Gracias a todos los que me instais a que continue!!
Recuerdo: las partes narradas en Fantasí: Negrita.
Las del mundo real: sin negrita xD
III:
LA VETUSTA MORLA Cuando el ruido de los cascos del caballo de
Axel se apagó, Caíron, el centauro negro, se dejó caer de nuevo en
su lecho de pieles. El esfuerzo lo había agotado. Las mujeres que,
al día siguiente, lo encontraron en la tienda de Axel temieron por
su vida. Incluso cuando, unos días más tarde, regresaron los
cazadores, apenas estaba mejor, pero de todas formas pudo explicarles
por qué se había marchado Axel y por qué tardaría en volver. Y
como todos querían al muchacho, a partir de entonces se quedaron
serios y pensaban en él preocupados. Al mismo tiempo, sin embargo,
se sentían orgullosos de que la Emperatriz Infantil le hubiese
encomendado precisamente a él la Gran Búsqueda aunque nadie pudiera
entenderlo del todo. Por lo demás, el viejo Caíron jamás
volvió a la Torre de Marfil. Pero tampoco murió ni se quedó con
los pieles ígneas en el Mar de Hierba. Su destino debía llevarlo
por otros caminos totalmente insospechados. Sin embargo, ésa es otra
historia y debe ser contada en otra ocasión. Aquella misma
noche, Axel cabalgó hasta el pie de los Montes de Plata. Era ya de
madrugada cuando hizo una pausa. Ártax pastó un poco y bebió agua
con avidez de un claro arroyo de montaña. Axel se envolvió en su
manto rojo y durmió unas horas. No obstante, cuando el sol salió
estaban otra vez en camino. El primer día atravesaron los
Montes de Plata. Conocían cada senda y cada sendero y avanzaron
rápidamente. Cuando tuvo hambre, el muchacho se comió un pedazo de
carne de búfalo seca y dos pequeñas tortas de semillas que había
guardado en un bolsillo de su silla de montar en realidad para la
caza.
Sacó el bocadillo de la cartera, lo desenvolvió, lo partió en dos, envolvió otra vez uno de los pedazos y lo guardó. El otro pedazo se lo comió.
El recreo había terminado y Roxas pensó en lo que debían de estar haciendo ahora en clase. ¡Ah, sí!, Geografía con la señora Karge. Había que recitar ríos y afluentes, ciudades y cifras de población, recursos naturales e industrias. Roxas se encogió de hombros y siguió leyendo.
A
la puesta de sol, habían dejado atrás los Montes de Plata e
hicieron alto otra vez. Aquella noche, Axel soñó con los búfalos
purpúreos. Los vio avanzar a lo lejos por el Mar de Hierba e intentó
acercarse a ellos con su caballo. Pero inútilmente. Siempre estaban
a la misma distancia, por mucho que espoleara al caballito. Al
segundo día atravesaron el País de los Árboles Cantores. Cada uno
de los árboles tenía una forma distinta, hojas distintas, distinta
corteza, pero la razón de que se llamara así esa tierra era que se
podía escuchar su crecimiento como una música suave, que sonaba de
cerca y de lejos y se unía para formar un potente conjunto de
belleza sin igual en toda Fantasia. Se decía que no dejaba de ser
peligroso caminar por aquella región, porque muchos se habían
quedado encantados, olvidándose de todo. También Axel sintió la
atracción de aquel sonido maravilloso, pero no cayó en la tentación
de detenerse. A la noche siguiente soñó de nuevo con los
búfalos purpúreos. Esta vez él iba a pie y los búfalos pasaron
por delante, en un gran rebaño. Pero estaban fuera del alcance de su
arco y, cuando quiso darles caza, se dio cuenta de que tenía los
pies clavados al suelo y no podía moverse. El esfuerzo que hizo para
soltarse lo despertó. Estaba amaneciendo aún, pero partió
inmediatamente. El tercer día vio las torres de cristal de
Eribo, en las que los habitantes de la región capturaban y guardaban
la luz de las estrellas. Con ella hacían objetos maravillosamente
decorados pero que, salvo ellos, nadie sabía en Fantasia para qué
servían. Encontró incluso a algunas de aquellas gentes,
pequeñas figuras que parecían también sopladas en vidrio. De forma
extraordinariamente amistosa, le dieron de comer y de beber, pero a
