A/N: ¿Qué decir después de estar dos meses sin subir capítulo que no sea un grandísimo 'lo siento'? Pues lo siento muchísimo xDDD No, de verdad, la escuela mata literalmente y me deja tan ocupada que no me he podido dedicar a las historias como es debido. Para compensar, este capítulo es largillo, y ya en el siguiente se revela lo importante! Elliot me matará, pero bueno... apechuguemos xDDDD
Disclaimer: Pandora Hearts no me pertenece, sino a Jun Mochizuki.
Por cierto, la historia tiene lugar en algún marco indefinido después del manga (quién sabe cómo acabará?), por lo que contiene un ligero spoiler para el capítulo 43 sobre Break. Tomémoslo esto como canon, vale? xDD
Capítulo Tres: Algo Evidente
El jueves pasó volando. El día tan temido, el 26 de Diciembre, al fin llegó y la gente estaba entusiasmada a más no poder. El baile volvió a ser el tópico de conversación más común, tanto entre chicos como en chicas… sobretodo en el primer grupo. Mucho para su pesar y descontento, a Elliot ya se le habían acercado unos cuántos compañeros con una curiosidad tan abundante como, si fuera posible compararse, la arena de la playa. Sin pasarse de la raya pero sin ceder, Elliot los silenciaba con una rápida y tajante respuesta, dando otra vez a ver aquel temperamento Nightray que era tan característico de él. Reo, por su parte, hacía lo mismo pero con un poco más de… delicadeza. Hasta Elliot podía admitirlo.
Después de las clases, ya entrada la tarde, Elliot y Reo se encaminaron a su habitación donde, al llegar, Elliot suspiró ruidosamente, pasándose ambas manos por el pelo. Reo rió cuando contempló el resultado del gesto.
—Adecéntate; parece que has metido el dedo en un enchufe. —comentó dejando sus libros en la mesa.
—No me seas borde. —dijo Elliot, pero luego rectificó. —Perdona, no quería decir exactamente eso. —Reo se encogió de hombros y sonrió levemente mientras se quitaba la chaqueta.
—Tampoco lo seas tú. Bah, no importa. Sé que estás nervioso; a lo mejor se debe a eso.
—Tienes toda la razón. —asintió Elliot. Momentáneamente, su mirada cayó sobre el jarrón donde estaban las flores que pronto le regalaría a Ada. Y, otra vez, pensó en ella. Hizo una mueca, sacudió la cabeza, y respiró hondo, tranquilizándose.
—Elliot, —llamó Reo. —No creo que esto te vaya a sentar muy bien pero, para tu información, son ya las siete y media.
—¡¿Qué?! — exclamó el Nightray, dándose la vuelta bruscamente. —¿Tan pronto?
—Nos hemos pasado la tarde en la biblioteca leyendo 'Holy Knight' y, con lo interesante que está y el ahínco con el que se te veía, decidí no avisarte antes. Peeero, creo que no ha sido la mejor elección…
—No, no, qué va; hiciste bien, Reo. —dijo Elliot, levantando las manos en defensa. —A veces bien viene olvidarse de las cosas que a uno le preocupan. —Reo ladeó la cabeza.
—¿Incluso si son obligaciones? —preguntó, pero Elliot no respondió, avergonzado. —Venga ya, no seas así contigo mismo. Déjame que te diga algo: por mucho que seas de familia noble, no deberías levantarte tanto el listón. En algún momento u otro, no podrás más. Y déjate de impresiones.
—Supongo que sí. Ya sabes cómo son las cosas para mí, sin embargo. —respondió Elliot, bajando la cabeza. De repente, espabiló. —Anda, vamos a prepararnos. No creo que sea de buena educación dejar esperando a tu pareja. —Reo sonrió de nuevo.
—Se te ve animado otra vez.
Elliot esbozó una sonrisita confidente. —¿Qué te crees? Soy un Nightray, y ya deberías saber lo en serio que nos tomamos nuestras obligaciones, Reo. Creo que no se olvida tan fácilmente. —Dicho esto, procedió al otro cuarto a cambiarse con paso decidido.
Él sabe muy bien de qué va la cosa, pero no puedo dejar a ver otras expresiones. Soy un Nightray, soy serio, decidido y maduro. Y también soy un Nightray que… Elliot suspiró. Un Nightray que ya verá lo que pasa esta noche y uno que no se esperará nada. Es sólo un evento formal, únicamente. Es pasar por esto y ya se acabó.
