Título original: Ten Little Soldiers

Título: Diez pequeños soldados

Autora original: Orrunan

Traductora: Xanyxhi

Resumen: Traducción autorizada. Los defensores de la ley, de todas partes, deben de odiar lidiar con la Vongola. Diez veces trataron de lidiar con la Famiglia que no sólo rompe las leyes de los hombres, sino que también las leyes de la física; porque hasta donde el juez y el jurado sabían, balas mágicas no existían.

Disclaimer: Nada de esto es mío; KHR! Pertenece a Amano-sensei y la historia a Orrunan; así como tampoco estoy haciendo un negocio de esto.

Xanyxhi: No sé qué cara poneros. Me disculpo por mi ausencia, tuve ciertos problemillas de salud y luego mis clases estaban consumiendo todo mí tiempo (para que tengáis una idea, todas las siguientes actualizaciones de las historias que traduzco fueron hechas durante estaba en mis clases, y cuando encontraba tiempo las transcribía a la compu. Porque al parecer traducir era más importante que prestar atención XD). Debería de tener un poco más de tiempo ahora que mí horario se ha despejado un poco, ¡yuju~!


Capítulo III

Ayuda Vacacional

Ocho pequeños soldados viajando por Devon;

Uno dijo que se quedaría ahí, y entonces quedaron siete.


Polenta Filipepi no lo sabía, pero actualmente tenía el record por estar encubierto en Vongola y haberse quedado encubierto. Lastimosamente, nadie más lo sabía tampoco ya que él estaba en el olvido fuera de la ciudad en la que estaba situado.

Pacientemente hizo su reputación dentro de la Famiglia Vongola bajo el nombre de Piero Torregrossa por más de dos años y estaba más que todo enojado de que había sido situado en Zurich, Confederazione Svizzera. Nada de gran importancia pasaba nunca en Suiza aparte de ciertas transacciones bancarias en las que no tenía ninguna oportunidad de hurgar. Había estado fuera del camino durante dos guerras mafiosas pequeñas y el Incidente de la Cuna–había sido dolorosamente vergonzoso el explicar a su Inspettore Capo el hecho de que no tenía ni idea de lo que trató, excepto que el hijo de Nono era rumorado como perdido después. Ahora un adolescente japonés—¿por qué japonés, de entre todas las cosas?— había sido declarado el siguiente don y que Xanxus Vongola era rumorado de haber aparecido de nuevo y que estaba fuera del asunto por eso.

Todas las cosas consideradas, Polenta estaba más que feliz de ser llamado a Italia. Tal vez finalmente se involucraría en la mafia, aprendiendo más que de unos lavados de dinero menores e insignificantes intercambios de droga.

Era la primera vez que había estado en La Mansión Vongola. Tenía un terreno de 32,375 metros cuadrados plantados con árboles de olivo, naranjas y magnolias; los ojos experimentados de Polenta podían captar cámaras escondidas entre las sombras verdes y doradas mientras recorría el camino hacia el edificio. Robles antiguos y árboles de cipreses rodeaban la villa, la cual tenía un edificio color crema con muchas torres. El crimen si parecía pagar, pensó secamente mientras que finalmente llegaba al patio de la villa.

Había un hombre de aspecto oriental con un traje negro, la chaqueta abierta dejando ver una camisa blanca, y una pequeña niña que se dirigía hacia afuera por las puertas frontales justo cuando Polenta llegaba a la escena. El hombre tenía un cabello de color rubio oscuro, por lo que Polenta sospechó que era medio europeo en origen y la niña era una cosita adorable, vistiendo un traje infantil de combate, una capa roja, un visor infrarrojo de juguete y un pacificador alrededor de su cuello. Polenta siempre había tenido un lado débil para con los niños y cuando ella frunció el ceño que hasta nubes de tormenta podían verse acumulándose a su alrededor, el sintió su corazón derretirse.

Entonces volvió su cara y vio una violenta cicatriz roja en su mejilla izquierda y se molestó. La mafia no era un lugar para que un niño creciera.

—Tus próximas órdenes —el hombre dijo—, serán que te tomes unas vacaciones. —Hubo un momento de silencio.

—Unas… vacaciones, —preguntó la niña como si no supiera lo que la palabra significaba. El hombre asintió vigorosamente.

