LA ÚLTIMA NOCHE
III
Esa mañana el detective llegó a su despacho. Cuando abrió la puerta un sobre sin ninguna marca yacía en el suelo. Desde que había adquirido un compromiso con la realeza rusa, no era extraño que le dejaran este tipo de notas, de modo que se introdujo en el edificio luego de asegurarse que nadie lo estuviese observando. Abrió el sobre con avidez y leyó el contenido del mismo:
¨´En el baldío que está en frente de la metalúrgica de Ratisbona. Solo. ´¨. Y firmaba ¨¨K¨¨ junto a dos caracteres cirílicos.
David entendió de quien se trataba. Los dos caracteres eran el nombre clave de su contacto. Sin titubear se dirigió a toda prisa al lugar señalado en la nota.
En el baldío cientos de ciudadanos alemanes deambulaban en busca de trabajo, dedujo que era el lugar más apropiado para llevar a cabo una reunión tan peligrosa, teniendo en cuenta que les sería más fácil mezclarse con la gente y huir rápidamente, en el caso de que lo estuvieran siguiendo.
A su contacto lo habían enviado a investigar el avance del partido nacionalista alemán, lo que permitía que durante su estadía pudiese realizar un viaje corto entre Múnich y Ratisbona. La información era demasiado peligrosa como para dejar cabos sueltos, por ello, al ruso le pareció que lo mejor era entregar los datos a su colega cara a cara.
- Confirmado—Fue lo primero que dijo cuando David lo interceptó en la vereda.
David le dirigió una mirada suspicaz.
- El blanco está vivo—enfatizó el ruso. Luego miró en todas las direcciones, se acercó al detective con disimulo y le susurró - Los hombres de confianza de Stalin aseguraron que el blanco al que buscas, Yusúpov, aún vive. Desertores del ejército de Von Sternberg aseguran haberlo visto en el territorio del Don hace un par de años. Al parecer el marqués se habría dedicado a entrenar las tropas cosacas. También me dijeron que era muy allegado al Barón de la guerra, pero que sin motivo aparente él había desaparecido de un día para el otro.
- ¿Qué tan confiables son tus fuentes? –Preguntó David mirando hacia la multitud.
- Las más confiables. Los mejores al servicio del líder—Aseguró su contacto y agregó - Me dijeron que la elite del ejército rojo ha dedicado a buscarlo entre los desterrados en Siberia, pero hasta ahora no hay resultados positivos. Todos sospechan que salió de Rusia, aunque una pequeña fracción insiste en que se lo busque en Vladivostok.
Además…—el ruso hizo una pausa, sacó de su abrigo un cigarrillo y se lo ofreció al detective sin dejar de vigilar el perímetro – Está el otro Yusúpov, el menor de los hermanos, quien hasta hace algún tiempo fue el protegido de extinto camarada Lenin.
David recibió el cigarro, lo encendió y le dio una pitada. Disimuló, miró nuevamente alrededor. Su corazón ahora latía fuertemente. - ¿Explícame eso? – Preguntó sin mostrar un atisbo de ansiedad.
- El perro del zar tenía un hermano que se unió a nuestro ejército. El muchacho fue uno de los guardias que cuidó a Lenin durante su enfermedad y por eso, el camarada lo protegió dándole otra identidad. Pero ahora que el liderazgo recayó en Stalin, sus allegados y él mismo, han empezado a sospechar de ese joven. Ellos creen que el chico sabe en dónde están sus hermanos, o por lo menos, que él los ayudó a escapar. Pero el mayor de problemas radica en que este Yusúpov ha sido fiel al ejército rojo. Incluso se lo ha distinguido como uno de los soldados más feroces en la lucha. Eso es lo único que ha impedido que Stalin tome cartas en este asunto. Pero presiento que no será por mucho tiempo.
- ¿Tú crees que ese soldado pueda ser la clave que me lleve al objetivo?
- No, no lo creo.
David se mordió los labios clavando a su vez una mirada escrutadora en el rostro preocupado del informante.
- Bueno – dijo el ruso tomando distancia de su colega – puede ser que sí.
David arrojó el cigarrillo al suelo, lo pisó y su mirada cambió intimidando a su contacto. - Te daré parte del dinero y con eso espero que puedas salir cuanto antes de Rusia.
- Spasibo moi druk (1) —Respondió el aludido asintiendo. - ¿Qué harás ahora?—preguntó cuando David le dio la espalda.
- Creo que es necesario realizar una investigación de campo, toda la información que me diste es muy valiosa pero no es suficiente.
Al término de esta frase, David avanzó por la calzada hasta la esquina donde terminaba el baldío. En ningún momento miró hacia atrás, ya que no quería poner en riesgo la vida de su colega. Lo que más le inquietó fue enterarse que los hombres de Stalin también estaban tras la pista del marqués, lo que se traducía en múltiples complicaciones para su investigación. Definitivamente él no podía perder más tiempo, de modo que esa misma noche su esposa tomaría conocimiento del que estaba a punto de hacer.
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La cortina del vagón en el que viajaba Isaac se movió violentamente cuando el tren se detuvo en la estación de Múnich. Apenas abrió los ojos para comprobar que ya había esclarecido, y por la luz que encandelilló sus pupilas, dedujo que seguramente rondarían las once de la mañana.
La estación estaba abarrotada de gente, sin embargo, los oficiales alemanes se tomaban el tiempo de revisar cada boleto de los pasajeros que empezaban a ocupar las sillas vacías. La parada en la estación no debía durar más de media hora.
Atravesando a gran velocidad las calles de esa ciudad, Iván Kusnetzov se abría paso entre la gente que le empujaba y le tironeaba la ropa, de ese modo llegó a las puertas de la estación. Cuando escuchó el primer silbato de los tres que daba el tren antes de partir, aceleró la marcha llevándose por delante a la gente que le obstruía en paso; Casi sin aliento por el esfuerzo de la carrera expuso tembloroso su boleto al oficial de control.
- El tren está lleno joven – Dijo el uniformado mirando insistentemente la identificación que le había entregado junto al boleto.
- Pero… yo tengo mi boleto—Insistió Iván retomando de a poco el aire.
- ¿Qué lo lleva a Viena?—Preguntó el oficial devolviendo (de mala gana) la tarjeta de identificación en las manos aun temblorosas del joven con acento extranjero.
- Soy profesor—contestó, mientras observaba como los pasajeros seguían abordando el tren.
- Venga conmigo—Dijo el oficial ingresando en el primer vagón. Vera lo siguió.
Efectivamente el tren estaba lleno, y casi no quedaban asientos libres. El corazón de la joven empezó a desesperarse.
El oficial pasó al segundo vagón, este era más espacioso, con la particularidad de que los pasajeros no estaban a la vista ya que los asientos estaban separados, formando pequeños compartimientos aislados.
El oficial detuvo su marcha a la mitad del vagón de primera clase y dando la media vuelta miró al muchacho con desprecio. - Si algún pasajero no quiere viajar con usted, irremediablemente perderá este tren- Vera en la piel de Iván asintió y permaneció de pie, aunque en su interior maldijo la hora en la que se había desvelado.
El Oficial empezó abrir los compartimientos uno por uno, y por la expresión en su semblante daba a entender que la respuesta en los primeros cinco había sido negativa. Cuando llegó al sexto, se introdujo en él y cerró la puertecilla, ante la mirada desesperada de Vera.
Segundos después uniformado salió del compartimiento y le hizo una seña a Iván con la mano. Instantáneamente una sonrisa se dibujó en el rostro de la joven que corriendo avanzó por el pasillo, introduciéndose torpemente en el cuartito seis ignorando al pasajero al que le cayó encima, con la suerte de que el sujeto alcanzó a sostenerla de los hombros, y fue entonces cuando su mirada azul se clavó en los obscuros ojos de la mujer travestida.
El oficial que observó el accidente cerró la puertecilla de un solo golpe; le era molesto ver a un ruso en Alemania.
- Perdón, perdón. – Dijo Vera carraspeando la garganta.
- Pierda cuidado—dijo el hombre manteniendo la distancia con sus brazos.
El tren emprendió la marcha de pronto y Vera tomó su lugar rápidamente en la silla que estaba frente del pasajero, acomodando en su regazo su maltrecho maletín de viaje.
Isaac echó un vistazo por la ventana y comentó:
- Será un largo camino.
Ella se unió a la observación y tímidamente fijó su atención en el rostro de su compañero de viaje; le pareció un hombre era atractivo tanto, que le provocó un cosquilleo en el pecho. Se sintió avergonzada y temerosa; su identidad podría descubrirse si se dejaba llevar por sus sensaciones femeninas. Sacudió levemente la cabeza y dejó observarlo.
- ¿Viaja por placer o por trabajo?—Preguntó Isaac de pronto, dirigiendo la atención a su acompañante.
