Capítulo 1

Escocia, 1200

Willian Albert Andrew era un individuo desagradable y ruin cuando estaba furioso.

Estaba furioso ahora. El sombrío humor descendió sobre él en cuanto su hermano le habló de la promesa que le había hecho a su dulce esposa, Annie Lorna.

Si Anthony había querido sorprender a su hermano, indudablemente había logrado su objetivo. Su explicación había dejado a Albert sin palabras.

Esa actitud no duró mucho tiempo. La ira la remplazó con rapidez. En verdad, la ridícula promesa que su hermano había hecho a su esposa no irritaba tanto a Albert como el hecho de que Anthony hubiera llamado al consejo para que diera una opinión oficial al respecto. Albert hubiera evitado que su hermano involucrara a los ancianos en lo que consideraba un asunto privado y familiar, pero estaba fuera de las tierras en ese momento, persiguiendo a los malditos Maclean que habían acechado a tres inexpertos guerreros Andrew y, cuando llegó a su casa, fatigado pero victorioso, la acción ya se había consumado.

Era típico de Anthony tomar una cuestión sencilla y complicarla endiabladamente. Al parecer, no había considerado ninguna de las consecuencias de su precipitada conducta. Albert, recientemente designado jefe del clan, ahora tendría que dejar a un lado sus deberes para con su familia inmediata, tal como se esperaba de él, y también su lealtad, para actuar exclusivamente como consejero de la asamblea.

Por supuesto, no iba a cumplir con esas expectativas. Apoyaría a su hermano sin que le importara cuánta oposición viniera de los ancianos. Tampoco iba a permitir que se castigara a Anthony. Y si era necesario, estaba completamente dispuesto a pelear.

Albert no compartió su decisión con su hermano, por la sencilla razón de que quería que Anthony sufriera la incertidumbre un poco más. Si la prueba resultaba ser lo suficientemente penosa, tal vez Anthony aprendería por fin a utilizar un poco de moderación.

Cuando Albert terminó con sus obligaciones y se dirigió colina arriba, la asamblea de cinco miembros ya se había reunido en el gran salón para oír la petición de Anthony. Anthony lo estaba esperando en el centro del patio. Parecía estar listo para entrar en batalla. Tenía las piernas bien plantadas y separadas, las manos dobladas en puños junto al cuerpo y el entrecejo de su rostro era tan feroz como la tormenta que amenazaba por encima de sus cabezas.

Albert no estaba en absoluto impresionado por la bravata de su hermano. Apartó a Anthony de su camino cuando éste intentó bloquearle el paso y continuó subiendo los escalones hacia el torreón.

—Albert—llamó Anthony— Te lo pregunto ahora, porque debo saber tu postura antes de entrar. ¿Estás junto a mí en este tema o contra mí?

Albert se detuvo y luego se volvió lentamente para mirar a su hermano. La expresión de su rostro mostraba su enfado. Sin embargo, cuando habló, su voz era engañosamente suave.

—¿Y cómo sé yo, Tony, si tú intentas provocarme deliberadamente al hacerme esa pregunta?

De inmediato, Anthony se relajó en su actitud.

—No he querido insultarte, pero eres nuevo como jefe y aún debes ser probado por nuestra asamblea de una manera tan personal. Hasta ahora no me había dado cuenta de la difícil posición en la que te he colocado.

—¿Te estás arrepintiendo?

—No —respondió Anthony con una sonrisa. Caminó hacia donde estaba su hermano— Sé que no querías que involucrara a la asamblea, especialmente ahora que estás luchando para lograr interesarlos en formar una alianza con los Dunbar contra los Maclean, pero Annie Lorna estaba decidida a obtener la bendición del consejo. Desea que su amiga sea bien recibida aquí.

Albert no hizo ningún comentario acerca de esa explicación.

Anthony siguió presionando.

—También me doy cuenta de que no entiendes las razones por las que le hice esa promesa a mi esposa, pero algún día, cuando hayas encontrado a la mujer adecuada, todo esto tendrá sentido para ti.

Albert sacudió la cabeza con exasperación.

—Sinceramente, Tony, no lo entenderé nunca. No existe eso que llaman "mujer adecuada". Ninguna es mejor que otra.

Anthony rió.

—También yo pensaba eso, hasta que conocí a Annie.

—Estás hablando como una mujer —dijo Albert.

Anthony no se sintió insultado por el comentario de su hermano. Sabía que Albert no podía entender el amor que sentía por su esposa, pero, con la ayuda de Dios, algún día encontraría una a la cual entregarle su corazón. Cuando ese día llegara, iba a disfrutar profundamente recordándole a Albert su actitud insensible.

—George indicó que tal vez quisieran interrogar a mi esposa —dijo Anthony, volviendo a su principal preocupación— ¿Crees que el viejo estaba bromeando conmigo?

Albert no se volvió al responder.

—Ninguno de los miembros de la asamblea bromean jamás, Tony. Lo sabes tan bien como yo.

—Maldita sea, soy el responsable de esto.

—Sí, así es.

Anthony ignoró la rápida conformidad de su hermano.

—No voy a permitir que el consejo intimide a Annie.

Albert dejó escapar un suspiro.

