Reto de Chia S.R para CieloCriss
Pairing: Taichi x Yamato x Koushiro (Taitoshiro Poliamoroso)
Advertencia: Es un yaoi, lemon explícito, vocabulario fuerte (no uso eufemismos esta vez) y dudosa moral. Por favor, si eres sensible no leas. Esto es rating M, es un fic para público abierto de mente.
Género: Drama / Romance.
Narrador: POV de Yamato y POV de Taichi. Pura primera persona.
Año: 2016
Cantidad de capítulos: 1 de 3 capítulos. Nota a considerar: son capis largos.
Este escrito es parte de mi colección de "Los Impublicables" por su temática.
Don't Stop Us Now
By CieloCriss
Capítulo I.- "Another one bites the dusk"
—Sigo esperando tu respuesta.
Solamente Yamato Ishida era capaz de recordar una discusión después de una sesión de sexo extenuante y avasalladora. Le puse mala cara, como era mi costumbre cada vez que me presionaba. Era un imbécil.
Me erguí y me ardió el cuerpo. Mis caderas doloridas retumbaron, y sentí el semen espeso de Yamato saliendo de mi cuerpo con la consistencia de la miel. Joder. Aunque me gustaba la sensación de su piel contra la mía, sobre todo en el clímax, siempre me arrepentía cuando no usábamos condón.
Era incómodo. En ocasiones me daba dolor de estómago y estoy seguro que lo mismo pasaba con él cuando cambiábamos roles. Joder.
—¿Dónde mierdas dejaste el tabaco? —le pregunté a Yamato, para desviar su cara retorcida de enojo.
Mi abdomen estaba blanquecino, sudaba a chorros, como si hubiera tenido una práctica de fútbol y hubiera sobrevivido a una tanda de penales. ¿Era mucho pedir un cigarrillo antes de encerrarme en la ducha para inundarme en un baño reparador?
—No voy a besarte si sigues fumando —reprochó Ishida, incorporándose y haciendo para atrás su cabello rubio y corto.
Yamato nunca había sido de fumar, pero toda la vida había sido fumador pasivo por culpa de su padre. Cuando a Hiroaki Ishida le habían diagnosticado EPOC, sus dos hijos habían comenzado una campaña antitabaco que podía resultar un dolor en el culo.
—¿Y qué si no me besas?, ¿no es eso lo que al final quieres? —contraataqué, porque estaba encabronado con su falta de tacto y su maldita sugerencia.
—Estúpido Taichi —renegó sin prestarme la atención que necesitaba. Se levantó como si nada, le observé de reojo. Su piel clara bañada en transpiración, sus músculos bien formados y brillantes, su pene en caída libre...
Era condenadamente sexy. Desde hacía un par de años pensé que era mío: todo él. Yamato, sin embargo, la había cagado con su última propuesta y me había hecho pensar que quizás nunca me había pertenecido.
"Hay que abrir la relación", había dicho, justo antes de entrar en mí y someterme, "paso demasiado tiempo en las misiones, si me vas a poner el cuerno, mejor que sea oficial, ¿no crees?".
Eso había dicho y poco después me había sometido al vaivén de su cuerpo, que además de éxtasis me formó una nube de ira, de odio, de desolación. Luego, justo después de que nos corrimos, me pidió su respuesta y yo, lo único que pude hacer, fue ponerme a buscar la cajetilla de tabaco.
Se metió al baño. Me encabroné. Era yo quien necesitaba una ducha.
—¡Primero yo! —me quejé, encontrando la caja en mi saco. Saqué un cigarro pero terminé mordiéndolo del coraje —¿Has visto cómo me has dejado?
—No está prohibido que te duches conmigo, imbécil —fueron sus últimas palabras antes de que su voz se perdiera por la caída del agua de la regadera.
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Taichi era un idiota, siempre lo había sido. De niño era inconsciente e imprudente; de adolescente era dubitativo, tibio; de adulto simplemente era un idiota demasiado pensante.
Salimos a desayunar después haber hecho el amor y de haber discutido. Elegimos el restaurante de siempre, en Soho, porque era el barrio bohemio donde me gustaba deambular cuando visitaba Nueva York.
Taichi vivía por Central Park, pero siempre lo obligaba a desplazarnos a Soho durante mis visitas. Esta vez nos habíamos ido caminando hasta agarrar el metro y, durante el transcurso, no nos habíamos dicho una sola palabra.
