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Rarity ordenaba y acomodaba los últimos rollos de hilo, el estambre estaba suelto mientras se apoyaba con sus cascos traseros para colocar la mata de hilos en su respectiva posición. A su lado derecho se agazapaba una gata gris turco de ojos verdes claro, tan vestida como un maniquí de prueba. Estaba amargada, como si hubiera mordido un trozo de limón rancio, tenía un collar en el casi ingerido cuello, en el que resplandecía en joyas «Opal» abreviado del Opalescence.

La gata rasguñaba un pedazo de estambre bastante deshilado por los zarpazos que ella misma producía al segundo. Parecía no importarle que le reprocharán, después de todo parecía ya estar acostumbrada. Tanto fue así que Rarity tardo en notarlo para cuando buscaba el espejo de rubí.

—Opal, te he dicho miles de veces que dejaras el estambre —objetó, bastante estreñida y ceñuda—; ¡dónde lo habré dejado!

La gata maulló, dando a entender de qué aún permanecía de ese carente jovial mortecino. En los siguientes minutos de búsqueda no se presentó ningún espejo, una lima, sombreros, tela polar, agujas, alfileres, lisos tirantes, edredones, almohadas, cobijas, seda maloliente, un sillón de terciopelo rojo amplio, hilos y estambre desperdigados por toda la sala, incluyendo a maniquís color crema con tonalidad amarilla, que carecían de ojos y boca, y de una impasible colección de adornos en ellos, exceptuando a uno solo, despojado de los demás en la esquina menos iluminada del Boutique. Con una penumbra tan terrorífica como la noche en la que Nightmare Moon descendió, hace ya un mes a lo mucho.

En la melancólica sala se escuchó un crujido, proveniente a la esquina, en la que figuraba una cóncava pared pintada de blanco ya bastante desgastado por la falta de limpieza de ese específico lugar.

La gata se alejó del cuchitril y se incorporó escaleras arriba hacia el dormitorio, Rarity lo había notado, y dedujo que se trataba de un leve susto a pesar de no haberle visto el rostro, básicamente que caminara tan rigurosa y rápidamente le dilataba de estar asustada o desconcertada.

Rarity no la volvió a llamar, estaba concentrada en encontrar el artefacto antes de que el sol se ocultara entre las montañas. En el sillón tendía un moño grande de color morado, posiblemente del mechón de la gata, por debajo divisó el lúgubre rastro de harapos chisporroteados de grasa y comida, pertenecientes a su única acompañante pony; Sweetie belle, que había perfeccionado la tela de Rarity en un velador desastre de pintura y comida, Rarity le reprocharía al instante, pero le importaba encontrar el espejo antes de que Sweetie regresara al Boutique.

Arriba, donde vigas pintadas de morado resplandecían con fulgor de escuchó un susurro, tan tenue como para poder ser bien escuchado, el susurro era escabroso y temerario, perteneciente a perfectos sementales de las ciudades ricochonas, en las que es inevitable perder dinero, pero era peculiar, algo del susurro le aclamaba su atención, el tono parecía quebrado pero la voz era tan fina y gruesa que parecía proveniente a un vendedor que brama para comprarle sus productos, exactamente lo mismo solo que con un susurro. Rarity, a pesar de ser una verdadera dama, imaginó que alguien había profanado su dormitorio, pero hasta su hermana pequeña pensaría que era ridículo, que era imposible que alguien entrará sin que la gata lo descubriera, y Opal era una gata cobarde, al instante que lo viera echaría patas a correr hasta su duela.

Rarity empezaba a sentirse nerviosa, pensaba que la estaban observando, súbitamente volteó hacia una ventana cóncava, y con la vista entrecortada intentó encontrar algo. Suerte o no suya, al no ser nada.

De repente, y de forma tenebrosa llamaron a su puerta, con tres golpes de cascos en diferentes posiciones de las puertas, Rarity pensó que era Sweetie Belle, pero ella instintivamente llamaría a su hermana para que le abriera, y ésta no era la ocasión, "Posiblemente se le hubiera olvidado. Pensó, mordiéndose las pezuñas ".

Se acercó a casco enredado por la mata de estambre suelto desperdigado en el suelo de mármol blanco turco. Cuando estaba cuello con el pomo giró el picaporte en forma de ola de oro y abrió la puerta derecha a acudir al llamado.


Más tarde en Galloping Gorge comenzó una lluvia torrencial, los ponys galopaban lo más rápido posible para no mojarse, y algunos cerraban, puertas y ventanas para que la lluvia no se colara.