—Yo tampoco —prometió.

Anthony se quedó tan sorprendido ante la conformidad de su hermano que dejó de fruncir el entrecejo.

—Creen que van a ser capaces de hacerme cambiar de opinión —dijo— Va a ser mejor que entiendas que nada de lo que ellos hagan me hará cambiar. He dado mi palabra a mi esposa y me propongo cumplirla. Por el cielo, Albert, caminaría en los fuegos del infierno por ella.

Albert se volvió y sonrió a su hermano.

—Un simple paseo hacia el gran salón será suficiente por ahora —dijo arrastrando las palabras—. Terminemos con esto.

Anthony asintió, y se adelantó a su hermano para abrir una de las puertas dobles.

—Un consejo, Tony —dijo Albert— Deja tu ira afuera. Si ven lo nervioso que estás, se van a lanzar sobre tu garganta. Sencillamente enumera tus razones con voz tranquila. Deja que la lógica guíe tus pensamientos, no la emoción.

—¿Y luego?

—Yo me encargaré del resto.

La puerta se cerró sobre esa promesa.

Diez minutos más tarde, el consejo mandó a un mensajero para que fuera a buscar a Annie Lorna. Se le encargó la misión al joven Sean. Encontró a la esposa de Anthony sentada junto al fuego en su cabaña y de inmediato le explicó que debía ir hasta el torreón y esperar detrás de las puertas para que su esposo la escoltase al entrar.

El corazón de Annie comenzó a latir con violencia. Anthony le había dicho que existía la posibilidad de que fuera llamada ante el consejo, pero no le había creído. Era insólito que una mujer diera su opinión directamente al consejo o al jefe del clan de forma oficial. Y no la consolaba en lo más mínimo el hecho de que el nuevo jefe fuera el hermano mayor de su esposo. No, esa relación no significaba nada en absoluto.

Su mente saltaba de un aterrorizado pensamiento a otro, y en poco tiempo se había inducido a un estado de total agitación. Era obvio que el consejo pensaba que era tonta. Sí, decidió. Para ese momento Anthony ya les habría contado a todos la promesa que le había hecho, y ésa era la razón por la que se le llamaba al gran salón para que diera su propia explicación. Querían asegurarse de que realmente había perdido la razón antes de condenarla al aislamiento para el resto de sus días.

Su única esperanza estaba en las manos del jefe del clan. Annie Lorna no conocía bien a Willian Albert Andrew. Dudaba de haber intercambiado más de cincuenta palabras con el guerrero en los dos años que habían pasado desde su casamiento con su hermano menor, pero Anthony le había asegurado que Albert como lo llamaban todos los del clan, era un hombre honrado. Vería la equidad en su petición.

Primero iba a tener que pasar por el consejo. Ya que era una reunión oficial, cuatro de los ancianos no hablarían directamente con ella. Le entregarían las preguntas al líder, Graham, y él solo tendría que sufrir el oprobio de conversar con ella. Era una mujer, después de todo, y una extraña, dado que había nacido y crecido en la frontera y no en las gloriosas Highlands.

En realidad a Annie Lorna le aliviaba el hecho de que Graham sería el único que la interrogaría, ya que le temía menos que a los demás ancianos. El Viejo guerrero era un hombre de hablar suave que era muy admirado por su clan. Había sido el jefe durante quince años y se había retirado de esa posición de poder hacía sólo tres meses. Graham no la atemorizaría, al menos no deliberadamente, pero utilizaría todos y cada uno de los trucos que conocía para lograr que liberase a Anthony de su promesa.

Hizo una rápida señal de la cruz y luego rezó durante todo el camino ascendente por la empinada colina hacia el torreón. Se recordó a sí misma que sería capaz de atravesar esa penosa prueba. No se iba a echar atrás, pasara lo que pasase. Anthony Andrew le había hecho esa promesa el día anterior a que aceptara casarse con él, y por Dios que iba a asegurarse de que la cumpliera.

Una preciada vida dependía de ello.

Annie Lorna llegó al escalón más alto del torreón y se quedó allí esperando. Varias mujeres pasaron por el patio, curiosas ante la visión de una mujer holgazaneando ante la puerta del jefe del clan. Annie Lorna no invitó a la conversación. Mantuvo el rostro apartado y rezó todo el tiempo por que nadie la llamara por su nombre. No quería que las mujeres del clan supieran lo que estaba ocurriendo hasta que todo hubiera terminado.

Seguramente comenzarían a crear problemas entonces, pero ya sería demasiado tarde para que importara.

No creía poder aguantar la espera durante mucho más tiempo. Sarah Leagan, la vieja chismosa que siempre iba con aires de presunción porque era casi seguro que su bella hija se casaría con el jefe del clan, ya había dado dos vueltas alrededor del patio, en un intento de averiguar qué estaba sucediendo, y ahora también se estaban acercando algunas de las de su grupo.

