Encontré a Hank totalmente concentrado en su trabajo, al punto que no notó que había entrado al laboratorio hasta que coloqué una mano sobre su hombro. Se apartó del microscopio, sobresaltado, y una vez notó que era yo se quedó mirándome fijamente, haciéndome perder en esos ojos azules por un momento que pareció interminable. Fue él quien finalmente rompió cualquier tipo de contacto, alejando la mirada y poniéndose de pie.

Dejé caer la mano al lado de mi cuerpo mientras él se aclaraba la garganta con incomodidad, mirando por un momento hacia el piso.

Estaría mintiendo si dijera que la distancia, el muro que se había levantado entre nosotros hace ya tantos años, no me hería. No obstante, aunque pudiera regresar el tiempo a cuando estuvimos en aquella playa en Cuba, no cambiaría de decisión; seguiría aceptando la mano de Erik aún sabiendo todo lo que nos aguardaba en el futuro. Con él me había descubierto a mí misma, me había aceptado; él me había dado la confianza necesaria que me permitió convertirme en la persona qie hoy era.

—¿Cómo está Charles? —Le pregunté, ignorando el nudo de emociones asentado en mi pecho.

Dos interminables días habían pasado desde que Peter lo había encontrado. Lo habíamos llevado al laboratorio junto con Jean, donde Hank se encargó de examinarlo y monitorearlo constantemente, a ambos, pero ninguno había despertado.

—Ya retomó, casi por completo, el color normal de su piel a excepción de la parte frontal de su cabeza. Aún así —continuó diciendo mientras nos acercábamos a la camilla donde se encontraba—, no ha despertado. La lectura de sus ondas cerebrales son estables y sus pupilas responden a los estímulos, así que no sé que está pasando. Es como si estuviera en algún tipo de coma.

Tomé una de sus manos, queriéndole transmitir lo preocupada que estaba. También estaba enojada, como no. Había sido una completa idiotez que no nos hubiera dicho lo que le había estado pasando; pues estaba segura que esto había sido algo progresivo y no repentino. Pero este no era el momento para explotar; lo haría una vez se recuperara del todo.

—Jean, por otro lado, me tiene más preocupado. No reacciona ni siquiera a estímulos dolorosos aunque sus signos vitales son constantes. —Soltó un suspiro de frustración—. La verdad es que no sé que hacer —murmuró bruscamente mientras se alejaba—. No sé que hacer —repitió.

Mi mirada lo siguió por un momento y entonces me volví hacia Charles, depositando un beso en su frente y susurrándole: —Mejórate. La escuela no es lo mismo sin ti, Profesor. Te necesitamos.

Después de darle una mirada a Jean, quien pareciera que estuviera teniendo un sueño plácido, alcancé a Hank que estaba llenando una jeringa con algún tipo de medicamento.

—Si hay alguien quien puede ayudarles eres tú, Hank. Eres el más inteligente de nosotros.

—Llevo dos días sin tomarme un descanso, haciéndoles todas las pruebas que se me ocurren, intentando crear algún suero, algo para despertarlos, o así sea mejorar un poco su condición, pero no he logrado nada —replicó con frustración e ira, apenas dándome una mirada y apretando con fuerza la jeringa—. La verdad es que siento que le estoy fallando a todo el mundo.

—Hank —murmuré, acercándomele—. Tú diseñaste un suero que te permite controlar tu mutación, diseñaste uno que recuperó a Charles; tú le devolviste sus piernas cuando más lo necesito. Sé que puedes manejar esto.

Regresó donde se encontraba Charles y aplicó el medicamento en la bolsa de suero intravenoso que se conectaba al brazo del Profesor.

—No es sólo eso —dijo finalmente, mirándome—. Todo se está desmoronando. Los estudiantes aunque siguen asistiendo a clases no prestan atención, ¿cómo podrían hacerlo? Están alarmados, pensando qué va a suceder ahora que no tenemos al Profesor respaldándonos. Incluso los profesores están inquietos. Y no hablemos de los X-men; sin la guía de Charles para saber dónde encontrar mutantes, no pueden hacer nada. Ya reclutaron a todos los mutantes de la lista que Charles les dio la última vez.

Y tenía toda la razón. La escuela había estado cargada de un aire intranquilo, turbado. Todos nos encontrábamos preocupados porque estábamos enfrentado a un enemigo desconocido que ya había tomado nuestra primera línea de defensa, dos de los tres mutantes más fuertes que conocíamos.

