Fría era la noche. Y mientras cerraba las manos sobre los manubrios de la motocicleta, aceleraba en la carretera y los baches rellenos de agua de lluvia salpicaban en el asfalto ya mojado; el agua seguía cayendo del cielo y la chaqueta que tría le servía como impermeable. Aspira el olor a tierra mojada al mismo tiempo que su nuca picaba como advertencia de que otro ángel caído estaba cerca.

A las afueras del distrito, donde la hierba crecía libre y salvaje, se reuniría con uno de los suyos, pero no con uno cualquiera.

Cuando llega al punto de reunión, una figura ya lo espera. Una mujer de largas y morenas piernas cubiertas por unas botas de tacón que le llegaban unos centímetros arriba de la rodilla, junto a un vestido entallado de escote y el cabello recogido en una coleta.

La mujer se acerca a él cuando lo ve llegar. Peeta aparca la motocicleta y se baja de ella con poco entusiasmo.

—Tiempo sin verte— dice la mujer, con una sonrisa de gato bailando sus caderas al caminar.

—Y pensé que pasaría más tiempo.

—Aw, ¿acaso no me extrañaste?

—Al contrario, Enobaria.

La chica se muestra ofendida e incluso finge tristeza, pero no dura mucho antes de soltar una carcajada.

—Pues yo sí te extrañe—Se acerca a él cuidando sus pasos—. Yo no pensaba volver a pisar este mugre lugar, pero ya ves, estoy aquí por ti. Mi cama está tan fría ahora que no estás tú.

Peeta y Enobaria fueron compañeros de cama no hace mucho tiempo, una relación sencilla de amigos con beneficio, sin embargo, la chica se lo estaba tomando muy enserio y Peeta suele enfadarse con mucho de lo mismo, por lo que no lo pensó dos veces cuando se le dio la oportunidad de venir al 12. Pero no sabía que se daría con pared al ver por primera vez a Katniss.

Enobaria no perdía el tiempo, así que en lo que Peeta se distrajo pensando en los tiempos de lujuria con esta mujer, ella ya estaba con los brazos enredados sobre su cuello, pero no la aparto, sino que le siguió el juego. Si trataba bien a esta mujer, se iría rápido y sin problemas, sino, se quedaría para atosigarlo el tiempo que a ella le guste. Así que le beso el cuello, tan suave y con pequeños mordiscos que Enobaria estaba alucinando.

—Yo sé que no solo vienes por mí, tú no das paso sin ver oportunidad. —susurra Peeta en su oído. Ella tembló de cosquillas. —. ¿Cuál es esa otra razón Enobaria?

—Tan bien me conoces.

Entonces ella lo suelta y coloca sus manos en sus caderas.

—Escuche por ahí, que interrumpiste la primera prueba de la humana.

—No es una humana.

Enobaria hace un ademan para quitarle importancia.

—Haymitch me ha mandado a preguntarte: ¿por qué?

—Y tu muy obediente aceptaste.

— ¡Claro! —dice emocionada—. Tengo curiosidad, porque una persona como tú, que suele seguir las reglas y sabiendo que la primera prueba en los nephilims es muy importante para que salgan sus dones, interrumpiste la prueba.

—Estoy comenzando a cuestionar si esas pruebas son aptas para ello.

—Kathia, no había presentado ninguna señal de tener dones. Era necesario, los nephilims por lo general lo descubren a los dieciséis, ella tiene dieciocho.

—Es Katniss.

Enobaria presto atención en la forma en que había dicho el nombre de la nephilim. Enobaria estaba comenzando a irritarlo. Que ella estuviera aquí era un problema, porque era difícil de controlarla.

—Es tiempo de que sepa lo que es. —escupe las palabras con cólera y celos.

— Torturándola con algo de lo que no está enterada no es la manera.

—No es torturarla, todos los nephilim pasan por ello, cabeza dura. —Enobaria suspira recargando su espalda en un árbol y mirando el cielo nublado. El agua había dejado de caer por un momento—. Haymitch está enojado contigo.

—Pues bien.

— ¿Bien? —Se sorprende al ver la indiferencia de Peeta.

— ¡Bien! —grito por si no le había quedado claro. Era de las personas que necesitaba escuchar tres veces las cosas para que le quedara claro.

Ahora lo miraba con los ojos dolidos, o eso le pareció a Peeta porque la emoción desapareció al mismo tiempo que había surgido.