Annie alisó las tablas del tartán por encima de su vientre hinchado, notó cómo le temblaban las manos y de inmediato trató de detener aquella delatadora muestra de temor. Dejó escapar un ruidoso suspiro. Por lo general no se sentía tan tímida e insegura, pero desde que se había enterado de que estaba en estado, su comportamiento había sufrido un drástico cambio. Ahora era terriblemente emocional y lloraba por las cosas más insignificantes. El sentirse grande, torpe y gorda como una yegua bien alimentada tampoco ayudaba a su carácter. Llevaba casi siete meses de reclusión, y el peso del bebé disminuía la velocidad de sus movimientos de manera considerable. Sin embargo, sus pensamientos no resultaron afectados. Corrían por su mente como un torbellino mientras intentaba adivinar qué preguntas le iba a hacer Graham.

Por fin, la puerta se abrió con un chirrido y Anthony dio un paso hacia afuera. Se sintió tan aliviada al verlo que casi se echó a llorar. Anthony llevaba el entrecejo fruncido, pero apenas vio lo pálida y preocupada que estaba, se obligó a sonreír. La tomó de la mano, le dio un pequeño apretón y luego le guiñó un ojo. Aquella inusual muestra de afecto a la luz del día fue tan tranquilizadora para Annie como uno de los masajes en la espalda que le daba por las noches.

—Oh, Tony —soltó bruscamente— Lamento tanto hacerte pasar por toda esta vergüenza.

—¿Eso quiere decir que me liberas de mi promesa? —le preguntó con aquella voz sonora y profunda que ella quería tanto.

—No.

La brusquedad de la respuesta lo hizo reír.

—Eso pensaba yo.

Annie Lorna no estaba de humor para bromas. Sólo deseaba concentrarse en la penosa prueba que la esperaba.

—¿Ya está dentro? —preguntó en un mínimo susurro.

Anthony sabia de quién estaba hablando, por supuesto. Annie tenía un temor casi irracional a su hermano. Pensó que sería porque Albert era el señor de todo el clan. Sólo el número de soldados sobrepasaba en mucho los trescientos. Anthony suponía que la poderosa posición de su hermano lo convertia en algo inalcanzable para una mujer.

—Por favor, contéstame —suplicó.

—Sí, amor, Albert está dentro.

—Entonces, ¿sabe lo de la promesa? —Era una pregunta estúpida. Se dio cuenta de ello casi al mismo tiempo que las palabras le salieron de la boca—Ay, Dios, por supuesto que lo sabe. ¿Está enfadado con nosotros?

—Cariño, todo va a salir bien —le prometió. Intentó hacerla pasar por el umbral de la puerta. Annie se resistió al suave empujón.

—Pero el consejo, Anthony —dijo apresuradamente— ¿Cómo han reaccionado ante tu explicación?

—Todavía están farfullando.

—Oh, Dios mío. —Se quedó completamente rígida en los brazos de Anthony.

Se dio cuenta de que no debió haber sido tan sincero con ella. Puso los brazos alrededor de los hombros de ella y la atrajo hacia sí.

—Va a salir todo bien —le susurró con voz tranquilizadora—. Ya lo verás. Si tengo que ir andando hasta Inglaterra y traer a tu amiga, lo haré. Confías en mí, ¿no es verdad?

—Sí, confío en ti. No me hubiese casado contigo si no confiara completamente en ti. Tony, ¿de verdad entiendes lo importante que es esto para mí?

La besó en la frente antes de contestar.

—Si, lo sé. ¿Me vas a prometer una cosa?

—Lo que sea.

—Cuando tu amiga llegue aquí, vas a volver a reír.

Annie sonrió.

—Lo prometo —susurró. Rodeó la cintura de su esposo con los brazos y lo abrazó con fuerza. Permanecieron abrazados durante unos instantes. Él intentaba darle tiempo para que se recuperara. Ella intentaba recordar las palabras correctas que usaría cuando se le pidiera que diera sus razones al consejo.

Una mujer que pasaba apresurada con un cesto de ropa sucia sonrió al ver a la cariñosa pareja.

Era verdad que Annie Lorna y Anthony hacían una hermosa pareja. Él era tan rubio como ella morena. Ambos eran altos, aunque Anthony alcanzaba más de un metro ochenta y la parte superior de la cabeza de su esposa apenas le llegaba al mentón. Sólo cuando Anthony estaba de pie junto a su hermano mayor parecía pequeño, ya que el jefe era varios centímetros más alto. Sin embargo era indudable que Anthony era igual de ancho de hombros y tenía el mismo color de cabello rubio . Sus ojos eran un tono de azul más oscuro que los de Albert y no tenía el mismo número de cicatrices de guerra que estropearan su bien parecido perfil.

Annie era tan esbelta como su esposo fornido. Tenía bonitos ojos azules y Anthony juraba que lanzaban chispas doradas cuando reía. Sin embargo, el cabello era su tesoro. Le llegaba hasta la cintura, era de un profundo color negro azabache y no tenía ni un solo rizo que le quitara su glorioso brillo.

Al principio, Anthony se había sentido atraído por su apariencia, ya que era un hombre con un gran apetito sensual y ella era un justo premio para tomar, pero fue el maravilloso ingenio de Annie Lorna lo que lo hizo caer en el lazo. Lo encantaba constantemente. Tenía una manera dramática de ver la vida, y en su interior había una pasión ardiente por experimentar cada nueva aventura. Nunca hacía nada a medias, incluyendo la manera en que lo amaba y consentía.

