CAPITULO 3

Edward

—¿Qué te pasó aquí? —Sasha estaba sentada a horcajadas sobre mi regazo. Tenía sus enormes pechos prácticamente en la cara, y su estrecha cintura resultaba perfecta como punto de agarre. Subió una mano por mi pecho hasta llegar a la cicatriz que tenía en el pectoral. Sobre él se dibujaban varias líneas delgadas de color negro allí donde los cirujanos habían cortado y luego me habían cosido.

—Me dispararon.

—Ooh… —Pasó los dedos con cuidado por la herida—. Lo siento.

—No es para tanto. Sólo fue una herida de guerra.

—Y un gran tema de conversación. —Su inglés era perfecto, pero tenía un marcado acento francés. Me gustaba oírlo cuando estábamos en la cama.

El sexo sin ataduras con otras mujeres era una gran distracción; no me dejaba tiempo para pensar en la que me había causado más daño incluso que la bala que casi me había perforado el corazón. El estar borracho casi todo el tiempo también ayudaba, sin mencionar los analgésicos que aún tomaba.

—Sí, supongo.

Alguien llamó a mi puerta a pesar de ser casi las nueve en punto.

—¿Señor? —La voz de Dimitri se oyó en el dormitorio—. Siento molestarle, pero es urgente.

Tenía una mujer desnuda en el regazo; nada era tan urgente.

—Puede esperar hasta mañana.

No se oyó a Dimitri marchándose. Siguió hablando justo al lado de la puerta.

—Se trata de lady Isabella. Está aquí. ¿Quiere que la haga marcharse?

Me quedé petrificado al oír aquello. Al principio creí que debía de habérmelo imaginado, pero al sujetarle las caderas a Sasha el tacto de mis dedos sobre su piel me hizo recordar que aquello no era un sueño. Estaba pasando de verdad.

—¿Isabella?

—Está fuera, señor —dijo Dimitri—. ¿Cuáles son sus órdenes?

Sasha me miró, posicionada encima de mí.

—¿Quién es Isabella?

Ignoré su pregunta. En aquel momento era como si Sasha ni siquiera estuviera presente en la habitación.

—Bajaré en diez minutos. —Me la quité de encima y cogí los bóxers y los pantalones vaqueros del suelo. Me los puse rápidamente y saqué una camiseta al azar de mi armario.

Sasha se sentó en la cama y se tapó el pecho con las sábanas.

—¿Quién es Isabella? —repitió.

Me peiné con las manos lo mejor que pude antes de ir hacia la puerta.

—Ahora no tengo tiempo. Vuelvo en un momento. —Sabía que Isabella no iba a irse a ninguna parte, pero el corazón se me había puesto a mil con la adrenalina. No había esperado volver a verla ni saber más de ella, pero ahí estaba, frente a mi puerta en mitad de la noche.

¿Qué quería?

La última vez que la había visto acabábamos de subir al Jeep, y después todo se había vuelto negro.

La furia salió a la superficie al pensar en lo que me había hecho. Ni siquiera debería bajar a verla. Debería darle con la puerta en las narices y ordenarles a mis hombres que la sacaran de la propiedad arrastras por el pelo.

Pero aquello no me detuvo.

Bajé las escaleras, sintiendo como el corazón me latía en los oídos como si fuese un tambor. Cerré las manos automáticamente, con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Por muy furioso que estuviese, aquello no evitaba que quisiera cruzar aquella puerta.

No evitaba que quisiera verla.

Llegué a la puerta delantera y me quedé mirando la madera oscura. Sólo nos separaban unos metros de distancia, sólo unos metros me separaban de la mujer a la que había amado. Me había tomado por idiota, me había manipulado tal y como me había advertido Siobhan. Me había humillado de un modo en que Tanya nunca había conseguido hacerlo.

Y pensar que yo la amaba de verdad.

Respiré profundamente y me obligué a dejar de sentir aquella furia que me consumía. Quería tener una expresión estoica, vacía, cuando la mirase. No quería que comprendiese el daño que me había causado.

Abrí la puerta y salí al exterior, bajando por los largos escalones de piedra de la entrada. Vi su silueta en la oscuridad, su cuerpo envuelto en una chaqueta negra. Su aliento formaba nubes de vapor; las noches de octubre en Escocia eran mucho más frías que las de Nueva York.

Su rostro por fin quedó a la vista bajo las luces del exterior. Llevaba el pelo castaño exactamente como yo lo recordaba, ligeramente ondulado por la humedad del aire. Vestía unos pantalones vaqueros oscuros con botas negras, y la ropa se ajustaba a sus curvas y la hacía ver más delgada.

