Notas: Devil May Cry no es mío ni nada por el estilo. No gano dinero o me pagan, yo lo hago porque me divierto. Pero agradezco todos los comentarios, hasta las amenazas de muerte :)
Diosa Luna: Disculpas, es Niñera a prueba de demonios… n○n es que me emocioné… jejejeje…
Jedah Sparta: muchas gracias por la recomendación. Espero que te agrade también este capítulo. Estoy intentando poner más descripciones…. XD es que luego me emociono.
Ela-leto: Aquí está el otro capítulo….. No me mates TT… es broma :D muchas gracias por tu comentario.
¡No quiero!
Dante y Vergil toman aliento al esconderse tras una pared, los dos escuchan los gritos de las personas, el pasar de los bomberos. Dante pregunta a su hermano:
— ¿Me dirás que está pasando Bro?… —
Vergil agacha la cabeza, para que su hermano menor no vea su mueca de desagrado, la manera en que muerde sus labios, sus ojos humedecidos por untar de lágrimas insurrectas, el rubor que invade sus mejillas y la rabia que se asoma en su rostro. No puede creer que alguien le arrebatara su poder, ese poder que supera al de Dante, el cual ha construido a base de estudio y años. Mueve su cabeza de un lado al otro, al dar una silenciosa negativa, musita en tono meditabundo:
— Cuando lleguemos al tugurio que le llamas casa te lo explicaré. —
Dante mira al techo, guarda silencio unos momentos, sabe que no debe preocuparse por destrozar demonios frente a Vergil, o por dar frente a él una espectáculo para adultos, pues es su hermano, es mayor que él. Pero al verlo así, no está tan seguro. Siente el impulso de revolver el cabello de Vergil, para hacerlo enojar y levantarle el ánimo, se contiene unos momentos, pero después lo hace.
Vergil toma la mano de Dante, la aparta de su cabello, le grita:
— ¿QUÉ DEMONIOS CREES QUE HACES?
— Nada Bro. Sólo creí que como buen crío que eres, necesitabas que te acariciaran la cabeza.
— ¡NO SOY UN CRÍO NI UN PERRO!… —
Dante sonríe, pero ve como Vergil se aleja con grandes pasos, se interna entre las personas. Pronto la pequeña figura de Vergil se pierde, entre la conmoción causada por los humanos al correr de un lado al otro. Borra su sonrisa al saber que Vergil no volteará, entonces se cuestiona:
— ¿Qué le ocurre?… Mi Bro no hubiera gritado por algo tan estúpido… Vergil me hubiera golpeado o amenazado con Yamato, no hubiera mostrado sus emociones. ¿Qué le pasa?, debe de ser serio. —
Vergil, por su parte, avanza al esquivar a los humanos, no desea que lo toquen, no los quiere cerca, desea regresar a la mansión y que todo sea igual que antes. Aprieta con fuerza la empuñadura de Yamato, no puede creer que le gritó a Dante, le dio el gusto de verlo sobresaltarse. Sus pupilas se contraen por la sorpresa, se detiene, queda inmóvil mientras los humanos pasan junto a él, es como si no lo vieran, lo ignoran como él los ignora. Piensa al quedar absorto en sus reflexiones:
— Yo… jamás hubiera hecho eso. No hubiera ido a Devil May Cry, tampoco hubiera pedido ayuda de Dante con tanta desesperación, no hubiera aceptado ponerme esta estúpida ropa. Jamás le habría gritado por algo tan estúpido, un asunto irrelevante que no merecía mi sobresalto. ¿Qué me pasa?… ¿Puede ser que yo?… No… Yo no… Soy fuerte, tengo el poder para… — Recuerda la voz. — Si me quitó mi poder, puede ser que sea posible. Pero soy el hijo primogénito de Sparda… No… yo… no… —
Las meditaciones de Vergil son interrumpidas cuando es tomado por alguien, siente como ambos caen al suelo. Escucha a Dante:
— ¿Estás bien?… — Vergil lo mira, tarda unos instantes en responder:
— Ssss… Sí… —
Dante se levanta con un salto, aún toma con fuerza a su hermano. Saca a Ivori, comienza a disparar a un demonio que parece ir tras Vergil. Deja a su hermano sobre el piso, toma a Evory y comienza así su enfrentamiento.