Anthony la sintió temblar entre sus brazos y decidió que ya era hora de entrar y terminar con aquella prueba para que ella dejara de preocuparse y agitarse.

—Entremos ya, amor. Nos están esperando.

Annie Lorna inspiró profundamente, se apartó de su esposo y caminó hacia el interior. Anthony se apresuró para caminar junto a ella. Habían alcanzado los escalones que llevaban al gran salón cuando de pronto Annie se apoyó en su esposo.

—Tu primo Steven dijo una vez que, cuando Albert se enfada, su ceño puede hacer que el corazón de una persona deje de latir —susurró— Anthony tenemos que tratar de no enfadarlo. ¿De acuerdo?

Debido a que parecía tan seria y preocupada, Anthony no se rió, pero no pudo contener del todo su exasperación.

—Cariño, realmente vamos a tener que hacer algo con respecto a este irrazonable temor tuyo. Mi hermano...

Annie lo agarró del brazo.

—Vamos a hacer algo al respecto más tarde —dijo apresuradamente—. Sólo prométemelo ahora.

—Está bien —accedió con un suspiro— No haremos enfadar a Albert.

De inmediato le soltó el brazo. Anthony tuvo que mover la cabeza negativamente ante su comportamiento. Decidió que tan pronto como Annie se sintiera mejor encontraría una manera de ayudarla a superar ese temor. Sin embargo, no esperaría para tener una conversación con Steven. No, iba a llevar a su primo aparte a la primera oportunidad y le ordenaría que dejara de contarles historias tan fantásticas a las mujeres.

Albert era objeto fácil de aquellos cuentos exagerados. Rara vez le hablaba a una mujer, excepto en las inusuales ocasiones en las que, como jefe, se veía obligado a darles instrucciones específicas y su comportamiento severo a menudo se confundía con ira. Steven sabía que la mayoría de las mujeres le tenía miedo a Albert y encontraba muy divertido agitar de vez en cuando ese temor.

En ese momento, su hermano estaba atemorizando a Annie sin darse cuenta de ello. Estaba solo frente a la chimenea, frente a ellos, con los brazos cruzados sobre el fornido pecho. Era una actitud de indiferencia, pero la mirada de sus penetrantes ojos azules era cualquier cosa menos indiferente. El ceño que lucía hacia que el fuego de la chimenea detrás de él pareciera frío en comparación.

Annie había empezado a bajar los escalones cuando miró a través de la habitación y vio el entrecejo fruncido de Albert Perdió el equilibrio rápidamente. Anthony se estiró y la agarró a tiempo.

Albert notó el miedo de Annie. Supuso que temía al consejo. Se volvió hacia la izquierda, donde estaban sentados los ancianos y le hizo un gesto a Graham para que comenzara. Cuanto más rápido terminara la inevitable pelea, más rápido su cuñada calmaría sus temores.

Los ancianos tenían la mirada clavada en Annie Lorna. En tamaño, los cinco hombres se asemejaban a los escalones de una escalera. El mayor, Vincent, era también el más bajo. Estaba sentado en el extremo opuesto a Graham, el portavoz. George, Gelfrid y Owen ocupaban los lugares que quedaban en medio.

Había muchas vetas grises entre los cabellos de cada uno de los ancianos, y entre todos tenían suficientes cicatrices para cubrir las paredes de piedra del torreón. Annie se concentró en Graham. El líder tenía profundas arrugas alrededor de los ojos, y Annie deseaba creer que las tenía allí debido a que había reído mucho a través de los años. Esa idea hacía que fuera más fácil imaginar que entendería su problema.

—Tu esposo acaba de compartir con nosotros una historia asombrosa, Annie Lorna —comenzó Graham— En verdad, nos resulta difícil creerla.

El líder asintió para apoyar el último comentario y luego hizo una pausa.

Annie no estaba segura de si debía hablar ahora o esperar. Levantó la mirada hacia Anthony y recibió un gesto de aliento.

—Mi esposo sólo hablaría con la verdad —dijo.

Los otros cuatro miembros del consejo fruncieron el entrecejo al mismo tiempo. Graham sonrió.

—¿Nos podrías dar tus razones para exigir que se cumpla esta promesa? —le preguntó con voz suave.

Annie reaccionó como si Graham le hubiera gritado. Sabía que había utilizado la palabra "exigir" como un insulto deliberado.

—Soy una mujer y nunca le exigiría nada a mi esposo. Sólo se lo pediría, y ahora pido que se honre la palabra de Anthony.

—Muy bien —concedió Graham, con voz aún suave— No exiges, pides. Ahora me gustaría que explicaras a este consejo tus razones para hacer una petición tan extravagante.

Annie se puso tensa. Extravagante, claro está. Inspiró profundamente para calmarse.

—Antes de aceptar casarme con Anthony, le pedí que me prometiera que me traería a mi querida amiga lady Candice Isabella White cuando me encontrara embarazada. Mi confinamiento ya casi está a punto de terminar. Anthony accedió a esta petición, y a ambos nos gustaría que se llevara a cabo lo antes posible.

