Capítulo 4: "un nuevo hogar"

BELLA'S POV:

Había llegado a Seattle sin ningún problema. Podía jactarme con orgullo de entrar limpiamente por inmigración, todo eso gracias a mi identificación, licencia de conducir y pasaporte donde se aseguraba, era originaria de Norteamérica.

Información que era falsa, pero eso no tenían por qué saberlo.

Tuve que hacer menos paradas de las que esperaba, éstas únicamente destinadas para llenar el depósito de gasolina. Razón por la cual tan pronto consiguiera un lugar donde vivir, iría a una expedición de caza. Enormemente necesaria.

Mis ojos debían estar negros como el carbón de lo sedienta que me encontraba. Ignoré la irritante plancha caliente que parecía tener pegada al rojo vivo en la garganta, y preferí distraerme admirando la hermosura de los alrededores.

El paisaje era tan hipnotizante que llegué a una nueva conclusión: estaba perdidamente enamorada de Forks. Los bosques parecían interminables, los arboles estaban por doquier, había muchos que parecían perderse en las nubes de lo gigante que eran. Un gran puente coronaba la entrada del pueblo, al cruzarlo se tenía una vista preciosa de la caída de la cascada que esquivaba. Era un paraíso ecológico.

Estuve encantada con mi elección para la próxima década. Sería una lástima el tener que dejar este lugar en un futuro tan cercano para mí.

No es como si pudiera evitarlo. Pensé con adelantado desinterés.

Me adentré en el centro donde mucha gente se paseaba por las pocas calles que había. Logré contar cinco semáforos, y levanté las cejas por la impresión. De veras era un pueblo pequeño.

Me di vueltas por otras calles hasta que encontré una oficina de bienes y raíces. Estacioné el auto al frente y salí con mi chequera en la mano y en la otra mis llaves, pero me detuve cuando vi mi reflejo en una ventana.

Hice una mueca por las profundas ojeras y los inhumanos ojos oscuros que me devolvían la mirada. Esperaba pasar solo por una joven-adulta cansada y no una bestia sedienta de sangre. Peiné mi cabello tirándolo hacia atrás y entré, una campanita tintineó haciendo que la única esencia en el lugar saliera de una oficina para recibirme.

Era una mujer, debía estar en sus tempranos cincuenta, rubia y de ojos grises. Al verme se quedó petrificada en el alféizar de la puerta con sus ojos a punto de salírsele de las cuencas.

Me removí incómoda al pie de la entrada por la intensidad de su mirada, me veía como si tuviera monos en la cara o hubiera entrado ahí sin pantalones. Ya debía estar acostumbrada a las reacciones humanas, y de este tipo, pero no podía evitar molestarme.

Levanté una ceja y carraspeé luego de un minuto, esta mujer no dio señales de dejar de mirarme fijamente. Si estuviéramos en mi época le tacharían como una persona muy mal educada, lamentablemente los tiempos habían cambiado mucho en ese aspecto.

Logré llamar su atención cuando mi pie se movió contra la loza del suelo, ella dio un respingo y estiró los labios en una sonrisa forzada.

Su identificación en la chaqueta de oficina decía S. Mallory, supuse que era la única que estaba disponible en este momento. Bufé, maldiciendo internamente.

—Buenos días, y bienvenida a Forks, hogar del pino. —Recitó como presentadora de un comercial con un diálogo mal escrito. Un resoplido estuvo a punto de escaparse de mi nariz—. Mi nombre es Susan, ¿Está aquí para buscar alguna propiedad?

No será para comprar chocolates, pensé sarcástica.

—¿Cómo sabe que soy nueva en el pueblo? —Pregunté entrecerrando los ojos. No me había preguntado si quería poner en venta algo, o si venía a pedir indicaciones, había ido directo al grano.

Me miró con un aire de suficiencia y me hizo señas para que entrara a su oficina. Contuve la respiración precavidamente y la seguí al pequeño espacio cargado de su perfume, mi garganta ardió en protesta pero logré mantenerme a raya.

Ella se sentó y me indicó una silla frente a su escritorio para que la acompañara. Le miré sin dar señas de moverme. No le dio mayor importancia.

—Forks es un pueblo muy pequeño niña, es normal ver a cualquiera en la calle y saber su nombre o conocer a sus abuelos. Divisar a un desconocido se ha vuelto tarea fácil. Y a ti querida nunca te había visto por aquí.

Será normal para una cotilla.

—Podría ser familiar de alguien —Argumenté, mirándola desafiante. Ella no borró su sonrisita sabihonda.

—Sé que no lo eres.

Mierda, entonces esa mentira no colaría aquí. Tendría que pensar en algo más, todo por culpa de esta humana ¡Agh joder!

