Capítulo 3

Vencido

Nunca había sentido a la ansiedad crecer en mi cuerpo con tanta velocidad como lo estaba haciendo ese día. Se esperaba que un vampiro de más de cincuenta años al menos haya aprendido a controlar sus emociones durante todo ese tiempo sin sentir nada, pero eso no se aplicaba a mí en ese momento. Había estado totalmente convencido de que la vería ese día en el instituto, me había sosegado pensando que al fin sabría qué enfermedad tenía, había ideado mi plan para presentarme durante toda la noche, había ensayado una postura extremadamente humana y cordial en el espejo aunque realmente no lo necesitase, solo para fracasar rotundamente debido a su inasistencia.
Ese hecho no me había permitido concentrarme en todas las horas de instituto, ni en todo lo que hablaron los chicos, ni siquiera había escuchado sus especulaciones respecto a la desaparición de la chica nueva. Solo pensaba en ella.
La perspectiva de especular que quizás sus padres habían notado su falla y la estaban revisando, que quizás ya estaba en tratamiento y por eso había faltado al instituto, me relajó un poco, aplacando esa terrible ansiedad. De todos modos, no fue suficiente como para que dejara de preocuparme.
Me habría encantado saber dónde vivía. Habría dejado de lado toda moralidad y no hubiera vacilado ni un segundo en tomar la decisión de aparecer en su habitación para corroborar qué había sucedido con ella. Esto solo me llevaría un minuto de mi interminable vida y a cambio, me daría el resto del día una increíble paz mental.
Intentaba no usar mis sentidos desarrollados de vampiro para mi propio beneficio, pero esto no entraba en la categoría de "beneficio propio", era por ella.
Lo medité un poco más al fulgurarlo en mi mente ¿Realmente era por ella? ¿O solamente era para satisfacer mi propia curiosidad? Definitivamente era un poco de ambas, por supuesto que el bienestar de un humano inocente me importaba, pero no podía negar que necesitaba dejar de sentir esta incertidumbre que se amontonaba en mi interior.

Seguí lamentándome el resto de la tarde, era lo que mejor sabía hacer.
Si me hubiera dejado acercarme más, la habría olido mejor y quizás podría seguir su aroma por el pueblo, reconstruyendo sus pasos para saber dónde se encontraba ahora mismo. Pero no me permitió acércame ni a un metro de ella, paranoica.
De todos modos ¿A quién intentaba engañar? No habría podido seguir su aroma en el pueblo ni aunque lo conociera, con suerte podría distinguirlo de entre cinco personas. En esos momentos detestaba haber sosegado todos los instintos de acechador que venían incluidos en el paquete de la inmortalidad.

— ¿Qué es lo que te inquieta tanto? —me gritó Candy irrumpiendo en mi habitación como un relámpago. No había escuchado sus pasos, seguramente esto se debía a que no los había dado, había sobrevolado hasta aquí. — ¡Estás volviéndome loca!

—Nada—le mentí negando con la cabeza para que me dejara en paz.

—Estás caminando de un lado para el otro de la habitación—me recordó algo que no había notado siquiera. —Y tu ansiedad me está generando un peso en el pecho…—me dijo tocando el lugar que había mencionado, como si sintiera un dolor intenso—mantuve mi silencio, haciendo un esfuerzo para no mirarla evitándole así un inesperado mimetizamiento. — ¿Es por la niña que no fue al instituto? ¿La de la enfermedad? —me enterneció el modo en el que pronunció "niña", tal como si ella fuera una anciana. —Intentaré empatizar con ella en otro momento no hace falta que te pongas maniático.

Le había enviado un mensaje a la hora de la almuerzo contándole que Jasmett no se había aparecido, para impedirle la carrera hacia el instituto en vano.

—Si vienes a torturarme con tus reprensiones, te aviso que no estoy de humor—le corté sin ningún tipo de afición en la voz.

Juntó tanto sus cejas que casi se tocaron en un gesto de seria preocupación. Quería evitarme todos sus típicos sermones. Ya sabía que estaba obsesionado, no necesitaba que ella me lo refriegue más aún en mi cara. También tenía bien presente que esto me molestaba tanto a mí como a ella, pero ella sabía que esto no era algo que pudiera evitar.
Me observó en silencio, detenida frente a mí, a modo de estatua, sin modificar la expresión de su rostro. Seguramente estaba pensando cómo podía decir lo que quería, sin que sonara como una reprimenda.