El aspecto del rostro de Graham indicaba que no estaba del todo satisfecho con la explicación.

—Lady Candice Isabella es inglesa, ¿eso no te preocupa? —dijo, después de aclararse la garganta.

—No, mi señor, no importa en absoluto.

—¿Crees que cumplir con esta promesa es más importante que el desorden que ella va a causar? ¿Alterarías nuestras vidas deliberadamente, muchacha?

Annie negó con la cabeza.

—No haría una cosa así deliberadamente.

Graham parecía aliviado. Annie adivinó que él creía que ahora tenía una manera de manipularía para que dejara correr el asunto. Los siguientes comentarios confirmaron sus sospechas.

—Me alegra oír eso, Annie Lorna —Hizo una pausa para asentir en dirección a sus cuatro compañeros— Nunca creí ni por un minuto que nuestra muchacha quisiera causar tal conmoción. Ahora se va a olvidar de esta tontería...

Annie no se arriesgó a dejarlo terminar.

—Lady Candice Isabella no va a causar ningún desorden.

Los hombros de Graham cayeron súbitamente. El cambiar la opinión de Annie Lorna no estaba resultando ser una tarea tan fácil, después de todo. Tenía el entrecejo fruncido cuando se volvió hacia ella.

—Mira, muchacha, los ingleses nunca han sido bienvenidos aquí —dijo— Esa mujer tendría que compartir las comidas con nosotros...

Un puño golpeó sobre la mesa. El guerrero llamado Gelfrid era el responsable de aquella muestra de malhumor. Gelfrid levantó la mirada y la fijó en Graham.

—La mujer de Anthony humilla el nombre Andrew al pedir eso —dijo con voz baja e iracunda.

Los ojos de Annie se llenaron de lágrimas. Sentía que comenzaba a invadirla el pánico en su interior. No podía pensar en un argumento lógico en respuesta a la declaración de Gelfrid. Anthony se movió y se puso de pie frente a su esposa. La voz le temblaba de ira cuando le habló al miembro del consejo.

—Gelfrid, puedes mostrarme a mí tu disconformidad, pero no vas a levantar la voz ante mi esposa.

Annie miró a hurtadillas desde detrás de su esposo para ver la reacción de Gelfrid a aquella orden. El anciano asintió. Luego Graham agitó la mano en señal de silencio. Vincent, el más anciano del grupo, no prestó atención a la señal.

—Nunca había oído que una mujer tuviera dos nombres completos antes de que Annie Lorna llegara a nosotros. Pensé que era una excentricidad que compartían las personas de la frontera. Ahora oigo hablar de otra mujer que también tiene dos nombres completos. ¿Qué piensas de ello, Graham?

El líder soltó un suspiro. La mente de Vincent solía dispersarse de vez en cuando. Era irritante para todos aguantar aquello.

—No sé qué pensar de eso —replicó Graham—. Pero ése no es el tema que interesa ahora. Volvió a prestarle atención a Annie Lorna. —Otra vez te pregunto si alterarías voluntariamente nuestras vidas —repitió.

Antes de responderle, Annie se colocó junto a Anthony para no parecer cobarde.

—No sé por qué pensáis que lady Candice Isabella causaría ningún desorden. Es una mujer amable y dulce.

Graham cerró los ojos. Había una insinuación de regocijo en su voz cuando finalmente volvió a hablar.

—Annie Lorna , los ingleses no nos agradan precisamente. Seguramente lo habrás notado en los años que llevas con nosotros.

—Se crió en la frontera —le recordó Gelfrid a su líder. El guerrero se rascó la mandíbula con patillas— Tal vez no sepa que es así.

Graham convino con él con un gesto de la cabeza. Una súbita chispa apareció en sus ojos. Se volvió hacia sus compañeros, se inclinó y les habló en voz baja. Cuando terminó, los demás asentían para mostrar su aceptación.

Annie se sentía enferma. Por la mirada victoriosa del rostro de Graham sólo podía deducir que había encontrado una manera de negarle la petición antes de pedir el consejo del jefe.

Era obvio que Anthony había llegado a la misma conclusión. El rostro se le volvió oscuro de ira. Luego dio otro paso hacia adelante. Annie le agarró la mano. Sabia que su esposo tenía toda la intención de cumplir con su promesa, pero no quería que los ancianos lo sancionaran. El castigo sería severo, incluso para un hombre tan orgulloso y capaz como Anthony, y semejante humillación seria intolerable para él.

Le apretó la mano.

—Vais a decidir que, dado que es posible que yo no sepa que es así, de ese modo se convierte en vuestro deber saber lo que es mejor para mí. ¿No es verdad?

Graham quedó sorprendido por la sagacidad de Annie Lorna al saber qué tenía en mente. Estaba a punto de contestar a ese desafío cuando Anthony habló.

—No, Graham no decidiría que sabe lo que es mejor para ti. Eso sería un insulto hacia mí, esposa.

El líder de la asamblea fijó la mirada en Anthony durante unos instantes.

—Vas a respetar la decisión de esta asamblea, Anthony —ordenó con voz poderosa.

—Un Andrew ha dado su palabra. Debe ser honrada.

