Veinticinco vidas
Disclaimer: Hetalia no me pertenece.
● Advertencias en este capítulo: OOC. Identidades encubiertas.
● Aclaraciones previas:
—Este fic será una colección de viñetas unidas por la estructura del poema: 25 lives de Tongari.
—No teman en preguntar si tienen alguna duda al respecto del fic.
Agradezco de antemano la lectura y posibles comentarios.
Gracias a yoliiiiiiiii, Miyako Hyuuga1912, Jositaa, Bunny Nya, KhoFIR, lector anónimo, OryHarai y kayra isis por sus comentarios y más. Así como a Waltz CG por seguir esta historia.
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03—Cabaré
"La siguiente vez, eras castaña y me amabas".
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¡Bah! Los alemanes son unos estúpidos —muy estúpidos— y, su representante es el peor de ellos. Detesta a aquél fornido rubio por múltiples razones y, obtiene una más cuando interrumpe la amena conversación que le hacía olvidar que el francés era un pervertido; el inglés, un cretino y, su propio hermano, un bueno para nada.
Claro, como el germano no tenía nada de buen gusto: quería acabar con el de los demás, aunque, no le iba a funcionar, porque él seguiría estando a la moda, sin llegar al despreciable extremo de mezclar texturas, ugh. ¿A quién se le había ocurrido esa tendencia? Seguramente a algún descerebrado y novato diseñador estadounidense.
En fin, tiene asuntos más relevantes que atender, cómo descubrir a dónde se fue el mentecato de su novio. Rueda los ojos, en ocasiones siente que los papeles de antaño se han invertido y, ahora él es quien cuida de que el ibérico se mantenga quieto en un lugar —preferente, su cama—, consuma algo más que tomates y, por supuesto, atienda a las juntas que sí son importantes.
Después de todo, está dispuesto a proteger a su inimitable nutella con todo el vigor italiano que posee. Y, si bien Liechtenstein es bastante linda —a diferencia de su feroz pseudo-familiar— y, adora a la bella Bélgica con un fervor casi religioso: no está dispuesto a ceder el monopolio de la crema de avellanas a cualquiera de esas féminas.
Claro, otro cantar sería si fuese su idiota y sonriente España quién se lo pidiera y, sólo lo consideraría porque está en crisis. Sí, sólo por eso. ¡Y el bastardo tendría que rogarle de rodillas para obtener esa concesión! Aunado a que ya que estuviera en esa posición… bueno, podría hacer algo extra, para ganarse su favor.
—¡Hermano!— el menor de los Vargas interrumpe los pensamientos nada decorosos del otro varón, —Alemania dijo que la reunión está por comenzar, ve ~—anuncia en un simpático tono que sólo incordia a su interlocutor. —¿Te sentarás conmigo, hermano? Es que no entiendo bien las gráficas de inversión que nos dio Michele Ferrero. ¡No las entiendo! Y, seguro que Alemania…
Contrae peligrosamente sus manos. Todo lo que puede escuchar en voz del otro representante de su nación es: "Alemania… Alemania… Alemania". ¿Por qué Veneciano tenía que estar tan obsesionado con ese tipo? ¡Argh! Incluso llegó a pensar que se lo estaban pasando bien y, resulta que todo ese tiempo el otro se encontraba pensando en el macho patatas.
—¿Para qué?— su brazo se extiende cual látigo en el aire, tomando por sorpresa a la simbolización del norte de Italia. Sí, ha terminado cediendo al arrebato de furia que se genera en su interior y, le arrebata toda claridad mental; por lo que pasa desapercibido el hecho de que su consanguíneo reconoce que el mayor es más diestro que él en temas administrativos.
—Seguramente sólo necesitan a uno de los dos—adelanta el cuerpo, provocando que retroceda su dispar complemento nacional. —¡Y es a ti a quién siempre dicen Italia!— vocifera con un sabor amargo descendiéndole de la boca al corazón, —¡así que jódete y trabaja solo!—sentencia con crudeza, la misma con la que el germano le otea antes de llevarse consigo a su acongojado amigo.
