Capítulo 2
Ron se dejó caer de espaldas contra las puertas de la enfermería. Todavía tenía el rostro blanco como un papel, como si hubiera visto un fantasma. Irónico era que no se alejaba demasiado de la verdad.
- Entonces, ¿eran ellos? ¿ellos fueron los que volvieron con Harry? – cuestionó en voz alta, para ver si así lograba ordenar sus caóticos pensamientos. - ¿Sus padres? -
Ron la miró como si no hubiera entendido una sola palabra de lo que había dicho.
- Pero, ¿cómo? -
Estaba segura que ella no era la única haciéndose esa pregunta. La profesora McGonagall los había enviado a ella y a Ron de vuelta al despacho de la primera, con la señora Weasley y Bill, porque Lily Potter había pedido privacidad para hablar con su hijo. En otra oportunidad, Harry hubiera vociferado tajantemente que quería que ellos dos se quedaran con él, pero en esta ocasión, el pobre había quedado tan pasmado que ni siquiera pudo reaccionar. Se había limitado a observar a la mujer, sin asimilar del todo que ella estaba ahí.
Su mente trabajaba a toda velocidad mientras caminaban en un silencio abarrotado de incógnita por los desiertos pasillos, pero nada de lo que había leído y estudiado durante los últimos 4 años la ayudaba a discernir qué había pasado. Lily y James Potter habían sido alcanzados por el maleficio asesino, el Avada Kedavra, y no había forma de sobrevivir a ello. Era imposible. La única posibilidad que se le ocurría, por demás remota y hasta descabellada, era que los padres de Harry no hubieran sido víctimas de la maldición asesina, sino que haya sido otra maldición. Aunque no explicaba por qué toda la comunidad mágica había creído durante 13 años que estaban muertos. Y lo otro que no dejaba de darle vueltas, era por qué los padres de Harry habían aparecido en la reunión del renacimiento del Innombrable. Ese detalle era tan o más importante que el hecho de que estuvieran vivos. Asumiendo que la otra figura que había salido persiguiendo a Moody era James Potter.
- Bueno… - Hermione dirigió su vista hacia Ron, deteniendo el tren de acelerados pensamientos y conjeturas. – No es como si fuera la primera vez que pase algo así. Digo, Harry también sobrevivió al Avada Kedavra y nadie sabe aún por qué sucedió. Tal vez sus padres también sobrevivieron al ataque del Innombrable. -
Era la posibilidad más realista de todas las que se le habían ocurrido hasta el momento.
- Quizás los Potter tengan algún tipo de magia antigua que los defiende de esas maldiciones. – murmuró. Ron asintió lentamente, no muy convencido. - ¿Los Potter son sangrepuras, no?
- Sí, pero no sé qué tan sangrepuras son. Dudo que sean como los Malfoy o algo así. Tendría que preguntarle a mi mamá, ella conoce más de genealogías que yo. Oye, pero Hermione, no es seguro. Si existiera algún tipo de magia ancestral o lo que fuera que pudiera detener el Avada Kedavra, ya se sabría. -
Ron tenía razón. Tal vez debería dedicar parte de sus eminentes vacaciones a estudiar algo sobre genealogías mágicas. A pesar que en lo relativo a la magia, todos los magos eran iguales, tanto si eran hijos de muggles, mestizos y sangrepuras, estaba segura que entre los magos de sangrepura más antiquísimos existían algunas prácticas que se guardaban recelosamente. No podía cerrar ninguna hipótesis de su investigación.
Suspiró. Ron se restregó el rostro. Aún no terminaba de creerlo.
- Es… demasiado extraño. Todo es muy raro… Cuando vi… a la señora Potter… pensé que me había vuelto loco, que estaba delirando… - y se rascó la cabeza, revolviéndose el cabello. Entendía a qué se refería. Ella también pensó que se estaba volviendo demente, por materializar fantasmas del pasado.
La mujer había resultado ser más joven de lo que creía, bastante delgada y ciertamente atractiva. Pero había algo en su presencia que no la había tranquilizado del todo. Podría deberse a que era lo último que esperaba que sucediera, después del regreso del Innombrable. También, al efecto tenebroso y sombrío que le daba su aspecto completamente negro.
Como esa capa que iba revoloteando directo hacia ellos.
