Cuarto capi del fic "Days Before Our Days", que va super recortadísimo. Se me estaba haciendo larguísimo y ya pasaba del mes sin actualizar, así que era o hacerlo bien y tardar otro mes y medio en subirlo, con el doble de texto de lo que ya había escrito, o cortarlo y acabar esa parte de la historia en un quinto capi, por así decirlo.

Siguiendo el ejemplo de SeventhDevil, como ella suele hacer, también os voy a dejar enlaces de la música que iba escuchando mientras escribía:

"As Time Goes By", de Mantovani ( watch?v=3k9mLg7ztN4&list=FLaiPXNmVeK0Dl8fi_pyYh9Q&index=30), porque me pirran las imágenes en las que suceden cosas terribles mientras suena música de salón de vals. También valen "The Party Is Over" y "It's Impossible" ( watch?v=N_Qy_ZsKRbU&list=FLaiPXNmVeK0Dl8fi_pyYh9Q&index=32 y watch?v=vCt_LqIdJgw&list=FLaiPXNmVeK0Dl8fi_pyYh9Q&index=31).

Para la escena de la polka (ya lo veréis), me encantó la "John Ryan's Polka", de The Triskells: watch?v=FiCm5ewRgI4&list=FLaiPXNmVeK0Dl8fi_pyYh9Q&index=29.

Espero que disfrutéis y que no se os haga demasiado insufrible.

Erik tenía la vista perdida en el caro vino que le estaban sirviendo. Veía sin prestar atención alguna como el líquido se arremolinaba lentamente dentro de la copa de cristal. Parecía una hermosa muchacha, de curvas generosas, que se contoneaba dulcemente, seduciendo a cualquiera que la viese danzar.

—¿Algo más, señor? —, volvió a repetir el sirviente. Erik despertó del letargo y negó cordialmente, devolviéndole la sonrisa. —Como desee.

Miró a su alrededor y comprobó por centésima vez que allí no había más caras conocidas que las de Robert y el Presidente Wyndham. Su estancia en la Ciudadela de Wundagore era un tema de negocios, ambas partes del acuerdo lo tenían más que claro, pero todo en aquel sitio resultaba tan deprimente que le apenaba no tener a nadie con quien compartir el pesar. De haberse llevado consigo a Pietro se habrían pasado la velada entera juzgando las extravagantes barbas y bigotes de los carcamales que los rodeaban y riendo entre dientes. Luego, quizá durante el postre, su hijo le habría dedicado alguna caricatura pintada con el tenedor sobre el plato, con los restos del sirope, o le habría seguido el juego a alguno de esos rancios y conservadores ancianos mientras intercambiaba irónicas miradas con su padre. Wanda, por otra parte, habría hecho una crítica tenaz sobre lo que estaba presenciando. La joven, quien tenía una moral bien asentada, algo de lo que Erik más se enorgullecía, habría analizado lo que habían visto por los alrededores de la Ciudadela hasta el momento e inteligentemente habría hecho alarde de su carisma, criticando a los altos mandos allí presentes en sus respectivas caras mientras, al mismo tiempo, estos le aplaudían por su elocuente conversar.

Extrañaba a sus hijos, sentía su falta en la carne y en los huesos. No había pasado una semana desde la última vez que los había visto, pero había estado tan ocupado desde el momento en que el avión pisara tierra europea que le parecía que llevaba meses fuera de casa. Constantemente se preguntaba qué estarían haciendo en el momento.