su pregunta de cómo podría saber algo sobre la enfermedad de la
Emperatriz Infantil se sumieron en un silencio triste y
desconcertado. A la noche siguiente, Axel soñó una vez más
que los rebaños de búfalos purpúreos pasaban ante él. Vio cómo
uno de los animales, un macho especialmente grande y majestuoso, se
separaba de los demás y se dirigía, lentamente y sin dar señales
de miedo ni cólera, hacia donde él estaba. Y, como todos los
verdaderos cazadores, Axel tenía el don de ver enseguida, en cada
animal, el sitio en que tendría que acertarle para matarlo. El
búfalo purpúreo se situó incluso de una forma en que le presentaba
claramente ese lugar como blanco. Axel puso una flecha en su sólido
arco y lo tensó con todas sus fuerzas pero no pudo disparar. Tenía
los dedos pegados a la cuerda y no podía separarlos. Y eso
mismo o algo parecido le ocurrió en los sueños de las noches
siguientes. Cada vez se acercaba más al búfalo purpúreo -que, por
cierto, era precisamente el que en realidad había querido cazar: lo
conocía por su mancha blanca en la frente-, pero por alguna razón
no podía disparar la flecha mortal. Durante el día seguía
cabalgando, alejándose cada vez más, sin saber a dónde iba ni
encontrar a nadie que pudiera aconsejarlo. Todos los seres con que se
tropezaba respetaban el amuleto de oro que llevaba, pero ninguno
podía responder a su pregunta. Una vez vio de lejos las
calles de llamas de la ciudad de Brousch, donde vivían criaturas
cuyo cuerpo era de fuego, pero prefirió no entrar. Atravesó la gran
meseta de los azafranios, que nacen viejos y mueren cuando son bebés.
Llegó a Muamaz, el templo de la selva, en el que una gran columna de
piedra lunar flota en el aire, y habló con los monjes que viven en
el templo. Pero también de allí tuvo que marcharse sin
respuesta. Casi una semana llevaba vagando así de un lado a
otro cuando, al séptimo día y en la noche siguiente, le pasaron dos
cosas muy distintas que cambiaron fundamentalmente su actitud
interior y exterior. El relato hecho por el viejo Caíron de
los horribles sucesos que se estaban produciendo en toda Fantasía le
había impresionado, pero hasta entonces había sido para él sólo
un relato. El séptimo día, sin embargo, vio algo con sus propios
ojos. Cabalgaba hacia el mediodía por un bosque espeso y
oscuro formado por árboles especialmente gigantescos y nudosos. Era
aquel Bosque de Haule en el que, algún tiempo antes, se habían
encontrado los cuatro mensajeros. En aquella región, eso lo sabía
Axel, había trolls de la corteza. Eran, según le habían dicho,
individuos e individuas gigantescos que parecían nudosos troncos de
árbol. Si, como era su costumbre, se mantenían inmóviles, se los
podía tomar realmente por árboles y pasar por delante sin sospechar
nada. Sólo cuando se movían se veía que tenían unos brazos como
ramas y unas piernas torcidas semejantes a raíces. Eran, desde
luego, tremendamente fuertes, pero no peligrosos. Todo lo más, les
gustaba de vez en cuando jugárles malas pasadas a los viajeros
extraviados. Axel acababa de descubrir un claro del bosque por
el que serpenteaba un arroyuelo, y había descabalgado para que Ártax
bebiera y pastara, cuando de pronto oyó detrás de sí Del bosque venían hacia
él tres trolls de la corteza, cuya vista hizo que un escalofrío le
recorriera la espalda. Al primero le faltaban las piernas y la parte
inferior del cuerpo, de Cuando vieron el amuleto en el pecho de
Axel, se hicieron mutuamente un gesto de asentimiento y se acercaron
despacio. -¡No te asustes! -dijo el que caminaba sobre las
manos, y su voz sonó como el crujido de un árbol-. Nuestro aspecto
no es precisamente muy agradable, pero en esta parte del Bosque de
Haule nadie más que nosotros puede avisarte. Por eso hemos
venido. -¿Avisarme? -preguntó Axel-. ¿De qué? -Hemos
oído hablar de ti -gimió el del pecho agujereado- y nos han dicho
