"Sin querer hacer más demostré que fui capaz
de cumplir los sueños y hacerlos realidad.
Todo lo que lloré se giró y me dio placer,
lo que me hizo sufrir hoy me ayuda a seguir… "
Con dedos ágiles y la mente en otro planeta recorría las cuerdas de su amada guitarra acústica, la melodía acompañando la letra dentro de su cabeza.
"Por ti morí, por ti sufrí, con los años el destino nos separó.
Por ti lloré, por ti sentí… la nostalgia llora pero yo ya no"
-Yagami, ¿estas escuchando?
El pelirrojo alzó los ojos y se detuvo de golpe cuando la voz del otro guitarrista lo trajo de vuelta a la Tierra. Este le observo desde su sitio con una ceja alzada.
No supo en qué momento había dejado de prestar atención y tampoco es como que le interesara mucho lo que le estaban diciendo antes de perderse, pero estaba comenzando a odiar su recién adquirida falta de concentración. Odiaba distraerse y que los demás lo notaran.
-Te decía- retomó el otro cuando se dio cuenta que todo ese tiempo había sido ignorado –que me gusta mucho esa canción y tiene la duración que necesitamos. Podríamos incluirla antes del cierre para aprovechar ese tiempo que nos está sobrando en el programa. ¿Tú qué opinas?
El Yagami volvió a bajar la vista a las cuerdas fingiendo pensar en una respuesta porque tan ocupado estaba pensando en alguien más que en realidad ya no tenía ni ganas ni cabeza para ello.
-Como quieras- fue todo lo que dijo, casi en un gruñido.
Masaru le observó por unos segundos más, suspirando en su fuero interno porque sabía que el pelirrojo no se estaba concentrando, y eso significaba que tendría que terminar de afinar los detalles de la presentación que estaban pendientes él solo.
Para su desgracia (o fortuna, dependiendo del cristal con que se mire) el Yagami era el único de la banda en cuyo juicio confiaba a la hora de decidir esas cosas; no podía decir lo mismo del baterista y el vocal, los desgraciados eran los más talentosos que conocía, pero no estaban muy completos que digamos.
Así que por común acuerdo y por el bien del futuro de la banda se decidió que esos dos no metieran sus narices en las partes administrativas.
Iori siguió en lo suyo, esta vez con otra melodía, mientras Masaru sólo podía seguir observándole desde su sitio. La cascada de cabello rojo caía al lado contrario de la cara, así que desde su posición podía apreciar la mitad del rostro del Yagami.
Volvió a suspirar.
Decir que el Yagami le había gustado desde la primera vez que le vio era decir poco. Decir que era amor a primera vista era decir demasiado. No podría ponerle etiqueta a lo que sentía aunque se lo propusiera, pero definitivamente el otro era capaz de desestabilizarle con sólo una mirada.
Le gustaba esa sensación de complicidad que sentía estando a solas con Iori, su aura magnética, su personalidad, su presencia, su voz… todo en el pelirrojo le atraía como un imán. Tal vez por eso a veces (y sólo a veces) agradecía a todos los dioses que los únicos responsables en esa banda fueran ellos dos.
"Olvídalo, está fuera de tu alcance" le había dicho el vocalista en voz baja y con una risilla maliciosa en una ocasión en que lo atrapó comiéndoselo con los ojos. Masaru le vio mal, increpándole por andar metiendo la nariz en donde no le corresponde. Él lo sabía, lo sabía perfectamente. Y dolía.
En algún punto y después de devanarse los sesos durante meses se había resignado sólo a eso, a soñar despierto, a conformarse con momentos como este. "Pero el hombre no llegó a la luna solo soñando" pensó, maldiciéndose a sí mismo por su falta de valor, porque sólo Dios sabe cuántas malditas ganas tiene de estar con el pelirrojo de maneras muy poco profesionales.
