Post-Epílogo: El pasado te encuentra.

Al inició ni siquiera la grandiosa y toda poderosa Gretel había comprendido lo que el destino había construido a su alrededor. Posteriormente tuvo que admitirse que era inevitable, esa ciudad perdida de la mano de la humanidad era extremadamente pequeña y en más de una ocasión se había percatado como todos se conocían entre sí. Aun y con eso, debía admitir que sí se había molestado internamente por no haber seguido el hilo de todo lo que había ocurrido en su cara. Lo que más odiaba era quedar como una ingenua.

En un inicio cuando la mujer le preguntó sobre donde vivía ahora y le había explicado la situación, simplemente le sonrió con una emoción palpable y casi enternecedora. Aun así no le dio importancia, seguramente le debía parecer emocionante una casa de huéspedes, esa mujer era del tipo de personas que adoraba las cosas diferentes. En realidad, a la misma Gretel le había dado sed de aventura vivir en un lugar así. Lamentablemente por esa suposición no se dio cuenta de la primera señal que había saltado a la luz.

Después de eso, de las pocas veces que hablaban, nunca se percató de la forma en que brillaba la mujer cuando le contaba sobre los padres de Arnold, pero si era justa consigo misma ¿Cómo darse cuenta de algo así? Esta mujer era increíblemente atenta y amable, podía mostrar mucho interés cuando notaba que su interlocutor hablaba de algo que le importaba. Así que no era su culpa haber pasado por alto la sonrisa más acentuada, la emoción más palpable, la curiosidad más intensa.

Así que esa noche, mientras se dedicaba a secar los platos de la cena mientras Arnold y Helga los lavaban, se lanzaban miradas de secretismo y hacían quien sabe qué cosa con sus manos abajo del agua espumosa, Gretel encontró que el sonido del timbre era como las trompetas del Apocalipsis, su salvación para el aburrimiento de su existencia humana.

- ¡Yo voy! –se ofreció apresuradamente, dejando a un lado el trapo que había estado usando.

¿Quién hubiese imaginado que ella se tendría que dedicar a tareas tan mundanas como los quehaceres de la casa?

- ¡No te vas a escapar de secarlos al final! –le advirtió Arnold, con un dejo de familiaridad en su tono que hizo a la alemana se girarse y apoyara sus manos sobre sus caderas, con una sonrisa lobuna.

- ¿Y tú vas a lograr que te haga caso? –consultó justo antes de soltar una carcajada llena de destilado y puro sarcasmo- ¿Y me dirás cómo, señor lobito, harás tal cosa?

El chico sonrió de costado, con el peligroso cinismo y autosuficiencia que Gretel estaba recién conociendo y que indicaba que el rubio se sentía en su territorio.

A Gretel no le gustaba esa actitud…

Arnold rodeó con su brazo los hombros de Helga, le lanzó una mirada a esta y luego sonrió más astutamente, reafirmando su territorio.

- No dejándote dormir. –respondió casual, inclinando el rostro hacia el frente.

Ese era el lobo malo y la alemana le había agarrado respeto cuando demostró que las amenazas nunca eran puras palabras. Ese lobo malo podía ser capaz de torturarla sin ponerle un dedo encima y jugando dentro de las reglas que la misma alemana había construido. Gretel no tardó mucho a entender que tipo de ruido iban a hacer y solo contuvo un insulto porque el timbre volvió a sonar.

- Me vengaré. –juró, girándose con dignidad para salir de la cocina.

Malditos cuñados que aprendían rápido… malditos rubios inteligentes estadounidenses… Malditos chicos con cabeza en forma de limones amarillos…

- Justo iba a abrir yo. –comentó casualmente el padre de Arnold, encontrándoselo en pleno corredor del hall.

Gretel cambio su enojo por una sonrisa cordial al hombre. Una que era franca y no era una astuta manera de manipulación. Porque si la alemana era imparcial, debía admitir que de todos los hombres adultos que conocía, el padre de Arnold era el segundo más guapo. Y ella conocía muchos, pues su vida se había realizado entre militares. Pero Miles era el segundo, porque el primero había sido, casualmente, el primer hombre del que se había enamorado, muchísimo antes de Wolfgang, un hombre mayor que, al igual que el padre de Arnold, su atractivo radicaba entre su físico y el encanto que su personalidad destilaba.

Pero enfocándose en el puesto número dos, le gustaba su alargado rostro y piel tostada, también le parecía fascinante como el cabello rubio de Miles era más bien color trigo y su mirada centellaba. Como siempre, Gretel se fijaba en las manos y las del hombre mostraban las masculinas asperezas de una persona que le gustaba hacer todo manualmente y eso le daba un aire salvaje que se ocultaba muy bien con su radiante sonrisa. Imparcialmente hablando, Stella tenía mucha suerte.