por qué estás en camino. No debes seguir adelante, porque si no
estarás perdido. -Te pasará lo mismo que a nosotros -suspiró
el partido en dos-. ¡Míranos! ¿Te gustaría? -¿Qué os ha
pasado? -preguntó Axel.. -La aniquilación se extiende -se
quejó el primero-, aumenta cada día más... si es que se puede
decir que la nada aumenta. Todos los demás huyeron a tiempo del
Bosque de Haule, pero nosotros no quisimos dejar nuestro hogar. Y
entonces nos sorprendió durante el sueño e hizo con nosotros lo que
ves. -¿Duele mucho? -preguntó Axel. -No -respondió
el segundo troll de la corteza, el del agujero en el pecho-, no se
siente nada. Sólo te falta algo y cada día te falta algo más, una
vez que has sido atacado. Pronto no existiremos ya. -¿En qué
lugar del bosque comenzó todo? -quiso saber Axel. -¿Quieres
verlo? -El tercer troll, que era sólo medio troll, miró
interrogativamente a sus compañeros de infortunio. Cuando éstos
asintieron continuó:-Te llevaremos hasta donde puedas verlo, pero
tienes que prometer que no te acercarás más. De otra forma, la Nada
te atraería de un modo irresistible. -Está bien -dijo Axel-,
os lo prometo. Los tres se volvieron y se dirigieron al
lindero del bosque. Axel cogió a Artax de las riendas y los siguió.
Durante un rato se abrieron paso entre los gigantescos árboles y
luego se detuvieron ante un tronco particularmente grueso. Ni cinco
hombres adultos hubieran podido abarcarlo con sus brazos. -Trepa
tan alto como puedas -dijo el troll sin piernas- y mira hacia
oriente. Entonces lo verás... o, mejor dicho, no lo verás. Axel
subió, agarrándose a los nudos y protuberancias del tronco. Llegó
a las ramas más bajas. Se izó hasta las siguientes y se elevó cada
vez más, hasta que dejó de ver el suelo. Siguió trepando, el
tronco se hizo más delgado y las ramas más numerosas, de forma que
le resultó más fácil avanzar. Cuando finalmente estuvo sentado en
lo más alto de la copa, miró hacia oriente y lo vio: Las
copas de los otros árboles que estaban muy cerca eran verdes, pero
el follaje de los árboles que había detrás parecía haber perdido
ese color, porque era gris. Y, un poco más lejos, se hacía
extrañamente transparente, nebuloso o, mejor dicho, cada vez más
irreal. Y detrás no había nada, absolutamente nada. No era un lugar
pelado, una zona oscura, ni tampoco una clara; era algo insoportable
para los ojos y que producía la sensación de haberse quedado uno
ciego. Porque no hay ojos que aguanten el contemplar una nada total.
Axel se tapó la cara con la mano y estuvo a punto de caerse de la
rama. Se sujetó con fuerza y descendió tan deprisa como pudo. Ya
había visto bastante. Sólo entonces comprendió todo el horror que
se extendía por Fantasia. Cuando llegó otra vez al pie del
gigantesco árbol, los tres trolls de la corteza habían
desaparecido. Axel saltó sobre su caballito y, a galope tendido,
tomó la dirección opuesta a aquella en que la Nada avanzaba lenta
pero inconteniblemente. Sólo cuando era ya oscuro y hacía tiempo
que el Bosque de Haule había quedado atrás hizo alto. Y
aquella noche le esperaba el segundo acontecimiento que había de dar
a su Gran Búsqueda una nueva orientación. Soñó -de forma
mucho más clara que hasta entonces- con los grandes búfalos
purpúreos que había querido cazar. Esta vez estaba ante ellos sin
arco ni flechas. Él se sentía muy pequeño, pero la cabeza del gran
animal cubría el cielo entero. Y oyó cómo le hablaba. No pudo
entenderlo todo, pero aproximadamente le dijo así: «Si me
hubieses matado serías ahora un cazador. Sin embargo, renunciaste a
ello y por eso puedo ayudarte ahora, Axel. ¡Escucha! Hay un ser en
Fantasia que es más viejo que todos los otros. Lejos, muy lejos, al
norte, está el Pantano de la Tristeza. En medio de ese pantano se
alza la Montaña de Cuerno y allí vive la Vetusta Morla. ¡Busca a
la Vetusta Morla! Entonces Axel se despertó.
violentos
crujidos y chasquidos y se volvió.
forma que tenía que andar con las manos.