La voz resonante de Albert llenó el salón. Todos se volvieron para mirarlo. Albert mantuvo la mirada concentrada en el líder de la asamblea.

—No intentes confundir el tema—ordenó—. Anthony le hizo una promesa a su mujer y debe ser cumplida.

Nadie dijo nada durante varios minutos. Luego Gelfrid se puso de pie. Las palmas de sus manos descansaban sobre la mesa, sobre la que se inclinó hacia adelante para mirar a Albert con furia.

—Eres consejero aquí, nada más.

Albert se encogió de hombros.

—Soy vuestro jefe —contrarrestó—. Por vuestro voto —añadió—. Y ahora os aconsejo honrar la palabra de mi hermano. Sólo los ingleses rompen sus promesas, Gelfrid, no los escoceses.

Gelfrid asintió renuentemente.

—Dices la verdad —admitió.

Uno menos y faltan cuatro, pensó Albert para sus adentros. Maldición, odiaba el tener que usar la diplomacia para salirse con la suya. Prefería muchísimo más una batalla con puños que con palabras. Odiaba tener que ganarse el permiso de nadie por sus acciones o también las de su hermano. Haciendo un esfuerzo, controló su frustración y se concentró en el asunto que tenía entre manos. Volvió a prestar atención a Graham.

—¿Te has convertido en un anciano, Graham, para preocuparte por algo tan insignificante como esto? ¿Le tienes miedo a una sola mujer inglesa?

—Por supuesto que no —musitó Graham, quien hizo aparente por su expresión el ultraje que sentía ante la mera posibilidad— No le temo a ninguna mujer.

Albert sonrió ampliamente.

—Me alivia oírlo —replicó—. Por un momento comencé a dudarlo.

Su astucia no pasó desapercibida para el líder de la oligarquía. Graham sonrió.

—Has lanzado tu astuta carnada y mi arrogancia ha tratado de tomarla.

Albert no hizo ningún comentario respecto de esa verdad. La sonrisa de Graham aún era visible cuando volvió su atención hacia Annie Lorna.

—Todavía estamos algo confundidos por esta petición y apreciaría que nos dijeras por qué quieres a esa mujer aquí.

—Haz que nos cuente por qué ambas tienen dos nombres completos—intercaló Vincent.

Graham no hizo caso de la petición del anciano.

—¿Quieres explicar tus razones, muchacha?

—Me pusieron el nombre de mi madre, Annie, y el nombre de mi abuela, Lorna, porque...

Graham la cortó en seco con un gesto impaciente de la mano. Siguió sonriendo para que no pensara que estaba abiertamente irritado con ella.

—No, no, muchacha, ahora no quiero oír por qué resulta que tienes dos nombres. Quiero oír tus razones para querer aquí a esa mujer inglesa.

Annie sintió que se sonrojaba ante el malentendido.

—Lady Candice Idabella es mi amiga. Me gustaría que estuviera a mi lado cuando me llegue el momento de dar a luz a este bebé. Ya me dio su palabra de que va a venir junto a mí.

—¿Amiga e inglesa? ¿Cómo puede ser eso? —preguntó Gelfrid. Se frotó la mandíbula mientras reflexionaba sobre esa contradicción.

Annie sabía que el anciano no la estaba provocando deliberadamente. Parecía auténticamente perplejo. No creía que nada de lo que pudiera decir hiciera comprender al anciano. En realidad, no creía que Anthony entendiera de verdad el lazo que había formado con Candy hacía tantos años, y su esposo no tenía costumbres tan profundamente arraigadas como Graham y los demás. Con todo, sabía que iba a tener que intentar explicárselo.

—Nos conocimos en el festival anual de la frontera —comenzó—. Candy tenía sólo cuatro años y yo apenas cinco. No entendíamos que éramos... diferentes la una de la otra.

Graham dejó escapar un suspiro.

—Pero, ¿una vez qué lo entendisteis?

Annie sonrió.

—No importó.

Graham movió la cabeza en un gesto negativo.

—En verdad, todavía no entiendo esa amistad —confesó— Pero nuestro jefe tenía razón cuando nos recordó que nosotros no rompemos nuestras promesas. Tu amiga será bienvenida aquí, Annie Lorna.

Estaba tan abrumada por la alegría que se recostó contra su esposo. Entonces se atrevió a mirar con rapidez a los demás miembros de la asamblea. Vincent, Gelfrid y George estaban sonriendo, pero Owen, el anciano que parecía haber estado dormitando durante todo el interrogatorio, ahora estaba moviendo la cabeza en un gesto negativo ante Annie.

Albert notó el gesto.

—¿No estás de acuerdo con la decisión, Owen?

El anciano mantuvo la mirada en Annie mientras contestaba.

—Estoy de acuerdo, pero creo que deberíamos hacerle una justa advertencia a esta muchacha. No debería hacerse ilusiones. Estoy contigo, Albert, porque yo también sé por experiencia propia que los ingleses no cumplen con sus promesas. Siguen la costumbre de su rey, por supuesto. Ese bribón cambia de opinión cada dos minutos. Esa mujer inglesa de dos nombres tal vez le dio su promesa a la esposa de Anthony, pero no la cumplirá.

