En el Campo de Batalla
III
En una cálida zona cercana a la Ruta 66 la guerra se hizo presente y, como era costumbre, trajo consigo muerte y destrucción en todo su alrededor.
Mercy caminaba con pasos cortos a través de los cuerpos que yacían en la tierra rojiza. Miraba de reojo los estandartes de las tropas enemigas pero su mente no era capaz de ponerle un nombre a la organización a la que se habían enfrentado aun cuando fueron debidamente informados aquella mañana. Para ella lo único que valía la pena pensar era que aquellos cuerpos eran hombres y mujeres que no verían la luna salir aquella noche. El bando, motivo y razón eran irrelevantes. La guerra los hacía irrelevantes.
Su traje y su bastón se sentían mas pesados de lo normal, sus ropas estaban sucias y rasgadas, y todas sus extremidades dolían al tacto, pero con cada paso la conmoción a la que se dirigía se escuchaba cada vez más cerca, la misma conmoción que había escuchado en su comunicador y que la obligó a darse media vuelta, y eso era motivo suficiente para continuar aun cuando su cuerpo le gritaba que se detuviese y colapsara en donde mismo estaba parada.
"Se acabaron las negociaciones muchachos, prepárense para entrar!"
Aquella frase agudizó sus sentidos, haciéndola acelerar el paso. A la vuelta de lo que eran las ruinas de media docena de casas una patrulla de soldados apuntaban con sus rifles a un edificio raquítico que apenas podía mantenerse en pie. Frente a ellos su líder de escuadrón, serio y joven (todos son demasiado jóvenes se decía ella constantemente) los organizaba para enfrentarse a quien sea que se encontrase ahí dentro.
"No quise hacerlo de esta forma soldado, pero la guerra no te da derecho a romper las reglas y tenemos que pagar por nuestras acciones." Exclamó el líder en dirección al edificio antes de colocar su rifle a nivel del pecho y levantar una mano para dar la orden.
"Esperen!" La delicada voz de Mercy fue tan asertiva que inclusive el líder de escuadrón se detuvo por completo.
"Doctora Ziegler." dijo el hombre, haciendo una seña que colocó a los soldados en reposo. Su seriedad no disminuyó. "Le aconsejo que se mantenga donde está."
"Por favor, dígale a sus hombres que retrocedan Capitán," respondió ella, ignorando el tono condescendiente con el que le habían hablado. "Deje que yo me encargue de esto, se lo suplico."
Un par de soldados se rieron en tono bajo lo suficiente como para que la doctora pudiese escucharlos. Por supuesto, Mercy sabía que el motivo por el que se reían de ella no tenía que ver con su capacidad de combate, pero eso no importaba ahora mismo.
"Doctora, se que usted y el hombre ahí dentro se conocen hace tiempo pero no tiene idea-"
"Es por el hecho de que lo conozco desde hace tanto tiempo que se que más de la mitad de sus hombres están inconscientes ahí dentro por su culpa, golpeados sin motivo aparente" interrumpió Mercy mientras tiraba su pistola y bastón en el suelo. Finalmente soltó las alas de su armadura y el comunicador de su cabeza. "Lo que le pido es que me dé la oportunidad de intentar sacarlo de ahí sin necesidad de derramar más sangre por el día de hoy. Créame que pagará cualquier castigo que crea justo. No habrá nepotismo de nuestra parte."
El capitán evaluó a la doctora con una fulminante mirada. Viendo que no detenía su marcha sabía que su otra alternativa era detenerla por la fuerza y solo alguien que no tuviese amor por su rango (y su salud física) se jugaría con tocar a Angela Ziegler de forma hostil o inapropiada sin una buena razón. Aun los más nuevos voluntarios de Overwatch sabían eso como si fuese un dato básico que todos deben conocer.
Sintiéndose derrotado, el hombre apuntó a las posesiones de Mercy, haciendo que un par de soldados las tomaran bajo control. "No nos moveremos de aquí hasta que salga, y no me importa lo que diga o las personas que conozca, si escucho ruidos, escándalos o cualquier sonido que no me gusta vamos a entrar."
Mercy asintió con la cabeza, sabiendo el desagrado que aquel hombre debía sentir sobre ella. Una vez resolviese el problema inmediato que tenía en frente se aseguraría de buscarlo en el puesto de control y pedirle disculpas repetidas veces, aun cuando seguramente no las aceptaría en lo absoluto. Ahora mismo era un odio que tenía que aceptar.
