Capítulo 4: Canarios y Dragones

Disclaimer: Obviamente no soy el dueño de los derechos de la franquicia Final Fantasy, así que todo esto no es más que un delirio sin fines de lucro con el único propósito de entretenerlos. ¡Ojalá que lo disfruten!


La interminable lluvia helada había transformado las ventanillas del sedán en una suerte de grisáceas lentes esmeriladas. A través de ellas las luces de la gran ciudad desfilaban, difusas, reflejándose en el rostro de Garnet, que miraba hacia afuera con profunda desazón.

Zidane tenía la vista extraviada, fija en un punto inexistente frente a él. Maldecía una y otra vez su suerte en silencio, sin dejar de pensar en qué habría pasado si Steiner no hubiese intervenido minutos atrás. Trató de convencerse en vano de que habría podido manejar la situación de algún modo, de que podría haber evitado que los lastimaran. Que la lastimaran. Giró la cabeza en dirección a su amiga, vio su silueta recortada contra la luz de la calle y se le hizo un nudo en la garganta. No hubiera podido perdonarse jamás que algo le hubiera pasado en ese bar de mala muerte.

- Señorita Garnet... - dijo Steiner de improviso, con una voz mucho más calma de lo que ambos jóvenes esperaban.

- ¿Sí, Adelbert? - preguntó ella, saliendo de su propio trance.

- Lamento la situación en la que se ha visto envuelta. He sido irresponsable en el cumplimiento de mi deber y casi nos ha costado caro a todos.

- Adelbert, yo... - esbozó Garnet, pero su tren de pensamiento se detuvo en seco cuando vio el rostro de su guardaespaldas en el espejo retrovisor - Un segundo... ¿Has estado llorando? ¿Qué ha pasado?

El intercambio atrajo inmediatamente la atención de Zidane, que se sorprendió al comprobar que la observación de Garnet era correcta.

- Prefiero no hablar de ello si no le molesta, señorita.

- Te ha pasado algo grave... ¡Por eso te has demorado hoy! - reflexionó Garnet en voz alta, conectando los hechos - ¡Adelbert, sabes que si tienes algún problema haré todo lo posible por ayudarte!

- Valoro mucho su gentileza, señorita, pero no debe preocuparse. Es algo que debo afrontar por mi cuenta.

Zidane no había visto jamás a Steiner manifestar algún otro aspecto de su personalidad que no fueran su insufrible desdén clasista o la inquebrantable devoción con la cual velaba por Garnet. Descubrir que tenía problemas personales que pudieran afectar su trabajo lo humanizaba de un modo inesperado.

- Oye, sabandija... - gruñó Steiner, arrojando el incipiente respeto que el muchacho le había tomado por la ventana - aquí vives, ¿No es así?

- Sí, Steiner, es aquí.

Garnet se inclinó ligeramente hacia atrás para poder ver la entrada del edificio de apartamentos en el cual vivía su amigo. Era una construcción gris de unos sesenta años de antigüedad con al menos una docena de pisos.

- Hogar, dulce hogar - dijo Zidane al notar la curiosidad de la muchachita.

- Me gustaría conocer tu casa algún día. - dijo ella, atrayendo la atención de Steiner, quien clavó un par de ojos furiosos y escandalizados en Zidane a través del retrovisor.

- Si no te molesta el desorden, estaré encantado de recibirte con un café. - contestó el joven con una mueca audaz, sabiendo que el guardaespaldas estaba al borde del infarto.

- Oye... lamento el problema en el que nos metí recién. Tuve mucho miedo de que ese... canalla te hiciera algo por mi culpa.

- Señorita, estoy seguro de que no ha sido su... - dijo Steiner, metiéndose a la fuerza en la conversación.

- No, Adelbert. - interrumpió Garnet - Me sentí tan humillada, tan impotente frente el atrevimiento de ese tipo que perdí el control como una tonta. Lo siento, Zidane.

- Pues yo creo que tienes un coraje asombroso. - respondió él, provocando que la joven levantara la mirada, confundida - Me pareció impresionante la valentía con la que enfrentaste a ese imbécil cuando me estaba amenazando y he estado pensando durante todo el viaje en cómo agradecerte por eso.

- ¡¿Que usted ha hecho qué, señorita..?! - estalló cómicamente el guardaespaldas, a punto de desmayarse.

- Era lo menos que podía hacer... - dijo ella, algo avergonzada.

