Disclaimer: Naruto le pertenece únicamente a Masashi Kishimoto.
Este capítulo se lo dedico a mi Nee-chan, porque ella es maravillosa, admirable, y es una de las mejores personas que conozco. Siempre esta allí para mi, y estoy eternamente agradecida. Te quiero muucho, Nee-chan.
Shadows
Capítulo 3: Menos Perfecto
All the days collided, one less perfect than the next
Todos los días colisionaban, uno menos perfecto que el siguiente
"¿Quiere un poco de té?" negó con su cabeza "Así no, así no… Si no es mucha molestia, ¿puedo ofrecerle té?" negó de nuevo, se sentó derecha, tomó la tetera de plástico rosada con flores azules y sonrió "Disculpe la molestia pero ¿desearía tomar un poco de té?" le preguntó con un tono de voz amigable a su muñeca Rena, que estaba sentada frente a ella. Sirvió el té, colocó la tetera en su sitio y cuando creyó terminar, suspiró. Estiró sus piernas, y las encontró entumecidas.
Miró a su alrededor y bajó la mirada. Gateó hasta la cocina de juguete que tenía desde hacía tres años y sacó del horno un pastel de plástico. Lo colocó en la mesa, se sentó y se puso el gorro de cumpleaños que había escabullido de la enorme fiesta que había tenido su prima hacía dos días.
Intentando imitar un tono grueso y masculino dijo: "¡Feliz cumpleaños Sakura!" y luego regresó su voz a la normalidad para agregar "Muchas gracias, señor Oso" mientras le regalaba a su peluche azul una sonrisa de oreja a oreja "La torta se ve deliciosa Rena, este año te quedó magnífica" agradeció a la muñeca que la miraba con mejillas tintadas de rosa y una sonrisa que nunca se desvanecía.
Sopló la vela que había armado con un pitillo y un poco de plastilina y pidió un deseo, con sus ojos cerrados con fuerza.
"Quiero que mamá ya no se enferme nunca más y que sea muy feliz"
Cuando abrió sus ojos, la plastilina amarilla con rojo seguía allí, y sus amigos de tela, algodón y pelusa no se movían. Apretó sus labios y sus ojos se aguaron. Respiró profundo y tomó el perro de peluche que estaba sentado a su lado. Lo abrazó y siguió inhalando y exhalando hasta que las lágrimas se desvanecieron. Volvió a colocar al animal de felpa en su sitio y continuó.
"La fiesta se terminó amigos, hora de seguir" le avisó a sus invitados.
Se sentó derecha, con los hombros relajados. La espalda recta, las piernas debajo de ella. Y siguió. Debía ser perfecta, debía seguir practicando, aunque fuera su cumpleaños número ocho. Los cumpleaños sucedían todos los años, después de todo. ¿Qué importaba que no hubiera nadie en casa para celebrarlo con ella? ¿O que nadie la hubiera felicitado? ¿O que nadie parecía recordar que hoy era su día? Había cosas más importantes, como practicar para recibir invitados, y perfeccionar la manera de servir el té.
Eso era mucho más importante.
Desde pequeña, cuando alguien me ayudaba, era porque deseaba algo a cambio. Unas cuantas órdenes de mi padre y una familia sin nada podía tenerlo todo en tan sólo un año. Y la gente que se acercaba a mí, era solo por conveniencia. De niña, no podía ver las cosas con claridad, pero a medida que fui creciendo lo entendí todo. Ellos sólo buscaban facilitarse las cosas, ganar algún favor, una reputación. Así que me obligué a dejar de necesitar ayuda. A no tener que caer para no darle la oportunidad a nadie de ayudarme, y deber algo de vuelta.
Me volví auto-suficiente. O lo más independiente que pude llegar a ser. A los quince pensé que si escapaba de casa y conseguía un trabajo podría vivir en paz, pero cuando desaparecí toda una tarde, con sólo una llamada de mi padre, ninguna persona me contrató jamás. Y no era tonta, sabía que si me quedaba en las calles moriría de hambre, enferma o asesinada; no tenía la experiencia suficiente para sobrevivir sola. Y si pedía ayuda a alguna persona, esto le costaría mucho dinero a mi padre; después de todo, nadie me cuidaría de gratis.