Gruñe y, con pesadez, toma asiento en uno de los anticuados sillones del corredor. Al parecer, de nueva cuenta Dios se corría en su cara sin avisarle y… ¿ese de ahí es el país europeo de La Roja? ¡Oh! Y él que esperó haber sido abandonado en pos de una estúpida bocata o, algo igual de patético.
Cambia de lugar en un santiamén, en búsqueda de hallar confort en la presencia de su antiguo protector. Exhala. La calidez proveniente del durmiente es bastante agradable, por lo que no le molestaría despertar con él durante el resto de sus eternos días. Incluso, en ocasiones, está tentado a tomar el anillo que el de glaucas orbes cree esconder y… pedirle matrimonio.
¿Qué? Él no era un imbécil descerebrado como Veneciano. ¡Claro que no! Así que estuvo al tanto del proyecto ajeno, incluso desde antes de la adquisición de la sortija. Y, es que haber crecido junto a un enigmático pirata que jamás quería decirle a dónde iba y qué hacía: le obligó a ser sumamente perspicaz respecto a las acciones y palabras del atractivo hombre a su lado.
Atractivo y, exhausto.
Puede que en público —y, también en privado— se burle de su amante por emplearse hasta en los más ruines trabajos. No obstante, es consciente de lo difícil que debe ser para su pareja el dedicarse a insufribles faenas para contribuir al fútil rescate de lo que siglos atrás fue un magnánimo imperio mundial.
Se siente tan impotente al respecto.
Desconoce cómo apoyar al varón cuyos atributos le mantuvieron despierto durante muchas noches en su adolescencia. Sus dirigentes le eximían de tomar decisiones que afectaban al colectivo que representaba y, Veneciano tampoco era de gran ayuda, al otorgarle una preferencia casi total en tratados y vínculos comerciales a la patria de estúpidos bebedores de vulgar cerveza.
Inmerso en pensamientos negativos, por poco, fatalistas: rebusca el aro de compromiso en la vieja casaca del yaciente. Quiere contemplarle. Una vez más. Para asegurarse de que, en primera, el amigo de Suecia lo amaba hasta el grado de querer comprometerse en una —posible— vida sexual monógama y, segunda, España, su Toni, no pensaba desaparecer, sino quedarse con él.
Roza otro objeto en la cavidad de tela, así que pronto retira sus hábiles dedos de aquél lugar, limpiándose la invisible porquería en el sobretodo ajeno. Teme haber tocado algo asqueroso como un pedazo rancio de tortilla de patatas, el cadáver de una tortuga o, algún extraño artículo de los que Francia suele obsequiar.
Ya le preguntará al bastardo cuando deje de dormir, dormir tan mal. Lleva eones descansando junto —o sobre— el hispano y en pocas ocasiones le ha sentido así de inquieto, por lo que no tarda en recargarse en su vivaracho pretendiente y aprehenderle las manos, en un intento por proporcionarle sosiego.
Durante los minutos de quietud que transcurren, trata de definir qué podría estar incomodando tanto al ex-marido de Austria. Llega a la conclusión de que son sus políticos. ¡Malditos haraganes! Si le fuese posible, se encargaría de ellos con su arma. ¡Oh! ¡Sí qué lo haría! Incluso ya puede sentir el peso del artefacto en el bolsillo…
Momento…
él no había traído consigo a su amada pistola.
¿Y en qué instante cerró los ojos?
Fuerza a sus párpados a abrirse, lo suficiente como para percatarse de la femenina silueta que no tarda en avasallarlo con un brioso abrazo que no corresponde. De hecho, el mediterráneo trata de apartarla, al no reconocer su masculino perfume ni el tono de esas blondas hebras, demasiado brillantes como para concordar con el bonito cabello de Bélgica.
