NOTAS DE LA AUTORA:

1) Esta obra es un remake de mi viejo fanfic de SS "Ángel de Hielo", publicado en esta plataforma alrededor del año 2007. Se ha modificado tanto la trama como algunas de las características de los personajes.

2) Debido a que tengo algunos capítulos ya redactados y listos para una revisión final antes de ser subidos a , este fic se actualizará semanalmente, todos los viernes.

3) Todos, ABSOLUTAMENTE TODOS, los comentarios se responden. Pero si no tienes una cuenta aquí en y posteas tu review como invitado, si quieres una repuesta, por favor deja un email. Así podemos conversar y pasarla bien (n-n)/

4) PRÓXIMAMENTE se estará subiendo contenido interactivo a esta plataforma. Esto significa que aquellas personas que cumplan con la consigna semanal y respondan en los reviews podrán tener acceso a MATERIAL EXTRA que no será/puede ser subido a esta plataforma o fue mostrado como irrelevante para este fanfic. ESTÉN ATENTOS SI QUIEREN JUGAR PORQUE PROMETE SER MUY INTERESANTE.


Aclaraciones.

1) La existencia de "Saint Seiya Omega" y "Saint Seiya Soul of Gold" será totalmente ignorada, pues para lo que a esta autora respecta, nunca existieron ni formaron parte del cannon.

2) Esta obra se posiciona casi 4 años después de la guerra de Hades.


CAPÍTULO 3

Un vent de changement II

(Vientos de cambio: Segúnda Parte)


Siempre es una sensación extraña cuando despiertas en un lugar desconocido. Lo sientes especialmente fuerte cuando eres un niño y la rutina es la base de tu seguridad. El aire, el ambiente, incluso el modo en que el sol entra por las ventanas se siente diferente. Léa se lo había explicado todo a detalle desde que salieron de su hogar en Lyon. Ella tuvo el suficiente cuidado y atención como para decirle lo que ocurriría para aplacar todos sus miedos, sin embargo eso no quitaba que Camille se sentía en un mundo nuevo y totalmente desconocido.

Como la niña tranquila que era, no sentía demasiadas inquietudes al estar entre tanta gente desconocida. Hyoga era amoroso y muy bueno con ella. Saori también le había caído muy bien, junto con el señor de cabello verde con puntitos en la frente. Sin embargo había algo que no le cuadraba a la niña, y eso era Camus. Durante su primer día en el templo lo único que había hecho es mirarlo en silencio pues, al ser una infanta, esperaba que tomara el control de la situación de algún modo. Su mamá solía hacerlo. ¿Es lo que hacen los padres, no?

La mañana siguiente a su llegada ella despertó en un cuarto que no reconoció en un inicio. Desde hacía un tiempo ella ya se había habituado a despertar en lugares cada vez más extraños, sin embargo este era el máximo exponente de la expresión. No pudo hacer demasiado, salvo bajar de la enorme cama con su pijama de osito polar, y sin llegar a ponerse los zapatos, comenzó a deambular por el nuevo territorio.

Salió al pasillo, reconoció las puertas de algunas habitaciones y tras caminar un poco reconoció las escaleras que bajaban al primer piso. Descendió con cuidado, y durante un momento recorrió algunos de los lugares que había explorado la tarde anterior; la sala de estar, el enorme pasillo que atravesaba el templo de lado a lado, y otros tantos hasta que llegó a la cocina. Ella miró a su alrededor. Todo permanecía en una callada penumbra que poco a poco iba atenuándose conforme amanecía. No había demasiado que hacer, ni mucho que explorar pero pronto un ligero gruñido proveniente de su pancita le dio un indicio de que era lo que debía hacer.

Camus despertó esa mañana sin demasiados ánimos. El nivel de estrés emocional al que había llegado el día anterior con la intervención de Saori y de otros santos que se asomaron al templo para ver el origen de tal alboroto, era tal que al momento de acabar la jornada cayó profundamente dormido. Él, como el hombre disciplinado que era, retomó su rutina de inmediato: tras hacer una pequeña rutina de ejercicios para despabilar, procedió a asearse y después a vestirse. Bajó las escaleras analizando la posibilidad de un café negro con unas tostadas serían un buen desayuno, y justo cuando que estaba comenzando a sentirse mejor la realidad golpeó su cara con la fuerza de un caballero divino: la puerta del refrigerador estaba abierta, su luz bañaba el piso mostrando un charco blanco del que emergían una huellitas que guiaban hacia Camille, quien intentaba saltar para poder agarrar unas servilletas sobre la mesada.

