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Porque InuYasha jamás llegó por ella. Prometió buscarla y nunca volvió.
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Disclaimer: 犬夜叉 (Inu-Yasha) pertenece única y exclusivamente a Takahashi Rumiko.
—Soledad—
Capítulo tercero
Sus pasos la guiaron de forma lenta hacia su hogar luego de otro día de intento de visita al psiquiátrico. Sentía que su corazón ya no latía, que había dejado de funcionar mucho tiempo atrás y que las lágrimas de sus ojos se habían secado junto con los mismos, dejándole un ardor insoportable al no poder humedecerlos por cuenta propia.
«Tal vez debería considerar el acabar con su agonía y ponerla a dormir»
Las palabras del médico resonaban en su cabeza una y otra vez. Poner a dormir a su hija sería sinónimo a que se alejara del sufrimiento… Pero era sinónimo también de matar a su propia hija, su primogénita. Los médicos no podían hacer nada si ella no firmaba el consentimiento, pero firmarlo sería condenarse a sí misma y a toda su familia, Kagome incluida.
Subió las escaleras del templo sintiendo su destino cada vez más cerca y más lejos al mismo tiempo. Sus pies actuaban de forma mecánica, segura, mientras que en su interior la peor de las batallas se debatía.
— ¿Por qué es necesario que Kagome vaya a esa tal "escuela"?
Sus ojos se abrieron de par en par, sintiendo como si esas palabras las hubieran dicho justo frente a ella, pero estaba sola y, sin darse cuenta, sus pies se habían detenido a la sombra del gran árbol milenario, el atraviesa épocas y edades.
»El Goshimboku me trae paz, mamá. —La suave voz dejó ir sus palabras en un susurro melodioso y puro. —Gracias a él soy como soy ahora.
Sus pasos la guiaron hasta quedar exactamente cara a cara con el árbol, aquel que le traía tantos recuerdos a ella como a todos sus seres queridos.
El árbol estaba plano, liso. Era como si jamás nadie hubiera intentado lastimar a ese árbol. Ni una ardilla, ni un perro… El árbol estaba impecable y se veía magnífico, casi refulgente a sus ojos.
— ¿No había…?—detuvo sus propias palabras antes de que terminaran de salir de sus labios, pero su mente logró completar esa pregunta.
¿No había una cicatriz en el centro del árbol?
¿Una cicatriz? ¿De qué? Ese árbol había sido así como lo veía desde que era una niña, seguro que desde muchísimo antes que eso. Pero, si era así, ¿por qué sentía que la paz que el árbol le transmitía le traía desesperación al mismo tiempo?
»InuYasha estuvo unido a este árbol por cincuenta años. —el tono de su voz era melancólico. —Y aquí fue donde lo conocí.
¿Por qué a ella también se le venía ese nombre? No podía recordar a nadie que llevara un nombre parecido a aquel.
Sus ojos recorrieron el ancho tronco del árbol durante unos minutos más antes de que sus pies dieran vuelta y la llevaran hacia el interior de su casa. Mantuvo una mano sobre su pecho, sintiendo que no podía responder a la pregunta que minutos antes había formulado para sí y acumulando más angustia en su destrozado interior.
¿De qué era esa cicatriz?
Continuará…