Albert asintió para demostrar que estaba de acuerdo. Se había preguntado cuánto tardaría el consejo en llegar a esa misma conclusión. Los ancianos parecían mucho más contentos ahora. Sin embargo, Annie seguía sonriendo. No parecía estar en absoluto preocupada por que su amiga no cumpliera con su promesa. Albert sentía una tremenda responsabilidad de proteger a todos y cada uno de los miembros de su clan. Sin embargo, sabía que no podía proteger a su cuñada de las duras realidades de la vida. Iba a tener que sufrir esa desilusión ella sola, pero una vez que hubiese aprendido la lección, sabría con seguridad que sólo podía contar con su propia familia.

—Albert, ¿a quién vas a mandar a cumplir esta diligencia? —preguntó Graham.

—Debo ir yo —anunció Anthony.

Albert movió negativamente la cabeza.

—Tu lugar está con tu esposa ahora. Se le acerca el momento. Iré yo.

—Pero tú eres el jefe —arguyó Graham— Está por debajo de tu posición social...

Albert no permitió que continuara.

—Este es un asunto familiar, Graham. Ya que Anthony no puede dejar a su esposa, debo ocuparme yo de este deber. Mi decisión está tomada —añadió con el entrecejo fruncido, para desalentar futuras discusiones.

Anthony sonrió.

—No conozco a la amiga de mi esposa, Albert, pero me puedo imaginar muy bien que cuando te vea cambiará de opinión acerca de venir aquí.

—Candice Isabella estará muy complacida de tener la compañía de Albert—dijo bruscamente Annie. Se volvió para sonreírle a su jefe— No va a tenerte miedo. Estoy segura. Yo también te agradezco el ofrecerte a hacer este viaje. Candy se sentirá segura contigo.

Albert levantó una ceja ante este último comentario. Luego dejó escapar un largo suspiro.

—Annie, estoy igual de seguro de que no va a querer venir aquí. ¿Quieres que la obligue a hacerlo?

Debido a que Annie tenía la mirada fija en Albert, no vio que Anthony le hacía un rápido gesto a su hermano.

—No, no debes obligarla. Querrá venir junto a mí.

Tanto Anthony como Albert dejaron de intentar advertirle a Annie que no tuviera muchas esperanzas.

Graham excusó cortésmente a Annie Lorna de la reunión.

Anthony la tomó de la mano y comenzó a dirigirse hacia las puertas. Annie tenía prisa por salir para poder abrazar a su esposo y decirle lo contenta que estaba de estar casada con él. Había estado tan... magnífico cuando la había defendido. Nunca había dudado de que lo haría, por supuesto, pero aun así deseaba darle la alabanza que creía él deseaba escuchar. Los esposos necesitaban las felicitaciones de sus esposas de vez en cuando, ¿verdad?

Casi había alcanzado el escalón superior de la entrada cuando oyó el nombre de Maclean mencionado por Graham. Se detuvo para escuchar. Anthony intentó darle un pequeño empujón para que continuara, así que ella se quitó el zapato y le hizo un gesto de que se lo acercara. No le importó que Anthony pensara que era torpe. Sentía demasiada curiosidad por oír de qué trataba la conversación.

Graham parecía estar muy enfadado. El consejo no le estaba prestando ninguna atención.

George tenía la palabra.

—Estoy en contra de cualquier alianza con los Dunbar. No los necesitamos—añadió casi en un grito.

—¿Y si los Dunbar forman una alianza con los Maclean? —preguntó Albert, con la voz temblando por la furia— Olvídate del pasado, George. Piensa en las consecuencias.

Vincent habló a continuación.

—¿Por qué han de ser los Dunbar? Son tan resbaladizos como el salmón mojado y tan sigilosos como los ingleses. No puedo soportar ese pensamiento. No, no puedo.

Albert intentó aferrarse a su paciencia.

—Debo recordarte que la tierra de los Dunbar está entre los Maclean y nosotros. Si no nos aliamos a ellos, podrían muy bien acudir a los malditos Maclean en busca de protección. No podemos permitir eso. Es sencillamente una decisión entre malo y peor.

Annie no pudo oír más de la conversación. Anthony le había puesto el zapato otra vez en el pie y de nuevo le tocaba ligeramente el codo. Se olvidó de todo lo referente a elogiar a su esposo. Apenas las puertas se cerraron tras ellos, se volvió hacia Anthony.

—¿Por qué los Andrew odian a los Maclean?

—La enemistad data de hace mucho tiempo —respondió él—. Antes de que yo naciera.

—¿Se podría reparar de alguna manera?

Anthony se encogió de hombros.

—¿Por qué te interesan los Maclean?

No podía decírselo, por supuesto. Si lo hacía, estaría rompiendo la promesa que le había hecho a Candy, y nunca traicionaría esa confianza. Estaba también el significativo hecho de que a Anthony le daría un ataque si se llegaba a enterar de que el padre de Candy era el jefe de los Maclean. Sí, también existía esa consideración.

—Sé que los Andrew están enemistados con los Dunbar y también con los Macpherson, pero no había oído nada de los Maclean. Por eso tengo curiosidad. ¿Por qué no nos llevamos bien con ningún otro clan?

