Por un momento creí que mis segundos estaban contados, el último suspiro de vida se escaparía para llegar prontamente al infierno donde merecía. Sí, el infierno, ese lugar que me esperaba con el mismo Satanás recibiéndome de forma calurosa –si así se le puede llamar- Mientras estaba postrado recibiendo cuantiosos puñetazos de esos hijos de puta, pensé en mi madre, en Henry… Te he fallado Henry, ahora no podras correr entre los campos de Soccer ganando la copa.
Apreté mis puños, mis dientes, mis ojos al ritmo de los puntapiés recibidos que aquellos imbéciles me propinaban; mi boca sabía a sal, sentí que mis musculos se licuaban mezclándose con mis órganos. Odiaba esto, no por el hecho de ser golpeado sino por dejarme atrapar por tan patéticos gorilones. ¿Cómo llegué aquí?, simple…
Uno de nuestros contactos nos mencionó que el bar estaría vacío y sin vigilancia a esta hora; era enteramente normal comprendiendo que se trataría de las tres de la tarde, lapso en el cual ningún empleado llegaría para descubrirnos. Mi banda –Así la llamaba yo- habíamos planeado desde hace un mes este golpe, tantas noches averiguando la forma de entrar sin ser vistos para que ahora esté pagando el precio de un traidor.
Melanie "centinela" llevaba viniendo a este sitio tres sabados por la noche, había coqueteado con Burt el garrotero del establecimiento para husmear en cada uno de los rincones y así encontrar la manera de entrar con facilidad. Mi amiga era guapa, admito que tenía unas tetas de campeonato, ¡Lástima que los hombres no le vamos!, Sí… ella gusta de las mujeres tanto como yo. Aunque el hecho es, que el ser lesbiana no le quita lo vanidosa y femenina, así era ella, y siempre lo aprovechaba para espiar diurnamente los lugares donde cometeríamos los atracos.
-Aggg!—Sentí un golpe directamente en el estómago. Mi sangre salía a borbotones, como si me hubiese tragado un montón y arrojado debido a un mareo. -Hijos de puta… ¡Atrévanse a pelear uno a uno idiotas!—Solté con un grito que emanaba desde lo más profundo de mi garganta. Las arcadas no me impedirían decirles unas cuantas verdades.
-¡Dinos quienes están trabajando para ti!—Un afroamericano corpulento me propinaba otra patada en el estómago sofocándome por completo. -¡Contesta hijo de la mierda!—Otro puntapié.
Jamás me distinguí por ser un cabrón chivato, mi banda siempre me protegía en momentos tan cruciales de vida o muerte. Al pertenecer a una "pandilla" nuestro código de honor era cuidarnos unos a otros; si alguno caía, los demás tendríamos que continuar sin traicionar a los otros, moriríamos primero antes de cometer una atrocidad como eso.
Supongo que era mi turno de morir… ¡Estoy jodido!, lo sé.
El dolor era insoportable, cada movimiento diminuto significaba un cabrón suplicio infernal que carcomía todos mis sentidos. Mis músculos seguían tan tensos como una roca, mi frente comenzaba a sudar pegando mis mechones platinados al rostro. Ahora que lo pienso, la sangre se nota mucho mas en el cabello rubio, ¡Odiaba mi cabello!, parecía un tonta rata albina de laboratorio, pero al menos… tenía un buen bronceado. ¡Ahí va este cabrón otra vez!... Otro puntapié bien aplicado para obligarme a soltar toda la sopa sobre mi banda. Pude sentir que mi cabello era halado y mi cuerpo incorporado de pie para que mirara frente a frente al tipo corpulento, pues los otros tres me sostenían para seguramente ofrecerme al caníbal sin piedad alguna.
Difícilmente pude abrir mis ojos, la hinchazón me impedía distinguir el asqueroso rostro de sapo de ese pie grande oscuro.
-Lo diré por ultima vez—Proseguía tratando de calmar su ira, volteo a ambos lados del callejón sonriendo con triunfo, me sostuvo del cuello acercando su cara horripilante.
-¡Quienes son tus cabrones aliados en esto!—Gritaba como si estuviese comandando un pelotón de la marina. Sentí su aliento pestilente entrar por mi nariz haciendo que tuviera náuseas… ¡Por favor, por favor, prefiero la golpiza a soportar esta hediondez!, ¿Tipos como estos no conocían el cepillo de dientes?
-Jo… dete—Alcancé a decir y en ese momento su puño de roca chocaba contra mi rostro. En verdad detestaba que me golpearan en esa área, esperaba que diera gracias a quien fuera estar acompañado de sus compinches, ya que de lo contrario disfrutaría demasiado haciéndolo surfir.
Sentí el impulso de tomar aquel objeto con el que me defendía mejor, ese que siempre me acompañó desde mi estadía en el instituto, pero de hacer eso, tendría que enfrentar cargos severos ante el cóven supremo de magia. Sí, acertaron, soy un mago, brujo, hechicero, creo que tengo mucho mas talentos que ese imbécil tatuado que sale haciendo ilusionismo barato.
