N.A: Ya sé que es un capítulo muy cortito, lo siento, pero es el último mes de curso y ahora mismo mi cabeza no da para más. El próximo capítulo será más largo, palabra.
CHAPTER 3: Don't Stand So Close To Me
Quinn se apoya como quien no quiere la cosa contra el marco de la puerta del aula de química. Es la única clase que comparte con Rachel y, por consiguiente, la única en la que puede acercarse a ella.
- Hoy no me sentaré contigo, ¿vale? –le dijo a Santana hacía ya un rato.
La latina se llevó la mano al pecho y, con fingido dolor, le respondió:
- Sabes que química es la asignatura que peor llevo, ¿cómo puedes hacerme esto?
Quinn puso los ojos en blanco.
- Después de clase pásate por mi casa y te ayudo con los ejercicios, pero hoy siéntate sola, anda.
Santana no rechistó más.
Rachel no tarda en aparecer. Va acompañada de Artie, riendo animadamente. Al verla allí, sus risas se congelan. Se queda parada en medio del pasillo, mirándola como si de un fantasma se tratara. Artie la agarra de la mano, la obliga a inclinarse y le susurra algo al oído. La muchacha asiente y se dirige hacia donde está ella, seguida muy de cerca por su amigo, que, puestos a ser quisquillosos, decir cabe que no comparte clase con ellas. Quinn arquea una ceja en dirección al chico. ¿Qué pasa, ahora eres su guardaespaldas o qué?
Cuando sus ojos se cruzan al entrar, Quinn sonríe. Es una media sonrisa torcida, juguetona, cargada de intención. Y surte efecto, porque Rachel se detiene y la mira con expresión interrogante y confundida.
- ¿Sí? –pregunta Quinn inocentemente.
Artie se sitúa entre ambas y la fulmina con la mirada. Tranquilo, Ruedas, que no voy a hacerle nada. Aún. Rachel niega con la cabeza, entra en el aula y se sienta en el último pupitre. Sola. Como siempre. Artie se marcha tal y como ha venido y Quinn espera pacientemente a que el profesor Smith llegue y la inste a pasar.
Entonces, sin cruzar mirada con nadie ni mediar palabra alguna, camina hasta el último pupitre del aula y se sienta al lado de Rachel. La pobre parece que va a morirse del susto. Tensa el cuerpo hasta el punto de parecer un maniquí y clava los ojos al frente, sin apenas parpadear. Quinn sonríe para sus adentros, satisfecha por el efecto que es capaz de provocar en Rachel, pero la sensación de triunfo no dura mucho.
Está sentada al lado de Rachel, hasta ahí todo perfecto. Físicamente apenas las separan unos centímetros, pero la barrera que hay erigida entre ambas es abismal. Y eso ya no es tan perfecto. Solo necesita mirar de reojo a Rachel para saber que lo que más desea en esos momentos es salir corriendo. Está sentada junto a ella, pero está a años luz de conseguir estar cerca de ella. Apoya la cabeza en la palma de la mano y suspira. Bueno, por algo se empieza. No puede hacer milagros, a fin de cuentas. Que se acostumbre a su presencia es el primer paso. Y sentarse a su lado, el único modo que se le ocurre (o, al menos, el más sutil).
Al cambiar de posición, su brazo roza sin querer el de la morena y, como si acabase de ser electrocutada, Rachel se aparta. Lo hace con tanta brusquedad que está a punto de caerse hacia un lado de la silla. Quinn suspira de nuevo. Va a ser un proceso muy largo.
El timbre que marca el final de la clase resuena por toda el aula y Rachel se levanta como un resorte. Mete los libros en la mochila y corre como un bólido hasta la puerta. Quinn le saca la lengua y antes de llegar a cruzar la salida, Rachel se detiene y vuelve sobre sus pasos. La rubia esconde rápidamente la lengua, preguntándose si oculta algún radar detecta-burlas bajo esa abominable chaqueta de cuadros naranjas. La morena se detiene frente a la mesa (a Quinn no le ha dado tiempo ni de recoger) y, de una sola vez, le dice:
- Quinn, me gustaría decirte que soy consciente de que al espacio de la clase es reducido y, por ende, los asientos disponibles, además de estar en un estado un tanto cuestionable, son poco numerosos. No obstante, me gustaría que si por algún motivo no puedes sentarte con Santana, hallases otro lugar para hacerlo que no esté justo a mi lado. Gracias.
Quinn se la queda mirando con la boca abierta. Primero, porque esa capacidad para hablar del tirón sin pararse siquiera a respirar es algo digno de llevar a los Guinness. Y segundo, porque, si no ha entendido mal, el mensaje implícito bajo toda esa palabrería es que quiere que no vuelva a sentarse con ella.
Rachel da media vuelta y se aleja a zancadas mientras Quinn, con los puños apretados, la observa. Ya sabía desde buen principio que conquistar a Rachel Berry no iba a ser fácil (por decirlo eufemísticamente), pero, ¿cómo se supone que va a derribar todo el odio que siente hacia ella si ni siquiera le permite algo tan simple como sentarse junto a ella en clase?
Muy bien, Freak, piensa dolida. No me sentaré a tu lado, pero ni pienses que vas a librarte de mí.
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El profesor Schuester está sentado en su pequeño despacho, con la cabeza gacha sobre un montón de exámenes y paseando el boli rojo por las hojas sin parar. Quinn toca la puerta con los nudillos y el hombre alza los ojos.
- Quinn –parece sorprendido de verla allí-. ¿Puedo ayudarte?
- Sí –la rubia se acerca hacia su mesa y toma asiento justo enfrente de él-. Me gustaría ingresar en el Glee Club.