— ¡Ah! Ya entiendo. Katniss te gusta—Peeta no contesto—. ¿Te gusta? —Siguió sin responder y solo la miraba. — ¡Te gusta! —Nada dijo, lo que le dio la respuesta a Enobaria y en ese momento perdió los estribos. —. Yo, que llevo años intentando gustarte y ella con solo días. ¡Yo caí por ti, Peeta!

Peeta guardo silencio mirándola con atención y después hablo.

— Nadie te pidió que abandonaras la gloria de Dios por seguirme. — decía frío, mientras caminaba a su motocicleta sin ninguna expresión.

— ¡Caí porque te amo!

—Eras una de las consentidas del señor, eres una estúpida por abandonarlo por alguien que jamás te querrá.

Por fin las había dicho, Durante años había querido gritarle a Enobaria sobre su decisión de seguirlo hasta el infierno. Jamás le dio motivos, ni ninguna posibilidad de que pudieran estar alguna vez juntos.

Se subió a su motocicleta y con un rugido la prendió, listo para marcharse.

— Has bien tu trabajo o tendré que ser yo la que haga bien la segunda prueba.

A Peeta no le pareció.

—No te acerques a ella, Enobaria. Yo mismo te matare si le ocurre algo y supongo que será una traición más dolorosa ser asesinado por la persona que amas. Me conocerás de verdad Enobaria, no me retes…

Finnick aparca frente a la entrada del instituto y yo tomo mi mochila mientras suspiro.

—Gracias por traerme. —digo sonriendo.

—No hay de qué.

Veo a Finnick bajar del coche y abrirme la puerta.

Todavía me duele el talón, así que traigo unos zapatos cómodos que están descubiertos del talón para que no le moleste a la venda, aunque extraño mis botas.

—No vayas a andar corriendo, Katniss. Fuera entrenamientos por un tiempo—me da instrucciones para mi herida.

—Aunque quisiera, no me lo permite el dolor.

Finnick es un gran amigo de la familia, además de un gran doctor. Lo conocimos en la clínica del Distrito, cuando Prim había pasado de una simple gripa a un caso severo de influenza, absolutamente nada podía consolarme en el hospital, ni Madge que me acompaño todo el tiempo, pero no fue hasta que Finnick hablo conmigo y me dijo que todo estaría bien porque Prim estaba en sus manos que sentí esperanza. Es un gran doctor y una gran persona, es unos años mayor que yo y está comprometido con una adorable chica llamada Annie Cresta.

Sin embargo no todo es color de rosa, pues Annie a menudo tiene que internarse en el hospital psiquiátrico donde Finnick tiene su turno como doctor. Esa pobre chica ha sufrido bastante, desde perder a su familia, hasta ser maltratada gravemente, pero a pesar de tener rollos mentales, Finnick la ama demasiado. Se enamoró de ella cuando comenzaba a hacer sus prácticas en el hospital por las noches, me contaba que la veía pasear por los pasillos hasta llegar a la pequeña capilla, Annie siempre ha sido creyente, pero no muy devota.

— ¿Te ayudo o puedes llegar tu sola al salón?

Algo cambia en la expresión de Finnick, y frunce el entrecejo, eso significa que algo ha pasado con Annie.

—Anda, sé que ella te necesita más que yo.

—Gracias, hasta luego Kat—Se despide de mi con un beso.

Faltan cinco minutos para que comenzara la siguiente clase, así que los pasillos ya se estaban vaciando, sin embargo tengo que llegar primero a mi casillero para tomar algunos libros.

Cuando llego al salón, el profesor estaba por cerrar la puerta y comenzar nuevo tema. Me siento en mi lugar a comenzar a anotar lo que hay en la pizarra y al momento de terminar me doy cuenta que ni Gale ni Madge están en el salón y por alguna razón tampoco Peeta, ¿se pusieron de acuerdo para faltar?

Reviso mi celular para ver si tengo un mensaje de Madge, pero no hay nada. Suspiro pensando en lo largo que será el día sin ella o incluso Gale.

Sin embargo, hay trabajo que hacer, así que me apresuro a terminar y como soy muy rápida, el profesor me permite irme diez minutos antes, claro que, no sin antes preguntarme por Gale y Madge.

— ¿Está todo bien con tus compañeros? —pregunta acomodando sus gafas de pasta.

—Ni yo lo se profesor, Madge tampoco me aviso.

