Muchas gracias por los comentarios! también a los Guest, a los cuales no pude responder por razones obvias ._. a las que odian a Alison: no la odien :c ella es bonita, sólo un poco... inconveniente XDDD.

Nuevamente agradecimientos a mi beta, Ayleen, por su infinita paciencia con mis dramas existenciales que sufro escribiendo esta historia, Por aguantar los "¿LIIIIN, QUÉ PONGO AQUÍ? ;o;" y las infinitas preguntas que le hago acerca de cualquier cosa :')

Sin más, el capitulo :3


III

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Agosto 29, 1939

Querido Alfred:

Nuevamente la carta llegó algo tarde. El señor George se tomó especialmente el tiempo de pasar por mi casa para entregarme la carta y, honestamente, me has dado una alegría. No había tenido buenas noticias en semanas y me hiciste reír bastante ¡Aunque no es porque me parezca gracioso, sino que me dan risa tus estupideces, tenlo en cuenta! Por otra parte ¿Mew-correo? ¿Es enserio? No sé quién está más loco, si tú o mi vecino.

Como te había contado anteriormente, los extranjeros que llegaron me han puesto la vida patas arriba. Luego de prácticamente convivir con ellos un tiempo he recordado como era vivir en familia… esa calidez en la sala, la certeza de que alguien está esperando tu llegada y las comidas llenas de risas. Con el que más paso es con Gilbert (el prusiano) porque irrumpe en mi casa sin pedir permiso, aunque me agrada mucho tomar el té con Roderich y hablar con Ludwig (hermano menor de Girlbert).

La vida aquí a estado tranquila, aunque ya no llegan turistas por aquí por lo que está algo aburrida, aunque de todas maneras a mi librería no entra casi nadie si no son clientes habituales. Espero, sinceramente, que se mantenga así… aunque muera de aburrimiento (sin embargo con Gilbert cerca es imposible).

Arthur Kirkland

PD: es siempre porque sí.

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Leyó nuevamente las últimas palabras, como queriendo encontrar frases escondidas entre ellas que aún no había visto. Esa era la última carta que había recibido de Arthur. Llegó hace tres semanas y, como era costumbre, escribió su respuesta inmediatamente, preguntándole como ha ido todo por allá y como lo están haciendo, luego fue al correo y la envió. Desde entonces ha estado esperando una respuesta.

Estaba preocupado por Arthur, no le gustaría imaginar que alguien como él, tan tranquilo y corazón de abuela, fuese reclutado por el ejército. Desde que supo lo de la declaración de guerra estaba con el corazón en la mano; ni siquiera había podido invitar a Alison a un café de lo nervioso que estaba.

La vida había estado bastante agitada, ahora que le habían puesto más horas de servicio en el trabajo estaba de aquí para allá todo el día. De cierta manera lo agradecía, así no se detenía a pensar todo el día en Arthur, aunque no podía evitarlo cuando lo dejaban tranquilo.

No podía evitar preguntarse, porque procuraba ser lo más sincero consigo mismo, por qué pensaba tanto en el inglés, si sólo se conocían a través de cartas y ni siquiera se habían visto en persona. La única idea que tenía de la apariencia de Kirkland era aquella fotografía en blanco y negro, que guardaba como su posesión más preciada.

… Okay… eso era raro.

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando se escucharon tres suaves golpes a la puerta. De manera cansada y un poco curiosa se levantó del sillón, dirigiéndose hacia la entrada para abrirla despacio. Para su sorpresa, terminó encontrándose cara a cara con la señora Molly.

—Buenas tardes, Alfred — saludó ella con una sonrisa maternal. Le devolvió la sonrisa lo mejor que podía con su cara de no-he-dormido-desde-hace-días.

—Buenas tardes, señora.

— ¿Puedo pasar?

— ¡Por supuesto! —respondió, haciéndose a un lado para dejarla pasar.

La anciana entró a velocidad pausada, siendo seguida por la mirada azul del dueño de casa. Una vez estuvieron en la sala Molly se sentó en uno de los sillones, en tanto Alfred seguía mirándola con curiosidad, aún parado.

— ¿Le ofrezco un café? —preguntó más por cortesía que por otra cosa, llamando la atención de la visita.