Era mi fin, estaba seguro de eso, tan solo esperaba que los otros ingenuos no viniesen y ser presa fácil ante estos chacales. Sabía de alguna manera que "Centinela" y "Espina" les darían su paliza respectiva, pero no deseaba pensar que fueran identificados y descubiertos ante el Coven antes mencionado. "Espina" era un chico delgado, tenía solo un año menos que yo pero estaba mas alto que nosotros, supongo que lo que le faltaba de edad lo compensaba de altura. Era un hombre impulsivo, me seguía como una especie de perrito faldero admirando a su amo; y debo decir… que siempre le sugerí buscar un mejor modelo a seguir.
Senti otro borbotón de sangre salir de mi boca… Era oficial, estaba muriendo, terminando mis días siendo capturado por un par de idiotas. ¡Qué cabrona humillación!
Volteé con dificultad hacia un extremo del callejón, mis párpados se esforzaban más de la cuenta para apreciar el poco panorama que me permitían. Cerré mis ojos esperando el tiro o golpe de gracia, aquel que terminaría con mis días de asqueroso ladrón, de rebelde sin maldita causa, ¿O sí la tenía?, no, supongo que hurtar es hurtar aquí y en todo lugar. Pensaba en Henry, en mi madre que seguramente estaría con el alma en un hilo por mi desaparición, preguntando por mi paradero a las personas que me conocían.
Pobre de ella, pobre de mi abnegada y amorosa madre… No volveré a abrazarla, supongo que me llevaré sus ojos almendrados llenos de compasión al mismo infierno donde me brindarán un poco de paz ante el sufrimiento que me espera.
Henry… pequeño, perdóname campeón por fallarte, no esperé que mi final fuera tan humillante y patético.
No supe cuanto tiempo el dolor me estaba consumiendo, los minutos se hacen cada vez eternos cuando se sufre; como si fuera una pequeña muestra del infierno que me aguardaba. En posición fetal observaba a esos gorilones encender un cigarrillo como clara muestra de su satisfacción personal, del triunfo obtenido ante el ladrón que acababan de capturar y aporrear para que otros que intentaran seguir estos pasos desistieran. ¡Heroes de pacotilla!, no son mas que simples esclavos de Billy Rupert; un anciano proxeneta dueño del bar al que le gustaban las jovencitas adolescentes como parte de su tan retorcido fetiche.
En ese momento sentí una mano sobre la mía, pensé que aquellos imbéciles deseaban divertirse un rato con este guiñapo rubio. Sin embargo, mis párpados me permitieron apreciar bien la figura de una chica… No era cualquier chica… Era ella, la que siempre miraba en sueños sonriéndome con ternura. ¿Quién era?, ¿De quién se trataba?, no lo sabía. Lo que tenía por bien sentado era que cada noche se aparecía como un ángel para acompañarme.
Aquellos pasajes nocturnos eran diferentes, sería para mí difícil describirlos ahora, más aún en el bolo de carne molida que me había convertido. El hormigueo en el dorso de mi mano provocaba una corriente eléctrica que no podía descifrar, ésta subía por mi brazo hasta llegar a mi hombro para brindarme algo de descanso en este maldito dolor infernal que sufría.
-Quien…. Eres…
Solo pude susurrar quedamente, esperaba que esos imbéciles gorilas no se dieran cuenta que su diversión seguía con vida. La chica de cabellos castaños y ojos color miel me prestaban la atención debida, y su toque.. ¡Wow!, era como el mismo cielo. Su mano menudita subía por mi brazo provocando en mí una sonrisa que complicadamente pude esbozar.
-Solo no quiero que tengas problemas.
Su voz era melodiosa, paciente, tranquila, como la que siempre usaba mi madre cuando yo era un crío de pañales asustadizo por las tormentas. Era tan idéntica como ese cántico de cuna que me sabía de memoria aún antes de nacer, ¿Pueden creer semejante ridiculez?, lo sé, nadie normal recordaría dichos pasajes tan "mamarios".
-Quien eres….
Ella no me respondía, de hecho, era la primera vez que la escuchaba. En cada sueño jamás me hablaba, solo me dedicaba esa perfecta y linda sonrisa, sus ojos caramelo parecían un par de espejos en los que podía reflejarme. ¡Soy un cabrón cursi!, también lo se de sobra, aunque debo decirles que me considero un "Romántico incurable".
Quizá esa hermosa chica sería el angel que en final de mis días me llevaría a las puertas del averno. Eso, me gustaba pensar incluso en estos minutos tan decisivos.
Volví a abrir los ojos esperando que ella siguiera acompañándome en mi lecho de muerte, pero me llevé una sorpresa que no esperaba en absoluto. Mis párpados se esforzaron lo suficiente para enfocar la imagen que se presentaba ante mi y que aún no podía creer.
A unos cuantos metros de mi lugar otro tío, estaba postrado en el suelo con sus palmas apoyadas en él, me miraba. Sí, me miraba.