El segundo tenía un enorme agujero en el pecho, a través del cual
se podía mirar, y el tercero brincaba sobre su única pierna porque
le faltaba toda la mitad izquierda del cuerpo, como si lo hubieran
partido por en medio.
El reloj de la torre dio las doce. Los compañeros de Roxas irían pronto a dar la última clase en el gimnasio. Quizá jugasen hoy con aquel balón medicinal grande y pesado con el que Roxas se daba siempre tan mala maña, por lo que ninguno de los equipos lo quería como jugador. A veces tenían que jugar también con una pelota pequeña, dura como una piedra, que hacía muchísimo daño cuando le daba a uno. Y a Roxas le daban siempre y con todas las ganas, porque ofrecía un blanco fácil. Sin embargo, quizá hubiera que hacer hoy cuerdas... un ejercicio que Roxas detestaba especialmente. Mientras que la mayoría de los otros estaban ya arriba, él se columpiaba casi siempre como un saco de patatas, al extremo inferior de la cuerda, con gran regocijo de toda la clase pero sin ser capaz de trepar ni medio metro. Y el señor Menge, el profesor de gimnasia, no escatimaba las bromas a su costa.
Roxas hubiera dado cualquier cosa por ser como Axel. Entonces les hubiera dado a todos una lección.
Suspiró profundamente.
Axel
cabalgó hacia el norte, siempre hacia el norte. Sólo se permitía y
permitía a su caballo las pausas más estrictamente necesarias para
dormir y comer. Cabalgó día y noche, con el ardor del sol y bajo la
lluvia, a través de tormentas y tempestades. No vio nada ni consultó
con nadie más. Cuanto más avanzaba hacia el norte, tanto más
oscuro se hacía. Un crepúsculo gris de plomo, siempre igual,
llenaba los días. Por las noches, las auroras boreales iluminaban el
cielo. Una mañana, en cuya turbia luz el tiempo parecía
haberse detenido, vio por fin, desde una colina, el Pantano de la
Tristeza. Vapores de niebla flotaban sobre él y de ellos surgían
bosquecillos de árboles cuyos troncos se abrían por abajo en
cuatro, cinco o más zancos retorcidos, de forma que parecían
grandes cangrejos, sostenidos sobre muchas patas en el agua negra.
Del follaje pardo colgaban por doquier raíces aéreas, como
tentáculos inmóviles. Era casi imposible saber dónde era firme el
suelo entre las charcas y dónde consistía sólo en una alfombra de
plantas acuáticas. Ártax resopló suavemente de
espanto. -Sí -respondió Axel-, hemos de encontrar la Montaña
de Cuerno que está en medio de ese pantano. Espoleó a Ártax
y el caballito obedeció. Paso a paso, iba comprobando la firmeza del
suelo y, de ese modo, avanzaban lentamente. Finalmente, Axel desmontó
y llevó a Ártax de las riendas. El caballo se hundió unas cuantas
veces pero consiguió siempre salir. No obstante, cuanto más
profundamente se adentraban en el Pantano de la Tristeza, tanto más
torpes se hacían sus movimientos. Dejaba colgar la cabeza y se
limitaba a arrastrarse hacia adelante. -Artax -dijo Axel-:
¿qué te pasa? -No lo sé, señor -respondió el animal-,
creo que deberíamos volver. No tiene ningún sentido. Corremos tras
algo que sólo has soñado. Pero no lo encontraremos. Quizá sea de
todas formas demasiado tarde. Quizá haya muerto ya la Emperatriz
Infantil y todo lo que hacemos sea absurdo. Vamos a volver,
señor. -Nunca me has hablado así, Ártax -dijo asombrado
Axel-. ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo? -Es posible -contestó
Ártax-. A cada paso que damos, la tristeza de mi corazón aumenta.
Ya no tengo esperanzas, señor. Y me siento cansado, tan cansado...
