Declaimer:Los personajes pertenecen a las grandiosas Stephanie Meyer y L.J. Smith. Solo la trama es mía.

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~Después de ti hay mucho~

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El despertar

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Se tomó una semana en volver a vivir debido a un fuerte resfrío que había sido producto de sus cavilaciones en el lluvioso bosque.

Había vuelto calada hasta los huesos y una vez en la casa se había sacado toda la ropa y metido debajo del chorro de agua caliente de la ducha. Luego había ido abajo para prepararle la cena a Charlie. A la mañana siguiente se despertó resfriada. No quería ir al Hospital ―durante todos esos últimos meses se las ingenió para no tener que hacer otra visita a urgencias y no quería romper el record― así que llamó a un médico que le recetó los remedios que ella ya había sabido de antemano que tenía que tomar y le dio un certificado médico para no ir al Instituto por una semana.

Esa semana estuvo marcada por una rutina muy sencilla:

Por las mañanas se despertaba a la misma hora de siempre pero como con los medicamentos no tenía hambre, se quedaba cobijada en la pequeña cama leyendo libros. Charlie se iba a la estación de policía luego de preguntarle si necesitaba algo. Casi al mediodía se levantaba y se duchaba con agua bien caliente para luego vestirse con ropas cómodas pero abrigadas y bajar hacia la planta baja. Ordenaba todo lo poco que Charlie había desordenado el día anterior y se preparaba algún té con galletas. En la tarde volvía a su habitación y veía la ropa que tenía, decidiendo que tenía que comprar nuevas prendas.

El último día de la semana, cuando el refrío se había ido casi del todo, se encontraba escuchando música mientras hacía una limpieza a fondo en su habitación. Estaba vaciando los cajones de su armario, sacando las ropas, limpiándolos y aireándolos. Juntó toda la ropa que había allí y las puso en bolsas de consorcio negras.

Charlie llegó al atardecer, como era usual.

―Hola, Bella ―saludó desde el vestíbulo, colgando el cinturón con la pistola y el abrigo.

―Hola, papá ―devolvió el saludo ella desde la cocina, revolviendo con una cuchara los espaguetis que se cocían en la olla humeante.

Charlie entró por la puerta, sus labios se curvaron en una leve sonrisa que iluminó su cansado rostro. Estaba contento porque su hija se estaba comportando nuevamente como la Bella anterior.

―Eso huele bien, Bells ―comentó él, de pie en la entrada de la cocina. Se pasó la mano por el cabello―. ¿Quieres que te ayude con algo?

―No ―sonrió ella, apenada por la realización de un Charlie aliviado―. La salsa ya está hecha y los fideos también ―anunció mientras apagaba la cocina.

―Está bien ―sus pasos resonaron mientras iba hacia el living.

Bella puso la mesa y sirvió la comida.

―Mañana voy a Seattle ―anunció ella en el medio del cómodo silencio. Charlie miró hacia arriba y la observó.

―¿Tú sola? ―ella asintió, jugando con su comida. No lo miró al rostro.

―Sí. Necesito… cambiar de aires por lo menos un día.

―¿Quieres que vaya contigo? ―la idea de Charlie con ella en un día de compras y relajación la horrorizó. Quería irse para poder olvidarse de todo por unas horas y un Charlie incómodo a su lado no ayudaría.

―¡No! ―Charlie la miró con una poblada ceja alzada―. Quiero decir, voy a ir a comprar libros y un poco de ropa…

El rostro cambió en un segundo.

―Oh. Está bien ―se llevó un bocado de arremolinados fideos con salsa a la boca―. ¿Necesitas dinero?

―No. Tengo.

Cuando terminaron de comer, Charlie le agradeció por la cena y se fue a mirar un partido en la televisión del living. Bella lavó los platos y le deseó buenas noches a su padre.

―Que descanses, Bells.

―Que descanses, papá.

Subió las escaleras y se dirigió a lo que ya consideraba su guarida. Buscó entre los olvidados CDs y encontró uno que su madre le había regalado. Miró la tapa: Muse. Hizo una mueca y lo metió en el reproductor, dándole Play.

Se tendió sobre la cama con los brazos debajo de la cabeza, preparándose mentalmente para lo que iba a hacer al día siguiente. Era de saber común que a ella no le entusiasmaban las compras pero, se dijo, sería algo diferente ir sola que acompañada. Tenía que serlo. Además, no sólo iría a comprar ropa sino también música y libros. Todo lo que se le ocurriera. Era el dinero de lo que ella había trabajado lo que iba a gastar. Era su dinero.

