EL DRAGÓN QUE LLEGÓ DE LAS ESTRELLAS
Preludio I a La Guerra Crossover
Por Wolfrider
Capítulo 2 : Reencuentro
La muchacha dentro de la gruta abrió los ojos, todavía aturdida por el malestar de la reanimación.
– ¿Qué... sucedió? –se preguntó en voz baja.
Sacudió un poco su cabeza, tratando de orientarse.
De pronto la chica pegó un pequeño respingo, al sentir una ligera brisa de aire helado recorriendo su cuerpo. No era algo que le incomodara mayormente; a final de cuentas Natasha había sido criada en el congelado Norte de Europa, en una tierra sagrada donde casi nunca brillaba el sol, así que el viento frío dentro de la caverna apenas si le parecía apenas... fresco. Lo extraño resultaba ser en cuales zonas de su cuerpo sentía que el helado roce del aire; partes en las que ella nunca lo había sentido, excepto en las ocasiones que se disponía a bañarse:
– ¡Dioses! ¡¿Dónde... (y soltó una grosería que hubiera enrojecido a un marino ebrio), está mi ropa?!
Instintivamente el brazo derecho de la chica cubrió sus senos, a la vez que su mano izquierda ocultaba su desnudo bajo vientre. Sintió ruborizar su rostro a medida que la vergüenza la invadía. Cerró los ojos con fuerza, esperando escuchar las risas y bromas soeces que siempre les oía decir a sus amigos; un grupo de guerreros de lo más fastidiosos a la hora de molestar a alguien, en especial si la situación era tan embarazosa como la que experimentaba la chica. Ya no podían demorar mucho.
La muchacha esperó, y esperó, pero la única respuesta a su inquietud fue el pesado silencio de la caverna.
Paulatinamente se dio cuenta de la verdad que su mente todavía no deseaba reconocer.
Estaba sola, completamente sola.
No consiguió evitar que la nostalgia la envolviera, y que en sus fieros ojos azul oscuro algunas lágrimas, secretas e indeseadas, hicieran su aparición. A pesar de lo molestos que podían ser, sus compañeros se habían convertido en algo más que un grupo de combate, se habían vuelto amigos, casi una verdadera segunda familia. Especialmente para ella.
Sabía lo que venía después de pensar en su grupo. Pensar en su familia de origen.
– La misión –se dijo, tratando con todas sus fuerzas de superar el ataque de dolorosa melancolía que sentía aproximarse–. ¡Recuerda tu misión, estúpida! No llores... no...
Las rodillas de Natasha se doblaron bajo el peso de los recuerdos guardados en lo más profundo de su corazón; aquellos que se encontraban debajo de la pétrea, y fría, coraza que la chica había formado con la furia y el odio hacia sus enemigos. Una protección que se hacía trizas con gran facilidad en sus momentos de soledad.
Los amargos sollozos de Natasha quebraron el silencio dentro de la caverna de Rozan.
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El diminuto cementerio, como la villa, no tenía nombre. Nunca había conocido el origen de ese hecho en particular.
– ¿Quizás sea por algo relacionado al Santuario? –se preguntó Chris. Siempre había tenido la sospecha de que debía existir algún vínculo entre el hogar sagrado de Athena, en Grecia, y Rozan. Algo que iba más allá del simple hecho que el Antiguo Maestro se encontrara siempre, viviera mejor dicho, frente a la Cascada. Su recientes dos años de estadía en el Santuario parecían confirmárselo, pero no en forma concluyente. Sin embargo, eso era algo consideraría en otra oportunidad.
Sonrió al ver que casi había llegado a su destino. Su conocimiento de los atajos del Bosque le había ahorrado varias horas, pero aun así el sol ya había pasado su cenit para el momento en que salió de la floresta. Aunque sólo debía avanzar unos cientos de metros más y podría entrar en el cementerio; nada que lo demorara más que unos pocos minutos. El lugar, al que se dirigía el chico, se encontraba justo después de una pequeña loma en el límite norte del pueblo, muy cerca de la zona donde el Valle se unía al Bosque. Caminó sin prisa sobre el pasto amarillento del tardío Noviembre, dejando que la brisa helada refrescara su cara. A medida que avanzaba, Chris podía ver los minúsculos grupos de robles rodeando parte del camposanto, el tipo de árbol más común en la zona Sur del bosque.
