¡A furore libera nos, Domine!
(Líbranos de la furia, ¡Oh Señor!)
Hace diez años
Los dedos de Emmett se apretaron alrededor del suave mango de la lanza. Había pasado horas y horas pelando la corteza y lijando la rugosa madera hasta sentirla cómoda en la mano. Las piernas le temblaban por la anticipación mientras se sentaba cerca de la fogata, observando los troncos volverse de color naranja y el humo subiendo hacia las estrellas.
Su última noche como niño.
Mañana seguiría el camino de su padre y el padre de su padre y las generaciones de sus antepasados, que una vez habían caminado desde el principio de los tiempos. Mañana se encontraría con el desafío final. Mañana se convertiría en hombre o moriría.
—Tienes que dormir —le dijo su padre.
Emmett miró hacia arriba. Incluso en la penumbra de la luz del fuego pudo reconocer la tensión en los ojos de su padre. Mañana se uniría a él como guerrero o enterraría a otro hijo.
—No estoy cansado —admitió.
Con una inclinación de cabeza, su padre se unió a él en el suelo, el fuego calentaba el aire frío de la noche.
—Tampoco podía yo aquella noche.
Los ojos de Emmett se estrecharon. A pesar de que le había preguntado a su padre sobre su Bärenjagd1 una docena de veces, él le había dicho poco. La tarea de un padre era preparar a su hijo para la pelea, pero qué esperar, cómo sentirse... esa batalla quedaba para que cada niño la enfrentara solo. En sus propios términos. Definía el guerrero en el cual se convertiría.
Si sobrevivía.
Una sacudida brusca en el hombro despertó a Emmett por la mañana. De alguna manera había caído en un profundo sueño.
—Es la hora.
El fuego se había consumido, y resistió la tentación de envolverse más fuerte con la piel que lo cubría. Entonces recordó. Era el día.
Una sonrisa tiró del labio inferior de su padre cuando vio la rapidez de las acciones de Emmett. En un destello de movimiento él estaba vestido, el saco de dormir recogido y la lanza en la mano.
—Es la hora —anunció a su padre, repitiendo las palabras que le había dicho.
Estaban frente a frente ahora, y Emmett aún crecería más alto. Más tarde, esta noche regresaría como hombre, siendo bienvenido a ocupar un lugar entre los guerreros.
Su padre asintió con la cabeza.
—Te diré lo que mi padre me dijo, y sospecho que su padre y los padres antes que él. Lo que debes hacer ahora, lo harás solo. Deja aquí tu zurrón de cerveza, y no lleves comida. Nada más que tu arma. Sé valiente, pero sobre todo, sé honorable.
—¿Cómo sabrás cuándo está hecho? —preguntó.
—Lo sabré. Ahora vete.
Emmett se dio media vuelta y caminó en silencio a través de la maleza como su padre le enseñó hace muchos años. Una de sus muchas lecciones. Ayer por la noche habían dormido a las afueras de las sagradas tierras de los osos. Ahora era el momento de cruzarlas.
Con una respiración profunda pisó tierra sagrada, deleitándose con el inesperado empuje de energía que le golpeó el cuerpo. La oleada se hinchó en el pecho, y luego creció, propagándose por los miembros, los dedos. Con la nueva energía, afianzó la lanza y echó a correr. Corriendo más rápido de lo que nunca había corrido antes, siguió ese tirón de poder, confiando en los instintos.
El tiempo perdió significado mientras corría. Nunca se cansó, incluso mientras el sol continuaba elevándose en el cielo. La visión se le agudizó, y el fuerte sabor de almizcle perfumó el aire. Almizcle de oso.
El momento había llegado.
Cada músculo, cada sentido, se tensó. El instinto de nuevo le dijo que girara la cabeza, y entonces lo vio.
El oso era gigante. Elevándose más de dos metros por encima de Emmett, las feroces garras curvándose, la piel marrón oscura estirada sobre los tensos músculos. Emmett miró a los ojos de la temible criatura. Una vez más, algo poderoso se estrelló contra él, y los músculos se le contrajeron. El cuerpo se le congeló.
