Historia Original de Kristine Rolofson

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¿De quién es esta niña?

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CAPITULO CUATRO

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− Zafiro perdió el avión.

Serena, con Hotaru en brazos a la puerta de la cocina, esperó a ver qué pasaba después. Estaba decepcionada, por supuesto, pero sin duda Zafiro llegaría lo antes posible. Y aún quedaban ocho días para navidad.

− Qué fastidio – dijo Jed –. Acabo de terminar de limpiar la carretera.

− ¿Cómo diantres ha podido perder el avión? – dijo Darién –. Se suponía que debía tomar un vuelo desde Dulles a las once de la mañana.

Lita se encogió de hombros.

− No me dio más detalles, y dijo que llamaría en cuanto tuviera plaza para otro vuelo. Hay otro esta tarde a las seis y media de Delta, pero dijo algo de que iba a intentar tomar otro más temprano con una compañía distinta.

− Caramba.

Entonces los cuatro la miraron, como si ella tuviera las respuestas. Entró en la cocina y se sentó en una silla vacía.

− Tal vez hubiera mucho tráfico de camino al aeropuerto.

− ¿Te ha llamado a ti también? – Lita dejó la taza de café sobre la mesa –. ¿Qué te ha dicho?

− Esto… nada. Quiero decir, no me ha llamado.

No tenía por que explicar por qué tenía el móvil apagado casi todo el tiempo o por qué solo lo utilizaba cuando le resultaba absolutamente necesario. Pero cuando abrió la boca para explicar que Zafiro y ella eran solo amigos y que no iban a ser nada más, el tío Jed se le adelanto.

− Bueno – dijo en tono pausado –. Supongo que lo veremos cuando tengamos que verlo y ya está. Al menos sabemos que esta de camino. ¿Vamos a jugar a las cartas esta noche? ¿Serena, sabes jugar al bridge?

− Aprendí a jugar en la facultad, pero de eso hace ya tiempo.

El tío Jed sonrió.

− Es suficiente, cielo. Nos echaremos una partida mientras Darién va al aeropuerto, Lita juega y a Petzi se le puede convencer si aguanta despierta.

Lita puso un plato de tostadas con mantequilla delante de Serena.

− Estoy seguro de que Zafiro nos avisara cuando vaya a venir, aunque sea ya tarde. ¿Por qué no vas por el árbol de navidad hoy en lugar de mañana? – le pidió a Darién –. Llévate a Serena y enséñale la ciudad. No ha visto demasiado de Montana aparte de la nieve.

Serena sacudió la cabeza.

− No puedo…

− Pues claro que puedes. Me encantaría cuidar a la niña – dijo Lita –. No tardaran mucho; podrán irse entre toma y toma. Me gustaría tanto tenerla un poco en brazos. Veremos un rato el programa de bricolaje – le dio a Serena unas palmadas en el hombro –. Recuerdo lo que era tener que hacer la compra cargada de un niño. Y no me digas que no te vendría bien un respiro.

− Bueno…

En realidad necesitaba un respiro de Darién, que ignoró claramente la conversación y fue a ponerse la cazadora. No le había sido tan fácil dormirse la noche anterior después de quedar en ridículo como había quedado al echarse sobre él cuando había estado a punto de caerse, sucumbiendo al deseo de ser abrazada.

− Quiero que pasen por la tienda y me traigan más huevos y harina – dijo Lita –. Aún no he terminado de preparar algunas cosas – miró a Jed –. Y ya sé que alguien ha estado robándome las galletas que guardé para navidad.

− Solo ha sido una vez – confesó el anciano –. Tal vez dos. Están deliciosas, sobre todo las de caña de azúcar.

− A Artemis le encantan las galletas de azúcar – confesó Petzi, que no parecía arrepentida –. Se me terminaron las suyas.

− Haz una lista y te traeré lo que necesites – dijo Darién.

Entonces miró a Serena como si no fuera capaz de decidir si quería o no llevarla de nuevo en la camioneta. Y por mucho que a Serena le apeteciera ver Montana a la luz del día, se sintió algo incómoda al pensar en estar a solas con aquel hombre. Pensó en la noche anterior cuando se había dejado abrazar y sintió un calor en las mejillas. Resultaba extraña esa reacción hacia un hombre que era un poco menos un extraño. «Te gustara Darién», le había dicho Zafiro. «Puedes confiar en él».

− No me importaría ayudar a hacer la compra – dijo ella de pronto.