—¡Feliz año nuevo, snugglepup!— le felicita la —tiene que reconocerlo— guapa desconocida de turgente delantera y entusiasmados ojos azules. Le recuerda a alguien… Empero, aquél atractivo físico no le distrae de notar los vertiginosos cambios a su alrededor y, es que difícilmente podía dejar pasar hallarse de súbito en una sala de espectáculos nocturnos.
Un cabaret.
Decorado a la perfección a cómo eran ese tipo de lugares, noventa años atrás. Gira su cabeza de un lado a otro. De inmediato, ubica el supuesto bar "incógnito" con borrachos decadentes en su entorno, el escenario principal con animados músicos de jazz y, al grupo disperso de bailarinas de cancán que buscan su propio entretenimiento en aquella jornada nocturna.
¿¡En dónde está el bastardo cuando se le necesita!?
No tarda en bramar un torrente de improperios que le convierten en el centro de atención de esa celebración. Así como, pronto exhibe su arma de fuego, la cual vierte su contenido al aire antes de que el italiano corra velozmente, en búsqueda de apartarse del lugar al que, está seguro, debió ser transportado, porque era demasiado real como para, absurdamente, considerarlo un sueño.
No llega a ningún lugar.
La magia del amuleto le detiene, tras haber cometido el error de no considerar lo diferente que es Vargas a Fernández y, lo que tal abismal disparidad ocasionaría.
Romano es —aunque, él mismo no lo crea—alguien creativo, por lo cual su energía y consciencia pronto encontraron cómo apoderarse del manejo total del otro cuerpo dimensional. Aunado a que la mente cerrada y aprehensiva del europeo le lleva a desconfiar de todo lo que le resulte impropio de su concepción de la realidad, sin importar lo inofensivo que parezca.
Él no iba a creer el bulo de que todo era un sueño.
Así que, la magia opta por suprimir su consciencia a mera observadora en vez de participativa, al menos, durante aquella primera incursión.
Reinicia la simulación.
—¡Feliz año nuevo, snugglepup!— la ostentosa fémina de cortos cabellos cautiva a su amistad en un estrecho enlace, sin importarle las malas miradas que recibe de algunas artistas por ello. —¡Hoy estás tremendo!— agrega sin apartarse siquiera un milímetro de su viejo amigo, a quien confiaría su vida sin importar su oficio.
Y, en esa segunda vez, Lovino Vargas, en quien yace iracunda y muda la gnosis de la simbolización del sur de Italia, responde:
—Bella— halaga antes de alzar a la muchacha, quien aprovecha para patear festivamente en el diáfano elemento. La estrecha. Quedándose en esa posición por un largo momento, al tiempo que ríe internamente de los matones a su cargo, quienes cuchichean cual niñitas del inusual comportamiento de su engreído y colérico jefe.
Idiotas.
Él podía ser bastante duro con sus hombres, sin embargo, nunca con ella.
Con Amelia Jones.
Después de todo, ella era su heroína o, algo así. Años atrás, cuando se mudó al continente americano para otorgarle un mejor futuro a su familia… ¡meh!, en realidad dejó atrás la fastidiosa existencia campirana en búsqueda de dinero, grandiosa pasta, exquisita ropa y —claro está— sensuales damiselas.
En fin, una vez que consiguió pisar suelo estadounidense: era un inmigrante entre miles. Aunado a que sus catorce años recién cumplidos, cuerpo endeble y fascinante carácter: sólo le "facilitaron" la supervivencia. Y, justo cuando creía que iba a morir congelado en aquél crudo invierno: Amelia se encaprichó con salvarlo.
Jones era la única hija de la amante principal del Don de la ciudad, así que le bastaron unos cuantos mohines encantadores para que sus padres aceptaran su adquisición, a la que más tarde infiltraría, como su supuesto agente secreto, en la estructura del crimen organizado que planeaba derrumbar en nombre de la justicia.
Es tan ingenua.