- Descuide. Necesitaba salir de la luna de miel de esos dos. –respondió, logrando que Miles se riera, cómplice- ¿Su esposa aun no llega? ¿Acaso tiene ronda? –Gretel admiraba a Stella y a su esposo de igual manera, ambos tenían una pasión por sus trabajos que ella encontraba fascinante, se podían desvelar días con tal de encontrar soluciones a los problemas. Además, la dinámica de la pareja era digna de extasiar a alguien como la alemana. Cuando trabajaban no se estorbaban para nada, se volvían completamente profesionales, al punto de que quien los viera nunca hubiese pensado que estaban casados. No se escabullían a darse besos, no espiaban el trabajo del otro, no se ponían a luchar para que el otro durmiera o comiese, confiaban tanto el uno en el otro que sabían que ayudaban más alejándose del campo de guerra que se volvía el trabajar en contra reloj. Si, eran personas amables, pero no dulces paletas de azúcar.

- Parece que se quedará esta noche en el hospital, hubo un accidente en la carretera y la necesitan en emergencias. –se encogió de hombros, el timbre volvió a sonar- Creo que…

- …si, debería abrir. –admitió, algo avergonzada de entretenerse en sus propios análisis y placeres ante la figura humana.

Gretel avanzó a la puerta y agradeció que los animales hubiesen salido a pasear, solo se encontraba Abner por ahí pero ya no era tan rápido dado que estaba en muy avanzada edad y prefería retozar la mayoría del tiempo en el estudio de Miles. Gretel detestaba a la mayoría de animales acostumbrados a ser mascostas por ser ruidosos, urgidos o inquietos. La alemana abrió la puerta y se sorprendió al encontrarse con Will. Por instinto rodeó con sus brazos el ancho cuello del chico y se aferró a él ¡No tendría que aguantar a la pareja sola! ¡Will la salvaría de su martirio! El chico era un ángel de fuego, caído para rescatarla, definitivamente.

Pero él sonreía con misterio, mientras la tomaba de la cintura y lograba separarla un poco, llevaba una chaqueta negra de cuero sobre una camisa azul con los primeros dos botones abiertos, tenía unos jeans grises qué resaltaban su mirada y su cabello despeinado le caía descuidadamente hasta sus cejas, signo que demostraba que ya era hora de cortárselo. Pero no solo estaba él, escalones más abajo estaban los padres del chico.

Siempre era todo un espectáculo mirar Marie Kenyon. Ella era una mujer alta, de una regia figura digna de las antiguas reinas y sacerdotisas de África, parecía casi mística parada en frente del lumbral de la casa de huéspedes, su rostro ovalado ligeramente anguloso en el mentón lucía inexpresivo, sin observar a ningún lugar, dándole un aire celestial. Un frondoso cabello castaño caía hasta su espalda baja, rizado con tal cuidado que daba la apariencia de haber sido realizado por un estilista profesional, cada pequeño y diminuto rizo que nacía desde su cabeza caía, uno sobre otro, sin perder su volumen ni lucir esponjoso. Los ojos ausentes de la mujer eran completamente negros, dándole un aura mucho más mágica e imponente, su tersa piel oscura le recordaba a Gretel los granos de café tostado y un par de ocasiones había notado al padre de Will hundir su rostro en el cuello de Marie, suspirar profundamente y asegurar que se le antojaba café irlandés. Al parecer era un chiste personal de la pareja, pues la mujer simplemente se reía. La madre de Will tenía una figura envidiable, a pesar de sus treinta y seis años, su cuerpo estaba esculpido, con un imponente busto, estrecha cintura y amplias caderas que descendían en gruesos muslos y se entallaban hasta terminar en finos tobillos y delicados pies. El sumo cuidado que tenía la mujer con su cuerpo, le causaba a su propio hijo problemas, dado que la mayoría de veces, cuando sus compañeros conocían a Marie, estos parecían derretirse en su presencia. causándole algunos problemas a su propio hijo por ello. Will había comentado varias veces que había visto como estudiantes y actores profesionales fantaseaban en silencio con conquistar a su madre pero sin atreverse porque atrás de la amable mujer, se ocultaba una dura instructora y profesional que detestaba que se le insinuaran. Marie completaba su apariencia de reina africana gracias al vestido color añil que llevaba, de amplias mangas que se abrían en abanico con bordes dorados y un escote cruzado en V que dejaba ver su pronunciado escote y se ajustaba a su figura gracias a un cinturón grueso color dorado que se cerraba a su cintura y recalcaba sus amplias caderas de matrona. El vestido llegaba hasta los talones de la mujer, pero siguiendo con la idea de imitar una bata, se abría por un costado mostrando ligeramente la pierna izquierda de la mujer hasta la mitad de su muslo con absoluta sensualidad. En su pierna izquierda tenía una tobillera de oro y llevaba unas sandalias doradas sin tacones, sus manos estaban llenas de gruesos anillos articulados que imitaban las garras de un ave y cubrían por entero sus dedos; sobre su escote colgaba la figura de una lechuza hecha en filigrana bañada en oro, largos aretes del mismo material caían sobre los hombros femeninos en forma de cadenas. Gretel sonrió al observar a la madre de Will, pues tenía un estilo poco convencional y tan propio de ella que siempre resaltaba. Además… era la madre de su mejor amigo, debía sonreírle.