Y ese último pensamiento es el que perdura cuando voltea a ver a Iori (quien sigue absorto en lo suyo) y siente de nuevo esa corriente que le recorre la columna cada vez que le mira.
Sí, demasiadas ganas.
"Sólo díselo, maldita sea, no es una propuesta de matrimonio" le gritaba su yo interno, animándolo a ignorar a su maldito buen juicio que no paraba de repetirle desde una remota esquina de su mente que era una mala idea.
Con las ideas revueltas y una mezcla de valentía con pánico (más pánico que valentía) decidió que ya era hora de poner a prueba la teoría de su propio gato de Schrödinger.
-Escucha, Yagami- habla el pelinegro y se felicita a sí mismo por lo relajado que se oye a pesar de que los nervios lo están matando. El aludido sólo voltea fugazmente sin dejar de tocar, pero lo suficiente para darle a entender que siga- creo que ya avanzamos mucho por hoy y, no se tú, pero es noche de 2x1 y realmente necesito unos tragos.
Le mira expectante y con la esperanza de que haya captado la indirecta, sintiéndose estúpido cuando se da cuenta de que tiene que recargarse en el escritorio y aferrarse disimuladamente al borde porque las piernas le están temblando.
De nuevo y sin dejar de tocar el pelirrojo le mira por una fracción de segundo.
-¿Y estás esperando que te dé permiso?- responde secamente.
-No, te estoy pidiendo que salgas conmigo- ¡Oh, por Dios! Voy a morir, no puedo creer que lo dije.
Y ahí sí que el Yagami se detuvo, mirándole con las cejas alzadas.
De acuerdo, Iori siempre supo que Masaru estaba algo así como deslumbrado con él, no era difícil adivinarlo cuando el chaval no le sacaba los ojos de encima, se sonrojaba furiosamente y le costaba decir algo coherente cuando lo tenía demasiado cerca. Tampoco le molestaba, consideraba al chico bastante inofensivo y siempre pensó que después de un tiempo se le pasaría, pero en serio, en serio, jamás pensó que se atrevería a soltarle aquello.
Masaru tuvo que encontrar fuerza suficiente para sostenerle la mirada y no morir de un ataque cardíaco. De nada le habría servido practicar durante meses esa misma conversación en su cabeza si a final de cuentas terminaría desmayado en el piso por el pánico.
Iori por su parte suavizó el rostro pero aún le miraba con algo de estupefacción ante la repentina valentía del muy tímido, corazón de pollo y siempre complaciente Masaru. Se preguntó a sí mismo cuánto le habría tomado al pobre ingrato hacerse del valor necesario sólo para echar a andar la lengua, y sabe que no debería, pero le causaba algo de gracia que el chico no tuviera ni la más remota idea de lo que le estaba pidiendo.
Bien pueden tacharlo de hijo de puta, pero él nunca ha sido alguien de miramientos cuando de hablar de "sentimientos" se trata, y sabe que está mal, pero también sabe que Masaru está bien idiota si cree que algún día le corresponderá.
Fue el turno del pelinegro de alzar las cejas cuando escuchó la grave risa del Yagami, no muy fuerte pero sí lo suficiente para hacer que sus hombros se agitasen. Era toda una revelación. Nunca, nunca, en todo el tiempo que tenía de conocerle, había escuchado a Iori reír.
Y sabe que debería estar muy, muy molesto (porque vamos, acaba de invitarlo a salir y se está riendo de él) pero el pelirrojo no le da tiempo a su cerebro de procesar lo que está pasando.
-Vaya, de verdad me sorprende que no te hayas atorado con tu propia lengua- le susurró Iori a centímetros de su cara. ¡Joder! ¿Cuándo se había movido?
-¿Q-Qué?- logró articular el chico, con los ojos como platos y el cuerpo tenso.
-A mí no me va eso de las "citas"- dijo el Yagami, sujetándolo de la barbilla con una suavidad inaudita –bien podemos saltarnos esa parte e ir directo a lo que nos concierne.
