No, no puedes saberlo.
Que mi corazón se me va del pecho y que mis ojos lagrimean.
No... no puedes saberlo.
Aunque quisiera decirte que eres mi secreto,
que en todos mis sueños
me refugio en el castillo de tus brazos
y en el paraíso, tu corazón,
coloco mi bandera.
Y que cuando despierto
solo quiero llorar porque no es cierto.
Moriré antes de que sepas
el motivo por el cual
volteo cuando pasas,
te callo cuando hablas,
te insulto cuando sueñas.

No.
Amor mío, sufro tanto.
Porque simplemente,
no puedo decirte que te amo.

Entré al baño como un huracán. Mi mirada fue suficiente para que las dos niñas que estaban ahí lo abandonaran de inmediato. Comencé a avanzar por la fila de puertas que comunicaban a los cubículos en donde estaban los inodoros, golpeándolas a todas con el puño para abrirlas y asegurarme de que no había nadie dentro.

Una vez me sentí segura en la soledad del baño, saqué de mi bolsillo ese tesoro del que nunca me había separado: mi relicario con la foto de Arnold.

-¡Oh, mi amor! -suspiré -¿Por qué lo volví a hacer? ¿Por qué siempre soy tan cruel contigo? ¿Por qué desperdicio nuestros últimos días juntos haciéndote msierable, en vez de aprovechar cada momento que me queda junto a ti? ¿Es que no me doy cuenta de que cuando hayan pasado años y años, cuando solo me queden los recuerdos de tu hermosa cabeza de balón, lo único que tendré para recordarte y lo único que tú tendrás para acordarte de mí... serán estos días? ¡Oh, Arnold, nuestro final se acerca! ¡Y al preciso momento en el que debería comenzar a ser amable contigo para prepararte para la confesión que muy pronto deberás escuchar... ¿qué hago?! ¡Te sigo tratando como si te odiara! ¿Por qué tuve que provocar que te cayeras al suelo debajo de esa tonta chica perfecta de Lila? ¡Ah! -suspiré una vez más, apoyándome contra las baldosas blancas del baño para comenzar a resvalarme lentamente hacia el suelo -¿Es que mi cruel subconsciente, dándose cuenta de que deseo revelar mi más profundo secreto, intenta impedírmelo obligándome a tratarte peor que nunca? ¡Si tan solo pudieras oír mis palabras, mi amor, y ayudarme, socorrerme, como siempre lo haces cuando alguien lo necesita! ¡Mi benevolente y maravilloso Arnold! ¿Cómo podré dejarte ir?

Mis suspiros hicieron eco en la blanca superficie del solitario baño de niñas. Observé la fotografía de Arnold que estaba entonces en mi relicario. No era vieja: tenía cosa de dos años, ya que yo me mantenía pendiente de actualizarla. La última la había recortado de una grupal que nos habíamos tomado con todo el salón cuando habíamos ido de excursión a la fábrica de cajas de Hillwood.

Pasé mi dedo índice por la foto, recorriendo cada uno de los hermosos y dorados cabellos de Arnold.

-Ángel mío, ¿en verdad voy a perderte para siempre? -me lamenté -Pero un momento... -me levanté y comencé a pensar: ¿ese día no iríamos al autocinema? Vaya: jamás había creído que pensaría algo como esto, pero... ¡Gracias al cielo por Rhonda Lloyd! Menos mal que nos había invitado a mí y a Phoebe: ahora sería el momento perfecto para poder estar con Arnold fuera de la escuela. Tal vez así... tal vez podría aprovechar para hablar un poco con él y poner nuestra relación en mejores términos.

Sí, así haría las cosas: de a poco, gradualmente. Así, al momento de confesarme, Arnold no se horrorizaría tanto como aquella vez en Industrias Futuro.

De solo recordarlo...

Sacudí la cabeza para alejar ese pensamiento y salí del baño contenta con mi resolución. Regresé el salón justo a tiempo para ver que Harold había pasado al pizarrón a resolver una ecuación matemática. Bravo: no me perdería de la diversión.