- Por trabajo—Respondió él sin mirarlo directamente. – Soy profesor- Agregó.
—Qué coincidencia—Dijo mientras extendía su mano – Permítame presentarme, soy Isaac Gotthilfe Weischeit.
- El mío es Iván Kusnetzov—Respondió Vera, estrechando tímidamente su mano.
Hubo un breve silencio.
- ¿Y cuál es el motivo de su viaje? – Preguntó ella, para menguar la incomodidad que le provocaba el silencio en ese pequeño espacio.
- Debo atender un asunto delicado—Contestó Isaac al instante. - ¿Cuál es su especialidad, Profesor?—Preguntó para cambiar el tema.
- Soy profesor de ruso, ¿y usted?
- Digamos que soy profesor de música. Bueno ahora, Director del conservatorio en Ratisbona.
La palabra Ratisbona conmocionó el semblante de Vera, como una ráfaga vinieron a su memoria los recuerdos de aquella época en la que había escapado de Rusia en compañía de Julius. En Ratisbona tuvo que entregarla en brazos de su única familia, para luego huir sin dar la más mínima explicación. Inevitablemente sus manos empezaron a temblar.
- ¿Sucede algo Sr. Kusnetzov?—Preguntó Isaac extrañado por la repentina reacción de su colega.
- No—Respondió él ocultando con disimulo las manos por detrás de la espalda.
Nuevamente el ambiente en el pequeño espacio fue incómodo.
– También me especializo en limpieza gastronómica – Dijo de pronto el músico dejando salir una pequeña sonrisa.
Vera sin entender el motivo del inesperado comentario, preguntó a qué se refería, de modo que Isaac le balbuceó una explicación poco entendible sobre su carrera como lava copas.
Ella no pudo evitar esbozar una sonrisa al identificarse como una profesional en ese trabajo, el cual le habría dado de comer durante todos los años que había residido en Alemania.
- También ten esa especialidad— Comentó. Ahora sus manos ya no temblaban y el latido de su pecho se había normalizado.
- ¡¿Usted?!—Exclamó Isaac – No, no lo creo.
- Créame, y puede decirse que tengo un doctorado.
Ambos soltaron la carcajada al unísono.
- Dígame, ¿por qué viaja solo? ¿Acaso su esposa no le acompaña?—Preguntó Isaac intentando retomar la conversación.
- No tengo esposa—Respondió Iván abandonando las risas.
– ¿Y Usted?
Isaac bajó la mirada. Vera dejó de reír por completo.
- Soy viudo—respondió.
Nuevamente el silencio en el apartado 6.
- Parecerá de cajón decir que lo siento. Pero, créame que sé lo que se siente. —Habló con fervor Vera. A su mente venían los recuerdos del suicidio de su hermano y de la última vez que había visto a Efrem, el único y verdadero amor de su vida.
- Ella me dejó un hijo—Dijo Isaac mientras observaba los ojos encendidos de su compañero de viaje, los que además se habían inundado con lágrimas.
- Veo que le traje un mal recuerdo.
Vera parpadeó varias veces evitando que sus lágrimas se derramaran.
- Sabe, nunca hablo con desconocidos sobre mi familia. De hecho nunca hablo sobre ella con nadie. —Isaac esbozó una leve sonrisa - Debe ser que usted ha mostrado un interés sincero, y eso solo se manifiesta en las personas que también han pedido seres queridos.
Volvió su mirada hacia la ventana del vagón, el sol en el cenit, suponía un medio día caluroso en el exterior.
- Un hermano – Dijo Vera—Esa es mi pérdida.
- También perdí a mi hermana y a mis padres —Continuo el músico sin apartar su atención de la hermosa vista que ofrecían los campos teutones —Friederike tenía tuberculosis. Cuando falleció, yo era un joven estudiante. Ella era mi hermana menor.
- Debió ser terrible enfrentar esa enfermedad.
- Sí lo fue. Pero tuve la suerte de contar con el apoyo de buenos amigos que me acompañaron hasta el último día.
- Es usted un hombre afortunado—Dijo Vera con un dejo de amargura.
- ¿De qué parte de Rusia vino?—Preguntó Isaac volviendo la atención al rostro de su compañero.
- ¿Por qué lo pregunta?—Respondió ella retomando la actitud esquiva que debía mantener en el papel de Iván.
Isaac pensó que su pregunta era inoportuna, pues conocía que los rusos exiliados se mostraban reacios a comentar detalles de su pasado por temor a los soviéticos.
– No es necesario que me diga— dijo mientras acomodaba su cabeza en el sillín. –Descansaré un poco ¿le molesta?
- En absoluto —Respondió.
El compartimiento quedó en silencio. Vera solo escuchaba el ruido de la maquinaria; se recostó e intento dormir, pero cada vez que cerraba los ojos se encontraba con el recuerdo del rostro de Liudmil en la estación de trenes en Rusia, cuando su pequeño querubín, había procurado que ella y Julius salieran del País. Recordaba el rostro desfigurado de Leonid tendido en su despacho; esa imagen que no podía borrar y que la estremecía. También estaban grabados a fuego en su memoria los rostros de dos hombres a los que ella les había entregado mucho dinero, y por último recordó el rostro Julius la última vez que la vio.
Se sentó derecha y buscó entre sus pertenencias algo para leer. Nada, no se había llevado nada.
Sin opciones se encontró de frente con la figura de su compañero que ya se había quedado profundamente dormido. Por un instante se le pareció a Leonid, pero la expresión en él era diferente. Vera sintió que un frío le recorría el cuerpo lentamente mientras se dedicaba a estudiar los rasgos de ese desconocido. Sin darse cuenta, se había apoderado de ella el deseo de tocarlo antes de que él abriera los ojos y delicadamente le acarició la mejilla. Isaac reaccionó aun dormido e hizo un gesto con la nariz.
¡Qué rayos te pasa Vera Yusúpova. Ahora eres un hombre! ¡Debes pensar como hombre, sentir como hombre! —Se reprendió mientras ocultaba sus manos como si hubiese tocado la llama de una vela.
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Los sirvientes de la mansión Kippenberg se apresuraron abrir la puerta del abollado Steiger Martini del año (2) en el que llegaron los miembros de la familia.
Moritz bajó dando un portazo y a zancadas ingresó en la mansión, ante la mirada de los sirvientes que rara vez lo habían visto de tan mal humor. Unos segundos después descendieron el vehículo su esposa e hijo menor, teniendo en cuenta que al mayor tuvieron que lo llevarlo en brazos hasta su habitación.
- ¡Dónde es que te metes mujer! ¡Mira lo que sucede por tu incompetencia!—Gritó el millonario en medio de la salón con el rostro enrojecido por la ira. Los sirvientes se atemorizaron y volvieron rápidamente a su quehacer.
Pero su esposa se quedó frente a él observándolo, indicándole con su silencio que no le respondería en frente de su pequeño.
Moritz, cayendo en la cuenta de que su arranque había afectado los nervios su hijo, se contuvo y se sirvió una copa.
Bettina, por su parte, envió al pequeño a su habitación. Acto seguido habló a su esposo con total autoridad.
- No tienes por qué gritar. Debemos estar agradecidos de que a nuestro hijo no le ocurrió nada grave.
- ¡Pero solo tiene catorce años!—Gritó de nuevo y bebió la copa de un sorbo.
- Lo sé, y admito que fue un error de mi parte dejar las llaves del automóvil a la vista. ¿Pero qué quieres que haga? Es igual a ti cuando tenías esa edad; un chico voluntarioso y obstinado.
- No eres una buena madre —Dijo clavando una mirada asesina en Bettina.
- Tampoco soy una buena esposa—Dijo ella con los ojos enrojecidos. Su pecho agitado se elevaba por encima del escote.
Moritz se sirvió otra copa dándole la espalda.
o– No quiero que me representes una de tus escenas dramáticas - dijo mientras aflojaba el nudo se su corbata, dejándose caer en el sofá.
- Para ti solo existe el dinero—Continuo ella siguiendo los movimientos de su marido. – Mis hijos y yo te hemos desgraciado la vida, y es por eso no te importan los esfuerzos que hacemos para agradarte. ¿Por qué? ¿Tan poca cosa somos que no podemos competir con el recuerdo de Friederike?
- No la menciones a ella, no en este momento. – Dijo Moritz dejando la copa sobre una mesita, tomándose el rostro con las manos.
- ¿Por qué... acaso vas a negar lo infeliz que eres? Lo sé. Lo veo he visto en tus ojos, incluso cuando hacemos el amor.
- Son tonterías, Bettina—Dijo él poniéndose de pie, aunque las afirmaciones contundentes de su esposa eran innegables.
Bettina derramó sus lágrimas contenidas.
Moritz reaccionó sintiéndose culpable y se excusó por el comportamiento que había mostrado.