- Señor Weasley. Señorita Granger. – dijo la voz peligrosamente suave de Severus Snape, el profesor de Pociones. – Es inusual encontrarlos sin la compañía del señor Potter. - comentó sin ninguna expresión en el rostro.
Hermione vio a Ron arrugar el ceño. Ella también se indignó, pero trató de no demostrarlo; Snape sabía que Harry estaba convaleciente, no tenía por qué andar haciendo comentarios mordaces sobre su ausencia. Aunque no fuera de forma física, espiritual y psíquicamente siempre estarían con él, hasta el mismísimo final.
- Harry está en enfermería descansando, señor. – se apresuró por decir, neutralizando su tono de voz. – La profesora McGonagall nos ha enviado a su despacho, con la madre de Ron. – y señaló a su amigo. Éste asintió toscamente.
Snape los observó sin decir una palabra, sopesando lo que había dicho, tratando de dilucidar el por qué la jefa de Gryffindor había tomado la tan poco grata decisión de alejarlos de su estimadísimo amigo.
- Es curioso… - empezó con su tono viperino. – Lo irracional que se vuelven las decisiones de las personas ante situaciones de extremo peligro. – alzó una ceja, sin entender su punto. Ron tenía cara de entender menos todavía. Snape pareció molestarse que ninguno de los dos se sintiera ofendido, así que les espetó bruscamente: - ¿Dónde está el profesor Dumbledore? -
- En la… enfermería. – dijo Ron con voz floja.
Y sin despedirse, Snape continuó de largo por su lado, en dirección a lo que parecía ser dicha habitación. Ambos lo observaron hasta que desapareció, doblando por uno de los pasillos.
- ¿No deberíamos haberle dicho lo de…? – inquirió Ron, luego que perdió de vista al profesor y siguieron su propio camino.
Ella negó con la cabeza.
- No creo, no nos hubiera creído. – Ron bufó, un poco más relajado de lo que había estado hasta el momento.
- ¿Te das cuenta de la sorpresa que se va a llevar al darse cuenta que el padre de Harry está vivo? Con lo que se detestaban esos dos en la época de colegio… - Hermione no había pensado en eso. Asintió, dándole la razón.
- Vaya sorpresa se va a llevar. -
La frente de Fudge estaba perlada de sudor. Aquello lo estaba superando, estaba llegando a su límite.
- ¿Dijo que lo convirtió en un hueso? ¿Y está escondido en el Bosque Prohibido? – repitió. El hombre encadenado a la silla, con la vista perdida y el rostro desencajado, asintió vigorosamente a su pregunta.
- Yo mismo le maté, lo transfiguré y lo enterré. -
El ministro se quedó de una pieza. Se pasó un pañuelo por la frente, tratando de tranquilizarse. El pequeño profesor Flitwick, que había formado parte de la búsqueda, estaba preocupado que la pluma a vuelapluma que había invocado no dejara palabra sin registrar. Los medimagos de San Mungo ya habían sido dados en el aviso para llevarse al verdadero Alastor Moody, que había pasado los últimos nueve meses encerrado en una de las 7 cerraduras de su baúl, para que recibiera los cuidados que merecía su estado. No estaba herido de gravedad, pero sí era evidente el estado de desnutrición.
Dawlish estaba apuntando con su varita a Crouch Junior, en el hipotético caso que pudiera arrancar. Aunque Kingsley lo dudaba seriamente; le habían quitado la varita, estaba amordazado contra la silla, y le habían dado a beber la veritaserum. Su voluntad estaba reducida al mínimo.
Lo que realmente le preocupaba en ese momento, era el quinto hombre que se hallaba en la habitación, en un rincón, escuchando en silencio y con la expresión pétrea.
Había sido James Potter quien había encontrado a Crouch hijo en las profundidades del Bosque Prohibido. Cuando llegaron, ya estaba desarmado, encadenado, y en estado de inconciencia. Tras haber confirmado la identidad de ambos, los llevaron de vuelta al castillo.
Fudge no había sabido a cuál de los dos magos mandar a atacar primero, puesto que su expresión al verlos había sido de completo desconcierto. Se suponía que los dos estaban muertos, y desde hace harto tiempo. Pero la racional urgencia con que James Potter instó al ministro para que interrogara a Crouch, en el contexto de un potencial regreso del Innombrable, no dejó lugar a dudas de qué era más importante.