La habitación en la que Erik Lehnsherr estaba cenando era alargada y de techo alto. El suelo era un gran rectángulo cubierto de una alfombra con figuras y volutas; presumiblemente persa, a pesar de que con la luz tan poco brillante y unas pocas copas de más uno no podía asegurarlo. El techo tenía las aristas bordeadas con yeso adornado, formando una especie de parra, y las paredes estaban revestidas con paneles de fina caoba. En el centro había una mesa tan larga y ancha como para dar un banquete para cincuenta personas. Los que se hallaban presentes eran unos cuantos menos, sin embargo, la comida daba para más que el doble. Para comenzar, los sirvientes, quienes iban impecablemente arreglados, les habían llevado una amplia gama de entrantes. Desde bandejas con embutidos típicos de la zona, quesos y frutos silvestres o pinchos de perdiz asada con higos secos y uvas, hasta sopas de yogur especiadas y ensaladas de ciruelas, berros y queso fresco. Los segundos eran en su mayoría carnes con muchas especias y cereales. La comida de montaña allí servida, típica de los Balcanes, consistía sobre todo en eso; carne de cordero picante y caramelizada acompañada de cebolletas, ajos y romero, sémola de trigo estofada con entrañas de vacuno, hortalizas de invierno y nuez moscada, u hojaldres rellenas de mostaza en grano, puerros, queso de cabra y trozos de ave. Hacia el final de la velada se sirvieron los dulces y los licores. Pastel de ricota de búfala, nueces y uvas pasas, pastel de miel y semillas de sésamo, fuentes enteras de fruta confitada, calabaza en almíbar y ambrosía, hecha con leche cortada y clavo de olor. Erik habría degustado otros platos, pero solo aquellos estaban a su alcance en la enorme mesa.

Luego de tanta abundancia tenía planeado continuar con el vino. Era su cometido principal, por el momento, y no iba a dejar que ninguno de los viejos que lo rodeaban, y que no entendían nada de inglés, le arrebatasen ese único momento zen que había podido disfrutar desde su llegada. Además, debía racionar los somníferos y el delicioso gran reserva que estaba saboreando le aseguraría un sueño plácido. "Por lo menos hasta que comiencen las pesadillas", pensó.

Erik Lehnsherr no recordaba la última noche que había dormido sin despertarse a mitad de la madrugada, empapado en sudor frío y al borde de un ataque de ansiedad. No recordaba cuándo había sido la última vez que había conseguido dormir cinco horas seguidas. O tres. Desde que los niños habían nacido, quizá un poco después, había tenido problemas para conciliar el sueño. Quince largos años de pesadillas recurrentes, que durante la noche lo ahogaban y durante el día le proporcionaban dolores de cabeza y cara de muerto. Y eso solo sucedía cuando lograba cerrar los ojos, o siquiera ir a la cama. Tres días a la semana, en las semanas buenas, permanecía despierto en el estudio, leyendo y releyendo, o simplemente removiendo papeles cuando el cansancio ya ni le dejaba enfocar la vista. Finalmente, caía rendido en la butaca, recostado sobre el escritorio, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados. Dormía cuarenta minutos hasta que se despertaba de un sobresalto, o varias horas seguidas, pero con esa sensación de vigilia, de que se está dormido pero despierto al mismo tiempo. A lo largo de una noche podía adormecerse y volver a despertar más de cinco veces, con el silencio de las calles vacías al otro lado de la ventana. Sin embargo, no estaba solo. Muchas de las veces que se despertaba y miraba alrededor encontraba el entorno cambiado y, entonces, el dolor en el pecho que le producía la ansiedad se calmaba un poquito. Los niños bajaban para asegurarse de que estuviese bien y lo cubrían con una manta o le dejaban un dibujo. "Papi, no trabajes tanto. Te quiero, Wanda". "Este eres tú, volando, y este soy yo, corriendo detrás de ti. Pero yo te gano. Algún día, si quieres, te puedo dejar ganar. Pietro". Con el paso del tiempo los dibujos se transformaron en tazas de té con notitas o platos de comida con caras pintadas con kétchup. "Papá, deberías ir a dormir. La falta de sueño no es buena. PD: recuerda que mañana voy a estudiar con McKenzie después de clase. Te amo, Wanda". "Oye, viejo, mañana es el gran día, eh. Espero que no te pierdas el partido por tercera cuarta vez. Te he cogido pasta para ir al cine después, por si no apareces. PD: cómete el brócoli. PD2: Me enteraré si no lo haces. PD3:Te estoy vigilando".