Sus ojos se postraron en los míos mostrándome un rostro asustado, pude sentir que sus manos temblaban, su cuerpo se retorcía de dolor como el mío, pegado a su frente había mechones de cabello que alguna vez estuvieron peinados. Mi corazón comenzó a latir a varias revoluciones por minuto, pensaba que aquella era una visión como la de la chica castaña; sin embargo, algo en mi interior me decía lo contrario. Aquel hombre era tan real, lo sentía real…
-Quien eres tu….
El movía sus labios, intentaba acercarse a mi pero al instante retrocedí un poco. Al percatarse de mi acción, aquellos gorilones se acercaban a mi presencia para conectarme otro puñetazo en el estómago.
-Agg!—Me contraía del dolor, sin embargo… Noté algo que me dejó más helado que un témpano.
Ese chico rubio, estaba sufriendo la misma golpiza que yo.
-Eres… igual a mi…. Idéntico a mi…
Me miraba sorprendido, esa visión me observaba como si yo fuese un fantasma que lo estaba atormentando, ¡Irónico!, los fantasmas asustan, no son asustados. Lo miré de los pies a la cabeza, o mejor dicho desde las rodillas, pues no alcancé a distinguir desde este punto sus pies ya que se encontraba de bruces. Su cabello era idéntico al mio, tan rubio como hebras de oro y plata mezclados; así los llamaba mi madre. Sus manos eran tan blancas como si estuvieran hechas de nieve, aunque lo que me impactó mucho más fueron sus ojos.
Ambos teníamos un gris intenso en ellos, como si la plata liquida corriera dentro. Todo ese hombre era exactamente mi semejanza.
La sangre en mi rostro, la hinchazón, todo lo relacionado me impidieron distinguirlo a la perfección, deseaba hablarle, que me escuchara, preguntarle si no era una visión mía una vez muerto, pero lo consideraba imposible por este trio de imbéciles que se divertían conmigo como si fuera un cabrón saco de papas. Deseaba estar solo, sufrir este maldito suplicio acompañado de la chica castaña que me llevaría al infierno, incluso ya no disponía de tiempo para saber más de …Mi otro yo.
-¡Petrifucus!-
-¡Desmaius!-
No, no podía ser cierto, ¡Aquellos dos me encontraron!, ¿Qué parte de "quédense en donde están" fue la que no entendieron?. Pude escuchar claramente la voz de Melanie, lanzaba un hechizo para petrificar a uno de ellos, mientras que el cabezota de Larry—tan impulsivo como siempre—Desmayaba a otros dos. Observé bajo el seco pavimento del callejón que el corpulento afroamericano caía como un costal de cemento con los ojos desorbitados. ¡Menudo cabronazo Larry!, ahora creo que la presión te hace perfeccionar tus técnicas defensivas y de ataque.
Después de algunos minutos las chispas habían cesado, los pasos apresurados de mis camaradas se dirigían a mi presencia para comprobar mi estado. Sentí la mano de Larry estirar mi brazo provocándome un grito que se asemejaba al de un muerto salido de una catacumba. ¿Han visto la "noche de los muertos vivientes"?, pues si, era exactamente mi caso. El sonido salía desde lo más profundo de mi garganta soltando de nueva cuenta otro escupitajo de sangre caliente.
-¡Joder Espinas que lo vas a desarmar con esos jaleos!—Como siempre Melanie; la "imagen" de la pandilla se preocupaba por mi estado.
-Pues lo volvemos a armar y se acabó—Replicaba el chico acercándome a su hombro para apoyarme.
-¡Con cuidado menudo cabrón!, o seré yo quien te muela a porrazos después de esto.
-No seas exagerada Mel—
-¡Jamás, jamás en la vida me digas "Mel"!
Centinela detestaba su nombre de pila, creía que le hacía ver menos ruda, le parecía demasiado infantil la forma en la que su padre la llamaba todos los días. Tenía que tragarse el orgullo cada vez que eso pasaba, sin embargo sus gestos eran poéticos cuando el señor le daba la espalda.
-Muy bien, muy bien, pero no me pegues ¿Ok?
-¡Anda!, en lugar de estar diciendo sandeces deberías ayudarme con este… Rubio cabezota, ¡Ah!—Soltaba un grito desesperado.
Esbocé una gran sonrisa acompañada de un fuerte dolor en mi quijada, aún estaba a la espera de los millones de reclamos de su parte por haber venido solo a este bar de mala muerte para esperar abrir la caja fuete, pillar todo el efectivo y salir de ahí en menos de lo que cantaba un gallo, pero.. -¡Andele mi cabrón!, por trabajar por su cuenta le pasa esto-. No era que me gustara trabajar sólo, sino que me preocupaba su seguridad.
Larry Möller era huérfano, su hermana trabajaba siempre horas extras para poder costearle los útiles escolares que usaría en el instituto. Era un chaval muy valiente, algo infantil adicto a los videojuegos y a las tiras cómicas de super héroes; aunque siempre me pregunté lo que veía en esos imbéciles con trajes ridículos y ropa interior por fuera de sus mallas. ¿Tenían super poderes pero no un buen sastre?, ¡Ok, me sobrepasé! Superman no me verá con buenos ojos si existiera de verdad.