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La pesadilla vino a su encuentro como todas las noches. Él estaba en el medio del prado soleado. Imposible, divino y letal la miró con los ojos negros debido a la sed que estaba padeciendo. Bella se acercó sin pensarlo si quiera con una sonrisa en su rostro.

―Has vuelto ―susurró, alzando una mano para tocarle el rostro. Pero cuando lo tocó no sintió su fría y dura pero suave piel. No sintió nada. Sus dedos traspasaron a Edward, quien se desvanecía ante sus gritos y súplicas.

―Será como si nunca hubiese existido ―susurró él con voz baja. Y despareció.

Se despertó con un grito surgiendo en su garganta.

Hizo una mueca de dolor y la inundó un sentimiento fuerte y ácido. Sintió las mejillas húmedas. Se las secó con fiereza.

―¿Cómo si nunca hubieses existido, Edward Cullen? ―exclamó, apoyando las palmas de sus manos en los ojos y tragando saliva―. Hubiera sido mejor que junto con ese maldito CD y la foto también te hubieras llevado mis recuerdos. Porque adivina qué, ¡todavía los tengo!

Se levantó con furia y voló hacia el cuarto de baño. Se bañó, tratando de sacarse de la cabeza la pesadilla y luego se vistió sin prestar atención pero con colores oscuros. Bajó y saludó a Charlie, quien la miró de manera examinadora. Seguramente la había escuchado gritar en sueños, se dijo a sí misma. Miró por la ventana y se dio cuenta que la luz que entraba por ella era amarillenta. Sonrió, pensando que quizás el día no estaba del todo perdido. Desayunó cereales con leche mientras veía a su padre limpiar la caña de pescar.

―Sales a pescar ―no fue una pregunta.

―Sí. Harry, Billy y yo iremos a ver qué pica ―le sonrió levemente.

Bella asintió llevándose otra cucharada de cereales con leche a la boca.

―Espero que muchos.

―¿Sigues planeando ir a Seattle?

Bella volvió a asentir.

―Sí. De hecho, en un momento salgo.

―¿Estarás aquí cuando venga?

Ella lo pensó. Charlie siempre salía temprano y volvía a la hora en la que en Forks debería ser el crepúsculo. Negó con la cabeza.

―No creo. Quizás para la cena pero si me tardo no te preocupes. Tengo muchas cosas que hacer allí.

Él frunció el seño pero no discutió nada.

―Bueno, cuídate, ¿sí?

Bella le sonrió.

―Claro. Espero que traigas pescado porque las reservas siguen disminuyendo.

Él rió y le deseó un buen día antes de salir contento con su caña de pescar.

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Condujo tranquila hacia Seattle, contenta por el día soleado que se le había regalado. Bajó las ventanillas de ambas puertas y disfrutó del aire cada vez más seco y cálido que entraba a medida que se alejaba de Forks. Luego de dos horas y media manejando se topó con una plaza muy concurrida en ese soleado día. El ruido de la camioneta sólo se percibió entre los que estaban cerca cuando ella estacionó. Salió de la camioneta y cerró la puerta, encaminándose con su pequeño bolso atravesado en su hombro. Los niños jugaban y reían, las parejas estaban sentadas en bancos o acostados sobre manteles a cuadros cerca de cestas de picnics. Los grupos de amigos estaban sentados sobre la verde hierba o, los más afortunados, estaban debajo de algún árbol con sombra.

Bella deseó ser como ellos. Nada de madurez adolescente o criaturas sobrenaturales en su vida. Sólo normal. Una palabra que cambiaría todo en ella, la convertiría en una persona menos concienzuda del peligro de las sombras y quizás más alegre. Pero, ¿quería ella olvidar lo que una vez conoció? ¿insertarse en una vida puramente humana?

Siguió caminando y encontró a un vendedor de manzanas acarameladas. Compró una y siguió su camino, disfrutando del aquel dulce sabor bailoteando en su lengua.

Caminó hacia una avenida que rebosaba de tiendas de ropa. Iba a ser un muy largo día.