- He sido tan estúpido… - dijo acercándose a ella, abrazándola intensamente.
- Si tuviera el poder de regresarle la vida a una persona, juro que te la devolvería—aseguró Bettina entre los brazos de su esposo.
- No, no digas eso. –Respondió él levantándole el rostro delicadamente. - Te amo, y no tienes que hacer nada más por mí.
Bettina intentó encontrar la verdad de esas palabras en su mirada pero no pudo hallarla. Sin embargo besó sus labios apasionadamente. Moritz le correspondió y la tomó en los brazos, dirigiéndose a la habitación principal.
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Una nueva sacudida despertó de un sueño profundo a Isaac.
Vera bostezó simulando haber tomado una siesta.
- Creo que estamos próximos a llegar.
- Tiene razón —dijo Isaac mientras revisaba su reloj de bolsillo. – Me gustaría volver a conversar con Usted Sr. Kusnetzov.
- Sería un honor para mí.—Respondió.
- En donde puedo visitarlo?
- Si le soy sincero, no podría explicarle –Respondió Vera con desánimo.
- Que le parece si nos encontramos en el salón de Madame Renoir. Cualquier persona podría indicarle en donde se encuentra. Se decide buscarme pregunte en ese lugar por Sabine, ella dará conmigo fácilmente.
- Creo que es una excelente idea.
– Supongo que no le será fácil socializar con la gente de aquí – Isaac hizo una pausa y su rostro se ensombreció – Yo creí tener muchos amigos en esta ciudad, pero…
El silbato de la locomotora y la aparición de unas luces a pocos metros de distancia, anunciaron la llegada del tren a la estación austriaca. Isaac se apresuró a tomar su sombrero y gabán, mientras su compañero de viaje hizo lo propio. Finalmente la maquina se detuvo y ambos se pusieron de pie. Isaac le indicó la salida a Vera en su traje masculino de paño negro. Le pareció poco usual la forma de caminar de su nuevo amigo a quien observó detenidamente mientras descendía del tren. - Que forma extraña de conducirse—pensó.
- Señor, ¿piensa quedarse ahí parado?—Preguntó la voz de un niño que estaba detrás de Isaac en la fila esperando a que le despejara el pasillo.
–¡Qué demonios!—Exclamó - ¡Pero si es todo un hombre!
- ¿Como dice?—preguntó nuevamente el niño.
- No, nada– Apuró el paso y descendió del tren.
Vera con su maletín de pie junto a las vías ferroviarias miró en todas las direcciones buscando el cartel con su nombre. Empezó a preocuparse ya la estación estaba casi vacía.
- ¿Tomará un taxi o vienen a recogerle?—Preguntó Isaac de pie junto a ella.
- Se supone que me estarían esperando.
Al término de frase, apareció un hombre corriendo por los pasillos levantando torpemente una pizarra que tenía escrito Sr. Kusnetzov.
- Creo que ya llegó su trasporte—Dijo Isaac señalando con el dedo al apurado chofer – No olvide buscarme en el salón.
Iván extendió la mano estrechando la de Isaac.
– Lo buscaré.
Con esto, el músico se retiró caminando por la avenida Kärntner Straße(3) en busca de un hotel. Aún faltaban días para su esperado encuentro con Catalina Brenner.
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Iván llegó cerca de la media noche a la residencia Backhaus. El anfitrión lo estaba esperando con la mesa dispuesta, según informaba en mayordomo que le había recibido. Al ingresar en lo que parecía una clásica casa de campo, se sorprendió con el lujo del mobiliario. Lejos estaba del Palacio en el que ella había crecido, pero había que reconocer que era muchísimo mejor que la residencia maltrecha de la Sra. Spackman. Caminó algunos pasos hasta el comedor y desde la cabecera se escuchó la voz de Wilhelm Backhaus.
- Es un placer conocerlo Profesor Kusnetzov. Hasta hace una hora, mi pupilo estuvo aquí esperándole, pero comprenderá que lo ha vencido el sueño. Pero por favor, tome asiento.
Iván se sentó en la silla ofrecida por el anfitrión.
- Presento excusas por el retraso geehrt (4) Backhaus.
- ¿Qué es eso de geehrt Backhaus? Si va a vivir con nosotros prefiero que me llame Wilhelm o maestro, igual que lo toda la gente que vive en esta casa. Pero que rostro más exquisito. – Observó el anfitrión - Tiene esa belleza rusa tan exótica ¿Quiere acompañarme?
Iván asintió y se sentó a la mesa.
- y… ¿Qué tal el viaje?—Continuó el maestro con su interrogatorio.
- Excelente geehrt… digo, Maestro.
- ¿Sabe algo de música? ¿Nikolai Rimski -Kórsarov (5) por ejemplo? Él fue un excelente exponente de la ópera de su país —comentó mientas saboreaba el primer bocado.Vera esbozó una sonrisita nerviosa mientras se servía un vaso con agua, al que le dio un sorbo antes de responder. Si tiene razón, muy bueno.
- Pero no se ponga nervioso, Iván—Dijo el alemán palmeándole el hombro – Lo de la música es mera curiosidad, yo solo necesito que le enseñe a Jubel su idioma y sus costumbres. Nos interesa que en Rusia se mantenga el interés en nuestra cultura, y que mejor que conocer de antemano la de ustedes. Debe saber que los comentarios que me hicieron sobre su educación fueron los causantes de que lo eligiera entre todos los candidatos que se postularon—Agregó. ¿Dónde vivía? ¿Moscú?, ¿San Petersburgo…? ¡Oh! Perdón, Leningrado.
- Prefiero que le llame San Petersburgo—Respondió el profesor esbozando una falsa sonrisa que identificó Backhaus al instante. - Conmigo no finja. Noto que a usted también le molesta esa aberración. - Agradezco su comprensión. - Imagínese Profesor, años de esplendor tirados a la basura por un ideal utópico lleno de violencia y salvajismo. San Petersburgo, la ciudad emblema de la realeza de su país, cambió su nombre como si se tratara de ocultar el sol con un dedo. Créame profesor que entiendo y apoyo su desagrado. Después del ácido comentario del dueño de casa, la cena trascurrió en silencio. De vez en cuando Vera echaba un vistazo al maestro, quien no había dejado de mirarla desde que se había sentado en la mesa. - Imagino que debe estar exhausto—Soltó de súbito el anfitrión sobresaltando al recién llegado. - Oh, sí. No he dormido muy bien los últimos días. - Venga – Dijo Backhaus poniéndose de pie extendiendo una mano – lo llevaré a su habitación. Vera dudó en dársela pero finalmente cedió. —Tiene unas manos especiales, profesor— Comentó al viento el maestro - y ciertamente no se equivocaba, las manos de Vera eran delgadas e inusuales. - ¿Eh?—Exclamó ella con los ojos abiertos de par en par, reacción que logró avergonzar al maestro, al punto de soltarle la mano violentamente como si le hubiesen propinado un latigazo. - Sígame, le mostraré su lugar de descanso.
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Habían pasado algunos días desde el encuentro entre David y su colega ruso. Durante ese tiempo David había organizado concienzudamente los detalles de su viaje y llegada a Leningrado. A su despacho llegaron a las órdenes de viaje y su falsa identificación como "periodista corresponsal", credencial en la que había invertido la primera paga de los Romanov. Con todo, el detective tendría que conducirse con extremo cuidado, teniendo que se habían intensificado los controles fronterizos y sobre todo la seguridad en las grandes capitales rusas desde la ascensión de Stalin. Pero había algo más que preocupada al Detective pues no sabía de qué modo le diría a su esposa que tendría que irse por un tiempo. Con esta inquietud se dirigió a su casa después de un aparente día normal de trabajo.
Maria Bárbara lo estaba esperando en el porche de la mansión Alensmeier vestida con sus mejores galas. Se había peinado perfectamente con una cola de caballo que dejaba al descubierto su blanquecino cuello y sus hombros tersos, enmarcados el escote profundo de su vestido negro con detalles plateados. El atuendo moldeaba delicadamente su silueta hasta las caderas donde se desprendía un faldón acampanado de gasa. Sus labios apenas resaltados de carmesí y la imagen de una dama seductora, dejaron sin aliento al detective.
Ingresaron en la casona tomados de la mano, notando él que no había nadie en el salón principal a excepción de ellos dos. El lugar apenas estaba iluminado por dos velas encendidas sobre la mesa del comedor. Sobre esta reposaba una botella de vino francés a la cabecera junto a dos copas.
- ¿Te gustó mi sorpresa? – preguntó ella con voz seductora, tomando delicadamente un lugar en la mesa.
David aun hipnotizado por la presencia de su mujer, dejó caer su portafolio y gabán. Quiso besarla pero ella lo detuvo poniendo sobre esos labios fervientes su dedo índice. A él no le quedó más remedio que tomar su lugar a la cabecera del inmenso comedor principal.