Para no variar, la tensión entre los dos estaba —de nuevo— en un punto álgido.
Me gustaba discutir con él, desde siempre. Me gustaba ponerle un alto y desafiarlo. Me fascinaba pelear hasta el punto de revolcarnos, me encantaba competir por la posición dominante y hacerle gritar como ningún villano lo lograría jamás.
No obstante, esta vez había hablado en serio. Necesitábamos abrir nuestra relación por salud.
Yo radicaba en Houston. Cuando tenía entrenamiento, la pasaba en Cabo Florida y, al menos una vez al año, me desaparecía por meses en las misiones que la milicia me asignaba. Pasaba más tiempo en las estaciones espaciales que en Nueva York y no estaba dispuesto a dejar mi profesión por estar día y noche con él.
Para Taichi tampoco era sencillo. A partir de que se hizo bueno con las palabras, decidió convertirse en diplomático y, desde entonces, estaba gran parte de su tiempo haciendo sitio en las Naciones Unidas para integrar al Mundo Digital en la agenda diaria. Como hobbie, se inventaba expediciones en regiones inhóspitas del Digimundo para resolver conflictos y se metía en líos una y otra vez por sus ideales políticos.
De nuestra digievolución DNA, para crear a Omegamon, sólo quedaba la mezcla de nuestros propios fluidos cuando nos acostábamos. Una noche había empezado todo y, desde entonces, cada determinado tiempo nos reuníamos a fingir que teníamos algo.
Noté que tuvo problemas para sentarse, porque la silla era de metal y estaba caliente. Arqueó las cejas y me miró con reproche. Pedí dos baguettes, dos americanos sin azúcar y me senté a su lado.
Por un momento quise preguntarle si su cuerpo estaba bien. Me había propasado con él, no habíamos usado lubricante y Taichi no estaba impuesto a estar abajo. Siempre teníamos esa lucha constante por penetrar, sin embargo, no me desagradaba del todo que peleáramos por eso, porque ambas posiciones nos eran de provecho. Había ocasiones en que era adecuado someter, así como ser sometido. Bajo esa base inestable se fundaba nuestra relación, que siempre estaba rodeada de resistencia y fuerza.
—Mimi no viene —me dijo, revisando su celular.
—Daisuke tampoco —anexé, porque el restaurantero me había avisado por e-mail que tenía que ver unos locales para la expansión del negocio.
Crucé los brazos. Necesitaba retomar la conversación. Lo había pensado mucho antes de pedírselo, pero había llegado a la misma conclusión: Debíamos abrir nuestra relación.
Era algo innovador, aunque funcional. Ambos pasábamos mucho tiempo fuera. Nos veíamos pocos meses al año y, sumado al colmo, éramos bisexuales.
Yo convivía con pocas mujeres, pero Taichi estaba rodeado de ellas. No quería culparlo si caía. Era mejor si todo estaba acordado, era lo más razonable.
Si fuera una de mis visitas ordinarias, la pasaríamos teniendo sexo día y noche, encerrados en su departamento. Saldríamos a Broadway a algún musical, pero por hacer caso a Mimi Tachikawa y terminaríamos cenando ramen en la foodtruck de Daisuke Motomiya.
Pero esta visita era distinta. Debíamos sentar las bases para lo que venía, mi próxima expedición era a la luna. Duraría más de un año y, si no nos poníamos de acuerdo, nuestra relación iba a explotar, como un bing-bang pasivo, amenazante.
Sí, éramos amantes, pero a estas alturas de la vida ese rol no era suficientemente resistente.
—¿Lo has pedido con doble ración de bacon? —me preguntó, mirando el menú.
—No.
—¿Ni siquiera me has pedido zumo de naranja?
—Lo que necesitas es un café expresso.
—No me gusta que ordenes por mí, Yamato —de nuevo sus cejas se tensaron, como un tendedero de ropa —. Pero bueno, ahora te da por tomar las decisiones, ¿cierto?
—No estoy bromeando, Taichi —le dije, pero él desvió la vista y miró su celular, para hacerse el desentendido —. Te lo dije, me voy a la luna, lo mejor es abrir la relación.
Alzó los ojos canela. Enderezó su cuello. Ese maldito cuello sensual donde estaba su cinturón de orión de lunares. Taichi sabía que me enloquecían sus lunares y que me fascinaba succionarle ahí, cual vampiro.
