SUBREPTICIO
CAPITULO 2
DESOLACION
¿Instinto? o ¿Miedo?, ¿Cómo podría definirlo?, fue una sensación inexplicable que emergió desde lo mas profundo de su ser y fue presa de ella por varios minutos, como si se encontrara en una pesada línea de tiempo.
El miedo a morir, o el instinto de supervivencia. Inexplicable, tan solo sabía que Katara estaba estática observando su alrededor desvanecerse. Sin saber que hacer, como sembrada en el suelo. Sin poder mover un músculo por correr.
Ella se encontraba una mesa delante de él, pateó las sillas sin importarle que cayeran destrozadas caminó hasta Katara y la abrazó, la muchacha temblaba aferrándose a una posibilidad de vida, pero ya se encontraba en su regazo, a salvo.
El agarre de Katara se suavizó, al sentir la leve respiración chocar contra su pecho respiro hondo de alivio. Solo se había desmayado.
Corrió con el peso hasta un pasadizo solitario. Erizado como un gato en la lluvia, asustado, experimentó la necesidad de proteger lo suyo, hipotéticamente suyo. Varias sombras cruzaron de largo, y los mismos salieron poco después con una mujer bajo su poder.
Los gritos seguían latentes, las ventanas destrozadas, la sangre se estancaba entre las baldosas y los cuerpos inertes se adornaban como un tendedero de carne.
Sus gafas estaban rotas, apenas y podía ver con la luna derecha. Al salir un tumulto de gente se amontonaba en la escalera y difícilmente podía circular con la chica en brazos, siguió caminando aún sin fuerzas y con los nervios de punta hasta un callejón de la misma avenida. Se adentró a el y con delicadeza sentó a Katara en el asfalto, sudaba a cantaros, descalza y su vestimenta era un esperpento.
Lo que menos deseaba era que ella se enfermara, no conocía su casa y para llegar al departamento donde él se hospedaba resultaba muy lejos, cansado y sumamente peligroso. Se sentó a su lado mientras trataba de calmarse. Se quitó su preciada camisa de marca y la revistió con ella, de la misma forma le donó los zapatos.
— ¿Que pasó…?—. En un hilillo escupió lo primero que vino a su mente.
—Estas bien…que…felicidad—. Respondió Aang con su voz cuarteada.
— ¿Profesor?—. Increíble, lo poco que recordaba era que estaba contemplando la función de Suki y ahora se encontraba en un callejón oscuro y con su profesor de Biología.
— ¿Cómo…te sientes Katara?—.
—Bien, ¿Qué hacemos aquí…qué haces tú aquí?—. Ella se levantó de golpe inspeccionando el sombrío lugar, asustada al verse con una indumentaria diferente a la que traía antes, asombrada por la compañía momentánea.
—Esperaba recibir un "profe como estas"—. Siseó Aang burlonamente.
—Lo siento mucho, ¿Cómo te sientes?—. Afirmar que su rostro ardía era poco para describir la semejante bribonada que cometió. Que inconsciente el solo preocuparse por ella, pero aun no lograba digerir bien la situación.
—Estoy bien, solo buscaba un lugar pacifico y valla que pacifico—. Sonrió. — Debería de sancionarte en tu conducta, no es correcto que visites esos lugares—.
— ¿Dónde esta mi amiga?—. Oídos sordos a su comentario. Observó a su alrededor el cielo negro y las sirenas sonar con afán raspándole los tímpanos.
—No tengo idea de quién es—.
—Frida, la cantante—. Katara empezó a desesperarse y a temblar llevándose los mechones de cabello mojados tras sus orejas.
—No lo sé…yo…quería salvarte a ti…—.
Ella lo miró con tristeza, apunto de llorar, corrió hasta la entrada del callejón mirando a todos lados con la desesperación a flote.
"Suki, por favor que no sea lo que estoy pensando, espíritus no puede ser verdad"
— ¡Katara espera!—. Aang corrió tras ella agarrándola de la muñeca. —No cometas una locura aun no sabemos su paradero y aun es peligroso—.
Ya empezaba a llover las gotas caían desenfrenadas sobre sus cuerpos empapándolos al instante.
—Katara…es peligroso…busquemos tranquilos —. Con su pasividad y dulce voz removió su interior completamente, ella volteó; sus ojos llenos de lágrimas le cavaron hondo el corazón su delicada y menuda apariencia parecía desvanecerse entre la neblina, frágil como una hoja en otoño y bella como una primavera en su virginidad.
Aún así no lo escuchó, lo que menos quería era pensar en él, con un incidente de tal magnitud valla gente a saber que seria de la vida de su mejor amiga. ¿Tranquilidad?, al demonio con ella Suki estaba afuera y en peligro y el le pedía tranquilidad. Obviamente no entendía el huracán de sus sentimientos.
Amor, pasión, admiración, deseo. No hallaba definición correcta. Pero fue lo suficientemente valiente para zafarse de el y seguir caminando.