La princesita Lloyd nos reunió a todos los invitados al cine cuando salimos de la escuela. Resultó ser que en un auto no entrábamos todos para ir al autocinema, por lo que Sid iría por su camioneta y Rhonda traería su mercedes también. Nos dividimos: las chicas en el auto de Rhonda y los chicos en el auto del hermano de Sid. Apreté los dientes ante esa estúpida resolución: ¿cómo podía alguien esperar que yo sintiera deseos de subirme al auto de la presumida niña mimada de Rhonda? De seguro no se callaría en todo el camino y además, ¿cómo se suponía que hablaría con Arnold?

-Aún así, se supone que tendremos que intercambiar a lo largo de la película. -dijo Gerald -Si no, será aburrido.

-¿Es que nunca has ido al autocinema? -le contestó Sid -Claroque podremos ir de un auto a otro. Además, yo propongo que estacionemos a la par y nos sentemos todos juntos delante de los autos para ver la película.

-Apoyo la moción. -dije.

-Me parece bien, siempre y cuando no se apoyen en el capó de mi vehículo. -Rhonda sacudió su cabeza para apartarse el flequillo de la cara -Ven, Nadine: vamos a mi casa por el auto.

-Sí, Stinky y Harold, acompáñenme a ir por el mío. -propuso a su vez Sid.

-¿Y nosotros qué haremos? -preguntó Gerald, cruzándose de brazos.

-Esperar. -le contestó Rhonda.

-¿Aquí? -se extrañó Phoebe -¿En la puerta de la escuela? El autocinema está a unas pocas cuadras. ¿Por qué mejor no vamos nosotros para allá y los encontramos a ustedes en la puerta para entrar?

-Mejor entren y saquen las entradas, inútiles. -nos gruñó Harold.

-No se puede entrar al autocinema sin auto, genio licenciado en la gula. -le contesté en el mismo tono -Nos encontraremos con ustedes en la puerta allá. Vámonos de una vez.

-Desearía no habernos perdido el autobús. -se quejó Rhonda, partiendo con Nadine.

Arnold, Gerald, Lila, Phoebe y yo comenzamos a caminar las pocas cuadras que nos separaban del autocinema. Phoebe se había quedado atrás, hablando con Gerald (siempre se han llevado bien) y Arnold... ¡Maldición: estaba hablando con esa cabeza hueca de Lila! ¿No se suponía que era mi oportunidad para acercarme a él? Estúpida señorita perfecta.

Comencé a murmurar entre dientes. Tonto Arnold. Incluso después de que Lila se había ido dos años de la escuela -uno de los días más felices de mi vida fue cuando me enteré de que se iba y uno de los peores cuando me enteré de que había regresado- él seguía pendiente de ella. Lo tenía totalmente hipnotizado como la boba de Olga a mi padre... Claro que eran dos hechizos distintos, pero los dos estaban hechos con la misma pócima cruel de aquel encanto irresistible del que yo carecía.

A veces solía preguntarme por qué. Por qué Olga era capaz de hechizar así a las personas, siendo todas sonrisas, palabras dulces y saltitos como rayitos de sol. Quiero decir... éramos hermanas y aún así, ella era encantadora y yo... bueno, todo lo contrario.

Aún así, nunca había querido ser igual a Olga, por Dios. Me gusta ser como soy, es lo que me hace única, pero Arnold...

Si a Arnold no le gustaba...

Bueno, una vez había intentado cambiar y no había funcionado muy bien que digamos.

Creo que algunas veces Helga es mala, pero otras, como hoy, puede ser muy divertida y cuando lo es... bueno, me agrada mucho.

Suspiré con tristeza al recordar aquellas palabras. "Medio camino". Ojalá eso hubiera sido cierto: habían pasado casi diez años. ¡Diez años! Y él solo volteaba a verme cuando le lanzaba bolas de papel en clase.

-Oye, Helga. ¡Helga! -me di vuelta al oír que Phoebe me llamaba -Te pasaste.

Noté entonces que todos ellos estaban parados en la entrada el autocinema y que yo había seguido caminando sin darme cuenta.