Creo que no puedo más. -¡Pero tenemos que seguir! -exclamó
Axel-. ¡Vamos, Ártax! Le tiró de las riendas, pero Ártax
se quedó inmóvil. Se había hundido ya hasta el vientre. Y no hacía
nada por librarse. -¡Ártax! -gritó Axel-. ¡No puedes
abandonar ahora! ¡Vamos! ¡Sal de ahí o te
hundirás! -¡Déjame,-señor! -respondió el caballito-. No
puedo soportar más esta tristeza. Voy a morir. Axel tiró
desesperadamente de las riendas, pero el caballito se hundía cada
vez más. Axel no podía hacer nada. Cuando, finalmente, sólo la
cabeza del animal sobresalía ya -Yo te sostendré, Ártax -le dijo al oído-,
no dejaré que te hundas. El caballito relinchó una vez más
suavemente. -No puedes ayudarme, señor. Estoy acabado.
Ninguno de los dos sabíamos lo que nos esperaba. Ahora sabemos por
qué el Pantano de la Tristeza se llama así. La tristeza me ha hecho
tan pesado que me hundo. No hay escapatoria. -¡Pero si yo
también estoy aquí -dijo Axel- y no me pasa nada! -Llevas el
Esplendor, señor -respondió Ártax-, y te protege. -Entonces
te colgaré el Signo -balbuceó Axel-. Quizá te proteja
también. Quiso ponerle la cadena alrededor del cuello. -No
-resopló el caballito-, no debes hacerlo, señor. El Pentáculo te
lo han dado a ti, y no tienes derecho a dárselo a nadie aunque
quieras. Tendrás que seguir buscando sin mí. Axel apretó su
cara contra la quijada del caballo. -Ártax... -susurró
estranguladamente-. ¡Mi Ártax! -¿Quieres hacer algo por mí
todavía, señor? -preguntó el animal. Axel asintió en
silencio. -Entonces márchate, por favor. No me gustaría que
me vieras cuando llegue el último momento. ¿Me harás ese
favor? Axel se puso lentamente en pie. La cabeza de su caballo
estaba ahora medio sumergida en el agua negra. -¡Adiós,
Axel, mi señor! -dijo Ártax-. ¡...Y gracias! Axel apretó
los labios. No podía decir nada. Saludó una vez más a Artax con la
cabeza y luego se dio media vuelta y se fue.
del agua negra, Axel la cogió
entre sus brazos.
Roxas
sollozó. No pudo evitarlo. Tenía los ojos llenos de lágrimas y no
podía seguir leyendo. Tuvo que sacar el pañuelo y sonarse la nariz
antes de poder continuar.
Cuánto
tiempo siguió vadeando, vadeando simplemente, no lo supo nunca Axel.
Estaba ciego y sordo. La niebla se hacía cada vez más espesa y
tenía la sensación de caminar en redondo desde hacía horas. No
prestaba atención a donde ponía el pie y, sin embargo, nunca se
hundía más arriba de la rodilla. De una forma incomprensible, el
signo de la Emperatriz Infantil le mostraba el verdadero
camino. Entonces se encontró de pronto ante la falda de una
montaña alta y bastante empinada. Subió por las agrietadas rocas y
trepó hasta su cumbre redonda. Al principio no se dio cuenta de qué
estaban hechas aquellas rocas. Sólo cuando llegó arriba del todo y
echó una ojeada alrededor vio que eran enormes placas de cuerno, en
cuyas grietas y hendiduras crecía el musgo. ¡Había
encontrado la Montaña de Cuerno! Sin embargo, no sintió
ninguna satisfacción por aquel descubrimiento. El fin de su fiel
caballito hacía que aquello lo dejara casi indiferente. Ahora tenía
que descubrir quién era y dónde estaba aquella Vetusta Morla que
vivía allí. Mientras estaba aún pensando, sintió de pronto
que un ligero estremecimiento recorría la montaña, y luego oyó un
tremendo resoplar y chasquear y una voz que parecía venir de las
entrañas más profundas de la tierra: -Mira, vieja, algo
bulle por ahí sobre nosotras. Axel se apresuró a dirigirse
al final de la cresta de la montaña, de donde venía la voz. Sin
embargo, resbaló en una alfombra de musgo y empezó a patinar. No
pudo agarrarse a nada, se deslizó cada vez más aprisa y finalmente
se despeñó. Por suerte, cayó en uno de los árboles que había
abajo. Sus ramas lo sostuvieron. Axel vio ante sí una
gigantesca caverna en la montaña, en la que el agua negra salpicaba
y chapoteaba, porque algo se movía allí dentro, saliendo
lentamente. Sólo cuando hubo salido del todo se dio cuenta Axel de
que era una cabeza unida a un cuello largo y arrugado: la cabeza de
una tortuga. Sus ojos eran grandes como charcos negros. Su
hocico chorreaba fango y algas. Toda aquella Montaña de Cuerno -Axel
lo comprendió de pronto- era un único y monstruoso animal, una
formidable tortuga de pantano: ¡la Vetusta Morla! Entonces
se oyó aquella voz jadeante y gorgoteante: -¿Qué haces
ahí, pequeño? Axel cogió el amuleto de su pecho y lo
sostuvo de forma que los ojos grandes como charcos de la tortuga
pudieran verlo. -¿Sabes qué es esto, Morla? Pasó un
rato antes de que ella respondiera: -Mira, vieja... ÁURYN...