Cuando bajó la copa vio que Robert lo estaba mirando desde el otro lado de la mesa. Este, rápidamente, giró la cabeza, como si no hubiese hecho tal cosa. Se apresuró a entablar conversación con el hombre que tenía a su lado, quien parecía bastante molesto por esa repentina interrupción. Robert gesticulaba de sobremanera y exageraba la risa para ocultar que había pasado los últimos minutos mirando fijamente a Erik. De hecho, cada vez que lo hacía, desde que había comenzado esa costumbre unos días atrás, Erik fingía que no lo notaba. Cuando tuvo la ocasión y le preguntó por qué lo hacía Robert se disculpó casi a gritos y negó cualquier suceso parecido. Desde entonces, cuando Erik lo pillaba y este se giraba, a Robert comenzaba a sudarle la frente, casi ridículamente. Y en ese momento su frente era lo único que brillaba más que la cubertería de plata.

Cuando hubieron acabado la cena el Presidente condujo a los comensales a otra sala, más grande aún, con butacas y sillones de orejas por doquier, y un enorme hogar sin fuego, custodiado por dos monstruosos leones de piedra que hacían de marcos laterales. A un lado de la habitación había un ventanal ribeteado con madera y cristales de colores que daba a un balcón con jardín. Los invitados no tardaron en reunirse en pequeños grupitos, con diminutas copas de coñac, u otras de whiskey más generosas, en mano. Erik aprovechó el repentino revuelo para escabullirse hacia el exterior. Él y su copa, solos por fin, con la hermosa vista de la Ciudadela.

En cuanto se asomó a la baranda e inspiró profundamente para relajarse sintió que la puerta se volvía a abrir y cerrar. No se molestó en girarse pues el intruso, fuera quien fuera, no merecía perdón por arruinar su soledad.

—La vista desde aquí es inmejorable —, dijo el Presidente Wyndham. —Este es el único edificio desde el que se puede ver la Ciudadela en su total esplendor. Obviamente, no es por el mero placer de tener una vista increíble —, prosiguió en un tono burlesco. La luz de la ciudad lo alumbró desde abajo, resaltándole las facciones de forma siniestra. Se tomó un largo momento para disfrutar de su habano. Luego hizo girar el líquido que tenía en la copa, haciendo, al mismo tiempo, que los varios anillos de oro que llevaba tintineasen contra el cristal. —Es estrategia pura. Política, si así quiere llamarlo. Desde aquí se ve absolutamente todo, hasta los barrios bajos. Desde aquí nadie puede esconderse de la mirada del Alto Evolucionador.

Erik no comprendía la constante necesidad de alardear de aquel hombre. Estaban solos, casi a oscuras, y tenían el estómago lleno y la cabeza nublada por el vino. ¿Acaso no podía disfrutar del momento? ¿Por qué molestarse? Una leve brisa le acarició los cabellos plateados y Lehnsherr se dejó llevar por la agradable sensación. Cerró los ojos durante un instante, que pareció una eternidad. Si le hubiesen dado una cama habría caído en ese mismo sitio. De repente, el césped del jardín le tenía buen aspecto, grueso y mullido. Unas copas más y no habría tenido que pensárselo dos veces.

—A veces envidio a la gente de ahí abajo, sabe. Con sus vidas normales y sus rutinas. Yendo y viniendo, sin tener que preocuparse de tener que gobernar un antro como este —, Wyndham tenía la mirada perdida en el vacío que formaba la cúpula de roca que cubría la Ciudadela. Ni todas las luces de los rascacielos ni de los coches juntas podían disipar la oscuridad que tenían por cielo. Era un espectáculo único, no existía, y posiblemente no lo haría en el futuro, una megalópolis como aquella, construida bajo la montaña. La mezcla entre el bullicio de la ciudad y la claustrofóbica negrura de la roca resultaba hipnótica.