Shield supo que marcaban la una y media, y que un próximo autobús le esperaba en la acera de la cuarta avenida. Se estaba empapando, y la lluvia, a pesar de ser fuerte como un tornado, no aparentaba más que una desolada hacienda de imperdonables mentiras, al menos así lo creía Van mientras aguardaba en la acera para tomar el autobús.

Finalmente con mente decidida tomó asiento en un banco con dos soportes de hierro al costado que sostenía una especie de lona metálica para impedir el paso de la lluvia al banco de madera de bordes metálicos.

Más tarde en ese mismo lugar divisó la silueta de un semental a su lado derecho, de un semental chaparro y iluminado con el tenue y frecuente fuego del puro que mordía entre los pulidos dientes. Shield supo de inmediato que se trataba de Brilloso Difuso, las cicatrices le gobernaban la cara, a simple vista parecía tener el hocico torcido, y la posición de sus ojos oblicua, cejas ceñudas y pobladas, dignas de una tez de color azul claro bastante llamativo a pesar del cielo nublado y lluvioso.

Se escuchaban sus cascos contrastar con el piso de piedra inundado, dando leves chapuzones en el piso. Cuando se acercó lo suficiente para ser bien descrito se sentó al lado izquierdo de Van, sin que los dos se dirigieran la palabra. La lluvia cortaba el silencio, y a pesar de no verle comenzó a exclamar.

—Es todo Shield, te vas. Nos veremos pronto, jejeje. ¿No te parece sorprendente? Los bancos reforzados que el alcalde decretó, bastante cómodos y seguros, y los barrotes de hierro fortificados no son una excepción, bastantes pulidos y brillosos he de decir, ¿no lo crees Shield? ¿Sí? Perfecto, ¿y las bancas? ¿También? ¡Qué maravilla!

—Jefe, usted no vino a explicarme sobre los bancos, vaya al grano. —Bufó, bastante airado por su ida de su amada ciudad.

—Por supuesto, no estaría hablándote de eso si no fuera por tu despedida.

No volvió a abrir el hocico, era como si se hubiera quedado corto de palabras, o que algo le había dicho que detuviera la frase, Shield volvió a enojarse.

—Veras, no estoy haciendo esto por una razón absurda, ni mucho menos significa un despido; trabaja bien Van, lo admito. —Dijo el jefe, apoyando su casco sobre el otro de Van, como una forma de saludo.

Shield había perdido parte del rencor al principio pensaba que era un despido, o aún peor, un destierro a su amada ciudad, tanto fue así, que esperaría que frente a la lluvia posara una brillante joya perteneciente a su esposa, con las maletas de ropa levitadas por su magia reluciente, y con lágrimas en los ojos. A Van se le hizo un nudo en la garganta, pero logró tragarlo.

—Lo dice todo como si fuera éste el último día que me viera —exclamó Van, después vio su reflejo en el piso y preguntó— ¿Es esto un adiós a mi ciudad, donde mi esposa alberga?

—No, por supuesto que no. Sólo una semana, lo prometo. Vera Shield, en una trastienda se subastó un artefacto de bastante valor, albergaba brujería, de la mismísima y lujuriosa Lulamoon, que cónyuge: Trixie, una vasta maga del siglo diecisiete, tan poderosa como el gobernante del caos; Discord. Éste artefacto fue perfectamente ubicado en Ponyville y obviamente vendido en el mismo pueblo, en mi despacho me habían enviado la carta Van, venía dirigido a la inigualable princesa Celestia, posiblemente la cartera confundió las cartas, ¿quién sería tan torpe? Hay que encontrar el artefacto Shield, seremos ricos, ¿que opinas?

Era ilógico, pero no tendría otra alternativo, más que por ayudar necesitaba el dinero, con el que le pagaba su jefe no era suficiente para la renta del departamento donde vivía, pero en verdad necesitaba dinero, y no lo dudó dos veces.

—Iré, con todo el orgullo de mi esposa y de la ciudad.

—Perfecto, partirás hoy en la noche, pero antes, anda, despide te de tu esposa, será un largo viaje.

—¡Por supuesto! —Bramó, y se puso a galopar hacia el departamento, dejando al Brilloso Difuso plantado en el banco de bordes reforzados, con la lluvia aún contrastando el piso de piedra, su jefe, con gran jovial dejó chisporrotear el puro una última vez para luego plasmarlo en el gélido charco de agua de la acera, alejándose de la lóbrega se camufló entre la niebla, y encendió el fósforo, para alumbrar el dilatado cielo nublado.