El oso le gruñó, un sonido atronador que hizo que la tierra bajo los pies retumbara. Emmett sintió que los ojos se le ampliaban, pero aún no podía moverse.
El momento había llegado.
Emmett obligó a los dedos a moverse, a que el brazo se relajara. Luego, con un fluido arco que había practicado junto a su padre cientos de veces, envió la lanza hacia arriba. El sonido de la afilada punta zumbó por el aire. El animal rugió cuando el arma se le hundió en el pecho. La sangre oscureció su pelaje.
Con un grito gutural, Emmett corrió a donde el oso se había precipitado al suelo, arañando la madera incrustada en su cuerpo. El animal se volvió loco cuando se acercó, dando golpes hacia él con garras asesinas. Una ola de miedo le recorrió la espina dorsal. El olor mohoso, y salado de la sangre le golpeó la nariz. El gruñido encolerizado del oso hizo a Emmett sacudir la cabeza, tratando de borrar el sonido. El animal se alzó sobre las patas, una vez más elevándose por encima de él, cerca. Tan cerca.
Se armó de valor. Iba a ser un guerrero. Uno valiente. Emmett alcanzó la lanza. Un arma era todo lo que un niño podía llevar. El oso le dio un golpe, las garras le rasgaron la tela de la camisa, le cortaron la piel de los bíceps. Con un poderoso golpe, el animal envió a Emmett al suelo, quitándole el aire de los pulmones con el golpe.
Olvida el dolor. Olvida la sangre. Olvida el miedo.
Una vez más, la visión de Emmett se agudizó. Tomó la lanza de nuevo, esta vez arrastrándola del cuerpo del oso. Pero no sin un precio. El poderoso animal lo arañó otra vez, dejándole un rastro de carne desgarrada cruzando desde el hombro hasta la cadera. El dolor era una agonía, y la visión se volvió borrosa, pero estabilizó la mano y apuntó al cuello del animal.
El animal cayó al suelo de nuevo, pero Emmett sabía que no volvería a levantarse. Enfocó la mirada con los ojos marrones oscuros del oso. Una ola de angustiosa compasión se instaló en él. Esto era por lo qué los guerreros nunca contaban sus experiencias.
El oso tomó una respiración trabajosa, la sangre goteando de su hocico. Emmett apretó los ojos con fuerza, luchando contra las náuseas que le amenazaban. La mirada volvió a los ojos vidriosos de dolor del oso. Él estaba deshonrando el espíritu de este gran animal al dejarlo que sufriera. El alma del oso clamaba por la liberación. Su próximo viaje.
El momento había llegado.
Emmett agarró la lanza una vez más, y entonces la sumergió directamente en el corazón del oso, poniendo fin a su vida. Un torrente de energía se estrelló contra él, casi tirándolo hacia atrás. Luchó contra esto, pero estaba rasgando y desgarrándole el alma. La energía del oso se fusionaba con su propia naturaleza, convirtiéndolo en el guerrero que el resto del reino conocía como berserkers2.
Notó que los músculos le comenzaban a temblar, sintiéndose débil por la pérdida de sangre. Sin embargo, las heridas se curarían. Él sería más fuerte que nunca. Tragó aire y se tambaleó de regreso por el camino hacia el lugar donde se había separado de su padre.
Un gran alivio cruzó por el rostro de su progenitor, y sus ojos marrones se calentaron cuando vio que se acercaba. Emmett inmediatamente se enderezó a pesar del dolor. Él era un guerrero, saludaría a su padre de esa manera. Pero su padre lo abrazó, lo agarró y lo mantuvo apretado contra su pecho. Por unos momentos disfrutó del orgullo y el amor de su predecesor antes que lo separara y comenzara a recoger los suministros del campamento.
—Fue más difícil de lo que pensaba. No creí que me sentiría así —exclamó Emmett sin ninguna razón que pudiera adivinar. Lamentó la erupción de las palabras instantáneamente. Esos eran los sentimientos de un niño. No de un hombre. No de un guerrero.
Pero su padre asintió con la cabeza.