—Hmm, de seguro están bien, las malas noticias llegan rápido—comenta—. Pero dígale a Madge que presente su justificante, por favor.

—Yo le diré.

Mí mañana continúo igual, el almuerzo también, aunque no comí sola ya que Darius insistió en comer conmigo, después de pedirme que hiciera sus problemas, que con mucho gusto acepte porque necesitaba dinero y no me gusta pedirle a papá.

A la hora de la salida me aseguro que Prim suba el autobús escolar a casa. Me había pedido permiso de salir con Taylor, pero con su mal comportamiento pasado, era obvio que no lo tendría, así que Prim ahorita está esperándome con su mochila al hombro y un notable puchero en su rostro.

—Todavía puedes reconsiderar el permiso, Kat. —dice queriéndome convencerme con ojitos tiernos y desapareciendo el puchero.

—Directo a casa Prim—Volvió a fruncir los labios, lo que le da un toque infantil que me hace querer abrazarla mientras acomodo su blusa de nuevo en la falda.

Se deshace de mi abrazo enojada y sube al bus sin despedirse, aunque la veré de nuevo en casa no me gusta estar en malas condiciones con ella, nunca se sabe que puede pasar o si volveremos a ver a esa persona. Aunque no me gusta pensar cosas malas, es inevitable.

Cuando el autobús toma marcha, un Wrangler color plata aparca justo frente a mí, es bastante mono. Y además, Mellark bajaba de él, pero no venía solo, un hermoso perro de pelaje grisáceo de raza pitbull se encontraba con la lengua de fuera en la parte de atrás del Jeep.

— ¿Quieres que te lleve? —pregunta Peeta. —. No llegaras lejos con ese talón.

—Pues, se supone que Madge me lleva a casa, pero ya que no vino. —digo aceptando.

—Deja abrirte la puerta. —dice mientras se baja.

Quiero decirle que no es necesario, que yo puedo abrir sola la puerta, pero me quedo callada y lo dejo. Me subo, el cierra la puerta y cuando esta por dirigirse a si puerta el prefecto lo intercepta mientras hablar con él, yo solo observo como Peeta habla y en un minuto lo deja ir.

— ¿Te entrego tu castigo? —le pregunto cuando echa a andar el coche.

—No.

—Entiendo. Así que lograste convencerlo.

Peeta parece sonreír.

—Te sorprendería lo increíblemente bueno que soy convenciendo a las personas para hacer lo que yo quiero—dice con un poco de arrogancia mientras toma el camino que no va a mi casa—. Espero que no te moleste, quería pasar tiempo contigo.

—Ah.

Vaya, suspiro buscando alrededor algo con lo que cambiar el tema, y lo encuentro, el perrito parece estar muy cómodo en el asiento de atrás.

—Veo que no vienes solo.

—Su nombre es Diesel.

Me volteo en el asiento para acariciar a Diesel, aunque se rehusó a quererme al principio, termino por aceptarme y repartir besitos por mi mano.

— Era el destino que estuviéramos juntos— continúa con la vista en la carretera—. Lo adopte un día antes de que lo sacrificaran, si eso no es el destino entonces no sé qué es.

— Es el destino— concuerdo.

Diesel vuelve a descansar sobre el asiento y cierra los ojos, yo me acomodo de nuevo en el asiento.

— Así que, ¿te gustaría ir a comer?— pregunta Peeta, mientras me mira de reojo.

Pues de tomadas formas no tengo alternativa.

— ¿Tienes algo en mente? Con el pie lastimado no puedo ir a ninguna parte.

— Hieres mis sentimientos— bromea con una mueca en su rostro para agregar drama. — . Sí, tengo algo en mente. Iremos al China Wok.

— ¿El lugar donde trabajas? —Pregunto riendo—, excelente. —digo con sarcasmo.

— Me dan descuento solo por ser empleado.

— Tienes que estar bromeando conmigo—río mientras lo observo.

Y por primera vez me daba cuenta de lo larga que son sus pestañas, además de doradas, casi como hilos de oro, su mandíbula cuadrada forma una expresión dura, que choca con sus ojos dulces.

— He escuchado que necesitas un trabajo extra, están recibiendo personal en el restaurante.