—¿Le puedo hacer una pregunta personal? —, dijo Wyndham con la voz ronca de quien tiene un nudo en la garganta. Durante una milésima de segundo Erik se preguntó si el efecto del vino le habría hecho comentar algo molesto en voz alta, sin haberse dado cuenta. Si no, por qué ese repentino cambio de tono. Se giró lentamente, un tanto alarmado, y vio que Wyndham tenía los ojos brillantes. No era el brillo rojizo de la embriaguez; sus ojos brillaban con pena. El hombre tenía el semblante apagado, pero con una especie de tranquilidad, de amor, como un padre que mira a su hijo jugar por primera vez tras recuperarse de una larga enfermedad. Un hijo que da por perdido, pero al que no puede negar una sonrisa a pesar de todo. —¿Alguna vez ha estado enamorado? ¿Alguna vez ha sentido que no se pertenecía a sí mismo, sino a otra persona? No se lo va a creer, pero yo sí. Muchos años atrás. Y, ¿sabe qué más? Levanté esta ciudad de la perdición en nombre de ese amor —, Erik estaba perplejo. Jamás habría pensado encontrarse en una situación como esa, de pie en la penumbra, junto a uno de los hombres más poderosos del mundo, mientras este le contaba sus más íntimos pensamientos.

—Usted parece un hombre abierto… tolerante, Erik. Ha vivido cosas terribles, cosas que a muchos de los hombres más fuertes que he conocido hubieran matado. El terrible incidente con su esposa, aquellos mutantes radicales, el holocausto nazi… El tiempo lo ha curtido y, sin embargo, se le ve bien. Es usted la imagen del hombre fuerte, sabio… y honesto. Así que me tomaré la libertad de contarle el porqué de esta ciudad —, Wyndham se giró lentamente y miró a su acompañante directamente a los ojos, sin pestañar. Era una mirada penetrante, provocadora, como si intentase ver algún indicio de deshonra en el otro. Erik, por su parte, se la sostuvo. No sabía qué secreto oscuro estaba a punto de escuchar ni qué consecuencias traería el conocerlo, pero tenía claro que no iba a dejar que aquel ni ningún otro hombre lo amedrentasen. No había llegado tan lejos para dejarse intimidar.

El presidente bufó primero y luego empezó a reír tristemente, como si estuviese mofándose de sí mismo. Se enjugó las lágrimas con los dedos y volvió la cara otra vez hacia la metrópolis, listo para comenzar su testimonio.

—Todo lo que ahí ve fue diseñado por uno de los arquitectos más importante de nuestra historia. Por eso, como es de esperar, ni usted ni nadie fuera de aquí ha oído hablar de él. Se llama… se llamaba Horace Grayson. Era un hombre brillante, siempre dispuesto a trabajar duro. No paraba quieto aquel loco. Siempre con la libreta de bocetos bajo del brazo. "Herbert, mira esto que acabo de diseñar, dime qué te parece. Herbert, he conseguido una estilográfica nueva. Herbert, por qué no me miras. Sé que te quieres reír, Herbert"… Era el alma del grupo, y también el más joven. Robert siempre me decía que era demasiado inquieto, que aún era un niño. ¡Pero qué ideas, qué trabajos, qué conceptos los de aquel niño! —, Wyndham hizo otra pausa. Bebió de la copa y tomó aire. Erik se preguntaba cuánto autocontrol estaría empleando el hombre para no echarse a llorar allí mismo. —Siempre lo traté como a un hermano pequeño, sabe. Su cara de porcelana y su sonrisa que parecía no borrarse nunca le iluminaban a uno el día. Era como el sol que nunca pudimos tener aquí abajo. Siempre me ocupé de que no le faltase nada. Un muchacho tan prometedor se merecía lo mejor. Quise ser una figura paternal para él, quise ser su hermano mayor. Hasta que un día sucedió… —, se detuvo y miró la copa, pensativo. La removió, pero no bebió. Parecía dispuesto a no detenerse hasta soltarlo todo. —Cada cierto tiempo, los colegas del gremio de desarrollos tecnológicos montaban una verbena para que todos nos distrajésemos. Nuestras jornadas no tenían principio ni fin estipulado, a veces podíamos pasar días enteros en el laboratorio. En fin, una noche, durante una de las verbenas, lo vi bailar, bajo los farolillos de colores. Me había dicho que no podía evitarlo, estaban tocando una de esas polkas típicas de su país, Irlanda, que lo llevaba en las venas. Tendría que haber estado allí, Erik. Ver como saltaba y se movía, con el pelo naranja como el fuego moviéndose al compás. Cada vez que daba una vuelta a la ronda me miraba y yo lo miraba a él, y fue entonces cuando lo supe. El corazón comenzó a latirme tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho. Cuando hubo acabado se me acerco. Tenía la respiración agitada y el rubor que le marcaba las mejillas le resaltaba también las pecas de la nariz. Le devolví la bebida que me había pedido que le sostuviese; aún hoy día no sé qué me dijo. Yo estaba demasiado aturdido para saber qué decía. Solo sé que se rio y miró hacia arriba, con sus ojos azules, directamente a los míos. Entonces no pude controlarme y lo acerqué hacia mí. Era tan pequeño, tan dócil. Pero fue él el primero que me besó. Aquél gandul irlandés, ¡me robó mi primer beso!

