La elección
A primera hora de la mañana las trompetas del inicio del día sonaban por toda el pueblo de Berk. Pero los jóvenes de dieciséis años tenían ya tiempo despiertos, y reunidos en el centro del pueblo, esperando la llegada del jefe y su mentor de entrenamiento.
Hiccup junto con Patapez observaban los rostros de excitación de sus compañeros, todos estaba ansioso por emprender el viaje hacia la isla de los dragones. Deseaban con fervor comenzar su cacería y hacerse de un formidable dragón.
Todos tenían la ilusión de convertirse en jinetes, pero no todos conseguirían un dragón digno de formar parte de las líneas de aquellos vikingos.
El atrapar, domar y entrenar un dragón solo era para la formación vikinga, donde deberían aprender la disciplina, entrega y dedicación a su gente y dragón. No importaba que tipo consiguieras, solo que pudieras hacerte de uno y convertirlo en una feroz bestia leal.
—Todos, al puerto.
Estoico y Bocón hicieron su aparición tras una vivienda a la derecha del grupo, lucían con un traje especial dedicado solo aquel evento del año.
—En hilera —gritó Bocón, al ver al grupo andar en bola.
Los jóvenes vikingos se formaron en una hilera, Hiccup estaba entre los primeros por lo que los de atrás se pusieron de acuerdo para irlo tirando hacia atrás. Al final quedo al penúltimo de la fila, solo siendo respetado por su mejor amigo, quien quedo a su espalda.
—Como son idiotas.
—No te molestes, es mejor si no les prestas atención.
El grupo siguió su camino, bajando por las rampas del acantilado hasta el puerto donde un Drakkar les esperaba.
Alvin estaba en la plancha que dejaba pasar al barco, ya tenía todo preparado para la incursión y se lo hizo saber a su jefe. Y uno por uno los vikingos fueron abordando al Drakkar, mostrando su entusiasmo por viajar hacia el inicio de su destino.
Pasaron todos dejando al último a Hiccup, que fue detenido por Alvin quien le sonrió. El vikingo asintió y le guiño un ojo, estaba claro que lo apoyaba. Que confiaba en que regresaría victorioso a Berk montado sobre un dragón.
—Ve a por ellos —dijo, cuando le soltó.
El castaño solo asintió y abordo el barco que lo llevaría hacia el momento decisivo en su corta vida. Se acomodo entre uno de sus compañero, quedando de frente del grupo de Astrid, quien le miraba por alguna razón; pero al ver que sus mirada se cruzaban desvió su rostro.
Bocón puso en marcha el barco mientras Estoico observaba con un catalejo la lejanía de la mañana. Era un hermoso día para llevar a cabo la selección, el sol los engalanaba con su presencia, las nubes blancas permitían ver aquel lienzo azulado, y el viento era fresco pero agradable.
El viaje no tuvo ningún percance, la isla de los dragones estaba a un par de días por lo que se debían poner cómodos antes de llegar. Las emociones, y la sensación de lo que se avecinaba no dejaba descansar a los jóvenes que miraban constantemente hacia el horizonte. Algunos otros al cielo, como reconociendo que aquel era su destino.
Al caer la primera noche Hiccup no pudo dormir, por lo que se quedo en cubierta para observar el cielo estrellado. El inmenso cielo nocturno siempre le había fascinado, esa sensación de privacidad y misterio que ofrecía la obscuridad le encantaba. Sentía que podía ver todo sin tapujos, sin filtros.
—Es difícil dormir, ¿cierto?
—Demasiado, Patapez.
—No me gusta la noche, la obscuridad me aterra —confesó el gordito.
—La noche es asombrosa, es cuando el alma se permite ser libre.
Patapez dibujo una media sonrisa ante las palabras de su mejor amigo, lo conocía a la perfección como para entender lo que tenía en mente.
—Ya estamos a nada de conseguir nuestro dragón.