Y la historia era increíble. Una capa de invisibilidad, el sacrificio de la señora Crouch para tomar el lugar de su hijo en Azkaban, una elfina doméstica, la impertérrita frialdad de Bartemius Crouch padre para someter a su hijo, la visita de Peter Pettigrew, quien también hasta ese momento creía que estaba muerto, y el mismo Innombrable, pasando por el engaño que había hecho al Cáliz de Fuego para permitir que Harry Potter saliera sorteado como cuarto campeón, las ayudas que prestó indirectamente para que Potter pudiera salir airoso de todas las pruebas, hasta llegar a la copa traslador que lo habría de llevar ante el escenario del renacimiento del mago más temido de todos los tiempos.
Bartemius Crouch hijo, Peter Pettigrew, James Potter, el Innombrable… los muertos se estaban levantando de la tumba. Y eso a Kingsley no le estaba gustando nada.
- Pero… ¿es cierto? ¿El Innombrable… ha vuelto? -
- ¿Quién puede corroborar esa información? – preguntó firmemente a Crouch.
- El chico Potter lo ha visto. Su sangre corre por las venas de mi Señor. – contestó el hombre sin expresión.
Desvió los ojos instantáneamente hacia James Potter.
- Debemos interrogarlo también. – aquello pareció romper la estoica actitud de Potter.
- Harry ya ha sufrido suficiente por esta noche. Nadie se acercará a mi hijo a preguntarle nada sobre Voldemort. –
El tono de voz gélido con que pronunció aquellas palabras no se parecían en nada a la imagen que tenía de aquel hombre en su juventud más prematura. Siempre había creído que era mucho más sociable y cálido, lleno de vida y alegría, a pesar de la traumática experiencia que había significado para él ser testigo de la muerte de sus padres a tan corta edad. Aquello le despertó una sospecha tan latente, como el por qué tanto él como Lily Potter habían aparecido de la nada. Todo eso era muy extraño y confuso.
No terminaba de creerlo.
Ella se había acercado, temerosa, hasta llegar a su lado. Le tomó la mano con delicadeza, despacio, como pidiéndole permiso. Él tampoco renegó de su tacto, queriendo convencerse que lo que sus ojos veían era cierto.
Lo que la gente le había dicho una y mil veces era verdad; sus ojos eran los mismos que los de su madre. Y poder comprobarlo empíricamente con aquella mirada tan intensa como significativa, hacía crecer un sentimiento cálido en su interior. Por alguna razón, se sentía liberado. No sabía de qué, porque no recordaba haber sentido ninguna presión sobre los hombros. Pero poder contemplar aquellos ojos, y perderse entre las aguas verdes de la seguridad, minaba la perplejidad de encontrar a su madre, viva, a su lado. Junto a él.
- Estoy aquí, Harry. – susurró, sin romper el contacto visual. Sentía que si apartaba la vista, algo terrible iba a pasar. La voz de Lily… había soñado con escucharla tantas veces, tan dulce, tan calmada… Si ella, pero sólo ella, le decía que todo iba a estar bien, aún después de todas las cosas horribles que habían pasado, le creería sin dudar. – Estoy aquí, y me voy a quedar contigo, Harry. -
Su voz, sus ojos, su cercanía, su olor, su tacto… ella era real. Ella estaba ahí, de verdad, realmente. Después de todos estos años, ella sí estaba ahí. Los ojos se le llenaron de lágrimas, no pudo evitarlo.
Pero su madre tampoco pudo, y ella sólo atinó a abrazarlo con fuerza. Sollozó contra su pecho, sobándole la espalda con fuerza para convencerse que era ella, y repasar todas esas formas que no conocía, o no recordaba conocer. Nunca había sido una persona muy dada a repartir abrazos, con mucha suerte podía sobrellevar los que le daban la señora Weasley y Hermione, pero en ese momento, parecía que no había otra cosa que pudiera hacer que abrazarla. Su corazón latía tan rápido que podía sentirlo a través de toda la ropa que su madre llevaba encima.
Sabía que Dumbledore y Sirius permanecían ahí, pero ninguno decía una palabra. Tampoco es que fuera a ponerles atención, no cuando su madre estaba abrazándolo.