Marie escuchaba atentamente a su pareja, el padre de Will iba de su brazo y le murmuraba algo al oído, mientras ella asentía, sin mostrar expresión alguna. Norman, junto a su mujer, lucía como un plebeyo bajo la bendición de una reina, iba vestido con unos jeans desgastados que se cerraban a su cuerpo con un grueso cinturón negro que hacía juego con sus botines, iba con una camisa blanca cuadriculada con líneas color vino y una corbata gris oscura, su amable rostro lo hacía lucir joven y de unos cuarenta años, aunque en realidad estaba próximo a los cincuenta, su cabello rojizo estaba perfectamente peinado con una línea a un costado pero gracias a que tenía el cabello indomable que le había heredado a su hijo, en lugar de lucir como un hombre serio, lucía como un joven que acaba de escaparse de un aburrido experimento científico. Aunque irónicamente sus canas a los costados de su rostro eran las únicas bien peinadas. Sus ojos grisáceos, si bien velados de vista alguna, lucían con gran vida y las pequeñas arrugas que demostraban que había vivido una vida llena de risas, despertaban confianza en el acto.

- Hey… -saludó Will, inmediatamente los padres del chico dirigieron su atención a la puerta y rápidamente el rostro de Marie se transformó a una cálida sonrisa, como si despertara de un sueño.

- Cuatro escalones, mon amour. –habló la mujer a su pareja, con un suave acento sureño cargado del francés de Nueva Orleans que tenía la picardía del cajún.

La familia ingresó a la casa de huéspedes, Marie guiaba cordialmente a Norman con indicaciones verbales y suaves apretones de su mano en el brazo del hombre, Gretel se giró hacia el padre de Arnold para hacer las correspondientes presentaciones pero notó el rostro sorprendido del hombre, con su boca abierta y sus ojos casi desbordándose. La alemana se extrañó y cuando buscó la atención en Will, notó como su amigo observaba a su madre con extrañeza pues ella sonreía de costado y no retiraba su encantadora mirada del padre de Arnold.

- Los años no te han cambiado nada, Miles. –aseguró Marie, soltando suavemente a Norman y avanzando el par de pasos que la separaban del otro hombre hasta abrazarlo por el cuello y ser abrazada con fuerza por el mismo. La mujer acarició la nuca de Miles con sus dedos o mejor dicho, la punta de sus alargados anillos, mientras sonreía- Me alegra tanto tenerte de vuelta, había rezado por tu regreso todos estos años. –aseguró, Miles la separó ligeramente, con una sonrisa divertida en su rostro.

- Entonces ¿Por qué no has mandado ni una postal cuando supiste que volví? –reprochó, medio en broma, medio en serio- Aunque viviendo en la misma ciudad podrías haber llamado.

- Oh… sabes que soy pésima para iniciar o retomar amistades. Siempre asumo que he sido olvidada, ma chérie. –comentó casualmente, separándose del todo para clavar su mirada en Gretel- Pero ¿Y esa cara? ¿Has visto un fantasma, acaso?

- Madre, creo que quiere saber, como yo, de donde conoces al señor Shortman. –explicó Will, cruzándose de brazos con notable seriedad.

- Como siempre, Marie, a la gente le gusta saber las cosas desde el principio. –comentó casualmente Norman, avanzando un par de pasos, mientras la mujer lo tomaba de la mano y lo guiaba hasta estar frente a Miles- Soy Norman Goldman, padre de Will.

- Y mi compañero de vida. –completó Marie, a pesar de su imponente y superior apariencia, en el momento en que interactuaba con la gente expresaba una dulce y cálida aura que la volvía completamente humana.

- ¿Gretel? –Helga preguntó desde la cocina- ¿Quién llegó?

- ¡Creo que deberían venir a ver! –aseguró la alemana, avanzando un par de pasos para no tener que alzar tanto la voz- No se lo van a creer. –canturreó.

Y en realidad fue así. Después de las presentaciones de rigor, el grupo terminó en la sala de la casa de huéspedes. Marie, del brazo de Norman, sonreía cálidamente a Miles, ambos parecían contener el deseo de hablar rápidamente de algo que seguramente solo entenderían entre ellos.

- Y… ¿Bien? –preguntó Arnold, curioso de lo ocurrido, él y Will se observaron con la misma intriga plantada en su mirada ¿Acaso se conocían sus padres? Eso era interesante y despertaba incontables dudas.

- Bueno, Marie, tú cuentas mejor las historias que yo. –admitió Miles, moviendo su mano hacia ella.

- Lo dices porque me gusta tener la atención de la audiencia. –negó, mirando a los jóvenes- Y como en realidad me gusta, no me molesta comenzar: Miles y yo nos conocimos en la universidad de Washington. Yo ingresé a mi primer año en la facultad de Artes y tomé la clase de español como una de las tres lenguas reglamentarias que debía aprender. Miles, -señaló cordialmente, con su fina mano al hombre, quien asintió- iba en su último año de arqueología y también tomaba español. Coincidencialmente quedamos en el mismo curso y nos veíamos todos los días.