-A buena hora me avisas, Phoebe. -me quejé una vez estuve en el grupo de nuevo.

-Lo siento, Helga. -me sonrió.

-Estabas muy distraída, Helga. ¿En qué pensabas? -me preguntó con dulzura, inclinándose hacia adelante, la señorita perfecta.

-Solo repasaba cálculos en mi mente. -contesté colocando mis manos en la cintura.

-¿Cálculos... matemáticos? -preguntó Arnold enarcando las cejas.

-Así es, cabeza de balón: cálculos matemáticos. Es un país libre y puedo pensar en lo que quiera mientras camino. -Helga, esta no es una buena forma de empezar a ser amable.

-Cielos... -todos miramos a Phoebe -Parece que están construyendo algo aquí al lado: espero que no haya ruido y podamos ver la película.

-No creo que sigan trabajando cuando anochezca. -la calmó Arnold.

-Es cierto y no falta mucho para eso. -Gerald miró su reloj.

-A propósito, ¿qué película vamos a ver? -sonrió Lila.

-Pues veamos qué hay en cartelera. -Arnold buscó los carteles en la entrada del autocinema y todos se le unieron a la búsqueda. Yo resoplé.

-Am... cabeza de balón. -él me miró -Allá. -y le señalé un enorme cartel con títulos junto a la pantalla que se veía desde ahí. Todo el mundo sabe que no hay carteles en la entrada de los autocinemas.

-Vaya, ahí está. -se rió Gerald -Nunca había venido a este autocinema.

-Ni yo tampoco y lo considero una experiencia sumamente interesante. -afirmó Phoebe -Muy bien, ¿cuál quieren ver?

Como todos, comencé a mirar los títulos de las películas que se exhibirían esa noche.

-Vaya, esa de Atardecer de Amor se ve interesante, ¿verdad? He visto los avances y parece muy romántica. -se entusiasmó Lila.

Arnold y Gerald se miraron poco conformes.

-Lila, te diré que me llama más la atención esa otra, Masacre en el Museo. -le dije yo, poco dispuesta a dejar de ver una buena película de terror.

-Justamente en esa estaba pensando yo. -estuvo de acuerdo Arnold.

-Desde luego: vimos los avances en televisión el otro día, ¿recuerdas, viejo? Seguro será la mejor película de horror de todos los tiempos -se unió Gerald -Tres votos para Masacre en el Museo.

-Oh, pero... Arnold. -dudó Lila -Yo no sé si pueda ver una película de terror.

Arnold bajó la mirada, evidentemente luchando consigo mismo.

Oh, no, Arnold: no te dejes convencer, por favor, por favor, por favor.

-No creo que debamos obligarla a ver algo que no quiera. -se decidió entonces Arnold -Tal vez deberíamos encontrar un punto intermedio.

Estúpido e influenciable sopenco.

-¿Dicen algo así como ésa de comedia? ¿Tres Hijos y un Departamento? -propuso Phoebe, para calmar las aguas antes de que Gerald le diera una patada al piso.

-¿Qué clase de título más absurd...? -estaba punto de decir yo a regañadientes, pero me detuve: amable, tenía que intentar mostrarme amable en presencia de Arnold.

-Eso me suena muy bien. -aceptó Lila - ¿Qué dicen ustedes?

-Para mí también está bien, pero hay que ver qué piensan los demás cuando lleguen. -dijo Arnold, mientras Gerald y yo nos cruzábamos de brazos y murmurábamos algo como "me da igual" o "hagan lo que quieran".

Los autos de Rhonda y Sid llegaron casi al mismo tiempo y todos los recién llegados estuvieron de acuerdo en ver Tres Hijos y un Departamento, por lo cual nos subimos a los vehículos, ingresamos al lugar, sacamos las entradas y nos dirigimos a nuestros puestos, bien cerca de la pantalla.

Rhonda y Sid estacionar uno junto al otro y todos nos bajamos para sentarnos en grupo delante de los dos autos. Harold y Stinky habían traído mucha comida de contrabando y, durante los avances, nos la repartimos.