- Lamento que hayas tenido que pasar solo todo este tiempo, Harry. – dijo ella, después de unos minutos que parecieron eternidades. Se separó apenas lo necesario para sentarse en la cama, muy cerca. – Lo lamento mucho. – repitió, mientras le acariciaba una mejilla con sus dedos delgados y fríos.
- Mamá… - la palabra pareció que encendía sus labios, y sonrió. Lily también. - ¿Por qué…? ¿Qué…? ¿Cómo es que estás aquí, hoy… ? – no creyó necesario seguir con su pregunta, porque ella iba a entenderle. Su sonrisa flaqueó un poco, pero se recompuso al instante.
- Estamos, Harry. Tu papá también está aquí, pero ahora mismo está ocupado con algunos asuntos. – su corazón dio un brinco de emoción al pensar que también podría conocer a su padre, a esa persona bondadosa que todos, desde Dumbledore, hasta Remus y Sirius le habían dicho que era su padre, James. Pero ahora, tenía una leve molestia más latente en su cabeza, más aún que ver a su padre, y ésa era conocer el por qué. – Lo primero que quiero que sepas, es que nosotros no estuvimos lejos de ti porque quisiéramos, sino porque no pudimos. Estuvimos dormidos, en una especie de coma inducido, todo este tiempo. – a ese punto, desvió los ojos a Sirius, quien supo que tenía permiso para intervenir en la charla madre-hijo. – Verás, el día… - pero su voz se estancó. Harry se inclinó hacia delante, pensando que había bajado el volumen de la voz, pero no se escuchaba palabra.
Era claro que hablar de ello le costaba.
- Si quieres puedo continuar yo, querida Lily. – se ofreció Dumbledore, quien había permanecido de pie junto a la salida.
- No es necesario, profesor. – a Harry le sorprendió un poco la frialdad con que su madre se dirigió al director de Hogwarts, pero a éste no pareció importarle en lo más mínimo.
Por su parte, Lily continuó.
– Cuando supimos que estaba embarazada, James y yo trazamos planes para ponernos a salvo, los tres. – dijo con la voz suave como la seda, dedicándole una sonrisa tibia. La felicidad que transmitía con ese gesto era tan concreta que incluso Harry se vio obligado a compartir su sonrisa, a pesar de la trágica historia que iba a contarle; le hizo sentir querido y apreciado con honestidad por primera vez en mucho tiempo.
- Estábamos en guerra abierta, y Voldemort parecía que no se detenía con nada. James tuvo la idea de irnos a vivir al extranjero por un tiempo, mientras la guerra menguaba o tomaba otro curso. – se detuvo un segundo para morderse el labio inferior, maquillado con un tono violeta. – Y mientras se hacían los preparativos para que todo estuviera listo, Voldemort decidió que quería ir tras nosotros, y tuvimos que escondernos rápidamente.
Dirigió la vista hacia Dumbledore.
- Una fuente confiable me contó que los siguientes pasos de Voldemort se encaminaban hacia tus padres, Harry. Así que les sugerí que se escondieran, mejor dentro del país que fuera, donde era más probable que acudiéramos en su ayuda si sucedía algo.
- Ahí surgió la idea del encantamiento Fidelius. – siguió Sirius. – James pensó inmediatamente en mí, pero ahí fue cuando, estúpidamente, les insistí en que pusieran a Pettigrew como guardián secreto, por las razones que ya conoces. – y corrió el rostro hacia un lado, como si se sintiera avergonzado.
– De todos modos… - prosiguió su madre, mirándole fijamente con sus ojazos verdes. – Nos llegó el soplo que Peter nos había traicionado con un margen de tiempo muy escaso. Teníamos que movernos de casa muy rápido, y sin que nadie lo notara. -
- James sólo tenía un objetivo claro: mantenerte a salvo. – Sirius siguió el relato, con la voz queda. – Para él nada importaba mientras tú estuvieras seguro, ni siquiera el dolor que le causaba estar lejos de ti. – los ojos siempre vacíos de Sirius se nublaron; Harry nunca pensó que lo vería emocionarse hasta las lágrimas. – En ese momento estaba cumpliendo una misión en París, y como ese había sido el destino en el que tus padres habían pensado irse en un principio, todos los planes se orientaron para que yo me escondiera por un tiempo contigo en las propiedades de los Potter en Francia. Debía conseguir un traslador internacional de forma urgente para trasladarte desde las islas al continente.