Vergil se siente peor porque Dante lo salvó de nuevo. Ve a su hermano disparar contra un demonio verde con grandes cuernos y ojos rojos. Lo observa aproximarse con pasos firmes, sus brazos no se mueven al disparar contra el ser, la gabardina ondea por los movimientos de Dante. Advierte otro demonio tras su hermano, lanza contra ese ser una ráfaga de espadas de energía azul. Se siente mejor al saber que quien le robó su poder, no ha podido llevarse todo.
Dante saca su espada y comienza a destrozar a ambos seres. Lady sonríe al recargarse sobre su arma. En pocos momentos el cazador ha terminado con ambos, ondea su espada para liberarla de los residuos de sangre, voltea a ver a su hermano, le dice:
— Gracias Bro. — Una tenue sonrisa comienza a ser dibujada en los labios de Vergil, cuando la chica de ojos bicolor comenta:
— Que bien trabajan los hermanos. —
Vergil borra toda expresión de su infantil rostro, da media vuelta al marcharse sin decir palabra. Lady pone sobre su hombro su bazoca, se aproxima a Dante:
— Tiene su carácter. — Dante responde con admiración hacia su hermano:
— Siempre lo ha tenido. —
Dante corre tras su hermano para evitar perderlo de vista de nuevo. Trish llega junto a Lady, le comenta al ver como el cazador se aleja de ellas:
— Esto es sospechoso… — Lady suspira con cansancio:
— Sí… pero entre más trabajo más dinero. — Trish externa su preocupación:
— Si alguien le ha hecho eso a Vergil, ¿no crees que podrían hacérselo a Dante?, de ese modo se librarían de ambos hermanos Sparda. —
Lady comprende la demoníaca lógica de Trish, es posible que un demonio intente deshacerse de los hermanos Sparda, así ningún descendiente de Sparda podría oponerse a la apertura de las puertas del infierno. Le dice a la rubia:
— Debemos cuidarlos a ambos…
— ¿Lo harás aunque no implique recompensa?… — Las dos voltean a verse a sonreírse de manera ladina.
Morrison aguarda fuera, ve a Vergil descender por las blancas escalinatas del Mol. El sol se encuentra en lo alto, el cielo luce azul, los rayos solares hacen ver el pavimento brillante y las sombras profusas. Por un momento le parece ver tras la sombra de Vergil otra, una sombra grande y alada. Talla sus ojos al pensar que puede sufrir insolación, después de una hora bajo ese sol cualquiera comienza a alucinar sin mota (marihuana).
Vergil se acomoda en el asiento de atrás del auto, pone a Yamato sobre sus piernas. Observa su espada, la caricia con sutileza; le parece imposible, pensar que su poder se esfumara como el suyo. Un escalofrío recorre su espalda, la posibilidad de no poder sostener a Yamato, de seguir rejuveneciendo, le hace estremecerse. Comienza a preguntarse ¿qué pasará con él?, ¿cuándo se detendrá aquello?, ¿quién es el dueño de la voz?, ¿por qué le pasó esto a él y no al estúpido de su hermano que nada más come pizza (y no engorda)?
Los pensamientos de Vergil son interrumpidos cuando escucha algo aproximarse. Un demonio se aproxima corriendo sobre sus cuatro extremidades. El ser estrella su cabeza contra el auto, lo hace volcarse y quedar llantas arriba.
Morrison, que se alejó para ir a buscar a Dante, da media vuelta al ver lo que ha pasado; recuerda que Vergil se quedó dentro del auto. Corre hacia allá (como si pudiera hacer algo). Dante, seguido por sus dos compañeras, sale del Mol, después de escuchar el estruendo, además ya terminaron de masacrar a los monstruos de adentro; ve lo ocurrido, hace más raudos sus pasos para buscar a Vergil; pero se detiene a la mitad de la escalinata, cuando escucha el alarido del demonio.
Vergil saltó del auto, esperó el momento justo y partió con Yamato al demonio, pues la catana ha perdido su poder, pero no el filo. Cortó al ser en dos, al quedar de manera irremediable manchado de las entrañas del demonio.
Dante corre para ir junto a su hermano. Vergil extiende los brazos para ver que destila una pestilente materia. Ve llegar a su hermano mayor, lo mira con reproche, escucha las excusas del cazador. Le muestra la palma de su mano para indicarle que guarde silencio.
— No es momento para esto. — Es todo lo que Vergil dice.
