El Lobo y la Paloma
Por Zshieszka
Disclaimer: El PoT le pertenece a Takeshi Konomi, por que si me perteneciera las cosas serian mucho muy diferentes; y este fic tiene la total y absoluta autoría de Katheleen Woodiwiss.
Capitulo 2
Sakuno despertó lentamente cuando oyó, desde lo que le pareció una gran distancia, que la llamaba por su nombre. Lucho para avivarse y quitarse de encima el gran peso que le oprimía el pecho. El normando se agito levemente y rodó hacia un lado, librándola de la repugnante carga de su brazo. En su profundo adormecimiento, la cara de Atobe casi se veía inocente, con toda la violencia y el odio ocultos detrás de la mascara del sueño. Pero cuando lo miró, Sakuno hizo una mueca de desprecio y lo odio por lo que había hecho. Demasiado bien recordaba esas manos sobre su cuerpo, ese cuerpo duró presionándola contra las sabanas. Sacudió la cabeza y pensó, horrorizada, que ahora debía preocuparse por la posibilidad de que él la hubiera dejado embarazada. ¡Oh, que Dios no lo permitiera!
- Sakuno – repitió la voz.
Sakuno se volvió y vio a su madre de pie junto a la cama, retorciéndose sus manos delgadas con una expresión de miedo y afición.
- Debemos de darnos prisa – dijo Sumire y entrego a su hija un vestido de lana-. No tenemos mucho tiempo. Debemos marcharnos ahora, mientras el centinela todavía duerme. Date prisa hija, te lo ruego.
La muchacha percibió el gemido de terror en la voz de su madre, pero ninguna emoción agito dentro de sus pecho. Estaba atontada, incapaz de ningún sentimiento.
- Si queremos huir, debemos darnos prisa – imploro Sumire con desesperación-. Ven, antes de que todos despierten. Por una vez, piensa en tu salvación.
Sakuno se levanto de la cama, cansada y dolorida, y se puso el vestido pasándolo sobre su cabeza, indiferente a la áspera textura de la tela sin la familiar camisa debajo. Temerosa de despertar al normando, miro por encima de su hombro; pero el dormía profundamente. Oh, pensó ella, que placenteros deben ser sus sueños para poder descansar tan serenamente. Sin duda, su victoria sobre ella los había endulzado considerablemente.
Sakuno dio media vuelta, fue hasta la ventana y abrió las trampillas con impaciencia. A la luz cruda y blanca del amanecer, se le vio pálida, demacrada, aparentemente tan frágil y delicada como la bruma de la mañana que se elevaba de los pantanos que veía más allá. Empezó a recogerse el cabello y a desenredárselo con los dedos. Pero el recuerdo de los dedos largos y blancos de Atobe enredándose en sus rizos, obligándola a doblegarse a su voluntad, la hizo detenerse abruptamente. Echó hacia atrás la sedosa melena y dejo que cayera, suelta, sobre sus pechos y hasta las caderas. Cruzó la habitación.
- No madre – dijo con firme determinación-. No huiremos hoy. No mientras nuestros muertos queridos yazcan insepultos, para alimentar a los cuervos y a los lobos.
Con paso decidido, Sakuno salió de la habitación, dejando que su madre la siguiera con impotente frustración. Abajo pasaron con cautela entre los normandos borrachos, que roncaban desparramados en el suelo.
Como un espectro silencioso y ondulante, Sakuno avanzó precediendo a su madre; con un empujón de su cuerpo esbelto, abrió completamente la puerta llena de grietas de Darkenwald y se detuvo tambaleante, casi sofocada por el olor nauseabundo de los muertos. Sintió que la garganta se le contraía y a fuerza de voluntad consiguió contener el vomito. Avanzo tropezando entre formas grotescas hasta que llego junto a él cadáver de su padre. Ahora el se encontraba rígido, los hombros apretados contra el suelo, los brazos abiertos, la espada aferrada en el puño crispado y una mueca de desafió en los labios entreabiertos.
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de la muchacha, mientras lo lloraba en silencio. El había muerto como había vivido, con honor y con su propia sangre apagando la sed del suelo que amaba. Ella echaría de menos hasta en sus momentos de cólera. ¡Que miserable situación! ¡Que desesperación! ¡Que soledad, la de la muerte!
La dama llego a su lado, se apoyo en ella y respiro agitadamente en el aire denso y pesado. Miró a su esposo asesinado y se estremeció. Su voz empezó como un suave gemido y termino en un aullido penetrable.
- ¡Oh, Sako, no es justo que nos dejaras así, con la casa llena de ladrones y nuestra hija violada por un asno extranjero!
La mujer cayo de rodillas y se aferro a la cota de mallas del lord muerto, como si quisiera atraerlo hacia ella. La fuerza le fallo y se prosternó y gimió con desesperación.
- ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?
Sakuno pasó sobre el cadáver y libero la espada que el muerto tenia aferrada. Después agarro el cuerpo de un brazo y trato de arrastrarlo hasta un lugar más blando. Su madre aferro la otra mano, pero solo para quitar el anillo de sello el dedo retorcido. Cuando Sakuno la miró, Sumire levanto la vista y habló:
- ¡Es mío! ¡Parte de mi dote! Mira, las armas de mi padre.- Agito el anillo ante la cara de su hija.- Me lo quedo.
Sono una voz que las hizo sobresaltarse. La mujer salio con el rostro crispado por el miedo. Dejo caer la mano de su esposo y corrió con sorprendente agilidad a través del campo de batalla, para ocultarse entre los arbustos al borde del pantano. Sakuno dejo el brazo de su padre en el suelo y se volvió, con una lentitud serena que a ella misma le sorprendió, para enfrentar esta amenaza desconocida. Sus ojos se dilataron a la vista de de un alto guerrero montado en un gran semental como ella nunca antes había visto, y que soportaba el peso del hombre tan fácilmente como si fuera un muchachito. El enorme animal parecía escoger su camino casi con delicadeza entre los muertos, y se dirigía hacia ella.