—Espero no defraudar a mi padre —Hiccup miro a la cabina del capitán—. Mi destino está en conseguir un dragón digno del hijo dl jefe de la tribu.
—Tienes mucha presión sobre tus hombros, amigo.
—Los dioses no siempre nos harán fácil el camino.
—Pues a nosotros parece que nos tienen en prueba constante.
Hiccup y Patapez se soltaron a reír mientras observaban como una ballena a lo lejos salía del mar para lanzar de su lomo agua. Aquel animal lucia imponente, y hermoso bajo la luz de la luna.
—Sabes, creo que si mi madre viviera todo sería distinto.
—¿Cómo?
—Ella era una gran jinete de dragón, pudiera que me guiara para este momento —volvió a ver a donde su padre descansaba, y aclaro su pensamiento—. No quiero decir que mi padre no me ayudara, o guiara bien, pero él es un guerrero. Un hombre del combate cercano, y el mejor en su campo.
Patapez se recargo en la baranda del borde del barco, escuchando cada palabra que su amigo pronunciaba. Era el único que lo entendía, con el único que podía liberar aquellos pensamientos que en las noches le impedían dormir.
—Todos esperan de mi lo que mis padres han hecho —habló después de un silencio—. Quieren que sea el reflejo de Estoico el Vasto y de Valka la jinete.
—Tu familia, el linaje del que provienes es una gran responsabilidad —Patapez bajo su mirada al agua de mar por el que surcaban—. Pero ten en cuenta que su sangre corre por tus venas, claro que tu estas destinado a la grandeza.
—¿Y seré digno de ser miembro de la familia de que procedo?
Patapez no pudo expresar su pensamiento ante el cuestionamiento de su amigo, un ruido a sus espaldas les hizo callar. Detrás se encontraba Astrid que había golpeado una cubeta que rodo hacia la proa del Drakkar.
La vikinga al ver que la habían visto se ruborizo y se encamino hacia una puerta en el suelo que conducía hacia el interior del barco; donde los vikingos descansaban.
—¿Nos habrá escuchado?
—No creo, Astrid no es ni una fisgona.
—Será mejor ir a descansar.
Patapez se adelanto, mientras Hiccup echo un vistazo hacia donde las ballenas danzaban bajo la luna llena. El recuerdo de su madre persista en su memoria por aquellos animales, que representaban una de las cosas que más admiraba de la naturaleza; después de los dragones.
XX
A la mañana del tercer día Estoico y Bocón despertaron a todos los jóvenes vikingos con el sonido de un cuerno. El ruido estridente provocó que varios cayeras de sus amacas, y otros tantos se sobresaltaran por la repentina llamada de su jefe.
Una vez que recuperaban la conciencia y despabilaban sus cabezas, corrieron hacia la cubierta donde el jefe y su segundo al mando les esperaban con semblante de furia y reto.
—Todos, un circulo a mi alrededor —ordenó Estoico.
Los vikingos se formaron todos alrededor de su jefe que les miraba con esa intensidad que le caracterizaba. Hiccup aun estaba un tanto adormilado, pero al cruzar su vista con la de su padre esto cambio. Pudo observar la esperanza que noches atrás vio en sus ojos, bajo el fuego cálido de la chimenea de su casa.
No lo podía decepcionar ni a la memoria de gran madre, la esposa del jefe de los Hooligans. Era el hijo de unos grandes, y por tal, debía ser parte de ellos si quería algún día ser jefe de su tribu.
Estoico espero a que todos estuvieran en sus cinco sentidos para dar las indicaciones de lo que proseguía una vez llegaran a la isla de los dragones. Con el sol aun durmiendo, entendía que sus jóvenes vikingos aun no estuvieran del todo despiertos, dio cinco minutos para que estuvieran atentos.
—Iremos dejando pequeños grupos de cinco en diferentes puntos de la isla —explicó pasado el tiempo que les ofreció para despabilarse—. Pero cada quien tendrá que ir por su cuenta y obtener un dragón, nosotros sabremos si lo han hecho solos o con ayuda.