- He preparado la cena— Dijo Maria Bárbara entusiasmada.
- Sabes que te amo, ¿verdad?—dijo David ignorando el comentario de su mujer.
Maria Bárbara esbozó una leve sonrisa, se sonrojó y bajó la mirada. Las palabras de su esposo desvanecieron todas las inseguridades que tan a menudo la acosaban.
- Preparé tu comida favorita y les di el día libre a las muchachas. También se lo di al jardinero…
- Es una hermosa sorpresa – dijo él tomando los cubiertos.
Maria Bárbara levanto despacio la tapa de la bandeja que acompañaba las copas y el vino sobre la mesa.
– Hummm el aroma es exquisito—Exclamó su esposo al sentir el vaho que desprendía la comida.
- Hoy es un día especial, amor. —La efusividad con la que Maria había pronunciado esa frase sorprendió al detective.
- ¿Especial? Por eso está exquisita cena. Sin mencionar que estás más bella que de costumbre.
- Supongo que nuestro aniversario amerita que luzca de esta manera. – Soltó mientras conducía a la boca un trozo del soufflé.
¡Maldita sea! ¡Lo olvidé! ...con todo este asunto del viaje y la búsqueda de Yusúpov. Pero ¿Qué le digo? ¡Qué hago! Vamos Rassen que no se note… - Claro mi amor, como olvidar el día más feliz de mi vida. – y ahora como le digo que…
- Quiero que esta noche sea especial—Retomó ella la conversación, mientras tomaba delicadamente la mano de su esposo. Lo miró directo a los ojos con más audacia que de costumbre, expresando con ellos el deseo que él le inspiraba.
David conocía mejor que nadie esa faceta de su mujer, por lo que entendió el ruego implícito de su mirada encendida. Por ello dejó de lado el hambre física para saberse hambriento de su cuerpo. Con un movimiento rápido pero preciso la levantó por la cintura, sentándola delicadamente sobre la mesa. Se tomó todo el tiempo del mundo para observarla, pues su ataque inesperado le había arrebolado las mejillas de una forma adorable. El pecho de Maria se había agitado y su respiración entrecortada se suspendió con un beso pasional, el cual se extendió por sus hombros, su cuello y sus senos.
Entregada al calor de la piel ardiente de su hombre, lo atrajo hacia ella con sutil violencia tirando de sus cabellos. Sus manos ansiosas buscaban aflojar las ropas, y separó las piernas para acercarlo todo cuanto era posible, hasta sentir toda su piel en contacto con la suya, y su miembro rozando su intimidad. No podía sentirse más mujer en otro momento que no fuera ese, nada era más placentero para ella que entregarse totalmente a la persona que amaba.
Para David disfrutar de esa personalidad desinhibida y sensual de Maria cuando hacían el amor era todo un deleite. Imaginarse lejos de ella, de su calor, de ese amor apasionado era una completa tortura, pero en ese instante, en esa última noche él se aseguraría de que para ambos fuera inolvidable. La penetró con firmeza pero delicadamente provocando en ella un gemido ahogado. Así fue como mantel se convirtió en una especie de sabana que envolvía dos cuerpos abrazados sobre la alfombra.
- Te amo… como nunca antes amé —Dijo ella abrazándose al cuerpo desnudo de su esposo.
- Odio tener que abandonarte—dejó salir David de súbito, aunque en su voz se sintió reflejada una profunda tristeza.
Maria sorprendida por la inesperada confesión se atemorizó.
– Abandonarme… ¿Por qué?
- Tengo que cumplir con una misión que requiere investigación de campo. Nada que no haya hecho antes.
- ¿A dónde irás?
- Fuera del país, en Bélgica. No puedo decirte más. Tú conoces mi trabajo. Perdóname…
- ¿Por cuánto tiempo?
- No lo sé.
El maldito nudo se apropiaba de su garganta de nuevo. Maria Bárbara no quería que sus ojos delataran la desesperación que sentía. No podía tan siquiera intentar retenerlo, porque ella sabía a qué se dedicaba su marido. Evitó a toda costa ser evidente, se puso de pie y aun desnuda caminó hasta la cocina donde se sirvió un vaso de agua, el cual bebió de un sorbo.
- Comprendo lo que sientes—Dijo David que había llegado a estar detrás de ella en las mismas condiciones.
- Ya despunta el alba—Comentó como si no le importara lo que estaba sucediendo, observando fijamente la luz que se filtraba por la cortina colocada en la ventana. —Es mejor que descansemos en nuestra habitación.
- Partiré en el tren que sale hoy a las seis de la tarde – agregó David.
- Con mayor razón tienes que descansar – Dijo ella intentando salir de la cocina, pero él lo evitó tomándola del brazo. Ella bajo el rostro pues no quería mirar su rostro.
- Prometo que será la última vez que me aleje de ti —dijo mientras observaba una lágrima que se resbalaba del rostro cabizbajo.
- Lo entiendo—Dijo ella y se soltó violentamente de la mano de David. - Te estaré esperando. Sabes que esta es tu casa.
Él permaneció en silencio observando como ella se alejaba y lo dejaba solo frente a la misma ventana. El día ya estaba firmemente establecido.
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Algunos días habían pasado desde la llegada de Isaac a Viena. Él había visitado a Sabine, aquella prostituta amiga de su difunta esposa, quien aún trabajaba en el Renoir. Se sentía muy agradecido con ella, teniendo en cuenta lo que había hecho por Roberta cuando él la abandonó.
Le preguntó por Jubel, si lo había visto y si algo en él había cambiado.
- Era nuestro día libre—inicio el relato Sabine sentándose en una butaca junto a Isaac frente a la barra del salón, mientras otras empleadas limpiaban las mesas antes de la apertura.
- Decidí visitar la tumba de Lily. Tenía muchas cosas que contarle. Sucedió que por esos días había conocido a un hombre, uno que me había tratado bien. Él era dulce, muy distinto a todos los que vienen por estos lados. Tú sabes Isaac que en este oficio suelen tratarnos como un objeto, por eso no quería que mi buena suerte se desvaneciera contándole a cualquiera sobre él.
Compré unas rosas amarillas, unas bien alegres como le gustaban a ella. Le adorné su parcela con esmero y pasé horas relatándole mi encuentro íntimo con ese hombre y cuando iba a contarle la parte, apareció de la nada Jubelito. Me emocioné tanto al verle que hasta intenté abrazarlo, pero tuve que desistir cuando me empujó. Él estaba molesto, como si yo le hubiese hecho algo. De mala gana me preguntó qué estaba haciendo ahí. Yo le contesté que estaba visitando a su mamá como era mi costumbre y que me alegraba verlo tan grande. Pero no me imaginé que de su boca salieran todas las palabras que me gritó.
- ¿Qué te dijo, que te gritó? – Preguntó Isaac atento al relato.
- No vale la pena que lo repita Isaac. Entiendo que Jubelito es un niño y entiendo sus berrinches.
- Es por Jubel que estoy aquí, Sabine. Wilhelm me adelantó algo de su actitud en sus cartas. Parece que el cambio en su comportamiento tiene que ver con lo que ahora sabe de su madre. Los comentarios vienen de sus compañeros de escuela, quienes deben conocer la versión más perversa de bica de sus padres.
- En eso tienes razón, Jubelito no es el mismo niño que yo recordaba—Dijo la mujer con la mirada entristecida.
– Me pidió a gritos que dejara en paz a su madre y que no volviera a llevarle flores escandalosas. Me dijo que no me acercara nunca más a él, y que personas de mi clase eran las que habían pervertido la vida de su madre… y muchos otros reproches. Palabras hirientes. ¡Hasta pisoteó mis rosas!
Isaac limpio cariñosamente las mejillas de Sabine, que había dejado escapar algunas lágrimas mientras relataba aquel episodio. La expresión del músico y padre, pasó de tranquila a preocupada.
–Te suplico que le perdones. Jubel no ha tomado a bien el pasado de sus padres.
- ¡Pero ese chiquillo no tiene ningún derecho!—Exclamó. —Lily dio su vida por él. ¡Qué importa lo que ella haya sido! ¡¿Acaso su sacrificio no vale?!
- ¡Cálmate! – Rogó Isaac tomándola del brazo obligándole a que bajara la voz. – Los dichos de la gente puedes ser muy crueles. Te repito que por eso he venido, quien sino yo, puede decirle con certeza a mi hijo quien fue realmente su madre.
- ¿Y ya hablaste con él?—Preguntó Sabine tomando una medida de vodka.
- Lo haré en cuanto llegue Catalina.
- ¿Catalina?... ¿Te refieres a la enfermera, la amiga de Lily?