Hacía tiempo que no lo veíamos, el Signo de la Emperatriz
Infantil... Hacía tiempo. -La Emperatriz Infantil está
enferma -repuso Axel-. ¿Lo sabías? -Nos da lo mismo, ¿no es
cierto, vieja? -respondió la Morla. Parecía hablar consigo misma de
aquella forma peculiar, quizá porque no tenía a nadie con quien
hablar, quién -Si no la
salvamos morirá -añadió Axel más apremiantemente. -Bueno
-respondió la Morla. -Y con ella se hundirá Fantasía
-exclamó Axel-. La aniquilación llega ya a todas partes. Yo mismo
la he visto. La Morla lo miró fijamente con sus ojos enormes
y vacíos. -No tenemos nada en contra, ¿verdad, vieja?
-gorgoteó. -¡Moriremos todos! -gritó Axel-. ¡Todos! -Mira, pequeño -respondió la Morla-, ¿qué nos importa?
Nada tiene importancia ya para nosotras. Todo da lo mismo,
exactamente lo mismo. -¡También tú serás aniquilada,
Morla! -gritó Axel furioso-. ¡También tú! ¿O es que crees que,
por ser tan vieja, sobrevivirás a Fantasia? -Mira -gorgoteó
la Morla-: somos viejas, pequeño, demasiado viejas y hemos vivido
bastante. Hemos vivido demasiado. Para quien sabe tanto como nosotras
nada es importante ya. Todo se repite eternamente: el día y la
noche, el verano y el invierno..., el mundo está vacío y no tiene
sentido. Todo se mueve en círculos. Lo que aparece debe desaparecer,
y lo que nace debe morir. Todo pasa: el bien y el mal, la estupidez y
la sabiduría, la belleza y la fealdad. Todo está vacío. Nada es
verdad. Nada es importante. Axel no supo qué responder. La
mirada gigantesca, oscura y vacía de la Vetusta Morla paralizaba su
mente. Al cabo de un rato la oyó hablar de nuevo: -Eres muy
joven, pequeño. Nosotras somos viejas. Si fueras tan viejo como
nosotras sabrías que no hay nada más que tristeza. Mira: ¿por qué
no hemos de morir tú, yo, la Emperatriz Infantil, todos, todos? Todo
es sólo una apariencia, un juego en la Nada. Todo da exactamente lo
mismo. Déjanos en paz, pequeño, y vete. Axel recurrió a
toda su fuerza de voluntad para contrarrestar el entumecimiento que
le producía la mirada de la Vetusta Morla. -Si tanto sabes
-dijo-, también sabrás en qué consiste la enfermedad de la
Emperatriz Infantil y si hay para ella remedio. -Lo sabemos,
¿verdad, vieja? Lo sabemos -resolló la Morla-, pero da lo mismo que
ella se salve o no. Por lo tanto, ¿por qué tendríamos que
decírtelo? -Si realmente te da lo mismo -la apremió Axel-,
también podrías decírmelo. -Podríamos también, vieja,
¿verdad? -gruñó la Morla-. Pero no tenemos ganas. -Entonces
-exclamó Axel- no es verdad que todo te dé lo mismo. ¡Ni siquiera
tú crees lo que dices! Durante mucho tiempo reinó el
silencio, y luego Axel oyó unos gorgoteos y regüeldos profundos.