Entró a la primera Boutique que vio y la vendedora, una muchacha de cabello castaño claro que parecía no tener más de veinte años, la miró en una forma que Bella no supo descifrar. Tampoco estaba segura de querer hacerlo pero, ¿pensaría que no tenía dinero suficiente como para entrar al lugar? Pero había llevado todos sus ahorros que eran unos cuantos miles de dólares. Estaba segura que le alcanzaría para todo lo que quisiera. Eran aquellos mismos ahorros que había estado guardando para ir a la Universidad en un plan alternativo por si él no quería convertirla. Muchas veces había soñado con que él se rendía y la mordía, así convirtiéndola en alguien bello e inmortal como él. Pero ese sueño nunca podría convertirse en realidad porque cuando él se había ido, se lo había llevado consigo.

—Buenas tardes —saludó Bella amablemente.

La muchacha sacudió la cabeza como si estuviera saliendo de un mundo de ensueño y luego sonrió en su dirección.

—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó en el mismo tono. Naturalmente, Bella no sabía cómo expresarse para que la muchacha la ayudara así que se decidió por contarle parte de la verdad. Miró a su alrededor para cerciorarse de que nadie las estaba observando y le dijo en voz honesta:

—Mira, el problema es el siguiente: mi… ex—novio —remarcó la palabra ex— me dejó y creo que caí en depresión —sacudió levemente la cabeza mientras pensaba que todo aquello sonaba infantil y estúpido. Pero antes de que se arrepintiera, la muchacha la miró de arriba a abajo y luego le sonrió confidencialmente.

—No tienes que preocuparte, te entiendo. Me sucedió algo parecido hace un año. Creo saber qué necesitas —agregó y mirando sus ropas chasqueó la lengua—. ¿Siempre vistes así? — gesticuló con el dedo.

Bella se miró a sí misma para luego responder:

―La mayoría de las veces, sí.

―Bien. Pues eso tiene que cambiar.

Bella volvió a mirarse a sí misma, luego dirigió su vista a los estantes de ropa y luego a la vendedora.

Suspiró.

—Creo que tienes toda la razón —contestó.

Ella sonrió amablemente.

—Bien. Empecemos, entonces. Por cierto, soy Erika.

—Yo soy Isabella.

Erika la llevó hacia el fondo de la tienda y comenzó a mostrarle todo tipos de ropas. Bella había comenzado a pensar que había cometido un error al pedirle a Erika que la ayudara porque en veinte minutos tenía en sus manos una pila de ropas nuevas y a una Erika ordenándole que fuera hacia el vestidor para probárselas. Entró al vestidor y lo primero que tuvo entre sus manos fueron unos jeans color azul oscuro que le parecieron muy… ajustados. Ella nunca usaría algo así. Pero a pesar de ello, suspiró profundamente y comenzó a sacarse la ropa. Cuando estuvo nuevamente vestida, alzó la vista y miró su reflejo. Sorprendentemente, le gustaba lo que veía.

—¿Puedo echar un vistazo? —la voz de Erika sonó a unos metros de ella, fuera del vestidor.

—Claro, entra.

Bella quitó el seguro de la puerta y un segundo después ésta se abrió, dando paso a la otra muchacha. La vista puesta en los jeans.

—Date la vuelta —pidió y Bella la complació—. Te quedan estupendos. No quiero sonar grosera pero los que traías puestos eran pasados de moda y muy sueltos, lo que hacía que no resaltaran tu figura. Y déjame decirte que tienes una muy bonita —le dijo con una sincera sonrisa en el rostro, luego rebuscó entre la pila de ropa y sacó una blusa de tirantes color violeta con un dibujo en plateado. Se la tendió—. Combina con esta blusa y veamos cómo queda.

Su vista cayó sobre la tela por unos segundos y luego miró a Erika, murmurando tontamente:

—¿No es muy pequeña?

Erika rió amablemente.

—Mira, voy a explicarte algo. Esa camiseta que traes puesta parece la de un chico, no tanto pero casi —la miró sin entender—. Es que es muy grande —se justificó—; Esconde tus curvas, ¿entiendes? Hace de tu cuerpo un revoltijo que no luce nada —ante eso Bella solo pudo fruncir el seño—. Ahora te dejo para que te la pruebes y luego vemos si piensas lo mismo que antes ―le guiñó un ojo―. Vuelvo en unos minutos.

Bella se dio la vuelta y se enfrentó al espejo, probándose la dichosa blusa. Una vez puesta y bien acomodada, Bella no lo podía creer. ¡Tenia pechos! Su cuerpo se había estilizado esplendorosamente.

—¿Puedo pasar? ―la voz de Erika volvió.