Otra cosa extraña de Mellark es que conocía decisiones mías que no había comentado con nadie, ni siquiera me lo había planteado bien la idea del trabajo, era algo sin chiste esa información, pero ¿acaso leía mi mente? Eso era imposible para humanos, ¿acaso él era algo distinto a un humano? Un ángel caído, aunque no había visto que los ángeles tuvieran cualidades como leer la mente. Bah, es imposible, leer tanta literatura juvenil y estar cerca de Peeta no solo me volvía paranoica, sino loca. Además, fragmentos de la noche de la tormenta no dejaban de divagar por mi mente, porque sabía que había una pieza que no concordaba y esa era el chico que estaba al lado mío. Debería persuadirlo, no podría ir a ninguna parte en un coche.

— Así que, me llevaras a comer con descuento y a conseguir trabajo, que considerado Mellark— exclamo con humor—. Pero en realidad jamás comente que necesitaba un trabajo, es curioso que lo sepas, ya que ni a Madge le dije.

Se removió incomodo en el asiento y apretó más el volante—Solo era broma lo del descuento, pero si comeremos ahí—Se ríe mientras evade e tema.

Era evidente que sabía que estaba sospechando de algo — Me tiene algo preocupada que estés alrededor mío— dije, con toda sinceridad.

— ¿Por qué lo dices?

¡Al diablo con persuadir! Diré las cosas claras — Sé que ocurrió algo el día de la tormenta, ¿vale? no es remotamente posible que mi imaginación haya inventado todo eso, no estoy loca.

¿O sí lo estoy?

—Siempre estás muy estresada, a veces eso puede generar alucinaciones— Estaba tratando de convencerme. — . La escuela es causa de muchas preocupaciones.

No, el estrés no me causaba alucinaciones.

—Créeme que ecuaciones matemáticas y resúmenes no causan estrés.

— ¿Ni siquiera los exámenes?

—No, ni siquiera los exámenes.

Tuerzo un poco los labios en un acto de concentración.

— ¿Qué hay sobre Prim?

— ¿Qué tiene que ver mi hermana?— pregunte alerta, esa no me la esperaba.

— Sé que has tenido problemas con ella.

Me cruzo de brazos buscando una posición cómoda y cuidando de no lastimarme el pie. ¿Debería habla de los problemas de adolescentes rebeldes con Peeta?— Es Taylor quien me tiene preocupada, no Prim. —termino por decir.

Bueno, estamos en un coche, no es como que simplemente me lo pueda reservar, ósea sí, pero no quiero ser grosera.

— ¿Taylor Clair? —dice, apretando los dientes.

— Sí ¿lo conoces?— pregunte con cautela.

Peeta no dejaba de sorprenderme con lo bien relacionado que estaba sobre las personas que conocía.

— Digamos que no somos los mejores amigos. — Susurra— ¡Ah, mira! Llegamos al restaurante— dijo mientras lo señalaba—. Comeremos antes de tener esa entrevista con mi jefe. —informa mientras aparca el coche en la parte de atrás del restaurante.

— ¿Y cómo supones que me contrate con un pie lastimado, Peeta?

— Te dije que te sorprendería mi poder de convencimiento.

Peeta deja que Diesel baje de un salto y se dirige a una puerta trasera del patio trasero del restaurante. El perro entra entusiasmado cuando Peeta le abre y se despide con un brinco y una lamida de su amo.

—El señor Wang me hace el favor de dejarlo quedar a Diesel aquí por las noches, en el departamento no puedo tenerlo—explica Peeta, mientras juguetea con las llaves en su mano. —. ¿Vamos?

Asiento con una pequeña sonrisa y caminamos a la entrada de China – Wok, Peeta me deja entrar primero y de inmediato me invaden los diferentes olores de la comida y los murmullos de las charlas de las personas mientras disfrutan de su orden.

Él camina hasta el mostrador, donde una mujer de cabello negro con un llamativo mechón rojo en el flequillo, está tomando una orden por el teléfono. Saluda a Peeta distraídamente y cuando termina deja salir un gran bufido junto con algo que parece ser un quejido. Peeta se ríe de ella.

— ¿Día duro? —pregunta Peeta, divertido.

—Ni te imaginas, Mellark—dice ella, sin notar mi presencia—. Julián no vino y ni siquiera aviso el bastardo, de todas formas, lo estamos controlando… creo.

— ¿Crees?

—Sí—contesta la chica que aún no se su nombre. — ¿Qué haces aquí en tu día libre?

—Traje a una amiga a comer—dice Peeta y ella nota mi presencia por primera vez. ¿Amiga? ¿Desde cuándo somos amigos? —Katniss, te presento a Johanna, Johanna te presento a Katniss.