No había pasado media hora desde que había iniciado la película, cuando casi todos estábamos bostezando: era pésima. Yo me estiré aburrida y maldiciendo en mi mente a Lila, la culpable de que no hubiesemos visto Masacre en el Museo, que de seguro era mucho mejor que esa tontería de película, que no daba risa en lo más mínimo.

-Voy a llorar del aburrimiento. -se quejó Harold, cruzándo se de brazos.

-Sí, yo tampoco puedo soportarlo. -resopló Sid -Vengan, chicos: saltemos la cerca hacia la construcción a ver si encontramos algo divertido.

Stinky, Harold y Sid se pararon y comenzaron a dirigirse a la cerca cautelosamente, para que nadie los viera, pero Arnold los detuvo:

-Amigos, no creo que sea muy buena idea. ¿Saben lo que hay ahí? Es peligroso y podría haber un accidente. Sé que la película no es buena, pero aún así deberíamos verla hasta el final. Luego podremos irnos y habrán...

-Ah, ya cállate, Arnold: no volveré al pabellón de los bostezos. -Harold lo hizo a un lado y se dirigió a la cerca -¿Ustedes van a venir o no?

-Claro. -asintió Stinky, siguiéndolo junto con Sid -¿Vienes, Helga? -me gritó antes de trepar.

Yo dudé: por un lado, estaba Arnold, la voz de la razón... pero por el otro lado, estaba una construcción a oscuras, de noche, sin ningún obrero vigilándola.

-Ah, qué diablos. -me encogí de hombros, me paré y los seguí.

-Vamos, Helga. -intentó detenerme Arnold.

-¿A caso eres mi padre, cabeza de balón? Relájate un poco, ¿sí? Miraremos, reiremos, asustaremos a Harold y volveremos, será un segundo. Tú quédate a ver tu película con tu chica. -y le señalé a Lila con la cabeza, en forma recriminante, como una novia celosa y traicionada lo habría hecho.

En fin: me sentía un poco traicionada, después de todo. La había apoyado a ella y no a sí mismo (o mejor dicho, a mí).

Soy alta, así que salté la cerca de madera con habilidad, quedando rápidamente junto a Stinky y Harold (Sid aún estaba intentando cruzar: seguía siendo bajito, incluso más que Arnold). Una vez Sid hubo cruzado, Harold intentó disimular el miedo que sentía por la oscura y misteriosa construcción desierta e intentó ser el primero en avanzar, pero se detuvo al tercer paso y se dio vuelta.

-Estoy rodeada de cobardes. -mascullé, avanzando yo misma y los tres me siguieron.

Caminamos observando lo que las luces de la calle llegaban a iluminar. Harold descubrió una demoledora gigante y, riendo, trató de subirse.

-¡Mírenme: voy a demoler la escuela! -bromeó, consiguiendo abrir la puerta de la cabina y sentándose dentro -¡Hasta la vista, Director Wartz!

-Ya bájate de ahí, gran bola de grasa. -le grité enojada -¿Qué tal si oprimes un botón y nos matas a todos?

-Ah, por favor, Helga: ya comienzas a parecerte a Arnold. -se rió Stinky.

-Sí, Helga: yo diría que extrañarás mucho el que Arnold te sermonee cuando estés en la universidad. -apostó Sid, cruzándose de brazos con suficiencia. Di un solo paso hacia él y fue suficiente para hacerlo replicar -¡Digo... no, no, no! L... lo siento, Helga. Ay, no me hagas dáño.

Yo puse los ojos en blanco y volví a fijar mi atención en Harold:

-Ya te dije que te bajaras, ¿no me oíste? -Harold continuó jugando con los botones de la demoledora. Entretanto, Sid pareció ver algo interesante, porque codeó a Stinky y los dos se alejaron unos pasos. Los ignoré para subir a la grúa y hacer bajar a Harold. -Óyeme de una vez, Harold: si no te bajas de esta cosa, te voy a hacer puré, ¿lo entiendes?

-Nunca puedo divertirme. -gruñó, bajándose -Insoportable mandona.

-¡¿Qué dijiste?!

