Mi bostezo quiere tragarse al mundo y mis ojos cortaron cebolla con las manos.

Debería estar comiéndome la comida china que está en la cajita blanca de cartón en lugar de sostenerla en mi regazo. Todo debido a que el señor Tendo me advirtió, apenas fueron rozados sus bigotes por el olor de la salsa agridulce, que yo pagaría la limpieza de cualquier mancha o desperfecto que tuviera la camioneta... Soy Ranma Saotome, un artista marcial, ¡cómo si una gota de líquido se fuera a escapar de mi mortal velocidad! Pero ese no fue el problema. El problema fue que mi madre lo escuchó, me sonrió y me encandiló con el filoso brillo de la katana. La amenaza silenciosa de abrirme como a un pescado es la que me tiene lamiéndome los labios e ignorando las apremiantes sensaciones de mi hambre. Y no sólo la mía, sé que Akane debe estar igual que yo. La cantidad de comida que se metió a la boca fue absurda y no está a dieta. Ella no se cree esas cosas... Creo.

Ella está de nuevo a mi lado, recargada perezosamente sobre el vidrio de la ventana con una sonrisa enigmática, el cabello revuelto y los ojos hinchados. Está tan cansada que ni siquiera me atinó al lanzarme el tazón en el restaurante ni lo levantó cuando cayó al suelo, tuve que hacerlo yo antes de llegar al mostrador. Da lo mismo. Cuando abra esta caja, le compartiré. Podría dárselo todo pero yo también tengo hambre.

Es una tonta. Si no hubiera sacado conclusiones desde tan temprano no hubiera estado muriéndose de hambre. Yo ya estoy impuesto a esos inconvenientes, todo se lo debo al viejo.

No.

Un momento.

¡Todo esto es culpa de él! Si el malnacido no se hubiera atascado con mi porción, nunca...

Qué más da.

Observo a Akane, tranquila, sumergida tan profundamente en la pegajosa nata del sueño que también me veo bañado en ella... y el pensamiento se me rompe como una tostada. Trato de insistir y no llego al fondo de la olla. Me estoy quedando dormido... Se escucha un golpe hueco y en menos de un segundo me espabilo. Akane está sobándose la frente.

— ¿Te dolió? — Le pregunto.

— Sólo fue un golpecito. Me estaba quedando dormida.

— No te preguntaba a ti. Le decía al vidrio, debió sufrir mucho. — Me importa un comino el vidrio.

Me sonríe y se recarga de nuevo en la ventana, acomodándose para dormir.
De todas las cosas que pudo responderme y de todas las maneras en las que me pudo haber golpeado, decidió no escoger ninguna. Adiós cansancio, mi corazón preocupado comió wasabi crudo.

Me concentro sólo en ella. Está muerta, en sentido figurado, pero... hay algo más. Algo que no logro degustar a ciencia cierta. Desde que salimos de casa ha estado rara... pensé que por el cansancio pero no ha sido eso. Podría ser ese olor raro. Su ropa huele como si hubiera cargado atunes frescos toda una noche. No sé como nadie se ha dado cuenta ni le ha dicho nada, bueno, en estos momentos no pueden porque están todos dormidos... pero al subirnos a la camioneta lo primero que noté fue ese aroma. Tal vez tuvo un accidente en el baño. Si fue así, entonces no cargó atunes, sino tiburones... de esos tiburones de agua dulce color ca-

— ¿Qué tanto me ves?, ¿no que te preocupaba tanto el vidrio? — Su sonrisa no se ha desvanecido a pesar de descubrirme...

— Ni quién te mire, estaba viendo por la ventana.

— Mentiroso.

Y cierra los ojos dejándome con una ligera calentura y una pequeña caída en mi pecho.

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Ranma 1/2 es propiedad de Rumiko Takahashi.

Escribo sin intenciones de iniciar un Kickstarter ni dar mi dirección de para que me paguen por escribir esta historia.


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COMIDA CHINA PARA LLEVAR

04.

Quien siembra vientos...

Las tres mujeres se esfumaron como vapor de alcohol cuando regresé del baño. Gruesas lágrimas se derraman más prontas de mis ojos que la leche hirviendo de una olla. Debo estar en la van todavía o sigo en mi cama dormida.

¿Qué no se supone que te despiertas cuando estás consciente de que es un sueño?