Me detuve frente a ella y la miré a los ojos, haciendo lo posible por parecer indiferente. Hacía frío, sobre todo vestido como iba, con sólo una camiseta encima, pero me negaba a invitarla a mi casa. Era mi enemiga.

Me miró con aquellos ojos verdes que yo solía adorar. En ellos había simpatía y dolor, y remordimiento por lo que había hecho. No necesitaba oír sus disculpas para saber que las tenía en la punta de la lengua.

Esperé a que hablase primero, ya que yo no tenía nada productivo que decir; lo único que me venía a la cabeza eran insultos gélidos que no aportarían nada a la conversación. Cualquier pizca de cortesía que hubiera habido en mí había muerto hacía mucho.

—Hola…

No le devolví el saludo por pura cabezonería. El viento era fuerte aquella noche, y el pelo le dio en la cara. Se le metió en los ojos y se lo colocó detrás de la oreja.

—Esperaba que pudiésemos hablar dentro. Tengo muchas cosas que decirte.

—No.

Sus ojos se contrajeron al oír la autoridad en mi tono.

—No quiero que vuelvas a poner un pie en mi casa. —Me sorprendió lo mucho que controlé la voz. De camino a la puerta había pensado en estrangularla, pero ahora estaba tranquilo y sereno; mis defensas eran tan gruesas como los muros de la Gran Muralla China—. Me importa un cuerno lo que tengas que decir, y eres una estúpida por aparecer por aquí. Puede que hayas olvidado a todos los hombres que murieron por tu culpa, pero mi cuadrilla no.

Por fin bajó la cabeza, rompiendo contacto visual y abrazándose la cintura.

—Le dije a Joseph que no viniese. Le dije específicamente que…

—Que no hiriese a nadie y que no me matase —la interrumpí—. Pero sí que planeaste con él que viniera a por ti. ¿Cómo pudiste ser tan estúpida de pensar que mi enemigo no me destrozaría en cuanto tuviese la oportunidad? Confabulaste en mi contra a propósito, te aprovechaste de mi corazón como la puta que eres. —Mi temperamento había salido a la superficie y ya no podía controlarlo. No me sentí mal por insultarla, no cuando ella lo había hecho peor.

El fuego que solía aparecer en su mirada no hizo acto de presencia esta vez.

—Le dije que no viniese. Le dije que primero quería hablar contigo.

—¿Hablar conmigo de qué? ¿De que habías conseguido que me encoñase de ti?

—No. De que me tratases como un ser humano de verdad y no como una prisionera. —Ahora sí que estaba enfadada, pero lo mantuvo bajo control mucho mejor de lo que lo estaba haciendo yo—. Edward, me decías que me querías, pero me seguías teniendo atada como a un perro.

—No había cadenas por ninguna parte. Ojalá las hubiese habido.

—Ya sabes a lo que me refiero. Quería pedirte que me dejases marchar…

Apreté la mandíbula. Seguramente lo habría hecho si ella me lo hubiese pedido. Si hubiese querido dejar de estar conmigo, yo tampoco habría querido estar con ella. No a la fuerza.

—Sabía que lo harías, pero Joseph no estaba de acuerdo. Por eso hizo lo que hizo.

La conversación me estaba poniendo todavía más furioso.

—¿Qué haces aquí? Lo que pasó ya es cosa del pasado. ¿Por qué estamos hablando de ello? ¿Y por qué no te has limitado a llamarme por teléfono? ¿Por qué apareces en mi casa en mitad de la noche? —Había guardado la esperanza de que al menos quisiera volver conmigo, que creyese que abandonarme había sido un error. Pero en cuanto me di cuenta de que sólo quería no sentirse culpable, me cabreó otra vez. Me odié por haber deseado que fuese otra cosa.

—Quería que supieras que nunca quise herirte a ti ni a tus hombres.

—Me alegro mucho de oírlo —dije en tono sarcástico—. Eso lo cambia todo.

El pelo volvió a darle en la cara y esta vez se lo echó por encima del hombro.

—Quería que supieras que no todo fue mentira. Quería ser libre porque merecía serlo. Hice lo necesario para recuperar mi libertad.

—Enhorabuena.

—Pero cuando te dije que te quería… lo dije en serio. En aquel entonces no me había dado cuenta, pero ahora lo sé.