—Ya sabes, viaja por el mundo, disfruta el paisaje, hacer lo que se te antoje por un mes. Te hace falta una y le romperías el corazón a Colonello si una úlcera te envía a tu tumba temprano. —El hombre colocó ambas manos sobre su corazón mientras decía esto. La niña hizo un sonido de molestia.

—¡Cómo si me importara lo que Colonello piense! —protestó, una niña en una idead cuando los niños aún tienen piojos—. No creo que entiendas. Hay mucho que hacer por aquí y no podemos estar seguros de que el futuro de Millefiore se ha ido para bien ¿y tú quieres que me tome unas vacaciones? —la niña preguntó con una voz que era completamente dura, haciendo que Polenta frunciera el ceño. ¿Qué clase de reuniones estaba permitiendo el hombre que su hija asistiera para que ella hablara de esa forma? (Millefiore, una parte de él guardó el nombre para investigarlo después. Ese no era un nombre que hubiera escuchado antes). Una niña de esta edad debería preocuparse acerca de fiestas de té para sus muñecas. El hombre sacudió una mano despreocupantemente.

—Nos estamos haciendo cargo de eso. Sólo pienso que necesitas un descanso, Lal. —Trató de acariciarle la cabeza y ella apartó su mano de ella. Polenta tenía un sentimiento de que algo estaba mal con esta imagen y el sentimiento seguía creciendo.

—No sabría qué hacer con un descanso —admitió finalmente Lal. El hombre rio un poco.

—Ah, cierto. Ha pasado un tiempo desde que tuviste una vacación, ¿verdad? —Él se detuvo a pensar, luego golpeó su mano izquierda con su puño y le sonrió radiante—. ¡No te preocupes, tengo una gran idea!

El ignoró sus murmullos de "eso es lo que me temo" y se volvió a ver a Polenta, quien estaba congelado bajo esos ojos marrones. Eran sumamente amigables, sonrientes incluso, mas sin embargo rompió a sudar bajo su propia chaqueta. Había peso detrás de esos ojos y el decidió que realmente no quería hacer enojar a este hombre, nunca.

—Oye, ¿Cuál es tu nombre? —preguntó. Ahora Lal estaba demandando que hiciera que extrañas personas se hicieran cargo, pero él la ignoró.

—Piero Torregrossa, Signor —respondió rápidamente.

—Soy Iemitsu Sawada, líder del CEDEF y ella es mi subordinada Lal Mirch. Tu trabajo será el de ser su Ayuda Vacacional por un mes. No te preocupes, tendrás un presupuesto.

Así que este era el padre del futuro Don Vongola. El sentimiento de que se estaba perdiendo de algo se puso aun peor, pero Polenta no quería parecer difícil frente a este hombre. Quien aún estaba sonriendo como si fueran los mejores amigos. Decimo tenía que ser una persona formidable para haber sido criado por este hombre. Bueno, Polenta pensó, no sentaría mal caer en gracia con el líder del CEDEF y padre del futuro Don. Caminó hacia ellos y se agachó, apoyando sus manos sobre sus rodillas.

—¿Qué opina acerca de ir a Disneyland, Paris, Signorina Mirch? —preguntó. Su rostro se oscureció y fue su turno de congelarse bajo sus ojos cafés, casi como un tono rojizo.

—¿Acaso quieres morir? —preguntó. Sawada rio.

—Lal Mirch es una de los Arcobaleno —explicó, haciendo que Polenta casi se atragante con su saliva. Había escuchado historias fantásticas sobre ellos, por supuesto: asesinos e informantes y especialistas de combate y artistas marciales sujetos a una maldición que los había cambiado a bebés, pero que también les concedían habilidades y animales mágicos. Había muchos disparates raros en La Vongola acerca de supuestas habilidades pirocinéticas y anillos mágicos—como si participaran en un juego de roles de El Señor de los Anillos de Tolkien— y recientemente de cajas mágicas que se convertían en animales, pero Polenta nunca se percató de que tan serios estuvieran siendo realmente.

—Por supuesto, discúlpeme —dijo, hirviendo quietamente por dentro. Fue entonces que juró darle a esta pobre niña las mejores vacaciones de su vida y el de sacarla de semejante asilo de locos lo más pronto posible. Sawada palmeó su espalda y sonrió avergonzadamente, su cara desconectada de su verdadera mente.