Conocía bien toda la zona desde que tenía diez años, al quedarse huérfano. Durante nueve años había repetido el mismo ritual, una vez por semana, todos los Viernes: Llevarle flores a su madre. Una obligación cumplida religiosamente, excepto por el tiempo en que había permanecido en el Santuario.
Se dio cuenta de inmediato del par de cruces nuevas de madera, en el sector Este, donde enterraban a los muertos de los pocos cristianos que habían en el pueblo. Una vez que pasó por el viejo portón, pudo ver como había una tumba nueva, con sólo una lápida de piedra muy humilde. La única otra adición al camposanto.
Recorrió las filas de sepulcros hasta llegar al que buscaba, cerca del cercado en el costado sur. Un gran roble, lleno de hojas amarillentas, crecía justo fuera de la tapia de madera y su sombra del árbol caía sobre la zona en que se estaba ubicada la humilde tumba. A Chris le gustaba que la sombra del viejo árbol protegiera la piedra de la lápida, que no se había decolorado tan rápido bajo el fuerte sol de los veranos pasados, al contrario de lo que sucedía con las mayoría de las otras.
La mustia luz del sol otoñal, por otro lado, casi no producía sombras marcadas. Era mejor así; que el roble ensombreciera demasiado el lugar no era lo que Chris hubiera preferido, no cuando el viento helado de invierno hacía su aparición. A decir verdad, cuando llegaba el invierno, casi se arrepentía de tener que visitar el lugar.
Casi.
La tarde avanzó lentamente, mientras el muchacho seguía de pie frente a la tumba. Grabados en la piedra, en relieve, se podía leer claramente los caracteres chinos:
"Yifan Zang (1). La más querida de las Madres".
– Te he extrañado mucho, mamá –musitó Chris, al tiempo que depositaba suavemente sobre el suelo la Caja de Pandora que contenía su armadura. Segundos después, apoyó su rodilla derecha en el piso polvoriento, y bajó la cabeza demostrando su respeto.
El joven Caballero de Athena sonrió levemente, con un dejo de nostalgia.
Se imaginó el brillo en la mirada de la mujer que había sido su madre. Como lo recibía con esa sonrisa enigmática, y sin embargo sinceramente cariñosa, cada vez que él volvía de entrenar con el Anciano Maestro en la Cascada de Rozan.
Sacudió la lápida, usando un pequeño trapo, aunque no se había juntado mucho polvo. No intentó sacar las dos flores que había sobre la tumba, ya que se veían muy frescas y hermosas todavía. Alguien debía haberlas puesto esa misma mañana, o el día anterior.
– Sai –pensó–. Muchas gracias por cuidarla por mí.
No era fácil conseguir rosas por la remota zona; pero, como demostraban las flores sobre la tumba de Yifan, la muchacha china era una persona de muchos recursos. Chris volvió a sonreír. Delicadamente, junto a las rosas rojas, depositó el par de flores silvestres que había cogido en su recorrido por el bosque; eran una especie de claveles que siempre le traía a su madre cuando venía a verla, ya que había sido el tipo de flor favorita de la señora Zang.
Extrañamente, esa flor se daba durante todo el año, aunque en Invierno sólo surgiera en su variante de color blanco.
Una repentina brisa movió el cabello del muchacho. Se levantó, estirándose hasta alcanzar su gran estatura por completo. Midiendo más de un metro noventa; Chris era, por mucho, el más alto y fornido de los hombres en el pueblo. Era posible que de toda la extensa región.
Algo normal, tomando en cuenta que el chico no pertenecía a la raza china. Un hecho que lo hacía llorar y correr a los brazos de su madre adoptiva en su niñez; había aprendido desde muy pequeño que los niños podían ser muy crueles, especialmente cuando alguien era... diferente. Se hubiera hundido en la amargura, tal vez, si no hubiera tenido el incondicional amor que siempre recibió de la mujer. Eso también lo había aprendido bien.
Para Yifan Zang; Chris, el niño extranjero, era su hijo, y estaba dispuesta a protegerlo con su vida si era necesario.