-¡En qué cabrones pensabas al venir solo Dante!- Me replicaba, y con eso la interminable lista de cosas que "no debía hacer".
-Aghh… Si me dejas de apretar con fuerza podría decírtelo—
-Pareces una nena, ¡Deja de quejarte!, Anna ha estado preguntando por ti y sabes que no es bueno preocupar a tu madre— Centinela chasqueaba la lengua en desagrado.
Conocía su expresión, siempre que desviaba la mirada significaban malas noticias seguidas por otras peores.
-Perdón ¿Vale?, es solo que creí que sería fácil…
-Bébete esto, y debes dar gracias a Démeter que sigas con vida, si hubiésemos llegado dos minutos tarde hubieras quedado como un maldito gulash echado a perder—
Centinela me ofrecía una botellita que contenía un liquido violeta, la tomé con mi temblorosa mano y difícilmente pude pasarla por mis labios. El sabor como siempre era horrible, como si bebiera estiércol liquido mezclado con dos cubos de azúcar, ¿Se imaginan lo desagradable que era?. Bueno, todo era mejor a soportar el aliento pestilente de aquel hijo de mierda que me golpeó hasta el cansancio.
-Eres tan cabezota y socarrón que me imaginé que vendrías solo a una maldita trampa como ésta—
-Auch!—Me quejaba del leve apretón a mi brazo
-¡Que bueno que soy desconfiada por naturaleza!
-Mel..
Larry iba a decir pero nuestra amiga lo fulminaba de manera determinante con la mirada.
-Quiero decir… Melanie, ¿No crees que exageras?, Dan está bien, por fortuna llegamos a tiempo y…
-Tu lo haz dicho Espinas, hemos llegado a tiempo o de lo contrario este cabroncete hubiera muerto desangrado en esa pelea.—Ella bufaba molesta mientras me conducían hasta otro callejón para no ser interceptados.
-¿Cómo… me encontraron?
-¡No hables y sigue bebiendo tonto!—Cual niño pequeño, mi amiga controladora me colocaba la botella en la boca haciéndome tragar el contenido de un solo golpe.
-Ahhh!... ¡Que me diste carajo!, ¡¿Aguarrás?!
-¿Esperaba Shampagne su majestad?—Se burlaba haciendo reir al cabronazo de Espinas.
Cuando nos detuvimos observaron que ojos curiosos no estuviesen mirando la escena, y de repente, una revoltura de tripas se cernía en mi interior como clara señal de la desaparición que llevamos a cabo. Yo estaba aún débil, tuvieron que conjuntar sus poderes para no fallar y evitar tomar un tramo más largo. Esperaba que no apareciéramos en casa de mi madre , comenzaría por darme unos porrazos terminando el trabajo de aquellos dos idiotas que me apalearon. Conocía a mi madre lo suficiente, pues después de una reprimenda tan colosal, me llevaba siempre un te de flores que ella misma cultivaba con tanto cuidado, acariciaba mi rostro y me sonreía. "Mi niño de plata, eres tan cabezota que no se que hacer contigo", y después besaba mi frente. Yo la amaba profundamente.
Nunca me parecí a ellos. Mi padre, Heinz Holtzmann, me recogió de un orfanato. Mi madre me contó que aquella noche había ganado una partida de póker con sus amigos del trabajo. Se sentía con suerte que cualquier cosa magnifica podría pasarle; y lo hizo, pasó, efectivamente sucedió algo que no esperaba. Me encontró envuelto en una manta cálida, recostado en un canasto grande, pensó al principio tocar el portón del lugar para que seguramente alguna religiosa me recogiera llevándome con los otros niños sin hogar.
Heinz me miró, yo le sonreí conquistando su corazón por completo. Anna Holtzmann no podía concebir, los médicos le diagnosticaron la esterilidad a los diez y ocho años cumplidos; ambos rogaban a Démeter tener un hijo, sin embargo su situación no era de las mejores económicamente para adoptar. Los malditos requerimientos alemanes les exigían cierta estabilidad para brindar a un menor por lo menos lo necesario para su manutención.
Siempre les estaré eternamente agradecidos a ese par de viejos el haberme criado, tratado como a un hijo. Aunque no contaban con mi otra profesión.
Mi cuerpo poco a poco sanaba, la poción que Melanie me hizo tragar reconstruía mis tejidos uno a uno hasta quedar intacto. Nos encontrábamos en lo que llamábamos "nuestra guarida"; una vieja casa acondicionada a nuestro gusto donde en cada atraco cometido nos repartíamos el botín. El graffiti en las paredes no era nuestro, alguna otra pandilla que estuvo aquí demostró sus habilidades artísticas llenando de color este cuchitril. Debo admitir que nos sirvieron los sillones mullidos y polvorientos que la antigua familia que vivía en este lugar dejó como parte de los recuerdos.
¿Quién es esa chica?
¿Quién es el rubio tan idéntico a mi?
"Sólo no quiero que te metas en problemas"
¡Ahí estaba su voz!, por fin me había hablado después de tanto tiempo de soñarla cada noche. Sus ojos, su boca, su cabello, su sonrisa… Esa hermosa sonrisa de ángel.