El hombre tenia la frente cubierta por el casco, pero detrás de el brillaban unos ojos ámbar que parecían taladrarla. El coraje de Sakuno se derritió ante esa mirada fría y trago temblorosamente mientras la helada mano del miedo se apodera de ella.
El escudo del jinete, un lobo negro erguido sobre su grabado rojo y oro, con un siniestro torcido, colgaba de la silla. Sakuno supo por ese escudo que el era un bastardo; sino hubiera sido por el miedo y respeto que inspiraba la altura del hombre y el tamaño de su montura, ella le hubiese arrojado el insulto en la cara. Pero se limito a levantarle el mentón en gesto de impotente desafió y a mirarlo a los ojos, con los suyos mostrando un brillo de odio. El curvo los labios en un gesto de desprecio. Las palabras francesas sonaron claramente, y en el tono de voz se percibió nítidamente un profundo desdén.
- ¡Sucia inglesa! ¿Nada está a salvo de tus raterías?
La voz de ella sonó más aguda pero con el mismo desdén cuando replico prestamente:- ¿Qué habéis dicho señor caballero? ¿Es que nuestros bravos invasores normandos no pueden dejar que sepultemos a nuestros muertos en paz?
Sakuno señalo burlonamente el campo de la masacre.
El replico, arrogantemente:- Por la pestilencia, se diría que han demorado demasiado.
- No demasiado, dirá uno de sus compañeros cuando despierte y compruebe que me he marchado – respondió ella, escupiendo las palabras. A pesar suyo, los ojos se le llenaron de lagrimas cuando volvió desafiante la fija mirada de él.
El hombre no se movió, la estudio con más detenimiento y pareció relajarse un poco sobre su silla. Ella sintió la mirada de él que la examinaba tranquilamente. Una brisa súbita hizo que su vestido de lana se adhiriera a las curvas de su cuerpo y regalara a quien la miraba con un espectáculo muy detallado. La mirada del caballero subió y se detuvo atrevidamente en los pechos llenos, redondeados, que subían y bajaban agitadamente por la ira que ella sentía.
Las mejillas de Sakuno ardieron y enrojecieron bajo la lenta y cuidadosa inspección del hombre. De pronto, se exaspero porque él podía hacerla sentir como cualquier nerviosa pastorcilla bajo la mirada de su señor.
- Agradecer haber tenido para ofrecer a sir Atobe algo mas que esto – dijo él señalando a los muertos.
Sakuno se estremeció de furia, pero el se bajo de su semental y se le acerco. Ella aguardo silencio mientras la dura mirada de el la atravesaba. El hombre se quito el casco que sostuvo descuidadamente debajo de un brazo. Sonrió lentamente, otra vez pareció medirla de pies a cabeza y estiro la mano para acariciar uno de los suaves rizos que caían sobre el pecho de la muchacha.
- Si – dijo -, alegraos de haber tenido algo más que ofrecer, señorita.
- Ellos dieron lo mejor que tenían. Si yo hubiera tenido una espada, habría hecho lo mismo.
El gruño, se volvió y miro la carnicería, con evidente desagrado. Pese a sus palabras, lo estudio con lejano interés.
El era alto, por lo menos dos manos más alto que ella, aunque ella no era de estatura baja; sus cabellos negros con reflejos verdosos, estaban revueltos y aunque la cota de mallas era pesada, se movía con una desenvoltura graciosa y confiada. Ella pensó que en ropas de la corte, el arrancaba mas de un suspiro de las doncellas. Tenia unos ojos muy especiales y de un color muy peculiar, casi podría decir que su color igualaba al dorado; y arriba de los mismos una cejas bien arqueadas, aunque como ahora se encontraba enojado, las cejas bajaban y se unían sobre su nariz larga y fina y daban a su rostro la intensa expresión de un animal de caza. Su boca era ancha, los labios delgados y espléndidamente curvados.
Una cicatriz iba desde el pómulo hasta poco antes de la mandíbula. Ahora la cicatriz estaba pálida y los músculos debajo de esta contraídos, pues el apretaba los dientes con furia. Con un rápido movimiento se volvió hacia ella y Sakuno quedo casi sin aliento al mirar esos fríos ojos ámbar. El hombre contrajo los labios y mostró los dientes blancos y de su garganta salió un gruñido.
Sakuno quedo intimidada por el aspecto salvaje de él; era como si fuera un sabueso que estuviera sobre una pista. No, más que eso. Un lobo dispuesto a vengarse de un enemigo ancestral; el hombre dio media vuelta, y a largas zancadas, casi corrió hacia la puerta principal de Darkenwald y desapareció en el interior.
No bien el entro, fue como si un trueno sacudiera la casa. Ella lo oyó gritar, y la gruesa paredes devolvieron el eco del ruido que hacían los invasores al levantarse precipitadamente. Olvidada su ira ella escucho y aguardó. Su madre se asomo por un ángulo del edificio y con gestos imperiosos de pidió que viniera. De mala gana, Sakuno volvió su atención a la tarea que tenia por delante y se inclino para tomar el brazo del cuerpo de su padre, a fin de arrastrarlo otro lugar. Pero se sobresalto cuando un gran grito hizo estremecer el aire y levanto la vista, alarmada, a tiempo para ver que Atobe era arrojado por la puerta, con nada mas que su pantalón. Siguieron sus demás ropas y su espada, que fueron a caer junto a él, sobre el polvo.
- ¡Imbécil! – grito quien lo expulsaba, y se detuvo en los escalones, encima de el.- ¡Los muertos no me sirven!