—Si es horrible para mí que solo me mimetizo contigo algunos minutos al día, no quiero ni imaginarme lo tedioso que debe ser para ti—dijo al fin. Asentí agradecido y aliviado por su entendimiento, emitiendo un sonoro suspiro atenuante. —Nunca te he sentido así, tan ansioso y trastornado, me preocupas, de veritas.

La simpatía en su voz y en sus palabras me serenó, aunque no lo suficiente como para que dejara de enloquecer.

—No sé qué hacer—soné más impotente de lo que me habría gustado y me palmeé la cara con mis manos para ver si así se iba a la desesperación de mi cuerpo, pero eso no sucedió.

—Solo debes esperar—dijo con su devoción típica. —Resulta increíble que alguien que se ha pasado la vida esperando, no tenga paciencia.

—Esto no es cuestión de paciencia, la vida de esa chica corre peligro—la contradije y tomé asiento a los pies de mi cama, la ansiedad me hacía sentir débil.

Ella negó levemente con la cabeza y realizó el aspaviento que siempre hacía cada vez que sabía algo tuyo que ni tú mismo habías notado.
Mis ojos inquisidores y exasperados sobre ella delataron mi intriga.

—No quieres saberlo—me advirtió con suficiencia.

Me masajeé las sienes con mis dedos antes de pedirle que haga lo que le había advertido que no quería que haga.

—Dímelo.

—Te recuerda a mí y lo que sientes, más allá de la ansiedad y la obvia obsesión que siempre sientes en casos así, es culpa y la tangible posibilidad de redimir lo que ocurrió conmigo hace cincuenta años—habló tan rápido que ningún humano en el mundo habría podido entender lo que decía. —Ella no es Candy y no va a pasarle lo mismo que a mí—afirmó con demasiada seguridad como para solo ser una niña de trece años. — Ahora tú controlas completamente tu don, sabes todo lo que eres capaz de hacer con él y vamos a encontrar la forma de que puedas acercarte a ella para sanarla—se acercó a mí y posó sus pequeñas manos a ambos lados de mi rostro. —Aunque tengamos que sedarla, secuestrarla y sanarla contra su voluntad.

Me mantuve silencioso observando la intensidad de sus ojos del color de la miel más clara. A veces me resultaba increíble el hecho de que solo sea una niña. Aunque estuviera atrapada en un cuerpo inmortal a tan corta edad, había madurado mucho más que algunos adultos mayores que había conocido.
Ella tenía más razón de la que yo quería reconocer. Nunca había superado haberla convertido al encontrarla al borde la muerte, no haberme dado cuenta antes del alcance de mi don era algo con lo que me castigaba a mí mismo a diario. Nunca iba a perdonarme haberme marchado del lado de mi familia cuando Caroline me convirtió. Aunque ellos no sintieran ni un gramo de resentimiento hacia mí, yo sentía que les había fallado.

—Gracias—fue lo único que se me ocurrió responderle, decirle que estaba en lo cierto era de más, ella lo sabía muy bien.

—Aunque recomendaría que dejemos lo del secuestro como última opción—bromeó, entregándome un beso en la frente.

Sus palabras lograron relajarme lo suficiente como para que no siquiera caminando por toda la habitación como gato enjaulado, pero no dejé de buscar la mejor forma de acercarme a ella. Me avergüenza reconocer que también había meditado seriamente lo del secuestro propuesto por Candy a modo de chiste. Cada vez se veía una posibilidad más atractiva.

Mi estrategia se mantenía intacta, esperaría a que bajara su guardia para presentarme de manera irresistiblemente cautivadora. Aunque claro está, no pude evitar seguirla cuando la vi llegar unos minutos antes de su clase. Se venía tan arreglada como el primer día, con su maquillaje delicado y su cabello excesivamente alisado, pero era una máscara, un disfraz que escondía lo destruida que se encontraba por dentro. La idea de que ella era consciente de su enfermedad y lo ocultada se zarandeó por mi cabeza, aunque no encontraba un motivo por el cual un humano querría hacer algo tan cruel a sus familiares o a sí mismo.

Con la excusa de ir hacia el baño me deshice de los chicos prometiendo encontrármelos en la próxima clase, sentía la profunda necesidad de acercarme a Jasmett Cullen. Según lo que había dicho Eric, ella tomaba matemáticas con él y Camille, así que caminé por los pasillos decidido a escuchar cualquier cosa que ella tuviera para decir. Me escondí hábilmente de Janet y sus amigas que pasaron por mi lado cuando estaba lo suficientemente cerca de Jasmett como para escuchar lo que hablaban todos en ese aula. Me concentré por separar las diferentes voces y sonidos que circundaban los pasillos para localizar la suya, o al menos su nombre en la voz de su compañera, hasta que lo logré.