− Bien – Lita le dio unas palmadas a Serena en el hombro –. No seas tímida y haz las compras de navidad que te apetezcan. Duggan no es una ciudad muy grande, pero hay una ferretería, un par de restaurantes, una librería, una tienda de ropa, si te gustan los vaqueros y las botas, y unas cuantas tiendas más que tal vez te resulten interesantes. No olviden ir a Burger Barn a almorzar. Estamos orgullosos de la ternera de Montana.

− ¿Por qué no vienes con nosotros?

La mujer se echó a reir.

− Ni hablar. Me voy a quedar aquí a hacer de abuela. Y quiero estar para contestar el teléfono cuando Zafiro vuelva a llamar. Vayan los dos y diviértanse un poco. Solo asegurate de que Darién no compre un árbol que sea más grande que el salón.

− De acuerdo.

Darién la miró.

− ¿Cuándo quieres que nos marchemos?

− ¿Dentro de una hora?

Así le daría tiempo a bañar y alimentar a la bebe. Hacía un día claro y soleado, el cielo azul contrastaba con la tierra cubierta de nieve. La idea de salir de compras durante un par de horas sin Hotaru le pareció tan irresistible que se sintió culpable.

− Bien. Ponte ropa caliente – y dicho eso Darién salió por la puerta corriendo.

Serena supuso que el trabajo de un ranchero nunca tenía fin.

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− Caramba, mi niña – dijo el tío Jed mientras se servía un pedazo de tarta de café, receta especial de Martha Stewart –. Me da la impresión de que estás tramando algo.

Lita se sirvió un pedazo de tarta de arándanos. La bebe dormía plácidamente entre sus brazos, ajena al hecho de que su madre acababa de marcharse de compras.

− Necesitamos un árbol, eso es todo.

− Yo podría haberte traído uno – señaló su tío con expresión sonriente –. No hacia falta que mandaras a los chicos… a no ser que tengas algo más en mente.

− Me gustan los bebes. Y mi hijo mayor está solo, y…

− Y anoche te preocupaba que tus hijos pudieran estar interesados en la misma mujer – la interrumpió –. Claro que yo te dije que eso era una tontería. Supongo que decidiste seguir mi consejo, ¿verdad?

− Iba a decir que como tenemos aquí a una joven tan encantadora, ¿Qué tiene de malo hacer un poco de casamentera?

Lita miró a Hotaru. Si tuviera papá no estaría pasando las vacaciones allí con su madre. De modo que Serena y Hotaru estaban solas. ¿Y qué tendría de malo querer que su hijo fuera feliz?

Zafiro, el más dinámico de los dos, iba y venía de Washington y trabajaba para que el mundo fuera un lugar mejor para los rancheros como él mismo. En su trabajo en la agencia de protección al cultivo conocía constantemente a mujeres. Darién estaba feliz de permanecer en Montana y ocuparse del negocio de casa, lo cual no le dejaba tiempo para buscar a la mujer de sus sueños.

− He decidido ser una madre que da igualdad de oportunidades.

− ¿Y qué diablos significa eso?

− Calla – miró un momento a la bebe, que dormía profundamente, antes de volverse hacia Jed –. Zafiro ha tenido su oportunidad con Serena. En Washington. Ahora le toca el turno a Darién.

− Si – dijo Petzi mientras acariciaba a Artemis –. Es como si el destino hubiera querido que Zafiro tardara en llegar.

− Como si fuera un designio del cielo – concedió Jed, que miró a Lita a ver lo que decía.

Entonces sonó el teléfono.

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Maldición. Iba a tener que olvidarse de ir y volver rápidamente a la ciudad. Esa mujer se lo estaba pasando en grande en la Boutique Texana de Jorgensen. No parecía muy disgustada por el retraso de su hermano, lo cual le pareció algo extraño. La habría imaginado con el móvil en la mano, esperando una llamada de Zafiro.

Pero no, Serena pasó un buen rato decidiendo que manta comprarle a su bebe; la del dibujo de lo caballitos o la de la de los diseños navajos. Se había tomado también su tiempo curioseando en la librería de la esquina de la Avenida Central y había comprado unas cuantas cosas para la bebe, mientras él se había encargado de comprar las cosas que le había encargado su madre. También había charlado con la dueña de la tienda de segunda mano sobre telas antiguas y unas colchas antiguas. A Darién le había dado la impresión de que Serena sabía bastante de esas cosas, porque Betty Stevens sacó tres colchas de patchwork de debajo del mostrador y le pidió su opinión. Serena compró un mantel para Lita y una de las colchas. Darién pensó que haría el resto de sus compras de navidad en Great Falls, cuando fuera al aeropuerto.