Las viejas costumbres hicieron acto de apertura, cuando sin siquiera anunciarse hizo del pequeño desastre su prioridad y tomando una tela de sobre la mesada comenzó a limpiarlo sorprendiendo a la niña:

‒¡Ah!‒ La niña lo notó cuando estaba intentando de ponerse de puntitas para alcanzar la servilleta.‒ Je suis désolé…‒Murmuró.

‒No puedes tomar cosas del refrigerador por tu cuenta.‒ Dijo él, poniéndose de pie y tomando el cartón de leche que ella había dejado de pie a un costado después de derramarlo.

‒Pero…tenía hambre.‒ Respondió en voz bajita y Camus cerró la puerta del refrigerador.

‒ Siéntate.‒

Ella obedeció casi al instante, o por lo menos lo intentó: lentamente se encaminó hacia donde estaba la barra del desayuno y comenzó a luchar por treparse a una de las altas sillas.

‒Maestro, buenos días.‒ Hyoga apareció inmediatamente por el pasillo luciendo descansado, solo para sentarse después de alzar a Camille y sentarla en una silla.

‒Buenos días Hyoga.‒

Camus se cruzó de brazos. Aún con la cafetera funcionando no podía parar de escuchar a Hyoga hablar con la pequeña:‒ ¿Cuántos años tienes?‒ ¡Quatre!‒ ¡Cuatro! ¿No eres un poco pequeña para tener cuatro años?‒. Camus torció la boca y cerrando los ojos se preguntó a si mismo que era lo que estaba haciendo. Pues, aunque estaba seguro de que estaba en lo correcto al aceptar su responsabilidad sobre la niña, esto se sentía mal, muy mal, demasiado mal. Era una sensación incomoda, que le hacía sentir que ella no debía estar allí…Sin embargo lo estaba, y él ya había tomado una decisión al respecto ¿cierto?

‒¡Deja de darle tantas vueltas al asunto!‒

Una ligera palmadita lo sacó de su ensimismamiento. Milo de Escorpión había hecho acto de presencia ¡y encima con su taza favorita en mano! Camus solo pudo verla un momento, antes de dirigirle una gélida mirada a su sonriente amigo. Milo asintió y dándole la taza procedió a sentare uniéndose a la fila de personas que esperaba el desayuno.

‒Maestro – Dijo Hyoga mientras Camus servía el contenido de la cafetera en las tazas.

‒¿Qué quieres Hyoga?‒

‒No es por nada, pero Camille no puede tomar café. Es muy pequeña‒

Camus se quedó un momento estático en su lugar. Su mirada fue de la jarra de café en su mano, a la pequeña que esperaba cómodamente sentada con una cuchara apoyada contra su nariz. Pensó un momento que tenía razón, y antes de que pudiera pensar en una alternativa Milo, después de asaltar el refrigerador a la velocidad de la luz, ya había plantado en frente de ellos el cartón de leche.

‒Descuiden. Milo viene al rescate.‒

‒¿Qué es esto?‒ Ahora la niña miraba atentamente como Hyoga vería el contenido del cartón en la taza mas pequeña, asegurándose de que quedara tibio.

‒Es café con leche.‒

‒No me gusta.‒ Dijo y medio mundo se vino abajo. Hyoga recordó épocas lejanas en el que un pequeño Isaac le dijo esas mismas palabras solo para acabar huyendo de osos polares mientras Camus esperaba con expresión aburrida desde la lejanía.

‒¡Ejem! Pruébalo por favor. No es tan malo.‒ Dijo Hyoga con nerviosismo, acercando la taza a la niña.

‒A mi me gusta el té con leche.‒ Murmuró ella haciendo un pequeño pucherito.

‒Sabe bien con azúcar‒ Milo puso una cuchara en la mano de la niña. Ella lo miró no muy convencida y él le revolvió el cabello.‒ Anda, hazlo por tu tío Milo ¿si, muñequita?‒

‒¿Tío Milo?‒ Repitió Hyoga. Camus le miró descolocado queriendo preguntarle de donde había sacado esa barbaridad, y antes de que pudiera hacer algo la niña ya se encontraba bebiendo el café con leche lentamente, sin mucha confianza.

