El día que tu corazón me encuentre

por MissKaro


Tres


Días más tarde, cuando Kotoko pudo tener la cabeza en alto de nuevo, el punto álgido del verano hizo su aparición, y estar en la humedad de la calle se volvió desagradable, con las altas temperaturas que el termómetro marcaba para la estación.

Ciertamente, a ella no le agradaba la época invernal, pero tampoco su opuesto era su periodo del año favorito. Ella prefería la primavera, con la temperatura templada y la ciudad llena de flores, los cerezos poblando los caminos y la felicidad unida a la temporada, latente.

Lo único agradable del verano era que podía ir a refrescarse a una piscina, o comprar sorbetes en los puestos que pululaban por las calles, con vendedores interesados en ofrecer las nieves japonesas, de hielo con algún sirope en el tope, que la gente utilizaba para contar con algo frío en el caso de tener que andar fuera de casa, los establecimientos, o la oficina.

Ella, por supuesto, se había dado una escapada durante su hora del almuerzo, y ahora disfrutaba una nieve bañada de melocotón, tras la cual consumiría sus alimentos tranquilamente.

Podía estar en la oficina sin sufrir por el calor, pero ponía cualquier excusa cuando se trataba de comida o postre.

Las cosas en su sitio de trabajo se habían apaciguado ligeramente, luego de su incidente con Irie-san, después del que muchos vieron con impresión que mantenía el puesto. Aun escuchaba los comentarios que habían dado, y había quienes estaban interesados en saber lo que transcurrió puertas adentro de su despacho, pero ella ya había recuperado, casi al completo, la calma.

No podía dar una explicación a los otros sobre lo ocurrido con Irie-san, porque ni ella misma comprendía el cómo la había dejado libre, sin represalias, pero llegaba a la conclusión que él no era tan mala persona como podía creerse. Quizá solo extremadamente serio y reservado; o sí era cruel y despiadado y lo disimulaba a la perfección.

En realidad, podía ser exactamente lo que dijo, que no mezclaba asuntos personales con el trabajo y por ello no lo tomó a pecho; o fue una indirecta para ella.

Le daba dolor de cabeza sólo de tratar de pensar en sus motivos y acciones. Él era un genio, y tan hermético como una estatua; comprenderlo sería toda una proeza.

Aunque en ese pequeño intercambio no se mostrara especialmente desagradable, y hasta había visto expresiones en su cara que le daban un aire diferente.

También, él era el causante de su contratación, por lo cual debía ser más consideraba. Casi podía jurar que, de haber sido por el de personal, ella no habría obtenido ese empleo.

—Deberías de ir por la calle sin pensar en Irie.

Se tensó con la voz de Matsumoto a su costado. No eran amigas precisamente, pero al momento no estaba en grandes términos con ella.

—No me dedico a eso, Matsumoto —refunfuñó, con la frente fruncida, observándola a su costado.

Durante un instante, como algunas otras veces, sintió envidia de su escultural figura; sus ojos oscuros y sus cabellos negros ondeados, perfectamente peinados, el rostro y la complexión de modelo. Al lado de su cabello cobrizo hasta la cintura, sus ojos marrones y su corta estatura… así como sus casi nulos atributos físicos —busto y trasero—, se sentía simplemente mediocre, y maldecía por haber sido tan poco beneficiada por la naturaleza, ni los genes de su familia.

También se lamentaba ser mala en los deportes, como para ejercitarse como debía serlo.

Solo agradecía que, con su metabolismo, no engordara de lo tanto que comía.

—Sigue convenciéndote que no —refutó su compañera de trabajo, quien afortunadamente no leía la mente, porque en efecto pensaba en su jefe.

No por los motivos que la otra creía, claro.

Ya llevaba bastante tiempo insistiendo con lo mismo, y se estaba tornando cansado tener que negarse constantemente a un inexistente interés por Irie-san. Si no pensara que la otra la creía su rival, tendría el presentimiento de que quería metérselo entre los ojos, algo muy imposible.

¿Por qué, con la obvia atracción que Matsumoto demostraba por Irie-san, ella le empujaría en la dirección de él? Era insólito, muy improbable. La pelinegra se veía muy interesada en el presidente de Pandai, que deseara emparejarlos era risible.

Además, Matsumoto tenía las cualidades para hacer de mejor pareja con Irie-san. Ambos eran iguales; listos y atractivos, y encajaban mucho mejor de lo que ella lo haría con él.

No era que estuviera buscando estar con él; simplemente ponía en la mesa algo que le parecía tan obvio, que no necesitaba ni decirlo en voz alta. ¿Cómo una chica promedio se vería bien junto a alguien como él, que no solo le sobrepasaba en altura, sino en habilidades y destrezas?

¿Qué podrían tener en común, de cualquier modo?

Eran meras conjeturas y consideraciones; la posibilidad de los dos estando juntos se encontraba a millones de años luz. Seguro hasta descubrían vida extraterrestre primero.

—Te lo digo, otra vez —murmuró la pelinegra.

Kotoko agitó su cabeza. Lo mejor era dejarlo por la paz; callar la voz que ponía en su cabeza a Irie-san, y las respuestas a Matsumoto, inútiles.

La otra rió a su lado, chocando con su hombro adelantándose.