—Se llevaran bien —Sawada prometió. Lal, Polenta notó, no prometió absolutamente nada.

Al final, fue él quien planeó su itinerario de viaje. Sawada le había dicho que la llevara en un tour y Lal sólo le había dicho que no la llevara a ningún lugar con personas molestas o lo lamentaría. Primero, iba a llevarla a España. El último miércoles del mes de Agosto estaba sólo a tres días y era en esa fecha cuando la pelea anual de tomates, La Tomatina, tenía lugar en Buñol, Valencia. No tan infantil para el orgullo de Lal, sin embargo una pelea gigante de vegetales era algo que cualquier niño definitivamente debería disfrutar. Luego estaba El Festival Aarhus en Dinamarca. Diez días y cada año con un nuevo tema y nuevos actos y entretenimiento. Había visitado sus páginas web y parecía que iban a tener un Festival Vikingo este año. ¿A qué niño no le gustaban los vikingos?

No estaba seguro de a dónde la llevaría después de Aarhus, pero con suerte estaría lo suficientemente relajada para ese punto para que el la llevara a un lugar para niños, tal vez incluso tocar el tema de buscarle un verdadero hogar.

Buñol, Valencia

Decenas de miles de personas habían estado arrojándose tomates los unos con los otros en España en lo que probablemente era la pelea más grande de comida del mundo. El folclor local decía como la pelea de comida había empezado entre dos jóvenes cerca de una mesa con vegetales en el pueblo a mediados de los cuarentas. Desde entonces, la batalla se había vuelto en un evento anual. Había cinco reglas en la pelea.

No puedes traer ninguna botella u objetos que puedan causar accidentes.

No puedes tirar o rasgar camisetas.

DEBES de aplastar los tomates antes de arrojarlos. (Para evitar lastimar a alguien).

Debes de ser cuidadoso por cualquier vehículo o carreta que se aproxime.

Cuando escuches el segundo disparo DEBES de dejar de tirar tomates.

Volaron a Valencia en primera clase. Era la primera vez que Polenta viajaba tan lujosamente y ahora estaba sintiendo un sentimiento muy amargo sobre lo bien que pagaba el crimen. Los puertos de electricidad para laptops individuales eran inútiles porque él no tenía una laptop, pero la comida era buena y servida sobre manteles blancos y utensilios de verdad, con la excepción obvia de los cuchillos. Por primera vez tenía espacio más que suficiente como para estirarse en su asiento y tenía un sistema de video personal en su asiento, con monitores personales y una variedad de programas y luces personales de lectura y divisores para la privacidad los separaban de otros pasajeros, como si alguien fuera a verlo y deducir que estaba fuera de lugar, lo cual no era un sentimiento confortable para un policía encubierta. Lal estaba vistiendo su capa roja y su traje de combate mientras se sentaba regente en su silla como una reina.

—¿Le gustaría algo de tomar, Signor? —una azafata hermosa le preguntó. Sólo había visto azafatas hermosas durante el vuelo y se estaba preguntado si tal vez habían sido escogidas por su apariencia para esta clase.

—Estoy bien, gracias. ¿Te gustaría algo, Lal? —preguntó a su cargo. Lal se encogió de hombros pausadamente.

—Agua mineral, por favor —dijo. La azafata cumplió enseguida, pero Lal no parecía obtener ningún placer con su bebida. Polenta se preguntó si tal vez le habían prohibido el tomar bebidas artificiales. Muy saludable y sensible, por supuesto, pero niños deberían ser permitidos ser niños.

—¿Hubieras preferido una soda? —preguntó. Lal le dio una mirada de desdén.

—Si hubiera querido una soda hubiera pedido por ella —le espetó.

El capitán del avión anunció que estaban a punto de aterrizar en Valencia. El aterrizaje fue algo inconfortable en vista de que los oídos de Polenta siempre habían sido algo sensibles antes los cambios de presión atmosféricos. Fueron pasados por las zonas especiales de chequeo y zonas de seguridad del aeropuerto y fueron ofrecidos un servicio complementario de limosina. Todo era genial y envidiable más sin embargo él estaba más que feliz cuando se quitó su traje en el hotel en el que se hospedarían.