La fría brisa que revolvió el cabello del muchacho lo trajo de vuelta desde sus recuerdos.
– Me ha crecido mucho en estos dos años, ¿no es cierto mamá? –dijo, arreglando el pelo que le había caído sobre el rostro–. ¿Crees que a Sai le guste como lo llevo ahora?
– Pues no se ve tan mal –respondió una voz femenina detrás suyo, sobresaltándolo–. Aunque definitivamente tu cara nunca ha tenido arreglo, no digas que no te lo advertí desde antes.
– Y tú, tan amable como siempre, ¿no Sai Fung (1)? –respondió Chris en forma áspera. Frunció el ceño y puso una expresión seria, casi de enfado, en su rostro, como siempre que ella lo sorprendía y le hablaba así. Fingirían pelear, intercambiándose insultos tontos, hasta que ella le dijera que era tiempo de ir donde el Anciano Maestro. O se abrazarían como los buenos amigos que eran en realidad.
Era la forma extraña que tenían de jugar, y Chris no deseaba que la chica pensara que lo había olvidado en el tiempo que había estado fuera.
Aunque realmente, en su interior, lo que el muchacho se moría por decirle era cuan vacío se había sentido sin ella y sin sus bromas pesadas constantes, que había extrañado la compañía de su mejor amiga. Pero, como bien sabía, eso significaría ponerse una soga al cuello... Sai no dejaría de molestarlo por el resto de su vida, y aunque estaba dispuesto a pagar ese precio, se dio cuenta que sería mejor para todos sólo seguir el juego como siempre lo había hecho.
Chris giró para verla, pensando que mala broma iba a decir. Pero ni siquiera alcanzó a pronunciar palabra alguna a causa de la sorpresa.
La atractiva jovencita asiática se le acercó sonriendo coquetamente. Sus ojos verdes brillaron traviesa, y enigmáticamente; en especial al presenciar el efecto que su caminar felino, lento y elegante, producía en la azorada cara del joven Caballero de Bronce.
Chris cerró la boca, que se le había abierto involuntariamente por el asombro, y tragó saliva. El cambio en la muchacha había sido demasiado grande, y aún no podía dar crédito a lo que sus ojos observaban.
¿Dónde diablos había quedado la flacuchenta, y desmañada, mocosa de catorce años que él conocía tan bien? Aquella que había visto por última vez dos años atrás, justo después de conseguir la Armadura del Dragón, y que había llorado cuando le había dicho que debía abandonar Rozan y viajar al Santuario de Athena. No obstante observarla atentamente, era muy poco lo que Chris podía encontrar de esa niña en la preciosa jovencita enfrente suyo.
El color de los ojos y el de su cabello seguían iguales, por lo menos.
La nariz tampoco había cambiado.
Sí, definitivamente la nariz seguía siendo la misma que antes. Aunque algo larga, y ligeramente aguileña, no afeaba el rostro juvenil; todo lo contrario, le brindaba un aire exótico, con una pizca de altanería. Un aire del cual carecían todas las otras féminas, algunas muy hermosas, que había visto el Dragón. O, por lo menos, era lo que pensaba en ese momento.
Una pequeña parte de él pensó que probablemente su reacción era algo exagerada. Después de todo, no podía decir que hubiera conocido bien a muchas mujeres en su estadía en el Santuario, exceptuando algunas Amazonas (Caballeros Femeninos), y a causa de la obligación y tradición ellas debían llevar sus rostros ocultos por máscaras. Un par de chicas en el pueblo cercano al Santuario y en Atenas serían las otras, y paraba de contar.
De pronto nada de eso importó.
La visión del bello cambio había liberado una serie de sensaciones afiebradas que él nunca hubiera pensado en tener por su mejor amiga
Especialmente el calor, y excitación, en su bajo vientre. Había sentido lo mismo antes, pero nunca tan fuerte; ni siquiera cuando, de casualidad y verdaderamente sin intención, había podido ver desnuda a la hermosísima chica italiana llamada Giulanna, Amazona de Plata de la Cobra, bañándose en un riachuelo cerca del Santuario.
