—¡No! ¡No! ¡Déjame! ¡Suéltame! ¡Suéltame! ¡No!
—¡Quédate quieto mientras te baño!- gruñó Earl Sinclair, el padre de los Sinclair, un dinosaurio robusto de piel verde y oscura, vestido con una camisa roja a cuadros y un delantal amarillo encima para evitar mojarse mientras intentaba meter al bebé en el lava trastes, pero el pequeño dinosaurio rosa se sujetaba de la camisa, el rostro y el cuello de su padre y a todo lo que tuviera a mano, gritando histérico que no quería bañarse.
Fran miraba indiferente, desde la mesa, esperando el momento en que su esposo espabilara y lograra controlar a su propio hijo.
—Pensé que habías dicho que cualquiera podía hacer el sencillo trabajo de la casa y cuidar de los hijos, Earl.- dijo ella, en un tono frío y reprochante.
Habían estado discutiendo sobre el nivel de dificultad que presentaba ocuparse únicamente de las tareas de la casa, o más bien, Earl había soltado su opinión de que las tareas domésticas no eran un trabajo real, y Fran lo había mirado con ganas de estrangularlo, y finalmente, ella le había dejado la tarea de bañar al bebé ya que le parecía una tarea tan extremadamente sencilla.
Earl le dirigió una mirada nerviosa a su esposa y giró de nuevo hacia el lava trastes, sin ganas de renunciar a su orgullo. No podía ser tan difícil lavar al bebé ¿Cierto? Si Fran lo hacía no podía ser tan difícil para él, que era el poderoso megalosaurio. Aun que claro, aquel tipo de trabajo era de hembras, en realidad no tendría por que hacerlo para demostrar nada. ¿Cierto? ¿CIERTO?
¿Por qué se molestaba con aquellas nimiedades cuando podría estar viendo televisión?
Se volvió una vez más hacia Fran, esperando poder expresar algún tipo de queja que lo librara de aquel penoso trabajo, pero la mirada de ceño fruncido y un ligero bramido de su mujer bastaron para acallar cualquier protesta antes de que empezara.
Earl masculló algo entre dientes, sujetando con determinación al bebé, que lo golpeó con su cola varias veces, pero finalmente pudo ponerlo dentro del espacio hondo lleno de agua, aun que no se esperaba que en cuanto estuviera en el agua, el chico comenzaría a chapotear, mojándolo todo.
—¡Oye, estate quieto!
El bebé se quedó quieto, mirándolo desafiante.
—¡No la mamá!- exclamó finalmente, echándose a reír mientras agitaba las manos y la cola en el agua, haciéndola saltar en todas direcciones.
—Resulta no ser un trabajo TAN fácil. ¿Cierto, Earl?
Fran se puso de pie y se hizo espacio frente al fregadero. El macho se movió a un lado, mirando como el bebé se tranquilizaba, dejando que ella lo bañara.
—Para ti es sencillo por que es trabajo de hembras.
En ese momento Earl se enteró de que debía alejarse al escuchar el gruñido gutural de Fran.
La puerta de la cocina se abrió de golpe, y se cerró con igual fuerza. Robbie acababa de entrar, y murmuraba algo para si, irritado.
—Y ¿Cómo le fue hoy en la escuela al imponente primogénito de esta familia?- dijo Earl, con una sonrisa bonachona, cruzando la cocina con una toalla en las manos.
—Mal.
—¿Sucedió algo malo en la escuela, hijo? - Fran sacó al bebé de la improvisada bañera, envuelto en una toalla con gorrito.
—Vamos, basta, Fran. No atosigues al muchacho con preguntas. Que nos lo diga cuando se sienta listo.
Earl se balanceó sobre sus gruesas patas hasta la mesa, donde su hijo se sostenía la cabeza con ambas manos, y le miró espectante del momento en que estuviera listo para decirles lo que le pasaba. Lo que esperaba que fuera dentro de los siguientes cinco segundos.
—Y bien... ¿Qué pasó?- inquirió el intrigado Earl.
—Pasó...-Rob tomó bastante aire antes de continuar- ¡Pasó que obtuve una nota excelente en mi examen de ciencias!.
—Eso es maravilloso...
—¡No!¡No lo es, mama! ¡El señor Pullman decidió quitarme la calificación por que piensa que hice trampa en el examen Ahora voy a reprobar y tendré que ir a la escuela de verano.
—¿Hiciste trampa en el examen - preguntó Earl. Rob lo miró incrédulo.
—¡Claro que no, papá!
—Bueno, si se trata de una equivocación deberías hablarlo con tu profesor, hijo.- sugirió Fran, acomodando al bebé en la sillita alta y poniéndole un biberón con jugo en la mano.
—Hablé con él, pero está convencido de que robé las respuestas del examen.
—Bueno ¿Por qué cree éso?.
—Por que recogí las hojas de los exámenes que él había perdido, y ahora no encuentra la hoja de respuestas ¡Y piensa que yo la tomé!
—Bien... ¿Qué piensas hacer al respecto?
—Ahh... agh, no lo sé. Supongo... que iré a la escuela de verano...
—Robbie, no puedo creer que te des por vencido tan pronto.
—Mamá, no entiendes. No hay nada que pueda hacer al respecto, el señor Pullman no cambiará de opinión.
—Bueno, si está convencido de que hiciste trampa y no puedes probar lo contrario, pídele repetir el examen.
—Bien... esa es una buena idea, mamá.
—Que tu padre te acompañe, quizá tu profesor se porte más accesible si un adulto responsable habla con él.
—Si... ¿Qué?- ambos, padre e hijo se giraron para mirarla, sorprendidos.