Polenta llevó a Lal a mirar el primer evento del día: escalar un mástil grasiento con un jamón en el tope. Luego, a las once, un tiro sonó y Polenta le dio su visor rojo de piscina. Estaban parados justo al borde de la Plaza del Pueblo, ambos vistiendo camisetas viejas y trilladas y shorts que pudieran tirar cuando se acabara el día. Banderas rojas habían sido desplegadas sobre las calles. Las personas se estaban conglomerando alrededor, el aire estaba prácticamente cargado con anticipación y emoción y el sol estaba alzado sobre ellos en un cielo despejado y azul.

—Ponte esto, por seguridad, y ten cuidado. Van a haber muchas personas que no miraran por donde andan —aconsejó.

—Aún no veo como turistas arrojando tomates a otros se supone que es divertido —se quejó, sosteniendo una caja purpura en su mano. Era algo pequeña, lo suficiente como para que cupiese en su palma y le estaba dando una mirada pensativa. Polenta hubiera preguntado, pero fue entonces que los camiones llegaron en retroceso a la plaza y soltaron los tomates por todo el suelo. Fue entonces que el caos comenzó.

Hombres sin camisetas y mujeres en pequeños tops estaban abalanzándose sobre los adoquines, agarrando tomates y arrojándolos. Corrieron y gritaron y rieron y aplastaron sus proyectiles entre sus dedos, jugo rojo corriendo por sus brazos. En el medio de esto Polenta salvaguardó su cargo lo mejor que pudo, siendo golpeado en numerosas ocasiones y Lal era la misma imagen de dignidad ofendida hasta que un tomate le golpeó justo detrás de la cabeza. Alzó su mano hacia su cabello y tocó los pedazos de tomate fresco atascados ahí. Miró a sus dedos como si no pudiese creer lo que estaba viendo y luego sus labios se estrecharon en una sonrisa positivamente fiera.

—Oh, esta pelea acaba de empezar —gruñó. Y procedió a romper la regla número uno.

Presionó la caja en sus manos con su pacificador e irradió un purpura oscuro. Qué estás haciendo, Polenta iba a preguntar, pero no tuvo suficiente tiempo antes de que la caja se abriera con un flash y ahí había un ciempiés negro gigante.

Polenta miro fijamente. Ciempiés negro gigante. Tenía un aspecto que le recordaba vagamente de la película Alien y sus secuelas. Al principio quizás era del tamaño de un perro grande, lo cual era demasiado grande para un insecto jamás, pero creció y creció y creció hasta que le doblaba el largo de un caballo. No se arrastró hacia las personas regocijantes, se abalanzó y voló, disparando fuego purpura desde su cola, o quizás era su cabeza, Polenta pensó y se escuchó a sí mismo riendo. No sabía mucho de la anatomía de un ciempiés, cabeza o colas o lo que sea; oh, eso sonó como un juego de dados. Rio mientras que Lal Mirch tomaba un tomate y sin aplastarlo primero lo lazó a un hombre de edad media y subido de peso quien estaba apuntándole a ella a unos cuantos metros. No le dio, ella sí y él se dobló debido a la fuerza del tiro. Las personas estaban gritando y eran diferente clase de gritos ahora, llenos de miedo en lugar de alegría. El suelo estaba inundando con pasta roja aplastada y el olor a tomates era tan fuerte que Polenta pensó que podría impregnarse en su cerebro. Sus risitas se estaban comenzando a convertir en gimoteos y se mordió la mano, reconociendo los signos de histeria. Ciempiés negro pirocinético gigante de una caja mágica.

Lal Mirch sujetó por la camisa a una mujer de cabellos largos para poder arrojarla sobre la pasta de tomate. Desapareció de su vista pero no por mucho.

La pelea se había acabado con media hora de sobra y ellos eran los únicos de pie. Un camión había sido dado vuelta y una casi limpia Lal Mirch caminó hacia él con pasos firmes; él pensó que ella no rompió la última regla sólo porque no había nadie más a quien tirarle tomates. El sol dibujaba su sombra por detrás y las sombras podían ser cosas divertidas, porque por un segundo Polenta pudo haber jurado que vio la sombra de una mujer adulta.