La voz de la bella muchacha china hizo reaccionar al embobado Chris:
– ¿Impresionado? ¿O te comieron la lengua los ratones, 'Hijo del Viento'?
El tono de sarcasmo seguía siendo el mismo que el Caballero del Dragón recordaba. Extrañamente, Sai se dirigía únicamente a él de ese modo; ya que, cuando la silenciosa chica conversaba con otras personas, siempre hablaba de una manera muy respetuosa y formal.
– ¿Sai?... Yo...
– Veo que la elocuencia sigue siendo tu fuerte, ¿no? ¡Ya sé! Todavía tienes miedo de que vaya a derrotarte y quitarte la Armadura del Dragón –dijo la muchacha.
El padre de Sai había sido un gran maestro de Wu-Shu, y la chica era una buena heredera; más de una vez, antes de desarrollar el poder de su cosmo y su habilidad de combate, Chris había terminado en el suelo, adolorido y completamente sometido por la hábil chica. Ser más grande y fuerte que ella nunca había importado. Sai no permitía que lo olvidara, aun cuando el muchacho ya había ganado el rango de Caballero de Bronce y, obviamente, podía vencerla sin problemas en el momento que quisiera.
Chris sonrió de medio lado, al recordar como se divertían en esas luchas. El acordarse de cómo se veía la chica en esas oportunidades; sucia, transpirada, con una mueca infantil de disgusto cuando él lograba esquivar sus golpes, había logrado que el muchacho pudiera tranquilizarse.
– No creo que pudieras hacer eso ahora, palillo –respondió jactanciosamente, pero con un dejo divertido en su voz.
Palillo.
Le había dado ese apodo como contestación a la primera broma pesada de la muchacha que debió soportar. Aunque podría decirse que dicho sobrenombre ya no calzaba con Sai, al menos no al ver como el ajustado vestido de seda azul revelaba unas adolescentes, y muy seductoras, curvas.
La sonrisa, y la voz, de Sai se volvieron coquetas, y bastante desvergonzadas.
– Si soy tan 'palillo', ¿qué haces mirándome así entonces? –preguntó.
La jovencita había notado desde el principio, como lo hubiera hecho cualquier mujer, la forma en que el muchacho se la había comido con los ojos. Una reacción que nunca había esperado de su viejo amigo; y que, sinceramente, le había encantado presenciar.
Chris no pudo contestar. Bajó la cabeza, sintiendo el ardor de la vergüenza enrojeciendo su cara; no podía creer como la muchacha había logrado adivinar sus pensamientos tan fácilmente. Apenas si logró musitar:
– No... yo... o sea... no quería... molestarte...
– Y no lo hiciste, grandullón... –dijo Sai, al momento de lanzarse hacia el muchacho y abrazarlo–. ¿Por qué demoraste tanto en volver? Te hemos extrañado mucho, bueno, el Maestro y Yue quiero decir.
Por un momento el joven Caballero del Dragón no respondió al abrazo; estaba demasiado desconcertado. Saborear el dulce aroma de Sai no ayudó a calmarlo; como tampoco el sentir el delicioso cuerpo de la muchacha aplastándose contra el suyo.
¿Qué diablos le pasaba? Sí, Sai había cambiado mucho, pero no era para que reaccionar de esa manera, ¿o sí?
Correspondió lentamente al abrazo, pensando en no enojar a la muchacha. No era que no quisiera hacerlo; todo lo contrario, se moría de ganas de estrecharla entre sus brazos, sin embargo no deseaba hacer, ni decir, algo tonto o que la ofendiera.
Hizo un esfuerzo por calmarse y, aunque debió recurrir a toda su fuerza de voluntad, recuperó un poco de su aplomo. Consiguió que su voz tomara un matiz juguetón al decir:
– ¿Y tú no me extrañaste? Pensé que te habías vuelto así de bella para mí.
Fue el turno de Sai de no responder, sonriendo y ruborizándose tímidamente ante el cumplido de su amigo. Al verla, Chris se relajó de repente; al parecer no sólo era él quien se había puesto nervioso con el reencuentro. Definitivamente la chica también debía haberse sentido confundida, o quizá algo más, en esos momentos.