Con disimulado temor tomó el pomo con manos temblorosas y lentamente abrió la puerta del edificio. Los restos de las mesas, luces y barra de tomar contaban que en otros tiempos aquel lugar debía ser un comedor donde las mismas personas se encontraban para desayunar o tomar cualquier terrible marca de ron y whisky que llegase a un lugar tan remoto. La pintura y las decoraciones apenas eran capaces de ocultar la evidencia de incontables peleas de las que el lugar fue testigo y los cuerpos inconscientes de soldados en el piso no facilitaba las cosas.
Mercy se tapó la boca con las manos y exhaló profundamente mientras su mente aceptaba los charcos de sangre por los que tenía que caminar. Cuando veía los dientes blancos y amarillentos centellear en el suelo cerraba los ojos para soportar las nauseas. Sus zapatos arrastraron tierra, polvo y sangre con cada paso que daba hacia la barra en la que un hombre se encontraba sentado dándole la espalda. Bastaba solo una mirada a aquel poncho rojo y sombrero gastado para reconocer a Jesse McCree desde aquella distancia.
Con medidos movimientos Mercy se sentó en el banquito que quedaba a su lado, pudiendo contemplar en mayor detalle al vaquero: Lo primero que notó fueron las manchas de sangre en su rostro, ropas y brazo cibernético y no pudo evitar preguntarse qué cantidad era suya y cuál de sus oponentes. Lo segundo que observó fue como ignoraba un par de vasos frente a sí, prefiriendo beber el fuerte y desagradable whisky que había encontrado directo desde la botella. Lo último que percibió fue como le dio una rápida y fugaz mirada pero, aunque la reconoció, se mantuvo en un sepulcral silencio; nada de comentarios listos, osados, atrevidos o sexistas. Solo completo silencio, cosa para nada característica de él.
Nada característica para alguien que no lo conoce pensó Mercy mientras apoyaba los codos en la barra y sujetaba su cabeza con las manos. Miró con atención a McCree y se quedó pensando varios segundos mientras el vaquero consumía el fatal liquido con la misma indiferencia y mirada perdida. Finalmente Mercy suspiró y extendió un brazo en dirección de la botella. Apenas la pequeña mano se hizo presente en su campo de visión McCree actuó instintivamente, lanzando su mano en dirección a la muñeca, sujetándola con fuerza. Fue el ahogado quejido de dolor de la doctora que lo obligó a reaccionar, soltándola mientras sacudía la cabeza, intentando enfocarse en su estado de embriaguez.
"Doctora!" exclamó McCree arrastrando las palabras, mirándola como si ahora fue que la reconoció. Abrió la boca para decir algo que hubiese simulado una disculpa, pero las palabras no parecían fluir.
"No te preocupes Jesse, sé que no fue tu intensión," intervino Mercy con una dulce sonrisa, suprimiendo el terrible dolor que aquel agarre le había propinado. Nuevamente extendió el brazo hasta alcanzar uno de los vasos. Le dio vuelta y, tomando con cuidado la botella de sus manos, vertió un trago con experticia y lo acercó a su compañero. "Lo civilizado es servirse en vez de tomar directo de la botella, no crees?"
McCree miró el vaso con el amarillento liquido y asintió sin decir palabra. Mercy puso los ojos en la botella y pensó en servirse una porción para acompañarlo pero sabía que no había forma de que pudiese tomarse siquiera un sorbo de aquella sustancia de dudosa procedencia sin devolverla por completo. Por eso lo único que le quedó fue acercarse y colocar una mano en su hombro.
Tanto los que lo conocían como los que solo habían escuchado historias de el sabían que McCree era alguien con el que había que tratar con cuidado. Valiente, osado y temerario no le quitaba su corto temperamento y capacidad de violencia. Cosas tan simples como conversaciones que se desviaban momentáneamente o incluso el más ligero rose eran capaz de traer consigo una gran cantidad de problemas cuando se trataba de él. Uno aprendía rápidamente a apartarse de su camino a menos que no hubiese otra opción. Era por eso que Mercy evaluaba que tanto estaba empujando su suerte en aquel momento pues ella misma había visto peleas entre él y compañeros de varios años que terminaban bastante mal con tan solo tocarlo cuando estaba de mal humor.