‒Claro.‒ Asintió Milo, casi con la misma sonrisa que tuviera alguien que derrotara a un Juez del Infierno.‒

‒"Tío", claro. ¿Entonces que soy yo?‒ Rió un poco y procedió a beber de su taza. Milo asintió notando el tono de burla de sus palabras, tras asentir se volteó hacia la niña mientras señalaba al rubio con la taza:

‒Él es tu hermano, Camie‒ Dijo haciendo que Hyoga se ahogara con lo que estaba bebiendo y que la niña abriera los ojos enormemente, antes de voltear a ver a cada adulto ahí reunido.

‒ ¿Hermano mayor?‒ Preguntó y bajo la estruendosa risa de Milo, Camus perdió los estribos, procediendo a darle un fuerte golpe en la parte posterior de la cabeza mientras alzaba la voz sutilmente en un firme "¡Cállate Milo!"

Coliseo.

9:30 a.m.

El único problema de los asuntos inesperados es que son tremendamente inesperados ¡Ni tiempo te dan para improvisar algo! En este caso en particular, al momento de partir de la Casa de Acuario, Camus no solo dió con la rara coincidencia de que su entrenamiento había coincidido con el de Hyoga y los demás santos de bronce, sino que además se vió en la molesta situación de improvisar una solución ante la incordiosa falta de niñeras. ¡Hay de estos pobres santos! Fue todo un cuadro cuando, al primer intento de irse cuando ni siquiera habían salido de la cocina, dieron con que Camille seguía en pijamas y que había que vestirla ¡Y ni les cuento de la escena que se armó cuando Hyoga tuvo que esculcar entre la ropa de niña para ver que ponerle! Si antes había sido incomodo dar con la pequeña ropita interior de ella para guardarla ¡Imaginen lo que fue tener que elegir una para que vistiera! Sin duda habrían tenido muchos problemas para vestirla, pero para alivio de todos, la niña sabía vestirse sola…mazomenos haciéndoles perder valioso tiempo. Bueno, al menos fue una escena memorable ver al trio de caballeros bajar corriendo las escaleras de las Doce Casas mientras Milo cargaba a la niña debajo del brazo.

‒Entonces, es cierto.‒ Comentó Kanon de géminis frotando su cuello con una de sus manos mientras Camie, sentada en las gradas, no paraba de jugar con el casco de la armadura de Capricornio.

‒Si, tal cual lo escuchas.‒ Asintió Milo.‒ La verdad nos tomó a todos por sorpresa aunque no es tan malo.‒ Ahora Camille se había puesto de pie y estaba analizando a detalle las partes metálicas que cubrían el antebrazo de Shura.

‒Es idéntica a Camus.‒ Dijo Afrodita tocando con los dedos el lazo que Camie se había puesto en el cabello a la espera de que alguno de los adultos presentes en la casa de Acuario, le hiciera el adorno que a ella le gustaba. Si, nadie se dio cuenta de esto así que la niña llegó con lo que parecía ser una serpentina sobre el cabello.

‒Ese chiste está viejo, Afro.‒ Comentó Milo, mirando a Camus en la arena, pensando que quizás darle una paliza al cangrejo le ayudaría a desesterarse.‒

‒Merci, mademoiselle‒ Dijo Camille luego de que Afrodita le hiciera el moño en el cabello. El de cabello celeste iba a replicar, y tras encogerse de hombros se limitó a ser objeto de risas de los presentes.‒ Oncle Milou ¿qué está haciendo mi papá?‒

‒Entrena. Tiene que vencer al malo.‒ Y señaló a Mascara de la Muerte de Cancer.

‒Milo, no digas eso. Vas a confundirla.‒ Tras el regaño, Shura bajó la mirada solo para dar con que la niña estaba de puntitas de pie en frente suyo y con los brazos levantados. Él arqueó una ceja y sin estar muy seguro procedió a alzarla en brazos mientras ella miraba en dirección de la arena de duelo.

