Diclaimer: Axis Powers Hetalia no es de mi propiedad.
Advertencias: Esto tira al NC-17 por algunas cositas. Es Francia, después de todo, y ya de por sí lo hago bastante light.
Pareja: Francia/Canadá.
Palabras: 2.735
Resumen: No fue una apuesta lo que desencadenaría el movimiento final; sino una serie de circunstancias que, para desventaja de Matthew, nunca pudo detener.
Notas: Bueno, a petición popular (tres personitas por mi livejournal XD) subo hoy el tercer capítulo, espero les guste y comenten su parecer :'DDD ¡Mil gracias a quienes ya lo han hecho! Me alegra mucho recibirlos tan bonitos :)

Capítulo 3

Francis se tambaleó inseguro apenas tuvo los dos pies sobre la pista. Logró equilibrarse después de unos cuantos pasos, mientras que Matthew iba tras él temiendo que se cayera.

—¡Tenga cuidado, por favor! —exclamó, sosteniéndole por la cintura.

—Sólo me estoy calentando, no necesito ayuda —le dijo, apretándose contra él.

Matthew trató de alejarlo, después de comprobar que no había peligro de que fuera a dar contra el piso, por los momentos. Francis ignoró su poca disposición a mantenerse unidos, hasta que debió cansarse de la posición y se despegó de él, patinando aún con inseguridad. Se esforzaba mucho por mantenerse de pie, tanto que Matthew comprendió que lo anterior había sido pura palabrería. Se mantuvo a poca distancia de él, asegurándose de que hubiera el espacio suficiente para que de repente no le saltara encima para "darle amor" pero sí para tener los segundos indicados si acaso Francis llegaba a tropezarse. Confió en sus reflejos.

—No es necesario que me vigiles —le amonestó Francis, dándose cuenta de su intención. Hablaba lentamente por estar ocupando su concentración en la pista, para no dar un paso en falso y darse un golpe que le dolería toda la noche. Y para dolores nocturnos, él prefería otros—, no me caeré. Lo tengo todo bajo control.

Matthew se avergonzó, preocupado de estar exagerando su atención, pero conocía bien a Francis y lo dado que era para dar la impresión incorrecta. Muchas veces lo había escuchado decir "lo tengo todo bajo control", para luego volver las cosas un caos y terminar perjudicado quien quiera que osara acompañarlo. En este caso sería él y temía lo que implicaría aquello.

Francis, al notar que no lo había convencido, quiso mostrarle cuan ciertas eran sus palabras. Tomó impulsó y se alejó de Matthew, procurando no enredarse con los patines pero a la vez deslizándose con suma torpeza; daba la impresión de ser un principiante con tan solo unas pocas practicas sobre la pista de hielo. Matthew exclamó en voz baja su nombre, alarmado de que hubiera tomado tanta distancia, y mientras iba a su encuentro, observó cómo Francis perdía el control de su trayectoria hasta dirigirse sin remedio al otro lado de la pista, amenazando con salirse de ella y chocar contra unos pinos que la rodeaban.

¡Debía darse prisa o se lastimaría en serio! El inconveniente era la distancia que se cernía sobre ellos y que jugaba en contra de Matthew. Con horror, comprendió que no llegaría a tiempo para salvarlo. No disminuyó su velocidad, y siguió deslizándose hacia Francis. Él ya estaba a pocos pasos de salirse de la pista, a pesar de sus propios esfuerzos por recuperar el manejo de los patines. Cuando ya ambos lo daban todo por perdido, un patinador se atravesó en la dirección que seguía Francis sin querer, recibiendo el impacto de un novato descontrolado, y deteniéndolo en consecuencia.

Matthew no comprendió qué tan asustado se había puesto hasta que dio un largo suspiro de alivio, dejándole una sensación de serenidad repentina dentro del pecho. El corazón seguía bombeándole frenético. El corazón de todos, seguramente, pues Francis y el patinador no eran la excepción.

Se acercó a ellos. Estando lejos, se había perdido el inicio de la conversación entre ambos; cuando llegó a su lado se encontró brevemente confundido al oírlos. El patinador no reparó en su presencia y Francis no se molestó en hacerlo.

—Si es primera vez que patinas, puedo ayudarte —A primera vista, Matthew observó que el patinador era alto, de piel pálida producto del clima de tierras frías y cabello rubio—. La verdad es que te ibas a dar un golpe muy feo, y aunque estoy dispuesto a salvarte cuantas veces sea necesario… —Matthew comprendió que era estadounidense, no sólo por su acento.