- La misma. Ella es una persona muy importante en la vida de mi hijo. Antes de encontrarme con él necesito su consejo. No quiero que Jubel piense que he venido a cambiarle sus ideas e invadir su espacio. ¿Con que cara? Nunca debí dejarlo…- Isaac bebió su medida de vodka.
- No te culpes, tú al igual que Roberta le han amado incondicionalmente. Todos tenemos derecho a una segunda oportunidad y estoy segura que cuando Jubelito sepa quien fue verdaderamente su madre volverá a ser el pequeño de siempre.
- Eso es cierto. – Dijo Isaac poniéndose de pie, dejando un par de billetes sobre la barra.
- ¿Te vas tan pronto?—Preguntó Sabine cuando vio que Isaac buscaba su sombrero y abrigo.
- Debo ir a la oficina de comunicaciones. Catalina me envió un telegrama ayer diciéndome que hoy me informaría con exactitud el día y a la hora aproximada de su llegada. Luego visitaré la tumba de mi esposa.
- Lily te dará un consejo para su pequeño. Uno mejor que el que pueda darte esa enfermera.
Isaac esbozó una sonrisa entendiendo el comentario.
– Hay algo más. Conocí a un colega, maestro de idioma ruso en el tren. Le dije que tú podrías ubicarme fácilmente y que te buscara en el salón. Espero que no tengas inconveniente en avisarme si se presenta.
- Descuida puedes contar conmigo. Y ese nuevo amigo, ¿Es guapo?, ¿Acaso es soltero?
- La curiosidad mató al gato amiga mía. Ya te darás cuenta si viene por estos lados.
Isaac abandonó el salón con un marcado gesto de preocupación, sin embargo se detuvo en un puesto de flores y compró una docena de lirios. Luego se dirigió hasta la estación de comunicaciones en la que efectivamente recibió el telegrama enviado por Catalina donde le anunciaba su llegada en cuarenta y ocho horas. Con algo de tranquilidad retomó la marcha hacia el cementerio. La sepultura de quien en vida fuera su esposa se distinguía desde el portón principal del panteón. Isaac había encargado colocar sobre la lápida la escultura de un ángel tocando el arpa. A escasos metros de la sepultura, el músico se detuvo pues alcanzó a ver que alguien más la visitaba. Decidió ocultarse detrás de un árbol, y desde allí pudo constatar que esa persona era su pequeño hijo. Todo su ser se remeció al verlo. Era cierto que su niño había crecido mucho. Anhelaba y decirle cuanto lo amaba, cuanto lo había extrañado. Pero prefirió no hacerlo y observar.
– Quisiera que tú no fueras mi mamá—Exclamó Jubel entre sollozos.
Isaac que estaba escuchando desde su escondite pensó para sí - No hijo mío, nadie más que ella podría haber sido tu madre. Una mujer inigualable a la que no supe amar como merecía. Una mujer que renunció a todo para darte la vida. Una mujer a la que no supe entender, pero de la que estoy seguro te sentirías orgulloso si la hubieras conocido. No mi niño, solo Roberta pudo haber sido tu madre.
Acto seguido, Jubel lanzó sobre la tumba de Roberta y el Ángel de mármol, el ramo de flores que le había llevado. Se limpió con sus manos de niño algunas lágrimas que mojaban sus mejillas pecosas, y se retiró del sepulcro. Sobre la calzada de la puerta lo estaba esperando el coche de Backhaus al que subió de prisa.
Cuando Isaac perdió de vista el coche, se acercó hasta la tumba. Estaba contristado por lo que había visto. Levantó con dolor cada florecita esparcida en la parcela.
- ¡¿Co… Como sería mi vida ahora sino te hubieras ido?! – Empezó hablar con la voz quebrada. - Quizá nuestro hijo sería feliz. Quizá yo habría dejado de ser un hombre egoísta y te habría dado mi amor como tanto lo deseabas. Te necesito tanto, tanto…. — El pecho se le se sacudía con cada sollozo- Pero ha llegado el momento de tomar mi lugar como padre, un lugar que nunca debí abandonar. Jubel es un niño bueno, yo lo sé. No puedo dejar que la gente de esta sociedad le corrompa el corazón. Es el momento de recuperar su cariño y ser una familia para él. Y tu mi amor, debes ayudarme estés donde estés dame el valor que necesito para seguir.
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- Desde que salimos del cementerio nos has emitido palabra—Comentó Backhaus a su pupilo camino a la casona.
Jubel con una expresión de desprecio continuó mirando por la ventanilla sin decir nada.
- Espero que esta visita te haya servido, muchacho—dijo el maestro, pero el niño permanecía inmóvil y notablemente molesto.
- No debes dejar que los comentarios de la gente te afecten. Jubel, ahora eres un niño y lo que dicen otros niños puede ser importante para ti; pero más tarde serás un hombre, seguramente un músico reconocido, por eso debes estar preparado para enfrentar a la crítica, que no suele ser indulgente, sea cual sea tu origen. El algún momento tú tendrás que aceptar la historia de tus padres y perdonar. Ver hacia adelante, superar tus temores y hacer una vida propia.
- ¿Por qué tengo que estar con usted y no con mi padre? – preguntó de súbito el pequeño, el ceño fruncido acentuaba el verde de sus ojos.
- Tienes un talento especial—Respondió fervorosamente Backhaus. - Tu padre siempre ha querido lo mejor para ti, desea que conozcas el mundo y que tengas las oportunidades que él no tuvo a tu edad. Es por eso estás aquí y debes saber que para mí no es una molestia enseñarte todo lo que sé pequeño, por el contrario, me siento orgulloso de que seas mi pupilo.
- ¿Y si este talento desapareciera?, si acaso no pudiese tocar el piano… ¿Quizá podría volver con él? —Preguntó Jubel incomodando al maestro que no supo que contestar.
Y esa respuesta muda fue suficiente para que el pequeño concluyera en su interior que simplemente él no lo podía concebir como un niño corriente.
Backhaus entonces prefirió dejar de lado sus consejos y continuar el viaje evitando algún nuevo reproche. Jubel continuo mirando por la ventanilla, disgustado, triste, ausente.
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El profesor Kusnetzov llevaba varios días en la residencia Backhaus y solo había logrado entrevistarse una sola vez con el dueño de la casa. Además aun no conocía al joven que iba ser su alumno y estaba impaciente por empezar. Necesitaba urgentemente el dinero de las clases teniendo en cuenta que el viaje hasta Rusia le demandaría un gran esfuerzo económico, sin mencionar lo que costaría la contratación de un investigador que diera con el paradero de Liudmil, y qué decir de los sobornos entre otros gastos adicionales. Pero por el momento, ella tendría que ser paciente y caer muy bien con el jovencito. El hecho de no saber nada de música podría convertirse en un obstáculo, por lo que decidió instruirse sobre el tema ojeando infructuosamente los libros que estaban en la biblioteca pública del maestro. Y es que desde que había conocido a Isaac no le era fácil concentrarse, una y otra vez daba vueltas en su conciencia la invitación para volver a verse..
De pronto observó que se acercaba un coche a la casa y apresuradamente levantó el libro adoptando una postura solemne, con la firme intención de recibir a quien fuera, pero se sorprendido cuando una cabecita negra saltó del rodado y corrió por las escaleras. Cerraba el cuadro el maestro Backhaus gritando por la ventanilla - ¡Detente!
Reaccionó como por instinto y detuvo la carrera de Jubel sosteniendo aquella cabecita con las dos manos. El muchacho se movió furioso y se soltó, quedando frente a Vera con la cabeza gacha.
Apresuradamente Backhaus descendió del coche y alcanzó a Iván y a Jubel en el porche.
- Gra… gracias, profesor—dijo retomando el aire de a poco mientras miraba con indignación al chiquillo.
– Lamento esta situación tan bochornosa. Le presento a quien será su alumno. ¡Saluda muchacho!
Jubel levantó la cabeza y se quedó observando al hombre que le había detenido en la escalera. Tenía los ojos encendidos, estaba muy ofuscado. Sin embargo extendió la mano para presentarse.
- Un gusto conocerlo señor, soy Jubel —Dijo desdeñosamente.
- El gusto es mío. Mi nombre es Iván Kusnetzov y cuando tú lo desees iniciaremos tus clases de ruso. —dijo Vera estrechando la mano del pequeño.
Pero hubo un detalle que no pasó desapercibido para Jubel cuando su nuevo maestro se inclinó para ofrecer su mano. Notó que su cuello era diferente. Que no tenía la protuberancia que suelen tener los hombres. Pero rápidamente dedujo que era una trivialidad ya que lo único que anhelaba era salir corriendo a su habitación.
- Mañana podrá empezar su trabajo con él – Se dirigió Wilhelm a Iván. – Hoy debes descansar jovencito. Por favor saluda al profesor antes de retirarte.
Jubel obedeció de mala gana y entró en la casa.