‒¿Acaso me dices que no es verdad? Camus nunca se llevó demasiado bien con Mascara de la Muerte.‒

‒¿Maske le Morth?‒

Milo contempló un momento lo que la niña vislumbraba con profunda curiosidad, y más allá de lo malo que pudiera ser ver a dos hombres peleando, le pareció un show digno de dioses, un espectáculo digno de los gladiadores y romanos de la eras de antaño: en frente suyo dos de los hombres más fuertes del mundo se batían a puño limpio, es una batalla de fuerza y estrategia. Allí es donde Camus más brillaba pues sabía analizar y anticiparse con una alta tasa de éxito a las acciones del voluble caballero de cáncer. Podía verlo en su rostro: cada bloqueo, cada embate, cada movimiento impulsivo y cada reacción, eran cuidadosamente calculados buscando el momento preciso en el cual pudiera arrebatarle la victoria de las manos con medido poder. Y este apareció: justo cuando el italiano, semi aturdido y visiblemente ofuscado por la imperturbable pasividad de su rival, adoptó la postura correcta para lanzar lo que sería un mortífero puñetazo en el que volcaría todas sus fuerzas. Milo ya había visto esto antes, y durante un segundo el futuro apareció claro ante sus ojos: Camus de Acuario no solo bloquearía y contendría tal golpe, sino que se encontraría en la posición perfecta, para asestarle un embate casi criminal en el rostro que lograría dejarlo inconsciente y aturdido los segundos suficientes como para hacerse de la tan ansiada victoria del encuentro.

Cada segundo era primordial. Cada momento en aquel encuentro encaminaba a Camus a una victoria arrolladora sobre su rival. Milo y los presentes ya lo daban por contado, pues Mascarita de Muerte, siempre tuvo a su carácter jugándole en contra, sin embargo, ni por un instante contó con ver en el momento más crítico del embate a la niña en brazos de Shura, entreabriendo sus boquita y poniendo sus manos semi cerradas a los costados de esta solo para gritar, tan fuerte y tan claro como su pequeña voz se lo permitía:

‒¡Gánale, papá!‒

Aquella vocecita sonó fuerte y claro, como una voz en un edificio deshabitado. Era una de las tantas cosas de su educación en las que Ganimedes, su viejo maestro, se había esmerado tanto: la concentración en el campo de batalla. Esta lo era todo para el guerrero pues en cuanto su atención se desviaba en lo más insignificantes de los detalles, se creaba una abertura en la defensa que le otorgaba al rival la oportunidad de vencer. Eso era ley en la vida del guerrero, y lamentablemente Camus de Acuario fue exponente de ello: aquella pequeña vocecita fue suficiente para turbarlo, desestabilizarlo, las centésimas de segundos necesarias como para que Mascara de la Muerte, replanteara su estrategia, y el resultado fue decisivo. En un momento, casi a la velocidad del rayo y en un feroz cambio de roles, Mascarita de Muerte no solo encontró la abertura en su defensa que buscaba, sino que hayó el modo de desestabilizarlo, y usar su peso en su contra en la volcada de lucha más criminal, más brutal, que el peliazul pudo haber sentido en su vida. Su brazo, su hombro y sus articulaciones crujieron en el agarre mientras lo llevaba por el aire, solo para que músculos y sus huesos le siguieran al estrellarse contra la tierra. El aire escapó de sus pulmones y su conciencia se diluyó en una nebulosa de señales de alarma que emitía su cuerpo a raíz del golpe crítico. Milo hizo una mueca de dolor. Shura también. Afrodita desvió la mirada. Todos los presentes sintieron en sus huesos aquel golpe que cargaba con toda la furia del italiano, incluyendo una pequeña niña que a esas alturas del partido, solo podía contemplarlo tapándose la boquita con las manos.

Casa de Acuario.

15:45. P.m

El almuerzo y el resto de la media tarde en la Casa de Acuario podría resumirse en una sola frase: Camus estaba de mal humor. Aquel pequeño descuido en el coliseo no solo le había costado la victoria, sino que también se había visto sumido en la mayor de las humillaciones que, para colmo, no acabó allí.