- Y eso porque Marie ya sabía español, así que ingresó a un nivel avanzado. Yo había iniciado desde los primeros años de la carrera y con mucho esfuerzo había llegado hasta ese nivel.

Marie sonrió suavemente, quitándole importancia al asunto.

- Nuestra profesora de español tenía una forma muy interesante de enseñar, cuatro de cinco días teníamos clases teóricas y el último era clase de baile. –continuó la mujer, cruzando sus piernas, Arnold tuvo que apartar rápidamente la mirada al notar como el corte del vestido dejaba ver el muslo de la mujer libremente, pero ella, al parecer, se sentía cómoda con la muestra descuidada de su piel- Según la profesora… -miró el techo, intentando recordar.

- Sáenz. –recordó Miles, pronunciando en un fluido español sin acento alguno- La profesora Sáenz creía que el español se aprendía viviéndolo y que la música era una buena forma de hacerlo. Así que nos enseñaba a bailar géneros latinos.

- Todo un desastre para la mayoría. –admitió Marie- Yo sabía bailar, pero Miles era terrible; la cumbia, la salsa, el tango, la bachata, el danzón, el bolero o la balada romántica, no importaba el género, él los bailaba igual que un reptil falto de calor… tieso, tieso ¿Verdad, ma chérie? –preguntó, juntando sus labios como si estuviese a punto de dar un beso al aire.

- No me hagas quedar mal en frente de mi hijo, Marie. Tú bien sabes que mejoré. Además, él es un buen bailarín. –le aseguró, orgulloso- ¿De quién crees que lo heredó?

- Espero que de su madre o mágicamente de mí. –comentó divertida, logrando que los jóvenes se rieran. La mujer se inclinó ligeramente en dirección a ellos y clavó sus oscuros ojos sobre Arnold, con una sonrisa confidencial- Entonces la profesora Sáenz me designó como tutora de Miles. Una muchachita de dieciocho años enseñándole a un hombre de veinticinco. Pero tu padre fue un espléndido pupilo, la mayoría de personas que no son del sur… son algo temerosos al contacto humano, pero Miles no tenía ese problema. Le fascinaba aprender y era todo un erudito sobre la historia atrás de toda esa música. Aunque yo era su profesora, terminé aprendiendo mucho de él.

- Bueno… siempre me ha fascinado las culturas antiguas. Por algo mi profesión. –admitió él, sonriendo, halagado- Y Marie me tenía paciencia. –Miles le hablaba a Will y a Norman, quienes escuchaban atentamente, sin nada que ocultar- Además, no ha cambiado nada, siempre se vestía tan fuera de la época que era inevitable que llamara la atención. –la mujer rio abiertamente, dejándose caer contra el espaldar del sillón y apoyando su rostro casualmente en el hombro de su pareja- No miento, la primera vez que te vi llevabas unos shorts muy cortos blancos y una blusa gitana. Me sorprende que Norman te dejara salir así a estudiar.

- Oh, él sabía que mi corazón solo le pertenecería a él por la eternidad. –aseguró Marie, quitándole importancia al comentario- En todo caso, -retomó- Miles se volvió mi compañero de baile, el mejor que he tenido. –la mujer regresó a ver a su pareja- Dado que cierta persona no disfruta bailar… -regañó.

- Eso lo sabías desde el primer día que nos conocimos. –comentó casualmente el hombre- Además, como dijiste, algunos hombres somos tiesos al bailar, me incluyo en el grupo.

- Por suerte Will heredó de usted su soltura con la música, Marie. –intervino Gretel.

- Si, es un muy buen compañero de baile. –comentó Helga, Arnold rápidamente le regresó a ver y ella sonrió de costado- ¿Qué? ¿Celoso? –picó, sonriendo de costado.

- ¿Has bailado con Will? –preguntó él de regreso.

- Un par de veces… -se encogió de hombros- pocas personas saben bailar tango hoy en día. –respondió, quitándole importancia al asunto.

- Te aseguro que mantuve el respeto necesario. –intervino el pelirrojo, notando como Arnold parecía estar meditando sobre el asunto.

- Estoy seguro de ello, descuida. –le aseguró el rubio, tranquilo, mientras retomaba su atención a la mujer- Por favor, continúe, disculpe el haberle interrumpido.

- Oh… que adorable. –Marie observó a Miles- Tu hijo es completamente encantador y bien educado ¿Te molestaría si me lo quedo? –consultó alegre.

- No creo que a Stella le haga feliz eso. –admitió él, riendo- Menos de ti.

- No me digas que me tiene resentimiento. –la mujer abrió ampliamente los ojos, pero Miles negó rápidamente- ¿Entonces?

- Aun así, no creo que le agrade que… -el hombre se sonrojó ligeramente, mirando el techo- que… -observó a su hijo, culposo- Yo… tú sabes que conocí a tu madre ya siendo un adulto, profesional y trabajador ¿Verdad? –este asintió, sin entender- Bueno, yo tuve una vida antes de eso, un par de novias y…

- ¿Ustedes fueron novios? –preguntó Helga rápidamente, sin poder evitar su diversión al notar el asombro de Will y Arnold, por un momento los chicos se miraron y la rubia pudo asegurar que estaban pensando que en un mundo paralelo tal vez hubiesen sido hermanos o algo así.