En cuarto adyacente, Elliot abrió el armario y rápidamente sacó el traje que se pondría en menos de quince minutos. Era un traje típico de los Nightray, muy parecido a un traje de chaqueta. La chaqueta, sin embargo, difería en algunas cosas: tanto las mangas como la longitud eran un poco más cortas, las mangas para dejar asomar los puños de la camisa ligeramente. Una cosa que rompía con la regla era una preferencia personal de Elliot, preferencia que su familia había tenido que aceptar a duras penas: él nunca se pondría pajarita, sino corbata; incluso la del uniforme de Latowidge le había molestado.
Una vez listo todo lo principal, procedió a ponerse la corbata y a arreglarse el pelo, cosa que le fue imposible: esos típicos mechones suyos del lado derecho no se bajarían ni queriendo. Aunque frustrado, Elliot no le dio más importancia de la necesaria; de todas maneras, le quedaba bien, y no sería Elliot sin ellos. Se miró al espejo, se dio un repaso y de arriba abajo y confirmó que estaba listo. Elliot se encaminó de nuevo al otro cuarto y, cuando vio a Reo vestido de gala, una sonrisa se le asomó por la cara.
Reconoció que hacía mucho tiempo que no veía a Reo tan elegante. En efecto, el uniforme de Latowidge ya era lujoso y elegante por sí solo, pero el que había heredado de su hermano mayor ya era asombroso. Aunque Reo no era de familia de prestigio, tampoco es que fueran pobres; estaban más bien en término medio, y encima poco lo demostraban. Era esa una de las pruebas de la inmensa discreción de Reo.
El chico vestía unos bonitos pantalones negros de corte recto, ni muy largos ni cortos, con dos hendiduras a ambos lados de la cadera que eran los bolsillos; eran tan discretos que ni se notaban. Además se había dejado la camisa por fuera de los pantalones para que sobresaliera por debajo del chaleco que llevaba, dándole un aspecto desordenado pero a la vez formal. La chaqueta, en cuanto se la puso, le hizo parecer la personificación de la formalidad. Tanto Reo como su hermano tenían un gusto impresionante.
Lo que más destacaba era su cara: por primera vez en mucho tiempo, Elliot veía a su compañero sin sus típicas gafas redondas, tras las cuales siempre habían estado escondida una intensa mirada gris oscuro que parecía fría, contrastando con su personalidad. Elliot había quedado sorprendido, pero pronto espabiló y le dijo:
—Nunca cesas de sorprenderme, Reo. —admitió con sinceridad. Reo esbozó una sonrisa y se encogió de hombros.
—Lo que deja evidente que mis intentos siempre son exitosos. Hacía tiempo que no vestía así, a pesar de ser de la Casa Nightray. Bueno, siempre hay más veces para todo, creo yo. —dijo con amenidad. —Tú también tienes buen aspecto. Dudo que tu pareja vaya a asustarse.
Elliot suspiró. —Ya estamos otra vez… De todas maneras, no voy a cambiar sólo por que sea un baile.
—Nunca pretendí que lo hicieras, Elliot. Lo que te dije era sólo para que tuvieras un poquito más de tacto, nada más. —respondió el pelinegro con una sonrisa afable. Tras esto y con un rápido gesto, se volvió a colocar las gafas y, como Elliot quiso pensar, volvía a ser el mismo Reo de siempre. —¿Nos vamos ya, Elliot?
Elliot fue a contestar pero vaciló unos instantes. El nerviosismo volvió a invadirlo pero, afortunadamente, ese sentimiento tan molesto venía acompañado de confianza y decisión. Elliot asintió.
—Vámonos.
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Latowidge bullía de gente, estudiantes con familiares mezclados yendo de aquí para allá sin cesar. Todos querían conocer a todos, y el ambiente era jovial y ameno; totalmente un ambiente en el que daba gusto estar. Los pasillos estaban decorados con llamativas guirnaldas y otras cosas que ya habían puesto en evidencia la llegada de la Navidad. Para más pruebas, hasta había alumnos participando en peleas de bolas de nieve en el jardín principal, mucho a pesar del evento que luego tomaría lugar.