Ella se desequilibró; y se impactó contra un cuerpo duro, sobre el cual cayó el contenido de su cono.

Lanzó un grito interno al encontrarse con una corbata y un traje, caros, ante sus ojos.

Bajó los párpados y exhaló audiblemente, escuchando el gruñido de la persona, que claramente se enfadaría por sus acciones.

—Me parece estupendo —masculló el hombre, ampliando la distancia entre los dos.

Ella alzó la cabeza, asustada, preguntándose por qué, de toda la población nipona masculina, tenía que ser su jefe, quien estuviera frente a ella, con la camisa blanca manchada de rojo, y la corbata roja, junto al traje negro, con signos de humedad.

Ni miraría al suelo para ver sus lustrados zapatos negros llenos de los restos del helado.

—Deberías ver por dónde caminas, Aihara —aseveró Irie-san, con la nariz arrugada.

Ese era el momento preciso para que el suelo bajo sus pies se abriera, o un vórtice apareciera, y la escupiera en cualquier sitio menos ése. ¿Es que todo lo malo tenía que pasar con ella?

—¡Juro que no fue a propósito! —exclamó, con la desesperación recorriendo su cuerpo.

La última vez se había salvado de milagro, no correría con la misma suerte dos veces. Así como un rayo no caía en el mismo sitio, a ella no podría sonreírle la vida por segunda ocasión. Iba contra los designios del destino.

Aquel era el cierre de su etapa en Pandai y la bienvenida a la vida de desempleada. Sería el momento apoteósico para Aihara Kotoko, ex estudiante de las diversas clases F.

—¡No fue a propósito! —repitió, sospechando que tendría sus desvaríos habituales. Al menos, habría de dejarle claro que no era adrede. —¡No lo fue!

Se inclinó repetidamente. —Comienzo a pensar que sí —precisó Irie-san, en tono seco.

Enderezó su cuerpo y negó con la cabeza, antes viendo su boca en una firme línea, y que atraían algo de atención de los transeúntes.

Tal vez debería ir a purificarse a un templo y alejar los malos espíritus de una vez por todas. Presentía que sería en vano, pues desde pequeña atraía accidentes; los provocaba o los sufría.

Llevó una mano a su boca. —¡De verdad que no lo hice intencionalmente, Irie-san! —expresó, agitando sus brazos. —Ella… Mat… —Buscó a sus lados, inútilmente, intentando clarificar con la presencia de la pelinegra.

Solo hubo miradas apenadas a su alrededor y ninguna figura parecida a su compañera. ¡Había desaparecido!

—¡No está! —¡Desgraciada mujer! —¡En serio que no quise hacerlo! —expresó, inclinando la cabeza.

¿Por qué a ella?

—Entonces puedo pensar que eres torpe —manifestó Irie-san, enarcando una ceja.

—¡Sí! —soltó bruscamente—. Eh, sí, y soy algo distraída —dijo con más calma. Por lo menos así no peligraba su trabajo.

O quizá debía pensar en dimitir.

Él soltó una risa muy breve y suave, casi inexistente, y negó, sorprendiéndola. ¿Era por haber dicho que era distraída o sus palabras fueron en voz alta?

—Pensaste en voz alta —contestó él por ella, que se sonrojó, más de lo que ya debería haber estado.

Muy vergonzoso; mejor iba y se escondía bajo un puente.

—No voy a despedirte —declaró él, haciendo un sonido con su boca. —Eres bastante transparente de leer —comentó al final, poniendo los ojos en blanco, de un modo muy arrogante.

No podía haber dicho nada más obvio; lo sabía. Extrajo un pañuelo de su bolso y se lo entregó. Tenía sus iniciales bordadas, como los cinco otros que una de sus antiguas alumnas, que seguía viendo, le regaló.

—Le pagaré la tintorería —aseguró, con voz muy apenada. No sabía cuánto de sus ahorros se llevaría, pero lo haría.

Él hizo un movimiento de negación con la cabeza. —Con que evites otro altercado involucrándome, me basta, Aihara.

Asintió, con las mejillas muy calientes.

Luego, él se fue, dejándola sin habla y sin helado, y con la sensación de que había estado mal juzgándolo solo un poco.


NA: Saludos, chiquitinas.

¿Qué hará Irie con el pañuelo? XD Solo hasta ahora se me ocurrió, pero no sabría cómo agregarlo.

Bueno, ¿qué tal? Uno pensaría que es demasiada la casualidad para encontrarse con Irie-kun, pero Kotoko en sí tiene bastante mala suerte je,je. ¿Qué estaría pensando Irie? Quien sabe, no tengo preparado su punto de vista...

En fin, les dejo hasta el siguiente, gracias por leer.

Besos, Karo


adriana bulla: Me alegra mucho. Ja,ja, pueden pasar muuuchas cosas ;) - ¿Kotoko adulta, sin seguir a Naoki a todos lados? Es curioso pensarlo, ¿tal vez él sea quien la persiga? Ya pues, tendrás que seguir leyendo para ver lo que se me ocurrió para esto, aunque en sí no fue muy planeado y no tenga mucha lógica entre ratos XD. Muchas gracias a ti por seguir las historias, y comentar, por supuesto. Hasta la próxima.