Jasmett—la reconocí como la voz de Camille.

Hola ¿Cómo estás? —le devolvió la gentileza, no veía su rostro pero se escuchaba extrañamente alegre.

Preocupada—respondió su amiga y continuó hablando tan rápido que me sorprendió que Jasmett entendiera algo de que lo decía. —Creí que te había pasado algo ayer que no viniste a clases, quise buscar tu número y llamarte para ver que te había ocurrido, pero…

Solo tenía anginas—le explicó sin dejarla terminar, seguramente para evitar que siguiera hablando en vano.

Ah…—respiró sinceramente aliviada Camille. —De todos modos podrías darme tu número de teléfono ¿Verdad? Así no me preocupo todo el día por no saber si te pasó algo—sonaba como un reproche, pero no podía asegurarlo sin ver su rostro.

Que frustración, allí había terminado toda la conversación. Definitivamente no eran anginas lo que sentía en ella. Si era cierto lo que decía, eso solo era una reacción adjunta a sus defensas bajas generadas por la enfermedad de base.
Corrí hacia mi próxima clase, llegando junto con el profesor. Ni Tayler ni Adams mencionaron nada de mi desaparición, era totalmente normal que los humanos vayan al baño, pero yo me sentía como un criminal espiando a la chica nueva.

Durante las clases intenté escuchar algo que hablaran Camille o su nueva amiga, pero fue inútil no había nada. Al fin llegó la hora del almuerzo, nunca me había sentido tan esperanzado con ese momento, hasta comería una pizza para hacer sentir a Jasmett a gusto conmigo. Me reuní con los chicos a disconformidad, acarreado por Tayler.

— ¿Vamos fuera? —propuso Eric.

—No—me apresuré a decir más brusco de lo que debería haber sonado. —Quiero almorzar dentro.

—Odias la cafetería—rebatió Tayler con gesto contrariado.

Era cierto, odiaba la exposición excesiva, las miradas fijas en mí, los suspiros dedicados a mi musculatura y lo que más me sacaba de mis casillas era oír constantemente mi nombre en boca de todas las niñas.

"Max está riendo"

"¿Me ha mirado Max?"

"Que guapo esta Max hoy día"

Pero si era lo que tenía que soportar para poder tener de vuelta mi paz mental permanente, lo soportaría a gusto.

—Quiero algo diferente hoy—dije, dirigiéndome hacia el gran comedor sin voltearme a ver si me seguían.

— ¿A quién quieres ver? —Tayler se compasó a mi paso.

No podía negar que el desgraciado me conocía, o al menos conocía los instintos básicos de los hombres. Aunque si supiera realmente lo que me motivaba a ir a la cafetería se iría de culo al piso.

—No me digas que Max está interesado en alguien—se sorprendió Adams, en su voz relucía la felicidad. Me recordó a Candy.

No les contesté, pero me siguieron teorizando entre ellos sobre mi actitud. Me apresuré a sentarme en la mesa que estaba en el centro del comedor, una de más espaciosas y con visión privilegiada a toda la cafetería. Desde allí la vería con claridad se sentara donde se sentara.

—¿No vas a comer nada? —preguntó Carl, los otros ya habían ido por su almuerzo.

—No.

Observé todos los alrededores de la cafetería, que comenzaba a llenarse de alumnos. Divisé a Jasmett caminar junto a Camille con sus bandejas en mano. Se me hacía notorio que hasta sostener un jugo y un tostado le resultaba complicado, me contuve para ir a ayudarle.
Ni siquiera presté atención cuando los chicos ocuparon algunos asientos de la mesa y mucho menos cuando Tayler invitó a sentarse a un grupo de chicas con nosotros.

— ¿Cómo has estado Max? —preguntó una de ellas obligándome a mirarla.

En mi fuero interno, le gradecí la distracción. Me recordé a mí mismo mi plan de parecer lo más humanamente cordial posible y que me encontrara observándola fijamente como un psicópata, no entraba en esa categoría, así que me concentré por mantenerme ensimismado en lo que pasaba en mi mesa, pero teniendo el oído pegado a Jasmett.

—Bien, gracias—le respondí a la niña que había hecho esa pregunta, sin molestarme por devolverle la gentileza. Ya sabía cómo estaba, la había escuchado hablar con su amiga sobre cómo no había dormido en toda la noche pensando en mis ojos. Reprimí un bufido.

¡Eres una luz en todas las materias! —escuché la voz de Camille y agudicé mi sentido de la audición.

Gracias—Jasmett sonaba nerviosa.