Eso sí, el instante de triunfo de Chris no podría durar mucho. Nunca lo hacía; la chica lo conocía demasiado bien.
– ¡Iughh! ¡Apestas! ¿Desde cuando que no te bañas? –dijo la hermosa jovencita, apartándose de Chris con expresión seria.
– Es que... es que... –tartamudeó Chris nervioso, súbitamente tomado por sorpresa al ver la mueca en el bello rostro de Sai–. Vengo caminando desde la mañana... y anoche sólo pude dormir en el bosque y... pero... eh... recién esta mañana encontré un río pero... –se detuvo al observar el brillo bromista en los ojos de la chica.
El Caballero de Bronce entrecerró sus ojos, y apretó fuertemente su mandíbula. Muy tarde se había dado cuenta de cómo su amiga más cercana le había tomado el pelo, de nuevo.
Sai rió, y volvió a abrazarlo rápidamente, antes de que Chris pudiera reaccionar.
– No te enojes. A tu mamá no le gustaría verte así –dijo.
Él sonrió. Sí, la chica se burlaba como quería de él, siempre lo haría; sin embargo...
... sin embargo, él era el único al que había permitido abrazarla cuando niños (con la excepción de su hermano Yue), el único al que le había confesado el dolor que le había producido la muerte de sus padres; el único al que le permitía ver a la verdadera Sai, la que se ocultaba tras del mutismo y los buenos modales...
...el único por quien ella había llorado alguna vez; y por quien había rezado en las noches, rogando que no lo hirieran y que pudiera volver a verlo...
...y muy en fondo, sin entender claramente el cómo o el porqué, él lo sabía.
Correspondió al abrazo de la chica; estrechándola fuerte, pero gentilmente. El nerviosismo, y la excitación, habían dado paso al inmenso cariño que sentía por la muchacha, por su mejor amiga.
– Sé que esto me lo sacarás en cara por toda la eternidad, pero... –expresó Chris tímidamente–, me sentí muy solo sin ti, palillo.
– Y tú no sabes cuanto te extrañé, grandullón –respondió Sai, abrazándolo más fuerte.
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El cielo en el Este ya oscurecía, aun así la moribunda luz del sol lastimaba un poco los ojos de la muchacha. Era de esperar, la hipersensibilidad hacia la luz era uno de los efectos secundarios más comunes de una hibernación artificial prolongada.
La hibernación de Natasha había durado más de dieciocho años.
Afortunadamente, el único otro efecto había sido el hambre. En cuanto había conseguido dominar el ataque de pena por su familia, un hambre feroz había asaltado a la muchacha. Debió buscar en la penumbra de la cueva, hasta que encontró la pequeña unidad conservadora entremedio de los polvorientos estuches plásticos que guardaban su equipo. Casi como un animal hambriento, la chica devoró un par de barras de alimentos concentrados; no se trataba de su comida favorita precisamente, pero le había parecido un verdadero festín a su estómago vacío.
Lo siguiente fue vestirse, cosa que hizo sin dejar de comer.
Sintió el suave roce del algodón sobre su piel, cálido y cómodo, mientras se ponía la ropa interior. Después del aire frío era una sensación reconfortante; seguidamente se había ajustado la delgada malla negra de combate. Era una excelente protección, a pesar de su aparente fragilidad, ya que estaba fabricada con un polímero sintético novedoso cuya resistencia era varias veces mayor al kevlar actual, aunque su peso fuera mucho menor.
Las partes metálicas también era muy livianas; y ya que todo su equipamiento estaba destinado mayormente al sigilo y la rapidez, sólo protegían zonas especificas de su cuerpo, de forma muy similar a las armaduras de bronce pertenecientes a los Caballeros de Athena.
Además, habían sido fabricadas con los misma combinación de metales secretos usados en dichas armaduras...
Orichalcum, Gammanium y Polvo de Estrellas.
Lograr la hazaña de fusionar el proceso de forja, un arte místico y casi olvidado, con la ciencia avanzada había sido una verdadera proeza; incluso para los grandes genios que lo habían conseguido. De verdad que Valeria y Franklin Richards (2) habían demostrado ser tan, o más, inteligentes que sus fantásticos padres.