Podía afirmar sin pensarlo dos veces que habían pasado unos seis, siete o más años desde la última vez que yo le dije un gracias verdaderamente sincero a alguien.
Ya había olvidado este sentimiento de agradecimiento cuando hacen algo de corazón por ti, por tu bien, para ti.
Sin embargo, esa situación no provocó más en mí que una gratitud momentánea. Luego de que pasara lo "mágico" del momento, lo único que vino a mí fue arrepentimiento por haberme dejado conmover con tan poco.
No pude evitar darme cuenta de lo patética que era. ¿Tan blanda era que algo tan insignificante podía conmoverme? Mi abuela estaría, una vez más, decepcionada de mí.
Era verdaderamente patética.
—¿Sakura-chan? ¿Te encuentras bien? —lo oí preguntar, pero aún así no subí la mirada— ¿Sakura-chan? ¡¿Sakura-chan, te duele algo? —preguntó levantándose de su asiento, alterado ya que no le respondía, haciendo caso omiso a las quejas de la enfermera que le decía repetidamente con voz cansada que se sentara.
¿Por qué se preocupaba tanto de una persona que acababa de conocer? ¿Por qué se entrometió hasta el punto de pelear con unos chicos? ¿Qué le importaba a él lo que otros podían decir de mí?
No lo entendía… y no lo quería entender.
—Estoy bien, Naruto —respondí levantando una mano para que no se acercara más. Me levanté de mi silla y me dirigí hacia la puerta bajo la atemorizada mirada del rubio— Hasta luego, que te mejores —fue todo lo que dije antes de cerrar la puerta.
Hacía mucho que no me sentía de esta manera; angustiada, preocupada, pero al mismo tiempo que sabía cuál era el problema, sentía que no era únicamente eso. Algo más me perturbaba y no sabía lo que era.
Eso solía sucederme mucho de pequeña, cuando jugaba sola en mi habitación, ya que todos estaban "demasiado ocupados" como para jugar conmigo, así que me sentaba en el piso de mi cuarto a mover mis muñecos y simular que no me sentía sola; sabiendo que por dentro no paraba de pensar el por qué nadie quería nunca jugar conmigo, el por qué cada vez tenían una excusa, o el por qué intercambiaban miradas con mi papá o mi abuela antes de disculparse y desaparecer.
La diferencia es que ésta vez sí sabía algo, y eso era que tenía y necesitaba alejarme de ese niño antes de que me afectara de una forma más notoria. No podía darme el lujo de regresar a ser esa niña ingenua que sólo sonreía esperando que alguien hiciera lo mismo de vuelta. Aquella que se quedó esperando que su mamá abriera la puerta de su habitación con una sonrisa y la llevara de vuelta a su verdadera casa.
Eso no podía pasar, no de nuevo.
Me dirigí inmediatamente a mi salón escuchando los murmullos de todos con los que me topé en mi camino.
Me sentía como aquella vez que, a los pocos días de entrar al colegio mientras caminaba hacia mi aula, había escuchado los mismos murmullos una y otra vez, recordándome lo que quería dejar en una esquina oscura, donde nadie lo viera ni lo notara; dónde lo dejaba para intentar no recordarlo.
Había escuchado las mismas cosas repetidas veces, atormentándome cada vez más. Los mismos murmullos que llegaban a mí como si quisieran marcarme y recordarme quien soy, asegurarse de que nunca olvide de dónde venía, qué era mi vida.
Los mismos que escuchaba en este momento, sólo que ésta vez lo que decían era diferente. Esta vez me recordaban lo imprudente que fui, lo estúpida que me comporté y lo fácil que fue para ese rubio desarmarme como a un simple rompe cabezas; sin tomar en cuento lo mucho que había costado identificar y poner en su lugar las piezas, tratando de que encajaran muchas veces.
Ahora tendría que recoger pieza por pieza y comenzar a encajarlas, y ésta vez me aseguraría de pegarlas de tal forma que nunca volviera a deshacerse.