"Vamos Bella, no dejes que te saque de tus casillas"

Me calmé a mí misma, sin dejar de observarla con expresión inescrutable. Esa perra no sabía en lo que se estaba metiendo, yo era dos veces mayor que ella y un millón más inteligente.

Asentí pensativa y paseé la mirada alrededor de la oficina. La foto de una chica muy parecida a ella descansaba en su escritorio, debía ser su hija, una razón más para no arremeter contra ella…

—Si usted lo dice. —Sonreí malévolamente—. Bueno señora Mallory-

—Señorita —Corrigió tecleando en su ordenador, su tono tenía una pizca de ofensa que logró desconcertarme.

Esta mujer esta loca, ¡debe tener cincuenta!

—Como sea. —Lo pasé por alto—. Ya que parece saber todo por aquí creo que vine al lugar adecuado. Busco una residencia que esté situada lo más cerca posible del bosque, que no sea ni muy pequeña ni muy grande, y con dos niveles. Si no le molesta, tengo muy poco tiempo así que…

Le devolví el favor hablándole condescendientemente y le señalé el número de pisos requeridos con los dedos. Me mandó dagas por los ojos y sin replicar o agregar algo a nuestra "agradable" conversación, fue hacia lo que parecía la bodega para buscar los archivos con las características que pedí.

Suspiré tratando de relajarme y no matar a esa humana, la sed estaba controlando mis acciones y hablando por mi misma.

Aburrida empecé a ver folletos que había en el mostrador, y uno en especial captó mi atención.

—¿Instituto de Forks? —Susurré pensativa.

El pánico me abordó al haber pasado por alto ese grandísimo detalle, ¿que pasaría si esta cotilla le hablara a todo el pueblo de mi llegada? Era una gran probabilidad, y esto haría que sospecharan y se preguntaran por qué no voy al instituto, ya que aparentaba perfectamente los diecisiete años. Ser la única 'adolescente' que no atendía a la escuela del pueblo daría lugar a más cotilleos.

Si quería evitar por todos los medios llamar la atención, tendría que hacerle ver a Mallory que mi intención sí era ir al Instituto. Debía hacer las paces con ella y consultarle.

Resoplé, lloriqueando por lo bajo. Mi suerte daba asco.

Su olor me indicó que venía de vuelta. Rápidamente dejé el folleto en su lugar, un segundo antes de que entrara en la oficina. Me mandó una fugaz mirada de pocos amigos y cuando se sentó al frente de la computadora me dio los archivos que mostraban las casas a la venta.

Abrí las grandes carpetas, pasando una por una, leyendo rápidamente las descripciones y mirando las fotos con ojo crítico. Había unas muy bonitas, otras con aspecto de mansión y unas cuantas cabañas. Ninguna en especial estaba llamando mi completa atención.

Ya comenzaba a desalentarme, hasta que llegué a la última página.

Era una mezcla de casa y cabaña moderna, de color beige con madera oscura y piedra. Sonreí, parecía haber salido de mi cabeza para ser materializada a la vida real, quedé simplemente maravillada con su sencillez.

Miré las imágenes del interior: las paredes eran de un naranja oscuro, con sillones de tela café, una mesita de centro hecha de madera al frente de una pantalla plana pegada a la pared. Una cocina que sería innecesaria, pero le daría un lindo toque minimalista, y en el segundo nivel estaba la habitación de visitas y la principal más un baño incorporado en ambas alcobas.

Era perfecta y para más venía amueblada, lo que me dejaría con tiempo libre. Tenía que ser mía.

—¿Cuál es el presupuesto de la numero veintitrés? —Pregunté sin importarme verdaderamente el precio, la tendría de todas maneras. Como había mencionado antes, que haya vivido en una choza que se caía a pedazos no significaba que no tuviera dinero. Y ahora que empezaba de cero en un lugar nuevo, me daría la libertad de tener algo más decente.

—La casa rodea los trescientos veinte mil dólares señorita…

—Swan —Completé educadamente, tomándola por sorpresa. Ella asintió y prosiguió.

—Pero por mucho que ha costado venderla, el dueño la ha dejado en los trescientos mil dólares.

Asentí para mí misma, el precio era razonable para el caso. Hice como que lo sopesaba por un rato acariciando mi labio con un dedo. Finalmente me encogí de hombros y le respondí.

—Quisiera los papeles para comprarla por favor —Pedí, devolviendo los archivos de muestra. Su mandíbula se descolgó y yo la miré extrañada, ¿había dicho algo malo?

—¿Disculpe, dijo…comprar? —Preguntó en estado de shock, tenía los ojos abiertos exageradamente. ¿Por qué tanto dramatismo? ¿No podía simplemente darme los papeles y evitarnos todo esto?