Quise mirarla para ver si estaba tan tensa como el tono de su voz, pero en su lugar me recordé nuevamente mi estrategia. Tomé una manzana que descansaba en la bandeja de Mel, la chica que me había hablado anteriormente.

—Te la regalo—me dijo sonriente.

—Por supuesto—murmuró Tayler a Adams, pensando que no lo oiría.

—Tan hermosa como siempre, Mel—le dije esforzándome por sonar cordial.

Escuché como los latidos de su corazón se agitaban, bombeando exagerada cantidad de sangre a sus extremidades. Ese acontecimiento me habría despertado la sed, quemando en el interior de mi garganta cincuenta años atrás, ahora solo era algo divertido que notar.

—Gra, gracias—tartamudeó.

— ¿Qué demonios? —me preguntó Tayler en un grito, arrojándome una papa frita que esquivé oportunamente.

— ¿No puedo hacerle un cumplido a nuestra invitada? —pregunté, dando un mordisco a la manzana.

Las mujeres presentes en la mesa rieron tontamente y suspiraron, deseando estar en el lugar de Mel.

—Ahora comienzo a entender el motivo de almorzar acá—murmuró Adams con una afirmación errónea. De todos modos, prefería que creyeran que mi interés estaba puesto en Mel, antes de que sepan lo que realmente hacíamos en la cafetería.

¡Jasmett! —el gritó de su nombre en la voz de Camille me alarmó.

Me puse en guardia, preparado para escuchar todo lo que saliera de sus bocas, pero aparentando estar presente en la conversación que se desenvolvía en la mesa acerca de mi eterna soltería.

¿Qué ocurre? —preguntó ella, sonó desganada.

Te quedaste tildada, mirando…—su silencio me resultó eterno ¿Qué estaba mirando Jasmett? ¿Qué llamaba su atención? Podría usar el motivo de su estupefacción en mi beneficio—A él.

Quise girarme para ver lo que obviamente había señalado, pero en cambio le di un codazo suave a Tayler que acababa de decir que yo era el soltero codiciado de Forks.

No te preocupes—se notaba en su voz que intentaba tranquilizarla, cualquier cosa que estuviera mirando la avergonzaba. —Todas nos quedamos mirándolo embobadas alguna vez—su confesión me hizo ruido en lo más profundo de mi mente.

Era lo que siempre escuchaba que se decían entre si las niñas la primera vez que me veían.

Yo no lo miraba embobada—solo afirmaba ese hecho con su negación desesperada. ´

Una leve sonrisa se posó en mis comisuras de creer que yo era el motivo de su vergüenza. Al final, parecía no ser era tan diferente a las demás chicas.

¿Ah no? —la desafió su compañera

No, solo miraba como todas las muchachas lo miran, maravilladas—lo dijo a modo de queja, como si eso la molestara. —Como si fuera el hombre más atractivo e interesante que han visto en sus vidas…

Lo es…—suspiró su amiga.

¿Te gusta? —la incredulidad en su pregunta hirió mi ego.

¿Por qué esta niña consideraba tan descabellada la idea de que le gustara a Camille?

No—negó Camille, escuché perfectamente el tono apenado en su voz. —Él está muy lejos de mi alcance, no me permito volar tan alto.

Pero entonces… Te gusta.

—Eh, Max—me distrajo Tayler golpeando mi hombro, devolviéndome a la mesa donde todos esperaban expectantes mi respuesta de si iría al cine con ellos o no.

—No, no iré—contesté disimulando mi irritación por su distracción. —Tengo cosas que hacer.

—Si tú no vienes ellas no irán—me susurró a modo de imploración.

—Lo pensaré—dije cortante.

Las niñas se animaron ante la posibilidad de encontrarme en el cine y los chicos dejaron de insistirme, concentrándose en entretener a las que creían que era sus nuevas presas.

¿No te gusta? —volví a concentrarme en la voz de Camille, estaba seguro de que se refería a mí.

No—le respondió Jasmett tan cortante que no pude determinar si mentía o no.

¿No te parece simpático?

No.

¿No te parece sexy?

No.

¿Ni siquiera te parece un poco lindo? —la desesperación ya se filtraba por su voz.

Nooo ¿Por qué tiene que parecerme lindo? —lo dijo en voz tan alta que ni siquiera tenía que esforzarme por escucharla, todo el comedor podría haberla oído. —Es tan blanco y ojeroso que parece enfermo.

No siempre esta ojeroso—valoré el intento de Camille por defenderme.

Pero si blanco.

Tú también eres muy blanca.

Por eso no soy linda.

Sí, eres linda—la contradijo.