—Hola—saludo.

—Hey— responde con sequedad y se vuelve a dirigir a Peeta—. De todos los restaurantes del Distrito, decidiste venir al lugar donde trabajas.

Vaya, lo mismo le había dicho yo a Peeta.

Peeta ríe y niega con la cabeza —Dame una mesa, anda.

—Está bien—dice y se voltea hacia donde están los meseros — ¡Esteban! Dale la mesa trece a Mellark—grita a uno los chicos quien no parece tener más de dieciocho años.

—Gracias, Johanna—dice Peeta, guiñándole un ojo.

—No te pases o te doy la mesa junto a los baños.

Iugh.

Peeta camina a la mesa que nos dio, la cual parece una de las mejores, porque tiene mucha privacidad, se siente como una parte diferente del restaurante.

Me gusta la decoración del lugar, las paredes son rojo intenso y de las paredes cuelgan distintos grandes cuadros, además de letras chinas que cuelgan sobre pergaminos de tela, una suave música suena sobre los altavoces del restaurante y el piso de madera le da un pequeño toque rustico, pero es lindo.

Peeta me sostiene la silla y me la acerca cuando me siento, como un caballero, es un toque lindo, después Esteban, el mesero nos entrega la carta.

— ¿Quieres algo en especial? —me pregunta Peeta.

—Todo me parece bueno de aquí, lo que pidas está bien. —respondo.

Así que Peeta pide la comida al mesero y este toma la orden y luego se retira.

Él y yo nos quedamos solos, en silencio, yo miraba los cubiertos sobre la mesa, nerviosa, sin saber que decir o que preguntar, ¿en qué estaba pensando cuando acepte venir?

Sé que Peeta me está observando, puedo sentir el peso de su mirada sobre mí y eso me abruma aún más. Deja de mirarme.

— ¿Qué? ¿Tengo algo en la cara? —suelto.

Él se carcajea, ¿qué tiene con las risas hoy? ¿Acaso tengo cara de payaso?

—Solamente te analizó—contesta.

Lo veo tomar una de las servilletas que están sobre la mesa y doblarla con sus largos dedos con paciencia.

—Ah, ¿sí?

—Sí. No estés nerviosa, si te invite a salir es porque estoy interesado en ti—dice, dejando la servilleta en paz.

Claro, como si diciéndome que no esté nerviosa se me fuera a quitar. Además, ¿debería creerle?

—Deberías creerme—habla de nuevo, como si leyera mis pensamientos. ¿Qué? —, ¿qué tal si comenzamos a conocernos? Podríamos hacernos preguntas.

— ¿Cómo cuáles?

—Hmmm, ¿cuál es tu color favorito?

—Eso es pasarse de la raya amigo.

Peeta vuelve a reír.

—Ya enserio, Katniss—dice mientras se divierte.

—El verde—contesto—, ¿y el tuyo?

—El naranja.

Arrugo la nariz un poco. Naranja no me parece un color agradable, menos para ser uno de los favoritos.

— ¿Cómo el cabello de esa mujer? —pregunto, señalando a una mesa que esta tan solo dos metros lejos de nosotros.

Hay dos mujeres que conversan, una trae el cabello de un verde brillante y peinado en rizos y la otra simplemente no sé qué tipo de peinado pueda ser, pero el naranja que tiene en su cabello es demasiado llamativo.

—No, así no—dice Peeta, observando a la mujer —. Es más como… como un color más apagado, como el naranja de una puesta de sol.

La puesta de sol. Me lo puedo imaginar, unos rayos de luz naranjas emanando de los rayos dorados.

—Pareciera que no eres tú el que está hablando—digo, mientras el mesero nos sirve nuestra bebida.

—No me conoces, Katniss—contesta, dando un pequeño sorbo al vaso con té—. No puedes juzgar a alguien por su forma de vestir, pensar o incluso comportarse, porque nunca sabes si te están mostrando su verdadero yo. Por eso es necesario conocer a las personas de verdad.

Tiene razón, la mayoría de las veces nos dejamos influenciar por los prejuicios, aunque no queramos inconscientemente creamos etiquetas por los demás, muchas las hemos aprendido de la misma sociedad donde marcamos a alguien con tatuajes como una persona mala, o alguien que viste de negro como una persona solitaria y que le gusta el rock. En esa parte no hemos evolucionado mucho, podremos tener grandes avances en la ciencia, pero nada cambiara si las personas no comenzamos a aceptarnos como somos.