Suspiré, realmente a las personas no les daba vergüenza hablar de esas cosas en mi presencia. No tenía idea si lo hacían porque no podían contener cuchichear, o porque querían que yo escuchara lo que estaban diciendo.
Los ignoré como siempre, y saqué mis cosas segundos antes de que le profesor entrara y tras un simple saludo comenzara la clase.
Al terminar, esperé a que la mayoría dejara el aula y luego de terminar de recoger mis libros salí del salón, viendo de reojo hacia mi izquierda donde estaba Naruto recostado en la pared, mirando hacia el suelo perdido en sus pensamientos. Pretendí no haberlo visto y giré hacia mi derecha dispuesta a bajar las escaleras lo más rápido posible.
—¡Sakura-chan, espera! —me llamó mientras daba zancadas para alcanzarme.
Suspiré y voltee haciéndome la sorprendida— ¿Naruto? No te había visto —mentí para bajar un escalón más para hacerle entender indirectamente que tenía prisa; era más una costumbre, ya que sabía que él no entendería— ¿Sucede algo?
—No, es que… verás, te fuiste muy pronto y te noté como extraña así que pensé que había pasado algo o que había dicho o hecho algo que te molestara —dijo con una leve sonrisa nerviosa mirando el piso.
— ¿Por qué lo dices? —pregunté.
—No sé, es como un presentimiento —confesó encogiéndose de hombros— Entonces ¿estás bien? —insistió mirándome directamente a los ojos.
Claro, perfectamente malhumorada y molesta— Sí, no me pasa nada, en serio —contesté con una de mis mejores sonrisas.
El soltó un enorme suspiro y relajó su, antes tenso, cuerpo— ¡Qué bueno! —prácticamente gritó mientras cruzaba sus manos en su nuca— Entonces, ¿quieres ir a comer helado? ¡Yo brindo! —se ofreció sacando animado una billetera de rana de su bolsillo. Sí, de esos que tienen los niños de cuatro años. La única diferencia era que el dueño tenía catorce años más. Me pareció realmente lastimoso e infantil, pero ya me estaba haciendo la idea de esperar cualquier cosa de él.
—Lo siento, pero tengo que pasar de esta. Me están esperando para ir a casa, ya que tengo unos asuntos que atender —me excusé mientras veía como su cara cambiaba de alegre a decepción y luego a una de tristeza.
—Sakura-chan ¡No es justo! Nunca me dejas ni acompañarte a tu salón —lloriqueó con una mueca.
—Lo siento, será la próxima, me tengo que ir —y aunque hubiera dicho "la próxima", me aseguraría de que no hubiera tal cosa.
—¿Enserio? ¿Vas a salir conmigo mañana? ¿Vendrás, vendrás? —preguntó mirándome como si mis palabras fueran la cosa más maravillosa del mundo.
—Ya veremos ¡Adiós! —me escabullí de allí, oyendo como se despedía diciendo cosas como "Adió Sakura-chan", "Nos vemos mañana" y "No olvides tu promesa, ¡mañana saldremos los dos en una cita!"
Y no sé porque se hizo tantas ilusiones, pero yo no tenía intenciones de salir con él, mucho menos cuando llamaba a eso "cita".
Ugh, me daban escalofríos de solo pensarlo.
Como siempre, al salir me encontré a Sebastián al lado de la limosina esperándome. Me abrió la puerta y entré, poniendo mis cosas a un lado. Escuché la puerta cerrarse y apoyé mi codo en el apoyabrazos.
Realmente ya debía dejar de usar la excusa de "me tengo que ir, tengo algo que hacer". Se daría cuenta pronto que lo estaba evitando, era demasiado obvio.
Al llegar a mi casa me llevaron directamente al comedor, ya que la cena estaba servida. Me extrañé al ver únicamente un plato sobre la mesa de diez puestos. Aunque normalmente, era así como yo comía la mayoría de las veces. Pero ya que mi hermano estaba en casa, me extrañó no ver un puesto para él, ya que siempre comía aquí.