Con los ojos brillantes de satisfacción, Sakuno observo complacida el espectáculo de Atobe, quien se ponía dificultosamente de pie, sufriendo intensamente la humillación. El normando empuño su espada e hizo una mueca de desprecio, pero los ojos dorados que lo miraban con fijeza relampaguearon con una advertencia.
- Ten cuidado Atobe. Tu fetidez podría mezclarse con el de tus victimas.
- ¡Ryoma, hijo de Satanás! – dijo Keigo, ahogándose de rabia. Osadamente, hizo señas al otro para que se acercara-. Ven para que yo pueda ensartarte como te lo mereces.
- No me interesa, por el momento, batirme con un chacal medio desnudo y rebuznador.- Al notar el interés de Sakuno, levanto la mano hacia ella.- Aunque la dama te querría ver muerto, lamentablemente tengo necesidad de ti.
Atobe se volvió, sorprendido y vio que la muchacha lo contemplaba con expresión divertida. Su rostro se ensombreció de ira y humillación; murmuro una maldición, precipitadamente se puso sus botas y fue hacia ella.
- ¿Qué haces aquí? – Pregunto - ¿Por qué has abandonado la casa?
Ella rió por lo bajo y lo miro con ojos cargados de odio y desprecio.- Por que se me dio la gana.
Atobe la miro fijamente, pensando como domar efectivamente ese carácter rebelde sin estropear la belleza de su rostro o del cuerpo suave y adorable y que recordaba muy bien, apretado contra él en la cama. Seria difícil desembarazarse de ese delicioso recuerdo. Nunca había visto a una mujer con un coraje que igualara al de un hombre. Estiro una mano y la tomó de la muñeca.
- Entra de la casa –dijo- y espérame. Pronto aprenderás que eres mía y que debes obedecerme.
Sakuno retiro su brazo con asco.
- ¿Crees que porque una vez te acostaste conmigo yo te pertenezco? – Protestó – Oh, tenéis mucho que aprender, por que yo nunca seré tuya. El odio que me inspira me acompañara todos los años de mi vida; la sangre de mi padre clama desde la tierra y me recuerda su crimen. Ahora, el cuerpo me ruega que le dé sepultura y yo voy a hacerlo, le guste o no. Solo podréis detenerme derramando también mi sangre.
Él la tomo nuevamente del brazo y sus dedos apretaron cruelmente la tierna piel de ella. El era conciente de que Ryoma los observaba con gran interés, y su frustración aumento cuando vio que no podía intimidar a esta muchacha terca ni hacer que se le sometiera.
- Hay otros mas capaces de sepultarlo – gruño Atobe con los dientes apretados-. Haz lo que te ordeno.
Las líneas de la mandíbula de Sakuno se pusieron rígidas cuando ella miro directamente los relampagueantes ojos negros de él.
- No –dijo ella suavemente-, prefiero la tarea la hagan manos amorosas.
Entre los dedos se libraba una batalla silenciosa. Atobe apretó su mano, como si fuera a golpear a la joven. Después, sin advertencia, la soltó y la hizo caer sobre el polvo, se irguió sobre ella y recorrió con los ojos hambrientos las cuervas de del cuerpo apetitoso. Sakuno bajo rápidamente su vestido para cubrirse los muslos y lo miro con ojos helados.
- Te concedo esto, damisela. Pero no vuelvas a ponerme a prueba –advirtió él.
- Un caballero verdaderamente amable – replico ella en tono de provocación, y se puso de pie.
Sakuno se froto la muñeca magullada, lo miro un momento con ojos cargados de desprecio y después paso junto a él, en dirección al alto guerrero que seguía de pie en la escalinata de la casa. Este normando le devolvió la mirada y sonrió, con un asomo de burla en sus delgados labios.
Ella se volvió de repente y no alcanzó a ver la forma apreciativa en que la miro el normando. Se inclino, tomo una vez mas el brazo de su padre y empezó a tirar de él; los hombre de quedaron observando y por fin Atobe se acerco para ayudarla, pero ella lo aparto con violencia.
- ¡Váyase! –Gritó- ¿No puede dejarnos tranquilas por un momento? ¡El era mi padre! Dejadme que lo sepulte en paz.
El hombre dejo caer sus manos a los costados y desistió de tratar de ayudarla. Después fue a recoger sus ropas, pues en su cuerpo escasamente cubierto empezaba a sentir un poco de frío.
Con gran determinación, Sakuno arrastró a su padre desde el patio hasta un punto debajo de un árbol, a corta distancia de la casa. Un pájaro levantó vuelo de las ramas del árbol y ella lo observo y envidio su libertad. Continuo mirando al pájaro que se alejaba y no advirtió que Ryoma se acerco hasta detenerse detrás de ella. Pero cuando un objeto pesado fue arrojado a sus pies, se sobresalto y se volteó. El señalo la pala.
- Hasta unas manos amorosas necesitan herramientas, señorita.
- Es tan amable como nuestro hermano normando, señor caballero.- enarcó una ceja, y preguntó, con ironía:- ¿O ahora debo llamarlo "milord"?
El hizo una breve reverencia.- Lo que deseéis, damisela.
Sakuno levanto el mentón.- Mi padre era lord aquí; no me parece bien llamarlo lord de Darkenwald. El caballero normando se encogió de hombros, sin alterarse.
- Soy conocido como Ryoma – dijo.
Sakuno que había esperado fastidiarlo, ahora se sintió descontenta. El nombre sin embargo, no le era desconocido, porque recordaba claramente a Atobe y su primo hablando de el con odio la noche anteriormente. Quizá ahora arriesgaba a su vida provocando la cólera de este hombre.
- Quizá su duque le dé estas tierras a otro después de que usted las ganó para él –dijo ella con petulancia-. Todavía no es lord de ellas y podrá no serlo nunca.