Todavía tenía las manos a los costados, frías por la brisa y blanquecinas por la fuerza con la que las estaba cerrando.

—¿Y esperas que me crea eso?

—¿Por qué no? Estabas allí, Edward. Sabías lo que sentía hacia ti incluso antes de que dijese nada.

Negué con la cabeza y di un paso atrás.

—Todo fue una farsa. Conseguiste jugar conmigo, me engañaste para conseguir lo que querías. Y ahora que tienes tu libertad, ¿por qué no la disfrutas y desapareces de mi vida? —Odiaba pensar en los hombres con los que se debía de haber acostado durante aquel último mes. Me ponía de un humor de perros que me importase cuando no tenía por qué hacerlo.

—Porque no he disfrutado de ella como creí que haría.

La miré fijamente, incapaz de apartar la vista. Todo mi cuerpo dejó de funcionar para concentrarse en oírlo todo sin perderme ni una sola sílaba.

—Edward, te echo de menos. Creí que sería feliz al volver a Nueva York, pero no lo soy. Sólo puedo pensar en ti. Y no digo que no quiera mi libertad, porque sí la quiero. Pero también quiero estar contigo. Esperaba que pudiésemos empezar de nuevo.

—¿Empezar de nuevo? —dije, con una risa estrangulada—. Casi muero en la mesa de operaciones. No, no podemos empezar la puta relación de nuevo.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Entiendo que estés enfadado…

—Enfadado se queda corto. No hay palabras para describir lo que siento, Isabella. Nunca he querido hacerte realmente daño hasta este mismo momento. Quiero darte una bofetada tan fuerte como para romperte el cuello. Así es cómo me siento.

No retrocedió, aun a pesar de que debería haberlo hecho.

—Quisiera disculparme por todo, pero no puedo. Hice lo necesario para sobrevivir. Lo único que lamento es haberte hecho daño; porque nunca fue ésa mi intención. —Las lágrimas siguieron acumulándose en sus ojos, pero no cayeron.—. Y lo sabes, Edward.

—Yo no sé nada, Isabella. No tengo ni puñetera idea de nada. —Cuanto más tiempo estábamos fuera, más inmune me volvía a la fría temperatura y al endurecimiento de mi corazón. Había vuelvo a bajar la guardia, por supuesto, y me había pasado factura. Me sentía como un estúpido por haber confiado en ella—. No quiero volver a verte jamás. ¿Me has entendido?

Las lágrimas corrieron al fin, bajándole por las mejillas hasta los labios. Sentí como mi corazón roto se encogía al instante.

—Edward, admito que las cosas no salieron como deberían. Debí hablar contigo mucho antes, pero no puedes pretender ser la única víctima de esta situación. Tú también has hecho cosas mal. Me quitaste la vida que conocía, y no tenías derecho a ello. Ni siquiera sé cómo me enamoré de ti, pero que lo hiciera me dice que esto es real. Así que no puedes culparme a mí de todo; ambos somos culpables de muchas cosas.

—Quizás te mantuve prisionera al principio, pero hacia el final ya no lo eras. Dejé muy claros mis sentimientos por ti. Nunca te mentí ni te engañé al respecto. Pero tú, por otro lado, sí me engañaste. Y si quieres saber mi opinión, eso es peor.

—Te repito que sólo intentaba sobrevivir, y en el proceso empecé a quererte. No sabía que acabaría pasando, pero pasó. Podría haberme escapado con Joseph en cuando tuve la oportunidad, pero no lo hice. Me quedé contigo y me aseguré de que sobrevivieses. No tuve por qué salvar a Siobhan, pero lo hice porque sé lo importante que es para ti. Cometí muchos errores, pero hice lo correcto cuando más importaba.

La brisa se hizo más fuerte y vi cómo temblaba ligeramente. De haber estado todavía en el pasado la habría abrazado y la habría hecho entrar en la casa, pero en aquel instante era incapaz de ver más allá de mi desamor o mi vergüenza. Isabella me la había jugado y, sinceramente, ya no sabía qué era real o qué era un juego. Estaba demasiado enfadado como para considerar siquiera el perdón. Estaba demasiado cabreado como para contemplar siquiera que pudiéramos empezar de nuevo.

—La única razón por la que voy a decirte esto es porque no voy a tener más ocasiones para hacerlo.

Isabella parpadeó, haciendo que cayeran más lágrimas.