Unos minutos después, el camarero que nos atendió nos trae nuestra comida, todo se ve delicioso, así que nos empezamos a servir, pero antes de que podamos dar el primer bocado, se escucha un escándalo de la cocina y de pronto sale un señor que bien puede tener unos cincuenta y pocos, con rasgos asiáticos gritando y dirigiéndose a donde estamos nosotros.

— ¡Peeta! —grita el señor, parece agotado.

Miro a Peeta, como esperando una explicación —Es el señor Wong—dice—. Mi jefe.

El Señor Wong se nos acerca y toma aire mientras reposa sus manos sobre sus rodillas.

—Pee-ta— dice jadeando.

—Señor Wong ¿está bien?

El señor levanta la mano con un dedo, en señal de que lo esperemos un minuto o hasta que recupere la respiración. El restaurante parece divertirse con la situación.

—Peeta, muchacho, no sabes lo bien que me hace verte este día—dice, incorporándose y comienza a ponerse nervioso y hablar rápido—. Yo sé que es tu día libre, y que lo estas disfrutando, pero me falta personal y de verdad necesito de tu ayuda. ¡Te pago al doble!

Peeta ríe, porque de verdad el señor Wong se ve gracioso.

—Está bien, no hay problema.

— ¡Grandioso! —celebra, y después de dirige a mí —. Seguro que no hay problema que te quite al muchacho un rato, ¿verdad preciosa? —Me sonríe enseñando su dentadura.

—Está bien, ¿verdad? —me pregunta Peeta.

Me sonrojo un poco. Los dos me están observando —Adelante, no hay problema—contesto.

Peeta se levanta de la mesa mientras su jefe vuelve a la cocina.

—No me esperes para comer, Katniss—me dice antes de irse.

Se dirige por el mismo camino en el que se fue el señor Wong y minutos después aparece vestido como camarero: pantalones negro perfectos sin arrugas, camisa blanca, zapatos negros y con el cabello peinado. Casi podría jurar que todas las personas dentro del restaurante se detuvieron para observarlo unos segundos. Peeta es uno de esos hombres del cual todo se le ve bien.

Lo observo recorrer las mesas con agilidad de los comensales y pedir sus órdenes con una sonrisa, mientras pienso que aquí es donde práctica sus sonrisas, de vez en cuando me lanza una mirada para ver como estoy y lo saludo, el me responde inclinando la cabeza.

Me sorprendo con la rapidez que tiene para llevar la comida. En menos de dos horas el restaurante se vacía y queda tranquilo, por lo que Peeta ya puede retirarse, así que se devuelve a la cocina y regresa en un momento con su ropa de siempre, pero el cabello se lo dejo peinado.

— ¿Quieres que calienten eso? —me pregunta.

Veo la comida, que apenas y podría decirse que he comida la mitad del arroz que me serví.

—Está bien.

Peeta se sienta y le pide al camarero que nos estaba atendiendo que se lleven a calentar la comida.

—Te dije que podrías comer sin mí, que no habría problema.

—No me pareció correcto—digo.

Comenzamos a comer cuando nos traen de vuelta los platos y entre bocado y bocado hablamos. Le digo lo bien que hace su trabajo y él me cuenta que lleva tan solo unos meses trabajando en el lugar.

—Me gusta este empleo, es divertido—dice, terminando su último bocado de arroz—, y además el señor Wong para bien.

—Jamás te imagine trabajando en un restaurante, sino en un taller de motocicletas o algo así.

—Los prejuicios—señala.

—Sí, difíciles de quitar.

Cuando terminamos nos estamos riendo por algo que Peeta había dicho a uno de sus compañeros de trabajo, ya se había ido el último cliente. Estábamos en la cocina y mientras lavaban los tratos sucios preparados para cerrar e irse a casa a descansar, hablaban sobre las experiencias que había tenido trabajando en el restaurante. La mayoría de los empleados no parecían mayores de veinticinco años.

Pasamos por la oficina del Señor Wong para ver lo de mi empleo.

— ¡Peeta! Aquí está tu paga doble—dice, sosteniendo un sobre en las manos con entusiasmo.

—No es necesario, Señor Wong. —dice Peeta, negando el sobre.

—Claro que sí, muchacho. Me has ayudado mucho desde que llegaste—Nos indica que nos sentemos frente a la mesa del escritorio de madera y me mira a mí—. Este muchacho, desde que llego, no ha hecho más que ayudarme. Antes de que el llegara, el restaurante estaba por cerrar.