‒…Pensé que el almuerzo te relajaría.‒ Dijo Milo a su lado, sentado en las escaleras.‒ Tranquilo. Ya pasó. Todos tenemos días malos en el entrenamiento ¿recuerdas la paliza que me dió Alde ayer?‒

Camus no respondió. Permaneció con los ojos cerrados y el cuerpo rigico, recordando lo ocurrido pues el que estuviera inconsciente, tras aquel golpe, no fue excusa para que lo que ocurrió a continuación pasara desapercibido: Milo saltó hacia el coliseo junto con Mu. Él estaba recobrando la conciencia. Estaba liso para ponerse de pie y tratar de responder a semejante golpe, ya sea de un modo u otro. Acuario no estaba acostumbrado a humillaciones de este calibre, no de este modo, sin embargo su cuerpo pedía un alto. Fuertes golpes en la columna le indicaban que el encuentro había finalizado con su derrota. Mu y Milo le ayudaron a ponerse de pie. Milo le decía que reaccionara, Mu decía algo sobre que Aioria debía verlo para reparar la lesiones sufridas, pero él solo tenía en mente al arrogante italiano fanfarronear sobre su victoria, allá, al otro extremo de la arena, justo donde Shura, con Camille en brazos, y Afrodita le estaban diciendo que se había extralimitado.

‒Fue un movimiento brillante ¿No te parece? Es decir, no creo que nadie pueda presumir de haber golpeado a Maske de ese modo para defenderte‒ Dijo Milo con un tono de voz que a Camus se le antojó insoportable, pues es el mismo que usaba cuando, maliciosamente tras pasar un brazo por sobre sus hombros, le presumía alguna conquista amorosa o intentaba emparejarlo con alguna damita de la noche.

Casi del mismo modo tan abrupto en el cual ocurrió su derrota, pasó: La niña en brazos de Shura esperó a que él la acomodara mejor, justo para que estuviera más cerca del rostro de Mascara de la Muerte y alzando su manito, mientras su boquita dibujaba una c invertida y arrugaba el entrecejo, la asestó con toda su fuerza en contra del rostro del italiano en un infantil intento de cachetada. Shura alzó la voz:‒ ¡Camille!. Pero eso no bastó para detenerla, pues otra más se estrelló contra el rostro del moreno seguido por una serie de gritos por parte de la niña mientras pataleaba, causando que Shura la alzara por sobre su cabeza en un intento de que dejara en paz al santo de Cáncer:‒ ¡MALO! ¡FEO! ¡NO LE PEGUES A MI PAPÁ! ¡MÉCHANT! ¡LAID!‒

Milo sonrió a su amigo. Camus suspiró y mirándole con resignación supo lo que el escorpión quería decir en esa sonrisa confianzuda y tranquila: que no era tan grave. Él se limitó a mirar el paisaje imponente que se alzaba sobre él y a tratar de pensar en cómo le irritaba el hecho de que algo tan sencillo como Camille gritando, quizás intentando animarle, le haya descolocado tanto. Sabía que era algo a lo que tenía que acostumbrarse, sin embargo estaba demasiado fuera de su área de confort.

Milo se puso de pie y tras acomodar su capa comenzó su descenso. Era las 4 de la tarde y él tenía aun cosas que hacer. Camus distrajo su mente viéndolo descender las escaleras hasta que lo perdió de vista, mientras a sus espaldas la autora del escándalo en el coliseo aparecía descalza después de una rápida siesta de casi tres horas en su cuarto.

Camus sabía que ella estaba de pie a sus espaldas. No fue demasiado difícil escucharla acercarse pues sus pies descalzos en el piso hacían un ruido muy característico. La escuchó detenerse, y permanecer unos momentos en silencio mientras bostezaba y, posiblemente, frotaba sus ojitos con sus manos hechas puños:

‒Êtes‒vous d'accord?‒ Dijo, con cierta inseguridad. Él la escuchó y tras pensarlo, respondió:

‒…Assez bien‒

‒…¿Te duele?‒

‒No. Descuida.‒

Ella fue y se sentó a su lado a una distancia cómoda y prudente. Él apenas desvió la mirada para verla. Camille miraba el paisaje frente a ella del mismo modo que él mientras su melena parecía un nido que se mecía con el viento. Él pensó en Milo y en Shura, y notó que ellos, en esos dos largos días, habían sido los únicos que la habían cargado en brazos. Se preguntó porque ella le resultaba tan difícil, y hasta cierto grado repelente, cuando él ya había criado a dos jóvenes caballeros. Luego, tras unos momentos, suspiró exasperado al dar solo con la respuesta, pues la única gran diferencia era que, mientras el otro par eran dos hijos de nadie al cual él debía entrenar, esta era su hija. ¿Qué tan difícil podía ser asimilar esa idea? No era novedad para él que había intentado evitarla desde su arribo pero ¿qué estaba haciendo? ¿Huir, evadir, evitarla? Eso no era propio de él, no era algo que haría Camus de Acuario.