A ti te gustan los blancos, a mí no.

A todas las chicas nos parece un muy lindo muchacho y sexy—a Adams no le gustaría nada el concepto que su enamorada tenía sobre mí.

Entonces a todas las chicas, menos a mí, le gustan los hombres extremadamente pálidos.

Lo próximo que escuché proveniente de su dirección, era como arrastraba la silla apartándola de la mesa para retirarse con pasos apresurados.

¿Qué estaba mal con ella? ¿Podía su enfermedad llevarla a sufrir de tan mal genio? Parecía que todo le molestaba. No esperé a que sonara el timbre para dirigirme a la próxima clase, la cual compartía con ella. Si me apuraba lo suficiente, con suerte, encontraría un lugar a su lado. Ni siquiera busqué una excusa para darle a mis amigos por mi repentina huida, simplemente los deje allí hablando con Mel y las demás chicas.

Di un vistazo al aula de historia antes de entrar. Encontré a Jasmett ya acomodada en el primer banco del lado de la ventana. Permanecía recostada sobre la mesa, con los ojos cerrados, tarareando una canción excesivamente pasada de moda. Sin hacer ningún ruido me senté a su lado, hasta evité respirar mientras lo hacía para no alertarla de mi presencia.

Observándola dormir, sin el ceño fruncido y los descomedimientos rebalsando de sus malos modales, podía entender por qué los chicos decían que era bonita. Sus facciones excesivamente delicadas y el contraste de su cabello castaño con su rostro pálido le daban un aire angelical, símil blanca nieves.
Aspiré en su dirección en un intento por grabar su aroma en mi cerebro, por si lo necesitaba recordar en un futuro. Dulce, herbal y suave, como a una maravillosa mezcla de flores blancas, azúcar y suavizante para ropa. Pero una nota picosa destacaba al final, haciendo que arrugue mi nariz al terminar de aspirar. No pude distinguir qué era lo que me llamaba extrañamente la atención en su esencia. Tenía una similitud con el aroma que adquiría Candy cuando se ponía a jugar con los perros de la calle.
Las canciones que sonaban en su reproductor de música eran demasiado viejas, ni siquiera podía decir su año de lanzamiento, por lo cual databan de antes de mi vida de inmortal, de otra manera recordaría cuando habían estado de moda. Pero ella susurraba esas melodías como si las hubiera oído toda su vida. Su voz era tan suave y refinada que, de no ser por mis sentidos desarrollados que me permitían distinguir el repiqueteo de sus cuerdas vocales, habría dudado que esas melodías estuvieran saliendo de sus labios que solo decían palabras bruscas en mi dirección.
Pendiente de ella, no fui consciente cuando el aula comenzó a llenarse, hasta que ella abrió sus ojos para clavarlos en los míos. Me había pillado observándola, como el maniático que estaba evitando parecer. Dio un salto sobre el asiento del susto que le conllevó la sorpresa de verme, gesto que me resultó tierno en ella, pero su rostro se volvió tenso. Torpemente se deshizo de sus auriculares, guardándolos en su bolso.

—Lamento haberte asustado—le dije, manteniendo un tono de voz manso.

Ella solo frunció sus labios, haciendo un leve carraspeo.

No podía dejar de observarla, conteniendo mis ganas de tocarla. Mantuve mis puños cerrados con fiereza debajo de la mesa, mientras me esforzaba por mantener una postura cordial y despreocupada, como cualquier niño de 17 años que asiste al instituto. Me habría hecho daño en las palmas de mis manos si estas no fueran de piedra tan dura como el cemento de la fuerza que estaba haciendo con ellas para no tocarla.

—Tienes una voz muy bonita—le dije.

Tan concentrado en mantener mis manos en su sitio no me di cuenta que había susurrado estas palabras en voz demasiado baja. Dudé que las oyera, pero me respondió inmediatamente.

— ¿Te pregunté acaso? —su hostilidad dio por zanjado mi intento de conversación.

Me debatí por un instante preguntarle algo más, o presentarme como había planeado hacer, pero desistí inmediatamente al ver la frialdad rebalsando de sus ojos color verde intenso. Solo le sonreí estúpidamente ignorando su rudeza.
La profesora ingresó al aula con paso apresurado, brindándome la distracción necesaria para apartar los ojos de Jasmett. Realicé un bloqueo mental, abstrayéndome de pensar en mi compañera de banco, concentrándome en escuchar lo que relataba la profesora acerca de guerras que databan de miles de años, de las cuales había oído hablar año tras año a diferentes profesores. Ya sabía los puntos de vista de un centenar de personas acerca de esos nefastos sucesos.
Podría jurar que cada segundo que transcurría, Jasmett se alejaba medio milímetro más de mí, de modo que cuando se dio por finalizada la clase, ella se encontraba sentada en el borde de la silla, pegada al cristal de la ventana. Se levantó tan apresurada que pasó por mi lado como una bala y salió del aula, veloz incluso para mis sentidos. Dejó el halo de su aroma a su paso, era placentero.