—No, no te molestes —dicho esto Alfred se sentó en el sillón desocupado, quedando frente a frente. Iba a decir algo cuando ella tomó la palabra —. Sólo vine a dejarte algo —¿Algo? Rápidamente se acomodó en el asiento, acercándose un poco más a la mujer. Esta inmediatamente comenzó a sacar, un poco lenta, algo del bolsillo de su falda. Cuando vio algo blanco salir de la tela se enderezó completamente… sería… lo era.

Un sobre blanco.

—Llegó esta mañana, el cartero me dijo que venía del otro lado del atlántico —le explicó la mujer, con un tono que conservaba la sorpresa de cuando tomó el sobre en sus manos por primera vez.

Por otro lado, Alfred se había quedado estático. Tomó la carta con las manos temblorosas y ahogó un grito de júbilo en la garganta cuando vio la caligrafía que él ya conocía.

"Para: Alfred F. Jones

De: Arthur Kirkland.

Common Street#240 , Charlestown, Boston, Massachusetts. USA"

—Muy bien, me retiro —anunció la señora, comprendiendo que Alfred necesitaba tiempo a solas para leer. Mentalmente, se preguntó si ese tal Arthur era algún familiar británico de chico. El rubio salió bruscamente de su ensoñación y, algo atontado, se paró también de su asiento.

—Muchas gracias por tomarse la molestia.

—No es nada —cerró la puerta, quedando a solas nuevamente. De inmediato corrió a su habitación para leer tranquilamente la carta, abriéndola, extrañamente para el momento de euforia, con una delicadeza que le sorprendió a sí mismo.

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Septiembre 9, 1939

Querido Alfred:

Como ya debes saber, se volvió realidad mi mal presentimiento: llegó la guerra. Cuando realmente nos dimos cuenta fue cuando estábamos todos histéricos por la llegada de los militares, reclutando gente. Era totalmente voluntario, pero fue especialmente triste ver partir a los jóvenes motivados por los fantásticos discursos de los veteranos.

Muchos se fueron a buscar refugio a las ciudades mediterráneas, aterrorizados por la idea de que hubiera un desembarco alemán en nuestro puerto. Yo decidí quedarme, más por obstinación que por algún tipo raro de valentía. Como sabes, debo cuidar el jardín y la casa de mi madre, no me voy a ir sólo para que lo ocupen los soldados y destruyan todo en los que hemos trabajado ella y yo.

Al parecer, los Bielshmidt y los Vargas tomaron la misma decisión, Dejando con ellos a Elizabeta y a un español recién llegando desde el continente, su nombre es Antonio. Cuando los soldados les interrogaron y quisieron deportarlos por su nacionalidad yo me metí en la discusión, alegando que ellos habían escapado porque estaban en contra del régimen. Los dejaron quedarse.

Si te soy sincero… estoy asustado. Pero no es como si vaya a pasar nada de todas maneras, sólo estoy preocupado porque si desembarcan aquí probablemente Feliciano se pondría a llorar y eso no sería agradable, ya sabes, los italianos tienen la merecida fama de ser escandalosos.

Como sea, estoy bien hasta ahora, y Scone también lo está. Espero que tu país siga en paz.

Arthur Kirkland

PD: no es necesario que vengas a rescatarme, idiota. Soy un hombre no una damisela "

Rió leyendo lo último, había respondido a su desesperada frase de "¡Voy a ir a rescatarte aunque tenga que atravesar nadando el Atlántico!". Le alegraba que estuviera bien, y le hacía sentir increíblemente mejor que hasta ahora el reclutamiento fuese voluntario, así estaría parcialmente a salvo al menos por un tiempo.

Suspiró, recostándose en la cama junto a Brownie quien lo había estado observando desde hace un rato. Acarició el pelaje de su gato casi con la punta de los dedos, inconscientemente preguntándose si el cabello de Arthur sería tan suave.

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Escuchó un ruido fuerte que finalmente terminó por despertarlo. Con mala cara se irguió en la cama, tratando de ver tras las cortinas qué demonios ocurría tan temprano. "Más militares", pensó, ya aburrido, desperezándose para salir de la cama a sabiendas que no iba a poder dormir mucho más con tanto escándalo.

