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El Amor de un Ángel Inmortal

Por Ladygon

Capítulo 4: Rumores maliciosos.

Dos horas después, apareció Dean otra vez, a pedirle otra bolsa de hielo, y eso fue el preludio de que el chico tomaría la enfermería como su segundo hogar. Dean iba a cada rato, a cada hora, con un nuevo rasguño para que fuera curado por el nuevo enfermero. Castiel, ya sabía que se hacía esos cortes solo para ir a verlo.

—No tienes que lastimarte para venirme a ver. Puedes venir cuando quieras, siempre y cuando vayas a clases.

—¿En serio? —dijo ilusionado el niño.

—Por supuesto.

—¡Dios, eres tan bello!, ok, vendré hoy en el almuerzo.

El niño se despidió, sacudiendo su mano en alto y se preguntó cuándo Dean había aprendido esas palabras, aunque esos piropos se los lanzaba siempre a las mujeres.

Castiel consiguió un pequeño departamento donde vivir para completar su vida como enfermero. Pasaba el tiempo, siendo invisible en el hospital, viendo los procedimientos médicos y en la escuela de enfermería para estudiar cómo curaban los humanos. Todo eso era bastante "carnicero" para su gusto, ya que él solo tocaba a la persona y lo curaba, así que no necesitaba mucho, solo saber algunas cosas para aparentar, porque no había nadie mejor curando personas que él.

Durante la primera semana, diagnosticó un apendicitis, que mejor mandó al hospital para que no le creyeran curandero, pero también hizo curas milagrosas sin que los chicos supieran, como el caso de un niño que tenía cáncer y no lo habían detectado. Siempre ponía su mano en la frente del niño o niña y escaneaba el mal, luego, dependiendo del grado, curaba, ya sea de manera humana o manera angelical, si era necesario. Eso lo había aprendido con los años con Dean. Así pasaba desapercibido, haciendo el bien.

Dean iba todos los días a conversar con él sobre su vida, las cosas que le gustaban. Castiel sabía todo eso de sobra, así que, a veces, se distraía con cualquier cosa, generalmente, un libro de medicina, ya que debía seguir, estudiando para pasar como enfermero y que no lo pillaran en el fraude.

—¿Me escuchas lo que te estoy diciendo? —decía Dean todo molesto.

—Por supuesto, Dean, sé que te encanta el pie de limón y la tarta de manzana, también las hamburguesa doble con queso —respondía Castiel sin quitar su vista del libro.

—¡Fabuloso! —decía todo contento.

Como el chico pasaba mucho tiempo en la enfermería, escuchó algunos rumores al respecto, así que comenzó a dejar la puerta abierta. Puerta que Dean siempre quería dejar cerrada, "mucho ruido", se explicaba, pero la verdad es que se quería quedar a solas con Castiel. Sin embargo, Castiel le dijo que no podían seguir con la puerta cerrada, porque él era menor de edad y lo podía meter en problemas.

—Si alguien te hace daño, lo mataré —dijo Dean con su convicción de cazador de antaño.

Castiel lo quedó, mirando y sus miradas se perdieron en la profundidad de los colores.

—No necesitas matar a nadie, yo sé cuidarme solo —dijo Castiel con tal seriedad, que descolocó a Dean.

—¡Oh!

Quería que el chico tuviera amigos y volviera a ser el niño normal de antes, pero si lo obligaba o lo mandaba a que fuera por una chica, sabía que no tendría una respuesta muy favorable. En cambio, si transaba con él, podría enmendar algunas cosas de su vida y quizás volver al camino.

—Dean, si mañana me traes una A en historia, te traeré un pie de limón.

—¡En serio!, ¿y lo comeremos juntos?

—Por supuesto, traeré los cubiertos y lo comeremos en el almuerzo, pero antes deberás traerme esa A y debe ser ganada, limpiamente, nada con trampas —enfatizó lo último.

Dean sonrió malicioso.

—¿Y cómo sabrás si hago trampa o no?

—Porque te interrogaré sobre el examen.

A Dean se le cayó la cara y Castiel sonrió con dulzura, haciendo que Dean volviera a mirarlo medio embobado.

—¡Hecho!

Y así sellaron el primero de muchos acuerdos de palabra, donde Dean subió las notas de forma increíble, volviendo a ser el antiguo alumno. También como pasaba en la enfermería, se alejó de las peleas, las chicas, los tejados. Volvió a ser en algo, al hijo de antaño, ya que al volver a la casa hablaba poco de la escuela y después iba a su habitación a estudiar, pero como ya no era mal hablado, irrespetuoso y hacía sus deberes, sus padres se sintieron feliz y la armonía volvió a su hogar.

—Tenía razón el siquiatra, solo fue una fase de la adolescencia —decían sus padres convencidos.

Castiel y Dean no tuvieron problemas durante un par de meses en los que siempre estaban juntos, inclusos en los pasillos, o de camino a las aulas, pero a partir del tercer mes, llamaron la atención de algunos maestros, los cuales consideraban no prudente esa "relación". Así lo hizo ver el director del establecimiento cuando lo llamaron al despacho.

—Pongan cámaras, yo dejo la puerta siempre abierta, pero es mejor que coloquen cámaras —dijo Castiel con simpleza.

El director no supo cómo responder a eso. Demasiado extremo para una institución educacional.

—Mire —apeló el director—. Sé que el chico ha mejorado en los estudios desde que va a su consulta.

—Ha mejorado en todo —aseguró Castiel.

—Bueno, sí, tiene razón.

—Entonces, ¿cuál es el problema? Yo no le hago nada malo al chico.

—¡Por Dios, no! Nada de eso se cuestiona.

—¿Entonces?