—Me encantaría, monsieur. ¿Pero no le causaré problemas? —Francis sonrió, apenado, mirándolo fijamente a los ojos—. No espero que haya planificado pasar la tarde como instructor.

—Venga, no hay rollo —insistió el otro—. Es más, insisto. No acepto un no por respuesta.

Definitivamente era estadounidense, resopló Matthew para sus adentros. Quiso que repararan en él, exclamarles que estaba aquí y que Francis no necesitaba que nadie le enseñara, que para eso estaba él. Se calló sus palabras, sin atreverse a pronunciarlas. Como siempre.

—Y hey, puedes llamarme Adams, Adams West. —Matthew retomó la conversación, vaya nombre más ridículo. El patinador sonreía con una dentadura increíblemente blanca y unos dientes perfectos, parecía la sonrisa de un actor de publicidad. Tuvo la loca idea de que pronto sacaría de la nada un producto y comenzaría a promocionarlo, dirigiéndose a cámaras invisibles. Se esforzó en dejar esos pensamientos.

—Un gusto, je m'appelle Francis —dijo, sin poder evitar el francés. De por sí Francis hablaba el inglés bastante mal, aunque Matthew no sabía si lo hacía a propósito.

—¡Jo, hablaste francés! —exclamó Adams, con una exclamación que se acercó al grito—. Pero no se parece el francés de este lugar.

—No soy de aquí.

—Ah, lo supuse. Entonces sin duda debes ser de Nueva Orleáns —concluyó el joven con una gran sonrisa.

—¿Por qué Nueva Orleáns? —Quiso saber Francis, y también Matthew.

—Porque es el único sitio donde lo medio hablan, ¿que si no?

La respuesta los dejó tan descolocados, que Matthew se quedó de piedra antes de comenzar a reírse en voz baja ante la cara de Francis. Adams no se percató de la fina cara de barbaridad de su receptor, y éste tuvo que hacer un esfuerzo para recuperarse de ser relegado en el plano, como país, por un estado de otro que ni siquiera era la capital o los estados adyacentes. Lo hizo gracias a que el estadounidense le volvió a repetir la propuesta. Francis aceptó, sonriendo como si no hubiera oído lo último. Ya tendría oportunidad de explicarle que no era estadounidense como él.

Matthew se quedó perplejo cuando ambos se alejaron para iniciar la clase, ya sea porque había permanecido como idiota esperando un reconocimiento que no sucedió, puesto que parecía invisible para uno y dispensable para el otro, o que el patinador se tomara la libertad suficiente para tomar a Francis por la cintura y guiarlo con cuidado por la pista, indicándole instrucciones. Matthew los observó de lejos, patinando él en consecuencia, sin atreverse a acercarse. Ambos parecían bastante metidos en lo que estaban haciendo, Adams ponía su máximo empeño en su papel de profesor y Francis se estaba concentrando en hacer un buen papel como alumno. Pero igual se tambaleaba, perdía el equilibrio y Adams se veía obligado a sujetarlo para que no se cayera. La falta de progreso no lo desanimaba, pues a cada salvada él recibía el profundo agradecimiento de Francis y la oportunidad de tocarse cada vez más, de la cintura pasó a la espalda y de repente también su pecho y sus manos. Fue un cambio gradual.

Matthew se sintió irritado. Supuso que patinar solo no era divertido, al menos no ese día con su invitado encantado por otro. Y otro como su hermano, lo que lo hacía aún peor. Sin ganas de seguir permaneciendo en la pista, se salió y se cambió los patines por sus botas normales. Cierta culpabilidad le azotó la consciencia mientras salía del parque sin avisarle a Francis, no se le disipó incluso cuando llegó a casa y se colocó su equipo de Hockey, sólo por el gusto de descargar adrenalina. En realidad, golpeó el disco con más rabia que ímpetu. Al terminar, visiblemente cansado, pero con la sensación de que podría seguir por horas, se metió a la casa, se quitó el equipo y se puso ropa cómoda, una camiseta y un mono bastante viejos que le daba pereza de botar, además seguían cumpliendo su función, que consistía en vestirlo. Se preparó una comida rápida, se la comió sin degustarla y se pasó parte de la noche enfrente del televisor, aguantándose un especial de películas sobre viajes por el mar, a su gusto bastantes malas. Kumajiro estuvo a su lado calándose la programación, sin dejar de preguntarle quién era ni dónde estaba el rubio que le preparaba comida.