– Nosotros íbamos a movernos en un par de horas después, quizá un día a lo mucho, para encontrarnos contigo y Sirius. – Lily le acarició el dorso de la mano. – En mis provisiones de pociones tenía la base del Filtro de los Muertos en Vida, ¿lo conoces? – inquirió, ladeando la cabeza. Harry negó con la cabeza, demasiado absorto como para decir algo. - ¿No? Es una poción muy poderosa, que hace parecer al que la bebe como si estuviera muerto. – un escalofrío recorrió su espina dorsal. – Sólo la bebimos como medida de precaución. – un deje de desesperanza escapó de su voz, y Harry le apretó la mano. Su madre le correspondió el gesto. – Al parecer, los efectos combinados de la poción y la maldición asesina en un lapso de tiempo no demasiado prolongado entre ambos, logró que pareciéramos estar muertos a los ojos de todos, incluso de expertos. – le tiritaron sus labios púrpuras. El corazón de Harry latía demasiado fuerte, tenía las tripas apretadas y la garganta reseca. – Sólo que no lo estábamos realmente.
Era una historia increíble, sin duda. Era tan increíble que con suerte lograba creerla, pero cualquier cosa era mejor que seguir creyendo que Voldemort los había matado a ambos.
- Voldemort llegó a casa de tus padres antes que Sirius pudiera conseguir el permiso para usar el traslador. – habló Dumbledore.
Su madre tomó aire un segundo, y siguió hablando.
- Entramos en coma. Pero en ese momento, yo… de verdad pensé que íbamos a morir. – le apretó la mano. Ella ya no pudo aguantarlo más, y las lágrimas empezaron a derramarse por sus mejillas, desparramando el maquillaje de los ojos. – Pensé que de verdad ese monstruo te iba a matar, Harry… - y casi por reflejo, lo volvió a abrazar.
Se sentía abrumado. Tenía el estómago tan apretado que estaba doliéndole. Su temple había flaqueado al oír todas las cosas que su padre había hecho por mantenerlo a salvo de Voldemort, que sufría incluso por estar lejos de su presencia, lo mucho que debería amarlo para que se tomara todas esas molestias, por él, por su hijo… Sintió una profunda gratitud y cariño por ese hombre que aún no tenía la oportunidad de ver.
Y su madre, que lo aferraba con tal posesión, rememorando aquel momento de horror. Harry sabía que el terror que su madre debió haber experimentado en esos instantes era paralizante, saber que no podía hacer nada por protegerle, que Voldemort iba a asesinarla, y que él, Harry, quedaría completamente a su merced… Estaba seguro que no podía dimensionar el pánico ni la angustia. Trató de tragar saliva, pero no tenía nada, la boca estaba sequísima.
Aún faltaba saber cómo es que habían despertado, cuándo, por qué. Por qué nadie se había tomado tanto tiempo en despertarlos, qué había pasado, quién se había llevado los cuerpos inconscientes de la casa. Pero Harry sentía que en ese momento, mientras su madre se convulsionaba en sollozos sobre su hombro, apretándolo para que cada centímetro de sus cuerpos se tocase y rememoraran la sensación de estar juntos, no podía seguir preguntando.
No por ahora.
Había sido suficiente. Todo el mundo se había encargado de darle la lata, una y otra vez. Se habían empeñado en mantenerlo ocupado y lejos de la persona que más quería ver en ese momento.
Torció los labios en la oscuridad, mientras sus pasos hacían eco por los desiertos pasillos que conocía tan bien, y que aún en ese momento, le traían gratos recuerdos.
Entró por la puerta de la enfermería, sin hacer apenas ruido, y se dirigió directamente hacia la cama que estaba protegida por un biombo. Aún había una pequeña vigilia para el joven que había sido asesinado por Voldemort, pero en ese instante, no pudo sentir lástima ni compasión por el muchacho o su familia. Ni aunque lo hubiera querido.