Ryoma sonrió lentamente.- Aprenderá que Tezuka es hombre de palabra. Estas tierras ahora son mías, porque pronto Inglaterra será de él; no ponga sus esperanzas sobre falsos deseos, damisela, ya que eso no la llevara a ninguna parte.
-¿Qué esperanzas me han dejado ustedes? – pregunto Sakuno amargamente-. ¿Qué esperanza han dejado en Inglaterra?
El la miro con expresión burlona.- ¿Os entregáis tan fácilmente, querida mía? Me pareció detectar un poco del fuego del infierno y de una firme determinación en el ondear vuestras faldas ¿Me equivoco?
La muchacha enfureció ante esta provocación.- Se ríe de mí, normando.
El rió por lo bajo.- Veo que ningún enamorado atrevido la ha hecho erizar vuestras hermosas plumas, hasta ahora. Seguramente, estaban demasiado embobados con usted como para ponerse en su lugar.
- ¿Cree que sería capaz de hacerlo? –dijo ella con expresión burlona. Señalo con la cabeza a Atobe, quien los observaba desde lejos - ¿Cómo lo lograría? El ha usado la violencia y ha violado mi cuerpo ¿Usted hará lo mismo?
Lo miró con ojos llenos de lágrimas, pero Ryoma negó con la cabeza, estiró una mano y le acaricio el mentón.
- No, tengo metidos más efectivos para domar a una muchacha como tú. Cuando la violencia no logra nada, el placer puede ser un arma eficaz.
Sakuno hizo a un lado la mano de él.
- Os tenéis demasiada confianza, sir Ryoma, si cree que puede dominarme con amabilidad.
- Nunca he sido amable con las mujeres –replico él, despreocupadamente, e hizo que ella se estremeciera con un escalofrío.
Sakuno lo miró un momento a los ojos pero nada encontró allí que aclarará el significado de las palabras de Ryoma. Sin una palabra más, tomo la pala y empezó a cavar. Él observo sus torpes movimientos y sonrió.
- Habéis tenido que observar a Atobe –dijo-. Dudo que por haber estado en la cama de él tenga que tomarte esta molestia.
Ella lo miro con ojos fríos, cargados de odio.
- ¿Cree que todas somos unas cualquiera para buscar el camino más fácil? –preguntó-. Os sorprendería saber que esto me resulta infinitamente más placentero que tener que someterme a las sabandijas.- Lo miró fijamente a los ojos dorados.- Normandos… sabandijas; no hay ninguna diferencia… creo.
Ryoma habó lentamente, como para permitir que sus palabras hicieran todo su efecto.- Hasta que me haya acostado contigo, damisela, reservaos vuestro juicio sobre los normandos. Quizá te gustaría ser acariciada por un hombre, en vez de un fanfarrón borracho.
Sakuno lo miró pasmada, incapaz de replicar. El pareció expresar un hecho innegable más que hacer una amenaza, y ella supo con certeza que sería solamente cuestión de tiempo antes de que tuviera que compartir una cama con este normando. Consideró su estatura, sus hombros anchos y musculosos, y se pregunto furiosamente si sería aplastada por su peso cuando él decidiera poseerla. Pese a sus palabras, él probablemente la maltrataría de la misma forma que Atobe y obtendría placer del dolor que causara.
Pensó en los muchos hombres cuyas ofertas de matrimonio había rechazado hasta que su padre, perdida la paciencia, eligió a Kintarou para ella. Ahora no era una joven orgullosa, pensó, sino una doncella desamparada, para ser usada y en seguida ser arrojada en brazos del siguiente en la fila de pretendientes. Se estremeció interiormente ante la idea.
- Podéis haber conquistado Inglaterra, pero le advierto que no será tan fácil conquistarme a mí- abucheo.
- Creo que para mí, será una conquista más agradable. Los frutos de mi victoria, no lo dudo, serán mucho más deliciosos.
Sakuno lo miró arrogante.- ¡Es un imbécil presumido y vanidoso! Cree que yo soy una de sus complacientes prostitutas normandas, impaciente por satisfacer sus deseos. Pues pronto se desilusionara.
El rió.- Alguien tendrá que aprender una lección, pero quién de los dos, todavía esta por verse. Sin embargo, me inclino a pensar que el ganador seré yo.
Sin decir más, dio media vuelta y se alejo. Ella quedó mirándolo fijamente; pero por primera vez, Sakuno noto que el cojeaba. ¿Se debería a una herida sufrida en combate o a un defecto de nacimiento? Espero con ímpetu que, en cualquiera de los dos casos, fuera algo muy doloroso.
Al percatarse de que Atobe la observaba, Sakuno se volvió y clavo la pala en la tierra, maldiciendo a los dos hombres. Furiosamente, golpeó el suelo como si estuviera golpeando a uno de ellos. Continúo con su tarea y noto que los dos hombres habían empezado a hablar acaloradamente. El tono de Ryoma era bajo, pero la cólera resonaba en sus palabras. Atobe, tratando de salvar algo de su orgullo, hablaba con ira contenida.
- Me dijeron que asegurara este lugar para ti. Los consejeros ingleses del duque dijeron que aquí, solo hombres viejos y torpes podrían levantar sus espadas contra nosotros. ¿Cómo íbamos a saber que él viejo lord nos atacaría y que sus siervos tratarían de matarnos? ¿Qué hubieses querido que hiciéramos, Ryoma? ¿Quedarnos quietos y morir, por no levantar nuestras armas para defendernos?
- ¿No leíste los ofrecimientos de paz que yo te envié? –Pregunto Ryoma-. El anciano era orgulloso y hubieras tenido que tratarlo con mucho tacto para tener que evitar derramamientos de sangre. ¿Por qué no pusieron más cuidado, en vez de llegar aquí como conquistadores y despojarlo de su hogar? Dios mío ¿Eres tan inepto que debo contigo en todo momento para enseñarte como hay que tratar a hombres de carácter? ¿Qué le dijiste?