Y sí, era un hijo de puta, porque después de toda la mierda de esos últimos meses Masaru era el pretexto perfecto para olvidarse de todo (y de alguien) al menos por esa noche, así que lo tomaría sin pensarlo y sin arrepentirse.
Mandó a la mierda a sus escrúpulos, sujetó con firmeza al pelinegro de la mandíbula y cubrió la boca ajena con la suya en un beso tan demandante que el chico pensó que se iba a desmayar.
Masaru ahogó un jadeo de sorpresa contra la boca ajena y al primer contacto su cerebro dejó de funcionar, sus neuronas hicieron corto circuito cuando sintió la lengua del Yagami invadir su boca y sus piernas se le antojaron de gelatina. Sintió sus mejillas arder furiosamente y le sorprendía sobremanera que el corazón no se le hubiera salido del pecho por el ritmo salvaje con el que había comenzado a latir.
No podía pensar, no cuando todo se reducía a la boca de Iori robándole todo el oxígeno y le hacía olvidarse hasta de cómo respirar en el beso más húmedo y sexual que jamás había recibido en su vida.
El Yagami tomó la falta de resistencia de Masaru como una luz verde para seguir (aunque sabía de antemano que no encontraría ninguna), y aprovechándose de la absoluta incapacidad del chico para tomar decisiones coherentes se separó abruptamente y lo arrastró de la muñeca.
El chico, tan perdido como estaba en todo ese revoltijo de confusión y calor, mucho calor, se dejó hacer. No tenía idea de a dónde iban, el pelirrojo bien podría estarlo llevando al infierno mismo y él gustoso se dejaría arrastrar sin objeciones.
Quiso preguntar, de verdad que quiso, o al menos articular media palabra, pero su cerebro estaba desconectado y no servía para otra cosa que tratar de seguirle el ritmo al Yagami, el cual casi lo había arrojado al asiento del copiloto de su auto y apenas se subió en el lado del conductor volvió a atacarlo con su voraz lengua.
Sus manos de repente cobraron vida y se sujetaron con fuerza del cuello de la camisa del pelirrojo, atrayéndolo con desesperación hacia su cuerpo, importándole realmente poco si se quedaba sin aire o no.
Ni siquiera supo en qué momento se habían puesto en movimiento, de repente veía todo pasar en manchones por la ventana y el aire frío del exterior le revolvía la cabellera, Iori conducía a toda velocidad y está seguro de que ya ha quebrantado dos o tres leyes de tránsito en el proceso.
Piensa que de no haber estado tan ebrio de la boca del pelirrojo en ese momento realmente hubiera temido por su vida, pero ya no hay rastro de coherencia en su mente porque una de las manos del pelirrojo amasa su muslo reptando en dirección a su entrepierna, palpando y presionando firme pero lentamente la ahora más que evidente excitación del chico y no puede detener el jadeo estrangulado que nace desde su garganta.
El Yagami voltea a verle de reojo y le mira con la cabeza echada hacia atrás, los labios separados, los mechones ébano bailando alrededor de su cara. Masaru lleva ambas manos sobre la del pelirrojo, presionando con fuerza y alzando ligeramente las caderas en búsqueda de más contacto.
Pisó un poco más el acelerador cuando sintió unas repentinas ganas de hundir cierta parte de su cuerpo dentro (muy dentro) de la boca del pelinegro.
Pero no es la boca que quieres.
Frunció el ceño cuando ese pensamiento se coló en su cabeza y aferró con más fuerza la erección de Masaru en un acto que si bien era de molestia el otro lo interpretó de otra manera, gimiendo sonoramente.
Iori se obligó a desterrar esas malditas elucubraciones y concentrarse en el cuerpo más que dispuesto que tenía al lado, sintiéndose un poco aliviado al finalmente divisar la entrada al estacionamiento de su edificio.