Le molestó esas preguntas, más que nada porque fue allí que cayó en cuenta de que no había dejado de pensar en Francis en todo momento. En Francis y su desplante, en cuánto lo había decepcionado ser relegado por alguien que sin duda debía ser más interesante que él. No era extraño para Matthew quedarse solo, como, por el contrario, sí lo era tener compañía y más la de Francis. Por eso había tenido la pequeña ilusión de que al menos para alguien era un disfrute su compañía diaria, aunque fuera alguien egocéntrico y caprichoso con tendencia a volver su vida un dolor de cabeza (estaba acostumbrado a ello, Alfred y Arthur no eran fáciles de soportar, menos estando juntos en un mismo lugar, y Cuba se volvía intratable cuando estaba convencido que era su hermano, en realidad no había trato alguno más allá de los golpes).

Aproximadamente hacia la medianoche se terminó el especial. Matthew estaba dispuesto a irse a dormir, pero le preocupó que Francis no hubiera llegado aún. ¿Estaría en un club de los suyos, pasándola bien con quien se le pasara por el frente? ¿Seguiría con el tal Adams West? Matthew se reprochó a sí mismo el estar llamándole para saber de su paradero, pero se conocía y no dormiría tranquilo hasta saberlo. Lo llamó a su teléfono. Una melodía de un grupo francés comenzó a sonar, desde el fondo de los cojines del sofá. Matthew palideció, convenciéndose que el supuesto adulto responsable había sido lo suficientemente irresponsable como para dejar el único elemento con el que podría comunicarse, tirado en la casa. Removió los cojines y encontró el celular de Francis, y supo de inmediato que se trataba de él porque el forro lo tenía del color de la chaqueta que cargaba en la mañana. El hombre combinaba su celular con su ropa.

—¿Y ahora qué? —dijo en voz alta.

Kumajiro se encogió de hombros.

—Consíguete otro que me de comida.

Matthew ignoró la vana solución de Kumajiro. Pensó en distintas posibilidades pero todas eran imposibles de realizar; una de ellas, salir a buscarlo por toda la ciudad, se le antojaba desesperada y poco práctica. Dio vueltas en círculos, lamentándose también el poco aguante de su indignación, pero es que no podía estar enfadado si desconocía dónde estaba. Se volvió a sentar en el sofá, alborotándose los cabellos en un gesto cercano a la desesperación. Y, entonces, cuando ya sinceramente no tenía idea de qué hacer aparte de esperar, sonó su propio celular, a lo lejos. Lo buscó corriendo, tropezándose en el camino con mil cosas que no sabía que estaban allí gracias a la oscuridad. Sólo la sala tenía la luz prendida. Se dio un golpe especialmente duro en el pie con la pared que daba a la entrada de la cocina, entró sobándoselo, dando saltitos sin ver más allá que el brillo de la pantalla de su celular, que estaba sobre la mesa. Lo tomó y comprobó que lo llamaban desde un teléfono público. Atendió.

—¿S-Sí? —contestó, nervioso.

—¡Oh, Matthieu, amor mío, por fin me atiendes! —exclamó al otro lado de la línea, Francis. Se oía profundamente aliviado.

—¡Es usted! —exclamó Matthew a su vez, pero se calló. No quería parecer feliz de su llamada, pero desconocía cómo disfrazar la emoción en su tono de voz.

—Matthieu, discúlpame molestarte a estas horas, sin duda estarás dormido.

—No, no lo estaba. —Matthew pensó que la respuesta estaba bien, después de todo no quería decir que lo estuviera esperando pacientemente—. Pero, ¿se puede saber dónde anda metido? N-No es que sea asunto mío, y no quiero meterme en lo que hace, pero… —Pero fue interrumpido.

—¡No sé, no sé dónde estoy! Ando perdido. Intenté llegar a la casa pero, no te ofendas, las calles son tan aburridas que no supe cuál tomar, me parecían iguales y terminaron por marearme. Ahora está todo muy oscuro y es peor.

Matthew pasó de largo la ofensa.

—¿Me puede decir al menos algo distintivo? Sin indicaciones no puedo ir a buscarlo.