—Sí, claro —Bella aun estaba maravillada—. No puedo creer esto –musitó ella dando una vuelta antes de que Erika se lo pidiera.

—¿Ves? ¡Te dije que no ibas a decir lo mismo! —la examinó con ojo crítico—. En verdad tienes una figura muy bonita, solo que no usabas el tipo de ropa adecuada para mostrarla ―sonrió―. Ahora lo sabes; nada pasado de moda…

—Y nada suelto —terminó Bella–. Tengo que escoger ropa que muestre mi figura.

—Pero recuerda que no quieres parecer una cualquiera ―advirtió la dependienta.

—Lo recordaré —asintió Bella. a partir de ese momento siguió probándose más ropa y compró diferentes tipos de jeans, blusas y camisas de varios colores, que no eran sueltas y tenían alguna que otra bonita inscripción o estampado, o simplemente lisas pero lindos colores que hacían que su piel resaltara. También compró suéteres livianos y otros no tanto. Erika le recomendó que fueran negros, de tonos cafés o que fueran de algún color que sea intenso y a la vez oscuro y llamativo. Las chaquetas de cuero para mujeres llamaron su atención y no pudo evitar llevarse algunas. Erika coincidió en que se le verían muy bien y le dio unos cuantos consejos de moda que Bella se los gravó a fuego en la mente.

—¿Tienen algún tipo de botas aquí? —preguntó Bella observando hacia abajo. Sus zapatos daban vergüenza. Tenían leves salpicaduras de barro ellos y estaban muy pasados de moda.

Erika siguió su mirada y frunció el seño.

—Seguro, ven.

Los calzados también tuvieron su propio espacio de tiempo y, sorpresivamente, Bella se llevó botas marrones, blancas, otras lisas y de color piedra, otras color marrón decoradas con un pequeño moño de cada lado visible, otras negras y lisas, otras que eran de un gris oscuro casi metálico con algo de tacón. Las únicas que eran por encima de la rodilla eran negras, de pana y no tenían tacón alguno.

Cuando salió de aquella Boutique, Bella llevaba puesto un jean negro, una blusa color champagne y botas de color marrón.

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—¿Puedo ayudarte en algo?

El muchacho miró a Bella con una sonrisa en los labios. Tenía el cabello castaño claro y los ojos de un verde derretido. La sonrisa dejaba al descubierto una dentadura revestida con frenos pero era cordial.

—Sí —contestó ella—, creo que necesito… ayuda.

—Bien ―contestó él, saliendo desde atrás del mostrador, revelando un cuerpo alto pero sorprendentemente frágil y delgado. Caminaba como si tuviera prisa y ella tuvo que apresurarse para seguirlo. Se le hizo raro que en aquel tipo de lugares estuviera trabajando alguien del sexo masculino pero cuando llegaron a un pasillo de paredes blancas por el que caminaron un poco trecho y se cruzaron con otro muchacho algo más robusto y ellos dos se sonrieron de una manera muy significativa, ella ya se había dado cuenta de la situación—. Por aquí —dijo él mientras abría una puerta. Lo siguió y se encontró frente a un gran espejo y un mueble en el que yacían distintos tipos de cremas y demás cosas de bellezas—. ¿Qué puedo hacer por ti?

Bella lo pensó un momento y abrió los labios para contestarle cuando, de repente, calló. Luego miró al muchacho a través del espejo mientras tomaba asiento frente a éste.

―¿Cuál es tu nombre? ―preguntó.

―Martin ―sonrió.

―Soy Bella.

―Bueno, Bella, ¿qué quieres que haga por ti?

Ella frunció los labios y dijo las palabras que nunca imaginó pronunciar:

―Sorpréndeme.

Martin sonrió.

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Fue algo completamente nuevo. No era que nunca hubieran trabajado su rostro con cremas ni la hubieran maquillado ―de hecho, Alice la había torturado muchas veces― pero la diferencia era que ésta vez ella sí lo había querido. Mientras Martin limpiaba su rostro con diferentes tipos de cremas, le explicó la función que cumplía cada una y cuando llegó la hora del maquillaje, él tuvo que explicarle sus nombres, sus usos y secretos. Ella escuchaba con avidez.

―Vivo en Forks ―se quejó ella en un momento dado segundos antes de que él terminase su trabajo.

―Pues compras una máscara para pestañas a prueba de agua.

―¿Existe eso?

Martin rió.

