Akashi no era la clase de persona que se quedaba deslumbrada ante los escaparates, con los ojos rebosantes de chispitas e ilusión. Él era más de plantarse como un roble milenario, clavar la vista en su objetivo y, si estaba ante el culmen de la originalidad soltaba una palabra repipi —como "¡fantástico!"—, y seguía a lo suyo como si no hubiese pasado nada.

—Fantástico —dijo Akashi.

Mayuzumi y Akashi estaban ante una cafetería. ¿De las normales? Claro que no. Alguien como Akashi no podía limitarse a escoger un establecimiento corriente y moliente, de esos con vistas agradables a un parque y con camareros cercanos al cliente.

—No lo he buscado —Akashi respondió sin dejar de mirar al frente—. Venía anunciado en el panfleto que me entregaron el otro día.

Akashi había sido bastante insistente en ir a esa cafetería en concreto y no a otra. Ni siquiera se dignó a explicar un motivo válido, sino que soltaba un "ha despertado mi curiosidad" y se quedaba tan ancho. Ya podía haberle despertado la decencia o el sentido común, que nunca venían mal. Por supuesto, Mayuzumi en principio se negó en redondo a cumplirle otro capricho absurdo al muy señorito. Quería gestionar él mismo su tiempo libre y no ir de aquí para allá haciendo de GPS de Akashi.

—¿Qué? ¿Vas a dejar que Akashi-kun vaya solo?

Por si no fuese suficiente, la madre de Mayuzumi lo había regañado por tratar a su invitado —cabe recalcar que no hubo ningún tipo de invitación de por medio— como si fuese una molestia. Que era lo que era.

—No se preocupe por mí, Mayuzumi-san. Le aseguro que estaré bien.

Sí, podía ir él solo. Tenía patas y todo.

—¡Chihiro, que se va!

—Pues que se vaya.

—CHIHIRO.

Esa era la voz de una madre disgustada con su hijo. Que Akashi tuviese que venir a destruir la armonía de un hogar era ya lamentable de por sí, pero peor aún era que la madre de Mayuzumi se pusiese de su parte.

—Akashi, espera, que te acompaño —había dicho con asco. Akashi frunció el ceño.

—Insisto en que puedo ir yo solo. Subestimas mis capacidades si consideras que me voy a perder por un pueblo.

Akashi y su complejo de tokiota.

Mayuzumi miró a su madre e hizo un gesto para demostrarle que Akashi era mayorcito —aunque su altura indicase lo contrario— y que no solo sabía cuidar de sí mismo, sino que podía aterrorizar a todo el pueblo si le salía de dentro y convertirse en el cacique local con tal de chasquear los dedos.

Por suerte, nada de eso sucedió y Akashi y Mayuzumi, con una tensión de por medio que haría enmudecer a una cotorra, fueron dando un paseo a la dichosa cafetería del folleto. Sería interesante añadir que durante el trayecto, Akashi se calló lo más fundamental de todo.

Ya pensaba Mayuzumi que había gato encerrado. Y nunca mejor dicho, teniendo en cuenta que estaban, ni más ni menos, ante una cafetería de gatos. Por eso cuando escuchó el "¡fantástico!" de Akashi, le entraron unas ganas imperiosas de aprovechar su altura ventajosa y escupirle en la coronilla.

—Una cafetería de gatos —dijo Mayuzumi dando menos crédito que un banco en bancarrota.

—Así es. Me pareció un concepto extravagante, así que pensé en comprobar la viabilidad de una cafetería así.

—Una cafetería de gatos.

—Entremos.

Qué se esperaba Akashi de una cafetería con gatos era un misterio, pero lo que era certero era que el local estaba infestado de —adivina adivinanza— gatos. Nada de extrañar viniendo de un sitio llamado Catfetería.