- Parece que no fue el mejor de los momentos—Dijo Iván cuando desapareció de su vista el pequeño.
- Oh, no se aflija por eso, profesor — Exclamó Backhaus mientras ingresaban en la casa.
– Jubel es un buen muchacho, pero está pasando por una de esas crisis juveniles. Pronto vendrá su padre para arreglar ese asunto. Pero tome asiento—dijo indicando la silla en frente del sofá en la salita de recepción. - ¿Qué le ha parecido Viena? supongo que habrá visitado el teatro de la Opera.
Vera miró en todas las direcciones. La realidad era que no había salido a ninguna parte desde su llegada y lo único que había hecho era preparar sus clases—No maestro, la verdad es que todavía no conozco la ciudad.
- ¡Pero cómo es posible!, ¡¿Acaso no va lo que hermoso que está el día?! Salga profesor, no crea que lo recluté como un soldado. No se pierda la oportunidad de disfrutar del calor. Este clima que es muy extraño, y le espera un largo invierno. Yo quisiera acompañarlo pero no estoy acostumbrado a estas temperaturas y estoy exhausto. Comprenderá que el viaje en coche es agotador y yo ya no tengo veinte años.
- Lo entiendo perfectamente—Contestó poniéndose de pie. – Tomaré su consejo aprovecharé su autorización para visitar a una persona que conocí durante el viaje. - Siéntase libre profesor, usted no tiene por qué pedir permiso. Ahora esta es su casa de modo que puede salir y entrar cuando lo desee. – Backhaus se puso de pie y estiró levemente los brazos. — Bueno me retiro, le ordenaré a Johan que prepare el coche para usted.
- Pero no quiero molestar – Dijo Iván avergonzado.
- Prefiero que moleste y no que se pierda. Johan lo llevará hasta la avenida principal. Confío en que usted sabrá como regresar. Solo hable de mí y cualquiera le indicará el camino de regreso.
- Muchas gracias, maestro.
- No tiene por qué. Con su permiso.
Salió a zancadas de la casona y como adolescente entusiasmada preguntó al cochero si conocía el camino hasta el salón Renoir. El hombre esbozando una sonrisa pícara asintió.
Viena era una ciudad que gritaba cultura en cada esquina. Las mujeres engalanaban las calles con hermosos vestidos, se conducían suavemente como si avanzaran al ritmo de una orquesta. Los hombres por su parte, ostentaban un carácter rudo matizado con aires intelectuales. A Vera le pareció por instantes que atravesaba la avenida Nevsky de su querido San Petersburgo.
El coche se detuvo a pocos metros del salón. El cochero se acercó hasta la ventanilla y en susurros le preguntó. — ¿Quiere que lo deje en la puerta, o prefiere llegar a pie?
No entendió porque le preguntó en ese tono algo que parecía obvio. Sin embargo no le preocupó saber cuáles eran sus motivos. Para ella lo más importante en ese momento era encontrarse con Isaac. – Caminaré – Respondió enérgicamente.
- Buena decisión profesor—dijo el cochero giñando un ojo.
Vera descendió del carruaje y desde donde estaba alcazaba a distinguir el letrero del Renoir. Avanzó a paso firme por la avenida mientras. Una mezcla de ansiedad y nerviosismo la intoxicaba y anulaba su visión periférica. No se percató de cómo estaban vestidas las mujeres que la empujaron en la entrada del lugar, ni del sonido estridente de la música, ni de la gente conversando en los pasillos. Se limitó abrirse paso entre el tumulto buscando la barra ubicada en medio del salón
- ¡Busco a Sabine!—Gritó al hombre que servía los tragos.
El cantinero lo miró extrañamente sin entender que era lo que pedía. Por ello deslizó una medida de whiskey que llegó como una bala hasta sus manos.
- ¡Oiga no!– Gritó- ¡Sabine, busco a esa mujer!
- Deje los diez héller () del trago sobre la mesa y búsquela en el segundo piso. La va a encontrar en la tercera puerta al fondo.
Vera suspiró buscando en sus bolsillos los diez héller, por suerte eso era lo único que tenía. Dejó el billete sobre la mesa y viró sus ojos al segundo piso. Su corazón nuevamente se agitó pero ahora le oprimía el pecho, con seguridad más que la faja que ocultaba sus senos.
Bebió el vaso de whiskey de un sorbo y se dirigió al segundo piso. Sin darse cuenta su hombro tropezó con el de una mujer que caminaba. Inmediatamente ofreció disculpas y la mujer automáticamente las aceptó, lanzándole demás un beso acompañado de un gesto lascivo. Vera se sintió extraña, y sólo en ese momento cayó en la cuenta del lugar donde se había metido.
Cortinas rojas con borlas doradas, escenario al fondo y una canción alegre ambientando el lugar. Por donde miraba, hombres, y sobre todo mujeres con trajes sugestivos. Cigarrillo, humo…
- ¿Pero esto es el Salón Renoir? – se preguntó—Ahora entiendo el misterio del cochero. Pero cómo no me di cuenta que se trataba de un lugar de baja reputación. Hombres, definitivamente son todos iguales.
- ¿Desea algo en especial, señor?—Preguntó otra de las empleadas.
- No… nada. – Respondió él volviendo sus ojos al piso. —Bueno si, busco a Sabine.
- Hummm ya veo— dijo la mujer con la misma sonrisa pícara del cochero que le empezaba a crispar lo nervios —Se lo tenía bien guardado esa zorra. Venga, yo lo llevo hasta su habitación. —y sin pedirle permiso la mujer la tomó de la manga del traje arrastrándola hasta la puerta del segundo piso.
- ¡porqué pregunté! debí salir de aquí sin decir una palabra.
- ¿Que se le ofrece?—preguntó de mala gana la mujer de rostro redondo que abrió la puerta.
- ¿Usted es Sabine?—Preguntó Vera más blanca que la camisa que llevaba puesta. Sus manos empezaron a transpirar incontrolablemente.
- Yo pregunté primero— Refutó la mujer.
- Busco a Isaac Weischeit– Contestó con la voz en un hilo.
- Oh, perdone, ¡es usted de quien me habló ese rufián!—Exclamó Sabine llevándose ambas manos a la cabeza aceptando con su expresión haber olvidado el encargo. —Pero entre, no se quede ahí parado. – Vera obedeció e ingresó en los aposentos a paso lento. La habitación estaba iluminada por un espejo rodeado de bombillas amarillas, las sabanas eran de satín color carmesí, al igual que las cortinas. Y había plumas y prendas con lentejuelas esparcidas por todas partes. Zapatos y brillo, ¡mucho brillo!
- Siéntese aquí. —Sabine le acercó una silla de terciopelo púrpura.
Vera se sentó dubitativamente sin apartar la vista de todo aquello que la rodeaba. Ni siquiera escuchó cuando la mujer abandonó la habitación dejándola sola a puerta cerrada.
- ¡Pero qué clase de hombre es el tal Isaac! – Se puso de pie con la intensión de marcharse. Pero se encontró de frente con el reflejo de su apariencia en el espejo iluminado.
- Un hombre buscando a otro—Se dijo.
En la orilla izquierda del espejo había una vieja fotografía, a Vera le llamó poderosamente la atención la imagen de una mujer vestida de novia con el cabello largo y rubio cuyo rostro salpicaban algunas pecas. Del brazo la llevaba un hombre esbelto, de hermosa sonrisa y cabello negro, con nariz bien perfilada. Era ese rostro inconfundible que no abandonada sus pensamientos.
- ¡Isaac!—Exclamó Como si se tratara de una frase premonitoria, porque en ese mismo instante el músico hizo su aparición frente a ella.
- Es un gusto verte por aquí. — Dijo él alegremente.
La saludó efusivamente como usualmente hacen los hombres entre sí. A Isaac le fue imposible ignorar que su nuevo amigo sostenía la foto que Sabine siempre mantenía en su habitación, por lo que se permitió comentar la escena.
- Esta foto es de mi boda. Recuerdo que mi esposa organizó todo anhelando que el acontecimiento se asemejara a un cuento de hadas. Ella quería verse y sentirse como una princesa, yante eso fue imposible negarme.
- Creo que era una mujer muy hermosa – Comentó Vera entregando la fotografía en manos de su interlocutor, que rápidamente volvió a colocar el recuerdo en su sitio original, ya que ese no era el momento ni el lugar para hablar de su difunta esposa.
- ¿Cómo te trata Viena? – Preguntó, para iniciar una conversación amena.
- Es la primera vez que salgo desde que llegué – Comentó Vera - No conozco a nadie aquí, y como Ud. bien dijo, no me será fácil socializar.