— ¡Katara he dicho que esperes!—. Alzó la voz, asustándola y captando su atención ella nuevamente planto su andar y lo miró— El bar es en esta dirección si sigues otro camino será imposible encontrar lo que quieres—.
Ignorado y plantado, no podía ser peor…era cierto que ella era menor que él pero por malos fortunios no había elegido enamorarse de ella, ya lo había confirmado lamentablemente, lo había hecho y llego a darse cuenta de la peor manera.
—No estamos muy lejos—. Se quitó las gafas y alborotó su mojado cabello. — ¿Piensas quedarte parada?...— Y siguió caminando.
"Prometo no decirte nada mas Katara, solo…solo eres una niña."
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—Al fin llegas, Zuzu—.
—Omite el maldito sobrenombre—. Su mirada llena de furia chocó contra la de su hermana que lo esperaba en el sillón con las piernas estiradas sobre la mesa de centro.
—Cálmate hermano, o debería decir queridísimo hermanastro—.
—Te gusta humillarme—.
—No…solo me gusta decir la verdad—. Inquirió ella como una serpiente destilando veneno.
—Amo a mi madre de todas maneras—.
—Creo que la lluvia te ha hecho mal, tienes fiebre o algo así…o seguro es mucho ejercicio—. Afirmó con seguridad la joven, mientras sintonizaba los canales.
—Mueres de envidia—. Con voz ahogada argumentó.
—Hemm…tengo el amor de papá, con decirte que llevo su sangre en mí, tengo dinero, estudio en una academia mejor que la tuya y tengo mas libertad que los chicos de tu edad, ¡en serio! Tengo envidia tienes razón—. Escupió hirientemente con sarcasmo.
—Iré a empacar mis cosas el primo Lu me ofreció su departamento, prefiero vivir allí que en este infierno del cual tu nunca saldrás, víbora—.
— ¡Que buena noticia!, gracias herma… ¿hermanito?…no mejor hermanastro, eres muy tonto Zuko no quería saber a donde te dirigías para que nadie valla a buscarte— Y rió con soltura, Zuko subió las escaleras que llevaban a su habitación.
— ¡No quiero que nadie lo haga, ni siquiera mamá!—. Como un dragón enfurecido su cuerpo empezó a subir de temperatura.
De un tirón abrió la puerta, camino directo a su cama se agachó y extrajo una maleta viajera.
Se quitó la camisa empapada y la arrojó al cesto de basura. Lágrimas empezaban a caer de su rostro, su vida se había vuelto un infierno cuando supo la desagradable noticia que le marcó, su familia o la que creía ser su familia lo habían llevado a una mentira por diecisiete años, lastimosamente la sangre que corría por sus venas no pertenecía a los que dijeron ser sus padres.
Al principio fue increíble, porque lo había oído de la boca de su hermana Azula, la engreída y con una personalidad que olía a alcantarilla. Pero cuando lo oyó de la propia boca de su madre reconoció su destino.
Ahora entendía el afán de demostrar lo que era, siempre había mantenido el deseo de superación en su mente y luchaba por tenerlo todo. Pero aquello era porque se sentía agradecido con esas personas.
No tenía intención de buscar a su verdadera familia, desde ya estaban muertos para el. ¿Que clase de gente eran? ¿Por qué lo habían abandonando?, ¿Acaso valía tan miserablés para dejarlo solo en un perdido mundo?
Cuantas preguntas se hizo, pero no llegó a ninguna respuesta. Suplicios que se resignaba a creer pero que eran su fatal realidad.
Habiendo recogido todas sus pertenencias, se vistió con unos jeans desgastados y un abrigo de algodón y para su comodidad calzó sus Vans de cuadros rojos. Bajó con seguridad las escaleras mirando hacia la sala, Azula se había quedado dormida con un plato de palomitas de maíz sobre el abdomen.
Agarró con sumo cuidado las maletas rogando para que las ruedas no hagan ningún chirrido al rotar en el piso de madera.
La lluvia torrencial seguía golpeando con fuerza; esta empezó a golpearlo también apenas bajaba el pórtico.
Movió su bicicleta hasta la vereda y subió su maleta al capó que apenas se mantenía firme por el peso. Trepó y empezó a pedalear encaminándose al departamento de Lu Ten que se encontraba en el centro.
La neblina seguía latente en el camino pero fue misericordiosa para dejarle ver el sendero por el cual transitaba. Dejándolo solo a el y a sus pensamientos.
Una calle fría y llena de árboles por doquier y una muchacha que caminaba sin destino tan solo seguía el camino recto que se presentaba ante sus ojos.
Descendió la velocidad quizás esa joven se encontraba perdida o en el peor de los casos herida. Se acercó más a ella siguiendo sus pesados pasos.
Mai sintió su aproximación aun sin saber la identidad de quien se atreviera a molestar su meditación. —Solo salí a dar un paseo—.Dijo ella, antes de que el se atreviera a preguntarle.
—Enfermarás—. Al escuchar la voz desvió su mirada, era Zuko…el chico del cual gustaba con locura.