-¿Eres real?...
Cuando por fin estuve como nuevo, comprobé que ninguna cabrona fisura estuviera en mi cuerpo, mis pectorales firmes, mis brazos, mi abdomen, todo estaba sin moretón alguno. ¡Gracias Centinela!, debía agradecerle a esa gruñona y presentarle a una amiga, de esa manera se le olvidaría el cabreo y me dejaría actuar en el siguiente golpe.
¡Soy el jefe de la banda!, no le tengo que pedir permiso.
Con la firme convicción de actuar esta noche, decidí que era momento de tomar algo de comer para tener fuerza durante el atraco, y esta vez planear con cuidado la forma de no ser interceptado. Sonreí ampliamente al recordar el verdadero motivo por el que estaba robando.
Muchos decían que tenía un raro y bizarro complejo de Robin Hood, sin embargo, no me regodeaba de eso. Nadie merecía tener mas que nadie, simplemente, la sociedad era responsable de la misma sociedad. Esta tarde regresé sin nada en mis bolsillos, pero con un centenar de contusiones que casi me provocaban una muerte segura; en cambio hoy, sería la noche perfecta.
Uno de los contactos me facilitó la dirección de una mansión donde se suscitaría una fiesta, ¡Ricos excéntricos de mierda!, siempre buscando la manera de malgastar su dinero en lugar de ayudar a quienes más lo necesitaban. Henry por ejemplo… Un vecino nuestro al que vi nacer, incluso mi madre ayudó a traerlo al mundo ya que sus padres no podían costearse un partero para eso.
Henry Wentz había nacido con un mal congénito que le impedía caminar, desde siempre fue un chiquillo retraído, aunque amable y gentil con los demás, gustaba del Soccer, soñaba siempre con pertenecer a la selección alemana de Fut bol y volverse tan famoso como Olliver Atom. Para aquellos que vieron Super campeones, sabrán de lo que hablo.
Vi el verdadero final de esa serie japonesa, ¡Que bueno que el chaval no buscó más por internet!...
Esta noche, conseguiría el dinero necesario para su operación, esta noche la recordaría como el inicio de su nueva carrera en el deporte del balón pie.
-Henry… se paciente.
Por fin el sol se metía, era el momento perfecto, tendría que esperar tan solo unas horas para recibir el mensaje de mi contacto. Eran ahora las nueve treinta de la noche; la hora en la que aquella casa se llenaría de invitados de alcurnia para presentarse a esa reunión de adinerados. Sus instrucciones fueron claras, "por la alcantarilla que conduce a la puerta de servicio, mano izquierda por el pasillo de la limpieza, vuelta a la derecha y subir las escaleras para el despacho"… ¡Bingo!, ahí estaría la maldita caja con los billetes.
Decidí no ir a casa, temía que Anna me entretuviera demasiado con su sermón tan típico sobre la seguridad en casa, o ¡Peor aún!; la inesperada visita de Henry para jugar gobstone. Tenía una gran debilidad por ese chaval, pues nunca tuve hermanos, así que jamás podría negarle nada a ese cabroncillo.
Por fin llamé a "Espinas" para que me trajera o me prestara un cambio de ropa, sencillamente no me presentaría sangriento a una reunión tan formal, me sentiría mas harapiento que un elfo doméstico. Al cabo una hora, una lechuza traía consigo un envoltorio grande junto con una carta proveniente de mi amigo Larry. Me levanté desesperado observando que el ave colocaba el paquete en el piso esperando algo de comer como pago del servicio.
Aunque no lo crean, las lechuzas cobraban, ¿Esperaban mensajería gratis?, ¡Claro que no!
Sin importar romper la carta, tomé la bolsa que contenía unos jeans deslavados, una camiseta ajustada en color negro y ropa interior extra. Encendí un cigarrillo para mitigar los nervios y memorizar las instrucciones que mi contacto me había dejado en su último mensaje. Desdoblé el papel para leer lo que mi amigo "espinas" tendría que decirme.
"No hagas estupideces Dan, estaré merodeando por la mansión solo para asegurarme de permanecer ahí si necesitas refuerzos. Después de lo último no quiero arriesgarme a perderte, pues si eso pasa, Melanie me mataría.
Te quiero desgraciado.
Espinas."
Ni tardío ni perezoso me desnudé por completo para cambiarme de atuendo, aún con el cigarrillo en los labios ideaba un plan infalible para no ser detectado y no tener la necesidad de llamar a mis amigos para auxiliarme. No me gustaba exponerlos, suficiente tenían con ser parte de la investigación como para asegurarles no solo una expulsión segura del instituto Cophengagen de Hechicería; sino una serie de cargos de robo achacados por mi maldita causa.
Había salido hace un par de horas de nuestra guarida, me encaminé con naturalidad a la dirección que mi contacto me había indicado. Si aquel cabrón no mentía, la excéntrica vivienda quedaba en las afueras de Berlín, así que sin temor a equivocarme debía ser la que ahora tengo frente a mí. Aprecié el portón de hierro forjado y en apariencia se veía inofensivo, justo como cualquier entrada a cualquier casa conocida. Las farolas alumbraban la alumbraban perfectamente exponiendo a cualquier extraño visitante.
