Él idolatraba a su comandante más que a cualquier cosa en el mundo. No solamente la admiraba por su innegable belleza, sino por su amabilidad y preocupación por sus soldados, especialmente por él cuando se sentía mal debido a la desnutrición. La amaba tanto que se tiraría al río Sena si ella se lo pidiese.

Aquel alegre jovencito fue el primero en admitir a Oscar como su comandante, sin importarle lo que dijera Alain después, ya que eso era lo de menos, no quería que su comandante de fuera.

Respiró profundo, tratando se calmar los desbocados latidos de su corazón, apretando fuertemente un ramo de flores.

— Vamos, François, tú puedes. — Se dijo tratando de animarse.

Tocó la puerta del despacho de Oscar con su corazón latiendo fuertemente contra su pecho.

— Adelante.

Sintió que se derretía al escuchar la suave voz de la mujer. Abrió la puerta escondiendo las flores tras su espalda.

— François Armand, ¿qué sucede?

— Umm... Yo... Capitán, verá... — El nerviosismo le estaba jugando una mala pasada. El joven de cabellos claros extendió las flores hacia ella. — La amo, capitán Oscar.

La rubia estaba gratamente sorprendida ante la repentina confesión del joven de pecas.

— Vaya, no me esperaba esto. — Dijo la joven noble tomando las flores. — Disculpa no poder corresponder a tus sentimientos, François, pero lo aprecio.

Lágrimas comenzaron a salir por los ojos del pequeño François ante el rechazo, realmente no esperaba que ella lo aceptara, pero le dolía.

— N-No llores. — Dijo la rubia preocupada.

Oscar suspiró y se acercó a él para depositar un suave beso sobre su mejilla. Aquella acción de su comandante le hizo detener su llanto y provocar que sus mejillas adquirieran un brillante color rojo.

Amaba a su comandante, realmente la amaba. Tal vez sus sentimientos no eran correspondidos, pero aquel inocente beso había sido suficiente para él.