‒…Mercí.‒ Dijo, con seriedad, llamando la atención de ella.‒ Gracias por intentar ayudarme, pero eso que hiciste en el Coliseo no está bien. No quiero que lo vuelvas a hacer.‒

‒…Pero él te lastimó‒ Murmuró ella.

‒Lo sé, pero está bien. Somos guerreros. Es normal que nos hagamos daño mientras entrenamos, pero no lo es que golpees a alguien que hace algo que no te gusta.‒

‒Nadie le paga a mi papá.‒ Ahora Camille arrugó el entrecejo, luciendo casi como una bola de pelos azules enojada.

‒…Lo sé, pero limítate a hacerme caso. Nadie tiene permitido hacer eso, ni siquiera una niña como tú.‒

‒….Él no me agrada.‒

Camus sintió que se encontraba en frente de una especie rara. Ahora ella se encontraba molesta, mirando sus pies como si la que estuviera en problemas era ella. Él se puso de pie mirando sus pies descalzos y, tras inclinarse, deslizó sus manos debajo de sus bracitos en un movimiento que ella no vió venir. Ahora él avanzaba a grandes y firmes pasos hacia el interior del templo, con los brazos extendidos y cargando a la niña como si fuera una bomba próxima a detonar, tomándola por sorpresa. Ella mantenía sus ojitos abiertos manteniéndose en silencio, limitándose a esperar mientras él la sentaba en el sofá y le daba los calcetines que ella misma se había quitado. La siguiente prenda a hallar eran los zapatos. Camus tenía en mente el endeble sistema inmunológico de los niños, así que, al no estar dispuesto a pasar la noche en vela por su fiebre, debía encontrarlos. Ella estaba demasiado ocupada luchando por ponerse sus calcetines de margaritas. Él, estando de pie, sondeaba con la mirada el piso en busca de los zapatitos de charol que ella usaba. Ninguno se miraba. Nadie decía nada. Había electricidad en el aire. Un nerviosismo raro les recorría la punta de sus dedos. Se sentía incómodo. Ninguno de ellos quería mirar al otro, solo querían estar ocupados. ¿Qué se supone que harían él con una hija y ella con un padre? Ninguno de los dos sabía nada, simplemente sabía que estaban comenzando a descubrirlo.

Continuará.


EN EL CAPÍTULO SIGUIENTE:

"Antiguos recuerdos vinieron a su mente. Él intentó recomponerse, anteponerse al inmenso desafío que tenia en frente, y por más que se repitió mil veces que estaba bien y que debía hacerlo, el pudor fue demasiado.- MAGDE!-"


GLOSARIO DE TÉRMINOS:

1) Je suis désolé: (Francés) Lo lamento.

2) Merci, mademoiselle (Francés) Gracias, señorita.

3) Oncle Milou (Francés) Tío Milo.

4) ¡MÉCHANT! (Francés) Feo.

5) ¡LAID! (Francés) Malo

6) Êtes‒vous d'accord? (Francés) ¿Estás bien?

7) Assez bien: (Francés) Bastante bien.


NOTAS FINALES:

Este capítulo está centrado en el segundo día de Camille en la Casa de Acuario. Como pueden ver, Camusito no la ha tenido nada, nada fácil. Son demasiadas cosas por la que está pasando por lo que no pudo evitar resistirse un tanto a ellas, pero finalmente lo ha notado. ¿A qué voy con la parte final? A que Camus ha decidido cumplir con su responsabilidad, partiendo de lo más sencillo. Con este acto ambos están muy incómodos, e incluso una niña pequeña puede darse cuenta de esto: ella está sintiendo que tiene un padre, que él está tomando ese rol y Camuchis a su vez se siente en este rol y que verdaderamente tiene una hijita. ¿Acaso no es poético cómo ambos, siendo tan parecidos, no quieren mirarse? ¡El auto nombrado Tío Milo estaría tan orgulloso de ellos! Nos vemos en el siguiente capítulo. Si, hay capitulo nuevo en jueves porque aquí en Argentina hace un calor insufrible y ando terriblemente aburrida. Nos vemos la próxima semana. Sayonara~