—Te quería de verdad. Te quería como nunca he querido a nadie. Confié en ti. Joder, eras mi mundo entero. No había nada que ansiase más que salir del trabajo y hacerte el amor. Fui más feliz contigo de lo que lo fui nunca con Tanya, o con cualquier otra mujer antes que ella. Lo que teníamos era especial. Por primera vez en mi vida, era feliz de verdad.

Las lágrimas se multiplicaron, a punto de convertirse en una cascada.

—Pero todo eso se ha acabado, porque nunca fue real. Tal vez fuiste sincera sobre tus sentimientos, pero me resulta imposible saber en qué momentos exactamente mostraste esa sinceridad. Cuando me dijiste que me querías, mentiste. En cuanto pronunciaste esas palabras, perdieron todo su valor…

—Pero ahora sí tienen valor, Edward —dijo, sin dejar de llorar—. Te quiero. Sé que te quiero. Sólo me ha hecho falta asimilarlo y darme cuenta de que no podía seguir huyendo de ello. Esta relación no empezó bien, pero eso no quiere decir que no podamos darle un nuevo comienzo.

—No quiero un nuevo comienzo.

Sus manos cogieron las mías, y sus dedos helados se aferraron a mis muñecas. La aparté de un empujón antes de darme la oportunidad de disfrutar el contacto.

—No me pongas la puta mano encima.

—Edward…

—Fuera de mi propiedad. —Quería que acabara. Quería volver a mi vida y olvidar su existencia. Retrocedí y me giré hacia la entrada.

—Sabes que todavía me quieres.

Me detuve y me di la vuelta, observando cómo volaba su pelo al viento.

—Sé que es verdad. Piensa un poco en lo que he dicho. Me quedaré en Edimburgo durante un mes… Estaré por aquí.

—No te quiero, Isabella —dije fríamente—. Dejé de quererte en cuanto Joseph me encañonó con aquella pistola.

Isabella dejó de llorar, pero sus ojos seguían húmedos.

—Siobhan me dijo lo que te susurró.

La traición me embargó y entrecerré los ojos. Nunca le había dicho a Siobhan que guardase aquel secreto, pero asumí que se guardaría la información para ella.

—La única razón por la que te levantaste fue para protegerme. Después de todo por lo que hemos pasado, volviste a poner mi seguridad por delante de la tuya. Así que no pretendas que no me quieres. No pretendas que no significo nada para ti. Sé que ahora estás enfadado, es la primera vez que hablamos después de lo ocurrido, pero puedo ser paciente. Te daré una temporada para pensar. Estaré en Edimburgo hasta final de mes. Cuando estés listo para hablar, seguro que podrás encontrarme.

Su confianza me cabreó todavía más.

—No deberías perder el tiempo, Isabella. No voy a ir en tu busca. Ahora mismo tengo a una mujer esperándome en la cama. He seguido con mi vida… Algo que estoy seguro que tú también has hecho.

Controló su expresión y escondió el dolor que ardía bajo su piel, pero vi la devastación en su mirada.

Disfruté haciéndole daño, disfruté desquitándome con ella por hacerme daño a mí. Era una estúpida si se creía que lloraría por ella. No había derramado ni una sola lágrima. Me había pasado el mes entero bebiendo whisky y tirándome a mujeres hermosas.

Porque seguía siendo el rey del escocés.

...

SIOBHAN TARDÓ cinco segundos en averiguar qué Isabella se había pasado por allí.

—¿Qué ha dicho? —Entró en mi despacho sin llamar, con los brazos cruzados contra el pecho y los ojos fijos en mí como dos láseres.

Le habría dicho que no era asunto suyo, pero me sentí obligado a contárselo. Había sido ella la que me había avisado sobre Isabella.

—Quería disculparse por mentirme. Luego me dijo que me quería y que quería empezar de cero. —Pasé las páginas del informe de gastos, como si nuestra conversación no fuese lo bastante importante como para prestarle toda mi atención.

—Puta zorra. —Rechinó los dientes, más enfadada de lo que la había visto nunca—. ¿Qué contestó?

—¿Usted qué cree, Siobhan? —Miré los totales del final del informe antes de cerrar la carpeta—. Le dije que saliera de mi propiedad y desapareciera. Se acabó.

Siobhan suspiró de alivio, como si hubiese temido que dijese otra cosa.

—Gracias a Dios.

Como si fuese a darle otra oportunidad a Isabella. Ese barco ya había zarpado.

—Estoy seguro de que no volveremos a tener noticias de ella.

—Más le vale. —Tomó asiento al fin y cruzó las piernas—. ¿Está bien?