- Comprendo. La guerra no solo dejó muertos, sino prejuicios entre las sociedades. Yo estuve en el frente durante la primera gran guerra y sé que la barbarie es igual para ambos bandos. En el campo y la trinchera, no hay alemanes, ni belgas, ni húngaros, ni rusos; éramos todos, solo humanos intentando sobrevivir.
Mientras Isaac hablaba, Vera recordó la veces que su hermano había sostenido discusiones acaloradas sobre la intervención de Rusia en la primera gran guerra.
- Mi hermano sabía que la guerra debilitaría nuestra nación, pero no le escucharon.
- ¿Tu hermano era revolucionario bolchevique?—Preguntó Isaac con vivo interés.
Vera abrió los ojos de par en par, no había querido mencionar nada sobre su pasado. Sus manos – como cada vez que cometía una imprudencia - empezaron a temblar y a sudar frio. Su reacción fue caminar de espaldas hasta alcanzar el picaporte de la habitación prostibularia.
- ¡No tienes que responder!—Exclamó el músico al percibir la reacción en Iván.
—No soy policía ni nada por el estilo, es solo que… conocí a una persona que creía en la causa revolucionaria y me dejé llevar por ese recuerdo. Excúsame por favor, lo que menos deseo es que comencemos nuestra amistad con interrogatorios sobre política. Prefiero que demos un paseo y mostrarte algo de la ciudad. ¿Qué dices?
Vera soltó el picaporte y abandonó su angustia ante la sonrisa de su amigo; expresión que le producía un cosquilleo irritante, pero aceptó sin vacilaciones teniendo en cuenta que el ambiente del lugar le asfixiaba.
Salieron del prostíbulo y caminaron varias cuadras por el centro de Viena. Isaac conocía muy bien los lugares de interés. Le resumía en breves palabras la historia de cada monumento, de cada casa Noble que había conocido durante el apogeo de su carrera. Le era inevitable hablar de música, palabras a las que ella le prestaba especial atención, no por la información que contenían, sino por la pasión con la que él le hablaba sobre el piano.
Intempestivamente Isaac se detuvo en la boca de un callejón obscuro, en el cual se lograba apreciar desde la esquina la lucecita tenue de una pequeña casa que iluminaba sus ojos azulados.
- ¿Qué lugar es ese?—Preguntó Vera llena de curiosidad.
Isaac se sintió nostálgico.
—Es una taberna. La frecuenté durante un tiempo cuando…
- Me gustaría beber algo contigo—Dijo con entusiasmo.
- Ante la petición de un hombre que no ha probado la cerveza aquí no puedo negarme. En cuanto a mí, también necesito un trago.
Caminaron apresuradamente hasta que ingresaron en la taberna, cuyo mobiliario era sencillo, tosco y polvoriento. En una mesa estaban tres hombres jugando a las cartas bajo la vigilancia del joven cantinero.
Iván e Isaac se sentaron en la barra y ordenaron una pinta. La imagen de Jubel en cementerio no abandonada los pensamientos de Isaac por lo que al término de la primera cerveza decidió comentarle la situación a su compañero de copas.
- Hoy fui al cementerio.
Iván que también se había tomado su primera cerveza prestó su oído y atención mientras levantaba la mano– al estilo alemán – solicitando otra ronda.
- Vi de lejos a mi hijo, pero no me atreví acercarme. Tengo que ser paciente y esperar, pues ya falta poco para que llegue ese momento. Hay muchas cosas que él debe saber.
- ¿Lo que tienes para decirle tiene que ver con su madre?
Isaac bebió de un sorbo lo último que le quedaba del trago antes de hablar.
—Roberta tuvo una infancia llena de privaciones y de infamia. Ella tuvo que abandonar su hogar porque su padre alcohólico consintió que la violaran. Roberta se quedó sola, sin educación ni oportunidades, y eso la llevó a convertirse en una mujer de mala vida. Yo la conocí cuando éramos jóvenes, aunque perdí su rastro cuando decidí completar mis estudios aquí. Dediqué todo mi tiempo y mi juventud en lograr el sueño de mis padres y el propio. Lo único que me interesaba y por lo único que vivía era por y para la música. Es este país alcancé el punto más alto de mi carrera, y fue entonces cuando ella regresó a mi vida. Iba a ser condenada a prisión injustamente, y por ello decidí hacerla mi esposa, quería salvarla del encierro.
Pero Roberta me amaba sinceramente. Ella no necesitaba mi compasión. Ella quería que le diera el amor de un hombre, y no pude dárselo. Por eso ella no pudo abandonar sus costumbres mundanas y se labró una mala reputación entre la sociedad que me rodeaba. Yo nunca le exigí cambiar, e intenté darle lo mejor. Le di todos los gustos, todo el lujo que se pudiera tener. Nada de eso fue suficiente. A veces pienso en como nosotros los hombres subestimamos el corazón de una mujer. Yo lo hice y he tenido que pagar. Si tan solo hubiera comprendido la fuerza de su cariño y no me hubiese comportado como un imbécil, mi hijo ahora tendría a su madre y nada de lo que dijera el mundo le importaría. Soy culpable de sangre y por eso estoy condenado a la soledad. Pero mi hijo… él que no debe cargar con mis culpas; él no tiene por qué sufrir humillaciones e insultos. Su madre le amó y eso es lo único que debe importar. - La voz se le entrecortó y sus se llenaron de lágrimas. Vera que lo había escuchado atentamente se conmovió y en su interior sintió el deseo intenso de abrazarlo, pero en su papel de hombre no podía. De modo que le pidió al cantinero una medida de Vodka y se la ofreció.
- De nada sirve que te culpes a estas alturas—Dijo sinceramente. – Tú eres lo único que le queda a ese pequeño, y por eso tienes que ser fuerte. El amor que sientes por él te dará la fuerza necesaria para enfrentarlo y explicarle como fueron las cosas realmente.
- Tienes razón en eso, Iván—Isaac sacudió la cabeza después de beber el vodka. – Pero no hablemos más sobre este asunto. No quiero arruinar tu primera salida.
Vera sonrió ante el comentario y bebió su medida de vodka.
La noche continuó avanzando y las copas acompañaron la charla minuto tras minuto. Hablaron sobre música clásica, sobre las costumbres rusas, de las mujeres, del vino y de la guerra. Isaac se apropió del maltrecho piano y deleitó a los ebrios parroquianos tocando una canción tradicional. Pese a que su corazón estaba lleno de tensión, Iván le había causado una buena impresión. Le parecía un tipo muy serio, pero a la legua se notaba que era alguien de fiar. Por unos instantes le recordó su relación con Alexei.
Hubo risas y de vez en cuando alguna lágrima de los presentes hasta que el cantinero les pidió a todos que abandonaran el lugar.
A los dos les costó muchísimo ponerse de pie y caminar. Había pasado mucho tiempo desde la última borrachera de Isaac. La situación para Vera era aún más penosa, pues esa era la primera vez que se pasaba de copas.
Llegaron a los hasta el aparcamiento de carruajes. Vera recordó que tenía que regresar a la mansión Backhaus, pero sus piernas no le respondían y cayó de bruces al suelo.
Isaac tentado por la risa, intentó levantarla. La tomó del brazo y la apoyó sobre su hombro. Hizo con su mano libre una seña a uno de los cocheros para que abriera la puertecilla de algún carruaje. Cuando alcanzó a estar frente al coche arrojó a Iván con tal fuerza que no pudo evitar caer sobre él dentro del mismo. Vera sintió el calor del pecho palpitante de Isaac sobre sus senos y se estremeció. No era una sensación extraña para ella, pero si una que parecía haber olvidado. Estar tan cerca de un hombre embotó sus sentidos y se dejó llevar por el deseo de su cuerpo. Isaac quedó sobre ella inmóvil, esa mirada de ojos obscuros lo había paralizado. Tenía a Iván muy cerca, y sentía su aliento al punto de rozar sus labios. De pronto la cordura retomó los sentidos de Isaac que se levantó de un salto, dejando solo a su ebrio amigo dentro del coche.
- ¿A dónde se dirige caballero? – Escuchó de pronto Vera. - Lléveme a la mansión de Wilhelm Backhaus – Respondió maquinalmente, mientras intentaba sentarse correctamente en el sillín. Miró por la ventanilla buscando a Isaac, pero él había desaparecido.
- ¿Qué fue lo que acaba de suceder, Isaac? —Se decía el músico mientras caminaba apresurado al hotel donde residía — ¡Acaso no puedes tomarte un par de tragos sin desbarrancar! Date cuenta que estuviste a punto de besar a otro hombre. ¡Cómo pudo pasar! Tengo que disculparme con Iván, aunque dudo que recuerde algo de todo lo que pasó. Solo espero que no haya malinterpretado esta situación, ¡Pero qué digo! Esto fue bochornoso…
Llegó al lobby y pasó de largo. Ingresó a su habitación y tomó una ducha. El día que se avecinaba era muy importante. Por fin llegaba el momento de volver a ver a Catalina.