- Fue fantástico. Gracias, Garnet. - contestó Zidane, sellando el momento con un guiño de ojo. La joven sonrió y asintió levemente con la cabeza.

- Señorita, es muy tarde. Su madre comenzará a hacer preguntas incómodas muy pronto. - dijo Steiner, devolviendo a los dos pasajeros a la realidad.

- Tienes razón, Adelbert. - coincidió Garnet - Buen fin de semana en ese caso, Zidane. Nos veremos el lunes en clase de teatro, ¿Verdad?

El joven tragó saliva, recordando la amenaza del gigante.

- ¡S-seguro! - tartamudeó - ¡Buen fin de semana para ti también, Garnet!

Habiendo dicho eso, el muchacho bajó del auto y se acercó a la ventanilla del acompañante del conductor. Dio tres golpecitos en el vidrio y Steiner lo bajó de mala gana.

- ¿Qué quieres ahora? - preguntó el guardaespaldas.

- Sólo quería agradecerte por habernos salvado esta noche.

- No te confundas, mocoso. Entré a buscar a la señorita, tú solamente has tenido suerte de estar con ella. Nada más.

- Eso no explica por qué me has traído hasta aquí. - se atrevió a replicar Zidane - Eres un buen hombre, Steiner. Gracias de nuevo y suerte con lo que sea que te esté preocupando. Avísame si puedo devolverte el favor de alguna forma.

Adelbert permaneció en silencio durante unos segundos con las manos en el volante.

- Eres un pequeño imbécil. Llevar a la señorita a ese... antro de perdición... - le respondió el guardaespaldas sin siquiera devolverle la mirada - pero aunque seas un insensato, he de admitir que no pareces un mal tipo. No hagas que cambie de opinión. Buenas noches.

Con esas palabras, Steiner subió nuevamente el vidrio de la ventanilla y arrancó el auto. Zidane saludó con la mano a Garnet y luego entró a su edificio con una gran sonrisa.


- ¡Kuja!

El joven de cabello platinado leía sentado a la mesa de la cocina.

- ¡Zidane! Ya estaba pensando en llamarte. ¿Está todo bien? - respondió, levantándose de la silla para recibir a su hermano.

- Mejor que nunca. Oye, tenías razón esta mañana.

- ¿Sobre qué?

- Sobre Garnet. La he subestimado groseramente. Gracias por abrirme los ojos al respecto.


Una familiar serie de golpes en la puerta despertaron a Zidane.

- ¡Oye, dormilón! - exclamó Kuja desde afuera de la habitación.

- Hmmm... ¿Qué quieres? - gruñó su hermano, tapándose la cabeza con la almohada.

- Iré a desayunar al café de Maurice. Sé que no te levantarás hasta pasado el mediodía, así que quiero que sepas que hay sobras de anoche para recalentar.

- Eres el mejor... gracias...

- Lo sé. Hasta luego, hermanito.

- Presumido... - murmuró Zidane y se entregó nuevamente al dulce abrazo del sueño.


Como todas las mañanas de fin de semana, Kuja realizaba su ritual preferido: caminaba hasta el café más agradable que el barrio tenía para ofrecer, buscaba su mesa favorita junto al ventanal y se abandonaba al placer del buen té acompañado de una deliciosa lectura.

El libro que había escogido esta vez era una famosa obra de teatro, escrita por el célebre Lord Avon en la flor de su carrera como dramaturgo: "Quiero ser tu canario". Ya la había leído antes, pero la amaba con pasión y estaba intentando integrar parte de su argumento en su campaña de rol.

- Señor, voy a tener que pedirle que haga un poco de silencio, está molestando a los demás clientes. - dijo una voz femenina.

Kuja sonrió y cerró el libro.

- Qué extraño es verte por aquí tan temprano. Pensaba que eras una criatura de la noche.

- Lo soy. Eso no me impide apreciar la calidez del sol de vez en cuando.

Mientras decía esas palabras, la joven se sentó en la silla frente a él. Unos ojos verdes asomaban entre una melena de cabello lacio, tan blanco como la cal. Lo poco de su piel que estaba a la vista era de una tonalidad similar y llevaba un saco de paño rojo que le llegaba hasta las rodillas.

- ¿Acaso no has leído cerca de diez veces esa obra? - preguntó ella con una sonrisa astuta.