Había tenido que destruir la pared que sellaba la entrada de la cueva, y en el intento se dio cuenta que su cosmo se había debilitado mucho con la hibernación.
– Nunca me dijeron que podía suceder esto –había pensado Natasha–. Aunque Valeria nunca tuvo tiempo de estudiar todos los efectos secundarios en los que usamos el cosmo.
El cosmo era la fuente de su poder; así como lo era de las habilidades sobrehumanas que demostraban los guerreros sagrados que luchaban por los dioses, tales como los conocidos con el nombre de Caballeros de Athena. Un poder que, aunque era inherente a todo ser humano, sólo podía ser desarrollado y controlado después de un duro entrenamiento, en el cual se podía llegar a arriesgar la vida.
Ella también había tenido que superar ese peligroso entrenamiento, aunque ella no fuera un Caballero Femenino, ni un Dios Guerrero.
Finalmente el muro de piedra había caído ante su Diamond Dust, su ataque de aire congelado, aunque el esfuerzo había sido mucho mayor que el esperado por la muchacha. En serio que la hibernación debía haberla afectado; se preguntó si el efecto sólo sería temporal. Se encontró deseando con todo el corazón que ese fuera el caso.
La tarde dio paso a una noche muy oscura, gracias al nublado cielo de Otoño. Natasha agradeció su suerte, el dolor en sus ojos se calmó rápidamente en la creciente sombra. Después de eliminar cualquier rastro suyo, y de tapiar la entrada de la caverna, la muchacha empezó a caminar entre el bosque.
No dudó por un instante en su caminar, sin detenerse ni un segundo. Su destino estaba muy claro: Llegar a la Cascada de Rozan.
Lo que haría al llegar ahí, sin embargo, no era tan fácil de decidir. Por una parte debía comprobar si la misión que la trajo a ese lugar había tenido éxito, pero no sabía bien que debería hacer si ese no era el caso.
Había una tercera opción: Que él hubiera muerto.
Pero no quiso ni siquiera considerarlo, hubiera sido un fracaso demasiado grande. A final de cuentas, no creía que ésa fuera la situación; ya que, a pesar de su debilidad, en cuanto logró recuperar el control de sí misma había podido percibir el cosmo de su objetivo.
Caminó hasta que llegó cerca de la humilde cabaña. Antes de poder acercarse mucho la puerta se abrió bruscamente y vio la gran silueta del muchacho, recortándose sobre la luz que venía del interior del lugar. Pudo distinguir un par de siluetas más; una era esperable, el Anciano Maestro. Las otras dos, sin embargo, la tomaron por sorpresa.
– ¿Quiénes diablos son esa chica y ese niño? –pensó–. Parecen ser muy amigos de él y del Maestro.
Se quedó oculta tras los matorrales, observando la cabaña, sin saber que hacer de momento. Era obvio que el muchacho se encontraba alerta, demasiado alerta para que Natasha hiciera algún movimiento todavía. Los ojos de Chris no se despegaban de la posición de la muchacha.
– ¿Cómo se dio cuenta de mi presencia? –pensó asombrada–. No creo que haya detectado mi cosmo, lo oculté bien. Y no puede haberme escuchado, me hubiera dado cuenta si se hubiera roto el sello que puse en él.
Se decidió y elevó su energía, su cosmo, que brilló con una luz azulada despidiendo frío. Levantándose, se dirigió directamente hacia la cabaña, sin importarle su propia debilidad.
– Bien, mocoso –se dijo, en parte divertida, y en parte muy seria–. Llegó el momento de ver hasta donde has llegado.
Fin Capítulo 2
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Notas:
(1) No tengo la menor idea de cómo deben ser escritos los nombres chinos; o sea, no sé si es: nombre-apellido, o apellido-nombre. Por dicho motivo, los nombres (Todos los nombres), de este fic estarán escritos en la forma occidental que conocemos todos... o sea, NOMBRE-APELLIDO. Gracias por su comprensión.
(2) Franklin y Valeria Richards, son los hijos de la pareja formada por Reed Richards y Susan Storm, conocidos mejor como... El Hombre Elástico y la Mujer Invisible de los 4 Fantásticos... vamos no era tan difícil, ¿no?