Por su parte, Vera intentó desastrosamente ingresar en la mansión de hacer ningún ruido. En el momento que ingresaba casi a rastras se encontró con Jubel que se quedó mirándolo sorprendidísimo.
- ¿Qué le pasa profesor?—Preguntó alarmado.
- No es nada chiquillo. Es solo que... me siento mal… muy mal—Y no mentía, la cabeza le daba vueltas como una calesita.
- Déjeme ayudarlo profesor—Dijo el niño en pijamas que alcanzó a sostener a su maestro antes de que se desplomara en el suelo. Como pudo lo llevó hasta su habitación, acción que Vera agradeció con un gesto.
Se tumbó sobre la cama y cerró los ojos. De nuevo en su mente la imagen de Isaac; sus labios tan cercanos, su aliento y su perfume, ese que deseaba. Admitió en su interior que le gustó ese encuentro, y luego se quedó profundamente dormida con una sonrisa dibujada en su rostro.
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El silbato del tren que llegaba a la estación de Viena a las seis de la mañana sirvió para que Isaac despertara de su profundo sueño. Por fin había llegado el día que había estado esperando ansiosamente. Según el último telegrama de Catalina, ella estaría arribando en el tren de las ocho, por lo que se incorporó rápidamente a fin de presentarse en condiciones aceptables para recibirla. Como pudo – Porque el dolor de cabeza le taladraba el cerebro—se incorporó, tomo una ducha fría, se afeitó, bebió senda taza de café cargado y se dirigió a la estación a eso de las siete y cuarto.
Llegó casi media hora después. El cartel de anuncios informaba que el tren de las ocho arribaría cerca de las nueve. No había mucha gente a esa hora, solo algunos pasajeros y los trabajadores del lugar.
Isaac se sentó en una de las banquetas que estaban frente al mostrador donde se expedían los boletos. Había una mujer que cojeaba, que vestía esta un faldón amplio y llevaba un pañuelo en la cabeza. Su contextura era delgadísima y se le escapaban del pañuelo algunos rizos castaños.
Isaac no prestó demasiada atención a la mujer que limpiaba los pisos marmolados del terminal, pero ella por el contrario, si lo identificó y decidida se dirigió directamente y le preguntó:
- ¿Es usted Isaac Weischeit?
Al escuchar su nombre miró a la mujer con atención, pero no logró identificarla. De modo que se limitó a responder, que efectivamente él era.
- ¿Acaso no me recuerda?—Dijo la mujer con una evidente sonrisa. Se quitó el pañuelo y dejó caer su cabello, el cual encuadraba un exquisito rostro que evocaba inocencia.
- Soy Clara. Clara Zeiderhöfer. Yo fui su alumna hace muchos años, cuando yo era una niña.
Sorprendido y emocionado el músico se puso de pie y la tomó de las manos. – ¿Clarita? Tú eres mi prodigio. Mi Clarita…
- Desde luego. Nunca me olvidé de Usted—Contestó ella contenta.
Isaac no pudo evitar abrazarla intensamente. Recordaba con mucho cariño a una de sus alumnas más queridas. Incluso a la primera "mujer" que le había confesado abiertamente sus sentimientos.
- ¿Pero qué haces aquí? – Preguntó reparando en su vestimenta- ¿Qué ocurrió con tu familia?, ¿Qué fue de tus hermanas y tus padres?
- Es una historia muy larga Profesor—El rostro lleno de alegría se trasformó al instante en uno triste y melancólico. —Mis padres y mi hermana Ingrid fallecieron hace algún tiempo. Malwida es quien trabaja en esta estación pero uno de sus hijos está muy enfermo y por eso hoy la estoy reemplazando.
- Pero tu familia era una de las más acaudaladas de todo el país. ¿Cómo es posible que Malwida y tú estén en esta situación?
- Mi familia se vino a pique después del matrimonio de mi hermana. Franz resultó ser un adicto al juego. Eso llevó a la ruina a su familia y luego terminó con la fortuna de la mía. Tuvimos que pagar todas sus deudas, pero finalmente terminó asesinado. Malwida vivió un infierno junto a ese hombre. Cuando llegaba ebrio la golpeaba, le exigía dinero y no le importaba utilizar a sus hijos para obtener lo que quería. Mis padres no soportaron la situación y decidieron alejarse de la ciudad, pero ocurrió un accidente en el camino y ambos fallecieron, Ingrid que estaba con ellos también pereció. Franz nos dejó en la miseria, y Malwida se vio obligada a trabajar de lo que fuera. Por mi parte, seguí el camino de la música, pero digamos que un ambiente diferente.
- Ya veo—Dijo Isaac conmocionado por lo que Clara le había contado.
- Pero sigues con la música, ¿verdad?—Preguntó intencionalmente para no ahondar en la tristeza de su ex alumna.
- Así es – Respondió ella. – Trabajo tocando el piano en una taberna—Dijo por lo bajo—Una clandestina, a la que asiste gente muy importante de esta ciudad. Con lo que gano—Retomó el tono normal de su voz- Me alcanza para la renta, comer y ayudar a mí hermana. Aunque no sé por cuánto tiempo van a tolerar sus ausencias. El niño al que cuida tiene una enfermedad crónica y con lo que gana aquí no alcanza para pagar un buen tratamiento.
- Lamento muchísimo todo lo que ha sucedido- Dijo Isaac con sinceridad. – Me gustaría volver a ver la Malwida y ayudar en lo que pueda, aunque en estos momentos debo atender un asunto relacionado con mi hijo.
- No se preocupe, profesor—Dijo Clarita con renovado orgullo—Nosotras saldremos adelante. De algún modo mi hermana logrará viajar Alemania y radicarse allí para que puedan tratar a mi sobrino.
Isaac guardó silencio por algunos segundos. Realmente se sentía afectado por lo que ahora sabia, quería ayudar, y fue entonces cuando pensó en Moritz Kippenberg. Conocía el pasado que lo ligaba con Malwida, y por ese mismo cariño se le ocurrió que él podría ayudarlas.
- Déjame intentar hacer algo por ustedes – Dijo Isaac—Hablaré con un amigo muy cercano. Yo sé él puede ayudarlas.
- ¿Es en serio lo que me dice profesor? —Exclamó Clara con los ojos iluminados.
- Claro que sí. En cuanto pueda le enviaré un telegrama. Sé que el estará gustoso.
- Muchas gracias profesor. Esto no ha sido una coincidencia. Fue Dios quien lo ha puesto en mi camino.
Uno de los guardias supervisores se acercó a ellos intentado escuchar su conversación. También quería disuadir a Clara para que continuara con su ardua tarea. La muchacha que estaba acostumbrada a los gritos de los encargados, se despidió de su ex maestro dándole un abrazo muy fuerte el cual fue debidamente correspondido.
El reloj del terminal finalmente marcó las nueve horas y el tren en el que llegaba la enfermera en jefe, destinada a uno de los hospitales más abarrotados de Europa se acercaba lentamente.
Isaac se puso de pie, y una sensación cálida lo envolvió. Observó descender a todos los pasajeros, hasta que alcanzó a visualizar ese cabello azabache y prístino de Catalina. Se apresuró hasta llegar a su lado y sin que ella lo hubiera anticipado él tomó su equipaje.
- ¡Isaac!—Exclamó al verle. Ambos se miraron por varios segundos antes de fundirse en el más profundo abrazo.
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(1)Spasibo moi druk:-Pron. En ruso - Sig: Gracias amigo. (2) Steiger Martini: Modelo de automóvil de alta gama de la compañía Steiger, (Alemana) fundada en 1914. (3) Kärntner Straße: Trad. (Calle deCarintia) es la calle principal del centro de Viena, Austria. Se inicia en la esquina con la calle Ring y termina en el Stephansplatz, donde está la Catedral de San Esteban (Stephansdom). En esta calle están la Ópera de Viena, los hoteles Sacher y Ambassador, el Casino Austria, las tiendas departamentales Ringstrasse Galerie y Steffl, la iglesia de la Cruz Maltesa y el Haashaus.(4) geehrt- Sinónimo de Señor, o Distinguido en Alemán. (5) Nikolai Rimski –Kórsarov: fue un compositor, director de orquesta y pedagogo ruso miembro del grupo de compositores conocido como Los Cinco. Considerado un maestro de la orquestación, sus obras orquestales más conocidas —el Capricho español, la Obertura de la gran Pascua rusa y la suite sinfónica ScheherezadeNotas del autor: Este capítulo llevó más tiempo de lo previsto debido a situaciones personales muy complejas. Agradezco como siempre las sugerencias, correcciones y palabras de ánimo de mi Beta Reader Krimhild.
Dedicado a la memoria de la mujer que amaré todos los días de mi existencia. Mi Mamá.