- Oh no… -Marie negó seriamente- En mi vida solo ha existido Norman, yo lo amé desde que era una pequeña niña. Nunca lo traicioné aun en la época en que él solo me veía como una niña.

Gretel le dio un suave codazo a Helga y le sonrió de costado, susurrándole "Bien, solo por la madre de Will sé que no eres una completa anomalía por enamorarte una vez en tu vida".

- ¿Entonces…? –preguntó Arnold, sin entender, observando a su padre, quien suspiró profundamente, controlando el propio su sonrojo que teñía sus mejillas con insistencia.

- Marie me rechazó en ese año unas… veintitrés veces. –admitió, Norman contuvo las ganas de reír por puro respeto pero Miles se encogió de hombros- Lo admito, fue patético. Pero quiero aclarar que yo no sabía que ella tenía pareja ni mucho menos un hijo. –advirtió.

- Cuando entré a la universidad Will tenía unos cuatro meses de nacido, -aclaró ella- mis padres me ayudaban a cuidarlo mientras estudiaba y Norman nos visitaba los fines de semana. –explicó.

- Yo trabajaba en la librería de mi familia, para ese entonces mi ceguera estaba casi completa y solo veía sombras, Marie se ganó una beca y no podía postergarla más, así que se mudó a Washington con su familia para poder estudiar. –explicó Norman, queriendo aclarar que él nunca había abandonado a su amada, simplemente le había apoyado en su carrera y sueños- Para mí hubiese sido difícil mudarme a un lugar desconocido. Además de peligroso, obviamente.

- Y de esa manera, viví unos años en Washington, con Will y mis padres. –Marie suspiró ligeramente, entrelazando sus dedos, mientras su mirada se perdía en el pasado- Mis padres nos apoyaron desde el inicio, pero fue muy difícil para mí el separarme de Norman después de todo lo que me había costado convencerlo de vivir juntos. Pero yo quería cumplir mis sueños. –una sonrisa se formó en sus labios y miró a Helga, cómplice- Uno era Norman, tener una familia con él, pero tenía otros más y no descuidé ni uno solo. Así, terminé estudiando Artes y en la clase de español.

- Si la hubiesen visto, no hubiesen pensado que con ese cuerpo era tan recientemente madre. –Miles observó a Norman como si hubiese dicho algo inapropiado, pero el hombre sonreía tranquilo, acostumbrado a los halagos que dirigían a su mujer- Yo viví en la friendzone en esa época, como dirían ustedes. –explicó, sonriendo de lado- Marie solo me veía como un muy buen amigo y la verdad es que nunca me dio ideas equivocadas. Pero yo me ilusionaba y cada vez que bailábamos… -la mujer suspiró soñadora, cerrando los ojos.

- Bueno, ustedes entienden, el baile, el apasionado baile es tan expresivo y sensual que por lo que dura la música no perteneces a nadie. El baile es como el teatro, entras en ambiente, estas atrás de una máscara y creas una historia con tu pareja. –sonrió- Un bellísimo escenario, con tres actos, en una canción que tal vez no dura ni cuatro minutos. –abrió su mirada, cálidamente- Yo te explicaba eso siempre, Miles. –le recordó, bromeando.

- Yo no era un actor, no sabía entrar en personaje. –se defendió- Me costó aprender, pero al final lo hice. Justo antes de graduarme, por suerte. Si no, me hubiese ido a San Lorenzo escribiéndote cartas de trágico enamorado. –admitió.

Marie rodó los ojos, notando como bromeaba con el tema con tal naturalidad que solo los años y el encuentro con el verdadero amor podía darle. Y eso le alegraba, pues siempre deseó para su más querido amigo lo mejor del mundo.

- Creo que ayudó también que te dijera que era mamá y estaba felizmente enamorada del padre de mi hijo. –apuntó ella, señalándole y luego mirando a Will- A pesar de los pequeños choques que tuvimos, Miles se volvió un gran amigo mío y un apoyo. Al inicio pensé en distanciarme de él para no hacerle daño, pero él no me lo permitió y se lo agradezco pues ha sido mi adorado amigo desde entonces. Yo era muy recelosa de sacarte de casa cuando eras un bebe, es parte de nuestra tradición vuduista, proteger a los bebes de los extraños y tú eras el producto de mi amor por Norman. Al igual que ahora, tú tenías todo de él, eras un pedacito del ser que amaba y yo quería protegerte hasta que pudieses protegerte por ti mismo. Tus abuelos me decían que exageraba en mis cuidados y que te estaba apartando de la interacción social, pero obviamente se equivocaron. –dijo con orgullo juvenil, mirando a su alrededor a los jóvenes que pasaban tiempo con su hijo, que eran sus amigos- Cuando Miles y tú se conocieron, él te cargó en brazos con mucho cuidado. En ese entonces ya tenías diez meses y ya tenías algunos dientes. –contuvo la risa, cubriendo su mano para ocultar su risa burlona- Me demostraste que sabías cuidarte por tu cuenta.