—Yamato, ¿fornicas con tus colegas?, ¿desde cuándo te acuestas con el nieto de Neil Armstrong? —Taichi lo dijo muy serio. Si hubiera usado su tono de voz ordinario le hubiera dado un puntapié.
—No me hace gracia.
—Es por eso, ¿verdad? —reclamó Taichi —. Te vas de viaje por meses con astronautas de quinta y te los quieres follar, ¿cierto?
Di un puñetazo a la pared, como si quisiera cerrarle el paso. Él no salió huyendo, como solía hacerlo en la adolescencia, sin embargo, apretó los labios y de nuevo miró su celular como si quisiera desaparecer.
—¿No eres tú quien coquetea todo el tiempo con jefes de estado y sus secretarias?
—Ah, mira, me llegó mensaje de Koushiro —desvió la conversación con aparente indiferencia.
Ahora el encabronado era yo. De un impulso le arrebaté el móvil, Taichi chasqueó los dientes y me miró como si tuviera rayos láseres integrados.
—Deja de hacerte el imbécil, Taichi.
—El imbécil eres tú, Yamato.
Una camarera temblorosa se nos acercó con el pedido. Lo dejó en la mesa, nos sonrió nerviosa, le pedí el zumo de naranja para Taichi y se marchó presurosa, como si no quisiera escuchar más nuestra conversación. Puse el celular del imbécil a un costado de mi comida y hablé:
—Taichi, escúchame bien. Voy a pasar dos semanas aquí en NY y no quiero desperdiciarlo en peleas, ¿vale?
—¿No has sido tú quien empezó?
—Abrir la relación no significa separarnos, idiota —insistí —. Tampoco quiere decir que me voy a acostar con alguien más o que tú vas a hacerlo, simplemente vamos a abrir ese espacio por si eso llegara a ocurrir.
—Sí, claro, ¡es la solución perfecta! —ironizó, dándole un bocado a su baguette.
—Taichi, ya no somos adolescentes —planteé —. Somos adultos, tenemos una relación bastante arraigada, sin embargo, eso no significa que sea lo único que nos depara el futuro.
—Ya ¿Lo dices por el tabú de la homosexualidad?, bueno, pues yo no le veo problema a eso, Sora y los demás nos apoyan, incluso tu padre —dijo mientras masticaba como un cerdo, ¿esos serán sus modales cuando está en sus cenas repletas de embajadores?
—Ni mi padre ni los chicos tienen que ver con esto, quizás Sora, pero los demás no.
—¡Bien!, pues le hablaré a Sora y me dará la razón.
—Taichi, debemos dejar de hablarle a Sora por nuestras peleas, ¿no lo habíamos acordado?
—¡Pero quieres abrir la relación para acostarte con el nieto de Neil Armstrong!
—¿¡Te quieres callar?!, ¿y quieres dejar de inventarle nieto al único astronauta cuyo nombre te sabes de memoria?
—Bueno, fue el primero en pisar suelo lunar y sale en los libros de texto —se excusó.
—Pues su nieto astronauta no existe. Y, en todo caso, si quisiera acostarme con él, lo ya lo habría hecho y tú ni siquiera estarías enterado.
—¡Miserable! —Taichi me agarró de la camisa y me alzó. Yo le sostuve la mirada, pero su fase de ira era más potente que la mía. Si ahora estuviéramos en una cama, sin duda alguna, esta vez él me dominaría.
—Mierda, Taichi, honestamente pensé que eras el de mente abierta —reproché, haciéndolo a un lado con brusquedad.
—Mi idea de mente abierta era hacer un trío, Yamato —comentó Taichi con ironía —. En cambio, tu idea de abrir la relación es que yo acepte que otro imbécil te la meta sin que esté presente, es decir, quieres que acuerde una traición y lo vea como algo natural.
No pude contenerme. Pocas veces llegábamos a los golpes desde que habíamos formalizado, pero por más que quise detenerme, alcé el puño y lo tumbé de la silla.
Taichi no había entendido nada de lo que había planteado. ¿No entendía que debíamos hacer cambios para que no nos carcomiera nuestro estilo de vida?, ¿qué no se daba cuenta que con hacer el amor no era suficiente?
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Yamato se fue después de dejarme en el suelo. Palpé mi mejilla y gruñí; tardé en levantarme.