¿Se habría ido ya?
Nana, a quien no había notado, estaba parada a un lado de la puerta que daba a la cocina mirándome. Me senté en la mesa y comencé a comer lo que me habían servido.
—Atsushi está atendiendo unas cosas fuera de casa, regresará para las cinco o quizás un poco más tarde —me informó. ¿Cómo sabía lo que pensaba? Estaba pasando demasiado tiempo con Nana y eso me estaba haciendo predecible.
—No pregunté nada —dije, en un tono que le dejara saber que no me interesaba.
Terminé de comer y subí a mi habitación. Estudié, hice mis deberes del colegio, me bañé y me acosté.
Al día siguiente me desperté con un horroroso dolor de cabeza, me cepillé, me vestí, tomé mis cosas y bajé. Pedí a Nana algo para el dolor, y me dio lo que consiguió en la almacena de invitados; la otra reserva era para los demás miembros de la familia. Llegué a la escuela y monté mi escenario de nuevo, algo que resultaba totalmente natural en mí, y entré directo a mi aula.
Pero, lo único que deseaba no ver ese día, apareció frente a mí con una sonrisa en el rostro, apoyando ambas manos en mi escritorio, algo inclinado. Yo levanté una ceja y miré sus manos. Tenía que quitarlas y alejarse; estaba invadiendo mi espacio personal.
—¡Buenos días Sakura-chan¡ ¿Cómo amaneciste? —preguntó alegre. ¿Este niño no se cansaba de sonreír?. ¿Acaso no podía tener un problema existencial que le bajara un poco la excesa felicidad?.
—No me siento del todo bien, así que, si no te importa, ¿podríamos tener esta conversación en otro momento? —pregunté con una sonrisa, tratando de sonar lo más suave que pude, que no fue mucho por cierto.
—¿Qué? ¿Te sientes mal? —preguntó, preocupado.
—Sí —suspiré, decidiendo que era mejor explicarle e intentar hacerle entender— Tengo un poco de dolor de cabeza —me coloqué la mano en la frente y cerré los ojos, siendo un poco dramática, intentando hacerle entender que necesitaba paz y tranquilidad… por el resto de mi vida; pero eso no sería muy sencillo de explicar.
Lo vi fruncir el seño, y pensé que por alguna razón que no entendería nunca, se había molestado. Luego su cara se relajó e iluminó al mismo tiempo, se puso de pie e hizo un gesto con el dedo indicándome que esperara. Lo observé salir de clases, y pocos segundos después, el profesor comenzó con su lección.
No lo volví a ver en todo el día.
Al llegar a casa tuve que abrirme la puerta porque nadie lo hizo, ni tampoco me encontré a nadie para recibirme, lo cual me pareció muy extraño. Normalmente los sirvientes estaban en casa a todas horas. Oí voces a mi derecha, y sin pensarlo dos veces me acerqué. La puerta que daba a la sala privada de mi padre debería de haber estado cerrada, como siempre, pero alguien la había dejado descuidadamente entreabierta. No me arriesgué a echar más que una mirada dentro, viendo que Atsushi y mi padre estaban allí. Me recosté de la puerta con cuidado y me concentré en escuchar.
—No es la primera vez que te lo digo, la hija de la familia Fukishima sería una candidata perfecta —creí oír la voz de mi abuela decir.
—Pero no es lo que estamos buscando, madre —y este comentario me lo afirmó— Atsushi debe tener derecho a escoger por sí mismo. Sé que cuando llegue el momento, él sabrá escoger correctamente —dijo mi padre.
Hubo un silencio incómodo y estuve a punto de largarme, pensando que me descubrirían, cuando escuché la voz de Midori.
—Y… ¿qué vas a hacer con Sakura? —preguntó, claramente desviando el tema por interés, aprovechando que tenía el apoyo de mi abuela.
—La niña está muy malcriada. ¿Sabes que los sirvientes iban a dejar de atender a Atsushi para recibirla? Estoy segura que es ella, jugando con la gente como si fuera suya —protestó la mujer mayor del cuarto. Yo sólo me mordí el labio inferior para mantenerme ocupada.