—Tenías razón, Torregrossa. Esto fue vigorizante. ¿A dónde vamos después? —preguntó Lal Mirch. Polenta caminó cuidadosamente alrededor de los cuerpos inconscientes y rápidamente reservó boletos hacia Dinamarca.

Aarhus, Dinamarca

Polenta se la había pasado pensando en todo el viaje en avión por un reporte que tuviera alguna clase de sentido en su mente, fallando espectacularmente. El ciempiés probablemente era alguna clase de arma robótica, obviamente. Ahora, como era que cupo dentro de esa caja pequeñita, bueno, la tecnología era fantástica en estos días. Y la razón de que a Lal Mirch se le había dado esta nueva tecnología era porque en realidad ella era una mujer adulta quien había sido rejuvenecida de alguna forma, un milagro de la medicina por el cual personas mayores pagarían lo que fuera. Una mujer adulta rejuvenecida muy pero muy fuerte. Eso no se lo creía ni él.

Las noticias en la televisión contaban sobre un motín misterioso durante La Tomatina en Buñol: ¡alucinación colectiva de ciempiés monstruosos! Él había cambiado inmediatamente el canal.

Tenían unos cuantos días para pasar el tiempo antes de que el festival comenzara y se la pasaron viendo el lugar. Polenta se estaba acostumbrando a nombres de comida que no tenían nada que ver con la comida a la cuál estaban acostumbrados, excepto Blodpølse, del cual se había dado cuenta después de que estaba hecho de sangre real. Había sido una experiencia muy traumática. Habían dado un tour por la ciudad de Copenhague y habían ido a ver el Palacio Amalienborg y la estatua de la Sirenita en el muelle y gracias al cielo ni el ciempiés ni las tendencias violentas de Lal Mirch habían aparecido por segunda vez. Sin embargo él no podía evitar esperar a que se derramara la otra gota.

El primer día del Festival de Aarhus estuvo nublado y algo frio, pero al menos no estaba lloviendo. En este punto Polenta había decidido que pensar acerca de la verdadera edad de Lal Mirch, la cual no iba a preguntar sólo por si acaso era un tema delicado, tal vez estaba arruinando su cerebro, pero eso no quería decir que no fueran a los eventos de niños.

Las campanas de la iglesia estaban tocando y tocando y tocando como una advertencia de un ataque mientras caminaban por el mercado. Una mujer en un vestido simple y de aspecto histórico, delantal verde y hebillas grandes y plateadas estaba vendiendo cuchillos artesanales Vikingos. Eran un tanto pequeños, lo suficiente como para que Lal Mirch pudiera manipularlos sin ninguna dificultad, y ella estaba locamente contenta acerca de su calidad. Un cuchillo era más o menos igual que otro para Polenta, pero quería mantenerla feliz y su presupuesto de viaje era más que generoso por lo que terminó comprándole cinco. Trató de no pensar de la forma tan experta en la que los había escondido dentro de su capa roja.

—Quiero ir al bar ahora —decidió de la nada.

—¿Quieres qué? —el chilló, no creyendo lo que acababa de escuchar. Esta niña pequeña… quien quizás no era una niña pequeña de verdad, pero trata de explicarlo eso a alguien, ¿y qué hay acerca de su hígado? Lal estrechó sus ojos y agarró por delante la camisa de Polenta, acercándolo

—¿Estás diciendo que es una mala idea, Torregrossa? —demandó y dejó en claro que no había sido una respuesta correcta la suya.

—¡No! —se retractó inmediatamente, temiendo por su vida. Lal era una no-mujer de temer. Y estaba sonriendo sardónicamente ahora.

—Si no es malo —cantó casi con burla—, entonces quieres decir que es bueno. ¿Estoy en lo cierto?

—S-sí. ¿Pero dónde vamos a encontrar un bar en el que te dejen entrar? —Polenta pensó que sería mejor acceder a todo por ahora. Sí el salía de esto con vida, entonces estaría feliz.

—Déjame eso a mí, tengo buenos instintos.