La camarera estaba muerta de miedo, su mano temblaba cuando me ofreció agua. Agradecí el gesto empinándome el vaso entero, luego terminé mi desayuno lo más calmado que pude e, inclusive, me comí el baguette que había dejado Ishida en su plato.
No quería abrir mi relación aunque ésta pudiera caer en la ruina a causa de lo distintos que eran nuestros trabajos y estilos de vida. Entendía el punto que exponía Yamato, de verdad que sí, pero no quería aceptarlo, no quería que un extraño me lo arrebatara. No podía permitirlo.
Cuando Yamato pasaba largos meses en las estaciones espaciales, la abstinencia me volvía loco. Me llegaba a masturbar varias veces al día y, en más de una ocasión, estuve a punto de sucumbir ante terceros.
Llegué a manosear a varias chicas, llegué a coquetear con algún pretendiente, pero siempre pude contenerme, siempre pude poner un alto. ¿Era que él no estaba dispuesto a detenerse?, ¿era que el sexo entre astronautas, sin gravedad, era una tentación insuperable?
Si yo podía contenerme, estaba seguro de que él también. No era que toda la vida fuéramos a vivir así, yo ya lo tenía todo planeado. Llegaría el día en que cohabitaríamos 12 meses al año y hasta rentaríamos un vientre para tener hijos. ¿Por qué Yamato no veía futuro en lo que habíamos construido?, ¿por qué estaba dispuesto a permitir que unos extraños se metieran en medio?
—¿De verdad está bien?, ¿puedo ofrecerle un postre?, tenemos tarta de manzana y brownies con helado.
—No gracias, preciosa —le sonreí a la mesera, dejándole una buena propina —. De verdad, disculpa el escándalo que hicimos, ¿vale?
Ella, todavía temblorosa, asintió mientras recogía los trastes.
Me erguí de la silla y abandoné el local. Deambulé por las calles por horas, lo hice casi por inercia, de modo que no fue necesario tomar el metro. Pasé por Chinatown y Little Italy. Visualicé por largos minutos el Puente de Brooklyn y la suela de mis zapatos siguió gastándose, porque la caminata fue tan larga que hubo un momento en que crucé Broadway y le di dos vueltas a Central Park.
Cuando llegué al departamento, entrada la tarde, supe que Yamato no estaría ahí.
El enojo le duraría hasta la noche. Si tenía suerte mentiríamos a la hora de reencontrarnos, porque sin duda alguna, el sexo de reconciliación nos sabía de maravilla siempre que terminábamos discutiendo.
Saqué una cerveza de la nevera, abrí el balcón y me recargué en los barrotes. Era aburrido pelearme con Yamato los pocos fines de semana que pasábamos juntos, pero era un hecho que era él quien debía disculparse, porque me había puesto las manos encima.
—Sora nos regañaría si supiera —aseguré. Confieso que me costó trabajo contenerme y no contarle nada. A mí me fascinaba contarle a Sora todo sobre mi noviazgo con Yamato, solo a ella le permitía aconsejarme al respecto.
Justo veía el celular cuando me llegó un segundo mensaje de Koushiro Izumi. Pulsé el icono de chat para leerlo.
"Taichi-san, viajaré a Nueva York este domingo. Haré una estancia doctoral en Estados Unidos por seis meses y mi primera parada es Nueva York, tengo negocios pendientes con Michael" decía el primer mensaje del pelirrojo.
"Disculpa la molestia, sé que Yamato-san está de visita, pero me gustaría verlos. ¿Sería posible organizar una reunión?; también me gustaría que estuvieran Daisuke-kun y Mimi-san".
No pude evitar sonreírle al celular. Me dolió estirar los labios por culpa del golpe de Yamato, pero me consoló leer que Koushiro vendría de visita.
Siempre me hacía bien verle. Kou era uno de los amigos que más echaba de menos desde que trabajaba como diplomático en las Naciones Unidas.
"Esta vez no reserves hotel, te quedas en mi apartamento escribí Organizaré la reunión. La pasaremos en grande como en los viejos tiempos".
Le di enviar y, casi al instante, me replicó:
"¿De verdad no habrá problemas si me quedo con ustedes?, Yamato-san y tú no tienen mucho tiempo para ustedes por el trabajo, no quisiera interrumpirlos… sé que Yamato tiene un viaje muy largo próximamente".