- Y me mordiste el mentón con toda la intención de arrancármelo. –completó Miles, Will sonrió algo avergonzado ante la anécdota y Gretel contuvo un "oh" enternecido al pensar en su mejor amigo cuando un bebe que destruía gente- El sangrado no paraba y tú solo llorabas, haciendo que Marie te prestara más atención a ti que a mi herida. Creo que intentabas decirme que me alejara de tu madre.

- Posiblemente… -comentó el pelirrojo, resignado ante el mal rato que había hecho pasar a alguien que realmente era una buena persona.

- Nunca hubiese pensado que este chico era ese bebe. Ya había olvidado el nombre y el apellido que me dijiste del padre y si te soy sincero, también el nombre del bebe. –admitió Miles, bajando la mirada- Pasaron tantas cosas todos esos años…

- Lo sé y lo entiendo. Yo también demoré en tomar valor y venir a ver si me recordabas. –admitió Marie.

- ¿Cómo olvidar a mi compañera de baile? –preguntó casualmente, con una sonrisa encantadora, de costado.

Una que Arnold había heredado.

- Y justamente por eso he venido. –la mujer se levantó elegantemente, extendiendo sus manos a Miles- En todos estos años nunca he encontrado un compañero de baile tan bueno como tú ¿Qué te parece si les damos una lección a estos inquietos adolescentes de lo que es la verdadera diversión? –preguntó, haciendo una profunda reverencia.

- Realmente deberías aceptar, Marie siempre se queja de que no ha tenido un buen baile en años. Nos darías un respiro a mi hijo y a mi. –comentó Norman, dirigió su rostro hacia donde había escuchado la voz de Miles.

- ¿Seguro? –consultó el hombre rubio, dado que la música latina tenía una pasión que a muchos sujetos no les gustaría ver expresada contra sus parejas.

- Por supuesto. Además, si algo ocurre, Will te morderá el mentón y esta vez te lo podría sacar. –bromeó Norman, logrando que los jóvenes rieran abiertamente y hasta Marie se uniera a la broma.

- Oh Miles, acepta. Hasta he traído una canción conmigo que planeo poner en el interludio de mi próxima obra de teatro. Como en los viejos tiempos ¿Recuerdas? Y está en español. Realmente me encantaría poder bailarla contigo, inspirarme, como en el pasado. Así podré guiar a los bailarines que la interpretaran. –pidió Marie, tomando las manos de Miles y sonriendo amablemente- Me estarías haciendo un favor ¿Crees que sería posible, ma chérie? –preguntó.

- ¿Cómo negarme? –el hombre se levantó y le señaló a la mujer el reproductor de música que estaba en la sala- Todo tuyo.

La mujer buscó en el bolso de mano que había estado cargando, una memoria USB y la conectó en el reproductor, indagó rápidamente el número de canción que tenía y avanzó hacia el centro de la sala, extendiendo su mano hacia Miles quien se acercó a ella.

- Conozco esa canción. –admitió él, sorprendido al reconocer la introducción de "Óyeme" de Marco Flores- Cuando la escuché la primera vez, me recordó a ti, casualmente.

- ¿Lo ves? Los Laos predijeron este día. –completó ella a tiempo que la voz del cantante comenzaba a guiarlos.

- Eso y tu egocentrismo, niña de esos ojitos negros.

Miles la tomó de la cintura y en un seguro movimiento la atrajo contra su cuerpo. En un segundo ambos se habían transformado, como si espíritus salvajes los hubiese poseído, sus miradas se conectaron más allá de la cercanía física y un ambiente cálido los rodeó, irradiando hacia su improvisado público que les observaba sorprendidos atrás de una barrera incalculable e invisible. Helga se había movido de su lugar para sentarse junto al señor Goldman y comenzó a susurrarle al oído, Will le había explicado en una ocasión a las dos primas, que su madre siempre le susurraba a su padre lo que ocurría a su alrededor cuando no implicaba diálogos, de esa manera podía darle un cuadro completo. Arnold se sorprendió más por ese acto que por su padre bailando frente a él. Helga tenía esos repentinos actos de amabilidad que nunca hubiese esperado. Por supuesto, no eran actos al azar, sino con personas muy específicas, como con el padre de Will, con quien tenía un vínculo de confidentes amantes de la literatura.

Mientras tanto, en la pista de baile improvisada, Miles hizo girar a Marie antes de volverla a acercar a él y crear un movimiento pendular entre ambos con sus caderas, ella deslizó lentamente sus dedos por el perfil masculino, bajando levemente antes de soltarse y girar rápidamente para ser atraída una vez más al pecho de Miles. Marie creó una suave distancia entre ambos, fingiendo empujarlo mientras daba un par de pasos hacia atrás, haciendo que el hombre avanzara a ella como si fuera un seguro y dominante ser.