Francis le informó que al frente suyo parecía haber algo parecido a una escuela de preescolar, guiándose por el colorido de los adornos con la que estaba adornada la fachada: mariposas, soles alegres, nubes, arcoíris, margaritas y girasoles. Todo con brillantes colores. Matthew captó enseguida dónde se encontraba, a pocas calles de su casa en realidad, pero conociendo la mala disponibilidad de Francis por encausarse en las direcciones correctas, se ofreció de inmediato a buscarle. Se colocó un abrigo y otro pantalón, le dijo a Kumajiro que ya volvería, tomó las llaves del auto y salió.

Encontró a Francis en la dirección que le había indicado. Se estacionó y le abrió la puerta del copiloto. Francis entró de inmediato, estremeciéndose del frío.

—Al fin llegaste, temía congelarme allá afuera —le dijo, abrazándose a sí mismo. Matthew suspiró. Sólo exagera, con esa ropa puesta jamás se hubiera convertido en un cubo de hielo… menos mal que no le dio por desnudarse.

—Pero si hace fresco —dijo—. Y también está cerca de casa, ya debería aprenderse la dirección.

Matthew arrancó el auto. Francis se frotó las manos.

—La sé, pero como te dije, tus casas me confunden. No fue mi culpa, mon petit.

—No me llame así.

Matthew quiso preguntarle qué había estado haciendo, pero no se atrevió. Sus labios no querían separarse para articular las preguntas que se planteaba por su mente. Sin embargo, Francis estaba dispuesto a contarle sin necesidad de un incentivo. Parecía querer calentar la lengua.

—Adams me enseñó todo lo mejor que pudo y ya me manejo mejor —Pero usted antes había dicho que sabía hacerlo—. Oh, y me sorprendí el no verte en la pista de patinaje.

Le contó que después del patinaje, habían decidido pasear juntos por el parque y luego por sus alrededores. Luego fueron a comer, a sugerencia de Adams. Lo primero que hizo fue indicarle un McDonalds, pero Francis logró desviarlo hacia un restaurante más decente para sus estándares. Comieron allí, Adams insistió en pagar la cuenta, cosa que Francis no se opuso debido a que gran parte de lo consumido había ido a parar a la boca del estadounidense. Se quedaron un tiempo charlando y luego se despidieron. Francis rechazó la intención de Adams de llevarlo hasta su casa, pero intercambiaron números de teléfonos y quedaron de verse pronto. Luego Francis emprendió el regreso, perdiéndose a consecuencia. Tampoco cargaba dinero en efectivo debido a que había dejado la cartera en casa, además de su celular. Por suerte detuvo a un amable hombre que le ofreció el dinero suficiente para llamar a Matthew.

—Y me sobró lo bastante para ir a tomarnos unas bebidas calientes, ¿qué te parece la idea?

Francis le enseñó el dinero restante, que era una cantidad exagerada para una acción amable, cuando bien se pudo limitar a regalarle un par de monedas. Así se lo planteó con la mayor inseguridad del mundo.

—Vamos, mon petit, no seas perspicaz.

Matthew se encogió de hombros, poco dispuesto a seguir defendiendo su punto. Al llegar a casa, aparcó y juntos caminaron hacia la entrada, ya en ella, Francis se detuvo sin explicación alguna.

—¿Pasa algo?

Como respuesta, recibió el silencio y a Francis estrechándolo en un abrazo, expresándole un gracias apenas audible. Matthew se ruborizó y agradeció que Francis no lo mirara en aquellos momentos tan fijamente. Matthew sintió miedo cuando comprobó que Francis inclinaba la cabeza hacia él, y temió ante la posibilidad de que fuera a besarlo. Su cuerpo estaba temblando ligeramente y sus manos, sudorosas, a pesar del frío.

Para su decepción, Francis le sonrió y le confesó que valoraba todas las molestias que se tomaba por él. Luego se separó y entró en la casa. Tuvo la sensación de que la escena había quedado incompleta, avergonzándose por esperar un desenlace distinto. Lo siguió adentro y vio que entraba al baño. Él se metió a su habitación después de darle las buenas noches a Kumajiro.

Trató de no pensar en la decepción, en la molestia y a la vez el gusto inexplicable de volverlo a tener en casa, reparando en él y solo en él. Es uno de los pocos que no te confunde, a pesar de todo…, se dijo, tratando de tranquilizarse para poder dormir.


¿Reviews?