Y quién lo iba a decir, de verdad habían un bar en Aarhus que lo dejaría entrar con Lal a las dos de la tarde. Ella tampoco era el único niño ahí, aunque era la más joven—la que parecía más joven. Grim Hund tenía lo que Polenta pensó que podría ser llamado como un encanto roquero único qué se acrecentaba por los niños descalzos y mugrientos corriendo alrededor y las sillas volcadas. Estaba medio iluminado y lleno de humo de cigarrillos. Sin mencionar el porno satelital en la televisión. Se sintió de nuevo fuera de lugar, estaba comenzando a pensar que estaba perdiendo su toque. De nuevo Lal Mirch encajaba como un respiro, marchando hacia el tabernero y demandando una soda. Polenta estaba muy ocupado sintiéndose aliviado de que no estaba tratando de comprar alcohol que no se preocupó del porqué había querido venir aquí en primer lugar.

No mucho después una voz dura llamó desde afuera "¡Politi!" y eso sonaba terriblemente similar a la palabra danesa para policía. Los hombres de barbas largas y sucias que ya estaban sentados en el bar ni siquiera pestañaron, pero hubo un sonido de algo siendo embestido y luego pasos. Una puerta que Polenta ni había visto—estaba disimulada como las paredes estaban— se abrió y pasaron por ella un éxodo de pandillas de niños de doce años al cuarto de atrás de la puerta debido a la redada policial. Había una mesa de billar, los palos abandonados por todo el piso. Se volvió hacia Lal Mirch para tomarla de la misma manera, pero las palabras en sus labios se convirtieron en un gemido cuando la vio tronándose los nudillos.

—Quería involucrarme en una pelea de bar, pero esto es mucho mejor —ella cantó. Polenta hizo la única cosa en la que pudo pensar. Se sentó en una silla, ordenó un whiskey, puro, y cerró sus ojos en una plegaria.

La copita de cristal fue puesta delante de él con un audible clink. Polenta abrió sus ojos y el barman le dijo algo en danés. Polenta no hablaba ni una palabra de danés, por lo que sólo se encogió de hombros y sonrió avergonzado. El hombre entendería muy pronto.

La primera silla voló cuando su espalda seguía volteada. En contra de su mejor juicio, se dio la vuelta para ver a Lal Mirch saltar hacia un oficial de policía quien se había congelado a medio camino con una mirada divertida y sin comprender en su rostro. Eso le costó su oportunidad ya que Lal lo golpeó en su plexo solar y se dobló como una navaja de bolsillo y cayó al suelo. Polenta tomó de un trago el whiskey y se preguntó si podía arrestarla por esto. Preferiblemente con un batallón armado como apoyo, pero en serio, ella no había hecho nada extravagante por el momento… Ella sacó una bazuca. Una lo-juro-por-Dios bazuca de tamaño completo de por debajo de su capa pequeña, sosteniéndola con facilidad y de repente el tamaño de los cuchillos que le había comprado anteriormente no parecían como algo tan significante. Una fuerte explosión que hizo que sus oídos retumbaran después y el resto de la policía se habían rendido y Lal Mirch los había atado a todos, luego ordenó whiskey para ella. Los patrones habían murmurado algo que Polenta pensó que era diciéndose unos a otros como nunca antes habían estado tan tomados tan temprano en el día. Lal había resultado ser muy buena enseñando idiomas que no hablaba.

Al final, Lal fue tranquilizada y apaciguada con bebidas hasta que Polenta fue forzado a actuar como su sostén cuando se fueron tambaleando de vuelta al hotel. Ella se arrastró a la cama, sin molestarse en ponerse su pijama y Polenta intentó descifrar el control remoto del hotel para que hiciera lo que se le antojase, pero esa esperanza fue en vano.

—Sabes, tenía mis dudas acerca de todo esto de las vacaciones, pero creo que me tomaré otra el próximo año —la sonrisa de Lal era más de sueño que de ebria y por un minuto pareció como un pequeño ángel.

¡Qué el cielo lo prohíba! Polenta pensó que tan probable era que se le demandara el atenderla entonces y decidió que no importaba porque cualquier probabilidad excediendo un completo cero era inaceptable. Y pesar que había, ¿qué?, ¿seis más de estos? Se iba a salir de este infierno el segundo que estuviera de regreso en Italia.

—¿A dónde vamos después de que el festival se termine? —preguntó. Iba a ser un mes largo.

Lloró de felicidad cuando Sawada les volvió a llamar al día siguiente, disculpándose profundamente por perturbar sus vacaciones relajantes, pero Lal Mirch era requerida de nuevo en Italia, para ayer.