—El otro día —comenzó a relatar Midori en una de sus falsas voces de preocupación— la invité a tomar un café conmigo, pero ¿sabes qué me respondió? —su voz se quebró en un punto muy convincente. Ésta mujer sabía cómo mentir, de eso jamás tuve ni la más mínima duda— Me respondió que yo no debía estar en esta casa, que cuando tuviera el poder me botaría de aquí —y empezó a llorar.
Yo me quité los zapatos para no hacer ruidos y me alejé de allí. Subí las escaleras en silencio, dos a la vez, y cerré mi puerta con cuidado. Me recosté contra ésta y me arrastré hasta el piso.
¿Cómo se atrevía aquella mujer a mentir de esa forma? ¡Con razón mi vida era una miseria! Todo era una maldita mentira. Seguro mi padre me odiaba por todas las cosas que ella y mi abuela le decían. ¿Quién sabrá cuántas otras cosas le habrá dicho a mi padre? La detesto como nunca he detestado algo en este mundo. Le deseo mal, deseo que desaparezca, que se vaya.
Deseo que todo termine.
—Ya basta —suspiré, y me odié a mí misma cuando mis ojos se aguaron. Corrí hasta el baño y abrí el grifo con furia, y lavé mi cara con agua helada. Y me miré en el espejo. Mis ojos rojos, las lágrimas que se confundían con el agua, y la sombra detrás de mí.
La sombra que me atormentaba día y noche, aún cuando no podía verla. Ésa sombra era yo, un espectro de lo que ellos deseaban de mí y yo no podía darles.
Las expectativas, una palabra tonta, que pesaba tanto, tanto que me hundía aunque ya había aprendido a nadar. No podía surgir a tomar aire. Mis pulmones estaban llenos pero no podía respirar. Y no podía moverme porque la piedra que ellos me colocaron seguía hundiéndome. Me sofocaba.
Y aunque había aprendido a sobrevivir en este infierno, no pasaba un día en el que no deseara largarme, escapar, huir, correr, ser libre.
Si tan sólo fuera tan fácil, no tendría que estar aquí. Y, aunque jamás sería capaz de cometer suicidio, no puedo dejar de desear no haber nacido algunas veces.
O simplemente desaparecer, cesar de existir, ser invisible, e incluso algunas veces deseo poder ser perfecta. Poder ser lo que ellos esperan de mí.
Tal vez así todo acabaría.
Ésa noche no logré dormir absolutamente nada. Tuve pesadilla tras pesadilla, y para cuando la alarma sonó, ya estaba despierta. Me bañé y maquillé mi cara de zombie, me vestí y bajé lo más serena que pude. Me sentía pesada, fría y el dolor de cabeza había aumentado tres veces en intensidad. Podía sentir las venas palpitando.
No desayuné, no quería ver a nadie. Salí directo al carro y mantuve mis ojos cerrados todo el camino hasta la escuela. Era un poco más temprano de lo común así que no había tanta gente. Me adentré en mi edificio y en vez de entrar a mi salón de clases, me quedé en un salón que sólo tenía unos pocos muebles, ubicado a una cierta distancia de la cafetería privada de aquel edificio. No sabía qué hacer con mi cabeza, si la movía me dolía, así que empecé a presionarla esperando que el dolor disminuyera, cuando escuché la puerta abrirse.
—¡Buenos días, Sakura-chan! Creí haberte visto hace unos minutos en el patio de entrada pero después desapareciste de mi vista así que tuve que buscarte por un buen rato —levanté la vista pensando que no me había buscado por tiempo suficiente, y recordé todas las cosas por las cuales podría estar siendo castigada en estos momentos. Porque encontrarme a ese rubio a éstas horas de la mañana cuando me sentía como si me estuvieran martillando el cráneo debía ser un castigo.
—Buenos días, Naruto —lo saludé, a malas ganas, pero debía hacerlo— Escucha, realmente en estos momentos- —me interrumpió sin dejarme excusarme.