—No se supone que sea fácil. Quitar una vida, cualquier vida, nunca debe ser algo que se hace sin necesidad y compasión —se puso de pie, arrojando la mochila al hombro— Guíame al oso. Tenemos que prepararlo.
Caminaron en silencio juntos, cruzando hacia la tierra sagrada donde el oso había tomado su último aliento. Su padre le enseñó a honrar al oso en las formas antiguas, y luego se pusieron a trabajar.
—Ahora posees el corazón del oso. Como guerrero Ursa, llevarás el espíritu del oso contigo. Tu espíritu oso siempre estará ahí, esperando en silencio dentro de ti, listo para que lo llames. La fuerza del oso acude a ti cuando usas tu Bärenhaut3 —le dijo su padre, levantando la piel de oso—. No te pongas su piel sin pensarlo y sin una cuidadosa consideración. Serás capaz de matar, Emmett, y matar con facilidad. Pero sólo con honor.
—Lo haré, padre —prometió con un humilde sentido de orgullo—. ¿Qué hacemos ahora?
—Cogemos la carne para que nuestra gente pueda comer. Las garras las usaremos para nuestras armas. No desperdiciamos lo que el oso nos ha dado. Respetamos su sacrificio —su padre pasó un dedo por la piel del oso—. Pero la piel, te pertenece a ti. La usarás sólo cuando vayas a la batalla y debas convocar al espíritu del oso.
Como había observado con su padre, y a la docena de guerreros Ursa que custodiaban su tierra. Ahora él se unía a sus filas de élite.
Llegaron por la noche. Pero entonces los vampiros eran más fuertes. Atacando cuando todos estaban dormidos. Mientras que los guerreros y sus hijos estaban en el Bärenjagd. La elección de unos cobardes.
Los gritos de las mujeres llenaban el aire de la noche. El incendio de casas, graneros y silos de granos ardiendo iluminaba el cielo. Padre e hijo asimilaron la escena de allí abajo. La madre de Emmett estaba allí. Su hermana.
Su padre se despojó de la ropa, agarrando su Bärenhaut y la espada, que nunca estaban lejos de su alcance. La piel de oso de Emmett no estaba preparada, aún no estaba seca por el sol, pero aún así tomó la piel, colocándosela sobre los hombros desnudos. Sangre y tendones todavía se aferraban a la piel, y se filtraban a través de las heridas en el brazo y el cuerpo. Una ira poderosa se apoderó de él. No sentía nada más. No más tristeza por el oso, ni inquietudes, o preocupación por sus hermanos o hermanas y su madre, ni la angustia por la pérdida de los almacenes de alimento que mantendrían vivo a su pueblo a través de los rigores del invierno. Emmett no sentía nada más que rabia asesina.
Con un grito de guerra, se lanzó colina abajo, a su villa, a su pueblo. Para la batalla. Sin prestar atención a la advertencia de su padre. Un vampiro se volvió ante el alarido, con la sangre goteando de su barbilla, y una fría sonrisa en sus crueles labios.
La ira, la fuerza de su rabia, lo dominó. Cargó hacia el vampiro, agarrándole el cuello, arrancándole la carne, desgarrando el cuerpo de la criatura con sus propias manos. No le hacía falta una estaca, sólo el puño, golpeando a través de la piel, los huesos, al corazón de su interior. El vampiro colapsó a sus pies.
Emmett se volvió, dispuesto a matar a otro. Y así lo hizo. Una y otra vez. Pero los guerreros Ursa eran superados en número. Armados con palos, los vampiros esperaban para emboscar a las parejas de padres e hijos que regresaban lentamente, fáciles objetivos ignorantes. Las criaturas sabían lo que estaban haciendo, luchando contra gente sin espadas ni fuego.
Los cuerpos de sus vecinos estaban entre los bebedores de sangre que él había matado. A lo lejos, todavía veía a su padre en la lucha, abordando fácilmente a dos vampiros, con su berserkergang4 como un aliado de confianza. Pero entonces vio caer a su padre. Los vampiros estaban listos para chupar lo último de su fuerza vital. Su espíritu.