Acepto la existencia de las maldiciones, después de todo convivo las 25 horas del día con un prometido que se transforma en mujer y un hombre mayor que se transforma en panda. Y ahora... yo me transformo en una china.
Tengo que encontrar una manera de revertir este efecto... seco mis lagrimas lo mejor que puedo, que no es mucho, las siento todavía pegadas a mi rostro como el cochambre en un sartén.

Estoy decidida. Iré detrás de esa maldita. Algo me hizo, quizá cuando me toco o...

¿O cuando agarre el delantal?

Ya se lo sacare a golpes, quedara peor que una banana, la dejare llena de puntos negros.

Pienso en las mil maneras en las que puedo sacarle la verdad de camino a la entrada. Me detengo frente a la cortinita de bambú e inhalo aire. Me hará falta. Me echaré a correr lo más rápido que pueda para alcanzarla.

— AIIIYAAAA — Y salgo corriendo, dándole un manotazo a los pedacitos de bambú. ¡Un momento!, ¡Veo todo borroso!, intento detenerme pero no puedo, distingo un objeto grande con el que choco y caigo del otro lado de cabeza... Qué demo...

¿No es éste el mostrador? Desboco la mirada en el lugar mientras me sobo la frente. Me saldrá un chichón del tamaño de una sandía.
¿Estoy otra vez dentro de la cabañita!
¡Pero estoy segura de que corrí hacia fuera!

— Debo estar demasiado cansada... — Pienso en voz alta mientras me levanto. — ¡Que se prepare esa loca!

Y salgo corriendo de nuevo... y... ¡Vuelvo al restaurante!
¡¿Qué demonios significa esto?!

Hago lo mismo tantas veces que me siento desubicada, el lugar parece estar hecho de tallarines que se mueven. Me tambaleo hacia la ventana e identifico el lugar donde estaban las motocicletas y la van, incluso veo los surcos de las llantas que quedaron como rastros de pasar el dedo por el betún de un pastel.

Si no puedo salir... sólo me queda un lugar a donde ir: La cocina.

El aroma a comida empieza a hartarme y parece saberlo, apenas pensé en ir a la cocina y una horda de aromas calientes empezó a colarse por ella. Me acerco y al despejar un poco la tela roja me cachetea en el rostro el vapor grasiento.

Abro los ojos como platos.

Ante mí se expande un recinto inmenso lleno de olores indescifrables. Me siento diminuta. Un laberinto de niveles transparentes como hielo se expande hasta el infinito y se distinguen miles de cortinas rojas detrás de ellos y miles de mujeres que se ven iguales a mí, también hay carritos de servicio atiborrados de platos rebosantes de alimento empujados por hombres con pantalón negro y camisa blanca. Todos los pisos dejan espacio en el centro del lugar frente a mí donde está, de un tamaño considerable, la cocina hundida y delimitada por un muro con estatuas de animales. Estoy en el primer piso, unas pequeñas rampas me llevan ahí y otras más me adentran en los pisos superiores. No sé a dónde moverme. El lugar suda caos, exhala hartazgo y confusión, todos van con prisa entregando y encargando órdenes de comida; muy apenas logro hacerme a un lado para que un carrito no me atropelle.

Me acerco al muro con estatuas, distingo el uniforme de los cocineros y... y no es exactamente un muro... son jaulas. Son los animales que utilizan para los guisos.

Dioses.

¿Qué demonios es esto?

— Así que tú eres Chow mein — escucho una voz que suena a haberse tragado de golpe el jugo crudo de diez limones. Volteo a verle. — La nueva. — No es humano. Es como un oso cubierto de rambutanes, los colmillos se escapan de su boca, el café negro de sus ojos se ve tan antiguo, tan capaz... No debo dejar que me intimide. Debo salir de aquí y buscar a mi familia.

— ¡Mi nombre es Akane Tendo y no trabajo en este circo! — grito con furia y aunque mi rugido es intenso se pierde en la enormidad del lugar. — ¿Qué significa esto? — Intento desamarrarme el delantal para aventárselo en la cara y suelta una carcajada al verme luchar contra él. ¡No me lo puedo quitar!

— Tú eres Chow Mein y este es tu hogar. Cumple con tus obligaciones. — Y camina pasándome de largo.

— ¡Que soy Akane Tendo!, ¡No tengo obligaciones con ustedes! — El ser sólo me ve con cara de pocos amigos. ¡De seguro no tiene ninguno!