No obstante, no será él quien destroce sus aspiraciones…
—¡Sé en lo que estás pensando!— sobresalta la fémina al otro con su imprecación. Acto seguido, se separa bruscamente de su amistad e ingresa su mano en el despampanante escote que ostenta para esa ocasión. —Es una linda señorita, ¡así que no lo arruines esta vez!— advierte con una sonrisa digna de cualquier truhán mientras ofrece un diminuto papel al italiano.
Lovino apremia a todo su autocontrol para no arrebatarle el objeto, porque está seguro del contenido de ese ínfimo retazo de pergamino. ¡Es la respuesta de Isabel! ¡Su jodida contestación! El "no" o "si" a la tosca declaración por parte del mafioso, tres semanas atrás. ¡Veintiún malditos días de mierda!
Le tiemblan las manos cuando lo toma y desenrolla. Recorre con ansiedad la ininteligible letra de la de orígenes ibéricos. Una y otra vez. Hasta aprender de memoria el corto texto: "arriba, Lovi". ¿Arriba!? ¿Qué carajo significa eso? Le da tiempo de blasfemar hasta que recuerda la distribución de aquél ilegal recinto.
El "Mon Coeur" está dirigido por Monique, una bajita monegasca de armas tomar, y es el giro negro más oscuro de la zona. Posee una diversa gama de esparcimientos: bebida ilegal, tabaco, apuestas, bailes, música en vivo… lo usual en ese tipo de locales; las verdaderas atracciones comienzan al subir las gradillas.
Explorar la parte superior de ese edificio es, irónicamente, un descenso a depravados círculos infernales. Vargas no suele visitar aquellas estancias, sin embargo, no duda en dirigirse a ellas por petición de la doncella que invadió su mente y sueños húmedos con una rapidez abrumadora para alguien que ya se consideraba asqueado de la vida.
Empuja sin remordimiento a los estorbos que vuelven lento su andar hacia… ¿arriba? Se detiene a medio transcurso de las estrechas escalinatas. Percatándose de lo improductivo que resulta guiarse por sus impulsos. Se burla de sí mismo por actuar tan desesperadamente como un loco enamorado y, se pregunta: ¿por qué se auto-humilla de esa manera?
La respuesta de aquella cuestión viene a su encuentro.
—Lovi— tensa los labios a manera de sonrisa, una que no llega a sus usualmente vivaces ojos del color predilecto de la naturaleza. —Perdóname— solicita en su natal español, antes de reiterar la petición en el correspondiente idioma de aquella región, —es que… no debo corresponderte…—sentencia, sin embargo, el mafioso no la escucha.
¿Cómo hacerlo si está embebido con su imagen?
Ella es apenas una niña. Una puberta con maquillaje mal aplicado, tacones rotos y largos vestidos que dejan todo a la imaginación, no obstante, su rostro invita al pecado tanto como la suave curva al final de su espalda y, la espontanea sensualidad que le pertenece cuando comienza a bailar alguna pieza musical de su agrado, sin importarle ser únicamente la encargada de repartir puros en el local.
Debería ser suya.
Ella también le desea.
Lo nota por la forma en la cual lo devora con la mirada, como si quisiera grabarse su imagen antes de marcharse. ¡Será tonta! ¡Tonta! ¿Creía que él iba a aceptar ese tibio rechazo? ¡Ella fue la que vino a él! Y, no la dejaría escapar, porque se negaba a dejar extinguir la pasión que inflamó en su corrompido corazón con apenas una chispa.
Isabel fue la que se acercó a él, la que movió la primer ficha y, ¡no le iba a permitir terminar la partida así como así! ¡Claro que no! La atrevida ibérica al regalarle una rosa consiguió lo que ninguna otra persona, lo que ninguna damisela —incluida Amelia— trató de obtener: que él se interesara por la vida, lo que detuvo su historial de misiones cada vez más suicidas.
¡Sí, fue ella!
¡Esa maldita española!