Estacionó el vehículo hábilmente y una vez fuera Masaru se vió nuevamente siendo arrastrado hasta el ascensor, donde el pelirrojo ni siquiera esperó a que se cerraran completamente las puertas para arrinconarlo y arrancarle más gemidos a base de asfixiantes besos (o lamidas, o lo que sea que fuera aquello).
-Y-Ya… gami… - gimió el pelinegro contra los labios contrarios, sintiendo que de repente no recordaba ni siquiera su propio nombre.
No es la voz que quieres escuchar.
Iori se detuvo abruptamente y se alejó sólo unos milímetros, su cálido aliento chocando contra los húmedos he hinchados labios del otro.
Y ahí estaba su maldita conciencia otra vez. La muy desgraciada había brillado por su ausencia durante casi toda su vida y casualmente ahora ahí estaba rompiéndole las pelotas.
-¿Yagami?- Masaru acunó su rostro con ambas manos, haciéndole abrir los ojos. No supo en qué momento los había cerrado -¿Estás bi―aah!
El pelirrojo no le permitió terminar y lo arrastró bruscamente fuera del ascensor, clavándole dolorosamente los dedos en el brazo, y apenas se hubo cerrado la puerta de su piso volvió a lastimarle al azotarlo con fuerza contra la puerta.
-¡Aghh! I-Iori…
-Escúchame bien- jadeó el pelirrojo contra su oído, en un tono tan profundo que denotaba excitación y amenaza a la vez –estás muy equivocado si piensas que voy a ser gentil, romántico o cualquiera de esas estupideces- Masaru pasó saliva con dificultad, por alguna razón se sentía como una presa frente al cazador –así que si no estás dispuesto a separar esto… - tocó su pecho con el índice, a la altura de su corazón - … de esto… - le arrancó un jadeo ahogado al presionar su miembro con rudeza - … entonces tendremos un problema.
Clavó sus intensos ojos rojos en los violetas de Masaru, y este quiso responder algo pero la mano de Iori acariciando con firmeza ahí abajo no le daba tregua.
-Entonces dime- susurró con gravedad el pelirrojo cerca de su oído – ¿va a ser esto un problema?
El pelinegro se resignó a que no tenía la capacidad mental suficiente ni para responder con propiedad, así que se limitó a negar enérgicamente con la cabeza.
El Yagami sonrió ladinamente.
Le había costado algo de trabajo pero al fin dio con el edificio. Estuvo a punto de darse por vencido, pero luego de avanzar unas cuantas cuadras más finalmente reconoció la fachada de la construcción.
Se detuvo en la acera de enfrente, cavilando en si debía dejar su moto ahí o si debería aparcar en el estacionamiento, decidiéndose por lo primero. De igual forma no es como que planeara tardarse demasiado, sólo entregaría las cosas y se largaría raudo como llegó.
Aprovechó un descuido del portero para escabullirse al ascensor, sintiéndose como un criminal y un idiota por no optar por la escalera de emergencia. No le faltaban energías, pero recién hace dos días que estaba en estado crítico y no quería ganar lo perdido trepando una escalera hasta el séptimo piso. No podía arriesgarse a que sus heridas se abrieran nuevamente o Benimaru lo mataría.
Llegó al piso indicado y una vez en el pasillo no le costó identificar la puerta. Sintió su estómago apretarse y afianzó el morral en el que llevaba las pertenencias del Yagami, tratando de restarle importancia a lo que estaba haciendo y concentrándose en que en unos minutos más ya se encontraría conduciendo de vuelta a su casa.
Era un plan a prueba de idiotas. Tocaría, pegaría la oreja y al escuchar pasos dejaría las cosas al pie de la puerta y se iría a velocidad luz. No podía simplemente dejarlas ahí tiradas sin esperar que nadie las robase.