Koushiro siempre había sido un chico considerado, a mi juicio a veces se excedía. Era verdad que Yamato y yo teníamos un noviazgo de altibajos —todo el mundo sabía que teníamos poco tiempo y muchos problemas— pero no era como si él fuera a causarnos broncas.
"Sora te ha dicho algo, ¿verdad? xD, no pasa nada Kou, te quedarás en nuestro depa, Yamato y yo estaremos encantados, pásame tu bitácora de vuelo".
Me obedeció de inmediato, mandando por correo electrónico su itinerario a mi buzón. Yo volví a sonreír, aunque bufé al asociar que probablemente Sora le contaba a Koushiro mis problemas románticos con Yama.
A veces fantaseaba que Yamato era calmado y obediente, como Koushiro. Era una fantasía estúpida e improbable, pero no tenía nada de malo imaginarme eso… de alguna manera estaba consciente de que mi relación romántica estaba desgastada porque ambos teníamos una lucha constante por la dominación.
Si Koushiro fuera mi amante no tendría que preocuparme por bajar la guardia. Hacerle mío sería sencillo y estimulante. Con Yamato no funcionaba así, con Yamato había que ceder de vez en cuando.
Suspiré. Entré a las redes sociales y me puse a espiar el perfil de Koushiro.
De nueva cuenta estaba soltero. Era bien conocido por todos que había estado de novio con Meiko y las cosas no habían funcionado. No me extrañaba demasiado ese fracaso, no era el tipo de carácter que a Koushiro le gustaba en sus novias.
—¿Cómo te gusta que sea tu pareja? —le pregunté una vez, justo después de que le confesé que había dormido con Yamato.
—Me gusta que sean como Mimi-san —fue su respuesta, porque por aquellas épocas estaba obsesionado con la princesita del grupo.
—Koushiro, ¿o sea que sólo te acostarías con Mimi o chicas que se le parezcan?
—No estoy muy seguro. Creo que al decir que me gusta que sean como Mimi-san quiero decir que me gusta que sean personas auténticas y vivaces, como ella.
—No lo compliques, te gustan 'las Mimi' —me burlé —. Inclusive, es probable que ahora mismo sientas un poco de desprecio por mí, digo, te confesé que dormí con otro chico.
Koushiro esa vez me miró muy serio.
—No, para nada, me ha parecido muy interesante —confesó.
—¿Eh? ¿Interesante?
—Me da curiosidad —dijo con naturalidad —. A mí me gusta saber de todo, Taichi-san.
Y recuerdo que le sonreí y me burlé.
—No puedes ser bicurioso, ningún chico en el mundo se parece a Mimi.
—Eso es verdad, pero lo importante es que Yamato-san y Taichi-san estén conformes con lo que pasó… aunque… quizás, si tenemos suerte, ustedes dos disminuirán sus pleitos y nuestros problemas como equipo serán menores.
Me pareció una persona pragmática cuando lo dijo, varios años atrás, pero ahora evoco el recuerdo con ternura. Mientras recordaba esa conversación había mantenido la vista en el Rockefeller Center, mi edificio favorito de todo Nueva York.
El ocaso se vino después y yo me la pasé bebiendo cerveza en el balcón hasta que llegó Yamato. Abrió la puerta y fue hasta donde estaba. Me agarró la barbilla, giró mi rostro y arrugó la frente al ver que su golpe se convertía en morete.
—Lo siento mucho —sinceró. Lo noté pálido y arrepentido. Desde que éramos amantes habíamos adoptado la costumbre de disculparnos cuando la cagábamos —. Vamos a ponerte hielo ahí.
Yo no le dije nada en esos instantes, sólo me dejé guiar. No sabía por qué, pero de verdad necesitaba mi sexo de reconciliación.
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Puse un trozo de carne congelada en la mejilla de Taichi.
Lo empujé hasta que lo hice sentarse en el sillón; me puse a su lado.
Había estado toda la tarde sentado en una banqueta de Times Square, viendo a los turistas ir y venir de un lado al otro con sus smartphones y sus cámaras fotográficas. Cuando empezó a atardecer, los letreros se fueron iluminando junto a los carteles de los musicales y los pubs.
Fue entonces cuando me decidí a volver a casa, ya se me había enfriado la cabeza.
Probablemente mi relación con Taichi aún no estaba en el momento idóneo para tomar el rumbo liberal que yo quería. En cierta medida, me halagaba que Yagami estuviera en contra de la idea, me agradaba la idea de que, en realidad, él fuera solo mío y nadie más pudiera tocarle.