Atobe hizo una mueca de desprecio.- ¿Por qué estás tan seguro de que no fueron tus palabras las que lo enfurecieron? El anciano me ataco pese a la magnificencia de tu mensaje. Yo nada hice, salvo dejar que el mensajero leyera el pergamino que me entregaste.
- Mientes – replico Ryoma-. Yo les ofrecí, a él y a los suyos, un tratado justo para que bajaran sus armas. El no era ningún tonto, hubiera aceptado rendirse para salvar a su familia.
- Evidentemente te equivocaste, Ryoma- dijo Keigo en tono burlón-. ¿Pero quien hay que pueda probar lo que dices? Mis hombres no conocen esta lengua pagana, con excepción del mensajero. Solo yo y el vimos el documento. ¿Cómo vas a probar las acusaciones contra mí?
- No hace falta probarlas – dijo Ryoma-. Yo se que ustedes acecinaron a estos hombres.
Atobe rió despectivamente.- ¿Cuál es el precio por quitar la vida a unos cuantos ingleses? Tú has matado, en Hastings, muchos más que estos pocos patanes.
La cara de Ryoma parecía de piedra.- Fue porque se rumoreaba que las fuerzas de Cregan eran muy numerosas que fui yo para tomar ese lugar, creyendo que tú tendrías el buen sentido de persuadir a un anciano a que evitará una lucha inútil. En eso veo que me equivoqué y lamento mi decisión de haberte enviado aquí. La muerte del anciano nada significa, pero los campesinos serán difíciles de reemplazar.
Estas palabras resonaron profundamente en Sakuno, quien erró el golpe que daba en ese momento con la pala. Cayó con fuerza al suelo y el golpe casi la dejo sin aliento. Jadeante de dolor, permaneció inmóvil, con deseos de llorar de rabia e indignación. Para estos hombres una vida carecía de importancia, pero para una muchacha que había y respetado a su padre, la perdida era intolerable.
La acalorada conversación cesó y los hombres dirigieron su atención nuevamente hacia ella. Ryoma ordeno a gritos que saliera uno de los siervos de la casa. Vino Gakuto, un pequeño muchacho de trece años, quien salio tropezando.
- Entierra a tu señor – ordeno Ryoma, pero el muchacho lo miro sin entender. El normando índico a Sakuno que tradujera sus palabras, y ella, resignada, entregó la pala al muchacho y observo solemnemente como cavaba la tumba. Oyó que mientras tanto, el normando ordenaba a los invasores que estaban en la casa que se llevaron los muertos de allí.
Sakuno y Gakuto envolvieron al lord en pieles de lobo, lo metieron en la fosa y depositaron sobre su pecho la pesada espada. Cuando hubo sido arrojada la ultima palada de tierra, Sumire se acercó tímidamente, se arrojo sobre el montículo y empezó a sollozar.
- ¡Un sacerdote! – imploró-. La tumba tiene que ser bendecida.
- Si madre – murmuro la joven -. Encontraremos uno.
Sakuno se atrevió a asegurarle esto a su madre, aunque no tenia idea de cómo podría hacer venir un sacerdote. La capilla de Darkenwald, después de la muerte de su sacerdote hacia varios meses, había sido reducida a escombros por un incendio que se produjo poco después. El fraile de Cregan había atendido a la gente de Darkenwald en ausencia de otro clérigo. Pero ir a buscarlo seria arriesgar su vida, aun así podía partir sin que la vieran, lo cual era altamente improbable. Su caballo estaba atado en el establo, donde algunos de los normandos habían hecho sus jergones. Era conciente de la magnitud de su impotencia y de la imposibilidad de dar mucho consuelo a Sumire. Sin embargo, su madre se estaba acercando peligrosamente a la demencia y Sakuno temía que su decepción la hiciera cruzar el límite.
Sakuno levanto la vista hacia donde estaba Ryoma. El estaba quitando la armadura de su caballo, y por esta acción el supo que tenia la intención de quedarse en Darkenwald en vez de en Cregan. Darkenwald era la elección más probable, porque aunque el pueblo tenía menos habitantes, la casa señorial era más grande y más adecuada a las necesidades de un ejército. Sako la había proyectado con visión de futuro, construida mayormente de piedra, era menos vulnerable a los incendios y a los ataques que la casa señorial de Cregan, la cual era de madera. Si, Ryoma se quedaría, y por sus palabras, Sakuno sabía que tendría que servirlo para sus placeres. Con su propio miedo de ser reclamada por este temible invasor, le resultaba difícil ofrecer aliento a otras personas.
- ¿Lady? –empezó Gakuto.
Se volvió y vio que el muchacho estaba mirándola. El, también se había percatado del estado de la madre y ahora miraba a la joven en busca de autoridad. Sus ojos la interrogaron; buscaba que lo guiaran en el trato con estos hombres cuya lengua lo confundía. Cansada, Sakuno se encogió de hombros incapaz de darle una respuesta, dio media vuelta y camino lentamente hacia Ryoma.
El normando miro a su alrededor cuando vio que ella se aproximo e interrumpió su tarea. Con gran vacilación se acerco mas al hombre y al animal, y miro al enorme caballo con temor y respeto; sintiéndose mas recelosa al acercarse a ese semental. Él acaricio las sedosas crines, sostuvo el freno en su mano y la miró. Sakuno aspiro profundamente.
- Milord –dijo tiesamente. El título le salio con dificultad, pero por la cordura de su madre y para que estos hombres de Darkenwald pudieran tener cristiana sepultura, ella estaba dispuesta a tragarse su orgullo por un tiempo. Su voz se hizo más fuerte con su determinación-. Quiero hacer un pequeño pedido.