-¡Ah! ¿Quién? ¿Yo? ¡Nada, nada!

-Más te vale, fracasado...

-¡Oigan, mcuhachos: tienen que ver esto! -el grito de Stinky me interrumpió, miré a Harold y los dos nos dirigimos hacia donde estaban los otros dos.

Stinky y Sid se encontraban mirando unas extrañas cajas de madera.

-¿Qué tienen esas estúpidas cajas? -pregunté, pero al mirar mejor, quedé boquiabierta -No puede ser. ¿Es...?

-¡Vaya que sí! -silbó Stinky.

-Es... -Sid junto sus manos y las llevó a su cara, como si su mejor sueño se hubiese hecho realidad.

-¡Cientos y cientos de kilos de dinamita! -terminó su frase Harold, también en éxtasis.

De inmediato los tres comenzaron a proponer travesuras para utilizar aquel tesoro descubierto. Yo sabía muy bien lo estúpida que era la idea de robar dinamita de una construcción para hacer idioteces, de modo que los dejé planear con intenciones de cortarle la mano a cualquiera de ellos si intentaban tomar alguna de las cajas.

-¡Esperen: ya lo tengo! -saltó Sid -Tomemos unas pocas, volvamos al autocinema, coloquémoslas en posición y... -se frotó las manos -Digamos que les arruinaremos a todas esas personas su aburrida película.

Harold y Stinky le festejaron la idea y los tres se dirigieron a las cajas, pero yo me interpuse.

-Alto ahí, manga de atarantados, ¿en verdad creen que voy a dejarlos tocar esas cajas?

-¡Oh, vamos, Helga! Será divertido. -insistió Harold -Te has vuelto aburrida.

-Vaya que eso duele, panzón. -ironicé, cruzándome de brazos.

-Helga, solo tomaremos unas pocas. -argumento Stinky.

-Olvídalo, Stinko. Retrocedan los tres.

-¿Helga, tú también crees que la película era pura basura, verdad?

-Da igual si traté de matar al director, Sid: no voy a dejar que roben dinamita.

-¡Aaah! -se quejó Harold.

-Solo una. -intentó de nuevo Stinky -La volaremos lejos de los autos y nadie sabrá que estás involucrada.

-¿No crees que Arnold merece un buen susto por habernos hecho ver esa pésima película? -preguntó Sid.

Resoplé: ya estaba demasiado vieja como para lidiar con ellos. Había intentado razonar, pero no pensaba rogarles que usaran el cerebro:si querían volar en pedazos, allá ellos.

-Hagan lo que quieran. -comencé a alejarme mientras ellos festejaban -Pero si esto llega a molestarme en lo más mínimo, los estrangularé como hacían los antiguos en Siria.

-Claro, despreocúpate. -me calmó Stinky antes de comenzar a husmear entre las cajas de dinamita.

Caminé hasta la cerca de madera, la cual trepé y salté para regresar al autocinema. Estaba oscuro, así que nadie me vio mientras avanzaba entre los autos para regresar al sitio en el que se habían quedado Arnold, Gerald, Phoebe, Lila, Rhonda y Nadine, sentados cerca de los dos vehículos que habíamos llevado.

Como me pareció que los cinco estaban concentrados en la película, pensé que ninguno me notó cuando me senté detrás de Arnold. Sin embargo, él se dio vuelta y me habló:

-¿Qué pasó con Harold, Sid y Stinky?

Me encogí de hombros.

-Se quedaron allá. No te asustes si algo explota.

-¿A qué te refieres? -se extrañó.

-¿Qué va a explotar? -preguntó Gerald, dándose vuelta a mirarme también.

-¿Explotar? -se asustó Lila, volteándose y captando la atención de Nadine, Rhonda y Phoebe, que estaban un poco más lejos, apoyadas en el capó del auto de Rhonda.

Les expliqué brevemente lo que había pasado.

-Helga, no puedo creer que los dejaras solos ahí con un montón de cajas de dinamita. -se indignó Arnold.

-Oye, no te la tomes conmigo, melenudo. -le contesté, enojada -Traté de detenerlos, pero no iba a ponerme a llorar para que me hicieran caso.