— ¿De verdad? —digo, viendo a Peeta, con una sonrisa suspicaz.

—Es oro puro este muchacho.

—Bueno—dice Peeta, desviando la conversación del tema. —. Señor Wong, en realidad, venía a pedirle trabajo para Katniss.

—Sí, de verdad que soy dedicada con mi trabajo y aprendo…

—Está bien—me interrumpe.

¿Qué? Pero ni siquiera me ha terminado de escuchar. El Señor Wong se comienza a reír y yo no estoy entendiendo.

—Estas contratada. —afirma —. No necesito todo un currículo para contratarte, la mayoría de las personas que ves aquí fueron personas recomendadas por Peeta y todas trabajan excelente.

Pues bien, ahora que había conseguido el trabajo era un gran alivio porque el restaurante está a sólo quince minutos de casa, me ahorraría un pasaje del bus. Había estado observando a los trabajadores y estos reciben buena propina de parte de los clientes, tenía fe en esto.

Fuimos los últimos en salir junto con el Señor Wong, Peeta me abrió la puerta del coche.

—Espero que hayas disfrutado la tarde—Observó el reloj en la carátula del radio: 7:00 p.m.

—Gracias por el empleo.

—De nada— dice, tratando de quitarle importancia a lo que había hecho por mí con un gesto de la mano.

—Tienes un gran poder de convencimiento—digo, sonriendo.

— Te lo dije. —Sonríe y sus ojos se iluminan.

Yo también sonrío y dejo descansar mi cabeza sobre el asiento, cierro los ojos un momento y cuando los abro de nuevo lo primero que veo es la mano de Peeta que esta sobre el volante. Entre su piel clara, destacaba un anillo de oro que estaba en su dedo anular con una grabación en cursiva «Cecidit», no había notado que lo traía hasta ahora.

— ¿Qué significa «Cecidit»?—pregunte, a lo mejor es algo de familia.

Creo que lo sentí dejar de respirar por unos momentos y sus ojos se tornaron negros como la noche.

—No tienes que decírmelo si no quieres.

Sacudió su cabeza y siguió con la vista en la carretera, abrió la boca supongo que para hablar pero en ese momento la bolsa de mi pantalón comenzó a vibrar. Saco el celular que usaba para emergencias, solo para no estar sin comunicación.

En la pantalla se podía leer el nombre de Primrose. Contesto enseguida.

—Prim—digo, mi corazón se acelera, con una alarma en mi interior, pues en la otra línea se escuchaban risas, música y murmullos.

—Katniss—dice, con voz dura, enojada—. Katniss, tenías razón.

—Primrose, ¿dónde estás?

Volteo a ver a Peeta preocupada y él me devuelve la mirada. «Algo anda mal», le formulo a Peeta con los labios, sin emitir sonido.

— ¿Puedes venir por mí? —pregunta, con la voz sensible.

— ¿Por qué no estás en casa, Prim? —pregunto molesta, sin responderle.

—Katniss—Suspirando cansada—, tenías razón ¿vale?

— ¿Paso algo?

Estaba comenzando a ponerme tensa.

—No, nada—contesta—. Simplemente se puso pesado y trato de obligarme a tener algo y se enojó. Se le pasaron las copas.

—Iré por ti, solo dime dónde estás y no te muevas—digo.

La coloco en altavoz y me dice la dirección lo más entendible que puede, por suerte Peeta conocía muy bien el Distrito, en cuanto cuelgo Peeta pisa el acelerador, íbamos a una velocidad bastante rápida pero eso no era lo que me preocupaba.

—Taylor no le hizo nada—dice Peeta.

—Sí, pero me molesta la situación.

Estoy mordiendo las uñas de los nervios, traigo la bilis en la garganta de solo pensar que debí irme con Prim en el autobús para cuidarla.

Reviso el reloj para darme cuenta que había pasado solo diez minutos desde que salimos del restaurante y aunque a mí me pareció un tiempo eterno, Peeta solo tarda dos minutos en dar con la casa. No espero a que estacione siquiera el Jeep, salgo disparada sobre la multitud, escucho el pasto crujir y las latas de cerveza doblarse bajo mis botas.

Estoy más enojada que nunca con Prim y además, no la encontraba donde le había especificado, en la puerta de enfrente, me adentro a la casa buscándola por las habitaciones y también en el patio trasero, pero no está y ya empezaba a desesperarme.