Miles la atrajo contra su pecho y deslizó su mano entre los rizos femeninos, haciéndola dar una media vuelta, mientras cantaba en un perfecto español con una profunda pasión que si no lo conocieran los jóvenes hubiesen jurado que estaba dando una abierta declaración de profundo amor "Quiero tomarte por el pelo, quiero tu espalda en mi pecho" y casi sufriendo completaba "Óyeme niña hermosa ¿Cuándo hacemos el amor?" y a pesar que la letra no lo decía, parecía que replicaba ese cuándo más veces de lo necesario a pesar que nadie lo escuchaba.

Marie sonreía peligrosamente y movía sus caderas hacia atrás para soltarse, las golpeaba contra las masculinas y se giraba logrando tenerlo de frente, para encontrarse entre los brazos masculinos y moverse en un ritmo de cuatro tiempos, hacia atrás y hacia adelante, sincronizados, sin hablarse, Miles dio un paso amplio hacia el frente, inclinándose y ella simplemente se deslizó hacia atrás, con una pierna, mientras su cuerpo bajaba, como si se arrodillara frente él, rindiéndole una pleitesía febril, antes de impulsarse rápidamente, casi abrazarse y girar ambos, estrechándose mutualmente, en espiral, tan rápido que por un momento lució que iban a chocar y caer, pero deteniéndose de golpe, con la respiración entrecortada y un deseoso gozo que se escapaba de sus poros.

La mujer coreó la cálida voz latina "Confundamos los sentimientos" parecía rogar "entre apuros y deseos ¡Despertando al silencio!" proclamando, acercando su boca tanto que casi peligraba la estabilidad mental de Will y Arnold pero ella continuaba, animada por la sonrisa de Miles "Sin usar la voz…" y él la giraba, enterraba sus dedos entre los cabellos femeninos y la hacía serpentear contra su duro cuerpo en lentos movimientos, antes de volver a presionarla contra él y sumergirse en la intimidad de esa danza que parecía declarar prohibidos sentimientos que no existían.

Miles la tomó repentinamente de la cintura y la inclinó hacia atrás hasta que ella enganchó su pierna en su cadera, dejando al descubierto la misma y arqueaba su espalda a la par que la música se detenía repentinamente.

Y el hechizo terminó, ellos parpadearon, agitados, pero la intimidad se había ido, Marie retiró su pierna y regresó a ver a su sorprendido y juvenil público, que boqueaba como peces fuera del agua. Ninguno salía de su sorpresa, completamente asombrados.

- Eso fue… tan… tan genial. –juró Gretel, siendo la primera en salir de la incredulidad, levantándose- Eso fue tan… tan…

- …seductor. –completó Arnold, con un suave sonrojo en sus mejillas, sin saber si era correcto o no mirar a la madre de Will en ese momento.

- Por decirlo de manera censurada. –completó casualmente la alemana, logrando que Marie sonriera y la tomara de las mejillas, jalándoselas suavemente.

- Tú si no tienes respeto ni a los demonio ¿Verdad? –preguntó la mujer, con confianza.

La rubia luchó por soltarse, en especial porque las garras de los anillos se le clavaban en la piel en un atentado por lastimarla si no tenían cuidado.

- Ahora que sé que usted es el diablo, Marie… -bromeó la alemana, escapándose del agarre- Le tengo más respeto aun.

- A ti no te ha dado mi hijo suficientes azotes para enderezarte ¿Eh? –bromeó la mujer, fingiendo que iba a lanzarse sobre la rubia y lo hizo tan bien que esta se ocultó rápidamente atrás de Arnold, quien se había levantado como si considerara que era mejor estirar su cuerpo después de tanta tensión al observar esa inesperada danza.

- En realidad le gusta, así que es más motivación que castigo. –completo Will, bromeando abiertamente.

- Así son las mujeres apasionadas, dado que tú entras en la categoría, Marie.-completó Norman- Por lo que puedo asegurar que a Helga también le debe ser un premio unas nalgadas de vez en cuando.

- ¡Señor Goldman! –se sorprendió la chica, completamente roja, con una mirada de traición ante la broma.

- Oh, pero ha sido un halago. –completó el hombre, acariciando la mano de la chica, para animarla- Te lo aseguro.

- Que halagos tan raros… -comentó la chica, mientras su prima se reía.

- Mon amour, tu humor solo los motiva más. –le aseguró Marie, acercándose para sentarse junto a él, agitada y radiante.

- Y tu baile los ha alterado, creo que hemos hecho nuestro trabajo aquí. –completó él, tranquilamente, logrando que la mujer se riera entre dientes.

- Realmente me hacía falta bailar así. –admitió Miles, sentándose agotado- Aunque ya los años me han cobrado factura, casi pierdo el equilibrio un par de veces.

- Me di cuenta. –completó Marie- Ya la vida de la ciudad no te queda.

- ¿Casi se cae? –preguntó Helga, sorprendida- La verdad yo no me di cuenta.

- Ustedes estaban bajo el hechizo del espectador. Una buena puesta de escena no muestra sus fallas, estas siempre se camuflan. –explicó Marie- ¿Qué les pareció?