—No —exclamó mientras la furia crecía, se construía. Tomó la espada de uno de los vampiros caídos mientras corría. La hoja podría no hacerles daño a su cuerpo, pero encontraría un hogar en el amargo y oscuro corazón de un vampiro.
El chupasangre en la garganta de su padre perdió la cabeza sin saber que la amenaza se aproximaba. El segundo vampiro fue capaz de dar batalla, alimentando la ira de Emmett. Se echó a reír en el amanecer mientras el vampiro caía a sus pies. Se dio la vuelta listo para más, para matar a más. La rabia sólo se aliviaba con la muerte de su enemigo. Pero estaba rodeado.
Los vampiros se movían a una velocidad increíble para unirse a los que poco a poco le rodeaban. A pesar del berserkergang sobre él, y el espíritu del oso llenándolo, sabía que no podría derrotarlos a todos ellos. Los vampiros se habían asegurado de que no hubiera nadie para ayudarle.
Se cercioraría de llevarse con él a tantos como pudiera cuando muriera. Levantó la espada, preparándose para la batalla.
Tan pronto como los vampiros se movieron para rodearlo, se detuvieron. La luz empezó a filtrarse a través de las hojas de los árboles. Uno por uno los vampiros huyeron, más rápido de lo que podía seguirlos con los ojos.
—Volver y pelear —los llamó.
El sonido del susurro del viento sobre la hierba fue la única respuesta.
—Luchar, cobardes.
Pero la ira iba desapareciendo, y sólo la angustia quedaba en su lugar. La piel se le comenzó a caer de los hombros.
Los vampiros que aún quedaban agonizando en la tierra empezaron a chisporrotear. El humo de sus cuerpos se elevó hacia el cielo, y pronto no fueron más que cenizas. El olor era horrible, y él se alejó, hundiéndose en el suelo junto al cuerpo de su padre.
Levantó la mano de su progenitor. Estaba fría y sin vida. Las lágrimas le pincharon los ojos, pero parpadeó para alejarlas, en honor al espíritu del hombre que había muerto para salvar a su pueblo.
El vampiro al que Emmett le había quitado la cabeza no dejó nada atrás, excepto su túnica. Bajo el amparo de la noche, no se había dado cuenta que los atacantes habían estado vestidos de forma similar. Su propio pueblo no se vestía igual cuando se enfrentaba a la batalla. Sin embargo, un reino del reino lo hacía. Los vampiros mágicos de Elden. Reconoció los colores azul marino y púrpura de la Guardia Real militar de Elden.
No tenía ningún sentido. Nada tenía sentido. Había habido paz entre su pueblo y Elden durante varias generaciones. El rey sólo tenía que pedirlo, y los guerreros Ursan lucharían a su lado.
Sólo una cosa tenía sentido en la mente de Emmett: Cada residente de Elden iba a morir por su mano.
El día estuvo lleno de trabajo duro, y horrible. Con cuidado juntó los cuerpos de su gente, tratando de recordarlos como lo que fueron: Sus vecinos, sus compañeros de escuela, y no los cuerpos sin vida cubiertos de sangre y profanados por vampiros sedientos de sangre. Encontró a su madre acunando el pequeño cuerpo sin vida de su hermana, protegiéndola incluso después de muerta. La muñeca de oso favorita de su hermana con su vestido rosa con volantes estaba cerca. Pisoteada.
En el momento en que el sol estaba en lo alto, la espeluznante tarea estaba casi completa. La tradición dictaba que la pira funeraria debía prepararse al atardecer, la quema por la noche. Pero sospechaba que su familia lo perdonaría por no convertirse en un blanco fácil para los vampiros a la espera de arrancarle la garganta. Excepto que había dos miembros de su familia en paradero desconocido. Sus dos hermanos menores, Seth y Collins.
Por primera vez desde que el berserkergang lo dejó, y era libre para ver la carnicería dejada tras el paso de los de Elden, Emmett sintió una punzada de esperanza. Sus hermanos menores jugaban a maratonianos escondites, pero esta vez su habilidad para no ser encontrados les podría haber salvado la vida.