Seguía pensando que abrir la relación era lo más sano e innovador, pero no quería ir a contracorriente. ¿Cómo decirle a Taichi que éramos tóxicos e hipócritas? ¿Cómo cuestionar su pasión y sus deseos?... Si nuestra relación seguía siendo exclusiva y si alguno de los dos terminaba engañando al otro, era algo que no podríamos superar.
—Ni hablar, me quedan dos semanas aquí —me dije cuando abordé el metro rumbo al uptown —. No voy a gastar los días peleando con el estúpido Tai.
Así pues, cuando llegué, le dije que lo sentía, porque era verdad. Me parecía brutal cuando llegábamos a los golpes. No era sano. No estaba bien. Esta vez había sido mi culpa, por eso saqué el bistec congelado y se lo embarré en el cachete, por eso me senté a su lado y decidí hacerle una felación.
Sí. Eso ayudaría. Era una salida fácil a los problemas: lo complacería esa noche. A la mañana siguiente le pediría olvidar la propuesta de abrir la relación. Si sobrevivíamos a mi próximo viaje, quizás podíamos tener futuro.
Le bajé los pantalones deportivos. Lo ordinario era que Taichi siempre vistiera de traje y corbata, pero los fines de semana él prefería la ropa deportiva. Bastó con jalar el elástico del bóxer para toparme con su bulto.
—Me pones hielo en la mejilla, pero me la quieres lamer para calentarme, ¿no es contradictorio? —comentó soltando un quejido.
Lo rodeé con mis dedos hasta endurecerlo. Lo miré con intensidad, como si quisiera leer algo a través de su mirada. Lo quería, de verdad que sí, pero Taichi y yo pocas veces estábamos sintonizados… a pesar de toda nuestra historia, casi nunca podía adivinar lo que él estaba pensando.
—¿Te quejarás por ello? —pregunté —. Normalmente me ruegas por sexo oral.
Entonces comencé a chupar, para que olvidáramos las fricciones. Como siempre, Taichi dejó caer su mano en mi cabello y comenzó a acariciarme. Soltó el bistec que tenía en la mejilla y me ordenó que lo mirara a la cara.
—No pierdas detalle de mi rostro —ordenó —. ¡Ah, Yama! Esa maldita boca tuya no sólo es buena para cantar…
Me gustaba perderme en su rostro, me ayudaba a olvidar lo incómodo que era lamerle. A él le fascinaba, pero su miembro alteraba los sabores de mi paladar y terminaba un poco mareado. Era un poco asfixiante tenerle dentro, sobre todo cuando el líquido pre-seminal se me atoraba en la garganta y se me dificultaba respirar.
Me separé cuando sentí que lo invadía el clímax. Por suerte, alcancé a sacármelo antes de que eyaculara. Taichi limpió su semen de mi rostro con su camiseta y me sonrió.
—Quería que te lo tragaras.
—No me apeteció hacerlo —confesé, recuperando poco a poco la respiración.
Yagami resopló, luego me guiñó un ojo.
—Vamos a hacerlo toda la noche, ¿vale? —preguntó, de reojo vi que nuevamente estaba erecto. Taichi era fácil de seducir, a través del sexo era fácil obtener su perdón.
—De verdad lo lamento, no debí haberte golpeado —insistí por mi parte, poniéndome de pie.
Tai tiró de mí para que me sentara en su regazo, me besó con fuerza.
—No deberías besarme, acabo de mamártela.
—Como si eso tuviera importancia —y bajó su mano para desabrocharme el pantalón de mezclilla —. Yamato, de verdad que me vuelves loco.
Comenzó a acariciarme, a besarme sin control. Yo me perdí en los escalofríos que me poseyeron cuando me tocó el abdomen, con mis ojos me le quedé mirando los lunares que tenía en el cuello. Justo ahí lo mordisqueé y succioné lo más que pude hasta amoratarlo, hasta marcarlo con el chupetón.
Ahí fue cuando terminé perdiéndome. Permití que me atravesara con toda su fuerza, porque se lo debía, porque también me gustaba ceder y no estaba del todo mal cuando hacía presión en mi trasero y me causaba sacudidas desordenadas, dispersas, contradictorias.