—Eso es —murmuré para mí misma y entonces levanté la mirada, encontrándome con los ojos de Hank—. Necesitamos a Erik.

Su expresión inmediatamente se turbó, tornándose agria e irónica. —Erik, claro. Tenerlo aquí va a solucionar todos nuestros problemas.

—Tú...

Hank pasó por mi lado, en dirección a la salida del laboratorio, pero se detuvo en la puerta y se volvió. Se quedó en silencio por un momento, su mirada clavada en el piso pero luego sonrió con cierta pesadumbre, sacudiendo la cabeza.

—Pero aunque me cueste admitirlo, tienes razón. Lo necesitamos. Si hay alguien que puede ser el soporte de esta escuela, hasta que Charles se recupere, es Erik. Después de todo, recuerdo que todo esto —hizo un gesto con las manos refiriéndose a nuestro alrededor— fue idea de esos dos. —Me miró fijamente—. Sin embargo, ¿cómo lo encontraremos?


Un nuevo comienzo. Ya me estaba cansando de lo predecible que se estaba volviendo mi vida; siempre intentar ir por el buen camino para luego terminar perdiéndolo todo y convertirme en un ser de destrucción e ira. Sin embargo, sabía que esta vez todo iba a ser diferente, lucharía con todo y contra todo, sin límite alguno, para que así lo fuera. Por primera vez desde hace ya tanto tiempo, desde los días que pasé con Charles reclutando los mutantes y entrenándome con ellos, volvía a sentirme apaciguado; es como si finalmente lograra alcanzar la bondad que tantas veces Charles me aseguró que sentía en mí sin necesidad de estar junto al mutante. Bueno, no físicamente, al menos.

La pérdida de mi hija y de mi esposa seguía causando una herida en mi alma aunque ya no era un agujero negro de desesperación. El saber que tenía una familia, que si bien no compartía vínculos de sangre conmigo seguía creyendo en mí aún cuando les había dado más que mil razones para que no lo hicieran; era como un calmante para toda esa pena que usualmente me envolvía.

No me había alejado mucho de ellos, seguía en Nueva York. Aún no había decidido que hacer con mi vida. Pensé en regresar a mi país natal pero allí no había más que malos recuerdos. Estaba sin dirección alguna, sin objetivo alguno. Decidí entonces quedarme un tiempo, permitir que todo corriera a su propio ritmo. Había estado pensando en regresar a la escuela, en trabajar con Charles y los X-men codo a codo; sin embargo, sabía que no encajaría del todo allí. El Profesor quería enseñarle a sus estudiantes como convivir con los humanos, darles una chispa inacabable de esperanza que aseguraba que la tolerancia era posible. Aún no me lo creía del todo y me alegraba sinceramente que Raven logró convencerle de continuar con el programa de los X-men, un escuadron preparado para enfrentar cualquier amenaza posible, tanto humana como mutante.

El punto es que estaba seguro que Charles jamás respaldaría mis puntos de vista en este tipo de temas y no quería volver a dañar la relación entre nosotros; finalmente encontramos un punto medio de encuentro, uno que parecía estar fabricado de cristal y que amenazaba con romperse ante el más mínimo golpe; uno que yo siempre terminaba dando.

Había estado sintiéndolo en mi cabeza. Sabía que era él porque parecía como si un rayo de esperanza alumbrara hasta los rincones más oscuros de mi mente. Aunque llegué a extrañarlo, no me digné a dirigirle palabra alguna pues no sabía que decirle. Sí, la ira y el dolor en mí estaban mitigados por el momento; pero eso era todo. Él lo sabría sin necesidad que yo abriera la boca.

Ahora que pensaba en ello, hace días, semanas incluso, que no había vuelto a sentirlo. La enseñanza y el nuevo equipo de los X-men debería de haber ocupado todo su tiempo. Quería saber cómo les estaba yendo, cómo estaba Raven, cómo se había adaptado a ese pedestal de heroína que todos le habían otorgado.

Pensé que quizás, solo quizás, cuando me sintiera lo suficientemente fuerte para verlos sin tener el deseo de unírmeles, iría a visitarlos. Sabía que las puertas siempre estarían abiertas para mí; después de todo, Charles había estado intentando reclutarme para su nuevo equipo.