Me encontré con Tayler camino al aula de biología.

—Realmente creí que este año seriamos compañeros de laboratorio—se lamentó haciendo mención al hecho de que nuestros exámenes de nivelación de Biología habían dado notas completamente opuestas.

—Todos años crees lo mismo—le reproché. —Y todos los años estoy solo.

—No es mi culpa que seas un cerebrito—se defendió. —Si sabias que no iba a sacar un "sobresaliente", tu deberías haberte sacado un "insatisfactorio".

— ¿Debo rebajarme a tu nivel? —le pregunté esforzándome por sonar despectivo.

—Eres diabólico cuando te lo propones—respondió el con rostro estupefacto. No estaba acostumbrado a mi falta de cortesía, así que de vez en vez, lo sorprendía con alguna maldad para observar su sorpresa.

Le sonreí de costado mientras entrábamos al aula de Biología. Jasmett ya se encontraba sentada al lado de uno de los alumnos con apariencia larguirucha, como era de esperarse puso un gesto de desagrado cuando pasé a su lado. Tayler fue a sentarse con su compañero de laboratorio, tan incompetente en la biología como él, mientras que yo me senté solo tres asientos detrás del motivo de mi obsesión. El profesor así lo había indicado "otra vez sin compañero de laboratorio, lo felicito por su elevado nivel Sr. Samuels", había dicho a modo de congratulación, para después alejarse susurrando "¿Por qué no da usted las clases?".

Como suponía, Jasmett tuvo que hacer su examen de nivelación dado que había faltado las primeras clases. Para mi lamento, le tomó toda la hora resolver ese simple test, lo que indicaba que no la tendría como compañera. Eso era algo positivo por un lado, dado que estaría alejado de sus gruñidos, pero era una posibilidad menos de acercarme a ella. Terminé la tarea que el profesor dejó en menos de tres minutos y dediqué el resto de la hora a observar la nuca de Jasmett mientras terminaba su evaluación.

Al igual que la clase anterior, Jasmett salió disparada al sonar el timbre. Me reuní con los chicos camino al vestuario. Me vestí de forma monótona, sin prestar atención sus típicas bromas.
Una vez en el gimnasio, hice lo que siempre hacia desde el momento en que la conocí, observarla. Parecía que su aura de enfermedad llamaba a todos mis sentidos, mi visión se enfocaba en ella, mis oídos estaban siempre preparados para escuchar cualquier cosa que ella tuviera para decir, mi olfato dispuesto a oler la ínfima partícula que desprendiera su aroma y mi tacto estaba dispuesto a tocarla en todo momento si ella se hubiera dejado. Permanecía sentada en las gradas y torció el gesto cuando me vio ingresar, pero esta vez la mueca de desagrado no fue tan evidente, solo una contorsión vaga de sus facciones que bien podría haber sido por una mosca que pasaba a su lado. Ningún humano lo habría notado, solo yo que estaba pendiente de ella y era un vampiro con sentidos desarrollados.

Debía reconocer el profesor Emmett macCarthy era excelente con sus clases, lograba hasta hacerme divertir a mí. Intenté ignorar el hecho de que Jasmett no estaba participando del partido con nosotros, pero la curiosidad en mi creció de forma tan desmedida que aproveché el segundo de descanso después de haber metido un tanto y me acerqué hasta ella.

—Jasmett—la llamé mientras corría hacia donde se encontraba. — ¿Quieres venir a jugar para nuestro equipo? —le pregunté de forma amistosa, con suerte me diría qué enfermedad le impedía participar de las clases.

Depositó sus ojos en los míos con irritación, si su mirada fueran dos pistolas y yo un simple humano, me habría asesinado. Luego rodó sus ojos por el gimnasio, buscando algo.

— ¿Qué ocurre señor Samuels? —me preguntó Emmett a mi espalda.

—Nada profesor, solo le preguntaba a Jasmett si deseaba estar en nuestro equipo, como se encontraba aquí sola sentada...—le expliqué girando mi rostro hacia él y señalando a mi compañera.

—Oh, es muy generoso de su parte, alumno—me dijo el profesor con la sonrisa dibujada en su rostro. —Pero la señorita Cullen no se encuentra en buen estado de salud, así que no hará ejercicio el día de hoy, puede tenerla en su equipo mañana.

