Y en Hunsford una novia de luto tomó posesión de su nuevo hogar. En Longbourn quedaron su madre y sus hermanas, bajo el supervisado cuidado del nuevo administrador de la finca, residente en Meryton. El señor Collins había decidido sabiamente que no iba a cargar con suegra y cuatro cuñadas durante su matrimonio. Al menos los primeros años, por supuesto. Que no quisiera perder las rentas de su rectoría ni el favor de su benefactora le proporcionaban la justificación perfecta para verse libre de la voz chillona y de los hiperactivos nervios de madre Bennet. ¡Oh, qué bien entendía ahora a su difunto primo!, hombre de santa paciencia y buen corazón, que en paz descanse…
Pocas eran las pertenencias que Lizzy podía llamar propias y que aportaba a su matrimonio, aparte del preceptivo y excesivo ajuar (cortesía de su señora madre), aunque sí que se llevó consigo un baúl lleno de libros de su amado padre. Lydia y Kitty, con el pretexto de que ya estaba casada, se habían lanzado, como aves rapaces, sobre casi todo lo demás, vestidos, zapatos, bolsos, especialmente sobre las cantidades ingentes de lazo y encaje 'distraídas' de su ajuar y que Lizzy se había encargado de dejar convenientemente a su alcance.
Hunsford era una recia casita rural de dos plantas y buhardilla a dos aguas (donde dormía el servicio), de las que se encuentran tan frecuentemente en la campiña inglesa. Construida de sólida piedra y de formas contundentes, sin apenas desvío de las líneas rectas, su principal atractivo radicaba en los amplios ventanales panelados de la salita recibidor. Estaban orientados al oeste, y Elizabeth enseguida lo clasificó como un potencial punto de lectura agradable para las tardes frías. Tendría luz natural hasta justo un momento antes de extinguirse el día, y sobre la mesita donde dejaría sus libros o la labor de costura, pondría una de las orquídeas de su padre, las cuales prácticamente había salvado Mary de morir ahogadas a manos de su querida Jane.
En la planta baja, se hallaban también las cocinas y el gabinete del señor Collins, donde preparaba con afanoso esmero sus sermones del domingo. Atrás, fuera de la vista desde el camino, se encontraba el lavadero, el gallinero y los establos. En la planta alta, estaban los dormitorios de la familia, ahora solamente ocupado el principal, en tanto no llegaran los hijos. Y Lizzy, mientras la señora Towers le muestra sus nuevos dominios, comprende el sutil mensaje (o más bien la realidad que se espera de ella) y mira con aprensión el lecho en que dormirá esa noche con su esposo.
—Querida Elizabeth, ¿estás visible? —preguntó él desde el otro lado de la puerta.
—Sí, señor Collins —contestó ella, tirando de las sábanas hasta cubrirse el pecho.
—William, querida, debes llamarme William —dijo mientras cerraba la puerta tras él. Desde la puerta, a la luz del candil, se permitió admirar la hermosa cabellera castaña de su esposa, que solo él tendría el privilegio de contemplar así, cubriéndola como el manto de una virgen, como una de esas esculturas que había visto en las iglesias católicas.
Y una virgen efectivamente era su Elizabeth.
Pero no por mucho más tiempo…
Con pasos lentos, cruzó la habitación, y apagó la luz del candil con un soplo un tanto ansioso.
—Después de tu noche de bodas, no debería doler —le había dicho su madre, el día en que se fue de Longbourn, casi en un susurro para que sus hermanas no la oyeran.
No dolía, no. Al menos físicamente, pero para Lizzy era humillante entregarse a su esposo, solo porque era su esposo. Como si ella fuera una cosa, una posesión sin voluntad, en la que hincar su marca y reclamarla como su propiedad. Era degradante… Ella cerraba los ojos, y le dejaba hacer, mientras rezaba para que terminara pronto.
Aunque a su particular manera, el señor Collins era considerado. Jamás solicitó de ella esas cosas extrañas que solo se susurran en los círculos de mujeres casadas, más propias de lupanares que del sagrado tálamo nupcial. Bendecían los sagrados lazos que los unían todos los sábados, y su marido siempre, siempre, le daba las gracias y una caricia después de terminar dentro de ella. Luego, cuando por fin dormía, ella repetía el ritual que comenzó en su noche de bodas para asearse y limpiarse su semilla de entre las piernas.
Su vida transcurría tranquila, sin sobresaltos, en un estado de ensordecido aburrimiento constante, soportando las peroratas sin fin de su marido, convertidas en ruido de fondo, y llevando las cuentas de la casa y de la parroquia, una vida donde el único motivo para la expectación eran las invitaciones de Lady Catherine de Bourgh.
Tales visitas sociales constituían para Lizzy la palestra perfecta para mantener vivo y afilado su aguzado ingenio.