-¡Oigan todos! -todo nuestro grupo volteó sorprendido al ver que Harold y Stinky se acercaban hacia nosotros, caminando entre los autos mientras algunas personas les decían que hicieran silencio.

-Menos mal, chicos. ¿En dónde está Sid? -les preguntó Arnold.

-Ah, por ahí debe haberse quedado. -mintió Harold, fingiendo desinterés.

-¿No irán a hacer algo con la dinamita, no? -volvió a inquirir Arnold, enarcando una ceja.

-¡Ah, Helga, ¿por qué le contaste al aguafiestas de Arnold?! -se enojó Harold.

-¿A caso están locos? ¡No pueden jugar con esas cosas! -saltó Gerald.

-Más les vale que esto no me meta en problemas. -amenazó Rhonda.

-Harold, Stinky, díganme en dónde está Sid. -insistió Arnold.

-Cálmate, Arnold: Sid solo está arreglando la broma, es todo.

-¿Broma? -preguntamos él y yo al mismo tiempo.

-Allá. -señaló Stinky, mostrándonos un sector cerca de la pantalla, bien lejos de los autos.

Todos corrimos hacia allá, para encontrarnos con Sid, quien estaba arrodillado frente a una dinamita atada con un hilo a otras más y llevaba una caja de fósforos en la mano.

-¡Detente, Sid! -alcanzó a gritarle Phoebe.

-Ah, nada de eso. -sonrió él, encendiendo el fósforo.

-Tranquilícense: solo será una pequeña explosión que no hará daño a nadie. -intentó calmarnos Harold.

-¿A caso no se han dado cuenta de que están debajo de la pantalla? -preguntó Nadine, extrañada.

-Sid, no... -Arnold trató de frenarlo, pero el otro lo ignoró y encendió el hilo que conducía a las dinamitas.

-¡¡Corran todos!! -gritó después.

Ninguno de nosotros se hizo rogar: nos lanzamos a correr de inmediato, justo antes de la "pequeña explosión".

-o-o-

-¡¿Volaron el autocinema?! -exclamó la Doctora Blee en la sesión de ese lunes.

-No "todo" el autocinema. -aclaré, nerviosa -Solo se cayó la pantalla y, bueno... estará cerrado por un tiempo. Nadie salió herido.

-¿Atraparon a alguno de ustedes?

-No: nadie nos vio. Nos fuimos corriendo.

-Helga, lo mejor que podrían hacer es...

-Decir la verdad. -canturreé -Olvídelo: que castiguen a los genios que robaron la dinamita. Yo no tuve nada que ver.

-Vaya. -exclamó, escribiendo algo en su cuaderno de notas -Tal parece ser que tuviste una semana interesante.

-Ni que lo diga.

-¿Qué hay de Arnold?

-Cuando fuimos al cine no se despegó de la señorita perfecta. -gruñí -Y después de la explosión, creí que se iba a morir de los nervios: no dejaba de consolarla.

-Creo que Arnold le presta bastante atención a Lila. -comentó.

-¿Eso cree? -pregunté, con sarcasmo.

-No tienes que ser sarcástica. ¿Qué me dices de la solicitud a Stanford? -desvié la mirada -Lo imaginaba. -se levantó de su silla, caminó hacia un mueble y sacó un papel de un cajón. Luego regresó y me dio el papel: había pedido ella el formulario -Llénalo.

-No creo que sea buena idea. -dudé.

-Vamos, Helga: ¿qué tienes que perder? -y me ofreció un lápiz, sonriente.

La miré, suspiré y tomé el lápiz.


¡Gracias a todos los que dejaron más mensajes! :)

No sé si alguien lo notó, pero aclaro que lo de la fábrica de cajas me surgió porque justo estaban pasando los simpsons, en fin XD.

Bueno, espero que les haya gustado este capítulo, que me quedó más largo que los primeros. Y no se preocupen, porque todo aquello que haya que aclarar sobre la vida de Arnold y Helga en la secundaria será aclarado pronto ;)

Saludos!

Saludos!!!