Lady le dice a Dante que irá con Trish a discutir algunos asuntos pendientes, mientras tanto le presta su motocicleta. Morrison, va a ver lo del seguro del auto, pues necesitara otro. Trish se va junto a Lady
Dante sube a la motocicleta, intenta levantar a Vergil, para ponerlo al frente; pero su hermano se niega. Vergil se pone el casco, sube a la parte de atrás. Durante el camino no hablan, no se dicen nada. El cazador se siente incomodo, pero no cree conveniente iniciar una conversación. Vergil, reflexiona sobre lo que le ha pasado en los últimos días, no tiene ánimos de hablar.
Al llegar a Devil May Cry, Vergil no espera a Dante, entra, hoy puede notar el desastre que impera en el lugar, las cajas de pizza que se extienden por el piso, las latas esparcidas por todos los rincones, algunas prendas de su hermano sobre el piso. No me extrañaría que el lugar estuviera infestado de ratones. El cazador entra, se para junto a su hermano al comentar:
— Así me gusta Bro, le da personalidad… — Vergil le responde:
— Un cerdo tendría su porqueriza más ordenada que tú. — Dante sonríe:
— Puede ser… — Vergil reprende a Dante por lo ocurrido en el mol.
— No puedo confiar en ti, casi fallas en tu misión de protegerme el día de hoy. Debes ser más cuidadoso…
— Sí, Bro, pero…
— No interrumpas… —
Vergil no puede seguir, cuando el crujir de un estómago interviene en su conversación. Dante comienza a reír con disimulo. Vergil siente sus mejillas llenarse de rubor, tiene hambre, pues no ha comido desde el día de ayer. El cazador propone:
— Pidamos pizza y de ahí a comer helado, Bro.
— La pizza no es comida, el helado tampoco es un alimento… — Dante le informa a su hermano:
— La pizza es lo que llega más rápido aquí. —
Un nuevo rugido de su estómago hace a Vergil considerar su posición. Asiente para comer pizza. Dante hace la llamada, le hace feliz comer junto con su hermano, será como cuando eran niños.
Vergil se sienta en uno de los sillones, pero ver tanto desorden, suciedad, pensar en los bichos que podría haber, lo hace levantar al decirle a Dante:
— Hay que asear esta pocilga. —
El cazador no tiene más opción que aceptar. Los dos comienzan a limpiar. Vergil observa toda la basura que Dante tiene, la mayoría es de comida, no puede evitar sonreír al ver que su hermano sigue siendo un glotón.
Dante no está cómodo haciendo limpieza, pero Vergil se sentirá mejor si todo está ordenado, pues su hermano siempre ha gustado de la pulcritud. Vergil manda a su hermano a sacar las bolsas que han llenado, mientras él comienza a trapear.
En treinta minutos está todo ordenado y reluciente, justo a tiempo pues las pizzas llegaron. Se sientan en la estancia, comienzan a comer en silencio; bueno el cazador comienza a devorar la comida, porque Vergil sólo contempla el pedazo de pizza que tiene entre sus manos. Dante está harto de tanto silencio, pregunta:
— ¿Qué pasó?, ¿me dirás cómo te metiste en esto?… — Vergil deja un momento el pedazo de pizza que tiene en la mano.
— No quiero decirlo.
— ¿Dónde pasó?… —
Vergil reflexiona, todo pasó en la mansión, pero desde que sucedió comenzó a buscar pistas, respuestas, pero no las encontró. Dante lo saca de sus cavilaciones:
— Necesitaremos algo de ropa para ti Bro. No sabemos cuánto más te encojas… — Vergil frunce el entrecejo, su hermano tiene razón, no sabe cuándo parara o si se detendrá. — Tomaremos helado, después vamos por ropa y de ahí a la mansión.
— ¿Para qué iremos a la mansión?
— Porque hace tiempo que no voy, además quiero comprobar algo. —
Vergil encoge los hombros, no le agrada la idea de ir a la mansión Sparda; pero no lo externa, pues sería más sospechoso para Dante. Vuelve a tomar el pedazo de Pizza, está caliente, pero no le quema, la huele con disimulo, le agrada el olor. Tiene años sin comer pizza, desde que era niño no la come, no está seguro si recuerda a qué sabe. Da una mordida, siente lo suave del pan, el queso hacerse tirar cuando es separado de la otra parte del pedazo, el sabor del salami; le gusta tanto que se termina en pedazo y sigue con otro y después con otro.