Anthony rió.

—Hay algunos pocos a los que llamamos amigos —le dijo.

Annie decidió cambiar de tema y volver hacia los elogios que deseaba prodigarle.

Anthony caminó con ella hasta la casa y, después de darle un largo beso de despedida, se volvió para regresar al patio.

—Anthony te das cuenta de que mi lealtad es hacia ti, ¿no es verdad?—preguntó su esposa.

Anthony se volvió.

—Por supuesto.

—Siempre he tenido en cuenta tus sentimientos, ¿no es así?

—Sí.

—De modo que si supiera algo que te irritara, sería mejor que me lo callara, ¿verdad?

—No.

—Si te lo dijera, significaría romper una promesa que le hice a otra persona. No podría hacer eso.

Anthony retrocedió y quedó de pie directamente frente a su esposa.

—¿Qué estás intentando no decirme?

Annie movió negativamente la cabeza.

—No quiero que Albert obligue a Candy —dijo impulsivamente, deseando apartar la atención de Anthony de viejas promesas— Si ella no puede venir aquí, Albert no debe utilizar la fuerza.

Insistió hasta que Anthony le dio su palabra. Aceptó de mala gana, sólo para complacerla, pero no tenía ninguna intención de cumplir su promesa. No estaba dispuesto a permitir que la inglesa le rompiera el corazón a su esposa. Sin embargo, no le gustaba mentir a Annie, y Anthony reflexionó sobre ello con el entrecejo fruncido mientras subía de nuevo la colina.

Apenas salió Albert, su hermano lo llamó.

—Tenemos que hablar, Albert.

—Diablos, Tony, si me vas a hablar de otra promesa que le has hecho a tu esposa, te lo advierto, no estoy de humor para oírla.

Anthony rió y esperó a que su hermano lo alcanzara.

—Quiero hablarte de la amiga de mi esposa —dijo—. No me importa lo que haya que hacer, Albert. Arrástrala hasta aquí, si es necesario, ¿está bien? No voy a permitir que mi esposa se desilusione. Ya tiene suficientes preocupaciones con la llegada del bebé.

Albert comenzó a caminar hacia los establos. Llevaba las manos detrás de la espalda y la cabeza inclinada en señal de reflexión. Anthony caminaba a su lado.

—Supongo que eres consciente de que, si obligo a esta mujer, podría muy bien comenzar una guerra con su familia y, tal vez, si el rey decide tomar un interés personal en el asunto, una guerra con Inglaterra.

Anthony lanzó una rápida mirada a su hermano para ver qué pensaba él de esa remota posibilidad. Albert estaba sonriendo. Anthony movió la cabeza en un gesto negativo.

—John no se involucrará personalmente en esto si no puede ganar algo. El problema va a ser la familia de ella. Es indudable que no le van a permitir partir en un viaje así.

—Podría convertirse en un enredo —comentó Albert.

—¿Va a importar?

—No.

Anthony dejó escapar un suspiro.

—¿Cuándo vas a marcharte?

—Mañana, a primera hora. Esta noche voy a hablar con Annie. Quiero saber todo lo que sea posible acerca de la familia de esta mujer.

—Hay algo que Annie no me quiere decir —dijo Anthony, con voz vacilante—. Me preguntó acerca de la enemistad con los Maclean...

No continuó. Albert lo estaba mirando como si pensara que había perdido el juicio.

—¿Y no le ordenaste que te explicara qué demonios te está ocultando?

—No es tan sencillo —explicó Anthony— Tienes que ser... delicado con una esposa. Con el tiempo me dirá qué es lo que la está preocupando. Tengo que ser paciente. Aparte, probablemente estoy haciendo juicios precipitados. Mi esposa se preocupa por cualquier cosa en estos días.

La mirada del rostro de Albert hizo que Anthony lamentara el haber mencionado la extraña conducta de Annie.

—Te daría las gracias por hacer este viaje, pero sería insultarte.

—Esta no es una tarea que acepto con ganas —admitió Albert— Me va a llevar siete u ocho días alcanzar aquellas tierras, y eso significa por lo menos ocho de regreso con una mujer quejosa en mis manos. Diablos, preferiría hacerme cargo yo solo de toda una legión de Macleans antes que cumplir esta tarea.

El desolador tono de voz de Albert hizo que a Anthony le entraran ganas de reír. No se atrevió a hacerlo, por supuesto, ya que su hermano le ensangrentaría el rostro sólo con que esbozara una sonrisa.

Los dos hermanos caminaron juntos en silencio durante varios minutos más, cada uno absorto en sus propios pensamientos.

Anthony se detuvo súbitamente.

—No puedes obligar a esa mujer. Si no desea venir aquí, déjala.

—Entonces, ¿por qué diablos voy a molestarme en ir?

—Mi esposa podría tener razón —dijo Anthony apresuradamente— Tal vez lady Candice Isabella esté dispuesta a venir aquí.

Albert miró a su hermano con dureza.

—¿Dispuesta? Has perdido el juicio si crees eso. Es inglesa. —Hizo una pausa para dejar escapar un cansado suspiro—. No puede estar dispuesta a venir aquí.

Continuara...