—Quiero esa casa —Le resumí hablando lentamente. Ella miró a sus lados como si no supiera que hacer en estos casos, llegué a preguntarme si era nueva en su trabajo.

—Uhm, cla-claro, deme un minuto por favor —Tartamudeó. Yo asentí, aún confundida por su actitud.

Se levantó para salir apresuradamente del lugar y escuché como hacía un par de llamadas en la otra habitación.

Tal vez era mal visto en un pueblo tan pequeño y familiar que una recién llegada inmediatamente comprara una de las casas más costosas que había. Raro.

Volvió luego de unos minutos más pálida de lo normal, y tecleó algo en el ordenador, la impresora comenzó a funcionar y sacó los papeles para alargármelos. Los tomé y revisé rápidamente su contenido. Era el contrato de transacción y obtención de propiedad, leí superficialmente el documento y firmé todo aceptando las responsabilidades con el medio ambiente y demás.

Le devolví los papeles y firmó los espacios en blanco que debía rellenar el vendedor de la propiedad, la transacción ya estaba hecha, solo quedaba su parte.

Aproveché que estuviera concentrada en eso para preguntarle mi duda anterior. Miré desinteresadamente los folletos queriendo parecer lo más indiferente que un adolescente podía ser.

—Así que, ¿usted tiene alguna idea si quedan cupos para cuarto año en el instituto?

Levantó la vista para mirarme sospechosamente y le di mi sonrisa más encantadora en un acto de paz. Ella suspiró musitando "niños" por lo bajo y buscó algo en las cajoneras de su escritorio.

—Ahora que lo menciona sí, en efecto, tengo por aquí el numero telefónico del establecimiento para que pueda conseguir un puesto. Mi hija también es senior, las clases empiezan este lunes que viene, creo que llegaste justo a tiempo.

Cuando encontró el papel me lo dio con una sonrisa que no tardé en devolverle.

—Muchas gracias —Le agradecí sinceramente. Mallory no era tan mala después de todo. Un poco perra sí, pero bah.

Cuando terminó me entregó las llaves y cerramos el trato con un apretón de manos. Me miró sorprendida por la frialdad de mi piel. Me ofreció un café y yo sonreí divertida, rechazándolo amablemente. Antes de ir a mi carro me llamó para darme la bienvenida a Forks y un mapa con la ubicación de mi nueva casa.

Prendí el motor con una gran sonrisa y partí a la dirección.

Me di cuenta con satisfacción que estaba casi en el corazón del bosque, justo como había querido. Fui hacia el Este por la avenida principal hasta una desviación de un camino sin ser asfaltado, seguí derecho por él hasta que el cielo desaparecía entre las ramas de los sauces llorones.

Tuve ganas de botear en mi asiento cuando finalmente llegué al término del tramo, donde se encontraba la que sería mi casa.

Estacioné frente a ella y me quedé por lo que parecían horas observándola alucinada, se veía mucho mejor que en las fotografías.

—Hogar, dulce hogar —Musité, soltando una risita.

Sonreí, y sabiendo que no había moros en la costa, saqué velozmente mis pertenencias de la cajuela. Necesité de dos viajes para dejar todo en su correcto orden.

Todo estaba y se veía tal y como lo imaginé.

Fui a la habitación principal para empezar a guardar la poca ropa que traía y mis libros en un pequeño librero que quedó lleno a más no poder. Debía comprar otro, más alguno que otro mueble.

Cuando logré poner mis escasas pertenencias en orden, salté al exterior desde el balcón de mi habitación en busca de animales. Ahora que podía darme la libertad de ser menos normal por estos lados, mis instintos estaban algo alborozados, y ¡mierda! estaba que enloquecía de la sed.

Afortunadamente leí que había gran población de venados más uno que otro oso o puma en Forks, así que en ningún momento tendría problemas de alimentación. En cualquier caso, debía alternar mi caza entre bosques limítrofes a Forks, solo para no afectar la fauna del lugar.

Cuando estuve de vuelta en casa (eso sonaba genial) busqué el papel que la señora Mallory me había dado y llamé de inmediato a la escuela. Saludé cordialmente y pregunté por el cupo. En sí fue fácil entrar, solo tuve que mandar mis calificaciones y mi historial de comportamiento de Canadá por internet.

Al haber concretado mi inscripción le deseé buenas noches a la secretaria y colgué, soltando un suspiro de puro cansancio mental.

—El lunes será un largo día —Susurré alargando adrede la palabra 'largo'.

Conecté el reproductor de música al equipo y me recosté en la gran cama mullida, comenzando a fantasear con qué podría llegar a sorprenderme en este pueblo.