Gracias a quienes dejaron sus Reviews, tenía dudas sobre este fic… En fin, todos serán capítulos cortos, aunque no sé cuántos vayan a ser.
Capítulo 2
"Los Chismes son del Diablo"
Castiel pedaleó con todas sus fuerzas. Su vieja bicicleta rechinaba con cada movimiento pero el muchacho le tenía cierto cariño ya que uno de sus más grandes miedos era conducir. Siguió por la calle bordeada de tientas y dobló por la avenida principal que atravesaba Lawrence… cuyo nombre ya había olvidado. El viento traía consigo un húmedo aroma a hojarasca y eso no hizo más que relajar al pelinegro.
Llegó a la cima de la empinada calle y descendió presionando los frenos de su bicicleta. Sintió que volaba hacia ese enmarañado bosque marchito coronado por un cielo cubierto de nubarrones. Tuvo que aterrizar de vuelta a la realidad cuando tomó la calle flanqueada por hileras de casas pequeñas, blancas, con techos inclinados y bonitos pórticos; bajó en una de ellas, y dejó si fiel vehículo a la entrada.
Abrió la puerta y arrojó la mochila a un costado de la estancia. Estaba entusiasmado, quizá demasiado, pues sentía que el corazón le iba a saltar por la boca.
Llevaba tres semanas de clases y todo marchaba inusualmente bien. A veces Castiel temía que alguien lo despertara de ese sueño con una patada o un cubo de agua; pero eso no había llegado a suceder. Sus compañeros de clase lo seguían fastidiando, e incluso le habían arrojado a la basura el libro de Frankenstein que se lo regaló su tía Amara, la navidad pasada; pero eso ya carecía de importancia. Pues en el almuerzo o en ciertas clases podía ver a sus amigos.
Había aprendido tanto de ellos en esos pocos días que se sentía parte de ese pueblo de una forma tan sublime que lo hacía sonreír. Sam era muy dedicado, silencioso y la mayor parte del tiempo se la pasaba leyendo. Charlie era graciosa y bulliciosa, aunque solía tener un genio de perros cuando alguien la fastidiaba demasiado. Fergus a quién Cas había conocido el tercer o cuarto día de clases (ya lo había olvidado) era un muchacho fornido, bajito, de barba hirsuta y ojos vivaces, no hablaba mucho pero sus comentarios siempre eran acertados, picantes y divertidos; aunque prefería ser llamado Crowley.
Llegó a la conclusión de que Meg podía ser la más bulliciosa de todos, así como la más pícara. Riendo a causa de lo absurdos que podían ser sus amigos, Castiel atravesó la estancia.
Se detuvo de pronto, cuando un aroma a tomate cocido y pasta llegó a su nariz, haciéndole agua la boca. Su padre jamás cocinaba, y mucho menos para la cena. Era Lucifer o él quienes discutían cada tarde sobre quién prepararía la comida esa noche, pero el mundo se había vuelto loco y cuando Cas ingresó a la cocina, su padre, Chuck, traía un delantal.
Un par de cacerolas hervían en la estufa, una canción sonaba en la radio y su padre cantaba desafinadamente. Cas enarcó una ceja y se aclaró la garganta.
-¡Oh, Castiel! Llegaste temprano –lo saludó su padre-.
-Sí –se encogió de hombros-, no tuvimos tanta tarea-.
-¡Sí, claro, ahora le llamas tarea! –una tercera voz apareció por la puerta trasera-.
Era Lucifer, quién entró cargando una caja de latas viejas y las depositó sobre la mesa de centro, maldiciendo el proyecto de ciencias que debía hacer para el día siguiente con ese montón de chatarra.
-¡Cierra la boca, Lucy! –Espetó el aludido utilizando el apodo que Gabriel le había dado a su hermano-.
El rubio apretó las mandíbulas, haciendo chirriar los dientes.
Castiel tragó saliva con fuerza, incómodo. Esperaba que su padre no se enterase que se había saltado las últimas clases de todos los días por seguir los magníficos planes de Meg y Crowley en los que terminaban bebiendo cerveza junto a un río mugriento que pasaba del otro lado del pueblo.
-Es sólo que pues… hice unos cuantos amigos y creo que les agrado –aclaró ante la mirada interrogante de su padre.
-¿Y por qué no habrías de agradarles? –Inquirió Chuck, dedicándole una mirada preocupada y esparciendo algo de pimienta en una de las cacerolas-.
Cas se encogió de hombros.
-¿Es con ellos por quienes has estado llegando tan tarde todos los días? –preguntó, condescendiente-.
Chuck pasaba la mayor parte del día en su estudio o en la cafetería del pueblo, pero Cas a veces creía que su padre era omnipresente, pues se enteraba de todo antes de que siquiera él pudiese decírselo.
-Nos quedamos a estudiar en casa de Charlie o solemos salir a andar por ahí –afirmó Castiel. No mentía; eso era lo que hacían básicamente, estudiar cuando Charlie o Sam se ponían malhumorados y les echaban el sermón sobre las calificaciones, y andar por cada sendero de Lawrence. Incluso habían ido al cementerio, porque desde allí se tenía una buena vista de la puesta de sol.-. Por cierto, hay una fiesta esta noche ¿Puedo ir? Prometo que regresaré antes de la media noche, papá.
Su padre lo miró por un largo minuto, como si le radiografiara el alma.
-Bien –dijo por fin, picando unas cebollas para la otra cacerola-, si no bajas tus calificaciones y no te metes en problemas…
-¿Con ese grupo de bichos raros? –Intervino Lucifer, como si no dijese nada-, seguro lo expulsan.
Chuck enarcó una ceja, esperando una explicación.
-¿De qué hablas, Lucifer? –preguntó-.
Ni si quiera Cas sabía de qué hablaba su hermano.
-De ese tal Winchester –respondió el rubio, revisando las latas viejas, como si fueran la cosa más interesante del mundo-, lo suspendieron por un mes. Unos dicen que golpeó a un maestro, otros que se acostó con el maestro –luego frunció el entrecejo, como si le costara recordar algo-, aunque algunos aseguran que fue que durmió con la esposa del maestro y luego lo golpeó ¿O fue a la esposa?
-¡¿Es que acaso eres la cotilla del instituto?! –le espetó Cas, exasperado-. Sam no haría eso jamás. Está en primer año, tiene mejores calificaciones que cualquiera en su clase y…
-¡No ese Winchester! –Canturreó Lucifer, rodando los ojos, tomando la caja de latas en sus brazos, y marchándose de la cocina-.
-¿Así que suspendido? –inquirió Chuck, cuando su hijo menor se volvió hacia él-.
-No conozco a quién sea que esté refiriéndose Lucifer –se defendió Cas, con rostro asustado-.
-Tranquilo, hijo –le restó importancia Chuck-. Confío en que no descuidarás tus estudios, y sabrás escoger tus amigos. Ahora ve a cambiarte, la cena estará en media hora.
Obediente Castiel se dirigió a las escaleras.
-Y Cas –lo llamó su padre-, no vayas a la fiesta con tu gabardina.
Cas sonrió. Se retiró la gabardina y corrió escaleras arriba. Tenía tiempo de darse una ducha antes de bajar a cenar. No había escrito en varios días, pero se sentía extrañamente bien; estaba viviendo en lugar de estar imaginando situaciones para sus cuentos. Estaba viviendo, la inspiración vendría por si sola.
Nos leemos.
xoxo