En eso pensaba cuando se detuvo frente la puerta y su mano se detuvo en el aire. Había escuchado algo, una voz forzada, seguida de algo quebrándose. Aguzó el oído acercándose un poco más lo escuchó nuevamente.
"Tal vez sólo deba dejarlo aquí" pensó el Kusanagui, pero su curiosidad fue más fuerte cuando volvió a escuchar algo. Un gemido.
Nuevamente fue en contra de su sentido común y tomó el pomo de la puerta, dándose cuenta con sorpresa de que esta se encontraba abierta.
"Tsk, pero qué descuido" pensó, empujando sutilmente la madera para asomarse. Todo estaba en penumbras, y la única luz que se alcanzaba a distinguir provenía de la que recordaba era la habitación.
Se dijo a sí mismo que sólo debía arrojar el bolso en el sofá, dar media vuelta e irse, pero Kyo, siendo el maldito curioso impertinente que era, se olvidó de escuchar a su conciencia y entró. La voz se oía más cercana, y sólo en ese momento tuvo la certeza de que esta provenía de la habitación.
-¡A-ah! Iori… ¡sigue!
Se detuvo en seco.
Oh.
"¿Es eso lo que creo que es?" pensó, debatiéndose consigo mismo sobre seguir invadiendo la privacidad de su rival o darse la vuelta y desaparecer de ahí. Y nuevamente, en contra de todo pronóstico, siguió avanzando. Al parecer el Kusanagui había llegado tarde a la repartición de prudencia y sentido común.
El bolso cayó al suelo y sus ojos se abrieron como platos cuando se asomó por el marco del a puerta de la habitación.
Un joven de tez blanca, cabello negro –y totalmente desnudo- se hallaba tumbado sobre la cama, ahogando sus gemidos contra su brazo, mientras la cabeza del pelirrojo desaparecía entre sus piernas.
El Yagami estaba con un hombre.
Un hombre.
Abrió tanto los ojos que creyó que estos se saldrían de sus órbitas, mudo de la impresión.
El joven se retorcía sobre las sábanas y hundía su mano libre en la espera cabellera roja, el sonrojo teñía sus mejillas y su pecho subía y bajaba con esfuerzo. El pelirrojo debía ser realmente bueno en lo que hacía.
Su corazón dio un vuelco cuando Iori se incorporó, pasándose la lengua sobre los labios y los dedos en un gesto tan lascivo que un escalofrío le recorrió la espina, y lo volteó a ver.
¡Oh, por Dios!
El pánico se apoderó de él y está seguro de que su corazón se saltó un latido cuando claramente vio que el Yagami le observaba con su único ojo visible, lanzándole una mirada y una media sonrisa oscuras, cargadas de algo que rozaba entre lo malvado y lo erótico.
Se obligó a despegar los pies de donde se había clavado y salió corriendo, sintiendo todo su rostro caliente y odiándose a sí mismo por haber ignorado a su conciencia. Ahora llevaría una perturbadora imagen mental por el resto de su vida.
Corrió reconstruyendo el camino que hizo dos días atrás, por las escaleras de emergencia. Descendió a velocidad luz y en unos segundos ya se encontraba poniendo la mayor distancia posible a bordo de su motocicleta.
"Diablos Kusanagui, ¿cuándo se te quitará lo entrometido?" Se abofeteó mentalmente y se obligó a concentrarse en el camino, sintiendo como un sudor frío le recorría la espalda al darse cuenta de que, contrario a lo que inicialmente había pensado, ya había visto esa mirada en los ojos del Yagami.
Eres mío, Kusanagui.
Volvió a sentir su estómago estrujarse mientras los recuerdos lo golpeaban, trayendo consigo la imagen de aquellos penetrantes ojos rojos que en aquél momento le observaron nublados por lo mismo que vio en ellos minutos atrás y que en su momento no había podido identificar.
Tragó grueso, más molesto que nunca contra el maldito Yagami.