− ¿Qué vas a hacer con eso? – le preguntó sin poder evitarlo.

Jamás había visto una colcha en peor estado. Si no contaba las que había en el barrancón. No se imaginaría nunca durmiendo bajo una colcha así, a no ser, claro estaba, que Serena Briggs estuviera a su lado. En ese caso dormiría, si hiciera falta, cubierto de periódicos.

− No sé qué hacer – dijo con gesto complacido –. Es un regalo de navidad, pero me encantaría quedármela.

Evitó señalar que olía a humedad y que los bordes se estaban deshilachando. Sobre todo, se alegraba de que se lo estuviera pasando tan bien. Cuando salieron no pareció importante la ráfaga de viento helado que estuvo a punto de tirarla al suelo. Darién tuvo que agarrarla del codo para ayudarla a salvar un montículo de nieve en un extremo del estacionamiento.

La tentación de tocarla era enorme. Y antes de que terminara el día tenía la intención de averiguar qué había entre Zafiro y ella, porque en cuanto su hermano llegara el vestíbulo del aeropuerto pensaba freírlo a preguntas.

Fueron en la camioneta hasta Burger Barn, el restaurante que estaba junto al terreno donde vendían los árboles de navidad. Las madres de los alumnos de la escuela local habían montado una venta de galletas y dulces de navidad, era un garaje, y Serena compró una tarta de zanahoria y unos bollos de pasas y donó unos veinte dólares más para las partidas de búsqueda y rescate. Insistió en comprar una bandeja de galletas que tenía la forma de Santa Claus, decoradas con glaseado blanco y rojo, y después habló de bebes con una mujer joven que tenía uno en brazos.

− Iremos por el árbol después de almorzar – le dijo Darién cuando la joven madre se puso a atender a otro cliente –. Vamos.

Dejaron lo que habían comprado en la camioneta y después cruzaron el estacionamiento hasta el pequeño restaurante. Serena pidió una hamburguesa doble con queso, patatas fritas y un batido de chocolate, y Darién lo mismo. Desde luego aquella mujer comía muy bien.

− Y bien – empezó a decir mientras miraba a su alrededor a los comensales del restaurante –. ¿Qué te parece Duggan?

− Me gusta. La gente es simpática.

− ¿En Washington no?

− Es distinto – la camarera les llevó los batido y Serena se tomó su tiempo quitándole la envoltura a la pajita – La gente aquí no tiene tanta prisa. Y todo el mundo se conoce.

− Cierto.

Como para demostrarlo, dos mujeres de la edad de Lita lo saludaron con la mano. Darién asintió y se volvió a mirar a Serena. Parecía menos cansada que el día anterior; tenía las mejillas sonrosadas y las ojeras menos pronunciadas.

− ¿A qué te dedicas en Washington?

− Trabajo a medio tiempo con mi prima. Es diseñadora de interiores.

− ¿Tú también eres diseñadora? – le pregunto con sorpresa; Serena no cuadraba con la imagen sofisticada que él tenía de una diseñadora.

Dio un sorbo al batido y lo miró eufórica, como si quisiera ponerse a reír o a cantar.

− Yo trabajo detrás. Mi especialidad son las telas antiguas y me dedico a hacer encargos especiales. En otras palabras – dijo entre sorbo y sorbo –, coso.

Darién entendió más o menos por qué le había gustado la colcha vieja.

− ¿Así que cuando le dijiste a mi madre que la ayudarías con las fundas del sofá, no estabas de broma?

− Será mucho más fácil de lo que piensa ella – tomo otro sorbo –. Es el mejor batido de chocolate que he tomado en mi vida.

− ¿Y cómo conociste a mi hermano? – le preguntó en tono que esperaba sonara natural.

− Alquiló el departamento junto al mío.

Qué conveniente.

− Sí. A Zafiro no le gustan los hoteles.

− Eso me dijo. Pero me dijo que le gustaba viajar a Washington y también el trabajo que hace allí – la camarera volvió con las hamburguesas; Serena miró su reloj –. Espero que tu madre no tenga ningún problema con Hotaru.

− Está en la gloria – le prometió –. Estoy seguro de que tu bebe ha estado todo el rato en brazos.

− Dejé un biberón preparado por si Hotaru tiene hambre antes de que volvamos, pero no debería tardar mucho más.

− Solo nos queda comprar el árbol – le aseguró.

Serena le sonrió, y Darién sintió el repentino tirón del deseo en sus entrañas.