De verdad que lo quería. De verdad que iba dolerme si alguien más lo seducía sin mi permiso, ¿es que Taichi no estaba consciente de que su instinto sexual lo hacía vulnerable?
—Taichi… —dije entre gemidos —. No-o… no voy a perdonarte… ¡ah!
—Yama-chan —sonrió y aumentó el ritmo de sus sacudidas. Sujetó con fuerza mis caderas e incrementó los vaivenes de placer en nuestros cuerpos —¿Qué cosa no vas a perdonarme?
Pero con el incremento de ritmo ya no pude aclararle nada. Lo dejé venirse dentro de mí. Él me zarandeó hasta sacarme todo. Absolutamente todo.
—Me da terror que lo nuestro no funcione —me dijo esa noche Taichi, cuando nos despertamos a orinar después de la intensa sesión de sexo.
—Sí, claro, estás temblando —me burlé. Pensé que querría fumar, así que le cedí un cigarrillo y después de ir al baño nos salimos al balcón.
Vivíamos en el piso 71 de un rascacielos. A los dos nos gustaba salir al balcón con pocas prendas puestas. Era verano y hacía un calor casi tan jodido como el de Tokio.
—Hablo en serio, entiendo por qué me has propuesto a abrir la relación…
—Taichi, te la mamé y dejé que me follaras para olvidar el tema, ¿por qué mierdas lo sacas a colación?
—Porque ahora que estaba dentro de ti, comprendí que tienes el mismo miedo que yo tengo de que lo nuestro termine de romperse —Tai encendió el cigarrillo y yo di un respingo.
Detestaba el olor a tabaco desde que mi padre había enfermado de los pulmones.
—Olvídalo, si resistimos el próximo año, ten por seguro que funcionará —expuse —. No tengo pensando ponerte los cuernos con mis colegas, créeme…
—Tampoco yo, pero no voy a mentirte, Yama —me dijo Tai —. De verdad he estado a punto de fallarte… a veces paso demasiado tiempo sin tenerte.
—Sí, sé que oportunidades no te faltan, gran parte de tu trabajo es tener vida social después de todo.
—No ha pasado gran cosa, algunos toqueteos y siempre te lo he confesado. —Taichi aspiró tabaco y lo soltó; se vio como una cascada —. Afortunadamente me he detenido a tiempo, pero me da terror que un extraño se entrometa… una copa de más, una simple calentura, cualquier detalle podría desequilibrar la balanza.
—Ya hablaremos de ello luego, es tarde.
—No te he dicho, pero cuando se enteró de lo nuestro, Koushiro me dijo que era interesante y le daba curiosidad —dijo, de repente, Taichi.
—¿Por qué demonios mencionas a Koushiro ahora mismo? —reclamé.
—Olvidé decírtelo, pero Kou llega mañana a pasarse unos días con nosotros —confesó Yagami.
—¿No debiste habérmelo dicho antes?
—Estaba enojado porque me amorataste la mejilla —se excusó —. Quería guardarme el secreto.
—Ah…
—Iba a llegar a hotel y le dije que mejor se pasara a nuestro depa, ¿no te molesta, cierto? —preguntó Taichi.
—No —mentí. Bueno, la verdad no me incomodaba, pero Koushiro seguramente limitaría mi vida sexual durante su visita.
—Vi su perfil en Facebook, está soltero…
—¿Y?
—Yamato, es que no me he podido sacar de la cabeza lo que dijiste en la mañana: que yo debería ser el de mente abierta de la relación…
—¿A qué quieres llegar? —cuestioné, cuando noté que sus disparates tenían un objetivo.
—Me molesta pensar que un extraño cualquiera llegue a tocarte, pero si lo pienso bien, no me molestaría que Koushiro lo hiciera.
Le arrebaté el tabaco y lo tiré por el balcón. La lucecita roja se fue desvaneciendo en su caída libre.
—¿¡Por qué hiciste eso, Yama!?, ¡quedaba la mitad!
—Taichi, de verdad que no te entiendo, pegaste el grito cuando te propuse abrir la relación, pero ahora mencionas que no te importaría si Koushiro se pusiera en medio.
Yagami se rió.
—Koushiro no es ningún extraño y me parece lindo —confesó Tai, y sus palabras me dolieron —. Estuve pensando toda la tarde en que deberías tener el carácter de él, pero llegó un momento en el que la fantasía cambió un poco y lo imaginé junto a nosotros, como si fuéramos tres…
—¿Quieres hacer un trío con él? —pregunté sin rodeos. Tai guiñó.
