Capítulo III

Pasó una mano por su cara, intentando llamar su atención, pero la gótica la ignoraba:

-Vamos Jade, no seas infantil. Compartimos cuarto, y le puedo decir a Lauren que te amargue la vida. Jaaaaaaadeeeeey…

-¡No me llames así! – le replicó la gótica cabreada

-¿Ves? A que ahora te sientes mej… - las palabras de Tina fueron ahogadas con el frío café de Jade. La otra gótica no se esperaba eso. Ella y Jade, a pesar de llevar dos años de diferencia, eran grandes amigas. Jade y Tina eran las primeras góticas que el Hollywood Arts tuvo. Jade contaba ahora con dieciséis, y Tina con dieciocho, pero repitió un curso en el colegio y otro en el instituto, lo que la posicionó en la mayoría de clases que la hollywoodiense.

Tina abrió y cerró la boca un par de veces, sorprendida por la reacción de su amiga. Jade era de armas tomar, pero jamás de los jamases agredía a una amiga.

Ambas amaban a Evanescence, las películas Gore, el azul, color del cual eran sus mechas, y el verano. Jade y sus tijeras protegían a Tina de los ataques que lanzaban contra ella por ser gótica y tartamuda, y Tina guardaba los secretos de ambas, de Jade y de ella.

Todo pareció torcerse, cuando Lauren Raudenfeld se convirtió en su compañera de habitación. La egocéntrica y egoísta Lauren. La idiota del croquembouche. Esa Lauren. Pronto, ambas jóvenes se dieron cuenta de que Lauren no era tan diferente de ellas. La rubia sufrió el abandono de su madre, una fuerte crisis económica en su casa, y la presión de ser perfecta, la cual la marcó aun cuando su madre se marchó. Ella tampoco era del todo feliz, pero fingía muy bien.

Las góticas mantenían una relación de amienemistad con Lauren.

Tina salió corriendo de la cafetería, sintiéndose como una mierda. Su uniforme de animadora estaba llenito de café.

En su huída, chocó con alguien.

La mirada que la morena le dirigió hizo que todo su cuerpo temblara, y no era por el frío, ni mucho menos. Sintió verdadero miedo. Y corrió. Corrió como alma que lleva el diablo y se escondió en su habitación. No quería ver a nadie. No quería existir.

No iba a negar que aquella situación no le gustaba. Le excitaba y aterrorizaba a partes iguales. Sintió su cálido aliento chocar contra su lóbulo derecho y como sus cuerpos se pegaba aún más. Podía sentir el calor de la rubia.

-Escúchame bien, porque no pienso repetirlo. Te voy a destruir. Te voy a destruir como nadie ha hecho jamás. Créeme, esta vez no será como la otras. Esta vez, el ave fénix no resurgirá de sus cenizas.

No pudo más con la presión. Cuando la rubia la miró a los ojos, cuando aquellos ojos verdes la taladraron… la besó.

Su primer beso, y era con alguien que la odiaba.

Sí, probablemente era masoquista, pero poco le importaba. La había besado.

Con fuerza, la cheerio la agarró por la cintura y la empujó contra las taquillas que estaban a sus espaldas.

Comenzó a besar su cuello y…

-¡DESPIERTA! – le chilló.

Miró la hora. Se había quedado dormida. No había ido a clases. ¡Joder. Joder joder joder JODERRR!

-¿Nina, interrumpía algo? – preguntó su Hermana con una pícara sonrisa. Una mirada asesina fue suficiente para que se callara.

Se vistió y se fue. Sí, dejó a su hermana mayor ahí, plantada, ¿y? Era una traidora y una… una… ufff.

En la fila de la cafetería, la señora Rose servía a la gente mientras que recibía órdenes de la señora Lucas. La señora Rose era la madre de Marley, una mujer simpática y amable con la cual las animadoras se metía a causa de su sobrepeso. Pero la mujer parecía hacer oídos sordos, aunque además, Marley y sus amigas la defendían. Por su parte, la señora Lucas, la abuela de Ruby, era la que controlaba la cocina. La única capaz de mantener a raya a su nieta, y ya de paso, aconsejar al resto de personas de ese internado.