El cazador trata de no sonreír al ver la manera en que Vergil disfruta de la pizza, sonríe al girar su rostro, pues tal vez Vergil lo pille. Las mejillas de Vergil se inflan a momentos por la pizza, toma refresco y busca otro pedazo para comerlo, es como si un hubiere comido en días. Cuando las pizzas se han terminado, y los dos dan el último sorbo al refresco, Dante comenta:
— Perece que jamás has comido pizza… — Vergil agacha la mirada al esconder el rubor que colorea sus mejillas.
Dante se levanta, se estira, trata de no incomodar más a su hermano. Dice de manera despreocupada:
— Es hora de ir por un helado. — Bosteza y comienza a caminar hacia la salida.
Vergil observa al cazador alejarse, suspira al saber que no tiene mayor opción que acompañarlo. Se pregunta, qué lo llevó a pedir ayuda a Dante, si sigue siendo un descuidado.
Los dos suben a la moto, durante el trayecto ninguno habla. Vergil lee el letrero del establecimiento frente al cual se estacionaron: "Restauran Fredy" Entran al lugar, toman asiento junto a la ventana. Cindy, la camarera se aproxima, lleva patines, su sexy uniforme a rayas, su cabello corto y una estrella pintada en su mejilla. Ella los saluda:
— Hola Dante. — El cazador le sonríe. — ¿Lo de siempre?… — Mira al acompañante del peliplateado. — ¿Dos?
— Sí. — Responde Dante, a lo cual ella sonríe, se marcha al gritar:
— Dos helados de fresa Jefe. —
Dante se acomoda en el asiento, mientras Rebellion descansa a un lado escondida en un estuche de guitarra. Yamato está junto a Vergil, quien no tiene intenciones de hablar con su hermano. La camarera deja los helados, pregunta sin borrar su gran sonrisa:
— ¿Quién te acompaña Dante?
— Mi hermano Vergil. —
Vergil encoge los hombros, le molesta que Dante diga a cualquier extraño que son hermano. Cindy sonríe emocionada, comenta al mirar al pequeño:
— Cuando crezca será tan apuesto como Dante-San… — Dante sonríe, mientras Vergil se enrojece de coraje.
El jefe llama a Cindy, ella ser marcha al dejarlos a solas. Vergil, musita:
— No quiero que le digas a todos que somos hermanos.
— ¿Por qué Bro?
— No quiero. —
Dante comienza a devorar su helado, mientras Vergil no lo toca. Le dice a su hermano:
— Vamos Bro. No puedes dejar un helado tan bueno. Pruébalo al menos.
— No quiero. — Dante comenta:
— Bro, no te harás nada si comes helado, no dejarás de ser serio, rudo y formal. —
Vergil toma la cuchara, quiere que Dante deje de parlotear. Da un bocado, siente la frescura del helado, lo dulce de las fresas, ese sabor y textura cremosa. Se pregunta, cómo ha pasado tanto tiempo sin comer algo así. Comienza a devorar el helado, lo disfruta, se mancha hasta la nariz. Cuando ha terminado, observa la copa vacía, a su estómago está completamente lleno.
Dante estira su mano, comienza a limpiar las mejillas de su hermano. Vergil lo mira un instante confuso, pero al sentir el roce del papel, retira la mano de Dante, le dice:
— Yo puedo hacerlo solo.
— Está bien Bro. —
Vergil se limpia el rostro. Los dos salen del establecimiento, es momento de ir a conseguir ropa para Vergil.
Dante conduce la moto, siente a su hermano recargado sobre su espalda. Jamás imaginó que esto pudiera pasar, es más, creé más fácil que él estuviera en esa situación a su hermano. Vergil, su hermano mayor, quien lo reprende por ser débil y desordenado. Es algo increíble, aún no logra asimilarlo, sigue pensado que es una pesadilla.
Vergil, no pudo evitar recargarse sobre la espalda de Dante, él es cálido, huele a pizza y es su hermano pequeño. Se siente tranquilo a su lado, es como si fueran niños, como si nada pudiera dañarlos. Le alegra encontrarse cerca de su hermano, a pesar de la situación. Se pregunta, qué haría él si fuera Dante quien estuviera rejuveneciendo.
La motocicleta se detiene frente a una tienda departamental. Vergil emerge de sus cavilaciones, mira el edificio, el viento acaricia su rostro al mover sus cabellos plateados. Dante dice:
— Entremos Bro. —
Vergil se mira, lo incómodo de ser más pequeño que Dante, el hecho de cómo rejuveneció. La idea de verse al siguiente día como un niño de cinco años, un pequeño que no sería admitido en la primaria, sino es preescolar, un crío que necesita ir a la guardería le hace estremecerse. Por impulso se agarra a Dante, murmura:
— Vengamos después.