Los jóvenes mostraban en sus miradas que no tenían pensado ayudar al otro, reconocían el honor que representaba obtener su dragón por si solos.
—Una vez que obtengan a su dragón y lo logren domarlo y montar deberán dirigirse a Berk —el jefe señaló por donde habían llegado—. Tendrán un tiempo límite, y eso es una semana. Lo que les dará tiempo de atrapar, domar y regresar a casa.
—¿No vendrán por nosotros? —cuestionó Brutacio.
—No —Estoico miro severo a sus vikingos—. El único modo de regresar es en un dragón.
—Pero, ¿qué sucede si nos hacemos con uno pequeño?
—Ingénienselas —Estoico camino por la circunferencia del círculo que formaban los jóvenes—. Quién no regrese para el séptimo día considérese un desterrado.
Las miradas de los vikingos temblaron ante la amenaza impuesta por su jefe, y el miedo de no regresar a casa.
—Estamos por llegar a la isla, vayan a prepararse.
Hiccup dejo que todos partieran primero, su atención estaba en su padre que le evitaba con la mirada. Lo que le incomodo al no saber cómo interpretar la postura de su padre, quien sabia tenia las esperanzas puestas en él.
Al ver partir a su padre junto con Bocón hacia el timón, decidió que lo mejor era ir a prepararse para entrar en la isla.
Bajo al interior del Drakkar y vio a sus compañeros colocarse sus vestimentas impuestas para la ocasión. Camisas de lana y chalecos de Yak, con botas del mismo material, y en su cabeza sus cascos característicos de combate.
Se fueron acercando a la pequeña armería y tomaron lo que creían necesario para obtener un dragón. Escudos, lanzas y sogas eran lo habitual que los vikingos seleccionaban para conseguir su objetico; que los devolvería a su hogar.
Hiccup una vez vestido se aproximó a la armería donde solo seleccionó un escudo, una pequeña daga y una soga. No creía que necesitaría algo más para su incursión en la isla de dragones.
Una vez preparado salió a la cubierta y vio a sus colegas formados para recibir un morral con algunas provisiones. Porque no les rendiría para los siete días, lo que le daba todavía un extra de dificultad para su misión.
Hiccup se formó en la fila, Patapez ya tenía su morral y estaba con un grupo de cinco junto a Bocón. Al parecer su amigo sería de los primeros en viajar a la isla, la cual no se percató que ya estaba a nada del Drakkar.
La isla lucia imponente, con un par de montañas tan altas como la de Berk, y su tamaño era fácilmente superior a la de su hogar. A la lejanía se podían observar algunos dragones salvajes sobrevolar los terrenos de las faldas de la montaña más cercana. Y pudo ver como otros, a estribor, se sumergían en el agua del mar matutino.
Su corazón se comenzó acelerar, ya no había marcha atrás, estaba en las puertas del destino como para retirarse.
—Van los primeros.
Bocón y el grupo de cinco vikingos bajaron en una pequeña barca al mar. Patapez le lanzo una mirada a su amigo y con sus labios dibujo una sola palabra: suerte.
Hiccup sonrió amargamente y asintió para dar entender a su amigo que su mensaje había sido recibido. Y con un gesto de su mano le indicó que ambos lo conseguirían, y volverían a casa como Hooligans que eran.
La baca se fue aproximando a la orilla de la playa que mostraba la isla. En tanto, se formó el segundo grupo que arribaría a la orilla de la isla. Este grupo lo conformaban Patán y Brutacio junto con otros tres compañeros.
La barca regresó con solo Bocón, y el Drakkar fue dirigido por Estoico hacia el siguiente punto donde dejarían al segundo grupo. Y el procedimiento se repitió por otras cuatro ocasiones antes de que le tocara a Hiccup.
—Los que siguen.