Con paso firme y expresión sorprendida, Oz Vessalius bajó del carruaje que les había transportado hasta la academia. Gilbert lo siguió de cerca, su semblante el típico de una persona nerviosa y azorada. Oz sabía que tanta gente le sentaría mal a Gilbert, sobretodo si se tenía en mente la embarazosa experiencia por la que el Nightray pasó la vez que se escaquearon dentro de la academia. Un mal trago, en efecto.
—Vaya, no tenía ni idea que todo se pusiera así. ¿Así es todos los años, tío Oscar? —preguntó Oz a su tío, quien negó con la cabeza.
—Normalmente sólo participan los alumnos de la academia. Este año, como la fecha ha coincidido con el día de graduación, hay más gente de lo normal. ¡Y nuestra Ada se gradúa este año! —añadió con su alegría habitual. Oz sonrió, asintiendo.
—A ver si la encontramos, y espero que no sea difícil.
—No creo que lo sea. —intervino Alice, su ceño fruncido como siempre. —Anda, venga, vamos ya dentro.
—¿Tantas ganas tienes, Alice-kun? Posiblemente sea por ganas de bailar por primera vez, ¿correcto? —preguntó Xerxes Break desde detrás, haciéndola saltar y alejarse de él.
—Posiblemente, ¡pero seguro que contigo no, maldito payaso! —contestó la chica, levantando un puño agresivamente. Lo único que hizo Xerxes fue ignorarla y tenderle la mano a Sharon, quien lucía un bonito vestido azul con un chal blanco sobre los hombros, para ayudarla a bajar del carruaje. Alice hizo una mueca de burla cuando el curioso miembro de Pandora se dio la vuelta, pero luego decidió ignorarlo igualmente. Ya estaban en paz.
—Ni siquiera creo que cierto conejo tonto durara ni dos segundos bailando. —Esta vez fue Emily quien intervino, la inusual y chillona voz de la muñeca poniendo a Alice de los nervios otra vez. Xerxes rió.
—Siempre tan directa, ¿eh, Emily? No digas la verdad tan bruscamente. —replicó con una sonrisa, la cual pronto se le borró cuando Sharon le pisó disimuladamente, y de esa misma manera Xerxes ocultó el dolor en el pie. No creo que eso me enseñe a callarme, pensó, divertido.
—Bueno, ¿vamos a dentro? —intervino Gilbert, por fin abriendo la boca. Alice sonrió, burlona.
—¡Sigamos al Cabeza de Alga, entonces!
—¡Cállate, Conejo Estúpido! ¡Tirando! —respondió Gilbert, empezando a ponerse de mal humor. Nadie se negó a su propuesta, y todos procedieron al patio principal. No hubo mucha gente que les prestara atención, aunque ellos sí le prestaron atención al personal que había por allí.
—Eh, Gil. —llamó Oz con curiosidad. —¿Estará aquí alguno de tus hermanos? Supongo que Elliot sí pero… —Gilbert negó con la cabeza.
—No sé si Vincent vendrá; lo dudo mucho. Lo he dejado durmiendo en casa. Se volvió a quedar dormido por culpa de su Chain y no creo que se despierte hasta mañana. —respondió mientras recordaba la expresión infantil de su hermano Vincent. —Además, se le veía muy cansado; últimamente no duerme mucho.
—Algo irónico para alguien que tiene un Chain de ese tipo, ¿no? —intervino Xerxes, desdeñoso. No importaba cuánto tiempo pasara, pero el odio de Break hacia Vincent seguía tan vivo como el primer día. Cerró los ojos y ladeó la cabeza, respirando hondo y dejando que Sharon lo guiara momentáneamente antes de volver a abrirlos y contemplar el mundo oscuro ante él. Aunque él solo se las podría apañar, la vista le había jugado ya malas pasadas a Xerxes, y menos mal que tenía a una compañera en quien confiar.
—Supongo que sí. —contestó Gilbert, intentando aliviar la tensión. —Algo que me sorprende es que no hayamos visto a Elliot por aquí todavía. Se toma este tipo de cosas como si fueran de vida o muerte; tú ya lo sabrás, Oz. —El Vessalius sonrió, poniendo los ojos en blanco.
—Dímelo a mí. Aunque debo reconocer que nos vamos llevando mejor; los Nightray no son tan fríos como aparentan, una vez que los conoces. —dijo afablemente, y Gilbert esbozó una sonrisa, captando la indirecta.