- Que la edad no censura. –aseguró Gretel, desde atrás de Arnold y tomándolo de los brazos para usarlo como escudo hacia la mujer, quien se rio.

- Oh, déjalo. Al hijo de Miles no podría más que comerlo a besos, pero por respeto a tu prima solo le daré un par. –bromeó, guiñándole un ojo a Helga.

- No has cambiado nada, Marie. –aseguró Miles.

- Ni tú, mi buen amigo. Ni tú. –prometió ella- Ahora, dado que la vieja generación se ha agotado y yo sigo en pie ¿Por qué no bailas conmigo un tango, Arnold? –ella se levantó con entusiasmo- Yo tengo la energía y tú la juventud. –prometió, extendiendo sus manos a él, logrando que este se sonrojara.

- Yo creo que lo que tiene él es vergüenza, mamá. –aseguró Will- Como te he explicado, algunos chicos no están acostumbrados a verle las piernas a las madres de sus amigos y/o compañeros. –el rubio se sonrojó por completo y le lanzó una mirada al pelirrojo que solo motivó a que este sonriera- ¿Qué? ¿Creíste que no nos dimos cuentas?

- Le mirabas las piernas, Arnoldo, a cada momento. –comentó Helga, sin rastro alguno de celos, solamente con un oscuro y cruel humor.

- ¿Ves, Marie? Tienes un hechizo para los Shortman –bromeó Miles- ¿Traigo a mi padre a ver si funciona?

- Oh… ustedes son terribles. –la mujer tomó del rostro a Arnold, quien estaba a punto de morir de la vergüenza, por lo que consideraba seriamente el salir corriendo- No les hagas caso, están bromeando contigo. En realidad, me siento halagada de saber que a mi edad aun soy considerada bonita por un buen mozo como tú. –le prometió.

- Si, señor lobito ¿No has visto como pone Will a todas, incluyendo a Lila y a mí, cuando se quita la camiseta? Es de familia el dejar sin aliento. Will heredó eso y la altura de su madre. Ellos nos hechizan con su magia vudú. Solo Helga es inmune. –le prometió Gretel, inexplicablemente ayudándolo, guiñándole el ojo con confidencia, mientras se sentaba en uno de los sofás.

Arnold solo contuvo las ganas de huir porque estaba siendo sostenido por las manos de la madre de Will. Porque se sentía avergonzado por la broma de todo el grupo. Lo peor era que simplemente no podía creer que una mujer que fuese madre pudiese moverse tan sensualmente y con tanta maestría sin perder el estilo y el aire de realeza a pesar de su maternal actitud.

- Si, pero con eso y todo, vas a bailar tango conmigo. –le comunicó Marie.

¡Y para rematar tendría que bailar con ella! Definitivamente, estaba a punto de desmayarse del calor que tenía. El destino era cruel con él.

- Una o dos piezas, me gustaría. –completó la mujer.

Definitivamente, había alguien en el universo que estaba siendo muy cruel con él… Su sufrimiento pareció iniciar cuando su propio padre puso un tango en el reproductor…

Alguien en el universo se estaba burlando de él… estaba seguro.

¡Saludos Manada! Lo juro, no me estoy burlando de él… Bueno, solo un poquito. Pero bueno, les había prometido mostrarles más de Marie y la razón por la que me identificaba con ella. También me pareció grandioso que ella y Miles se conocieran.

Ahora bien, físicamente Marie está diseñada a honor de mi personaje favorito de Marvel: Ororo Munroe, la Diosa del Desierto. Marie tiene sus movimientos sofisticados, su sensualidad innata, su seguridad en su cuerpo y exótico misterio. Cuando les había que me identificaba con Marie era por su amor por las artes, ambas compartimos un profundo cariño por el teatro y el baile (aunque definitivamente ella baila mejor que yo), como notaron ella trata a Gretel de la misma manera en que lo hago yo. Las dos tenemos una manera muy amable de tratar a la gente por nuestras profesiones que nos ha enseñado eso. Marie sufre de dos problemas que yo también tengo, el primero es que cuando esta seria parece demasiado distante y hasta efímera o molesta y el segundo es que no tiene facilidad para hacer amistades a pesar de estar rodeada de gente y saber tratarla, ella no entiende la dinámica que la gente busca, como mantener contacto constante, llamar, escribir o ponerle "Me gusta" a cualquier publicación. Eso le lleva a que no entienda cómo funcionan los reencuentros entre amistades.

Me sorprendió mucho cuando la gente me decía que les admiraba que no me identificara con Gretel, lo que me hacía pensar ¿Ellos creen que Gretel les trataría como yo les trato? ¡Esa malcriada ni les respondería! Es una niña mal criada. Yo les juro que intento portarme bien… je.

¿Ya hicieron cálculos de a qué edad Marie y Norman comenzaron a ser novios, respectivamente?

Regla de la Manada: Un lobo que se hace respetar, si considera que su situación no es justa, lucha con todas sus fuerzas para alcanzar el nivel que desea en la manada. Un lobo no se resigna. Siempre lucha y se defiende.

¡Nos leemos!

Nocturna4