Erik no sabía qué decir ni qué hacer. Se mantuvo en la misma posición, esperando que el Presidente siguiera con el relato. La situación era incómoda puesto que no se conocían lo suficiente entre ellos como para que Wyndham le contara todo aquello. Pero no iba a ser él quien le faltara el respeto, escucharía lo que tuviese que decir, demostraría que era todo lo que el otro esperaba que fuese.

—Cuando las revueltas comenzaron muchas personas demostraron ser lo que eran, completos monstruos inhumanos. Las pasiones más perversas del hombre salieron a relucir por aquel entonces. Abusos sexuales, asesinatos terriblemente violentos, descuartizaciones, pintadas hechas con sangre, eran el pan de cada día. Lo que iba a ser la cuna de la ciencia y la libertad acabó siendo una maraña de represalias injustificadas, una caza de brujas. Las pocas mujeres que había en la colonia fueron las primeras a las que persiguieron. Los pocos cuerdos que quedábamos teníamos que proteger a nuestras amigas y familiares, estar con ellas las veinticuatro horas del día. Algunos llegamos incluso a disponernos de a cinco como guardaespaldas de aquellas pobres diablas. Luego fueron a por los viejos. Los llamaban lastres de la humanidad, y los apaleaban por las calles. Después siguieron con la gente como Horace. La gente como Horace y como yo. Yo siempre fui grande, como puede comprobar. Incluso ahora que estoy mayor. Siempre impuse mucho respeto y por lo general logré romper más costillas de las que me llevaba rotas. Pero él… era otra historia —, Herbert apretó el puño con el que sostenía el habano ya apagado. La mandíbula se le tensó y se le marcaron las venas en el cuello, bajo la barba.

—En el momento en que Horace murió yo estaba en el laboratorio. Llevaba un tiempo sin aparecerme por allí, los muchachos y yo estábamos hacinados en el piso de una compañera a quien le habían matado el marido. Horace me había dicho que aprovecharía que yo salía para acompañarme y pasar a buscar ropa a su piso. Cuando nos separamos, él iba con otros dos amigos. Me preocupé, claro. Me horrorizaba la idea de no tenerlo cerca. Incluso cuando iba al baño de aquel diminuto apartamento y tardaba en hacerse ver se me revolvía el estómago. Estando como estaban las cosas… vivíamos como en un estado de guerra sin tregua. Se escuchaban gritos, lamentos de ancianas y niños llorar noche y día; explosiones y sonidos de metralla… La cuestión es que… supuse que estaría bien si lo dejaba en manos de aquella gente de confianza. Horace me había hecho prometer que no me preocuparía y que tampoco me entretendría más de la cuenta… Debí haberle hecho prometer lo mismo —, el Presidente sorbió por la nariz y se la restregó rudamente con el dorso de la mano. —Me fueron a buscar justo cuando estaba a punto de volver, los dos amigos que lo habían llevado, uno con una hemorragia nasal y un ojo negro, llevando a rastras al otro, que sangraba por un corte en el vientre. El que parecía estar mejor comenzó a farfullar incoherentemente. Aún recuerdo los pinchazos en el estómago, las náuseas. No hacía falta que me dijesen más, o que me intentasen decir algo mínimamente entendible. Ya había visto la misma escena, aunque era la primera vez que la veía en primera persona. Había presenciado a decenas de conocidos derrumbarse ante la noticia del asesinato una persona cercana a manos de los rebeldes. Salí corriendo tan rápido como me daban las piernas. El cuerpo me guiaba instintivamente. Solo hubo un momento, en el que recuerdo haberme perdido, que sentí como el aliento me sabía a sangre. Lo demás está negro. En la puerta abierta de su piso se había amontonado un corrillo de vecinos, harapientos y mal comidos. Cuando me vieron llegar huyeron despavoridos, no por mí, sino por lo que yo significaba. Solo con ver mi cara agitada uno sabía que llegaba en busca del muerto. Y que yo conocía el estado del mismo. Solo quedaban dos opciones, o que me largase a llorar y a gritar o que arremetiese contra lo primero que se me cruzase en el camino. Ahora que lo veo con perspectiva, quizá aquella gente huyese de esa manera porque no sabían cómo actuar ante aquella situación, cómo consolar a alguien que le espera la peor de las escenas que jamás se hubiese imaginado.