— Pero Bro… — Dante comprende qué pasa. — Bien, iremos a la mansión, pronto anochecerá. —
La motocicleta reinicia su marcha. Las farolas comienzan a encenderse, al igual que la luz de los edificios. El horizonte se vuelve rojizo, mientras lo demás es negro. El sol muere al derramar su sangre en la lejanía, mientras la noche cubre la ciudad con su manto oscuro.
La mansión Sparta luce sombría, es como una sombra imponente que se erige silenciosa. Vergil recuerda su sueño, donde aquella casona se veía viva, cálida, alegre, todo lo contrario a ahora.
Vergil es el primero en entrar, empuja las puertas, entra sin prender las luces, conoce a la perfección su casa. Dante va atrás, avanza con cuidado, busca los pagadores, va encendiendo las luces, no pierde de vista el lugar, necesita encontrar algo que le diga qué le pasó a su hermano.
La lluvia comienza a desplomarse, forma un manto insondable. Látigos luminosos laceran a momentos la oscuridad. Los truenos vociferan al hacer vibrar las construcciones. Dante llega a la biblioteca, donde está Vergil. Todo está desarreglado, es como si saqueadores hubieran entrado.
Vergil comienza a recoger los libros, quiere ponerlos en su lugar, hacerlos permanecer. Estira su mano para poner un pesado volumen en el estante, pero ahora no puede alcanzarlo. Escucha a Dante decirle:
— Tú me dices dónde van y yo los pongo Bro. — Vergil asiente en silencio, pues le importan más esos libros que su orgullo en ese momento.
Al pasar los minutos, tal vez una hora, Dante cuestiona:
— ¿Me dirás qué pasó Bro? — Vergil ve las líneas oscuras del ritual.
— Cuando esté todo ordenado. —
No volvieron a hablar, hasta que todo estaba en su lugar. Dante suspira al pasar su antebrazo sobre su frente, nota las líneas que están pintadas sobre el piso. La biblioteca se ilumina un instante, después se escucha un feroz tronido. Vergil se abraza, sin desearlo el ruido lo robre saltó, muerde sus labios para no dejar salir sonido de su boca. Dante dice:
— Es hora de dormir. — Bosteza. — Tengo sueño. —
Vergil no objeta, necesita estar a solas. Salen de la biblioteca, caminan hacia las escalinatas. Dante pregunta:
— ¿Dónde dormiré Bro? — Vergil señala una habitación al fondo del corredor, antes de meterse al dormitorio principal que está frente a las escaleras. El cazador escucha el portazo, y musita. — Buenas noches Bro. — Sigue para recostarse un momento, pues no ha dormido bien y está cansado.
Vergil se recarga en la puerta, no puede creer que esto le pase a él. Quiere quitarse esas ridículas ropas y ponerse las suyas. Va hacia su guardarropa, observa sus trajes, trata de alcanzar alguno, pero el gancho los suspende lejos de su alcance. Se sienta, dobla sus rodillas, tapa su rostro con sus manos.
Es como si no fuera él, como si el Vergil que vive ahí fuera otro, uno enorme a comparación suya. Lo que le agradaría tomar está lejos de su alcance. Se dice:
— Yo soy Vergil Sparda, el primogénito de Sparda. —
Toma sus botas, comienza a buscar la manera de bajar algo de su ropa, esas son sus cosas, tiene derecho a usarlas y no la estúpida ropa que viste.
Dante se asoma por la ventana, observa la lluvia caer, se pregunta si fue buena idea dejar solo a Vergil. Mira la cama, es muida, suave, lo llama. Se deja caer sobre el lecho, casi de inmediato se duerme al olvidarse de lo demás.
Vergil se ha vestido, al menos lo intentó. Lleva puestas sus ropas, pero le quedan grandes, las mangas le cobren las manos, sus pies nadan en las botas, el pantalón no le ajusta. Suspira al ver lo ridículo de sus actos.