Ella estaba encaramada contra el respaldo de la cama. El chico de negro y desordenado cabello apoyaba la cabeza en el pecho de la mujer, habiendo encontrado el sosiego en su calor maternal. Dormía tranquila y profundamente. Lily le acariciaba la mejilla, y lo tenía abrazado de tal forma, que parecía que nadie se lo podría arrebatar. El pequeño se había quedado dormido en sus brazos, así como lo había hecho en el pasado, cuando solo era un bebé. Como siempre debió haber sido.
Se acercó hacia la cama, y estiró el brazo para revolver suavemente algunos cabellos negros, tan negros como los suyos.
Sólo en ese momento alzó los ojos hacia la mirada verde de Lily.
- Había sido Crouch. Crouch hijo. – ella parpadeó, en señal de entendimiento. La conocía tan bien, que con ese mero gesto continuó hablando. Se preguntó por qué tenía los ojos tan enrojecidos, como si hubiera estado llorando.– Suplantó a Moody durante todo este tiempo, bajo las órdenes de Voldemort mismo. Todo para este momento. – podía sentir la corrosiva rabia deslizarse por sus entrañas. Y lo agradecía de verdad, porque demostraba que aún estaba lo suficientemente vivo como para sentir algo, como para que algo le importara a tal grado. – Voldemort lo logró gracias a la ayuda de Pettigrew. -
- ¿Está muerto? – inquirió ella con la voz neutra.
- Peor. Un dementor le dio el beso apenas terminó de confesar. Pero no te preocupes… - la otra mano, helada, se dirigió al pómulo alto que le daba cierto aire elegante, para depositar una breve caricia. – Él recibió todo lo que se merecía antes que los aurores nos encontraran. –
La reacción de Lily fue perceptible apenas. Separó los labios muy poco, dejando escapar un débil y ahogado jadeo, muestra de la momentánea excitación que ello le había provocado. Sabía que no podía compararse a las señales de antaño, cuando una demostración de la crueldad que caracterizaba a su persona, bastaba para que se le lanzara a los brazos. La propia Lily había empezado a madurar incluso antes que todo ello ocurriera, con la noticia de su prematuro embarazo.
Pero, aún así, después de todo lo que había pasado, al menor de indicio de peligro, ella seguía sintiendo la chispa de adrenalina.
Desvió los ojos hacia Harry. Y se le hizo un nudo en el estómago. Había estado a punto de volverse loco, olvidando todo su autocontrol, cuando se enteró que Harry estaba en manos de Voldemort. Pero por la propia promesa que le había hecho el día de su nacimiento, recobró la compostura, y se lanzó a salvar la vida de su hijo.
Su preciado y único hijo. El ser más inocente y puro que había tenido la ocasión de conocer, que estaba bajo su cuidado, que le pertenecía, que era suyo… y nadie más podría alejarlo de su lado. Nunca más. No otra vez. Nadie, ni siquiera él mismo.
- ¿Qué le has contado? - inquirió, observando al chico con atención.
- Lo que acordamos, la historia del Filtro. – contestó ella. – No me gusta la idea de mentirle, pero no sabía mucho de los efectos que tiene el Filtro, así que no le faltó tiempo para creerlo. – le besó una sien, mirándolo con adoración maternal.
- Es mejor que no lo sepa, Lily. – ella asintió, sabiendo que tenía razón. - ¿Y Dumbledore?
- A él tuve que decirle la verdad. – dijo simplemente. James rechinó los dientes. No le hacía ninguna gracia compartir sus secretos ni su conocimiento con el director de Hogwarts, pero si querían su ayuda, debían decirle al menos los acontecimientos que sucedieron la noche en que Voldemort los había atacado. – También tuve que explicarle el rollo de tu padre. –
Oh, vaya. Le hubiera gustado estar ahí, para ver cómo Dumbledore apreciaba las consecuencias de su negligencia.
- ¿Qué cosas exactamente? -
- Lo suficiente para que se percatara de cuánto la había cagado. – como no había quedado conforme con esa respuesta, Lily continuó. – A grandes rasgos, que Víctor McDeere en realidad era Voldemort. A partir de ahí sacó sus propias conjeturas. – por fin apartó la vista de Harry para depositarla en él. – Le dije que habíamos trabajado como doble agentes, que la mayoría de los ataques protagonizados desde bosques habíamos sido nosotros, que…
- Ya, pero eso no me interesa. – la cortó. De pronto se había puesto muy nervioso. - ¿Le contaste lo de…?