—Gracias, pero estoy bien—. Apresuró el paso sabiendo tontamente que el llevaba ventaja y que la alcanzaría si se lo propusiera.
— ¿Eres Mai… verdad?—. Preguntó confundido, al sonarle aquella actitud familiarizable.
—No, soy el fantasma de tu familia—. Respondió con sarcasmo.
—Eso no te incumbe —. Zuko agachó la cabeza mientras que sus manos se resbalaron y desequilibraron el timón ante el comentario.
— ¿Herido?, creo que no es tan hiriente, como tu estupidez al no recordarme—.
—Casi no te veo no tengo la culpa de que seas una resentida social—.
—Estudiamos en el mismo colegio, y estamos en el mismo pabellón y da la casualidad de que tus padres y los míos son socios y para completar nos reunimos todos los sábados—.
—No me fijo en cosas sin importancia—. Aquellas palabras fueron como filudas garras arrancándole la poca paciencia y matando la esperanza que surgía dentro de su corazón.
—Gracias, pero en verdad tu presencia me molesta—. Y ahí iba un ataque directo. Zuko apresuró el movimiento de sus piernas al pedaleo, haciendo caso al comentario de Mai se adelantó dejándola en total asilamiento.
Como un billete arrugado y viejo que ya nadie quiere, así comparaba Mai su ocupación en el medio, como el centavo arrojado a la deriva de la carretera y que nadie se dignaba a agachar por inconsciencia la cabeza y toparse con su solitaria existencia.
Y para sazonar la enorme ensalada de padecimientos, alguien había agachado la mirada a la moneda, pero solamente para despreciarla. Apretó los parpados y aumentó la velocidad de su andar chocando aun más fuerte sus mojados pies contra el asfalto, le faltaba su fármaco inseparable, pero para mala suerte su presencia fue efímera en su congestionada nariz.
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—Pesas mucho Frida—.
Susurró con cansancio.
Admitía que se sentía perdido, corrió lo más rápido que pudo para alcanzarla, al sonar del tiroteo los reflectores reventaron cayendo directamente a su cuerpo; Frida desfalleció y por involuntariedad cayó golpeándose contra la laqueada madera de la tarima.
Sus piernas flaqueaban al punto de caer, temblorosas se balanceaban a cada pisada, pero no se detenía lo que menos quería era quedar como un completo mentecato ante tal situación, acomodó a la muchacha sobre su espalda mientras temía a su ahorcamiento pues ella llevaba colgando los brazos sobre sus hombro. Con las palmas de las manos rozándole los muslos era de esperarse a que ella al verse en brazos de un desconocido lo primero que haría seguramente era estrangularlo.
—Héroe, no es un buen cumplido para una chica—.
Sokka se detuvo en seco al sonar de la suave voz, sus manos cayeron de lleno mientras la joven de un salto bajaba de su espalda tronándole los huesos de la columna.
—Verás, llevamos caminando mucho tiempo—. Se excusó Sokka al observar el ojo crítico de Suki sobre su persona.
—No es excusa para que me hayas traído a las afueras del centro, ¿Dónde está mi hermano, qué hago yo contigo?—. Como fiera se abalanzó a él, agarrándole la solapa de la camisa. Al punto de marcar una rojiza línea sobre su cuello.
— ¡Te salvé la vida!—. Vociferó con indignación.
— Te lo agradezco pero… ¿Qué sucedió exactamente?—. Como un ligero soplido el dolor penetro en su mente como una palpitación, ella se llevó las manos a la cabeza, soltándolo de inmediato. Su alrededor no era lo que esperaba, una calle sombría, poca iluminaria y escases de transeúntes.
—Larga historia, como te darás cuenta te salve la vida eso es lo que importa—.
—Héroe fanfarrón—.
—En serio no entiendo a las mujeres—. Se golpeó la frente con exasperación.
—No necesito que lo hagas, ¿Sabes cómo llegar al centro?— Interrogó con un visco de enojo.
—Creo…mi mente no trabajó en ese momento, tan solo corrí—. Sokka agachó encorvó la mirada.
—Esta bien…veremos la forma—.
— ¿No estas asustada?—.
—No soy tan débil, tengo que buscar a mi hermano y a mi amiga no me da el tiempo de pensar en desfallecer en este momento—. Contestó con alma determinante mientras seguía caminando por la húmeda calle.
—Pero…eres una chica deberías estar gritando "Sálvenme, Oh Espíritus"—.
—Bien señor perfección, te cruzaste con la persona equivocada si quieres seguir viviendo, deja de parlotear gran bobo, solo quiero largarme de aquí y un parasito como tu no me lo va a impedir—.
Sokka estupefacto se quedó parado viendo como se alejaba la chica, una sonrisa empezó a esclarecerse en sus labios. Su trato tan particular, de miserable masoquista se tachó. Quería saber más de Frida quien era realmente.
Tan determinante, dura y rencorosa. Así era Frida.
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Terminado el segundo capitulo, Gracias por sus comentarios y sugerencia muy pronto sabrán la edad de Aang, muy pronto.
Saludos!.