— ¡Prim!—grito con todo el volumen que puedo — ¡Primrose!

Camino de nuevo en las habitaciones de arriba y salgo a la terraza donde vería mejor. Prim estaba junto a Taylor a lo lejos en el patio trasero, estaban discutiendo. Bajo a toda velocidad por las escaleras atropellando personas.

—No me interesa, Taylor—dice Prim.

Cuando me ve llegar, termina lo que sea que hayan estado discutiendo y va hacia mí, con los brazos cruzados. No parece Primrose, con su cabello rubio suelto, una chaqueta de cuero negro y los labios pintados de rojos.

Pasa por delante de mí, sin decir nada, así que la sigo hasta que nos encontramos con el carro de Peeta, quien nos está esperando con los brazos cruzados y recargado sobre el Jeep.

Al principio Prim se para y me observa a mí y a Peeta por unos segundos, abre la boca para decir algo, pero la vuelve a cerrar y sube a la parte de atrás cuando Peeta le abre la puerta.

—Y bien, ¿no piensas hablar? —Le pregunto a Prim.

— ¿Qué quieres que te diga?

Parece molesta, pero no devastada, como lo haría una chiquilla al terminar una relación

—Pues, el por qué decidiste que el desobedecerme era buena idea.

—Oye, fue mala idea ¿de acuerdo? —dice, recogiendo su cabello en una coleta, con una liga que guardaba en su muñeca como pulsera. —. Lo siento, Katniss.

Al menos se estaba disculpando, y eso había hecho que mi enojo disminuyera y pasará de verla como una adolescente que está comenzando su etapa.

—Ay, Patito ¿qué voy hacer contigo?

Le doy un abrazo y ella me lo devuelve, en eso Peeta se incorpora, pero en vez de dirigirse al asiento del conductor, se dirige a la fiesta.

— ¿A dónde vas? —le pregunto, mientras camina. — ¡No es momento de conseguirse un trago!

—Arreglare un asunto con Taylor—grita.

— ¿Con Taylor? ¿Qué tiene que arreglar con Taylor? —pregunta Prim alerta.

Peeta se voltea y me lanza las llaves del Jeep, las atrapo con las dos manos y lo miro sin entender.

—Llévatelo, lo recojo mañana. —grita y termina por desaparecer entre la multitud.

— ¿Qué me lo lleve? —pregunto, mirando a Prim sin entender.

¿Qué tipo de confianza habíamos creado hoy para aceptar que me lleve el Wrangler a casa? Un día no es suficiente para soltarle el coche a alguien. Prim se cambia al asiento del copiloto sin pensárselo dos veces. Y no me queda de otra más que tomar el volante.

Manejo a una velocidad moderada, aunque Prim cree que manejo como una anciana, pero simplemente estaba siendo precavida. No era mi coche y no tenía tanto dinero como para pagar la reparación si algo pasaba. Cuando llegamos a casa, ya pasaban de las ocho de la noche.

— ¿Cómo te sientes? —pregunta Prim cuando vamos entrando a nuestra casa.

Como si hubiera envejecido diez años, más que cansada por la situación. Debía ser hermana y casi una madre y hasta a veces un padre al mismo tiempo, en estos momentos me doy más cuenta de lo importante es que no me aleje de Prim emocionalmente, porque debía cuidar y orientarla, porque por más que ya era un adolescente, seguía siendo la dulce niña que trataba de aparentar con ropa oscura y maquillaje.

—Creo que bien—le respondo.

Prim y yo nos dejamos caer en la cama en cuanto llegamos, me puse a observar las paredes de color azul cielo y como un leve inicio de humedad se estaba formando en las esquinas del cuarto, además de los posters del lado de Prim de sus artistas favoritos. Observo las sábanas limpias con un estampado floreado.

—Aunque Taylor no se acercara a ti ni en un millón de años—digo, tratando de ser un tanto graciosa.

Prim río en un tono un tanto sarcástico —No lo quiero cerca después de lo de hoy—concuerda conmigo.

Me acomodo bajo las sábanas después de quitarme las botas, me quito el pantalón y la blusa, y decido dormir en ropa interior. Prim si se levanta para cambiarse, así que tarda unos minutos para apagar la luz, y cuando lo hace hago el último comentario de la noche:

—Me parece perfecto Prim, muy perfecto.