Recargado en uno de los árboles y con un cigarrillo en la boca a medio consumir, aguardaba lo suficiente para asegurarme que ningún guardia estuviera patrullando la zona y encontrar el momento exacto de entrar. Tomé mi varita que guardaba en el bolsillo haciendo movimientos simulando dibujar un rectángulo, eso me serviría para verificar si existían defensas ocultas en la entrada.
-Rivelio tuo protegos—
La forma que había dibujado exponía una serie de líneas protectoras que limitaban el portón con la salida, seguida de otras que se encontraban en zigzag arriba de los muros de concreto para evitar seguramente que los ladrones tuvieran la estúpida idea de brincar sobre ellos; pues de hacerlo, las alarmas se activarían convocando a una serie de guardias de seguridad que no dudarían en "golpearte ahora y preguntarte después".
De golpes ya había tenido suficiente con esos gorilas. No cometería el mismo error dos veces.
Apunto de entrar en acción, guardaba mi varita en el bolsillo apagando la colilla del cigarro. Respiré profundamente para concentrarme en la operación que llevaría a cabo, tan solo tendría que encontrar la escotilla que me llevaría hasta la puerta de servicio y de ahí poder escurrirme hasta el despacho de la caja fuerte. ¡Puta adrenalina!, lo sé, pues a decir verdad este tipo de emociones me hacían sentir vivo.
Al dar el primer paso fuera del tronco escuché el sonido de un automóvil que se estacionó justamente al limite del portón. Por reflejo me escondí nueva mente chasqueando la lengua en fastidio para esperar otros minutos en lo que le daban acceso. Me giré lentamente y pude apreciar la ventanilla del coche. Una chica rubia estaba sentada con la cara de pocos amigos seguramente molesta por alguna cosa.
Coloqué mi mano sobre el árbol recargando mi cuerpo y apreciarla mejor. ¡Que buenas tetas tenía esa mujer!, Ok, ok, Dante… ¡Concéntrate!, has venido a robar, no a mojar bragas. Aunque eso cerraría con broche de oro esta operación… Lo que me recuerda, creo que iré a visitar a Mónika, la he tenido, tan, pero tan, pero tan sola estos días.
¡Rayos!, estoy teniendo una erección involuntaria y eso no es bueno.
¡Concéntrate Dante!... Concéntrate, piensa en flores, si… eso siempre funciona.
Me puse de espaldas para aguardar un poco más, y en ese momento escuché el sonido amortiguado de la puerta del coche. Deseaba fumar, pero el humo del cigarro me delataría por completo ante aquellos dos visitantes. No tuve más remedio que respirar hondo y realizar un hechizo de invisibilidad sólo para salir de dudas y evitar que otro pudiera descubrirme.
-¿Acaso no sabrían que veníamos?—Escuche el timbre de voz de un hombre, seguramente el conductor.
-¡Claro que si!, ¿No creeras que mi padre me negaría la entrada verdad?—
-Pues creo que "Papi" está tan ocupado en tonterías que se le ha olvidado nuestra maldita hora de llegada—Pude escuchar que aquel tipo estaba exasperado.
Estaba algo confundido, pues aquella voz era un tanto idéntica a la mía. ¡Que tonto!, probablemente los nervios me estén jugando una mala pasada.
-Sal del auto, hay hechizos protectores por todas partes y al parecer necesitan reconocer tu parentesco con él.
La otra puerta del coche se abría y unos tacones presurosos se encaminaban al portón.
-¡Esto debe tratarse de un maldito error!, Aveces papá me desespera con sus medidas tan exageradas.
-Pues de tal palo tal astilla, ¿No crees?
-Habla por ti
-¡Rayos!, ahora reconocimiento de voz, ¡Hablaré seriamente con mi padre de esto!.
-¡Uy!, Ya empiezas a sonar como yo—Respondía el burlándose.
De pronto, no escuché su conversación, al parecer aquellas medidas de seguridad estaban requiriendo su nombre para poderles dar paso a la mansión. Bien podría escabullirme en el coche y pretender ser parte de las llantas o alguna otra cosa que pudiera encubrirme, pero sencillamente me atraparían una vez llegando a la entrada principal de la casa, así que descarté la idea.
"Identifíquese por favor" Pedía la voz.
-Astoria Greengrass, hija de Leonard Greengrass.
-Draco Lucius Malfoy
"Acceso concedido, Bienvenidos sean, favor de estacionar el coche lejos de la entrada" Terminaba la voz.
Esperé el tiempo suficiente hasta poder escuchar las puertas del coche cerrándose, no me expondría a que aquellos dos invitados me notaran. Era momento de actuar y lo sabía, cuando el portón se cerró por completo volviendo a accionar los mecanismos de defensa me dirigí a los alrededores en busca de la escotilla que me llevaría a la puerta de servicio. No iba a esperar que otros imbéciles hicieran la misma operación retrasando considerablemente mi tiempo.