Era una cafetería destinada a que los clientes pasasen un buen rato bebiendo café en compañía de los animalillos favoritas de medio Japón. ¿Que uno vivía en un edificio donde no se permitían mascotas? Pues se iba a la catfetería más cercana y a disfrutar de un sinfín de bolas de pelo, maullidos y arañazos gratuitos.

Quizás a Mayuzumi no le habría molestado tanto si Akashi no viviese en una mansión donde podía tener el arca de Noé al completo si le apetecía. Por tener, tenía un caballo. De hecho, Akashi podría secuestrar a cualquier gato callejero, llevárselo a su casa y nadie se daría cuenta. Su padre no, desde luego.

Mayuzumi pensó que ese pensamiento tendría un sabor más ácido que amargo. Miró a Akashi, que eligió una mesa al azar mientras se derretía —muy a su modo— con los gatos. Mayuzumi se resignó y tomó asiento, cómo no, al lado de la persona más quijotesca del país.

Varios gatos se acercaron a Akashi, que les dedicó su mejor sonrisa de niño bien, y se quedaron a sus pies. De Mayuzumi pasaron olímpicamente, como si no existiera. El único que se dignó a prestarle un poco de atención fue uno muy pesado que le lanzaba mirada de asesino.

Mayuzumi no sabía cuál era el propósito de ese gato y prefería quedarse con la duda. Temía acariciarle la cabeza y que le arrancase un dedo de un mordisco.

Quien pensase que las camareras de la Catfetería serían chicas monísimas con orejas de gato, se equivocaba. Vino un señor con cara de Moái a atenderles. Para Akashi aquello no suponía ninguna desilusión porque en su mundo solo había cabida para los gatos.

—No sabía que te gustasen tanto los gatos.

—Ni yo —admitió Akashi, acariciando con el dedo índice la mandíbula de un gato moteado—, pero reconozco que son encantadores.

—Sobre todo ese —Mayuzumi señaló al gato asesino. Akashi sonrió como si acabase de encontrar la paz espiritual.

Cualquiera que entrase en la cafetería y viese Akashi, se quedaría prendado. No era un tipo guapo, ni mucho menos, pero cuando no le entraba la vena loca —que por fortuna cada vez hacía su aparición con menos frecuencia—, transmitía una serenidad que se transformaba en una belleza única y delicada.

Mayuzumi se sintió incómodo en su asiento. Debía de ser por culpa del minino psicópata, sí. Sin duda.

—Ven —ordenó con una dulzura inesperada Akashi a la versión gatuna de Charles Manson.

Sí, era necesario recalcar que Mayuzumi odiaba a aquel gato.

¿Lo mejor? Que Akashi también. El gato pasó de él, el excelentísimo Señor Presidente y Capitán, y se quedó mirándolo con actitud chulesca.

¿Pero ese gato de qué iba? Encima ahuyentó a los gatos de buena fe.

¡¿Quién había metido a ese gato en una cafetería dedicada a hacer que la gente se sintiese mejor?! Fijo que era un bicharraco callejero que se había colado por la cara y se camufló con discreción entre los gatos decentes.

—Me está desafiando —dijo Akashi ultrajado.

Mayuzumi estaba luchando por no reírse mientras el gato y Akashi mantenían una batalla a nivel mental. El gato, que era el más listo de los dos, debió de darse cuenta que pelear, aunque fuese con miradas, contra un humano majara no merecía la pena. Con la cabeza bien alta, se marchó a criticar a Akashi con los demás gatos.

—¿Vas a aceptar la insubordinación, Akashi?

Akashi se inclinó, observando a Mayuzumi desde un ángulo que le hacía verse un lunático en toda regla, y sus labios, finos y de aspecto suave, se curvaron unos milímetros hacia arriba.

—No de ti.

Aquellos asientos debían de tener pinchos, porque Mayuzumi, definitivamente, estaba cada vez más incómodo.

Iba a resultar que era Akashi el felino más peligroso de todos.


¡Muchísimas gracias a Ri y a Sakuyachan18 por sus comentarios! También se agradecen un montón los favs.