El asintió con la cabeza y no dijo nada, pero ella fue consiente de que esos ojos ámbar, penetrantes pero desapasionados, que la miraban fijamente. Sintió la desconfianza de el y hubiera querido maldecidlo, insultarlo por extranjero y por irrumpir en sus vidas. Nunca le había sido fácil mostrarse dócil. Hasta en las oportunidades en que su padre la regaña por algún punto en discusión, como la renuencia para elegir un pretendiente; ella se mantenía inconmovible, terca, voluntariosa, sin temer la cólera tronante de él mientras que otros hubieran corrido a refugiarse espantados, temerosos por sus vidas. Pero, Sakuno sabía que cuando ella quería salirse con la suya, la gentileza y la docilidad lograban ablandar el corazón de él y hacer que se mostrará complaciente. Ahora aplicaría la misma treta con este normando. Hablo en tono mesurado:
- Milord, solo pido un sacerdote. Es un pedido pequeño… pero por estos hombres que han muerto…
Ryoma asintió.- Se hará-dijo.
Sakuno cayó de rodillas ante él, humillándose por este breve momento. Era lo menos que podía hacer para asegurarse de que los muertos serian sepultados cristianamente.
- Levántate muchacha, respeto más tú odio – dijo él, y se volvió y entro en la casa, sin agregar nada más.
Siervos de Cregan, bien custodiados por un puñado de hombres de Ryoma, vinieron para sepultar a los hombres de Darkenwald. Con sorpresa, Sakuno reconoció a Kintarou cuando estuvieron más cerca, siguiendo a un hombre joven alto que venia a caballo. Ella sintió un enorme alivio al verlo con vida y hubiera corrido hacia él, pero Sumire la tomó del vestido y se lo impidió.
- Lo matarían…- dijo- esos dos que se pelean por ti.
Sakuno comprendió la prudencia de esto y se sintió agradecida hacia su madre por esta pequeña muestra de de buen sentido. Hubo cierta dificultad con el idioma cuando los guardias trataron de indicar a los siervos lo que tenían que hacer.
Ella confundida, se pregunto cual seria el juego de Kintarou, porque ella misma le había enseñado la lengua francesa y el había sido un buen estudiante. Por fin los campesinos entendieron y empezaron a reunir y preparar los cuerpos para sepultarlos, todos excepto Kintarou, quien estaba como atontado, horrorizado ante el terrible espectáculo de los hombres masacrados. Súbitamente se volvió y vomito. Los hombres de Ryoma se rieron y Sakuno los maldijo en silencio.
Su corazón fue hacia el pobre joven; últimamente el había visto demasiado de la guerra. Sin embargo, hubiera preferido que el se sobrepusiera y mostrada dignidad y fortaleza ante estos normandos. En cambio, estaba permitiendo que lo hicieran objeto de ridículo; las risas fueron para ella como una mordedura, de modo que dio media vuelta y corrió hacia la casa. Sintió vergüenza de él y quienes se degradaba asó delante del enemigo.
Con la cabeza baja, sin prestar atención de a los hombres que, de soslayo, la miraron con lujuria, siguió caminando hasta cae prácticamente en los brazos de Ryoma. El se había quitado su cota de malla, dejándose su túnica de cuero, y ahora estaba con Atobe, Ryoh y el hombre que había llegado con Kintarou. Ryoma la abrazo suavemente y le acaricio la espalda.
- Bella damisela, ¿acaso puedo pensar que estas impaciente por mi compartir mi cama?- dijo él burlonamente, levantado una ceja.
Solo el joven alto río con ganas, pero el rostro de Atobe se ensombreció y miro a Ryoma con odio y desprecio. Pero aquello fue suficiente para hacer estallar el mal carácter de Sakuno, quien empezaba a perder la prudencia; su humillación ya le resultaba insoportable. Su orgullo ardía como una hoguera que la rodeaba y la impulsaban a actos irrazonables. Con una llama de cólera ardiendo en su interior, levanto un brazo y aplico una fuerte bofetada en la mejilla de él, la misma donde tenía la cicatriz.
Los hombres que estaban en el salón contuvieron el aliento, paralizados por la sorpresa. Esperaron que Ryoma derribara de un puñetazo la jovencita descarada e insolente; todos conocían la forma en que él trataba a las mujeres. Generalmente, el les prestaba poca atención, y en ocasiones les demostraba su desprecio dando media vuelta y alejándose cuando una trataba de entablar conversación con él.
Ninguna mujer, hasta ahora, se había atrevido a golpearlo. Las damas temían a su mal humor; cuando él posaba en ellas su mirada fría y huían para ponerse a salvo. Sin embargo, esta damisela, con mucho que perder se había atrevido a llegar más lejos que cualquiera otra.
En el breve momento en que el la miro fijamente, Sakuno recobro el buen sentido y sintió un rubito estremecimiento de miedo. Los ojos de color rojizo se encontraron con los dorados. Ella quedo horrorizada por su acción, el quedo atónito. Atobe pareció complacido, pues conocía al hombre; sin ninguna palabra de advertencia, las manos de Ryoma se cerraron alrededor de los brazos de ella como anillos de acero y la atrajeron y sostuvo contra él en un fuerte abrazo.
Atobe le había parecido a ella fuerte y musculoso, pero esto era como ser aplastado contra una estatua de hierro. Los labios de Sakuno se entreabrieron por la sorpresa y la exclamación de de asombro fue abruptamente silenciada cuando la boca de él descendió sobre la de ella. Los hombres aullaron y dieron gritos de aliento, y Atobe fue el único que encontró motivos de insatisfacción. Con el rostro encendido y contorsionado por una cólera violenta, observo la escena, y apretó los puños contra los costados, para no lanzarse y separar a la pareja.
El hombre alto a un lado gritó:- ¡Jo! ¡La hembra ha encontrado a su macho!