Nina se encontraba en la fila, con un montón de animadoras tras ella, riendo y comentando cosas que no llegaba a entender, puesto que hablaban con murmuros y susurros.

Sintió una mano colocarse en su trasero, y risas que eran más altas aposta. Supo que se estaban riendo de ella. Su mirada se entristeció y comenzó a pensar en todo aquello que tanto la atormentaba, y de lo cual, por más que quisiera, no podía abandonar.

-Dulzura, tu comida – dijo la señora Rose con una sonrisa, mirándola. Tomo la bandeja y susurró un "gracias" con una sonrisa genuina. La señora Ros ele caía bien. Y Marley también.

Se acercó a una mesa con una sola chica sentada en frente: Marley.

Marley y ella se llevaban un año, pero eran grandes amigas desde que la castaña llegó. Regina veía en Marley a ella cuando llegó a aquel internado.

Ambas amaban los idiomas, los animales, la música… pero ambas se comprendían.

Marley creció sin padre, puesto que la abandonó nada más nacer. A ella y a su madre. En casa de Marley apenas había dinero, y eso era duro de asimilar para una niña, pero Marley podía con eso y más. Las burlas con respecto a su madre y a ella eran también duras, pero la chica era fuerte.

Por su parte, Regina, tenía padre y madre, y hermanas, pero no eran la familia perfecta.

Sus padres era obvio que estaban juntos por estar. Su familia tenía dinero, pero eso no la salvó de las burlas que sufrió de pequeña por su aspecto físico. Además, su padre apenas estaba en casa, y estaba segura de que no se debía sólo al trabajo. Su madre y la presión que esta ejercía para que sus hijas fueran perfectas también afectaba. La morena creció en un mundo de falsedad e interés, y pronto aprendió.

Ambas además compartían un oscuro secreto.

-Debes comer – le dijo mirándola con cara de "Por favor, eres preciosa, no te hagas esto a ti misma".

-Le dijo la sartén al cazo – contestó con una sonrisa, haciéndola sonreír también.

-Venga anda, si tú te comes la tortilla yo me como la manzana.

-Nina, tu dieta se basa en un mordisco de manzana y medio litro de agua la día. De verdad, sí que pareces la Reina Malvada con tanta manzana, hija.

-Veeeeenga, me como media tortilla también – dijo sonriente.

-De acuerdo, yo igual – respondió Marley a su amiga.

Ambas comenzaron con los remordimientos nada más mirar el plato, pero si ellas comían, su compañera también comería. Merecía la pena.

-No me siento bien haciendo esto, me siento tan mal… si vieras hoy en la cafetería… Quinn le ha dicho a Emma que le daría cinco pavos si le tocaba el culo a Regina, y Emma lo ha hecho. Todas se han reído y si la vieras… ha agachado la cabeza y… no creo que esté bien. Yo me metí a las animadoras porque me gusta bailar y me lo paso bien ahí, pero sin tan crueles... la pobre no le ha hecho daño a nadie, y aún así, hasta sus hermanas se meten con ella.

-Bueno… eso… es cierto que no está bien – dijo el profesor mirando a su alumna.

Bella era la única alumna perteneciente a las animadoras que parecía ser bondadosa. El resto era unas arpías envidiosas.

-Lo peor – continuó la castaña – es que quiere destruir el coro. Lo único valioso que tiene este lugar – dijo apenada la cheerio.

Vengo a ser corista. No pido un solo ni un papel principal. Sólo que me aceptéis. Yo haré los coros y de figurante. Pero cogedme por favor. – Rogó la chica. No iba a dejar que su prima se saliera con la suya. Cierto era que estaba ahí, más que nada, para plantar cara a su prima, pero por otra parte, las coristas le daban pena. Habían ganado muchos premios, incluso nacionales, y habían conseguido mucho. Y ahora la loca de Sylvester quería cargarse todo aquel monumental esfuerzo. No, no quería. Se negaba.

-De acuerdo, pero con una condición. – Dijo Rachel – Tienes terminantemente prohibido unirte a las Cheerios. Aquí, o todo o nada, Mulán.


Ahora viene la hora de agradecer. Quiero agradecer a la gente que me ha apoyado y me ha animado a continuar la historia, y a mi amiga Natalia, por darme ideas, muchas. Gracias 3