La pregunta me insultó.

—Más que bien, Siobhan.

—No ha hablado de ello, y…

—Porque no necesito hablar de ello. Fue un error y se ha terminado. Dejemos ya el asunto. —No necesitaba que me recordasen lo estúpido que había sido. Había arriesgado mi vida y la de todos los que me rodeaban. Algunos de mis hombres estaban enterrados por mi falta de juicio. No podría olvidarlo fácilmente.

—¿Significa eso que reinstaurará a Alistair?

Alistair también había tenido razón sobre Isabella. Debería haber permitido que la dejase hecha un Cristo.

—Sí. Le di dos semanas de vacaciones como disculpa.

—Todo un detalle de su parte.

No lo suficiente.

—¿Necesita algo más? Tengo muchas cosas que hacer hoy.

Siobhan le echó una mirada a mi botella de whisky, ya medio vacía a pesar de no ser todavía las once de la mañana.

—No. Le veré después. —Se marchó de allí sin mirar atrás y con un humor mucho más afable ahora que sabía que Isabella no iba a volver.

No pensaba aceptar su regreso, ni siquiera si me moría de ganas de que estuviera allí.

No después de lo que había hecho.

Era muy orgulloso y demasiado cabezota para dejarlo todo en el pasado.

Pero me había encantado oír que todavía me deseaba, que Nueva York le parecía vacía sin mí en su vida. Me hacía sentir bien que me quisiese de verdad, que hubiese volado hasta aquí sólo para verme.

Me había acusado de seguir amándola.

Cosa que no era verdad.

Pero no podía dejar de pensar en ella, ni siquiera cuando trabajaba o estaba a solas en una habitación. Me costaba dormir tras su marcha. El único momento en el que dormía mínimamente bien era cuando una mujer pasaba la noche conmigo. Pero incluso entonces seguía sin ser lo mismo.

Tan pronto como Isabella se había marchado, le había pedido a Sasha que se fuera. No tenía ganas de que me interrogase una mujer que me había querido exclusivamente para sí misma durante mucho tiempo. Estaba de demasiado mal humor como para complacer a ninguna mujer aquella noche.

Sólo quería estar a solas.

Pero mi humor no había mejorado; seguía tan enfadado como cuando Isabella se había marchado. De hecho, estaba incluso más enfadado por haber permitido que ejerciera aquel poder sobre mí y que me hiciera sentir tantas cosas a la vez.

Y me cabreaba odiar verla llorar. Me hacía sentir como una mierda cuando no debería ser así. Había disfrutado haciéndole daño, pero aquella sensación había desapareció casi de un plumazo. Ahora desearía no haber mencionado a Sasha; había sido un golpe muy bajo.

Y entonces pase a odiarme por preocuparme por sus sentimientos.

Estaba como una puta cabra.

¿Qué me estaba pasando?

...

PASARON LAS SEMANAS, y contacté con ella. Sabía que se estaba alojando en Edimburgo, pero no tenía ni idea de qué estaba haciendo. Su familia no había sido adinerada, así que no sabía cómo estaba pagando su caro viaje desde el otro lado del mundo.

Sobre todo, porque era una pérdida de tiempo y dinero. Aunque siempre estaba en mis pensamientos, me negaba a acudir a ella. Me negaba a verla después de todo por lo que habíamos pasado.

Isabella aseguraba que yo la quería, pero sólo eran ilusiones.

No la quería.

O, al menos, no pensaba admitirlo ni delante de ella ni a mí mismo.

Alistair acaba de volver de sus vacaciones y seguía mostrándose frío conmigo. Obviamente no me había perdonado por mi error de juicio, y yo tampoco no podía culparlo. Había perdido amigos en la emboscada de Joseph. Su trabajo era protegerme a mí y al castillo, pero había sido una guerra innecesaria que podía haberse evitado.

Si hubiese pensado con la cabeza y no con el pene.

El día siguiente me iba de visita a la destilería de Edimburgo. Sabía que Isabella estaría en la ciudad, pero no tenía planeado reconocer siquiera su existencia. Aun así, aquello no significaba que no fuese a pensar en ella. Siempre estaba pensando en ella.

Completé la fisioterapia matutina, tan dolorosa como siempre tras todo el daño que había recibido el músculo, y me senté en la parte de atrás del coche mientras Alistair me llevaba a la ciudad. Sólo tenía que llamar a Dimitri para averiguar su localización exacta.

Pero no se la pedí. Permanecí firme, aprendiendo de mis errores pasados.