara mi determinación y la ilusión de una nueva oportunidad naciese en mi recién estrenado interior.

- Pepa, quiero que te quedes en San Antonio.

Las dos mirábamos las estrellas tumbadas sobre el capó de un coche. Acababa de hacer un gesto inocente que podía haber echado todo a perder. Pero no pude resistirme. Necesitaba sentirla, tocarla… y mi dedo meñique rozó su mano que, instintivamente, ella apartó. Se me congeló la respiración. "Pepa, ¿cómo puedes ser tan imbécil? ¿Quieres asustarla o qué?". Pero lo siguiente que oí fue esa frase. Silvia no la dijo insegura, o nerviosa, o avergonzada. Me miró a los ojos y la pronunció con determinación. Yo no contesté. Ella apartó la mirada y yo sonreí. ¿Sería posible que…? Decidí no hacerme ilusiones. Mi pelirroja me quería allí, cerca de ella y de momento eso bastaba. Un tiempo después, ella misma me dijo que no sabía que la impulsó a hacerlo, pero que pensó por un momento que yo volvía a desaparecer de su vida y que no quería que lo hiciera.

Ahora siento como las lágrimas recorren mi rostro. Y entre ellas aparece un reflejo de Silvia. Ya no sé dónde empieza lo real y dónde los espejismos. La única realidad que hay en mi vida es que NO puedo vivir sin ella.

Una vez que decidí quedarme, Silvia se convirtió en el motor de mi vida. Yo aún no lo sabía a ciencia cierta, pero lo que sí podía sentir era que el suelo desaparecía bajo mis pies cuando ella me miraba, o me rozaba o me hablaba. Pero aún era pronto para reconocérmelo a mí misma. Yo era Pepa Miranda, una cabra loca, arriesgada, y en palabras de don Lorenzo, una anormal y una despotenciada en toda regla. Sin darme cuenta empecé a tontear con mi pelirroja, a comportarme como una adolescente enamorada hasta los huesos tratando de conquistarla. Y mi razón me decía que aquello no saldría bien, que me había vuelto a fijar en la persona equivocada, que yo para ella solo era una amiga. Especial, sí, pero tan solo amigas. Sufría pensando en que si me lanzaba me rechazaría, así que no le decía nada especial. Sufría pensando el momento que la viera con otro hombre y ella me lo contara entre confidencias. Pero pasaba el tiempo y ese fatídico momento no llegaba. Y mis fantasías con ella crecían cada vez más. Inconscientemente, mis insinuaciones de broma rozaban el límite de la pura amistad, pero Silvia seguía ahí… no me rechazaba.

¿Que cuando decidí que había llegado el momento de apostar en serio? No lo sé exactamente. Pero llegué a un punto en el que creí volverme loca… Nada que ver con la locura que me domina ahora, por supuesto. Pero no soportaba estar cerca de ella y no tocarla. No soportaba hablar con ella, mirar su boca y no poder probar sus labios. Aprovechaba cualquier excusa para acariciarla, su pelo, su brazo, su mano… Me despertaba por la noche con su nombre en mis labios, llenaba mis sueños de pasión… Hacía que adorase el sonido del despertador por la mañana porque significaba que faltaba poco para verla. Y yo quería seducirla y atraparla como ella había hecho conmigo. Que no tuviera ojos para nadie más. Pero no solo quería que me desease… No, a mí ya no me bastaba con eso… tardé en comprenderlo, pero yo quería que ella me amase.

- Nos vamos de juerga!!!

Era una ocasión perfecta para dar un paso más. Me acababa de llamar una amiga de Sevilla para decirme que estaban en Madrid de despedida de soltera. Así que le eché morro y conseguí que Silvia, Rita y Lola se apuntasen también. La complicidad entre la pelirroja y yo era cada vez mayor así que tendría que ver qué ocurría con un cambio de ambiente. "Y nunca mejor dicho", reí para mis adentros. Porque la despedida iba a ser precisamente en un pub de ambiente.

La verdad es que al principio pensé que les iba a dar algo, pero tras las primeras copas estaban todas como pez en el agua. Llegó el momento de marcarnos unas sevillanas. Y parecía que Silvia se lo tomaba como una competición personal conmigo. ¿O por mí? "Pepa, no empieces a desvariar, que te tomas unos tequilas y se te va la pinza". No iba a ser tan fácil. Además era sólo una toma de contacto, que ella me viera en mi mundo, que no se alejara de mí después de aquello. O que se alejara, así sabría a qué atenerme de una vez.

Así que me dejé llevar cuando empezó el striptease. Y tanto, como que fui yo la que casi le arranca el sujetador a la stripper. Estaba jugando con fuego, pero lo que nadie sabía es que en mi cabeza esa stripper era la propia Silvia. Pero mi Silvia se levantó en ese momento y se fue. Dijo que se encontraba mal.

Así que ahora ¿qué hacía yo? Tenía varias opciones. La primera es que fuera verdad que se encontraba mal, pero eso no me lo creía ni de coña. Silvia no sabe mentir ni disimular y se había ido con cara de pocos amigos. Entonces sólo me quedaban dos posibilidades. Lo más probable es que se hubiera enfadado al verse fuera de lugar, como si fuera la carca de la fiesta, mientras yo me lo pasaba como una loca y Rita y Lola disfrutaban como enanas con la novedad. Pero… ¿y si el enfado era por celos? No quería hacerme ilusiones pero, a la vez, quería creerlo. Y si mi pelirroja estaba celosa, eso podía querer decir… Otro pequeño resquicio de esperanza se abría ante mí, un abismo que, todavía, no sabía cómo iba a poder cruzar…