Y su hermano mayor, conocía su lugar favorito. Recogiendo el acero y la piel, Emmett se lanzó a la carrera.
Los terrenales olores de la cueva eran una bienvenida de alivio a las cenizas humeantes, la sangre y la muerte donde había estado trabajando. Silbó en la cueva. No oyó ningún sonido en respuesta, pero sentía que estaban allí. Quería que estuvieran. Lo necesitaba. Emmett nunca había entendido la fascinación de sus hermanos menores por este lugar. Odiaba el agujero cerrado y oscuro que era la cueva, pero después de las tareas domésticas, sus hermanos se pasaban horas en el refugio de la roca. Esperaba que fuera verdad en esta ocasión. Emmett dio un paso hacia el interior.
—Seth, ¿estás aquí? ¿Collins? Salir, hermanos —pidió en voz baja.
Oyó la rápida inspiración, y un alivio como ningún otro le hizo un nudo en la garganta.
—Soy Emmett. Toma mi mano —indicó mientras obligaba a los dedos a entrar más profundo en la cueva con temor y esperanza.
Fue recompensado con dedos más pequeños rodeándole la mano. Dos pares de manos. Gracias a los dioses.
Suavemente los sacó de la cueva, con sus rostros sucios parpadeando a la dura luz del sol tan bienvenida.
—Mamá nos dijo que nos ocultáramos —dijo Seth, la culpa ya endurecía su joven rostro.
—Queríamos pelear —defendió Collins—. Pero ella nos lo hizo prometer.
Les dio un rápido apretón a cada uno de sus hombros. De la forma en que su padre lo habría hecho.
—Hicisteis lo correcto. Ahora vais a vivir para luchar otro día. —Tal como él había vivido. Tal como él lucharía.
Después de recoger las provisiones que pudieron encontrar y llevar, sus hermanos ayudaron a Emmett a encender la pira, recitando una oración por los espíritus de su gente.
Los tres viajaron muy lejos de Ursa, cruzando a través de los diversos reinos de su mundo. Emmett pasaba los días procurando alimentos, tratando de mantener a salvo a sus hermanos y trabajando en su formación. Pero pronto aprendió que las únicas habilidades comercializables de un guerrero Ursa eran las de matar. Contratado como mercenario. Un asesino.
El niño que una vez había llorado la muerte de un intrépido animal ahora disfrutaba asesinando. El olor de la muerte. Las plegarias de su presa.
Emmett prosperaba bajo la amenaza de su muerte inminente. Ni siquiera el placer de encontrarse entre las piernas de una mujer podía acabar con la furia de la sangre. Sólo cuando se enfrentaba al acero de otra lanza los sentidos se despertaban. Sólo cuando el aguijón del dolor arremetía contra él sentía... nada.
Sólo cuando la sangre de la vida bombeaba el cuerpo con cada latido de corazón escuchaba el eco del pulso de sus antepasados.
Ahora desaparecidos. Todos muertos. Excepto él. Él siempre sobrevivía.
Sin embargo, la realeza de los diversos reinos del reino, empezaron a preocuparse y a temer a este hombre que alguna vez habían contratado. Un hombre que aceptaba trabajos sin hacer preguntas no era un hombre de confianza.
Ahora él era el perseguido.
Y una vez más, ocho años después de huir de su patria, Emmett reunió a sus hermanos más jóvenes y escapó, esta vez profundamente a las llanuras sagradas del oso, un lugar donde nadie más que un guerrero Ursa se atrevería a pisar. Y esos guerreros se habían ido todos.
1
Ritual de iniciación de la juventud a la edad adulta, donde se afronta el desafío de cazar un oso para poner a prueba su idoneidad, en especial su valor como guerrero. (NT).
2
Guerreros que combatían semidesnudos, cubiertos con pieles. Entraban en combate bajo cierto trance, casi insensibles al dolor y con todos los instintos y músculos preparados para la lucha. (NT).
3
Piel de oso. (NT).
4
Estado de conciencia alterado a la hora de entrar en combate, donde no se siente el miedo y el dolor. (NT).