Caminé unos pasos doblando a la derecha y ahí se encontraba, la circunferencia me mostraba claramente la alcantarilla donde tendría que escabullirme para llegar a la entrada. En cuclillas hice el esfuerzo de removerla manualmente, pero aquella estaba tan atascada que tuve que conjurar otro hechizo con la varita para poder hacerlo. Una vez dentro notaba la humedad, el frío comenzaba a hacerse presente traspasando cada poro de mi piel haciendo que temblara. Este lugar también tenía hechizos protectores.
-¡Hijos de puta!, pero no contaban con que Dante Holtzmann "el ladrón de seda" llegara a joderles la fiesta—Pensé en voz alta colocando mi varita en ristre.
Caminé solo unos pasos tocando el agua, y eso provocó que el frío se intensificara.
-Un "Glacius Ventisca", ¡Que inteligentes!— Alcé el madero sobre mi cabeza apuntando hacia arriba simulando un círculo.
-Tempera Climata—Un anillo rojo rodeaba mi cuerpo descendiendo sobre mi cintura creando el equilibro en la temperatura de mi entorno; al menos, solo el necesario para no congelarme en este lugar como una maldita paleta.
Tuve que moverme con cuidado para no encontrarme con más sorpresas de las esperadas, y no me equivocaba, pues una serie de artilugios estaban estratégicamente colocados para poder aturdir, incendiar y congelar a cualquiera que intentara traspasarlos. Daba gracias a la habilidad nata que tenía con la varita pudiendo esquivar en forma satisfactoria todas y cada una de ellas.
Pude escurrirme por fin a la puerta de servicio notando que todos los empleados iban y venían cargados de charolas de Shampagne. ¡Que ganas de coger una en esos momentos!, pero primero estaba el deber antes que el placer, pues ese último me lo daría terminando el atraco. Me recargué contra la pared observando que uno de ellos salía a tirar la basura al exterior, y después de pensarlo por un momento decidí mezclarme.
-Desmaius—
El rayo que salía de mi varita impactaba en la sien del hombre que tenía curiosamente mi misma complexión. Me acerqué a el para cargar su cuerpo y esconderlo de ojos curiosos a la vuelta de la entrada de servicio. Le quité la camisa para disfrazarme de uno y poder entrar sin despertar sospecha alguna.
Tomaba una de las charolas fingiendo traer una botella de la cava que seguramente debía estar bajo tierra aunque mi verdadera intención era otra. Después de que uno de los empleados me indicaba el sitio pude encaminarme por el pasillo de limpieza tal como mi contacto me aseguró la última vez.
El lugar estaba repleto de cachivaches inservibles, trastos viejos, ollas despostilladas, instrumentos de limpieza rotos y herramientas de mantenimiento amontonadas en cajas. Pasé sin problema alguno todavía con la charola en las manos para que me sirviera de coartada en caso de que alguno de los ahí presentes me preguntara sobre mi estancia en el segundo piso. Argumentaría con toda seguridad llevar bebidas a alguien que lo requirió en ese sitio. Llegué a una puerta de caoba con un picaporte dorado después de subir las escaleras, esa era la señal de estar demasiado cerca de la caja fuerte. Sonreí satisfecho al haber llegado hasta el punto deseado.
Voltee a ambos lados del pasillo observando que nadie estuviera curioseando por el lugar encaminándome a paso lento a lo largo del mismo tratando de encontrar la puerta que mi contacto original me había indicado. Esperaba que todo aquello no se tratara de una trampa elaborada como la primera vez, y de ser el caso, siempre elaboraba un segundo plan para escapar.
No había tiempo de apreciar el gusto caro de estas personas, aunque debo admitir que la arquitectura y diseño rústico de la misma me detenían por segundos. Toda belleza siempre merece ser apreciada aunque no sea digna de personas tan mezquinas y bajas. Eché un vistazo a los jarrones de porcelana, las mesitas finamente talladas al estilo clásico que las adornaban databan quizá de la época victoriana, los cuadros pintados al óleo sobre tela plasmaban paisajes hermosos de Alemania, Inglaterra y Francia, así como también algunos personajes que seguramente habitaron esta mansión alguna vez.
"Tres puertas a la derecha", Esa era la indicación final del despacho.
Pude entrar sin ningun problema evitando el menor ruido que pudiera producir la puerta, contemplé con mucho cuidado si algún mecanismo de defensa se encontraba colocado realizando el hechizo revelador que usé en el portón la primera vez. Afortunadamente, no había nada. Quizá el dueño de esa casa descartaba la posibilidad de que alguien pudiese llegar a este punto sin ser aturdido, congelado o martirizado.
-¡Quién dijo que el dinero compraba la astucia!—Celebré para mi mismo adentrándome con toda confianza al despacho.
La caja fuerte nunca estaba expuesta, no al menos de los ojos ajenos. Deduje inmediatamente que podía estar oculta detrás de ese cuadro ubicado al fondo; justamente cerca del escritorio. Sin dejar de tocar mi varita me conduje con cuidado para removerla y encontrar lo que buscaba.
-¡Eureka!—Ahí estaba.