- ¿Quién crees que soy, James? Por supuesto que no. – suspiró, aliviado.
El silencio se expandió por la enfermería un momento.
- Al final, se sorprendió un poco de mi decisión. No podía comprenderme. - comentó la pelirroja, como si no quiere la cosa.
- Es esperable. Nadie te comprende, preciosa. – y le dirigió una hermosa sonrisa de dientes blancos. Lily le correspondió, y le dieron unas ganas locas de apretar esa boquita pequeña y escucharla gritar. – Nadie más que yo.
Por supuesto, todo aquel que conocía la verdadera historia de James, podía comprender el gran Por Qué. Hasta la posición de Remus y Sirius era comprensible, porque ellos no habían seguido el mismo camino, aunque su lealtad mutua era estoica. Pero resultaba difícil entender el comportamiento de Lily. Resultaba difícil para todos, menos para él, que la había visto crecer, madurar, evolucionar, hasta llegar a aquella etapa.
Le acarició el borde de los ojos. La pintura se le había corrido, dejando sendos caminitos negros por sus mejillas.
- ¿Qué ha pasado? Has llorado. – le señaló de forma evidente, porque Lily casi nunca lloraba. Y decía "casi", porque la primera vez que la vio llorar fue cuando despertó y se dio cuenta que habían pasado trece años, y Harry podría estar muerto.
Ella ladeó el rostro.
- Ver sus ojos resplandecientes mientras le contaba los planes que teníamos para marcharnos de aquí, cuando estaba esperándolo… - las manos de Lily se dirigieron al rostro de Harry, acariciándolo. – Era como si… como si no pudiera creer que hubiera alguien que hiciera tanto por él. Se veía tan inocente, sin poder creer que su padre tomara tantas precauciones por mantenerlo a salvo. Se veía tan pequeño, y vulnerable… - le dio un beso en la frente, a lo que el chico se removió, como si le molestase. No estaba acostumbrado a aquellos gestos. – Es tan bueno, James.
Sí, eso lo sabía. Un chispazo de rabia reventó en sus venas, burbujeando la sangre encolerizada. ¿Acaso Harry se había visto obligado a mendigar cariño? ¿Había sufrido algún tipo de maltrato? Sirius les había contado que Harry había crecido con Petunia y su horrible esposo e hijo, y que a Harry no le causaban más que un enorme fastidio, pero siempre podría pasar algo más, él sabía que siempre había algo más detrás. Se encargaría de conocer hasta el último detalle, y de hacer pagar a todo aquel que se había atrevido a hacer miserable, aunque fuera en una pequeña proporción, la vida de su hijo.
Porque si alguien se hubiera preocupado de saber hasta el último detalle, todo esto no estaría pasando.
Abrió los ojos perezosamente. La luz entraba a raudales por las ventanas altas de la enfermería, cuyas cortinas estaban abiertas de par en par. Escuchaba un murmullo sordo a lo lejos, madame Pomfrey atendiendo a sus pacientes en la primera revisión matutina del día.
Alguien le había quitado las gafas, porque él no recordaba habérselas quitado. Ni siquiera recordaba en qué momento se había quedado dormido. Sólo sabía que había dormido en los brazos de su madre… ¡Su madre!
A su lado, una mancha negra y roja estaba desparramada sobre la cama de mantas blancas. Con un suspiro de alivio, comprobó que aquella mancha bicolor era su madre, Lily, que se hallaba durmiendo, con todo el pelo rojo sobre la cara. Sonrió para sus adentros.
Era cierto. Mamá estaba ahí.
Estiró la mano para tocar sus cabellos y acariciarla. Tenía el pelo sedoso y brillante. A la primera caricia, ella movió la cabeza suavemente. Se detuvo al instante, pensando que la despertaría, y no quería importunarla. Tendría que estar muy cansada.
- Adelante. Ese gesto significa que le gusta. -
Se sobresaltó al oír esa voz grave y profunda. Palpó torpemente la mesita de noche hasta que encontró sus gafas y se las empotró bruscamente sobre el puente de la nariz.
Sentado en una silla a los pies de la cama, con las piernas y brazos cruzados, también de negro, pero increíblemente despierto, estaba su padre, James Potter.
Y Harry jamás en su vida se sintió más seguro y a salvo que en ese momento.