Se formo el grupo de los últimos cinco vikingos que aun quedaban en el Drakkar, y por la distracción de sus nervios Hiccup no se percató que en su grupo estaba Astrid. Solo cuando escucho que el grupo se acercara a la barca fue que la vio junto a él.
Sujetando su escudo y demás indumentarias se aproximo con los otros cuatro al borde del Drakkar, donde una escalera de madera sujeta a la cubierta les permitía descender junto a Bocón.
Hiccup fue el último en bajar, pero antes de hacerlo hecho un vistazo a su padre, quien volvió a verlo a los ojos. El castaño asintió y con un movimiento de su escudo le indicó que regresaría, su padre solo movió ligeramente su cabeza. Confía en su hijo.
—A los últimos siempre les toca el mejor lugar —comentó Bocón, una vez estuvieran en marcha.
—¿De qué habla? —preguntó un vikingo de cabellera roja.
—En esta parte de la isla se encuentran los dragones más importante —Bocón le echo una mirada a Hiccup—. Si consiguen uno de esta zona, podrán convertirse en jinetes de guerra.
La emoción en los cinco vikingos afloro en su pecho y erizó los bellos de su piel. Eso es lo que todos deseaban, siempre queriendo ser un jinete.
La barca no tardo mucho en atracar en la isla, removiendo la arena de la playa en la que se encontraban. Los vikingos se levantaron de sus lugares y bajaron de la barca, para volverla a empujar al mar por petición de Bocón.
—Les deseo todo el éxito, jóvenes —gritó Bocón, que se alejaba de la orilla—. Los veo en siete días.
Una vez que la barca estaba lo suficientemente lejos para escuchar las palabras del vikingo de pata y mano de madera, el grupo se dispuso a entrar en las profundidades de la jungla que tenían enfrente.
—El momento ha llegado —dijo Astrid—. No hay marcha atrás.
El grupo con excepción de Hiccup se separó tomando rutas alternas para entrar en la espesa jungla que les estaba esperando desde hace años.
Una vez que se vio solo el joven sujetó con fuerza su escudo y emprendió la carrera hacia la jungla. Una vez dentro de la maleza y entre los troncos de árboles se vio en un lugar completamente diferente a su hogar. Ese era la primera isla que visitaba que no fuese su propia isla.
—Muy bien, primero a ubicar donde me encuentro —Hiccup saco un pergamino del bolsillo de su pantalón. Había tenido el cuidado de hacer un trazo de la isla para no perderse, y lo saco del manual de los dragones—. Según Bocón nos encontramos donde los mejores dragones descansan.
El castaño busco en su mapa donde tenía la isla dibujada, y esta a su vez dividida en secciones de dragones. Con una runa que representaba un sector, el joven busco la que indicaba la de los dragones más grandes. Una vez ubicado tomo su lápiz y marco el punto donde estaba, esto le ayudaría a no perderse con facilidad.
Guardo el mapa y echo un vistazo a su alrededor. Completamente solo sintió un escalofrió recorrer su cuerpo, y los sonidos de la jungla no ayudaban a calmar esa sensación desagradable.
Reconociendo que lo peor que pudiera hacer era quedarse en un punto, decidió dirigirse donde las Pesadillas Monstruosas se encontraban. Obtener uno de esas no solo lo ayudaría a regresar a casa y convertirse en jinete, también le ayudaría a conseguir una novia. Y en su cabeza se dibujo el rostro delicado y a su vez fiero de Astrid.
Sonrojado el joven emprendió el viaje, no debía distraerse por cualquier cosa y primero debía de localizar a los dragones.
—Un pasó a la vez —se repitió.
XX
Los primeros dos días pasaron entre la búsqueda de los dragones y el huir de estos, quienes resultaron muy fieros pero sobre todo inteligentes. A las trampas que Hiccup colocaba las bestias lograban escapar, y perseguirlo al descubrir quién era el artífice del querer atraparlos.