Una vez estuvo de pie se dirigió hacia el baño para darse una ducha rápida; Apenas se desnudó sintió el frio que reinaba en la habitación, que poco a poco iba entibiándose con el vapor del agua. Se metió a la ducha, relajándose instantáneamente cuando el agua caliente tocó su piel, pero a sabiendas de que debían ahorrar agua comenzó a asearse. Cuando salió fue a su habitación a vestirse con la máxima pereza, pero algo más despierto. Finalmente salió vestido y fresco, yendo directamente a las escaleras para bajarlas lentamente. Se dirigió hacia la cocina y, al entrar, una voz lo alertó.

—Hasta que bajas, Señorito Número Dos —lo saludó Gilbert con la boca llena de algo que supo identificar como pan, sentado en una de las sillas de la mesa. Al mirar alrededor se dio cuenta que en la mesa también estaban Antonio, Roderich y Ludwig, mientras que cocinando se encontraban los hermanos Vargas y Elizabeta.

— ¿Qué hacen aquí? —preguntó, más por costumbre que por verdadera sorpresa.

—Lo correcto sería decir buenos días —se quejó el austriaco, comiendo elegantemente.

—¡Arthur, ven a comer! —le llamó Feliciano, sirviendo un plato con tostadas y una taza humeante de té para él.

—Lamentamos mucho entrar así en tu casa, en especial mi hermano.

—¡Yo no estoy arrepentido, maldición!, ¡que lo sepas, macho patatas!

—Sólo es la casa del Señorito Número Dos, West. A nadie le importa.

—Brüder…

—¡Deja de decirle de esa manera tan desagradable a Arthur! ¡Siempre haces lo mismo, Gilbert!

—El asombroso yo no te hará caso, marimacha.

—¡Hey, Lovi!, ¿Hay tomates?

—¡No para ti, bastardo!

—Te he dicho que no trates así a una dama, Idiota.

—Ella tiene de dama lo que tú de macho, Kesesesese.

—¡Pero Lovi-Love!

—¡Ya cállate, Gilbert!

—¡Te dije que no, Che palle! ¡Fotutto bastardo!

—Ve~, Ludwig se está enojando

—¡YA, CÁLLENSE TODOS, QUE ESTA NO ES SU CASA! -gritó finalmente Ludwig, deteniendo el caos.

Arthur sólo se había quedado parado en la puerta, ya acostumbrado a todo ese escándalo, mirándolos a todos como quien ve un documental acerca de los mil y un tipos de papel confort que hay en el mundo, o sea: ninguna gracia. Una vez se callaron todos se sentó al lado del germano menor, quien seguía rojo de ira.

Desayunaron con una charla más calmada y amena, con algunas risas y comentarios irónicos sobre los militares. En el fondo, todos sabían que sólo estaban ignorando la situación actual.

Se escucharon unos golpes en la puerta. Por un momento todos se tensaron, hasta que se escuchó la voz del señor George, el cartero.

El inglés se paró de la asilla y se dirigió hacia la puerta para abrirla. El anciano ya no estaba, pero si había un fajo de cartas con su nombre. Lo tomó, comenzando a revisarlo cuando vio algo que le llamó la atención, se detuvo al instante.

"Para: Arthur Kirkland

De: Alfred F. Jones

Mary Arches Street Jones

Mary Arches Street #422 Exeter, Devon, UK"

—… ¿Arthur? ¿Qué haces ahí parado? —volvió en sí. Antonio estaba mirándolo extrañado.

—Nada —guardó las cartas en el cajón del mueble ubicado al lado de la puerta, todas excepto una—. Voy a estar en la biblioteca. No molestes —se fue rápido, entrando en ella.

—¡Ni que necesitara algo tuyo, cejón! –Arthur cerró la puerta con seguro, se sentó en su silla preferida y, temblorosamente, abrió la carta.

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Septiembre 19, 1939

Querido arthur:

No sabes cuanto me alegro de que estés bien. La carta esta vez llegó muy atrasada, como una semana mas o menos… ya temia que no llegara.

Aquí no se ha alterado nada, aunque todos hablen fugazmente de la guerra que se está gestando en europa, como si no tuviera mucha importancia. Acaso nadie siente algo de compasión? Salieron de una guerra para entrar en otra y a nadie aquí, si no le afecta, parece importarle.