Hay que empujarla tanto como sea necesario se dijo con convicción, sabiendo lo que tenía que hacer en aquel momento aun cuando todo estaba en contra. Si, estaba agotada y si, afuera había un escuadrón que no les preocupaba mucho matarlos y si, ya ambos estaban en problemas que no podían evitar, pero eso no iba a detenerla en ayudar a su compañero y ahora mismo sabia que solo necesitaba 2 cosas: Tacto y tiempo.
Tacto pues, como cualquier persona que se encuentra en un mal estado, aun siendo alguien difícil de tratar necesita solo un simple gesto de afecto para recordarle que todo estará bien, y tiempo pues la única forma de poder ayudarlo completamente era que McCree diera el primer paso. Mercy sabía muy bien el por qué rompió los huesos y tumbó los dientes de esos soldados (era bastante obvio que no era la primera vez que ella había lidiado con un escenario parecido) pero si presionaba el asunto solo se encerraría y las cosas empeorarían. Por eso lo único que hizo en aquel momento fue acariciar su hombro con sus pequeños y delicados dedos mientras pensaba en una melodía suiza de su infancia para alejar la mente del estrés que la situación le estaba causando.
Tras lo que debió ser dos minutos enteros, McCree tomó la mano de Mercy y la quitó de su hombro antes de hablar. "Ellos sabían de mi doctora. Sabían que no tengo problemas en llenar a los Omnics de balas, pero matar personas es algo que ya no disfruto." Sus palabras, pesadas y con marcada hostilidad, caían de igual forma que el vaso vacio sobre la barra. "Ninguna persona debería," agregó en voz baja, "no en la jodida realidad que estamos viviendo."
Mercy asintió mientras le servía nuevamente de la botella. Mientras lo hacía intentó imaginarse si fue uno o varios de los soldados amigos los cuales, eufóricos por la victoria y nublados por la adrenalina, se acercaron a McCree para invitarle a brindar por la victoria del día de hoy, quizás mencionando como los soldados contrarios no tuvieron oportunidad. Jóvenes y tontos, se imaginaron que las historias del vaquero eran exageradas y para cuando se dieron cuenta del asco y vitriolo que le causaba tomar vidas humanas ya era demasiado tarde. Lo único que simuló suerte para ellos fue que desde hacía un par de años aprendió a no desenfundar el revólver contra aliados a menos que fuese estrictamente necesario. De cualquier forma estos soldados no tuvieron oportunidad. Los que pudieron usar la radio a tiempo reportaron la situación antes de ser sometidos y luego no hubo marcha atrás.
"Lo sé Jesse," dijo Mercy simplemente, sintiendo sus ojos cerrar. Su muñeca empezó a doler nuevamente y se imaginó la terrible marca que debía tener bajo su traje. "Supongo que no podemos evitar que la gente piense mal de nosotros algunas veces, sobre todo con el estigma que porta Overwatch. Tu eres un vaquero machista, sexista, asesino y adicto a la violencia y yo soy una doctora nepotista y puta que seguramente se ha ganado su rango y su respeto con su cara bonita y su cuerpo. A qué persona sensata se le ocurriría pensar en la carga emocional que tienes por tus años del otro lado de la ley, así como del respeto que has aprendido a tenerle a la vida en estos tiempos tan feos que vivimos? Y ni hablar de la estupidez de pensar que soy una persona útil e inteligente que se ha esforzado tanto como los demás y que está en el campo de batalla día y noche porque genuinamente le importa la labor que está realizando," finalizó ella, recordando la risa y miradas burlonas de los soldados, quienes solo se la podían imaginar útil para una sola cosa. La mas disimulada sonrisa se dibujó en el rostro de McCree, demasiado alcoholizado y colérico como para no encontrarse aquellas palabas sorprendentes y entretenidas.
"La buena noticia es que yo no pienso eso de ti y hasta donde se tu no piensas eso de mi, y eso debe bastarnos por ahora." Un recuerdo le llegó a su mente y no pudo evitar sonreír "A lo mejor hace muchos años si podíamos pensar eso el uno del otro. Recuerdas cuando empezamos en Overwatch? Que grupo tan extraño éramos, con todas esas ideologías y prejuicios contra el otro, sin saber que nos deparaba el destino?"