La mano de Ryoma se movió detrás de la cabeza de Sakuno, forzándola hacia la de el, y sus labios se retorcieron sobre la boca de ella, lastimándola, explorando, exigiendo. Sakuno sintió contra su pecho, como martillazos, los fuertes latidos del corazón de él, y tuvo conciencia de ese cuerpo, duro, amenazador, apretado con fuera contra su esbelta silueta.
El brazo de él le rodeo la cintura como una garra inmisericorde, y detrás de su cabeza sintió su mano; pero en algún lugar, en alguna parte de lo más recóndito, lo más obscuro, lo más desconocido y profundo de su ser, una pequeña chispa se encendió y subió, despertando a su cuerpo, arrancándolo de su reserva fríamente mantenida, abrasándolos, incendiándolos, fundiéndolos a los dos en una enorme ola se sensaciones. Toda su conciencia fue estimulada por la sensación, el sabor, el olor de él, todo placentero y agudamente excitante. Sus nervios se inundaron con una calida excitación y ella cesó de luchar. Como si tuvieran una voluntad propia, independiente de ella, sus brazos subieron por la espalda de él y el hielo fundiéndose en un fiero ardor a su altura.
Poco importo que el fuera un enemigo o que sus hombres observaban y expresarán groseramente su aprobación. Parecía que solo existían ellos dos. Kintarou nunca había tenido ese poder de arrancarla de si misma, sus besos no habían despertado pasión dentro de su pecho, ningún deseo, ninguna impaciencia por ser suya. Ahora, estrechada entre los brazos de este normando, ella se rendía, indefensa a una voluntad más grande que la suya y devolvía el beso con una pasión que nunca creyó poseer.
Ryoma la soltó bruscamente, y para gran desconcierto de Sakuno, no pareció para nada perturbado por lo que para ella había sido una experiencia inigualable. Ninguna otra fuerza hubiera podido hacerla llegar tan bajo; sintió vergüenza y comprendió que su debilidad ante este hombre no se basaba en el temor sino en el deseo. Pasmada por su propia respuesta al beso de él, lo azotó con la última arma que le quedaba: su lengua.
- ¡Perro bastardo de Normandía! ¿En que cloaca encontró tu padre a tu madre?
Hubo exclamaciones ahogadas en el salón, pero en la frente de Ryoma, la reacción al insulto lo sacudió momentáneamente. ¿Fue ira lo que vio Sakuno? ¿Fue dolor? Eso era dudoso, ella no podía esperar herir a este caballero de corazón de hierro. Ryoma levanto una ceja y la miro fijamente.
- Es muy extraña tu demostración de gratitud, damisela – dijo- ¿Has olvidado tu pedido de sacerdote?
Sakuno agotada su violencia, se quedo aturdida por su propia estupidez. Había jurado que las tumbas serían bendecidas, pero por una idiotez suya, los muertos de Darkenwald ahora serían sepultados sin la bendición de un sacerdote. Miro al normando con la boca abierta, incapaz de formular un ruego o una disculpa.
Ryoma rió brevemente.- No temas, damisela. Mi palabra es sagrada. Tendrás a tu anhelado sacerdote tan seguramente como compartirás mi cama.
Ante estas palabras, sonaron risas en el salón, pero Sakuno sintió que el corazón se le sacudía dolorosamente.
- ¡No, Ryoma! – grito Atobe en una explosión de enojo-. Por lo que es sagrado, aquí no te saldrás con la tuya. ¿Has olvidado la promesa que me hiciste de dejarme escoger como recompensa cualquier cosa que me gustara? Ten cuidado, porque elijo a esta doncella como pago de haber capturado esta casa señorial.
El se volvió lenta y deliberadamente y miro frente a frente al furioso caballero. Habló con la ira resonando profundamente en su voz.
- Busca tu recompensa en los campos donde esta sepultada, porque ese será tu pago. Si yo hubiera sabido el precio de que tendría que dar, habría enviado a un caballero menos atolondrado.
Atobe se abalanzo sobre el cuello de Ryoma pero Ryoh se adelantó, lo tomó de los brazos y lo hizo retroceder. Keigo trato de librarse, pero su primo no lo soltó.
- No seas loco, primo –susurro Ryoh en el oído – Luchar contra el lobo cuando estamos en su guarida y él esta ansioso de probar nuestra sangre, sería suicida. Piensa, hombre. ¿Acaso ya no has dejado tu marca sobre la muchacha? Ahora, él se preguntará quien es el bastardo que ella tendrá.
Atobe se relajo y pensó. La expresión de Ryoma no cambio, aunque la cicatriz de su mejilla se puso blanca a comparación de su piel. El nórdico miro con desprecio a los primos bien nacidos, y su voz resonó ronca y peligrosa.
- Yo no veo ningún conflicto –dijo-. La simiente de un debilucho no nace tan fácilmente, pero la de un fuerte siempre encuentra terreno fértil.
Sakuno sonrió en secreto, regocijándose con la discusión. Estos enemigos conquistadores luchaban entre ellos. Seria fácil alimentar su cólera y observo como se destruían unos a otros. Nuevamente levanto orgullosa la cabeza, su espíritu pareció sacar fuerzas de las acaloradas palabras de los hombres, y se encontró con que Ryoma la observaba atentamente. Los ojos dorados parecían penetrarla hasta las profundidades de su alma y descubrir los secretos allí escondidos. Un ángulo del guerrero se elevo en una sonrisa, como si lo que viera lo divirtiese.
- La doncella no ha dado su opinión.- comento, dirigiéndose a Atobe-. Que la muchacha elija entre nosotros dos. Si te elige a ti, Keigo, te la cederé sin disputar; tendrás mi permiso para tomarla.
Las esperanzas de Sakuno se derrumbaron, dejándola sumida en la confusión. No habría ninguna batalla aquí, por que Ryoma estaba dispuesto a darla sin discutir. Su plan había fracasado.