Debían de ser una especie de risa, si es que la Vetusta Morla podía
reír todavía. En cualquier caso, dijo: -Eres astuto,
pequeño. ¡Vaya! Eres listo. Hacía tiempo que no nos divertíamos
tanto, ¿verdad, vieja? ¡Vaya! También podríamos decírtelo. No
hay ninguna diferencia. ¿Se lo Hubo un
largo silencio. Axel esperaba impaciente la respuesta de la Morla,
sin interrumpir con sus preguntas los lentos y desesperantes
pensamientos de ella. Por fin, la tortuga siguió hablando: -Tú
vives poco, pequeño. Nosotras vivimos mucho. Demasiado. Pero los dos
vivimos en el tiempo. Tú poco. Nosotras mucho. La Emperatriz
Infantil existía ya antes que nosotras. Pero no es vieja. Ella es
siempre joven. Mira: su existencia no se mide por tiempo, sino por
nombres. Necesita un nombre nuevo, siempre un nombre nuevo. ¿Sabes
sus nombres, pequeño? -No -reconoció Axel-. Nunca los he
oído. -Es que no puedes haberlos oído -respondió la Morla-.
Ni siquiera nosotras podemos recordarlos. Y, sin embargo, ha tenido
muchos. Pero todos se han olvidado. Todos han pasado. No obstante,
sin nombre no puede vivir. La Emperatriz Infantil sólo necesita
tener un nuevo nombre para ponerse bien. Sin embargo, no importa si
se pone bien o no... Cerró sus ojos grandes como charcos y
empezó a recoger lentamente la cabeza. -¡Espera! -gritó
Axel-. ¿De quién recibe los nombres? ¿Quién puede darle un
nombre? ¿Dónde puedo encontrar ese nombre? -Ninguno de
nosotros -oyó gorgotear a la Morla-, ningún ser de Fantasia puede
darle un nuevo nombre. Por eso todo es inútil. No te preocupes,
pequeño. Nada importa. -Entonces, ¿quién? -gritó Axel
fuera de sí-. ¿Quién puede darle un nombre que la salve y nos
salve a todos? -¡No hagas tanto ruido! -dijo la Morla-.
Déjanos en paz y márchate. Tampoco nosotras sabemos quién puede
hacerlo. -Si no lo sabes -gritó Axel más fuerte aún-,
¿quién puede saberlo? Ella abrió de nuevo los ojos. -Si
no llevases el Esplendor -resopló-, te comeríamos, sólo para estar
tranquilas. ¡Vaya! -¿Quién? -insistió Axel-. ¡Dime quién
lo sabe y te dejaré en paz para siempre! -Al fin y al cabo da
lo mismo -respondió ella-, quizá Uyulala, en el Oráculo del Sur.
Quizá ella lo sepa. ¿Qué nos importa? -¿Y cómo puedo
llegar hasta allí? -No puedes llegar de ninguna forma,
pequeño. ¡Vaya! Ni en diez mil días de viaje. Vives demasiado
poco. Morirías antes. Está demasiado lejos. En el sur. Demasiado
lejos. Por eso todo es inútil. Se lo habíamos dicho desde el
principio, ¿verdad, vieja? Déjalo estar y renuncia, pequeño. Y,
sobre todo, ¡déjanos en paz! Diciendo esto, cerró
definitivamente sus ojos de mirada vacía y metió otra vez la cabeza
en la cueva. Axel supo que no podría sacar nada más de ella. Al
mismo tiempo, el ser de las sombras que se había formado de la
oscuridad del páramo nocturno encontró el rastro de Axel y se
dirigió al Pantano de la Tristeza. Nada ni nadie en Fantasia podría
apartarlo de aquel rastro.
sabe desde hacía cuánto tiempo.
decimos, vieja?
Roxas
había apoyado la cabeza en la mano y miraba ante sí
pensativamente.
-Es muy extraño -dijo en voz alta- que ningún
ser de Fantasia pueda dar a la Emperatriz Infantil un nuevo
nombre.
Si sólo se tratara de encontrar un nombre, él hubiera podido ayudarlos fácilmente. Eso se le daba bien. Pero por desgracia no estaba en Fantasia, donde sus habilidades hubieran podido ser útiles y le hubieran reportado quizá simpatía u honores. Por otro lado, se alegraba también mucho de estar allí porque en una región como el Pantano de la Tristeza no se hubiera atrevido a entrar por nada del mundo. ¡Y aquel siniestro ser de las sombras que perseguía a Axel sin que lo supiera! A Roxas le hubiera gustado avisarlo, pero no podía ser. No se podía hacer otra cosa que confiar en la suerte y seguir leyendo.