—Yamato, si realmente vamos a abrir la relación, preferiría que el primer paso fuera tener un trío —quise darle otro puñetazo, pero me contuve, esta vez ayudó que estuviéramos en el balcón al desnudo.
—¿Eh?
—Se lo propondremos a Kou-chan —sugirió Yagami —. No permitiría a un extraño, no puede ser cualquiera.
—No metas a Koushiro en esto —me enfadé.
—Pero si no tiene nada de malo, Yama, la curiosidad lo hará caer, ¿no te lo he dicho ya?, Koushiro dijo que lo nuestro era interesante.
—Taichi, no sé si lo has notado, pero hacer un trío y abrir una relación no es el mismo tópico —traté de razonar —. Y honestamente no creo que sea justo para Koushiro, es un amigo al que aprecio, no estoy dispuesto a perderlo.
—¿Quién habló de perder a Koushiro? —preguntó Yagami —. Yama, Koushiro es mi mejor amigo, sé que por una revolcada no voy a perderlo.
Puse los ojos en blanco. Era una situación sin precedentes. No supe interpretar si realmente le gustaba Koushiro o si realmente quería hacer un trío por el bien de nosotros dos. Taichi sacó otro tabaco, yo resoplé y anuncié que regresaría a la cama.
—Me voy a dormir —dije —. Mañana tienes que enfriarte la cabeza.
—¿No era lo que querías que te dijera?
—No. Yo hablaba en serio cuando te sugerí hacer cambios en nuestra relación.
—No te burles, quizás yo también hablo en serio —mencionó Tai.
—No lo creo —dije —. Lo que quieres es follarte a tu otro mejor amigo, ¿no fue así como empezamos nosotros?
—Puede que tengas razón —admitió —. Pero bien lo has dicho tú esta mañana, siempre he querido hacer un trío.
Me eché el edredón encima y maldije mi debilidad. Me odié por haberle mamado y haber permitido que entrara en mí sin ninguna pelea formal. Cerré los ojos y los apreté lo más que pude.
En mi mente se dibujó Koushiro Izumi. Tenía la figura delgada y la mirada intensa desde pequeño. Sus pompas eran estimulantes a la vista y sus diálogos generalmente eran aburridos.
No. No estaba seguro de querer lo mismo que Taichi. Era más bien al contrario: parecía que Taichi y yo siempre queríamos cosas opuestas. En ese contexto, ¿cómo podía quererle tanto?, ¿cómo podía permitirle que desdibujara mi mundo con una simple idea?
Para Taichi, un extraño en nuestra relación sería un riesgo, para mí, el verdadero peligro era Koushiro y eso acababa de descubrirlo.
Continuará…
Gracias por leer. Espero les haya gustado y puedan dejarme su comentario, perdón si está fuerte. Es la primera vez que trabajo un poliamor-yaoi, así que iré poco a poco. Decidí usar títulos de canciones de Queen para nombrar los capis porque amo la música de Queen.
Chia, espero que haya quedado aceptable, sé que no he cumplido las características que decía tu reto, las cuales enuncio a continuación: Yamato y Taichi son pareja. Siempre terminan contándole cosas a Koushiro, quien se cohíbe al verles en ciertas acciones y siente un cosquilleo extraño cada vez que pasa algo delante de él, pues los chicos tienen confianza con el pelirrojo y no se cortan. Una noche de las tantas que usan su casa para contarle cosas, y se quedan a dormir, Yamato y Taichi están más subidos de tono que nunca y el pobre pelirrojo se le saltan los colores. He de añadir, que estos dos lo hacen aposta, pues ambos se sienten atraídos por el pelirrojo y desde hace tiempo, quieren llevarlo a su mundo. Incluso se excitan pensando en él debajo de uno de ellos, contra la pared... arriba... Esa noche, Koushiro siente que no puede más, porque los escucha besarse y está seguro de que algo más. Tanto, que termina levantándose con las manos sobre su cosa y corriendo hacia el baño. ¿Llegará al baño, cederá a sus sentimientos?
No obstante, prometo incluir algo de la trama original para cuando Koushiro aparezca en la historia, ¿está bien?, espero que no te haya decepcionado. Es que yo soy un poco más tardada para las cosas de amor entre tres.