Vio que Atobe la miraba con evidente deseo y que sus ojos oscuros prometían una tierna recompensa. Ryoma por su parte, parecía burlarse de ella. No se pelearía por ella; el herido orgullo de Sakuno pedía a gritos que eligiera a Atobe, a fin de insultar al bastardo. Ella gozaría hiriendo el ego de ese hombre, pero sabia que no podía entregarse a él. Lo odiaba como cualquier criatura vil, reptante, de los pantanos. Y con eso podía vengarse de él, aun en escala muy pequeña, no desaprovecharía la oportunidad.
Su respuesta se hizo doblemente difícil cuando los guardias normandos trajeron a Kintarou al salón. De pie entre estos dos hombres tan altos, que atraían la atención por su mera presencia, ella no podía esperar que ella pasara inadvertida. Su prometido la vio inmediatamente; sintiendo sobre ella la mirada torturada de él, Sakuno levanto lentamente los ojos hacia ese rostro turbado y encontró allí miseria y desesperación.
El parecía lanzarle un pedido silencioso, pero ella no estuvo segura de que era lo que le pedía Kintarou, ni tampoco de su posibilidad de satisfacerlo. El no tenia heridas visibles, pero su túnica estaba llena de polvo y sus rojos cabellos se veían enredados y descuidados. El siempre había sido un estudioso, mas inclinado a los libros que a la guerra. Ahora parecía fuera de lugar, el hombre apacible entre feroces invasores; Sakuno solo pudo compadecerlo, pero nada podía hacer ella, y menos con el enemigo aguardando su respuesta.
- Damisela –insistió Ryoma-. Aguardamos tu contestación. – Sonrió burlonamente.- ¿A cual de nosotros elegirás como amante?
Ella vio que los ojos de su prometido se dilataban y sintió en la boca de estomago un nudo helado. Se sintió enferma, sofocada por las miradas lascivas de los hombres que estaban en la habitación y que observaba con gran atención. Pero a ella, a ellos nada le importaba; que los idiotas se quedaran respirando con ansias. Y Kintarou tendría que soportar él solo ese dolor que se le reflejaba en la cara; si ella pronunciaba una sola palabra, dejaría el orgullo expuesto al desprecio y las burlas de los normandos. Dio un suspiro de resignación. Tenia que terminar de una vez con la situación.
- Como debo elegir entre el lobo y el halcón, y se que el halcón y sus gritos se parecen más a un cuervo atrapado en una trampa… - apoyo su pequeña mano en el pecho de Ryoma.- A vos elijo. De modo, amante, que a usted os tocará domar a la arpía.- rió tristemente – Ahora, ¿Qué habéis ganado con este juego de suertes?
- Una hermosa damisela para calentar mi cama –replico Ryoma, y añadió con un asomo de burla:- ¿He ganado más?
Atobe hervía de furia, en silencio y sus puños apretados eran la única señal visible de su irritación. Por encima de la reluciente cabellera de Sakuno, Ryoma lo miro a la cara y hablo lentamente.
- En mis órdenes, quedo bien claro que cada hombre tendrá su justa participación en el botín. Antes de que te marches a cumplir tus obligaciones, Atobe, tu y tus hombre dejaran eso que habéis reunido para vosotros.- Señalo la pila del botín tomado la noche anterior.- El duque Tezuka querrá primero su parte, después, y sólo entonces, vendrá el pago por tu trabajo.
Keigo pareció el doble de violencia. Apreto su mandíbula, mientras su mano se cerro y abrió convulsivamente alrededor del pomo de su espada. Finalmente, saco de su cinturón una pequeña bolsa, fue hasta pila de botín, y allí vació su contenido. Sakuno reconoció el gran anillo de su madre varias piezas de oro pertenecientes a su padre. Uno a uno, Atobe miró a sus hombres, quienes desfilaron para dejar sus tesoros en el montón, hasta que la pila aumento de tamaño casi en la mitad. Cuando terminaron, Atobe giro sobre sus talones y se marcho, furioso, haciendo a Kintarou a un lado, y salio del salón seguido de cerca por Ryoh. Cuando la enorme puerta se cerró tras ellos, Keigo se golpeo una mano con el puño.
- Lo mataré –dijo-. Con mis manos desnudas, lo destrozare lentamente. ¿Qué ve en la muchacha? ¿Acaso yo no soy un hombre apuesto?
- Modera tu enojo –dijo Ryoh-. Ya le llegara su hora. La muchacha trata solamente de sembrar discordia entre nosotros. Lo vi en sus ojos cuando discutíamos. Ella odia a todos los normandos. Cuídate de ella como de una serpiente, pero ten en cuenta que ella puede sernos muy útil, porque no ama a Ryoma más que a nosotros.
Atobe se detuvo y se irguió.- Sí, ¿Cómo podría ser de otro modo? Un bastardo, y con ese carácter… ninguna mujer podría sentirse atraída por el.
Los ojos de Ryoh brillaron.- Le daremos tiempo para que envenene al lobo con su belleza, y entonces, cuando el este debilitado, nosotros montaremos la trampa.
- Sí – dijo Atobe, y asintió lentamente con la cabeza-. Y la muchacha puede hacerlo; juró que ella me ha hechizado. Todavía mi sangre se acelera de deseo por esa arpía. Con todo mi ser la recuerdo junto a mí como Dios la trajo al mundo, y ansió poder acostarme nuevamente con ella en la primera oportunidad.
- Pronto, primo, te acostaras nuevamente con ella y el lobo habrá muerto.
- Es una promesa que te hago, Ryoh – dijo-. Porque estoy decidido a poseerla, de una u otra manera.
N.A: Bien espero no haberme tardado demasiado en subir este capitulo; y espero que les guste como se va desarrollando la historia, gracias a todos por los reviews y tratare de no me tarde tanto en publicar el siguiente.