—Es para que no haya rumores maliciosos que empañen su persona. Ni afecten al niño.

—Ponga las cámaras y todo el mundo verá lo que hago, así no habrá rumores.

—No podemos hacer eso, va en contra de su derecho a la privacidad.

—¿Cuál privacidad? Prefiero que todo el mundo me vea antes de que todo el mundo chismosee.

—Mmmmh.

—Si quiere yo compro las cámaras y pago la instalación.

—¿Eh?, no, veré lo que puedo hacer al respecto.

Así instalaron cámaras en la enfermería. Con la salvedad de una camilla al otro extremo de la sala, la cual tenía cortinas muy altas para tapar los procedimientos más "sensibles", pero Castiel, hasta esta camilla la mantenía con las cortinas corridas a todo lo ancho para que vieran lo que había ahí.

Dean seguía visitándolo, para quienes observaban el video, era de lo más aburrido, ya que siempre Castiel estaba sentado en su escritorio, leyendo un enorme libro de medicina y en el otro extremo del escritorio, Dean también leía, o jugaba con su consola de juegos, o estaba con el celular proyectado en su mano, una de las cuantas evoluciones tecnológicas de ese tiempo.

Parecía que el hombre no le hacía caso al chico, pero se veía que conversaban, claro, él no dejaba de leer el maldito libro y quienes veían eso, ya esperaban algo de acción para chismosear, pero nada. Aburridos, los telespectadores de la extraña relación, dejaron de darle la importancia que pensaban tenía el favoritismo a cierto profesor o miembro de la institución educativa, por un adolescente con las hormonas alborotadas. Eso era de lo más común.

Los chismosos estaban equivocados, porque en vez de poner cámaras, debieron poner micrófonos, o cámaras con micrófonos. Las cosas que le decía Dean a Castiel, no eran para nada inocentes o sin connotación sexual. El problema radicaba en que el receptor, sí, era inocente o no captaba los mensajes con dobles intenciones.

—¿Podríamos ir a un motel a, ya sabes, ponernos cómodos? —decía el chico.

—Aquí estamos cómodos —explicaba Castiel sin dejar de leer el dichoso librito—. Los moteles son muy sucios, nunca te gustarán del todo Dean.

—¿Conoces muchos moteles? —preguntó curioso el muchacho.

—Por supuesto, creo que conozco a casi todos los del país.

—Wow —decía sorprendido—. Y llevabas a muchos… chicos o chicas a estos.

Dean ya se notaba medio amargado con la conversación. No le gustaba pensar que su objeto del deseo había estado con miles.

—No, yo no llevaba a nadie.

—¿Y entonces?, ¿ibas solo?

—No, seguía a dos hermanos. Ellos vivían en hoteles casi siempre, por cuestiones de trabajo y yo les ayudaba.

—¿Qué tipo de trabajo? —Dean saltó en su silla y puso atención.

Castiel, por fin levantó la cabeza del libro un tanto confundido.

—Éramos… exterminadores… plagas…

—¡Oh! Parece entretenido —exclamó el chico.

—Lo era.

—¿Y por qué dejaste ese trabajo?

—Ellos murieron.

—¡Qué!

—Murieron.

—¡Oh!, lo siento, no quise.

—No te preocupes, Dean. La muerte no es el fin. —Castiel clavó su mirada intensa en las iris verdes del chico.

Dean sintió que se deshacía en la silla, producto de esa mirada que le transmitía demasiadas cosas intensas para un pobre chico de su edad. Castiel volvió su vista a su libro y pudo dejar a Dean respirar, aunque su corazón no se aquietó en muchos minutos más de continuo silencio.

Así pasaron dos semanas, sin ningún problema de chismes, ni nada parecido. El profesorado y los habitantes de la institución comenzaron a acostumbrarse a ver a esos dos juntos, hasta que estar juntos, fuera de la sala de enfermería, volvieron las habladurías. Ya que se veían en la cafetería, en los pasillos… en la cafetería y en los pasillos.

Castiel descubrió que el chisme era casi un deporte para algunos humanos, así que tuvo que dejar los encuentros con Dean en la cafetería y en los pasillos, para el disgusto del muchacho.

—Deja que hablen, no tiene otra cosa más interesante que hacer —le decía Dean.

—No puedo permitirlo, eso es malo para tu reputación.

—¿Y tu reputación, qué?

—La mía no importa, solo me preocupas tú.

Dean se puso todo rojo.

—Te amo —confesó el muchacho.

—Yo también te amo, Dean y no puedo permitir que estos humanos arruinen a tu familia, que tanto te costó tener.

Castiel lo había dicho de una forma tan natural, que Dean solo se quedó con las primeras cuatro palabras.

—¿Qué dijiste? —quiso confirmar.

—Que no puedo permitir las habladurías sin consideración, eso es malo para tu familia. Así que nos veremos solo aquí en la enfermería.

Dean pestañeó varias veces.

—No, antes de eso —insistió Dean.

—¿Antes de los chismes?

—¿Quieres dejar de preocuparte de los chismes?

—No, no puedo dejar de preocuparme por eso, Dean.

—Realmente, eres increíble.

Dean se acercó de forma peligrosa hasta él, incluso quiso tomarle la mano, pero Castiel la quitó rápido.

—Recuerda que hay cámaras.

—¡Malditas cámaras! —chilló enojado Dean, se levantó de golpe y salió de la enfermería.

Castiel quedó con cara de circunstancia. Finalmente, se arrellenó en su silla del escritorio y juntó sus manos en forma pensativa.

Fin capítulo 4

Hola a todos, aquí un nuevo capítulo de este fic. Sam aparecerá después, no se preocupen. Gracias por leer y por los comentarios.