—¿Sabes, Sakura-chan? Hoy compré boletos para ir al parque de diversiones, ya que hoy es nuestra cita, ¿recuerdas verdad, verdad, verdad? —lo fulminé con la mirada esperando que entendiera el mensaje. Por supuesto, fue inútil— Pensé que podríamos ir por un helado primero, con éste calor que hace estos días, y después podríamos ir al parque, y en la noche ir a comer ramen, y después, tu sabes, a un sitio romántico a charlar y- —ésta vez fui yo quien lo interrumpió.
—Basta —susurré, y me arrepentí de haberlo dicho, pero no por mucho tiempo.
—¿Qué?, ¿qué dijiste, Sakura-chan? ¡No te escucho si no hablas más fuerte! —y no me dejó responderle porque comenzó a hablar de nuevo— ¿Dijiste que querías comer pasta? Bueno, no sería ningún problema buscar un sitio donde la hagan, pero yo había pensado llevarte a mi restaurante preferido luego del parque, se llama Ichiraku, hacen el- —y no pude más. En mis dieciocho años, nunca había sentido tanta necesidad de callar a alguien.
—¡¿Puedes callarte de una maldita vez? ¿Acaso tienes algún tipo de problema? ¿Eres sordo o simplemente estúpido? —le grité, fuera de mí— ¿Qué no entiendes que lo único que quiero es que me dejes en paz? ¡IMBÉCIL! —cuando terminé de hablar, sentía que necesitaba respirar, y que mi cabeza iba a explotar en cualquier momento.
Él sólo me miró, tieso, en blanco. Y yo me tapé la boca, temiendo que pudiera decir algo más.
Y como si fuera poco, escuché unos pasos y fue allí cuando me di cuenta que un chico caminaba a paso lento hasta el rubio, su mirada fija en mí. Era de cabellos negros, y desde donde estaba, sus ojos se veían muy oscuros, pero no podía distinguir si tenían algún tipo de color en ellos. Su piel era un poco pálida, y estoy segura que yo me puse del mismo color al ver el abanico en lado izquierdo del cuello de su camisa.
Me miró por unos segundos, como si estuviera molesto, y luego se volteó hasta Naruto y le hizo una seña con la cabeza hacia la puerta. El rubio se volteó, no sin antes darme una última mirada triste, ¿o era lástima aquello que veía en sus ojos? Y ambos desaparecieron de mi vista.
Y yo no podía creer lo que había sucedido.
Había perdido mi fachada no sólo frente a aquel chico, sino frente al segundo heredero de las empresas Uchiha.
Ahora si estaba acabada.
Nota de la Autora: ¡Buenas, queridos lectores! ¿Queda alguien por allí o estoy hablando sola? Pues, no me extrañaría estar hablando sola por todo lo que me ha tomado actualizar una de las historias sin terminar que tengo.
Sé que he hecho demasiados desastres con esta historia, pero ésta vez espero estar haciendo lo correcto. La idea principal de la historia (la cual no recuerdo muy bien) era mejor (creo)... pero muy desordenada y difícil de transmitir. Lo único que hacía era repetir las mismas palabras en otras situaciones.
Pues si, SASUKE apareció por fin, luego de cuatro capítulos (WHOOPS, ¿es en serio? ¿CUATRO capítulos, y es el protagonista masculino? No se por qué hice eso. Tendré que cambiar el personaje principal masculino por Naruto- OK, NO, NO, es broma, no me tiren piedras... lo siento, pésimo sentido de humor jeje).
Sé que quedarán pocos lectores después de tantas veces que la he escrito y la he borrado, pero espero que aquello que sigan aquí hayan disfrutado. Por ustedes escribí este capítulo.
Y aunque el protagonista haya hecho una aparición tan mediocre, llegó en el mejor momento: cuando Sakura bajó sus defensas. Eso es lo malo de fingir, el mundo parece estar esperando que uno meta la pata para restregártelo en la cara de la peor manera posible. Como dirían mis amigas del colegio: "Eso es Karma"
Bueno, me encantaría escuchar que les pareció, y las críticas constructivas siempre son bienvenidas.
Cuídense mucho y se les quiere.
