CAPITULO 2. De cómo escapé a mi cruel destino.
Como ya dije antes, nací en Arabia, un país donde el ser mujer no es nada fácil y desde que nacimos a Argol fue al que se le prestaba más atención al ser "el hijo y heredero" de la familia.
El era quien metía los berridos más fuertes si teníamos hambre cuando éramos bebés y si algo se rompía no le reñían tanto como a mí. Delante de los papás era todo un primor, se comportaba a las mil maravillas, pero en cuanto se volvían de espaldas era otra historia.
Si hacía una travesura casi siempre le reían la gracia o quizás, porque desde chico podía usar muy de tanto en tanto y de forma incontrolada una versión de su cosmos, era por miedo por el que los papás no le reñían mucho. En cambio, si la travesura hacía yo, me ganaba un buen castigo a pesar de que el resto del tiempo me trataban como si fuera invisible (aunque eso a menudo tenía y sigue teniendo sus ventajas)
Eso sí, que nadie se piense que yo me comportaba como un angelito, puesto que cuando se me presentaba la oportunidad me vengaba de él y se me daba muy bien el que tuviera pequeños accidentes sin que nadie, ni el mismito Argol, se enterara.
Cuando nos hicimos lo suficientemente mayores se decidió que se marcharía a Austria porque un señor de pelos largos y verdes, sin cejas y dos lunares en la frente, que decía llamarse Sion, Canción o algo así (no se me dan muy bien los nombres raros, sobretodo si son extranjeros y ya bastantes dificultades tengo con recordar el mío), envió a un mensajero feísimo, barbudo, que se parecía a Sam Pistolas, a mis padres y les dijo que debía entrenar como futuro caballero de la Medusa.
Viendo el panorama, pues si la vida ya era mala con Argol de por medio, mucho peor sería cuando se fuera porque mis padres, que hasta entonces me habían tratado principalmente como si no existiera, seguro que me habrían hecho casarme con cualquiera que les pidiera mi mano por tal de quitarme de encima o quizás habrían despedido a la servidumbre para que fuera yo quien hiciera las faenas de la casa y de paso ahorrarse un buen dinerito.
Rogué y rogué con lagrimitas en los ojos y todo para que me dejaran ir delante de aquel tipo. Mis padres en un principio se negaron rotundamente pero al final el tipo se puso de mi parte, los convenció y les susurró algo al oído de lo que no me enteré hasta mucho más tarde. Mi hermano me puso mala cara pues se pensaba que se habría deshecho de mí para siempre pero una vez que se acostumbró a la idea que yo también iría se lo tomó bastante filosóficamente y cayó en la cuenta de que le vendría bien tener a alguien que le hiciera todo el trabajo sucio como limpiarle la ropa, pulirle la armadura, etc. y no perdió tiempo en decírmelo cuando nos dejaron solos.
No me atreví justo entonces a contestarle de mala manera, aunque faltó un pelo para que lo hiciera, pues tenía miedo a que mis padres acabaran negándose en caso de que el nene les diera el chivatazo. No, lo mejor era morderse la lengua (¡literalmente!) y vengarse después. Además, me consolaba el hecho de saber que la venganza es un plato que está mucho más rico cuando se come frío.
Unos días después partimos para Austria y como dice la cancioncita nos fuimos en un barco llamado "Libertad"...
(En realidad fuimos en avión con un billete de clase turista pero eso es un detalle nimio)