—Genial—exclamé esforzándome por sonar animado, cuando lo único que sentía era una profunda decepción. —Que te recuperes—le deseé.

Corrí nuevamente a mi posición en la cancha, el partido no se había detenido a pesar de mi interrupción y mis contrincantes habían aprovechado para anotar dos tantos.

Jasmett no se encontraba en buen estado de salud, eso era evidente para mí, el problema era saber el por qué. Que mañana pudiera asistir a las clases de Educación Física era una clara evidencia de que no habían descubierto su enfermedad real, solo los síntomas que ella acarreaba. Ni me preocupé por repuntar el partido luego de la frustración que sentí al hablar con Jasmett, así que Emmett se acercó hasta a mi cuando la clase se dio por finalizada.

—Es considerado de tu parte que les des una posibilidad de ganar—dijo en tono de voz muy bajo, solo audible para mis oídos.

Él pensaba que dejaba ganar a mis compañeros y así era la mayoría de las veces, pero esta vez no fue de considerado, fue solo por distraído ¿Qué diría si supiera que no me importaba ni un poco el partido? ¿Qué opinaría acerca de que mi mayor preocupación sea la enfermedad de una humana?

—Tengo que mantener las apariencias—le dije guiñándole un ojo.

—Totalmente de acuerdo contigo—coincidió. —Debo decir que lo haces muy bien, demasiado bien para tu corta edad.

—Gracias—le sonreí y agregué en voz bien baja. —Realmente mi familia y yo nos esmeramos para poder mezclarnos con los humanos.

—He notado eso, realmente admirable—dijo a modo de felicitación. —Por lo cual nos gustaría conoceros, a todos ustedes.

Observé como Jasmett salía del gimnasio junto con Camille, era mi oportunidad para presentarme, así que apuré la conversación.

—Lo conversaré con mi familia—afirmé.

—Espero tu respuesta entonces.

—Sí—afirmé. —Hasta luego.

Le dediqué un saludo con mi mano y apuré mi salida. Alcancé a Jasmett y Camille sin esfuerzo alguno a mitad del camino al estacionamiento.

—Jasmett—grité para que se detengan, no quería tener que correr a velocidad sobrehumana para alcanzarla, pero lo haría si era necesario. Por suerte se detuvieron y giraron hacia mi dirección.

—No puede ser—murmuró con fastidio Jasmett, Camille pareció no oírla pero yo sí. Esto no iba a ser para nada fácil, que ingenuidad la mía al creer que sí.

Me acerqué hasta a ellas a trote veloz pero humano.

— ¿Qué pasa? — inquirió Camille, mirándonos de hito en hito. El desconcierto dominaba su rostro.

—Hola Cam—le dije agregando un saludo con mi mano, me esforcé por sonar muy amable, quizás fue demasiado, pero según Candy lo mejor para ganarse a una mujer era caerle bien a su mejor amiga. —Quisiera hablar con Jasmett.

Camille me observó estupefacta, casi boquiabierta, su compañera tuvo que codearla para que recompusiera su rostro.

—Sísí, claro—dijo tartamudeando y se giró para marcharse hacia su vehículo.

Jasmett la tomó por el brazo evitando que siga su camino y la obligó a volverse.

—Ella se queda—sentenció desafiante.

—No hay problema, no la estaba echando—dije sonando a la defensiva.

Nunca dejaba de sorprenderme su actitud avasalladora conmigo ¿Acaso tenía aspecto de ex convicto? ¿Por qué me detestaba tanto? ¿O me temía? No podía discernirlo, pero incluso mis amigos se burlaban de mi aspecto inofensivo y mi cordialidad. Ellos hasta habían apostado grandes cantidades de dinero a que Jasmett se derretiría ante mí y habían perdido todas las apuestas.

— ¿Qué quieres? —preguntó sin molestarse por disimular su violencia.

—Solo quería presentarme—le expliqué ignorando su habitual hostilidad —No tuvimos la oportunidad de presentarnos antes, mi nombre es Max Samuels y…

—Y listo, ya te presentaste—me cortó, haciendo un impulso por seguir su camino.

No podía permitir que se fuera aun, no había estado ni cerca de tocarla.

—Espera…—le pedí, casi rogué. — ¿Por qué te comportas de modo hostil conmigo? ¿Te hice algo o…

—No me hiciste nada, simplemente no me caes bien

— ¿Por qué? —era inevitable hacerle esa pregunta ¿Cómo podía tener ese concepto de mí? —No me conoces, ¿Cómo puedo caerte tan mal?