En el medio día del tercer día el joven vikingo estaba comiendo en un campamento improvisado dentre de la jungla. Los arboles le daban protección de los dragones que surcaban los cielos en esos momentos, y la maleza de los que andaban por tierra.
Se pregunto cómo estarían sus demás compañeros, si habían ya conseguido sus dragones y vuelto a casa. Se imagino a Patán, Brutacio y Brutilda arribando a la isla entre aplausos y vitoreos, siendo recibido con los brazos abiertos por los suyos. Y al final, vio como Astrid llegaba en un imponente dragón sacado de su imaginación demostrando una vez más porque ella seria digna de convertirse en el Valhallarama; titulo al mejor jinete de dragón.
Ese título lo había llevado su madre por tantos años con honor y distinción. Demostrando cada que montaba a su dragón, Brincanubes, porque era la mejor en dominar los cielos y dejaba en claro su liderazgo.
Elevó su vista al cielo y observó entre las ramas de los arboles un par de dragones que cruzaban por donde descansaba. Sacó su catalejo y echo un vistazo a los dragones que volaban en dirección hacia Berk. Antes de que salieran de su campo de visión logro divisar que esos dragones tenían jinetes, por la vestimenta pudo ver que uno era una de sus compañeras; Jens Garmen. Pero lo que le sorprendió era el jinete del dragón Gonkle, se trataba de su mejor amigo, su musculatura y el cabello amarillo sobresaliendo del casco lo delataban.
—Bien por ti, amigo —Hiccup sonrió amargamente.
Siendo el tercer día sus posibilidades de regresar a Berk eran casi nulas; por no ser fatalista. Necesitaba ese día atrapar un dragón y domarlo en un las próximas veinticuatro horas para de ese modo conseguir regresar a tiempo a su hogar. En vuelo era menos de un día de viaje, lo que le hacía todavía posible regresar.
Se levanto de su lugar, tomo su escudo, cuchillo y soga y emprendió el viaje para ver si lograría atrapar algún dragón. Pensó en primero ir a ver las nuevas trampas que había dejado en el terreno circundante, pero cuando salió del bosque y entro a una pradera amplia y descubierta escuchó un grito.
El sonido provino detrás de unos pastizales altos y abultados que no le permitían ver quien necesitaba de ayuda.
Corrió por entre los pastizales guiándose por un segundo grito maleza que se le interponía hasta que logro salir del campo y entrar a una zona de pequeñas colinas y pastos verdes. Frente de su posición vio que Astrid batallaba con un Mortifero Nadder, que sobrevolaba el terreno a pocos metros de la rubia.
Se dio cuenta que Astrid ya no poseía su escudo y solo tenía el hacha que eligió como indumentaria para capturar al dragón. Los trozos de lo que una vez fue la protección de la rubia estaban regados por todo el terreno, y la soga para someter al animal alejada por varios metros.
Con el valor que acumulo en ese momento salió corriendo hacia su compañera, y llegó justo a tiempo para cubrirla del fuego que la bestia lanzaba. Astrid sorprendida por la aparición del castaño se le quedó mirando por unos instantes hasta que le volteó a mirar.
—¿Cuántos tiros le sobran?
—Creo que ese era el último.
El Mortífero Nadder elevó un poco su vuelo reconociendo que se había quedado sin tiros. Hiccup al ver esto tomo una roca del suelo para lanzárselo al dragón, no le permitiría que se escapara cuando estaban en una pequeña ventaja.
—Ten mi soga, yo lo distraeré mientras tú lo atrapas.
—¡No! —se quejó la rubia—. Está prohibido que nos ayudemos.
—¿Ayudar? No te estoy ayudando, yo quiero ese dragón.
Astrid miró asombrada como Hiccup le guiñaba el ojo.
—Anda toma mi soga.
—Lo haré con la mía.