Una vez dentro, un grupo de alumnos les dio la bienvenida. Fue allí donde tanto a Gilbert, a Oz como a Oscar se les cayó el alma a los pies en cuanto pusieron ojos sobre la escalera. No estaba pasando…
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—De acuerdo, esto sí que es una sorpresa, Reo.
Elliot miró con genuino asombro a la pareja de Reo, quien sonreía al lado del chico. Precisamente, era Ina, quien tenía un aspecto muy distinto al de ratón de biblioteca de siempre. Ina era una de las estudiosas, que se tomaba su trabajo en serio y, muchas veces, lo ponía por encima de todo lo demás. Aún así, Reo y ella se llevaban bastante bien, debido a que compartían muchas aficiones, gustos y cualidades en común.
—Te dije que te daría una sorpresa. —sonrió Reo. —Ahora sólo hace falta saber la tuya.
—Que por cierto espero que no llegue tarde; faltan unos escasos cinco minutos. —añadió Elliot, ciertamente molesto e impaciente. Se cruzó de brazos, mirando impacientemente a la esquina por la que su pareja debería venir, y sintió que un nudo se le apretaba en el estómago. ¿Lo estaría haciendo bien? ¿Mal? Eran muchas preguntas las que pasaban por su cabeza y amenazaban con quedarse ahí y torturarlo durante toda la jornada. Su mirada fue de Ina a Reo, de Reo a Ina y, por fin, a las escaleras de nuevo.
Lo que vio le sentó literalmente como un cubo de agua fría y, a la misma vez, como lo mejor que le había pasado en la vida.
En lo alto de las escaleras, estaba su pareja, Ada Vessalius, y lucía más guapa que nunca. Su larga melena rubia estaba recogida en una elegante coleta alta con varios mechones cayéndole a ambos lados de la cara, lo cual resaltaba sus ojos verdes esmeralda, llenos de timidez y cierta aprensión. Llevaba un sencillo vestido blanco, ni muy simple ni muy cargado de detalles, que se abrazaba a su cintura de avispa ligeramente, todo acompañado por una rebeca fina de algodón.
Mientras Ada bajaba las escaleras, ligeramente ruborizada, Elliot inspiró hondo y casi aguantó la respiración, sintiéndose él igual de tímido. Ahí sería cuando los problemas empezarían: aunque Elliot no se lo esperaba de otra manera, ¿estaría allí el Duque Nightray? Y si era así, ¿qué hacer? Elliot empezó a agobiarse, pero no lo dejó ver: participar en algo con un Vessalius era algo imposible, pero ya tener de pareja a un Vessalius era imperdonable, casi un pecado.
Exageras, Elliot. Además, sabes lo que estás haciendo.
Elliot se mordió el labio. ¿Y si dijera que no? Tenemos un problema.
Acéptalo de una vez; sabes lo que haces. Eres alguien confiado y sensato; ¿por qué habrías obrado así, si no?
A lo mejor porque en verdad no soy tan sensato como creo serlo, se respondió Elliot con preocupación. Mejor que espabile; ¡ya está a mi lado!
Reo casi sonrió y sus ojos brillaron con divertimiento tras sus gafas. Decidió intervenir y quitar algo de tensión. —Elliot, nosotros vamos yendo hacia el salón. Te esperamos allí, ¿de acuerdo? —A Elliot se le cayó el alma a los pies pero, ¿qué remedio? Sin decir palabra, asintió y volvió a mirar a Ada, quien lo miró a él con nerviosismo.
Maldita sea, ¿qué digo? Qué mal se me da esto, cielo santo…
—Estás… eh… muy… Estás muy guapa, Ada. —Elliot se reprochó interiormente el torpe paso que había tomado para empezar una conversación, y encima con esas palabras. Se ruborizó, intentando corregirse, y Ada esbozó una tímida sonrisa.
—Muchas gracias, Elliot-kun. —respondió ella, agradecida. —Tú… también lo estás, para ser sincera. —Elliot por fin borró su expresión seria, dejando que una sonrisa apareciera en su cara, siempre tan leve.