—Créeme, si te conociera me caerías mucho peor aún—me dijo entre dientes con una mueca de asco y desprecio.

Estaba acostumbrándome a su brusquedad, pero logró lacerarme con su frase. Hasta Camille se asustó y se aferró a su mano a modo de salvavidas, podía percibir que sus latidos se aceleraban y hasta estaba temblando.

—No tienes derecho de juzgarme de esa forma—susurré, no pude esconder la pena que me había provocado su desprecio, el cual comenzaba a anunciar lo inevitable, iba a ser imposible salvarla.

— ¿Por qué? —me preguntó acercándose hacia mí, de forma prepotente. — No sé qué te piensas que eres, que tienes que gustarle a todo el mundo.

Su tono de voz y postura eran amenazantes. Podría jurar que de ser hombre, me habría golpeado sin dudarlo. Por suerte para su bienestar físico, sus principios femeninos no le permitían llegar a tanto.

—Solo quiero…—intenté calmar la situación, pero ella me cortó.

—No me molestes más.

Se dio media vuelta, con Camille aún tomada de su mano. Iba a marcharse, se iba a alejar de mí y no estaba ni cerca de poder tocarla. Esto parecía una burla, cada vez que quería acercarme a ella, más me alejaba. De forma inconsciente, sin poder contenerme, le tomé la mano que estaba libre del agarre de su amiga. Nuestro contacto duró un segundo, pero fue suficiente para que el atisbo de su enfermedad subiera por mis falanges. Ella deshizo nuestro agarre inmediatamente y yo se lo permití, a pesar de que no había alcanzado a descifrarla.

— ¡No me toques! —me gritó perturbada.

—No te pongas así, solo quiero…

— ¿Es que no entiendes que no me interesa nada que tenga que ver contigo? —me gritó en una pregunta.

¡Solo estoy intentando salvar tu vida! Las ganas de responderle esa verdad, gritándola a los cuatro vientos me arremetieron. Pero solo me quedé detenido observándola con la frustración y la angustia que esa frustración me generaba creciendo en mi interior.

— ¿Qué pasa?—preguntó una voz femenina tan musical que habría pensado que provenía de un vampiro, si no estuviera escuchando los acelerados latidos del corazón de su dueña.

Dudé por medio segundo que realmente sea humana, a pesar de notar como fluía la sangre en su interior, se veía tan hermosa y perfecta que aparecía de otro mundo. Ella se posicionó de modo protector al lado de Jasmett.

—Nada—respondió cortante el motivo de mi obsesión, quien percibí no se sintió protegida sino inquirida.

—Hola—dijo la recién llegada, observándonos a Camille y a mí de forma amable. —Soy Renesmee Cullen, la hermana mayor de Jasmett—continuó presentándose, dejándome entender a qué se debía su postura guardiana.

Tomó la mano de Camille gentilmente y le sonrió. Cuando se acercó para extender su palma hacia mí, pude comprender de quién era el olor picoso que sentía en Jasmett, era su hermana. Tomé su mano y me extrañó el calor que ella desprendía, esperaba no haberla sobresaltado con la frialdad de mis dedos y me arrepentí de no haber estado usando guantes, pero ella no pareció sorprendida ni turbada.

—Es un gusto, Renesmee—le dije devolviéndole la sonrisa.

—El gusto es mío—dijo ella, de forma encantadora.

Su expresión exquisitamente compradora me recordó a Candy y me agradó bien al instante ¿Por qué su hermana menor no podía ser así de simpática?

—Tu hermana y yo solo estábamos conversando—le expliqué, mientras mantenía mi vista en Jasmett quién me devolvía la cortesía de forma bravucona.

—Discutiendo—me corrigió.

—Tu discutías, yo solo conversaba—esbocé una sonrisa encantadora, la misma que hacia suspirar a todas las mujeres del instituto, incluso profesoras. Pero no surtió efecto en Jasmett, mantenía su rostro hostil.

—Shhhh—me silenció como hace una niña de tres años.

— ¿Siempre es tan maleducada? —pregunté a su hermana, la duda me carcomía.

¿Su actitud era así conmigo o con todas las personas del universo?

—No, solo cuando está de malhumor—río Renesmee de forma irrealmente musical.

—Vamos, Nesmy—dijo Jasmett a modo de orden, pero hablándole con cariño.

—Un gusto—me dijo Renesmee.

—Por favor… El gusto es todo mío—le respondí. —Camille, Jasmett, un placer dialogar con ustedes.

Las observé alejarse, mientras comenzaba a darme por vencido.