— Los humanos son tan graciosos al inicio. — Y prosigue a largarse. Intercepto un hombre que se ve igual a todos los hombres y le arrebato el carrito de servicio, tomo el plato de ramen más grande que hay y lo lanzo al oso peludo.

Veo como el caldo se dirige seguro hacia su montón de pelo cuando voltea a verme.

...abro los ojos, estoy tras el mostrador. Me sujeto de éste, sacudida por el regreso a la realidad. Libero el aire de mis pulmones y registro con la vista cada rincón.

¿Me quedé dormida de pie?

La mesa de las mujeres de lentes esta desordenada e infinitamente sucia. Tengo que dejarla impecable antes de que lleguen nuevos comensales, un sitio de comida no debe verse nunca ni insalubre ni horrible. Hay un pensamiento borroso en mi mente, debe ser lo que estuve soñando pero no logro darle forma. Aunque dormité sigo sintiéndome muy cansada, como si no hubiera pegado ojo en toda la noche. Termino de limpiar el desperfecto y sonrío. Espero que el resto del día sea igual de tranquilo. Me coloco de nuevo detrás del mostrador, Zongtang-sama no estará contento si entra a ver cómo va el día de hoy y me encuentra en cualquier otro sitio que no sea el mostrador.

Debo aceptar que me cansa el olor de la comida. Camarones cubiertos de huevo y masa siendo freídos en aceite; arroz frito con manteca y salsa de soya; carne de res con manzana y salsa agridulce… Los aromas se mezclan y huelen a lo mismo todos los días a todas horas en todo momento. Es increíble que aunque el Salón sea tan grande, los olores se las ingenien para escapar de las cortinas.

Paso mi vista por los estantes huecos del mostrador. Ya me sé todas las revistas de memoria. A veces el inconveniente de que mi sucursal esté en medio de un bosque es que pueda tornarse un poco aburrido.

Sacudo un poco de polvo del nivel inferior y algo llama mi atención:

Hay dos perillas desarmadas en el último estante.

¿Cómo llego eso ahí?

Se parecen a las del baño. Las sostengo y las escrutinio. Están en perfectas condiciones, sólo la del interior tiene un ligero problema con el seguro, parece forzado. Un ligero estirón y ya está.

Sonrío. Me asomo al pasillo y efectivamente veo que en la puerta del baño están ausentes las perillas. Busco un desarmador en la caja de herramientas del estante superior y me dirijo al baño. La puerta no tiene perillas... ¿Cuando sucedió eso que no me di cuenta? Si mal no recuerdo visité el baño mientras las mujeres de gafas preparaban su huida, y no recuerdo... ¿Habrá entrado un ladrón?, ¿Por el baño? Já, qué buena broma.

Tengo una sensación de deja-vu, es probable que sea el vago recuerdo de haber quitado la perilla. ¿Qué sentirá alguien que se queda atrapado en el baño? Es algo bastante torpe, y la sensación de ya haber hecho esto crece. Sólo para entretenerme, me imaginé atrapada en el baño clamando por ayuda. ¿A quién podría llamarle si no hay clientela? Ya sé. A un chico. Sí, a un joven apuesto. Vestido con... ¿con qué? Una camisa sin mangas, si, verde. No, verde no, roja. Una camisa tradicional china sin mangas de color rojo. Y pantalón negro. Artista marcial, ¿por qué no? Es mi imaginación, sólo yo lo sabré. Ya que estoy en eso, que su cabello sea negro y largo. Trenzado. Que sus ojos no sean negros como la mayoría de los japoneses, sino azules. Sí, aunque sea tan raro en un hombre japonés. Pero... alguien con tan buenos atributos no puede ser tan perfecto. De seguro tendría modales de piraña ahumada y boca de ballena. Tal vez, no sería ni tan hombre. ¿Gay? No. ¿Un travesti? No, mejor, un maldito de Jusenkyou, así no le quito tanta hombría.

Si me quedara atrapada en un lugar así, le llamaría a él. ¿Cómo se llamaría? R... Ryunosuke. No, no le queda. R.. ¿Roy? No, muy corto. R... ¿Ross? Suena a planta. R... ¿Ranma? Ranma suena bien. Suena...