- ¡Y cada vez me gusta más! El estilo de Lord Avon es... sublime. - respondió él, mientras colocaba el grueso volumen sobre la mesa.

- Admito que su pluma es cautivadora, pero en este momento de mi vida los romances trágicos no me atraen en absoluto.

- ¿Cómo has estado, Freya? Me has tenido preocupado últimamente... - dijo Kuja, intercambiando el tono juguetón por uno más serio.

- ¿Oh? Te lo agradezco de todo corazón, pero no es necesario. He estado procesando lo que ha pasado, tratando de aprender a dejar ir...

- Lamento mucho lo de Fratley. Merecías más que eso.

- El amor no se trata de merecer, Kuja. - respondió ella, clavando sus ojos en los del muchacho - El amor ocurre o no ocurre, y cuando deja de ocurrir es tan inútil atarse a su recuerdo como lo es perseguir una sombra. Mi desafío actual es aceptar eso y salir adelante.

- Has crecido mucho, querida amiga. Te has vuelto más fuerte. Me alegro por ti.

- Gracias por haber estado cuando lo necesitaba. - dijo ella con una sonrisa sincera - No habría sido lo mismo sin tu ayuda.

- Siempre es un placer. - respondió él, devolviéndole el gesto.

- ¿Cómo está el atolondrado de tu hermano? Hace bastante que no veo al pequeño granuja... - preguntó Freya, cambiando de tema para no ponerse sentimental en público.

- Sigue haciendo de las suyas. Anoche me dio un susto de muerte...

- ¿Qué ha pasado esta vez? ¿Está bien?

- Sí, está bien pero por poco no lo cuenta. Llevó a Garnet a un bar luego de una clase de teatro y al parecer un ebrio intentó hacerles daño. Se salvaron gracias a que Steiner llegó justo a tiempo, pero quién sabe qué podría haber pasado.

- Sí... el ambiente nocturno de esta ciudad es cada vez más peligroso y Zidane siempre fue de moverse por lugares poco seguros. Si quiere tener una cita con Garnet quizá lo más sabio sería que la invitara a un espacio más familiar para ella.

Kuja soltó una estruendosa carcajada de improviso.

- De hecho, está pensando en invitarla a jugar un juego de rol. - dijo, secándose una lágrima.

- ¿No es un poco... temprano para eso? - preguntó la muchacha, a medio camino entre la curiosidad y la incredulidad.

- ¡No, no! Me has malinterpretado. Hablo de un juego de rol de tablero. De los que se juegan con dados, papel y lápiz.

- ¡Oh! Yo solía jugar uno de esos hace tiempo. Se llamaba "Dragones de Burmecia". Era muy divertido aunque los combates eran aburridísimos.

- ¿De veras has jugado en el pasado? ¡No puedo creer que nunca me lo hayas dicho! - exclamó Kuja, recordando lo que Zidane le había dicho el día anterior sobre su vieja amiga.

- Yo misma estoy sorprendida de no haberlo hecho. Extraño mucho esa época.

- ¿Y te gustaría volver a jugar? - preguntó el joven impulsivamente, despertando el interés de su amiga.

- ¡No me digas que tú también juegas, Kuja! - dijo Freya, cruzándose de brazos e inclinando la cabeza levemente hacia un costado.

- De hecho, soy yo quien dirige la campaña en la que Zidane está participando.

- Vaya, vaya... ¡Eso sí que es una gran sorpresa! - exclamó Freya con una gran sonrisa dientuda - ¡Por supuesto que jugaré, señor amo del calabozo! Tan sólo espera a que pasen estas dos semanas de exámenes que tengo por delante y la lanza de mi guerrera dragontina estará a vuestra disposición.

- ¿L-lo dices en serio? - preguntó Kuja, sin dar crédito a sus oídos.

- ¡Pues claro! Tan sólo espero que vuestros desafíos estén a la altura de mis habilidades. - contestó Freya con un cómico acento caballeresco.

- ¡No temáis, gentil dama! ¡Descubriréis que mis pruebas son más que dignas de vuestra destreza!

Ambos rieron y pasaron el resto de la mañana explorando su pasión compartida por las hazañas heroicas, las gestas fantásticas y los poderosos, bellos y mortíferos dragones.


¿Se dará cuenta Kuja de que está invitando a demasiada gente al mismo tiempo? ¡No se pierdan el próximo capítulo de "Final Fantasy, Novena Edición"!