No, decidió mientras bajaba la vista a la hamburguesa. Era más fácil pensar en ella como la mujer de otro. No quería ver cómo charlaba y sonreía a todos los que conocía, como si jamás se hubiera divertido tanto, ni quería verla comiendo la hamburguesa como si estuviera en un restaurante de cuatro tenedores de Washington. No quería sentir por ella algo que fuera más allá de un afecto fraternal. Desde luego no quería sentir aquel deseo tan frecuente de abrazarla y olvidarse del resto del mundo.

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Ayudar a Darién a elegir el árbol de navidad perfecto fue la tarea más difícil que había hecho en todo el día. Había un cartel escrito a mano que decía: Escoja usted mismo. Veinte dólares; por un altavoz sonaban villancicos a todo volumen, y de tanto en tanto se oía un claxon; entonces Darién miraba hacia la gasolinera y agitaba la mano.

No se le ocurría nada mejor que hacer que escoger el primer árbol de navidad de Hotaru.

− Este parece que está bien – dijo Darién, levantándose para que lo inspeccionara.

− Allí hay una calva – señaló, mientras Darién sostenía el árbol –. Allí detrás.

Él se volvió, asintió y lo colocó sobre la pared de cemento.

− Es demasiado corto – respondió Darién, pero fue y lo apartó de la pared para verlo mejor.

− Pero tu madre dijo que…

− Siempre dice que no quiere un árbol demasiado grande, pero no lo dice en serio.

Serena pegó la nariz a una rama y aspiró el olor a pino.

− No hay nada que huela mejor que un árbol de navidad – empezó a canturrear un villancico –. Es tan divertido. ¿No sientes el espíritu navideño?

Le echo una mirada de curiosidad antes de colocar el árbol junto a otros que habían rechazado.

− Supongo. Mi madre tiene una metodología estratégica para decorar el árbol. Zafiro y yo solemos buscar algo que hacer en el granero.

− Cobarde.

− Ya me dirás después de sobrevivir a la experiencia, cielo.

¿Cielo? Darién carraspeó.

− ¿No tienes frío, Serena? – añadió para disimular.

− Aún no – mintió ella, deseando haberse puesto dos pares de calcetines en lugar de uno –. Creo que deberíamos seguir buscando.

Darién caminó hacia el extremo más alejado del edificio con Serena detrás. A ella le sorprendió un poco que él se mostrara tan paciente. Su tío, agradable paro ahorrativo en extremo, siempre había escogido árboles de navidad baratos y pequeños, hasta que su tía había comprado un pino artificial unos años atrás. Su tío había sentido un gran alivio, pero a Mina casi le había dado un ataque. Para ella la tradición era más importante que la convivencia. La tía Lilian le había dado un abrazo riéndose a todo pulmón y después había continuado decorando su pino artificial. Ninguno de ellos estaría feliz con su decisión de pasar las vacaciones lejos.

− Serena – levantó la vista y vio que Darién tenía otro árbol en la mano –. ¿Soñando despierta?

− Un poco. Estaba pensando en mi tío y su elección con los árboles de navidad. Mi pobre tía siempre sufrió tanto decorándolos y poniéndoles las luces – ahogo una oleada de nostalgia y pensó en llamar a su prima esa misma tarde para disculparse y decirle que le había comprado un regalo de navidad al que no podría resistirse.

− ¿Qué te parece este?

Serena se acercó y dio la vuelta al árbol. Era muy frondoso, con agujas verde oscuro y un fragante olor a pino.

− No veo que tenga calvas, ¿pero no es demasiado alto?

− No. Y si lo es, le cortaré un trozo de tronco.

La miró y sonrió. Serena se quedó sorprendida. No le parecía que sonriera a menudo. Tal vez fuera de esa clase de persona que no disfrutaba de la compañía de los demás. Tal vez no le gustaran los bebes. O las chicas de ciudad.

O las mujeres que se tropezaban con las alfombras y que caían en sus brazos a mitad de la noche.

− ¿Qué pasa? – preguntó, frunciendo un poco el ceño.

− Nada.

Fingió que examinaba el árbol. Aunque era ya madre, aún era capaz de apreciar a aquel apuesto ranchero. Los hombres con vaqueros y botas la incitaban a hacer cosas que a una madre no se le deberían ocurrir. En ese momento su cuerpo parecía despertar, como si sus hormonas se hubieran recuperado del embarazo y le pidieran a gritos que volviera a hacerles caso.

Desde luego ella lo ignoraba. Y no pensaba volver a salir de su dormitorio a las dos de la madrugada. De eso estaba segura.

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Gracias por leer :)