En pocas zancadas llegué a la habitación, el lugar que registré primero, porque algo me decía que todo habría sucedido allí. Su cuerpecito aún caliente estaba semi desnudo sobre la cama revuelta. Le habían arrancado los pantalones y la ropa interior, y se notaba que le habían rasgado la camisa con fuerza, alguien con manos grandes. Bajo la sangre casi coagulada que le cubría la cara, deforme por los golpes, se notaba aún el maquillaje que le habían forzado a usar. Sus manitas blancas estaban atadas a la cabecera de la cama y tenía las muñecas en carne viva; había intentado soltarse desesperadamente. Lo habían violado. Seguramente varias personas, un solo hombre no podría haber hecho todo aquello. Lo habían humillado, lo habían torturado y lo habían violado. Sobre la cabecera, en la pared, habían pintado con su sangre: "Los actos inmorales serán castigados en la Nueva Era de Wundagore. Muerte a los pecadores. Marica. MARICA" —, acabo Wyndham en un leve graznido, con la garganta seca.

Lo primero que le vino a la mente a Erik fue el último recuerdo que tenía de Magda. Su figura estática sobre el acantilado, sus ojos llenos de terror, consciente por primera vez después de mucho tiempo. Luego, desapareció en el vacío.

Las punzadas en el pecho volvieron. Eran ya viejas amigas, las conocía mejor que a nadie. Inmediatamente llegó la sensación de vacío en el estómago, una especie de náusea, pero ya lo había previsto.

Le habría gustado decirle algo a Wyndham. Le habría gustado darle una receta infalible para acabar con el dolor, para borrar esos recuerdos. Pero tal cosa no existía. El secreto estaba en vivir con ello, asimilarlo, convertirlo en parte de uno mismo. Era eso o enterrarlo lo más profundo posible. Sin embargo, todo acaba saliendo a flote, como el cadáver podrido de un ahogado.

Erik asintió solemnemente, dándole a entender a su acompañante que él había vivido lo mismo. No había nada que decir, ambos lo sabían. Las palabras no cambiarían el pasado.

—Todo llega a su fin, señor Lehnsherr. La vida de los que merecen vivir y la de los que merecen morir; incluso la de un titán como Wundagore. Estoy cansado, demasiado como para continuar con todo esto. Si he seguido hasta ahora ha sido solamente por Horace, para que su muerte no haya sido en vano. Bien, a estas alturas imagino que no le molestará que abuse un poco más de su confianza. Así que le daré un consejo… No, le haré una petición. Le ruego que haga lo mismo que he hecho yo, no deje que la muerte de su mujer haya sido en vano. Haga buen uso del objeto que le he proporcionado y acabe con lo que empezó.

A Lehnsherr se le erizaron los pelos de la nuca. Olvidaba que con Wyndham uno siempre debía tener la guardia en alto, a veces podía ser demasiado directo.

—No sé qué clase de hombre cree que soy, Wyndham, desde luego no soy uno con el que se juega. De haber podido hacerlo hubiera matado a Xavier cuando tuve la oportunidad. Que escapara no lo deseaba nadie; yo mucho menos.