La ibérica lo hechizó con su estúpida charla acerca de tomates y, las mil recetas para prepararlos. Con sus miles de flores que le regalaba al notarlo cabizbajo. ¡Es más! Fue tan descarada que se atrevió a ponerle un sobrenombre ridículo a uno de los hombres más temidos de la región.
Lovi.
Así le llamaba mientras descubría todos sus secretos.
Incluso esos que son inconfesables ante el creador.
Acorta en dos pasos la distancia entre ellos, para así tomarla entre sus brazos. Sonríe, con galantería, al notarla sorprendida y, extrañamente, tímida. Le provoca. Así que pronto se cierne sobre ella, cautivándola en un vehemente ósculo; de esos que más que arrebatar el aliento: principian una tormenta.
Besarla es una fiesta.
Y, quiere reír victorioso cuando nota que pronto es correspondido con avidez. Inexperiencia. Así como una apetencia tal que él no dudará en saciar mientras sus manos rompen los límites y comienzan a explorar la piel morena encubierta. Ardiente. Piel que ahora le pertenece, como esa única mujer que desata en él una pasión que con ninguna otra fue posible.
La escucha renegar débilmente de sus caricias. También suspirar. Desfallecer en sus brazos y, con ello hacerlo vibrar de placer. De anticipación. Está por preguntarle dónde se encuentran los cuartos para follar cuando palpa el posible motivo por el cual Isabel se tardó tanto en proporcionarle una respuesta.
Al menos, ya sabía por qué no había funcionado con féminas…
—Perdóname, Lovi— ruega la afligida cría, si bien en un último acto de valentía desata el habitual listón que lleva al cuello, el cual le sirve para ocultar la manzana que delata su verdadero sexo. —Intenté decirte antes…—alza los hombros, en ineficaz búsqueda de aminorar la tensión de la situación.
—¿Cómo te llamas?— pregunta el criminal por vez primera en todo el tiempo que han tratado, porque "Isabel" es sólo el apelativo con el cual el personal se dirige a esa persona. Empero, ya conoce la respuesta, porque una voz en su interior la exclama a gritos.
Gruñe.
Está jodido, pero, al menos, va a terminar de joderse a Antonio.
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RESUMEN
La magia considera que no sólo España debe atravesar por la experiencia de aprender de sí mismo en otras existencias, así que también rapta a Romano. Y, a pesar de que lo lleva a un mundo en donde es un mafioso enamorado de quien trabaja en un cabaré, el italiano no toma a bien tal traslado.
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PRÓXIMAMENTE:
03—Canción
"Después de un tiempo, me rendí intentando adivinar si el color de tu cabello significaba algo".
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Notas de autor:
● Adivinen quién se durmió y, no llegó a subir el capítulo a tiempo, sniff. Al menos, no he deshonrado a mi vaca y, he aquí el tercer episodio de esta entrega literaria.
● La historia está ubicada en los locos años veinte y, si se lo preguntan: Amelia es una flapper. En otras palabras, una de las féminas que se dedicaron a destrozar los límites de rol y género y, es por eso que el fic utiliza la jerga propia de ese estrato.
● "Snugglepup", significa hombre promiscuo, al tiempo que, "big cheese", hace referencia a alguien que es importante.
● Y, sí, Antonio es un travesti en este texto, porque busco diversificar las posibilidades de esta pareja. A futuro es probable que redacte casos similares, así que tomadlo en cuenta, por favor. Entenderé si no quieren leer, mas, no si comienzan a insultar en vano.
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A lector anónimo:
● Mil gracias y una perdiz por tu comentario. No dudo que pronto llegarán a ti más historias que te enamorarán con su narrativa, ya que ffnet cuenta con excelsos autores. Y, en efecto, seguiré practicando, por lo que os solicito que si notas algún pecado en mi escritura: me avises de ello, tal vez no pueda redimirlo, mas, sí intentarlo. ¡Feliz jornada!
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Pd. ¡Feliz, aniversario!