―El último retoque y… ¡terminamos! ―sonrió orgulloso y levantó el respaldo de la silla de Bella que había estado bajo para facilitar su trabajo. Fue ahí cuando ella se miró en el espejo.

La muchacha que le devolvía la mirada allí era hermosa. Su piel seguía igual de inmaculada, sí, pero sus ojos se encontraban sombreados de un color ocre, delineados de negro y las pestañas se veían arqueadas, largas y oscuras, haciendo que resaltara el chocolate de sus ojos. Los labios se veían de un rosado cremoso que los hacían ver más llenos. Bella alzó su mano, llevándola hacia su rostro y la muchacha en el espejo hizo lo mismo.

Sí, era ella.

—Eres un mago.

—Lo sé —rió Martin―. Pero la gloria no es toda mía, cariño. Tú eres la que tiene la materia prima —ambos rieron—. ¿Algo más que quieras?

—Cabello —contestó ella sin vacilar.

—¡A la orden!

Bella volvió a relajarse contra el mullido asiento mientras sentía a Martin revoloteando a su alrededor y sus manos en su cabello.

A pesar de que normalmente a ella no le gustaba nada de aquello, en ese momento, allí, se encontraba a gusto y, para su sorpresa, bastante expectante por los resultados. Se relajó. Pudo haberse quedado dormida porque lo siguiente que escuchó que la voz de Martin, diciéndole que podía echar un vistazo en el espejo. Así lo hizo.

—Tienes un muy lindo cabello pero puedo apostar que no lo cuidas demasiado. Lo corté en capas pero traté de no tocar el largo, ¿sí? también te dejé un flequillo del lado izquierdo. Lo único que te pido, Bella, es que uses el shampoo adecuado para tu cabello. Luego sólo tienes que peinarlo dándole tu toque personal —pidió-casi-imploró él.

El cabello se poseía movilidad después de todo, pensó ella ligeramente divertida mientras pasaba una mano por él. Se sentía suave. Con ambas manos ella comenzó a desacomodarlo, haciendo que quedase sensual y casual al mismo tiempo.

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Debía de ser quizás media tarde pero Bella lo ignoraba mientras conducía por las calles de Seattle. Sólo sabía que el sol estaba cambiando de un amarillo claro a un naranja suave. Y que tenía mucha hambre. Echó un vistazo a una cafetería que había en una esquina y aparcó en una plaza vacía.

Ningún tropiezo ni caída. Era un verdadero récord.

Mientras hacía su camino hacia el lugar, notó con sorprendente complacencia, que varios hombres se daban la vuelta para admirarla al pasar.

La cafetería era un lugar con tonalidades en marrón y blancos; las mesas y sillas eran de madera. Unas cuantas personas se encontraban allí realizando diferentes actividades cuando Bella buscó por una mesa vacía que se encontraba al lado de la ventana y tomó asiento. En menos de un minuto una muchacha le tomó el pedido y Bella aunque era intolerante a la cafeína, ordenó un cortado con unas medialunas. Se concientizó en que las compras daban hambre.

Se rió en silencio. ¿Quién iba a imaginar alguna vez que ella, Isabella Marie Swan, iba a ir algún día de compras por propia iniciativa? Bueno, quizás Alice, pero ella ya no estaba allí para verla… y Bella estaba triste otra vez.

La camarera volvió cinco minutos más tarde, interrumpiendo su sufrimiento. Se estaba consolando en saber que la improvisada merienda estaba exquisita cuando a casi terminar alguien la interrumpió, diciendo:

—¿Puedo acompañarte? —una rica y profunda voz preguntó a su lado.

Bella levantó la vista para encontrarse con el hombre más humanamente apuesto que había visto en toda su corta vida.


[N. de A]: Otro capítulo editado. Quiero agradecer a todas aquellas personas que siguen apoyándome en este… resurgimiento de ~Después de ti hay mucho~ Créanme cuando les digo que es algo muy importante para mí.

Muchas gracias a: flexer, Andy Cullen de Salvatore, CaMuChI, Cullen-21-gladys, miadharu28, Lexi Smile, TrishCullenWinchester, nandita21unexplained, SoffyO'SheaHerondaleCarstairsC, Amanda-Cullen-Salvatore, Storybrooke, isabellaCMasen, Elizabeth Serena y a los 3 Guest (la próxima vez pongan algún nombre, por favor) por sus Reviews. Espero que hayan disfrutado del capítulo y creo que todas sabemos quién es aquel hombre tan "humanamente" apuesto.

XOXO