Una caja tan simple, común y corriente estaba incrustada en el muro de madera detrás del cuadro. No me equivocaba, estos ricos eran inteligentes, mas no lo suficientemente astutos para tomar las precauciones necesarias, pues no es bueno subestimar a nadie en este oficio. Para un sistema de seguridad sofisticado, siempre habrá un ladrón mas hábil para burlarlo.
En ese momento mi sangre se congelaba, mis manos se engarrotaban sobre las molduras del retrato cuando escuché claramente el sonido de la puerta abrirse detrás de mi.
Estaba atrapado.
Alguien había entrado al despacho sin que me diera cuenta. Escuché pasos, al parecer eran masculinos, pues por la forma en que estos hacían eco por el lugar concluí que se trataba de un hombre que vestía mocasines negros; unos muy caros, eso se notaba en el rechinar de la piel en ellos. No dije nada, evité decir alguna palabra que pudiera hundirme más de lo que ya estaba, incluso contuve el aire por unos segundos pensando en la forma de aturdir a ese intruso y dejarme continuar con la apertura de la caja.
-Se necesita ser muy estupido para hacer eso—Esa voz… esa misma voz…
-¿Te comieron la lengua tus hermanas las ratas?, ¡Habla con un carajo!—Ese timbre… ese mismo tono… ¡Esto no podía ser cierto!
Al escuchar la forma de hablar de ese individuo me di cuenta que no era la primera vez que lo escuchaba, pues antes de entrar a la mansión también lo hice. Era el mismo tipo que salía del auto junto con una chica rubia que lo acompañaba. Se trataba de ese tal… Draco Malfoy.
-¡Habla estúpido parasito!, ¡Date la vuelta para que pueda ver tu asqueroso y repugnante rostro!-
Esa voz… esa voz…. No, no puede ser, debo estar loco.
En ese momento mi cabeza me estaba jugando una mala pasada, ese timbre en sus cuerdas bucales era exactamente el mismo que yo tenía, sin embargo, no había tiempo de investigar al respecto, tenía que aturdirlo antes que me realizara una maldición anotándome otro fallo después de aquel en el bar. Sin girarme esbocé una sonrisa, pues aquel cabrón estaba a punto de toparse con la horma de su zapato.
-Creo que no- Dije finalmente no esperando una respuesta. -No se necesita ser estúpido para hacer esto, se necesita serlo para pensar que te dejaría vivo.
Esperaba esta vez una respuesta de su parte, sin embargo, noté que su respiración se cortaba, el silencio sepulcral del despacho exhibía plenamente el latir intenso de su corazón como una clara muestra de sorpresa. Estaba nervioso, un tanto asustado, y eso lo notaba a esta distancia a pesar de estar separados. Pasaron un par de minutos notando que su garganta tragaba saliva para asimilar todo esto.
¿Acaso notaría el timbre de voz idéntica en ambos?
-¡Muéstrate cabrón!—Su voz temblaba, y al mismo tiempo mi cuerpo reaccionaba de una manera que no esperaba.
Yo también comenzaba a temblar un poco, el palpitar de mi corazón se acrecentaba, mis manos apretaban las molduras como si deseara perforarlas y por ende, la curiosidad me mataba, ¿Quién era este hombre con una voz parecida a la mia?
Decidi girar me cuerpo lentamente sin dejar de empuñar mi varita. Tenía que estar preparado para cualquier cosa y sorpresa que este desgraciado trajera consigo. Cerré por un momento mis ojos y al abrirlos no daba crédito a lo que ahora miraba.
El hombre que tenía enfrente estaba bien vestido con un traje costoso, una camisa pulcramente planchada en color gris y una corbata negra que acentuaba todo ese atuendo. Pero lo que en verdad me alarmó sobremanera no era ese atuendo que seguramente algun sastre elaboraba especialmente para él, pues su aspecto, su rostro era el que más me asustaba.
-¡Que carajos!- Lo escuché decir y por ende logré tensar mi cuerpo.
Su cabello era del mismo tono que el mío; rubio casi platinado. Sus ojos mostraban dos circunferencias de plata liquida como muestra de un gris intenso en ellos, y las manos que sostenían la varita eran exactamente del mismo tono níveo que yo.
En ese momento, ambos soltamos las varitas. El sonido de los dos maderos se estrellaba contra el suelo al mismo tiempo creando el mismo sonido en todo el despacho. Nos miramos como si en realidad fuéramos un fantasma del otro que nos jugaba una mala pasada, quizá un cruel destino o broma creada por alguno de mis enemigos para cabrearme; sin embargo, mi visión no mentía, pues de hacerlo, notaría que se burlaría a carcajadas por haber caído como un animal. Por el contrario, aquel individuo estaba… Tan asustado como yo.
No podía ser, ¿Estaba delirando de nuevo?, ese hombre que tenia enfrente… Era exactamente igual a mí, una réplica.
-¿Quién eres… tú?- Me preguntó con voz quebrada.
Ese hombre no era el de mis alucinaciones, ésta vez no se trataba de una visión, un sueño, o cualquier producto de mi loca imaginación. Éramos como dos gotas de agua.