— ¡Ranma! — Se me escapa un grito. El pensamiento en el fondo de mi mente sale a flote y me guiña un ojo. — Ranma... — Vuelvo a decir, saboreando su nombre como a una galleta de chocolate. Me sabe conocido... ¿Conoceré a alguien así? No lo creo, Zongtang-sama ha cuidado de mí toda mi vida, no hay manera en la que simpatice con humanos normales... si es así, entonces ¿de dónde salió lo de Jusenkyou?
Lo conozco. A ese chico.
Sujeto la perilla con fuerza, la sensación de que algo fundamental se me escapa es abrumadora. Giro la esfera de metal para probar su instalación y funciona bien, y mi mente se desborda.

Akane. Akane Tendo. Y Ranma es mi prometido. Ese pensamiento se convierte en mi verdad y dudo. ¿Y si sólo lo soñé o lo imaginé? A veces sucede. ¿Cómo saber que no me estoy volviendo loca? Veo mis brazos llenos de medias lunas moradas, son marcas de pellizcos.

¿Qué recuerdo del día de hoy?
Las tres mujeres. Unos extranjeros. Una familia. Una pareja... ¿nosotros?... salgo corriendo del baño y arrojo el desarmador al mostrador, dirigiéndome directo a la ventana. Está atardeciendo y se ven muchas huellas de neumáticos en la tierra. De seguro me lo estoy inventando, la mayoría de la clientela viene en auto. Tonta, tonta Mein.

— ¿Cómo va todo, Chow mein? — Escucho a mis espaldas.

—Muy bien, Zongtang-sama. — Respondo girándome hacia él, alejándome de la ventana. Zongtang-sama cruza la cortina roja y se detiene frente a mí, trayendo junto a él un característico aroma de pollo en salsa picante.

Sería considerado por las personas ajenas como un oso marrón en un acto de ventriloquia de circo: parlante, vestido con su traje Mao verde y amenazando eternamente con sus colmillos enormes. En realidad, Zongtang-sama es muy cordial, está encargado del primer nivel del Salón de Cocina y suele protegernos de cualquier peligro. Claro que no le gusta que descuidemos nuestras responsabilidades. Espero que no se enoje por haber estado viendo hacia fuera…

— Perfecto. Te has esforzado mucho el día de hoy. — Extiende hacia mí su pata gigante y me tiende un cremoso dulce de leche blanco en forma de conejito. — Tómalo.

Al acercar mi mano su melena áspera me raspa, pero tomo el dulce de todas formas.

— Muchas gracias, Zongtang-sama. — Digo con una sonrisa. Él me devuelve la sonrisa y desaparece tras la cortina, llevándose consigo su olor penetrante.

Suspiro. Desenvuelvo el pequeño dulce del empaque transparente y me lo llevo a la boca. Volteo a ver a la ventana, el cielo es una hermosa pitahaya en su punto más maduro. Pronto anochecerá y será hora de cerrar. Vuelvo hacia la parte trasera del mostrador y saco la caja con el dinero del día de hoy. El cremoso sabor del dulce desaparece lentamente en mi boca, dejándome un regusto curioso a melancolía.

¿Melancolía de qué?

Al terminar de hacer anotaciones y depositar el dinero en una bolsa de seda verde, veo un desarmador encima del mostrador. ¿Cómo llegó eso ahí? Hasta donde sé, los desarmadores no se mueven solos.

Tal vez lo dejó olvidado Zongtang-sama.

• •

Continuará...


— Vamos a ir hoy a (lugar censurado para proteger la identidad y el trabajo real del autor y de su jefe), para que te prepares.

— ¿Me quedaré allá o regresaremos a la oficina?

— Regresaremos.

— Bien. ¿Trajiste lonche?

— No, creo que tendré que comprar algo en el camino...

— Aah, qué bien, mira, por allá hay un restaurante muy bueno de comida china que...

No pensé que me fuera a retrasar tanto. Creo que saldrán más capítulos de los que tenía pensados. Creo que eso es bueno. Creo.

¡Muchas gracias por seguir y comentar en la historia!

Sav21samydeanspn: Sí, se transformó en una china genérica lol se las deberá ingeniar para volver a la normalidad y escapar de ahí. Pero lo hará. De alguna forma.

Leandro-sensei: ¡Gracias!, qué bien que te haya gustado el "costo...favor". Si llego a ir a un restaurante de comida china y me dicen eso, voy a desconfiar...

Paricutirimicuaro: Tal vez le atinaste... la cocina del infi... ¿erno?, más bien, esta es la cocina del infi...nito.

¡Hasta la próxima!