Al hacer la pregunta el rostro de Mercy se iluminó al ver una sonrisa en el desaliñado y sucio rosto de McCree, quien de seguro estaba recordando una época donde las cosas no estaban tan jodidas.
"Como olvidarlo doctora! Es tan difícil como olvidar que cosita tan bonita era usted en aquellos días."
"Aquellos días?" preguntó ella con fingida ofensa, arqueando una ceja.
"El paso del tiempo es implacable con todos. Usted no se salva. Solo mire lo que hicieron con este perfecto espécimen americano." McCree apuntó con un pulgar a su abundante cabellera, barba y rostro curtido, mostrando sus dientes en una mueca altanera.
"Si es así entonces creo que ha sido más gentil contigo que conmigo ya que pienso que todavía eres un apuesto vaquero, si no es que un poco viejo y malhumorado."
"Siempre he tenido la cabeza así de caliente doctora. La diferencia es que antes había que guardar las apariencias."
"No habrá sido por mí, verdad?"
McCree guiñó un ojo. "No quería que mi acto de chico malo hiciese que se enamorara de mi doctora. Para variar quise ser profesional y no confundir su joven mente."
Tras ese comentario ambos se miraron a los ojos para luego estallar en risas, risas que no tenían nada que ver con lo la situación en mano pero que eran completamente necesarias en ese momento pues en pocos minutos los recuerdos de las muertes de hoy, los errores que ambos cometieron y las cosas horribles que pensaban de ellos volverían a infestar su realidad. Por eso ahora necesitaban cerrar los ojos, apoyarse de los hombros y reír con libertad mientras pensaban en buenos días pasados.
"Si te diré Angela," empezó McCree, utilizando el nombre de Mercy como pocas, muy pocas veces hacia, "que nunca me hubiese imaginado que tan buena amiga serias. La verdad es que eres demasiado buena para ser amigo de muchos de nosotros escoria." Repentinamente McCree se levantó de su asiento, tropezando hasta encontrar el equilibro, y se frotó el rostro con una mano. Mercy se preparó para seguirlo pero la sujetó por un hombro para mantenerla sentada. "No se preocupe doctora. Yo me encargo de pagar mis platos rotos. Ya ha hecho suficiente."
"No seas-"
Pero McCree negó con la cabeza, sus ojos mostrando una breve lucidez. "Insisto doctora. Cárguelo a mi cuenta." Se detuvo un segundo, la miró a los ojos, y se quitó el gastado sombrero, colocándolo en la barra. "Le importaría si me cuida esto por un par de horas? Solo hasta que nos veamos de nuevo."
Mercy observó el sombrero, entendiendo perfectamente la promesa que representaba. No me olvide en estas horas que están por venir doctora, y si pudiese visitarme mientras estoy tras barras se lo agradecería. Usted es lo único que tengo ahora mismo.
Sin esperar respuesta McCree caminó en dirección a la puerta con las manos en alto. Mercy acercó el sombrero hacia sí, polvoriento, sucio y con fuerte olor a whisky y sudor, abrazándolo como la posesión más valiosa del mundo. Detrás suyo pudo escuchar las palabras de rendición de McCree, seguido de los gritos del capitán, los golpes que le propinaron aun cuando no se resistió al arresto y la marcha rítmica con el que lo escoltaron lejos de ahí. Por supuesto ninguno se preocupó en lo absoluto en revisar si ella estaba bien, limitándose a dejar su equipo fuera de la puerta para que curase a los soldados inconscientes, labor que haría gustosa aun cuando los demás pensarían que le estaban dando una tarea denigrante. Que tan poco pueden pensar de mi si pensaban que no iba a ayudarlos?
Antes de levantarse, recoger sus pertenencias y seguir trabajando a pesar de su cansancio, Mercy se limitó a agachar la cabeza y deprimirse por unos segundos. Había aprendido con el paso del tiempo a no hacer escenas de histeria, pánico y llanto pues no había peor imagen para alguien herido que un doctor hecho un manojo de nervios, por lo que cerró los ojos y dejó correr una silenciosa lagrima por una de sus mejillas en honor a este día ya que todo lo que había pasado demostraba lo que muchos como ella pensaban algunas veces: No importa el bando, la guerra siempre era la victoriosa unánime.
Fin.