La joven salió por la espalda de Hiccup en dirección hacia donde su soga reposaba en el suelo, en tanto, el castaño lanzó la piedra que impacto en el hocico del dragón; quien se molesto por la agresión.
Aprovechando que la atención del Mortífero estaba sobre de él, comenzó a insultar y hacer movimientos exagerados. Quería que el dragón se olvidara de su compañera que ya estaba haciendo un nudo en la cuerda y lo sujetaba en un pequeño tronco de un árbol cercano. Distrajo a la bestia unos momentos más, y la rubia arrojó la soga que atrapó el cuello del dragón que quiso elevar el vuelo pero no pudo.
La soga sujeta en el tronco del árbol y la fuerza que aplicaba la rubia hicieron que el Mortifero no pudiera huir, y por la presión en su cuello se fuese doblegando hasta tocar suelo. La bestia se comenzaba asfixiar, por lo que cayó desmayada al suelo. Astrid e Hiccup corrieron hacia donde el dragón reposaba y le liberaron de la soga para que recuperara el aire.
Hiccup pensando que podría huir uso tomó la soga de su compañera y se lo amarro a la pata del dragón. Astrid al ver el movimiento rápido del castaño asintió, pues a ella no se le había ocurrido por el calor del momento.
—Bueno, creo que has conseguido tu dragón —Hiccup sonrió a la rubia.
—Lo justo es que sea tuyo.
—Si de justicias se trata no le pertenece a nadie.
Astrid bajo el rostro para no permitir ver que sonreía.
—Bien, debo seguir mi camino —se dio media vuelta y se dispuso a irse—. Felicidades, Astrid.
—No, espera un momento.
La joven corrió para alcanzar a su compañero que se dio media vuelta para ver qué es lo que se le ofrecía.
—Lo menos que puedo hacer es ayudarte a conseguir el tuyo.
—¿Ayudarme? Eso es contra de las reglas.
Astrid se quedó quieta en su lugar sin saber que responder ni como sentirse, jamás imagino que conseguiría su dragón por la ayuda de Hiccup. Vio como este se comenzaba alejar cuando se dio media vuelta y levanto du dedo índice que movió de un lado a otro.
—¿Ya que no necesites la soga cuando te vayas, la podrías dejar en ese tronco?
—¿Cómo?
—Es más gruesa y alargada que la mía, puede que le saque un provecho.
Por alguna razón aquellas palabras sonaban de rendición, como de una despedida entre un hombre que no volvería a ver. Eso inquieto a la rubia que simplemente asintió para asegurar que haría lo que le solicitaba.
—Gracias.
Hiccup se dio media vuelta y retomó su viaje hacia el interior de la isla, donde la mayoría de los dragones habitaban.
—Oye —grito Astrid—. Te veo en casa.
El castaño se volvió en sí y levantó su mano como un gesto para asegurar que así sería, pero en su interior la ansiedad de la incertidumbre lo hacía dudar de que volviera. Permaneció un momento de pie mirando hacia Astrid una vez que esta le dio la espalda, se grabó con fuego en su memoria aquel hermoso rostro de ojos azules. El ultimo recuerdo de lo que sería ser un Hoolingan; de lo que representaba la belleza misma y su gran amor.
—Adiós —susurró con pesar.
¡Segundo capitulo!
Bueno, como podrán haber leído comenzó la elección de los vikingos, y no va muy bien para Hiccup. Ojala que estos capítulos les gusten, que son importantes para lo que se avecina. Quiero agradecerles por sus reviews que me animan a continuar escribiendo, igual los que solo le dan fav y follow les agradezco por pasar a leer mi historia. Ya tengo avanzado un par de capítulos, pero los iré subiendo cada tres o cuatro días ya que no me quisiera dar alcance y dejarlos esperando mucho como me esta pasando con otros fics que escribo. Mientras disfruten del nuevo capitulo, y les aseguro que los siguientes traerán sorpresas n.n
Si más por decir
Au Revoir.