—Eh...Fran, cielito, yo no puedo. Tengo que trabajar.- Earl se apresuró a excusarse para zafarse del compromiso.
—Puedes pedirle permiso al señor Richfield para salir temprano. Él también es padre, estoy segura que entenderá.
—Fran, si le pido permiso al señor Richfield para salir temprano para ir a la escuela de Robbie a hablar con el profesor, yo necesitaré que alguien vaya a hablar con el señor Richfield sobre por qué no debe despedirme.
—Oh, Earl, no seas ridículo.- Fran se llevó las manos a la cintura y rodó los ojos.
—¡E-es que no lo conoces, Fran! Él le arranca las entrañas a la gente por menos que eso.
—Bien, entonces ve en tu hora del almuerzo.
—¡Pero esa es la hora en la que almuerzo! Si no, no se llamaría "hora del almuerzo".
—¡No! Se llamaría "hora de ser un buen padre". Earl, no puedo creer que tengamos esta conversación, cuando uno de tus hijos está en problemas deberías ser el primero en ir a socorrerlo.
—Mamá, en serio no es necesario que papá vaya a la escuela.
—¿Lo ves, Fran? El chico puede hacerse cargo de la situación, después de todo ya es un joven hecho y derecho que sabe lo que hace.
—Si.- apoyó Robbie, mientras su madre fulminaba a Earl con sus ojos penetrantes y amenazadores.
—Vas a ir a la escuela y hablarás con el profesor sobre esto. ¡Es tu obligación como padre! Tu hijo necesita ayuda ¿Vas a darle la espalda?
—Ah...- los labios gruesos de Earl se entreabrieron, y su papada tembló. -Bien. ¡Iré! Pero si eso empeora de algún modo toda esta situación la culpa será tuya, mujer.
Rob se hundió en la silla, sintiéndose peor que cuando había llegado.
Cuando Rob se levantó esa mañana se sintió inusualmente cansado. Ese abría sido uno de esos días perfectos para que un volcán hiciera erupción y la ciudad desapareciera bajo dos metros de lava, o que una estampida de cuadrúpedos locos destruyera la escuela.
Pero al asomarse por la ventana vio un cielo matutino naranja, limpio y despejado, y las calles quietas y aburridas del suburbio no anunciaban ninguna estampida salvaje.
—Buenos días.- gruñó desanimado, sentándose a la mesa y sirviéndose un vaso de jugo.
—Buenos días, hijo.- respondió Fran, que ya se encontraba atareada tras la barra de la cocina. -¿Estás listo?
—Si, más o menos.
—¿Qué pasa? Te ves decaído.
—Creo... creo que me estoy enfermando. Quizá debería quedarme en casa hoy y descansar.
—Robbie, no puedes eludir los problemas, fingiendo que estás enfermo.
—No intento eludir los problemas. Intento eludir que papá vaya a hacerlos más grandes.
—Sé que tu padre puede parecer torpe a veces, pero te aseguro que es muy bueno hablando con las personas. Quizá él logre hacer que tu maestro reconsidere lo de tu examen.
—Si, pero... Quiero poder hacerme cargo por mi mismo. Es decir, ya no soy un niño.
—Robbie, no tiene nada de malo dejar que tu familia te apoye cuando lo necesitas. Aún cuando creces y te haces adulto necesitas tener a alguien que te respalde.
El chico ladeó la cabeza.
—Es tu decisión, hijo.
—Bien.- el joven dinosaurio se levantó, preparado para irse.
—Robbie, el desayuno.
—No tengo hambre, comeré algo en la escuela.
Rob cruzó la sala, yendo hacia la puerta. Earl lo interceptó al pie de la escalera.
—Ah. Papá, sobre lo de hoy...
—Eh, si, escucha hijo. Sé que ya eres un adolescente, y que a los adolescentes les gusta resolver los problemas a su modo, y que lo que menos quieren es tener a los padres alrededor todo el tiempo, involucrándose, así que ese asunto de tu escuela, estaba pensando que ya que pareces estar renuente de que me presente ahí a hablar con tu maestro y como yo tengo sólo una hora para almorzar, quizá podríamos decirle a tu madre que hicimos lo que ella nos dijo que hiciéramos sin tener que hacerlo.
Robbie alzó las cejas, y se acomodó la mochila al hombro.
—¿Te refieres a qué me ocupe del asunto yo mismo y le diga a mamá que fuiste a hablar con el señor Pullman?
—Ehm...pues... si. Si te parece.
—Claro.- el chico se encogió de hombros y salió por la puerta.
—¡Hey, Rob! ¿Qué tal?
—Ah,hola, Dave.
El dinosaurio de gorra y chamarra deportiva apareció entre los árboles, y se unió a Robbie de camino a la escuela.
—¿Qué ocurre? -preguntó.
—Nada.- Robbie pateó una piedra, volviendo a sentirse enojado. Inhaló profundamente antes de hablar. -El señor Pullman cree que hice trampa en el examen, así que va a anular mi calificación.
—¡Vaya! ¡Que mala suerte!
—Si, lo sé. Traté de hablar con él, pero si no puedo probar que no hice trampa no va a creerme. Y todo por que le devolví los exámenes que había dejado olvidados y la hoja de respuestas se perdió.
—¿La hoja de respuestas? ¿Te refieres a la hoja que tiene Spike?
—Si, es... Un momento.- el chico se detuvo dando un saltito y miró a Dave como si acabara de encontrar la solución a sus problemas. Por un momento creyó que así era. -El que tomó las respuestas fue Spike. ¡Él fue el que hizo trampa! ¡Si se lo explico al maestro seguro entenderá!
—Emh, claro. Sólo hay un problema, si se lo dices al maestro, Spike te matará.