Si te soy sincero me dejó algo desconcertado que el mundo siguiera moviéndose tal cual antes de la guerra, por las tardes voy siempre al café a oír la radio o a leer los periódicos en busca de noticias. Aún no hay nada, pareciera que la guerra aún no ha estallado totalmente para los que están fuera como nosotros, pero no se a ciencia cierta como la estarás pasando ahora, salvo la idea que me diste en la carta anterior.

Si pudiera hacer algo para ayudarte sabes que lo haria, A veces incluso me dan ganas de traerte aquí junto a tus vecinos, así no tendría que estar pegado a la radio todos los días, ustedes estarian seguros y lo más importante: ¡ya no gastaríamos tanto en estampillas! Sería genial, aunque de momento eso parece imposible .porque no quiero perder contacto contigo Cuando tenga tiempo seguiré al pendiente de la situacion, así que si te enlistas lo sabré (¡no te enlistes!)

Alfred F. Jones

PD: Se que eres un hombre, arthur, pero todos necesitamos ser rescatados alguna vez. Déjame ser tu héroe.

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Terminó de leer con el pecho apretado y las manos inquietas y sudorosas. Estaba casi seguro de estar alucinando, pero por otra parte había un pequeño malestar que se encargaba de repetirle una y otra vez al oído que, efectivamente, no quería estar equivocado.

Sintió que golpeaban la puerta de manera suave y destartalada. Inquieto aún se limpió las manos en los pantalones y escondió la carta en el primer cajón de la mesa junto a la silla, la que tenía una lámpara.

—Adelante —dijo con la voz temblorosa. Vio sorprendido que quien entraba era Feliciano.

—Perdona la intromisión, Arthur —se disculpó el italiano, caminando hacia él. Suspiró tratando de calmarse aún.

—No importa, ¿qué necesitas?

—El señor Roderich te llama, al parecer tiene una nueva partitura y le gustaría verla contigo —le explicó con una sonrisa. No era secreto que Feliciano disfrutaba mucho escuchar esas charlas musicales.

—De acuerdo, voy enseguida.

—Vale, te está esperando en la sala.

Dicho esto el más joven salió de la biblioteca, dejándolo nuevamente sólo. Suspiró antes de seguirlo, pero antes abrió nuevamente el cajón donde había guardado la carta de Alfred.

Leyó de nuevo la última línea, sintiendo nuevamente algo cálido recorrer su espina dorsal y dejarle las manos inquietas. Por último la guardó, saliendo finalmente.

La frase tachada seguía diciendo: "Déjame ser tu héroe"

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…No podía estar pasando…

Hace un rato estaba tomando tranquilamente un café con Alison, como le había prometido. Le había ido a buscar como buen caballero al trabajo, se había vestido y peinado correctamente e incluso había utilizado agua de colonia para perfumarse. Ella estaba linda como siempre, pero se podía ver que había ido a la peluquería para arreglar su cabello y estaba más maquillada de lo usual. Apenas la vio, le regaló el ramo de Claveles que había comprado para ella.

Pasearon por las calles, ella agarrada de su brazo y él dirigiéndola hacia el local destino. Se sentaron en una mesa, encargando las cosas al mesero; conversaron de temas triviales y algunos no tanto. Alison tenía un leve rubor en las mejillas, Alfred tenía una sonrisita nerviosa.

Tomaron el café acompañado de pastelitos de Milhojas, hablaban fugazmente hasta que terminaron y decidieron regresar. Caminaron en silencio agarrados de las manos por petición de la joven mujer. Alfred estaba concentrado en la pequeña forma femenina de las manos de su cita, también en la suavidad y la calidez, pero no pudo evitar sentir que algo no estaba bien.

Llegaron al edificio, subiendo las escaleras con, al menos para Alfred, tortuosa lentitud. Cuando al fin llegaron al cuarto piso acercó a la chica a su puerta, queriendo dejarla ahí. Le dio las buenas noches y dio media vuelta dispuesto a irse cuando sintió la mano de Alison detenerlo. Se giró hacia ella cuando pasó…

Ella lo besó… y él no sintió nada.


I know, I know... me odian, lo sé, lo huelo, lo pwedziento (en español: lo presiento) :c

pero es necesario u.u Alison es necesaria... ya sabrán por qué.

...¿Por qué siento que me llegarán amenazas de muerte?