— ¿Qué estoy haciendo? Es obvio que no me quede la ropa, ahora no tengo ni mi estura ni la edad que tengo. Ayer parecía tener unos dieciséis años humanos, ahora parezco un niño de diez, ¿mañana me veré de cuatro?… pasado mañana, ¿seré un bebé? ¿Qué hará Dante si me transformó en un bebé?, ¿ahí se detendrá?, o… ¿Desapareceré? — Sus pupilas se contraen, se dice al no aceptar la posibilidad. — No, yo, no puedo desaparecer… no así. No de una manera tan estúpida. Debe haber una solución, una salida. ¡No puedo desaparecer!… — Recuerda a su hermano. — Dante… Dante me ayudará, él puede ayudarme. —
Sostiene el pantalón con una mano y con la otra su el saco y la camisa. Intenta correr, pero sus pies son pequeños para las botas, se cae, arroja el calzado, sigue al ver la puerta donde Dante está. La tormenta ruge, lo hace estremecer, sus ojos se humedecen, va a contarle todo a su hermano.
Abre la puerta, entra, ve a su hermano dormido. Se escabulle entre la oscuridad. Se mete a la cama. Dante está sobre las frazadas. Se acurruca junto a su hermano sin dejar de temblar. Murmura:
— Dante… Dante… —
El cazador se despierta con lentitud, siente a alguien junto a él, pero no advirtió peligro alguno, de lo contrario habría despertado de inmediato. Ve unos cabellos plateados, advierte el temblor de aquel pequeño cuerpo. Se sienta para observar mejor.
Vergil se sienta también, observa los ojos azules de Dante. Se abraza, necesita apoyo y comprensión aunque le desagrade ser tan evidente. El cazador rodea con sus brazos a Vergil, quien no objeta. Escucha la infantil voz de su hermano:
— No quiero desaparecer Dante. — El cazador promete:
— No lo permitiré Bro. Haré cualquier cosa para impedirlo. —
Dante siente por un momento como si Vergil se escapara de sus brazos, como si se cayera, lo sostiene con mayor fuerza. Sus ojos se abren sin mesura, sus pupilas se contraen, está sorprendido, porque el cuerpo de su hermano ahora es más pequeño y frágil. Afloja un poco su agarre, estira su brazo derecho para prender la lámpara que está sobre la mesita de noche. Al haber luz lo ve, su hermano luce como un niño de unos cuatro o cinco años, está envuelto en sus ropas de adulto, se ve indefenso, tierno, sus ojos están húmedos y sus mejillas sonrosadas, está peinado como de costumbre, pero ahora no es el Vergil de siempre.
El cazador recuesta a su hermano, comprende la razón de sus palabras. Piensa un momento, vuelve a ver a Vergil. Ahora sabe lo apremiante de encontrar la manera de resolver el asunto, o evitar que rejuvenezca con tanta velocidad. Siente como Vergil lo busca, se aferra a él. Se recuesta, pues necesita que Vergil le diga qué pasó.
Vergil abre los ojos, está en la biblioteca, sentado, se mira con sobresalto, se ve vestido con su ropa, es un adulto, sus pies pueden tocar el piso y es de noche. Se ha quedado dormido, sonríe al pensar en lo estúpido de su pesadilla. Deja el libro que se quedó sobre su regazo a un lado, se levanta al ir a descansar. Escucha que alguien toca la puerta, va a ver quién osa incomodarlo. Abre la puerta, se encuentra con un pequeño Dante de unos cinco años, se sujeta las ropas que le quedan enormes, escucha la desesperada voz de su hermano:
— Necesito tu ayuda Bro… ellos vienen. — Vergil dice:
— No te conozco. — Cierra la puerta. Escucha los puños de dante sobre la puerta y sus gritos:
— ¡Hermano! ¡Ayúdame! ¡No puedo enfrentarlos así! ¡No les puedo disparar! ¡Vergil!… — Un alarido de Dante y después roja sangre entra por debajo de la puerta. No puede evitar sonreír, sentirse feliz al saber que su hermano ha muerto.
Vergil se sobresalta, abre sus parpados, está empapado en sudor. Se sienta, pone sus manos sobre su rostro, intenta calmarse. No puede concebir que aquello sea verdad, que sea capaz de dejar a Dante morir así, era deshonroso y horrible. Aún es de noche, se encuentra en una habitación, no es la suya, pero está dentro de la mansión Sparda. Escucha otra respiración, hay alguien más en la cama. Voltea y encuentra los ojos de Dante, su hermano lo observa.
— ¿Qué pasa Bro?…
— Nada. — Vergil sonríe al ver que Dante se encuentra bien. Reflexiona unos momentos. — Te diré qué ocurrió. —
Dante se sienta para escuchar el relato, mientras la lluvia se desploma fuera y alguien observa desde la oscuridad.