—Gracias, Ada. —Se sumieron en un incómodo silencio, hasta que Elliot volvió a espabilar y, con un ligero carraspeo, levantó su brazo derecho, tendiéndoselo a Ada. Ella quedó sorprendida pero lo tomó con timidez, y ambos se encaminaron al salón.
Ada, simplemente, no se había esperado que las cosas dieran semejante giro. Recordó los disgustos que al principio se había llevado gracias a la directa y precipitada actitud de Elliot, pero tras conocerlo todo eso cambió. Ya se lo había dicho a Oz: Elliot, en el fondo, era una persona amable y una persona en la que se podía confiar y no sabía por qué, pero Ada tenía la sensación de que esa misma noche lo volvería a demostrar. La chica miró a su pareja de reojo: volvía a tener una expresión serena, seria y decidida, y Ada se preguntó qué lo habría llevado a tomar semejante decisión. ¿Un Vessalius y un Nightray? Sólo en sueños, y ni siquiera ahí.
Cuando entraron al salón, quedaron maravillados. La habitación era espléndidamente enorme, llena de adornos navideños y un ambiente cálido y acogedor. Las lámparas parecían irradiar luz con alegría, la gente conversaba animadamente y las llamas en las chimeneas danzaban al ritmo de los cracks que se producían, recordándoles a ambos Elliot y Ada escenas familiares enfrente de una chimenea. Elliot las había vivido junto a Reo; su padre pocas veces había estado disponible. Ada, por su parte, recordaba muy bien a los jóvenes Oz y Gilbert, cada uno sentado a un lado, leyendo libros frente al fuego. Ada sonrió, soñadora. Qué días aquellos…
Elliot miró disimuladamente a Ada y sintió un ligero agite en el pecho, algo que se volvió a reprochar, esta vez queriendo hasta pegarse por sentir semejante cosa. No lo sabía explicar, pero siempre había visto algo especial en Ada, por mucho que ambas Casas fueran enemigas hasta la muerte. Por algo que desconocía, Elliot notaba que ambos estaban unidos por un fuerte lazo, pero nunca quiso pensar en ello: la idea de estar con Ada era tan descabellada como tirarse sin cuerda por un barranco y esperar salir vivo.
De pronto, un vals empezó a sonar en la habitación, y la reacción de Elliot fue instintiva, tanto que él y Ada se sorprendieron a la misma vez, mirándose fijamente.
—¿Quieres… ¿Bailamos, Ada?
Y en menos de quince segundos se encontraron en posición de baile, moviéndose con soltura y elegancia al compás del vals que sonaba. Por alguna razón, Elliot se sentía torpe pero a la misma vez confiado (y tampoco bailaba tan mal, que descubrir eso fue un puro alivio). Igualmente, tenía la sensación de que alguien lo estaba observando muy de cerca, alguien muy familiar y que le daba muy mala espina.
De todas maneras, las miradas que él y Ada intercambiaban le distraían. Intentaban no mirarse, debido a la timidez, pero no podían evitarlo, y hubo un momento en el que no se quitaron los ojos de encima. Elliot la miró fijamente, examinándola una y otra vez al mismo tiempo que ideas y pensamientos tanto racionales como irracionales pasaban por su cabeza, haciéndole perder la noción del tiempo y sólo bailar por puro instinto y diversión.
—Elliot-kun… —Ada rompió el silencio entre ellos llamando su nombre, pero Elliot la hizo callar.
—No hables; tendremos tiempo suficiente después de la celebración. De hecho, yo… tengo algo de lo que quiero hablar contigo. En… en cuanto terminemos, saldremos al jardín mientras te lo cuento, ¿de acuerdo?
—Por supuesto, de acuerdo. Así quedamos, entonces. —Ada sonrió, y Elliot también. La celebración pronto se animó y, mientras Elliot la guiaba a través de los grupos que estaban bailando, dejó salir un suspiro inaudible.
Esta conciencia mía tiene razón. Sin lugar a dudas, y por mucho que me cueste admitirlo, me he enamorado de Ada Vessalius. ¿Quién lo diría?
A/N: Dios mío, yo a Elliot lo matooo! ¿Por qué leches es tan complicado el chiquillo, joder? xDDD Bueno, espero que no me haya quedado 'fuera de marco' aquí tampoco, que el Nightray es más sencillo que el mecanismo de una galleta (nótese la gigantesca ironía). Espero que os haya gustado!^^