—Lo sé, lo sé. Pero el destino quiso que se cruzara conmigo, y yo le estoy dando una segunda oportunidad. Por el bien de todos espero que sepa aprovecharla.

Ambos se sumieron en el silencio durante un tiempo, cada uno perdido en su mente. En lo que a Erik respectaba estaba seguro de que cuando se volviese a cruzar con Charles Xavier no volvería a cometer los errores que había cometido en su último encuentro. El mutante era un psíquico con poderes excepcionales, "el mutante más fuerte", según Magda.

Al acabar la universidad su mujer había sido fichada por las Naciones Unidas para continuar con uno de los tantos proyectos que durante la guerra los alemanes habían dejado sin acabar. Su tarea era documentar la nueva especie humana que había estado surgiendo durante los últimos años. No solo había logrado un gran trabajo general, sino que, con la ayuda de varios científicos de la organización, habían ideado una forma de determinar la capacidad de cada mutante. Según sus baremos las habilidades mutantes se podían utilizar para clasificarlos en cuatro niveles, dependiendo del poder que tuviesen de alterar el entorno. Algunos podían generar combustión solo con pensarlo, otros podían anular la gravedad a su antojo, pero lo hacían, sin distinción, en un grado menor o superior. Las habilidades de los portadores del gen X podían desarrollarse o podían atrofiarse y un individuo podía subir dichos escalafones o bajar.

Para hacerle un favor a la prometida de su mejor amigo, Charles Xavier había aceptado formar parte de la investigación. Gracias a su colaboración el equipo científico había podido poner un tope a dicha escala. Xavier era, sin duda alguna, el mutante más poderoso registrado.

En la oscuridad que flotaba sobre los edificios Erik pudo ver con perfecta claridad los ojos azul metálico de Xavier. Lo miraban, burlándose, humillándolo y recordándole lo indefenso que estaba. "Si llega a saber dónde vivo, si llega a saber dónde viven Wanda y Pietro…". Un escalofrío le recorrió la espalda y no pudo evitar sentirse inquieto. "Ha sido muy arriesgado venir a Europa, pero si todo sale bien habrá valido la pena".

—Charles Xavier ha estado reuniendo gente —, soltó de repente Wyndham. —Los servicios secretos americanos y varios de los europeos han estado siguiéndole el rastro. Es un hueso duro de roer, sabe. Hasta los mejores sabuesos acaban perdiéndole la pista. El último agente que ha ido detrás de él acabó desnudo en el lago del parque St. James, en Londres, completamente convencido de que era un pato —, comentó con una risa socarrona. —Es solo cuestión de tiempo que descubra la existencia de la Ciudadela.

Robert L. Frank lo había dispuesto todo. La silla delante de la ventana y el ventanal abierto. Incluso se había descalzado y había colocado ambos zapatos prolijamente alineados a las patas del escritorio. Quedaba lo más difícil, como era de esperar.

Se inclinó de forma incómoda sobre el papel y la pluma. Cuanto más le costase mejor, era el castigo final, maltratarse y odiarse a sí mismo más de lo que ya lo hacía, todo cuanto le permitiesen las circunstancias antes de dar el salto al vacío.

"Querido Erik:

Xavier está de camino. Le he avisado que te encontrabas en Wundagore. Diles a Wanda y a Pietro que he pensado en ellos cada día desde que nos separaron.

Adiós."

Robert escribió la carta casi automáticamente. Lo primero que pensó al dejar la pluma sobre el papel fue que podría haber escrito que lo sentía. Podía haber puesto que era un maldito egoísta, un envidioso malnacido que había deseado toda su vida tener lo que su amigo Erik tenía, pero que nunca había hecho nada para cambiar su situación. Incluso podría haberse desahogado, haber escrito como sentía su alma pudrirse día tras día bajo la tierra, como el moho viscoso que ve la vida pasar. A pesar de ello, no lo hizo. Por primera vez se sentía bien siendo malo, sabiendo que lo era. Por primera vez había aceptado que no era una buena persona.

Caminó el metro y medio que lo separaba de la ventana. Se subió a la silla, se aferró a los márgenes del ventanal y saltó.